Ok de antemano lamento el final que siento que quedo muuuuuuy forzado D: pero es que tampoco quería eliminar el fic u.u asi que tuve que terminarlo de esta manera :S espero me disculpen

Gracias por haber leído y comentado hasta el final :'D no saben cuanto lo aprecio

"Tengo miedo, Osomatsu".

Era en lo único que Karamatsu podía pensar en aquellos momentos. Aquellos momentos en los cuales su vida estaba a nada de reducirse a cenizas, nunca mejor empleado el termino, por culpa de acusaciones totalmente infundadas, aunque no del todo falsas, hacia su persona. Atsushi lo miraba con altivez mientras dirigía la enorme antorcha a la pila de troncos secos que estaban a los pies del joven Padre. Karamatsu tembló al sentir la onda de calor que comenzó a amontonarse a su alrededor. Todos los presentes de la plaza gritaban y seguían abucheando su comportamiento ¡Ja! Bola de hipócritas, debió haber dejado que a todos y cada uno de ellos un demonio se los llevara y tal vez así esa molesta espinita en su pecho, rencor puro y duro, no estuviera latente.

-Padre en tus manos encomiendo mi espíritu… - Recitaba como un salmo, uno que se sabía de memoria. - Padre… en tus manos…

¿Por qué le pasaba eso a él? ¿En que se había equivocado? Todo lo que siempre deseo, todo lo que siempre pudo querer alguna vez, era ser útil para su gente, proteger a las personas que quería y apreciaba y ahora esas mismas personas eran las que en esos momentos se encontraban clamando por su pronta muerte. El fuego ya se había cerrado a su alrededor, las llamas bailando cerca de su blanca ropa dispuestas a calcinarlo ante cualquier menor oportunidad. Karamatsu se encogió sobre sí mismo tratando de pegarse lo más que podía al enorme poste al que estaba atado. Nada era correcto, nada estaba bien. Sin quererlo las primeras lagrimas comenzaban a bajar por sus mejillas ante la burlona mirada del castaño que fungía como su Juez.

Karamatsu cerró los ojos esperando su inminente final cuando una potente ráfaga de viento apago las llamas. Toda la plaza entera quedo en silencio, algunas personas susurraban entre ellas, otras lo miraban con una mezcla de pavor y asombro; Atsushi entrecerró los ojos mientras fruncía el ceño con fuerza. Osomatsu, en toda su gloria y esplendor, levitaba sobre la cabeza del joven Padre sonriendo de oreja a oreja mostrando los colmillos de manera amenazante, Karamatsu sollozo de verlo de nuevo y se alegraba de que no le hubiera pasado nada.

-Perdón por interrumpir la fiesta de esta manera tan grosera. - un chasquido de dedos basto para que las ataduras de Karamatsu desaparecieran por completo. - Pero no puedo permitir que me rostice a mi esposa.

-Así que los rumores si eran ciertos. – El castaño tomo con fuerza su crucifijo apuntando directamente al despreocupado demonio. – Voy a eliminarte y después me encargare de usted, Padre Matsuno.

-No lo creo niño bonito. – Tomo a Karamatsu de la cintura y con fuerza desplego sus rojas alas de murciélago. Las personas de la plaza no podían ver a Osomatsu pero sí que podían ver como la figura del Padre se elevaba varios metros sobre la tierra. Muchas de ellas salieron corriendo despavoridas alegando que aquello era obra del demonio y lo cierto es que no se encontraban muy alejados de la realidad.

Atsushi mando a llamar a todos los exorcistas y cardenales con experiencia en la eliminación de demonios, todos y cada uno de ellos lanzando rezos y demás cosas tratando de derribar a Osomatsu. El rojo demonio trataba de esquivarlos por todos los medios posibles pero esos malditos estorbos si que eran persistentes, además, tenía a Karamatsu entre sus brazos, un movimiento en falso y el de azul terminaría cayendo hacia el vacío ya que se encontraban a peligrosos metros sobre el cielo. El joven Padre no podía hacer otra cosa más que aferrarse con fuerza a la ropa del demonio, sus habilidades no le permitían hacer nada en contra del prójimo.

-Karamatsu. – Oyó que Osomatsu le llamaba, pero él no quería despegar el rostro del pecho del mayor. – Karamatsu…

-¡No!- Osomatsu se adentró en las arboleda cercana de la ciudad capital con la esperanza de perder de vista a sus insistentes perseguidores, se estaba quedando sin energías suficientes y si los atrapaban los condenarían a ambos. – Se lo que vas a pedirme y no pienso aceptarlo.

-¡Ja! Deja de presumir mi amor. – Le acaricio la mejilla, aquella podría ser la última vez que sintiera la suave textura de aquella piel de porcelana. - ¿Y según tu qué es lo que estoy pensando?

-Vas a sacrificarte para que yo pueda escapar. – No titubeo un solo segundo al decirlo, Osomatsu abrió los ojos pues, aunque aquella había sido su primera opción no era realmente la que había escogido. – Te amo Osomatsu, te amo tanto…

-¿Lo suficiente como para irte al infierno conmigo? – Los ojos azules se abrieron con pánico, un pánico que solo puede tener una persona que sabe que está condenada por el resto de su existencia. - ¿Me amas lo suficiente como para entregarme tu alma? ¿Condenarte a vivir una eternidad en la oscuridad a mi lado?

-Te amo, Osomatsu. – Repitió con seguridad mientras sentía las manos del demonio rodearle el cuerpo y sus labios apoderarse de su boca.

La oscuridad que los acompaño, envolviéndolos en una espesa nube negra de azufre, hizo que el de azul perdiera la conciencia por unos segundos. Cuando los azulados ojos del Padre se abrieron de nuevo se encontraba en un lugar completamente desconocido, la tierra de un enfermizo tono amarillo y naranja quemaba bajo sus pies, a su alrededor solo podía sentir el asqueroso aroma a azufre llenándole los pulmones, el páramo se encontraba completamente desértico, ni una planta o animal, solo kilómetros y kilómetros de aquella grotesca arena caliente.

-Bienvenido al desierto del Gehena, mi amor. – La voz de Osomatsu se dejó oír a su espalda, un eco burlesco y sensual. Karamatsu volteo corriendo a abrazarse al demonio quien lo recibió con los brazos totalmente abiertos. – Al fin, juntos tu y yo, sin nadie que pueda interponerse entre nosotros.

-Juntos… Juntos por la eternidad. – Osomatsu chasqueo los dedos de nuevo haciendo que la ropa de Karamatsu se trasformara en un abrir y cerrar de ojos en un elegante traje negro, justo a la medida, con una camisa de un azul tan intenso como los ojos del menor y accesorios que hacían juego. De la cabeza de Karamatsu comenzaron a surgir un par de protuberancias, pequeños cuernos azules que terminaban en puntas afiladas y una larga cola, solo para no perder el diseño original.

-Ahora sí. – Osomatsu lo miro de arriba abajo asegurándose que todo estuviera en su lugar. – Me gusta, te sienta bien.

-¿Me convertiste en un demonio? – Karamatsu se miró, o al menos lo intento, no es que le molestara, al fin de cuentas…

-Tú lo deseaste así. – Rio el de rojo acariciando el rostro de su pareja. Su pareja para toda la eternidad. – Yo solo cumplí. Te lo advertí ese día en que nos conocimos ¿Recuerdas Karamatsu? Yo iba a terminar arrastrándote al infierno…

El de azul se acercó a besarlo, beso que el mayor acepto más que gustoso ¿Qué importaba si su alma se veía atrapada en aquel antro de horrores? Si estaba al lado de Osomatsu no le importaba nada más…