Disclaimer: Shingeki no Kyojin y todos sus personajes no me pertenecen, cualquier modificación y resubida a un sitio diferente será reportada en Support google. Todos los derechos creativos reservados para mi única persona y otras involucradas.

Parejas: Levi x Eren [riren, claro está]

Notas: No lo dije en el capítulo pasado porque pensé que era señalar lo obvio, sin embargo si chicas esto es una diferente versión de Hansell y Gretel, digamos mi versión y por otra parte, también yo tengo muchos desvaríos al escribir esto. Sobre todo por ser en primera persona, no puedo decir que todo será aclarado, pero que si les genera confusión puede preguntarme lo que sea.


Danse Macabre

Levi x Eren

Capitulo 2—

Desangra tus venas y no más dolor, déjame conocer el lugar.

Ahora te llevaré lejos.

Si no eran alucinaciones, eran dignas de preocupación, la parálisis de mis huesos y mis músculos, sumado al cansancio absoluto del desorden mental y la falta de alimentos, todas las heridas dentro de mi boca no podía coordinar en lo absoluto bien, solo podía hacer una cosa. Mientras caminábamos tiraba las piedras de forma distraída y tambaleante. Mikasa me veía tan mal que ella misma estaba cargando toda la leña y papa solo me miraba extrañado, como a su pequeño hijo loco y nos habíamos alejado demasiado.

Habíamos dado vueltas y vueltas, tropezado con las raíces más duras, arañado nuestras piernas y nuestras ropas y llenando nuestras uñas de mugre asquerosa, de tierra húmeda y de astillas de cortar madera. Ponzoña pegada dentro de las ampollas por cortar ramas e infectarnos hasta que saliera pus de los dedos. Hasta que los pellejos de las uñas estuvieran rojos y los dedos huesudos descarnados.

-Aquí cortaremos hasta que de la noche y luego nos volvemos a casa.

-Pero faltan tres horas.

-Sí, se acumulará mucha leña por eso yo me iré primero a dejarla y vuelvo por ustedes.

Mikasa se quedó helada, bajó la cara con desolación y mis sentidos se reactivaron, miré a mí alrededor y sintiéndome perdido y desconcertado exhalé todo el aire de mis pulmones, había dejado las piedrecillas caer, estaba seguro que lo había hecho. Pero estábamos lejos, realmente lejos, no podía ubicar nada, las copas de los arboles eran tan grandes que volvían el bosque opresivo y el viento no se filtraba entre ellas, pero parecían unas garras con ojos mirándonos, asechándonos. Mientras el ligero atisbo de sol desaparecía, y las lechuzas regresaban a mirarnos con sus atentos ojos, con sus cuellos irrompibles y sus graznidos horripilantes. Tiré las piedras de las manos, porque mis dedos dolían tanto que no podía sostenerlas más. El ruido alertó a mi padre.

Me miró.

-Niño estúpido ¿Qué has estado haciendo todo el camino? – Se aproximó hasta donde me encontraba todo tembloroso, con el hacha en la mano –, tu hermana al menos carga, pero tú solo parado como un árbol, un espantapájaros, con la cara fea y horripilante. Mírate, cuando yo era niño por menos que esto mi papá nos estaba apaleando contra la pared. Pero que carajos tienes en las manos, ¿Con que te has hecho esto?

-¿Piedras?

La mano derecha se impactó contra mi cara, mis ojos se pusieron blanco y las garras de los árboles se clavaron contra mi ¿piel, jadeé y Mikasa gritó, papá me tomó de los cabellos y me jaló por la tierra y luego tomó de la muñeca a Mikasa, hasta que ella también cayó de rodillas al piso y nos jaló a los dos, comencé a patear los pedazos de tierra que estaban en el piso para afianzarme a algo pero papá tenia fuerza y nos jaló más, Mikasa chillaba como cerdo y yo deseaba tener orejas de carnicero para ignorar como tiraba flemas por los ojos y como sus rodillas se abrían por la maleza.

-¡Niños traviesos e inútiles! Queriéndome ver la cara de idiota, pero ya verán que no se salen con la suya, si mamá ha dicho que los deje aquí en el bosque yo me voy. Y ya no hay piedritas que los ayuden a volver.

Mikasa se rodeó las piernas en posición dolorosa mientras yo me paraba del piso todo enterrado en suciedad y me sacudía, pero papá ya caminaba lejos, y aún más lejos de donde cortábamos leña antes estábamos nosotros y noté mis manos arder, mis bolsillos vacíos y mirando por el suelo intenté encontrar aunque sea un atisbo pequeño de por dónde estábamos caminando, de por dónde fuimos arrastrados, pero una corriente de aire entro por entre las ramas y produjo un estrepito terrible. Como silbido hueco y acartonado, y las hojas del piso cayeron encima de las huellas, borrando cualquier oportunidad de llegar hasta el lugar donde había tirado las piedras antes.

-¡Que nos vamos a morir! – lloraba

-Ya cállate, ya cállate.

-¡Te comiste las piedras, estás loco!

-Solo me comí una.

-Te comiste todas, tienes piedras en el estómago. – abrí los ojos.

-Mientes.

-Te comiste todas.

-Las tiré.

-No tiraste ni una sola. ¡Ve tu boca!

Por instinto, me llevé la mano a la boca, se sentía como siempre, pero con más asperezas, con más sangre y con el sabor metálico mas intenso, me caí de rodillas y me di cuenta de que mi estómago estaba contrayéndose, de verdad me había comido las piedras y ahora solo quería sacarlas. Me metí los dedos a la garganta rozando la campanilla de en medio y luego los saqué cuando la tráquea dolió de forma insoportable, como el aliento de un dragón. Mikasa gritaba y lloraba. Las piedras que escupí, poco a poco, salieron con sangre y con un líquido pegajoso la frente se perlo de sudor y mis temblores aumentaron. No podía ver a Mikasa, estaba demasiado enfocado en mi propio dolor.

Había algo rozando mi garganta, algo afilado, como navajas que partían la piel sensible del interior y la sangre y el líquido viscoso junto con piedritas trituradas se desparramaba entre las hojas, en las que caí después de tres arcadas mas y no parecía que fuera a detenerme, no podía respirar, el olor y el dolor era insoportable y luego aspiré la sangre de mi nariz, algo estaba lastimado dentro de mí. Mikasa estaba en posición fetal llorando, y yo seguía tirando vomito a lo loco mientras mis ojos se cerraban con una asquerosa lentitud y mi estómago daba vueltas como un carrusel, mis manos temblaban, de la nuca sudaba y me dolía todo, los dientes que se habían roto tal vez, la nariz que sangraba, la lengua escamada, el paladar y cada parte de las mejillas heridas.

El viento helado secaba el vómito dentro de mi boca y el del piso, a lo lejos gemidos y sollozos que se filtraban entre las ramas y la tierra. El cielo nublado, el frio escarchado, la nieve por caer, pero sin bañarnos en ella, el astro plateado cuya luz era nuestro alivio, aún con los ojos cerrados se postraba sobre nosotros, advirtiéndonos de la frialdad de la noche y de que si me desmayaba justo ahora me iba a morir.

-Eren…

Me incorporé tambaleando, viendo doble, viendo las garras de los árboles. Los dedos en las ramas, ningún animal cercano, el vómito con sangre apestándome y apestando todo lo que estaba a mi alrededor, a hierro seco y a cadáver, gemidos, sollozos, injurias sueltas del hilo de la boca de Mikasa, parada a mi lado con la boca abierta en un Angulo insano, con los dientes con sangre y los ojos bañados en un líquido que parecía caramelo rojo. Pero no era caramelo. Me levante entre temblores y acariciándome el estómago noté que todas las venas azules de su mano se marcaban, estaba descalza y casi desnuda, lloraba. Las cuencas de sus ojos se veían vacías.

Caí un paso atrás pero parpadeé de una forma rápida y ella estaba frente a mi rostro con su rostro rojo pero vivo y encarnado, normal, se veía borrosa, tenía sed, estuve por ponerme un puño de nieve en la boca. Volví a cerrar los ojos y la horrible visión volvió, Mikasa no tenía ojos, gemí bajo pero al terminar ella me tomaba de la mano para levantarme y estaba como ida. Como vacía, con los ojos marchitos y la ropa regada, solo el camisón.

-Eren…

Miré a todos lados, el bosque se evaporaba, ya no era el mismo bosque de antes, parecía estar más espeso, cada vez más oscuro los aboles más espesos sin opciones de caminar entre ellos, con grandes y frondosas copas, no acorde a la época del año, enormes árboles, la noche apenas trasluciendo entre sus copas, gigantes piedras a los alrededores y la lejana luz de un faro, de una pequeña y débil llama que alumbraba todo lo que daba vueltas. Como de pasar de un claro a otro lugar completamente distinto. Enfoqué lo mejor posible con mi deteriorada visión y los derrames de mis ojos.

Estaba frente a mí la encantadora visión de una casa pequeña, poco enterrada dentro de una roca, como si la casa estuviera dentro y la estructura por encima, como un cartón que cubriera el interior, con una puerta de madera maltrecha y negra, ventanas que parecían adornadas con manzanas en las canastas afuera, enredaderas secas y polvosas cubriendo los techos de los que colgaban lindos caramelos, o papeles brillantes que seguro tenían adentro comida deliciosa, parecía que derramaban miel por entre las grietas de la casa, y que se acumulaban pequeñas hojas de azúcar, o copos de nieve. Mientras me levantaba y miraba con la boca abierta, Mikasa me apretaba los dedos de la mano con fuerza.

Y las luces de la casa parecían frascos de mermelada de durazno, adornando el camino para que llegáramos hasta ella, alentándonos a dar la primera zancada. Y nuestros ojos abiertos, nuestras cuencas saltonas, las bocas resecas, la piel manchada y el hambre en la punta de las tripas, todo gritaba que queríamos comer, que teníamos días sin probar nada decente y que nos íbamos a morir si no llegábamos a esa casa muy pronto. Jadeé en busca de aire, pero solo conseguí escupir saliva roja y dar el primer paso.

Había terminado descalzo, con una pequeña bata de pijama blanca.

La puerta chilló, no me detuvo, jalé a mi acompañante y dimos otro paso y ahí en la puerta destazada de madera y mermelada y miel, el vapor del humo negro que brotó por entre todos los huecos, las estrellas plateadas que adornaban el calor de las humaradas, o el frío helado que congelaba la piel solo con sentirlo, pero que en realidad se transformaba en la cola de la capa negra, como un manto de estrellas, de cielo negro, el más negro, la más profunda oscuridad que burbujeaba como nube de abajo pero cubría unos fuertes hombros, y mostraba un cuello blanco y largo, palurdo y azulado, un rostro firme y macabro, unos ojos pequeños, agudos, perfilados, con pequeñas líneas de insensatez y locura, la boca curva en una sonrisa diminuta, los ojos pintarrajeados de negro, que escurría un poco por el lagrimal, tanta palidez en la cara y tanta negrura en el pelo lacio y aplacado que se movía con el viento pero se veía tan vital, tan insalubre. Tan perfecto.

La mano que salió de entre las cortinas de la capa de oscuridad era tan blanca como la cara, tan tentativa como llamativa, con las finas uñas largas, encarnadas en los dedos, blancas y limpias y la palma desgastada de tanto sujetar dos paletas de caramelo macizo. Mikasa jadeó con impertinencia mientras sus pies chistaban en el piso y me jalaba rumbo a donde la casa dejaba de parecer apetitosa, pero conserva el olor del dulce y de la comida, y alejaba cualquiera de mis olores o dolores.

-Vengan niños…

La voz era atrayente, envolvente, hablaba sabiendo que sería obedecida.

La lengua rosa entre los labios.

Y cuando llegamos a la puerta y tocamos los primeros peldaños de madera miré tan fijamente a esa persona que la piel se me erizó, sentí que iba a morir ahí mismo, pero que quería hacerlo. Que me iba a comer y que si miraba arriba las pupilas me traicionarían, pero lo hice con terror y los frascos de mermelada no eran más que cráneos viejos y polvosos que rodeaban la casa, con una vela en el interior y la luz alumbraba sus ojos vacíos y sus narices arrancadas.

Eso, dio un paso enfrente y nos atrapó entre sus brazos, como si fuésemos sus hijos perdidos, las paletas se evaporaron pero sus manos se recargaron en nuestros hombros mientras susurraba con delicia sobre nuestros lóbulos, y luego con la afilada y mojada lengua recorría cada centímetro de mi mejilla mientras me veía con una adoración pagana, insana, dolorosa y hermosa, calurosa y fría. Tan extraña y pegajosa, nos miró con una sonrisa de dientes enteros, como perlas en una boca de carmín, rodeada de un halo oscuro, pero brillante.

-Mi niño – susurró pegado a mi oreja.

Jalándome un poco más y más adentro de la casa, pero sin moverse siquiera del piso, la puerta ya estaba tras nuestras espaldas, tras su espalda y nos abrazaba aun con una fuerza desorbitante y con un cariño exhortante, con su mirada exorcizada. Mikasa se había orinado mientras tocaba la mano de eso y la pegaba a su mejilla. Me caí de rodillas sobre la madera sin más fuerza y dejando de mirarle, me volteé a ver el techo, madera, oscuridad, velas, murciélagos muertos, austera y frascos, terrorífica. Espeluznante.

-No comerás más piedras.

No iba a comer nada.


N/A: Espero que les haya gustado, pequeña introducción del brujo y ya saben no coman piedras. Gracias por sus reviews, sus favs y sus follows. Son lo mejor que me ha pasado.