Harry Potter es propiedad de J. K. Rowling.
TODO DE MÍ.
VII.
Lija y terciopelo.
El encuentro con Helena le ha puesto más tenso de lo que ha imaginado, y eso que sólo están uno frente al otro; levitando en su sitio vacilando acerca de qué decir. O quizá se deba al lugar en que se encuentran, tan espeluznantemente parecido al mismo bosque donde ocurrió la tragedia.
En realidad, es exclusivamente la culpa de él. Pero, en un vano de quitarse un peso de encima, se convence a sí mismo que si Helena hubiese aceptado no habría encolerizado.
—Esto me trae recuerdos —murmura Helena mirando a sus alrededores, evitando que sus ojos enfoquen los del Barón—. No recordaba el singular brillo de las estrellas, titilan igual que… —Y la voz se le corta.
—A mí también. —De todo lo que tiene por decir, por desgracia eso es lo único que se le ocurre y se enoja por eso. Ni con las décadas su actitud temperamental ha desaparecido por completo, sigue siendo una parte de su personalidad le agrade o no—. Antes de… ese momento.
La Torre de Astronomía es un sitio muy importante para ambos, por razones casi parecidas.
Para Helena es la constante memoria de aquellos días en Albania cuando gozaba de la inteligencia que le otorgaba la diadema de Rowena, paseándose por el poblado más cercano y disfrutando del aroma de las flores. De su mente no se desvanecerán las amistades que hizo, de lo mucho que se divertía aprendiendo más sobre el mundo de los muggles y las maravillas que inventaban para vivir sin magia. Todo era mágico. Y nuevo. Y fantástico.
Para el Barón es el pesar que le agobia de haber asesinado a la mujer, o fantasma según se vea, que ama. La forma tan cruel que tuvo para quitarle a Rowena su única hija; no le importó lo mucho que deseaba ver a Helena en su estado moribundo. Su mal carácter hizo acto de presencia y todo acabó condenadamente mal. Sin embargo, las partes buenas están. No son muchas, naturalmente. Es un «algo» que no dejará ir por nada del mundo.
—No debí hacerlo —dice el Barón atreviéndose a hablar con ella. La vergüenza ha podido más que su deseo por estabilizar lo más que pueda su relación con Helena—. Quitarte la vida, quiero decir. Merecías disfrutar una larga y plena vida. No quedar atada permanentemente a los confines del Hogwarts.
»Supongo que ya entendiste lo que quiero decir —añade.
Ni en su forma humana ni como fantasma Helena se ha caracterizado por saber cómo expresar adecuadamente sus pensamientos. Por eso creen que es tímida a pesar que no es verdad, el relacionarse con los demás no es una de sus virtudes.
Aun así, Helena no guarda rencor.
Al menos, no después de más o menos cuatrocientos años.
—En parte también es culpa mía —dice Helena sin alegar nada más.
A su peculiar modo, disculpan al otro.
—¿Qué haces aquí?
La pregunta la hizo una hermosa joven de veinticinco años de edad. El nombre de ella era Helena Ravenclaw, quien no reconoció al hombre delante de ella: el que sería apodado más tarde como «el Barón Sanguinario».
Siendo ese el primer error.
—Tu madre, Rowena Ravenclaw, me ha ordenado que te lleve de vuelta a tu hogar —respondió/informó el muchacho sintiendo un fuerte alivio por encontrarla sana y salva. Helena frunció el entrecejo—. ¿No quieres ir?
—No. —La respuesta dicha con tanta serenidad puso a prueba la escasa paciencia del joven. Helena no quería pero debía. Se lo prometió a Rowena, la llevaría de regreso a Hogwarts, donde era cuidada por Helga en su lecho de muerte—. Ahora, por favor, vete.
La aparente indiferencia de Helena lo disgustó mucho. ¡¿Cómo podía ignorar así como así a su propia madre?! Sin que se percatara, el disgusto fue convirtiéndose en enojo.
Y ese fue el segundo, y último, error.
—¿Ahora qué debemos hacer, Helena? —El Barón pregunta, rompiendo el silencio que se ha formado entre ellos. La aludida le mira, intrigada— ¿Arreglamos nuestras diferencias? Es decir, no podemos seguir ignorándonos luego de esta noche.
—Creo que estás en lo correcto —dice ella—. Y sí, podemos intentarlo. No perderemos nada.
—Me parece excelente.
—Lo mismo digo.
