Danse Macabre

Levi x Eren

Capitulo 3—

Esta noche no vamos a contenernos

Haciendo camino a los anormales, dando a todos un ataque al corazón

Cuando mi cerebro volvió a tener reacción dentro de mi cuerpo y finalmente mis pesados parpados se levantaron, era como si hubiese pasado una eternidad, un siglo intenso con el simple hecho de parpadear, a mí alrededor las cosas se iluminaban lentamente, mientras resplandecían y chisporroteaban diversos sonidos que inundaban mi proximidad con los objetos. Sobre la mesa mis manos, la primera cosa sólida que vi. Estaba sentado en un banco, con la cabeza sobre la tabla y frente a mí un chorreadero, chiquero, de perlas y comida, una mesa de comedor, con sillas de madera, muy pequeña. Frente a mí la imagen aterradora de Mikasa, tragando como un cerdo.

Pan cortado, con olor a ajo y pimienta, hundido en el caldo cremoso y viscoso que se metía a la boca, con los cachetes rellenos, las comisuras de la boca despilfarrando comida, la nariz escurriendo mocos y el pelo todo envuelto en comida.

En sus manos piezas de pollo que no dudaba en meterse a la boca, aun a costa de producirse arcadas.

Seguíamos dentro de la casa, detrás de mí la puerta por la que habíamos entrado, estantes y una cocina pegada a lo que parecía una ventana cubierta con cortinas, luz cálida brotando de velas que no alcanzaban a percibirse. Mis tripas chillando.

Un plato fue deslizado frente a mí con suavidad, chirrido suave de la porcelana contra la mesa, una sopa igual a la de mi hermana se presentó ante mí, como cremosa y de color gris, con pedazos de champiñones y una cuchara de metal se vislumbró frente a mis ojos, sujetada por una mano en exceso blanca y temblorosa, con venas marcadas y uñas largas. Giré los ojos para mirarlo, sentado en la cabecera, observándome con sus ojos deshechos y sus pestañas intensas, la cuchara llena de sopa fue acercada a mi boca con una sonrisa imperceptible en la comisura de sus labios.

Sentí el olor de la comida. Miré a mi hermana, como un cerdo tragando sin poder detenerse, aguantando las ganas de vomitarse encima, mirándome con ojos necesitados, como si no pudiera parar y no quisiera hacerlo. Necesitada de más y luego mi estómago se volteó asqueado.

Negué de una forma imperceptible, mirándolo muy bien a los ojos. Sus pupilas brillaron, su ceja bajó confundida.

—No — la voz de hilo que salía de mi garganta me atragantó, la sequedad de mi boca, la extrañeza de mis cuerdas vocales al vibrar.

Estaba confundido, movió de nuevo la cuchara a mi boca, acerándola y acercándose, subiendo una rodilla sobre la tabla de la mesa, con su capa de oscuridad impregnándose en las cosas, y sus parpados temblando. Su boca medio abierta, su lengua rozando sus labios, sus dientes brillosos, jadeante ofreciéndome la comida.

— ¿No? — preguntó con voz confundida

—No.

El descontento se reflejó en su rostro. La cuchara calló de su mano, como si esta acabara de dejar de responderle, la sopa se escurrió por la mesa, produciendo un chapoteo asqueroso que cayó en la cara de Mikasa, que siguió comiendo sin importar. El agarró su muñeca y la acarició muy despiadadamente enterrando las uñas y jalando la piel, mirándose y jadeando bajo. El terror invadió mi ser cuando volvió a mirarme, me cubrí con las manos el rostro, sentí su mirada clavarse sus excitados ojos grises, su sonrisa macabra y su furia en el ceño fruncido, no pude respirar, sentía que me atragantaba, me faltaba el aire, el oxígeno desaparecía, llorando lentamente, sin poder decir nada, sentí sus frías y blancas manos sorbe mi mentón, apretándolo fuertísimo.

Mi hermana gemía mientras comía y yo jadeaba en busca de consuelo.

Dejando completamente de lado la cuchara llevó mi rostro hasta el plato casi pegándolo a la comida. Incitándome a que la lamiera como un animal, a que me comportara igual que Mikasa, sujetando con brutalidad mi quijada y retomando la cuchara comenzó a gemir bajo, pegándola a mi boca, esperando a que mis labios se abrieran. Con los ojos tan fuertemente cerrados solo pude sentir su cálido aliento, duro y brusco.

— El hombre saciado desprecia el panal de miel; Pero al hambriento todo lo amargo es dulce.

Sin abrir la boca ni un milímetro desvié la cabeza, apartando su mano con poca fuerza y meneando la mesa al grado que la sopa quedó regada sobre la tabla, tan rápido como pude me percaté de que su mano se alejaba, le miré, estaba extrañado, temblaba un poco, intentaba mantenerse en calma, pero sus ojos reflejaban el desprecio, estaba furioso por mi desprecio.

El caldo quedó derramado, junto con toda la demás comida, esparcida entre el piso de madera y la mesa, y el no dejaba de mirar con horror el desastre, tenía sangre en el labio, estaba mordiéndoselo de forma absurda y dura, cerré los ojos intentado dejar de mirar, sentí sus uñas clavarse en mi nuca y la oscuridad profunda invadirme cuando estrelló mi rostro suavemente contra la comida de la mesa.

— ¡Limpia, limpia, limpia! — me ordenó — ¡Con tu lengua, limpia!

¡No podía! No podía ni abrir la boca, el sabor salado de mis lágrimas desbordaba lo inhumano, mis manos temblaban, no podía comer, solo de ver a Mikasa sabía que no debía hacerlo, que no era buena idea. Que no lo tenía que hacer.

No, no, no.

Rápidamente tomé mi propia ropa y comencé a deshacerme de la comida que estaba en el piso, el me miró y yo lo miré, estaba jadeando con la cuchara en la mano, mientras yo más limpiaba más batidillo en la mesa se formaba, mis ojos derramaron lágrimas. Era imposible, este era el fin, tenía los ojos rojos, el aliento entrecortado, el dolor en mis manos y en mis pies, y su capa me asfixiaba, me producía temor y pude vislumbrar un brillo en el bolsillo de su capa pero baje la mirada cuando lo sentir subirse de nuevo a la mesa.

— ¡Tu come! — Ordenó a Mikasa tirándola del cabello y colocando su cara contra el plato, ella comenzó a lamerlo como perro — ¡Come más, come mucho y no te detengas!

Miré mi ropa llena de caldo y porquería y me cubrí la boca, era como ver a un carnicero y a un cerdo él la miraba como si fuera comida, ella comía sin detenerse, gemía de angustia y de dolor, se tardaba en tragar y guturales sonidos soltaba cuando estaba por devolver. Mirar su rostro era apreciar la desesperación, el asco y la necesidad, moco, comida, sopa, grasa y cabello todo por todos lados y la boca llena a más no poder, lloraba y se atragantaba. Percibí su desesperación. Las paredes estaban siendo quemadas por el ardor del humo de su capa y la luz temblorosa, doloroso silencio y jadeos atragantados, angustia dentro de las uñas y la comida manchando todo mi cuerpo. Asqueado me hice ovillo mientras el suelo me engullía dentro de la propia cabaña.

Volví a sentir sus manos sobre mi cabello.

Mikasa lloraba, escuché sus gemidos a lo lejos. Entre tanto mi frágil y destripado cuerpo estaba siendo arrastrado por el piso, mirando el comedor alejándose a mi hermana comer como una desquiciada, con una sonrisa frágil, las paredes profundas y altas del pasillo, me recordaban la grandeza de los árboles del exterior el techo redondo a sus copas, los búhos mirándome a esas luces blancas que destellaban de vez en cuando con puntos negro, que hacían las de pupilas y el tintineo de las llaves, el rechinido de la puerta, junto con la profunda oscuridad de la habitación que se cernía imponente mientras aún era arrastrado, hasta que el cerro la puerta y me miro de arriba abajo.

No sé qué había en la habitación, pero olía a invierno, olía al frio y al humo, al vapor que sale de la boca cuando no hay nada más en tu interior que deba salir. A extrañas hierbas, a algo delicioso, que no sabes que es. Porque la maldad huele bien, huele bien para que no lo rechaces.

Era increíble verlo, era como una aparición desconsiderada, descarada frente a mi cara, cubriéndome con la oscuridad de su ropa, la suavidad de la tela que desprendía un aroma tan intenso, a incienso, a humo, a fuego, a frio. El contraste me abrumaba, ver sus ojos me desquicia, estaba pateando cuando lo sentí quitarme la ropa manchada de comida, estaba pataleándole en las piernas, cuando en realidad no sentía nada. Y solo hipnotizado por lo gris oscuro de sus ojos, las ojeras desgraciadas y su sonrisa incrédula. Lo vi meterse el dedo anular a la boca, entrar a sus labios y jugar con su lengua, profundizar en su garganta y la saliva que broto de sus labios era transparente, resbalaba por su mentón y su cuello, luego se volvió lentamente roja, se tiñó como el agua con sangre. Primero como polvo luego mezcla de dragones y finalmente el líquido rojo escurría sobre mi mejilla.

Su mano manchada y su dedo anular sujetaban una paleta una paleta de caramelo rojo, que parecía derretirse y escurrir por entre su boca, se la estaba comiendo frente a mí, se veía tan deliciosa, él estaba encima de mí, yo no tenía ropa y una paleta jugaba en su lengua, me miró. Sonrió. Asintió y yo sin pensarlo, sujetándome los pulmones con la mano, jugando con el líquido rojo que se derramaba en mi boca acepté a probarla.

—Niño bueno, Eren — y la boca de eso se acercó a la mía con indecencia, saqué la lengua abriendo la boca completamente, sus uñas se clavaron en mis mejillas y la paleta entró a mi boca.

La movió por toda esta, sin dejar de mirarme de cerca y sonreírme con escalofríos que iban desde mis pies hasta mi nuca, la paleta sobre mi lengua, acariciando mis mejillas, delineando mis dientes, mi paladar, mi garganta, entrando y saliendo, mi boca llenándose de líquido rojo y pegajoso. El levanto el labio inferior y me mostró sus dientes bañados de caramelo rojo, lloré en silencio y dejé que el dulce se consumiera en mi boca. Sin saber si era azúcar, si era sangre, si era un hechizo, solo me lo tragué hasta que sentir que de mi boca brotaba espuma blanca que las cobijas de la cama a la que había llegado me halaban hacia abajo y que la paleta desaparecía, y su cara también desaparecía de entre mi visión.

Me mostraba que la paleta no era más que su delicioso dedo cubierto en la roja sangre de su boca.

Al abrir los ojos esta vez fue distinto, fue como volver de un ataque al corazón, como si un camino se hubiera abierto ante mi visión todo se encontrara iluminado, la oscuridad se hubiera disipado, la luz que emitían los cráneos desaparecía y estaba inseguro de cuánto tiempo había pasado desde que había llegado a ese lugar. ¿Un día, dos o tres?

Por instinto me llevé la mano a la boca, solo para percatarme que estaba vacía y perfecta. Y todo limpio.

Me incorporé.

Mis manos se aferraron a las cobijas de la cama amplia y llena de pieles suaves, animales peludos y el calor de su pelo, la madera limpia y lustrada de todos los muebles, las cortinas de color vino decorando todo el cuarto, velas en cada una de las esquinas, pegadas a candelabros llenos de cera derretida y mechas gastadas. Vacía, en el sentido estricto. Solo adornada por muebles austeros que parecían vacíos, y ahí frente a mis pies estaba mi ropa. Limpia y perfumada, como a cereza. La tomé y la estreché contra mi cuerpo, el pantalón parecía nuevo, la camisa igual, los zapatos de cuero estaban perfectos. Los miré de nuevo, asegurándome de que no se trataba de una ilusión, de ningún truco y me puse el conjunto.

Al bajar de la alta cama me percaté de que tanto había uno que subir para acostarse. Era una cama alta, por miedo no moví las cobijas, temiendo encontrarme con la verdad encima de lo que estaba durmiendo, una pila de cadáveres humanos, los cuerpos podridos de los animales a los que pertenecían esas pieles. Cualquier tipo de cosa horripilante me arrebataba cada uno de los suspiros del pecho. Tambaleando me alejé de la cama y me acerque al pomo de la puerta negra. Estaba tan perfectamente pintada, que casi parecía que el árbol había tenido las raíces negras, tanto que el cromo quemaba mis dedos cuando gire el pomo dorado, el pasillo se extendió ante mí. Espeluznante como diabólico, estoico y destructivo, pero alineado y circular. Largo interminable, pero se veía la cocina. Se veía el comedor. Se veían dos puertas a cada lado del pasillo de madera roja. Y la luz cálida, blanca, como entrando de las ventanas, del sol, en todo lo que hacia las de recibidor.

La puerta chilló y se cerró cuando di un paso afuera. Se cerró sola, mi corazón dio un vuelco pero valientemente di más zancadas, solo para alejarme de la longitud de los ladrillos rojos, y acercarme a la familiaridad del lugar de las comidas.

Era opresivo, como caminar en una cazuela de montañas, incluso un poco curveado el piso, los azulejos rojos, como manchados de verde, que te hundían y dificultaba la respiración, pero solo se trataban de cinco zancadas, parecía más, y cuando sentías que ya estas hundiéndote hasta el fondo, que se abrirían los azulejos y te tragarían las raíces, la tierra, las lombrices y la arena movediza estaba justo ante el comedor. Lograbas respirar de nuevo, no era el mismo aire, por una parte el incienso y las hierbas te consumían, el humo y el frio. En la cocina el calor era la presencia principal, había un olor a cera, a orégano, tal vez.

No se notaba la calidez.

Mikasa seguía ahí. Me detuve escasos segundos para apreciarla, ver la diferencia entre la niña que había visto antes, la que se desnudaba viéndome y la que estaba en esa jaula, de barrotes dorados, colgando del candelabro de velas de cráneo, con las mechas apagadas. Una jaula grande sobrevolando mi cabeza, como la de un pájaro. Ella estaba ahí, con los ojos entrecerrados pero la mano dentro de la boca, el pan en la otra y el cabello hecho un revoltijo.

No dejaba de comer.

— ¿No vas a dejarlo?

—No quiero.

—No puede.

Instantáneamente fue como si el hielo hubiera cubierto la superficie de cada cosa, una brisa helada te congelara la punta de los dedos y cada poro de tu cuerpo fuera impregnada con un minúsculo copo de nieve, el olor regreso, ese frio helado, delicioso y extraño. Extravagante, la oscuridad se hizo evidente, mi espalda sintió escalofríos y sus manos se posaron en mis hombros con una suavidad deslumbrante, como si dos témpanos de hielo hubieran caído sobre mí. Me inmovilizaran, un halo de humo negro cubrió dos centímetros del piso, su cálida presencia detrás de mí me hizo gemir.

Pude sentirlo sonreír.

—Ya ha estado quemando en mí la marca, necesito escuchar el sonido que solo los adeptos pueden escuchar, las campanas de los lunes que me guíen hasta allá ahora.

Se movió con gracia y elegancia, de atrás hacia adelante rodeándome como a un poste que era imposible mover. Aun cuando parecía el día su capa brillaba como la noche, las plumas que poseía en el cuello bailaban un poco, como pabilo de velas negras, las joyas azules incrustadas en medio del cuello resaltaban, como si estuvieran hechos del iris de los ojos más azules. Sus manos, su cuerpo escondido bajo esa capa, por fin quedo a la vista cuando el mismo movió el manto a un lado y las estrellas que parecían tener bordadas centellearon.

Fue como si fuera la primera vez que lo viera.

— ¿Ya me miras, ya no te asusto?

—Siempre me aterrorizarías.

—Bien.

Pero tenía en el cuello semejante arreglo, parecían los eslabones de una cadena muy grande, que unían cada uno de los adornos azules, plumas en toda la parte superior, adornando el alto cuello de la capa, mostrando su blanco cuello pero deslizándose como un collar alto. En los brazos que salían de la capa no solo había piel, también se mostraba una preciosa tela negra que envolvía sus brazos, y en la muñeca la decoración de tela azul turquesa con rombos, más piedras azules y plumas colgando de estas, en el centro de su atuendo, una amplia toga con un cinturón grueso de hebilla plateada, la ropa decorada con el mismo patrón extraído del azul de la cola de las sirenas, brillante y tornasol y el plateado de los más finos hilos. Sus manos tenían anillos.

No era que yo no hubiera notado su ropa antes. Es que antes no vestía así, ahora arrebataba el aliento, ahora se veía tortuosamente perceptible, jadeante y agonizante belleza que cubría su cuerpo, la destreza de sus ropas, el brillo y la capa, maldita capa, cubriéndolo de su esplendorosa forma.

La garganta se me cerró.

—Ahora me iré, cuando vuelva quiero que hayas preparado la comida, todo lo que está en el almacén debe estar servido, abras limpiado cada mota de polvo y pulido cada centímetro del piso, no husmearas, ni miraras aquello que no debas de mirar, porque mis ojos todo lo ven, no hablaras, ni cantaras, ni silbaras. Todos los platos tendrás que guardar, cada pedazo de hoja quemaras y cuando encuentres sobre la mesa todas las espigas de trigo limpiaras y remojaras, luego juntaras y pondrás a secar. Con un trapo la mesa has de limpiar, y cuando eso termines, las velas encenderás, con ninguno de los cráneos hablaras, ni a los animales mimaras. Y escúchame bien, que si todo eso no está hecho cuando vuelva… te comeré. Y no juego cuando digo que te comeré.

Tragué saliva, sumiso y desconcertado, admirando sus ojos fríos, sus labios moverse y formar Ada palabra con exactitud y precisión, hablaba para ser obedecido. Miraba cuando debía de mirar, sonreía con locura cuando notaba mi palidez, mi sudor y mis temblores. Se sentía complacido. Asentí mínimamente y el volvió a mirarme con cautela, alzando una ceja con curiosidad, mientras la sonrisa altiva se expandió en su rostro blanco, y sus ojos negros perforaban lo infantil de mi cuerpo. Sus huellas en el piso se quedaban pegadas por dos segundos y cuando me di cuenta a su lado había una serie de campanas. Solo que no podía verlos, los percibía. Él debía escucharlas.

Se dio la vuelta, cubriendo toda su ropa con la capa negra y alejándose, la aldaba de la puerta se abrió chillando con horror y luego se cerró para dejarnos a solas.

— ¿Parecía de mejor humor, no? — preguntó Mikasa con lagrimillas en las mejillas y la mano en la boca, como si quisiera comerse el brazo.

—Es de día. — supuse extrañado, repentinamente más calmado.

Parece que él se encuentra mejor cuando es de día, menos lucido en las noches. Más intranquilo, menos calmado, menos cortes, menos hablador. ¡Pero que me ha dado una cantidad imposible de trabajo para saber a qué hora vuelve! Corró como en círculos intentando ver qué debo hacer, a donde ir, como empezar, como alejarme de sus garras sobre mi piel, de sus dientes sobre mi carne. Y como por instinto mire todas las velas apagadas, mi curiosidad se picó y me di cuenta que había un ingreso de luz. Que había algo que me decía que era de día pero que no sabía que era. Mire por todo el lugar, había solo una ventana encima de la cocina.

Tomé un banco de madera medio roída y mire las cortinas, de atrás de ellas venia la luz, una luz blanca impenetrable, lentamente las jalé para mirar detrás de estas.

No había nada.

Estaban selladas. Eran paredes, pero había cortinas. Mi corazón se aceleró, estaba a punto de un ataque, corrí hasta la puerta de enfrente y no había aldaba alguna, luego por el opresivo pasillo, angustiado hasta el cuarto, a los ventanales para correr las ventanas y darme cuenta que solo había ladrillos tras ellas. Pero que en cada una de estas había dibujadas tres comadrejas.

En las dos ventanas había una comadreja blanca, una naranja y una negra.


N/A: Sé que no soy clara en este aspecto pero el hecho es que Mikasa al comer la comida que Levi le ofreció terminó hechizada de forma que ahora no puede parar de comer, en el original hansell y gretell la bruja busca engordar a hansel, algo así busca Levi. Eren rechaza la comida lo que lo hace evadir el hechizo, Levi siente frustración pero también respeto al no poder obligarlo y le da de comer eso que sacó de su boca, que es otro hechizo… ese sirve para otra cosa.

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