Harry Potter es propiedad de J. K. Rowling.

TODO DE MÍ.

VIII.
El resultado es visible.

Hay pequeñas cosas que han cambiado en las últimas semanas, cuando ya es navidad y la mayoría del alumnado ha regresado a su casa para pasar las vacaciones con su familia. El gran comedor está decorado acorde a la fecha, la armonía se puede sentir en el ambiente y la ansiedad de los pocos que se han quedado por una u otra razón es tan obvia. Casi tanto como que el hecho de que el Barón y Helena ahora conversen por un par de minutos antes de irse cada uno por su lado.

Sin importar lo qué pasó, está demasiado alegre por ver sonreír a Helena otra vez. Hace años que el Fraile ha extrañado a la antigua actitud de Helena: sin esa determinación por ser igual que su madre, que la llevó a cometer errores, por fin ha reflejado una parte que el Fraile creyó perdida de la Helena de once años: la alegría.

—Esto irá de mejor en mejor —dice el Fraile al momento en que mira a la lejanía a Helena y al Barón intercambiando miraditas—. Me siento bien porque todo se arreglará.

—Sí, ¿quién lo diría? El Barón puede ser feliz. —Nick se ha materializado a la par del Fraile—. Además que Helena parece está pasándosela genial. Digo, que sepa, no recuerdo haberla visto sonreír desde que llegué a Hogwarts.

»O haberla visto lejos de la torre de su sala común, creo que a ella le disgustaban estas cosas. ¿Tú qué dices? —le pregunta al Fraile.

El Fraile ríe por lo bajo.

Lo de antes es tan propio de Nick.

—Que Helena comenzará a frecuentar más allá de los alrededores de la entrada a la sala común de Ravenclaw —asegura el Fraile, convencido al cien por ciento.

—El Barón seguirá siendo el mismo bellaco de antes, con o sin Helena en su vida.

—Nick, ya nadie dice «bellaco» desde hace muchísimo tiempo —dice el Fraile. Nick frunce un poco el entrecejo, no le gustan que lo corrijan o recuerden que está en una época distinta con patrones de comportamientos diferentes—. Usa la variante moderna o nadie más que nosotros te entenderá.

Entre tanto, Nick no lo va admitir, ya que el Barón no permitirá que lo olvide, no obstante se siente igual que el Fraile.

El Barón está lejos de ser su persona favorita en todo el castillo y a Helena no la conoce casi nada, eso no significa que no haya querido que se arreglarán. En opinión de Nick, debe ser un verdadero incordio compartir un lugar con alguien a quien no soportas, o no puedes verla ni retratada; el alumnado la tiene más fácil, al final son unos siete años de convivencia casi obligatoria –ocho si repiten–.

Ellos, que son los fantasmas del Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería, la tienen muy difícil. Sí o sí deben encontrarse tarde o temprano, mejor limar las asperezas antes de vivir miserablemente; eso es lo que hace Nick, más o menos, puede decirse que ignorar al Barón cuando este adopta su actitud de ser el mejor fantasma, sólo porque Slytherin se ha llevado la gloria, lo hace más llevadero… Nick supone.

—Sí, quizá. Los humanos son raros, todavía tengo el trauma de haber visto a un niño con colores floridos… ¿quién se pone eso? No debería ser legal.

—Es la moda de los años ochenta, Sir Nicholas. No puedes quejarte.

—Les gusta el cambio en su armario, entonces. Por cierto, cambiando de tema, ¿crees que se enojen?

—Lo dudo —contesta el Fraile sin quitar la sonrisa en sus labios—. Y es cuestión de tiempo para que se forme un nuevo lazo entre ellos.

Nick piensa que con quien van a estar agradecidos es con el Fraile, él ha sido el autor de este plan. Nick sonríe, se marcha hacia el tercer piso de Hogwarts a redactar su carta para ver si logra entrar en ese club; Nick espera que no lo rechacen… de nuevo.

En otra parte de la literalmente pequeña fiesta de navidad, Helena está disfrutando del ambiente reconfortante que existe en el gran comedor. Helena no ha asistido a ningún banquete desde que se graduó, para variar, le sienta bien.

—¿Helena?

—¿Qué te pasa, Barón? —pregunta ella girándose para mirarlo a los ojos.

El Barón, si bien sigue siendo tan malo para expresarse –lo que contribuyó a que lo rechazara en vida por las propuestas/declaraciones de amor excesivamente extravagantes para su gusto–, ha aprendido a elegir cuidadosamente sus palabras, lo cual es bueno.

Helena sólo tiene que ser más cercana a él y podrán tener una plática que dure más de dos minutos.

—Felices fiestas —dice el Barón—. He estado aquí más de lo que preví, me iré a la Torre de Astronomía.

—Felices fiestas a ti también.