Hola Dramioners!
De nuevo por aquí con otro capítulo para tod s ustedes!
Como siempre muchas gracias por los corazones que me regalan con cada cap, eso es lo que me impulsa para seguir escribiendo ;)
Espero que les guste como se va desarrollando la historia. Sé que se trata de un Malfoy no muy común, pero espero que mis esfuerzos valgan la pena. (XD)
Okey, los voy dejando leer y ya saben cualquier aporte o crítica es bienvenida!
Travesura realizada ;)
NOX
Capítulo 4: Catarsis
Llegó apurado y cerró la puerta. Podía escuchar su respiración agitada, y sentía como su pecho se estremecía con cada bocanada de aire. Tenía el rostro empapado en sudor y las manos heladas. Caminó lenta y pesadamente por el vestíbulo oscuro frío de la casa. Estaba en la Mansión Malfoy.
Cuando llegó al borde las escaleras, pudo escuchar como en el comedor de la casa varias personas hablaban en un tono de voz bastante alto, y una risa maquiavélica le cortó la respiración. Era su tía Bellatrix. Seguramente estaban reunidos todos ellos ahí, en el salón. Debería ir, aparecerse ufano entre ellos, pavoneándose como Draco Malfoy, hijo de Lucius Malfoy, uno de los mortifagos más crueles y fiel seguidor del Señor Tenebroso.
Debería ir, pero no. Dentro suyo sentía debilidad, bronca y terror. Él no quería torturar, no quería controlar a otros, no quería matar. Todo lo que hacía era por imposición de su padre, por respetar su tan honroso apellido, su línea de sangre, su pureza... ¿pureza?
Sabía que no era lo correcto. Internamente él nunca hubiera querido que el idiota de Potter, el pobretón de Weasley y la sangre sucia Granger terminaran ahí. Pero no podía hacer nada por ellos, nada.
Comenzó a subir las escaleras, con ese remolino de pensamientos en su mente, cuando la voz siniestra de su tía le cortó la respiración.
-Pero miren quien llego….si es la amiguita de Potter…como está la asquerosa Sangre Sucia!
Draco escuchó un leve quejido y luego un golpe seco. Una cachetada.
-¡Cómo te atreves a enfrentarme, inmundicia! Ahora sabrás lo que es sufrir…CRUCIO!
Un grito desgarrador congeló la atmósfera en Malfoy Manor, y retumbó como un eco sordo por toda la casa. Draco paralizado por lo que acaba de escuchar, junto fuerzas como pudo y se alejó tropezando escaleras arriba. Entró en su cuarto y cerró la puerta de un golpe.
Narcisa estaba sentada en un gran sillón frente a la ventana mirando la niebla que rodeaba la casa, cuando sintió que su hijo había entrado.
-Draco ¿se puede saber en dónde estabas?- su madre lo escrutó desde la oscuridad, levantándose rápidamente. Luego se acercó a él. Y vio algo en los ojos del muchacho, algo que no le gustaba nada.
-Draco ¿Qué tienes?- Su hijo no le contestaba y miraba el suelo, tratando de olvidar y hacer caso omiso a lo que estaba pasando escaleras abajo.
-Te ordeno que me mires a los ojos. Ahora- Draco alzó la vista y observó los ojos oscuros de su madre. Ojos negros, profundos…huecos.
Ella comprendió en breves instantes lo que sucedía en esos orbes plateados, y no lo pensó ni un segundo, asestándole una potente cachetada. Draco cerró los ojos y se recuperó de golpe apretando sus mandíbulas.
-Quiero que entiendas una cosa, Draco. Esto es la guerra.-hizo una breve pausa y continuó- Quiero que borres esa mirada de temor y remordimiento en este instante, o yo misma me encargaré de hacerlo, y no querrás que eso suceda.
Draco miró a su madre con ojos nublados. De a poco parecía que le volvía el habla, alcanzando a articular: -¿Quién esta abajo?- Aunque en su corazón de hielo, ya sabía la respuesta.
-¿Tú quién crees?- su madre lo miró desde la oscuridad. Afuera la luna llena subía lentamente en un cielo nublado, y los ojos de ella jamás le parecieron tan huecos como ese día.
Narcisa abrió la puerta del cuarto y antes de irse le dijo en un susurro apenas audible.
-Recuerda cuál es tu lugar en esta familia Draco Malfoy- y se fue.
El muchacho camino arrastrando los pies hasta su cama y se acostó pesadamente sobre ella.
Un grito… dos… tres.
Granger, Hermione Granger. Torturada por su tía Bellatrix Lestrange sin remordimiento alguno, y seguramente con una mueca diabólica en su rostro disfrutando el placer del sufrimiento ajeno.
Se giró hacia un costado y hundió su cara en la almohada, tratando de no sentirse presente ahí, inútil, débil, cobarde. Tratando de no escuchar.
No pudo dormir en toda la noche.
Los desgarradores gritos de la chica se le fueron grabando uno a uno en la memoria, hasta que su propia mente saturada de impotencia y frustración se dejó llevar por una oscuridad absoluta. Sintió que era absorbido por un gigantesco agujero negro de desolación, y dejándose arrastrar desapareció del mundo.
Escuchó el ruido estrepitoso de la puerta cerrándose detrás de él, pero no le importó. Caminando con paso apurado se alejó de aquellas mazmorras como alma perseguida por el mismo Señor Tenebroso.
Todo término, la guerra termino- decía convenciéndose una y otra vez, no pudiendo evitar pensar en esas profundas letras rojas, caladas a fuego y dolor, sobre un pergamino terso y suave.
Sus recuerdos se habían disparado instantáneamente al ver la marca en su antebrazo. Aquella noche, la tortura, sus gritos…su dolor.
Granger. Granger. Granger. –repetía enloquecido. Escuchaba sus pasos lejanos, repicando junto a ese nombre en su cabeza. Dobló una esquina y salió por las puertas del colegio.
Afuera, hacia una mañana hermosa, de sol radiante y ninguna nube. Solo una brisa fresca que arremolinaba las copas de los árboles, pero Draco no se dio cuenta de nada. Siguió caminando, siguió escapando. Atravesó los amplios jardines del colegio y se dirigió al lago.
Sentía que le faltaba el aire, pero no le importaba. Solo quería alejarse lo más posible de Hogwarts, de todos, de ella. El camino viró en una curva inesperada, y él aprovecho para tomar aire y descansar en un árbol seco, en una orilla de aguas turbias.
Se aferró al tronco añoso, y cerró los ojos.
Enojo. Bronca. Impotencia. Era un cobarde. Un maldito cobarde, que no había podido salvarla de la tortura.
Era verdad que el trio de amigos jamás estuvo ni ceca de agradarle, pero tampoco nunca pensó ser cómplice silencioso de la tortura de ella. Nunca imagino si quiera tener que escuchar cada maleficio imperdonable destinado a la chica, y quedarse ahí quieto, inmóvil, como un ser débil y egoísta.
No sabía bien porque se sentía así, tan vulnerable pensando que pudo haber hecho algo por ella y no lo hizo. Porque le importaba tanto esa impura, esa sangre sucia, que según su familia no era más que escoria. Pero para él, era algo que ni siquiera sabía cómo definir. Solo sabía que le dolía su propia actitud, sentía repulsión. Repulsión y asco de él mismo.
Entonces, llegó la catarsis.
Con toda esa mezcla emociones reprimidas, le pego un patada al tronco del árbol. Un sonido hueco cortó el aire. Y luego una tras otra Draco descargó todas sus frustraciones con golpes de puño sobre la madera añeja que crujía estrepitosamente.
De un momento a otro, sus nudillos se fueron despellejando y la sangre pura y roja brotó de ellos, abriéndose paso entre la carne y la piel. Cada golpe nuevo asestado, era una nueva marca de pintura sangrante que dejaba sobre el árbol, pero al mismo tiempo lo vivía como una descarga única. Podía sentir que fugazmente su pecho se liberaba de esas tenazas oscuras que le oprimían el pecho.
Fue entonces cuando vio su propia marca. Esa calavera negra con lengua de serpiente, recordándole que él también era una víctima. Él también estaría marcado para siempre. Con furia y un asco incontenibles, agarró una astilla que había caído del tronco y comenzó a restregársela, clavándosela cada vez más en su piel.
-No soy un mortifago. No lo soy, No lo soy!- El muchacho gritaba desaforado y con una rabia indescriptible se hundía ese puñal una y otra vez sobre el tatuaje oscuro de su piel de serpiente. La sangre cubrió su antebrazo y sus fuerzas la abandonaron.
Cayó de rodillas al suelo y cerrando los ojos, se dejó ir. Dejó que esa sensación de desasosiego, de pseudotranquilidad le invadiera el cuerpo, pero sobre todo la mente. Y se quedó ahí muy, muy quieto.
Ese día Draco no volvió a clases. Muy tarde a la noche regresó al colegió, a las mazmorras, a su habitación.
Había pasado todo el día junto al lago, apoyado contra ese tronco viejo en el que había descargado toda su furia, abandonándose a merced de sus pensamientos. Olvidándose de quien era y como había llegado hasta allí.
Nadie se había preocupado por el, nadie lo había buscado. A nadie le importaba. O eso creía.
Se recostó sobre su cama y sin desvestirse se dejó llevar por un sueño intranquilo.
En su brazo izquierdo, podía verse una marca oscura ocultada torpemente por un rio irregular de sangre seca, y su mano derecha conservaba aún, apretando con fuerza, los restos de su improvisado puñal oscuro.
