Danse Macabre

Levi x Eren

Capitulo 4—

Lo que necesitas es un poco de disciplina

Y tengo una fuerte dosis de la medicina correcta

''Mikasa, oye Mikasa… ¿te acuerdas? ¿Puedes recordarlo…? Lo que tu madre y tu padre te contaban de las brujas cuando aún no morían. Yo recuerdo, recuerdo lo que decías, lo que decían, lo que murmuraba la gente. ¿Verdad? ¿Recuerdas? En el pueblo todo el mundo lo decía a susurros, era casi imperdonable hablar de ellas… no porque no existieran, o por la iglesia. Porque mencionarlas era convocarlas. ¿Recuerdas? Nos dijeron que si decías el nombre de una bruja tres veces llega por ti, y te obliga a firmar en el libro de pieles, te toma de la muñeca y te clava las uñas, te acuesta sobre la paja y te obligan a beber sangre… ¿Sabes? Que las brujas se llevan a los niños pequeños de las cunas, los machacan y se beben sus entrañas, les cortan sus penes y se los comen a mordidas, que puedes poner unas tijeras debajo de la almohada para que no se lo lleven, pero ¿Sabes? Las brujas guardan sus tijeras en los bolsillos… ''

—Eren, Eren, Eren.

El brujo era distinto en las noches. Era muy distinto que en la mañana, ayer recientemente me había parecido una criatura despiadada y desolada cuyo más grande anhelo era la destrucción de los seres humanos y dejarse consumir por el odio y la locura. A la mañana siguiente tenía una actitud más tranquila, una ropa menos desagradable y un suave aroma, era como si por las mañanas se tranquilizara. Pero ya era la noche, de nuevo, y él tenía la misma mirada extraña y horripilante de antes. El ambiente pesado y escabroso regresaba junto con su presencia, cuando volvió a aparecer la desagradable manija de la puerta, esa boca con dientes afilados sujetando la cadena con el hueso, el cual soltó y la puerta se abrió chillando como gritos de almas mancilladas.

—Has hecho una cantidad impresionante de trabajo en un tiempo poco favorable — se sentó en la silla de madera más cercana a la mesa —, ¿Cómo conseguiste hacer todo eso?

— ¿Está complacido? — murmuré dejando la comida en la mesa, ignorando la pregunta.

Le molestó, me vio con ojos desquiciantes y las ojeras de sus ojos se intensificaron, me encogí por instinto y mis manos temblaron, era como si una bola de asqueroso miedo se atorara en mi tráquea y me hiciera querer llorar. A los pocos segundos dejó de apuñalarme con los ojos y se mordió la uña del dedo pulgar.

—No serás un niño bendito ¿Verdad? No me gustan los niños que están benditos, si eres un niño bendito vete de inmediato… pero no hueles…

El silencio me abrumó mientras deje la última cazuela de comida, ¿Era prudente responder con la verdad o con una mentira que podría salvarme? ¿Qué tan desdichado a ser descubierto podía estar? ¿Cuál sería la pena de la mentira? Seguir en este encierro trabajando con miedo y terror, viendo a mi hermana presa del peor de los hechizos, desbordando locura e irracionalidad. Sintiendo asco de cada pedazo de comida que pasaba por sus manos hambrientas.

—No estoy bendito — bajé la mirada

—Ho, ho… — el brujo puso el codo en la mesa y se recargó suavemente. Mirándome con sus profundos y grandes ojos, afilados y letales ladeó la cabeza un poco y se lamió el labio —. Y yo que pensaba que necesitabas disciplina… mañana tu carga de tareas será mucho mayor, si no hay bendiciones no hay que temer ¿Verdad?

—Si…

Frunció el ceño de poco a poco hasta que su entrecejo quedó completamente arrugado y sus ojos inflexivos posados sobre mi rostro se apartaron hacia la comida que reposaba intacta frente a él. No temía que no le agradara el sabor, en realidad no estaba ni seguro de si él podía sentir los sabores, decían que los brujos no comían porque no sentían el sabor, que por eso comían y bebían otro tipo de cosas nada apetitosas, pero el parecía tener… interés particular en la comida. Levantó el plato de comida con ambas manos y luego puso sus botas sobre el banquillo, para finalmente subirse a la mesa y pasarle el plato a Mikasa, que lo recibió con manos ansiosas y la boca seca. Luego volvió a inclinarse como una rana y a tomar otro, y otro, alimentándola. Hasta que la jaula quedó repleta de comida y Mikasa jadeaba de hambre pero lloraba de desesperación.

Volvió a bajarse.

—Limpia — gruñó tapándose la cara.

Tomé rápidamente un trapo de algodón que estaba recargado sobre la pileta de agua y lo puse donde él se había parado en la mesa, lo escuché murmurar bajito, cosas para sí mismo, después de limpiar coloque más comida frente a él y me aparte lo más rápido posible temiendo estar interrumpiendo una maldición, o un conjuro. Pero el ya no reaccionó ante nada, solo miró la comida de nuevo, tomo el tenedor y comenzó a picar poco a poco las verduras, metiéndolas en la boca sin entusiasmo, como si de pronto se hubiera quedado sin vida o energía.

La cuchara que levantó y llevó hacia su boca no se veía apetitosa, nada en la mesa era digerible, todo me daba ganas de potar.

Pero se detuvo justo antes de meterla a la boca y un chapoteó brincó en el plato, un trozo de pan había caído de la jaula de arriba, Mikasa había tirado una migaja de pan y se había caído en el plato, tenía la mano estirada entre los barrotes intentando llegar hasta el desperdicio que había votado como si pudiéramos regresarle esa Mikasa.

El brujo miró su sopa, vio la migaja y luego sonrió. Las comisuras de su boca se curvearon suavemente, apenas visibles, para luego volverse macabras.

— ¿Acaso no te enseñaron a no desperdiciar la comida…? — puso el pie encima de la mesa, de nuevo, uno por uno de sus zapatos subieron hasta quedar casi sobre toda la comida de nuevo.

Arrastrando la capa humeante por entre los platillos, que parecían no mancharse con la comida, y el aura del cuarto cambio. Las velas disminuyeron su luz, apenas alumbraban suavemente, parpadeantes. Asustadas. Como si quisieran esconderse dentro de los cráneos humanos, dentro de las mechas negras. Y el humo de la capa caía como una cascada, cubriéndolo todo, dificultando la respiración. Comencé a alejarme suavemente cuando vi que la luz de las paredes se volvía negruzca y el brujo… jadeaba...

Sacaba sus manos temblorosas de entre la muy hermosa capa, sonriendo, mostrando todos los dientes, moviendo las manos hasta el bolsillo de la capa, un bolsillo brilloso pero imperceptible que estaba ahí guardando algo. Jaló con la mano las tijeras de adentro, que brillaron poderosas, limpias, rechinantes de limpio, plateadas y grandes. Picudas y peligrosas.

Me pegué contra la pared con autentico miedo.

Mirando la oscuridad de las paredes.

—Estos niños necesitan disciplina.

Su largo brazo derecho se metió por entre los barrotes dorados y jaló con fuerza absoluta la mano blanca de Mikasa, cuyo rostro quedó pegado contra las rejas, aplastado de a poco y la comida pegándosele por la ropa, sin espacio para moverse, la bola de fuego que giraba alrededor de la jaula dorada centelleo hasta extinguirse, lentamente, con chispas, y volar agonizante hasta que cayó al suelo… convirtiéndose en lo que parecía ser un sapo quemado y marchitándose, que se consumió hasta las cenizas en el piso, dejando una marcha negra aguada.

Me tapé la boca con las manos, inconsciente de cuando habían comenzado a brotar las lágrimas saladas y gordas de mis ojos, manchándome todo el rostro y mis mejillas blancas, infartado por el espanto de ver al brujo reír mientras jalaba los dedos traslucidos de Mikasa. Alzando las tijeras plateadas y eligiendo bien entre qué espacio meterlas, solo jugando con la punta afilada pellizcando la piel de los lados, las gotillas de sangre lentamente comenzaron a pintar las tijeras, las lágrimas de Mikasa se hicieron esperar…

Los gritos no.

Su fuerza no era nada.

No había nada que pudiera hacer para alejar su mano, la fuerza con la que se la sujetaban era sumisa. Y la tijera volvió a levantarse, ignorando todo el procedimiento para prensar el dedo y con una fuerza de leñador comenzar a apretar, haciendo que el hueso tronara, pero imposible que se desprendiera, comenzó a retorcer las tijeras mientras estiraba el dedo.

Mikasa gritaba.

Me perforaba los oídos.

Quería cerrar los ojos, correr, esconderme. Dejar de mirar.

Por fin pude ver lo blanco del hueso y como se fracturaba poco a poco por la fuerza de los giros y las tijeras y la sangre manchando sus manos, las tijeras. La cara agónica de mi hermana. Sufrimiento y dolor cuando el pequeño dedo blanco, que se metió al bolsillo.

Pero no termino ahí. No paro en ese momento, era imposible que se detuviera en ese momento. Movió las tijeras hasta que escogió otro de los dedos. Y me miro, preguntándome con los ojos si quería seguir mirando. No pude hacer nada, y esta vez con toda la fuerza cerro las tijeras, arrancándolo de tajo y saboreando el grito más espeluznante que haya escuchado, sufrí en silencio mientras bajaba la mirada y luego de rodillas, comencé solo a escuchar, a imaginar, con los ojos cerrados las manos sobre las orejas, mis labios se abrieron para comenzar a gritar también. Porque se alargó tanto, fue realmente eterno. No pude ni siquiera contar cual habría sido la cantidad de dedos que había arrancado de las manos de Mikasa, que también había dejado de gritar, ya solo gemía y jadeaba. Imagine que se castigó seria la muerta agónica, la desesperanza como la que yo sentía, pero no. Al poco rato pude abrir los ojos de nuevo, y todo estaba vacío.

La mesa la jaula, el comedor.

Apenas había una vela encendida, dos grandes ojos vacíos me miraban desde encima de la cocina, la calavera tenía la boca abierta y yo me limpie la boca, tenía saliva por todos lados.

Mirando atentamente, miré por la puerta y la aterradora aldaba, que me producía escalofrió, pero estaba ahí y entonces el brujo seguía aquí. La calavera mostró una suave luz azul verdosa, que comenzó a distribuirse uniformemente, alumbrando lo que de verdad me parecía un bulto en el piso. Pero en realidad no era más que el brujo, sentado sobre los azulejos, moviendo sus manos de un lado a otro por la tierra. Dándome la espalda.

Me levanté.

Curioso.

— ¿Dónde está Mikasa?

Se giró lentamente a mirarme, como si pareciera arrepentido, pero en realidad no lo estaba, tenía en su mano siete dedos, uno en la boca, que estaba comiéndose lentamente, las rodillas manchadas de sangre y ningún cuerpo enfrente, parecía que escribía algo pero no había nada ahí. Solo sus ojos grises perforándome a mí y al piso y una sonrisa pequeña extendiéndose por su cansado rostro. Mi corazón se agitó muy fuertemente, no sé si era terror o admiración, o curiosidad, pero la última me estaba matando, me acerqué más.

Luego la vi, Mikasa estaba ahora tirada bajo la mesa, con las manos aferradas la una a la otra, los ojos cerrados como candados y un semblante pacifico, además de haber sufrido ese martirio parecía tan dormida que no pude ni acercarme. Aunque no estaba muerta. No pensé que fuera a recuperarse, parecía que ahora su jaula estaría debajo de la mesa, me pregunte qué tan malo sería eso.

—Me cansé de los pájaros — murmuró bajo el brujo —. Ven, acércate…

Como si fuese una musa dejé de mirar a Mikasa de inmediato, tambaleándome me acerqué hasta donde él estaba sentado y cuando quedé solo a un par de centímetros, me di cuenta que ya no estaban aquellos sangrados dedos recién arrancados, que su boca seguía un poco llena de sangre y las tijeras en el bolsillo, pero nada logró apartarme. Menos cuando sus manos se posaron en la parte de atrás de mis rodillas, atrayéndome hasta su rostro, que recargó suavemente en mis piernas y luego me dejó encima de las cuyas, sentado, mirándolo a la cara.

— ¿No tienes hambre? — Me preguntó con mucha suavidad, pegando mi rostro a su pecho, mirando las gemas azules de iris.

—No tengo.

—No has comido nada desde que llegaste… ¿Por qué no tienes hambre?

No pude evitar mover mi mano hasta su pecho y escuchar su palpitar, si es que podía escuchar algo, lo sentí acariciar mi cuerpo lentamente, su respiración agitada, fruncí el ceño muy lentamente, intentando responder su pregunta, sintiendo la ansiedad recorrer mi garganta, pero la leve sintonía con sus uñas acariciándome me puso atento. A mis propios latidos, a mis propias ideas y el flujo de mis pensamientos.

— ¿Por lo que me diste de comer? — Pregunté suavemente —, Tu sangre…

—Era un dulce caramelo — negó, aunque yo sabía que no era así —. Fuiste muy listo, mucho más listo que tu hermana, entrando aquí y negándote a comer todo lo que te ofrecí. Ahora ella esta embrujada, pero tú no, no tendrás hambre más mientras estés aquí… ¿No te gustaría probar más de eso que te di? Porque puedo darte mucho más…

Me quedé quieto sintiendo sus brazos rodearme. Lo miré desde abajo, su rostro perdido en la calavera que alumbraba todo con la mecha azul, verde, morada, las letras que aparecían en el piso que eran suaves líneas de cal, o de madera.

—No — respondí, vi sus largas y negras pestañas proyectar una sombra sobre sus mejillas —. Quiero hacerte una pregunta.

—Preguntas, castas preguntas. Puedes preguntar pero… puede que no te guste la respuesta — levantó su mano de mi pierna y me tomo de la barbilla —, además, quien mucho sabe más rápido se hace viejo.

Me quedé pensando cuidadosamente sus palabras, es de brujos querer evadir las respuestas. Luego me percaté del cómo podía estar tan cómodo entre sus brazos, con su capa, cuando hace menos de una hora, según mi reloj biológico, él había estado allá arrancándole los dedos a mi hermana adoptiva ¿Realmente me importaba tan poco? Entonces porque me traumaba de esa manera… no podía dejar sus palabras al aire, porque me soltó.

—Solo dos preguntas, lo prometo.

El brujo me miró, ladeando la cabeza y frunciendo el ceño suavemente. Hasta que asintió con la barbilla y yo suspiré un poco atemorizado, tal vez era mucho mi atrevimiento. Tal vez tenía que quedarme callado, no decir nada, pero mi boca se movía por sí sola, sin poder frenar terminé diciendo exactamente lo que pensaba. Era extraño como para comer no estaba dispuesto a abrirla, pero para conocerle… quería correr hasta el más pequeño riesgo.

— ¿Por qué hay unas comadrejas en las paredes de las ventanas?

Su rostro se deformó trágicamente. Mi espalda se tensó, lo suficiente como para sudar pero no tanto como para retractarme, poco podía hacer ahora si él ya estaba bajo los efectos de su personalidad retorcida y macabra, que tenía siempre pero se exacerbaba, jadee bajando la mirada, pero volviendo a él por curiosidad, su mirada ensombrecida y sus manos que habían dejado de tocarme estaban encajadas en el piso.

— ¿Estuviste husmeando? — jaló sus largas y afiladas uñas rosas sobre el piso, provocando un estruendoso chirrido y unas grietas retorcidas

—Tenía que limpia…

— ¡No me mientas! — Me gritó descubriéndolo de inmediato —. Niño indisciplinado…

—El sol entra pero no hay ventanas, la luz ilumina las mañanas pero no se puede ver nada tras ellas — me aferré a él, intentando abrazarlo con todas mis fuerzas, como queriendo detenerlo. Él se quedó estático al sentir mis dedos apretando su ropa —. El pomo de la puerta desaparece cuando te vas, yo solo quiero saber…

—Ya, ya — sentí su cálido aliento salir de la boca, tornándose casi en hielo a los pocos segundos -. Entonces una respuesta.

Nos levantamos lentamente. Me ayudó, tomándome de la mano me di cuenta que pensaba guiarme de nuevo atravesó de la casa, por el amplio pasillo redondeado, que cuando el pisaba parecía no encapricharse demasiado, era un poco dócil y no me alucinaba tanto. Y la luz detrás de nosotros se extinguía. Hasta que llegamos al cuarto del final. En el reinaba la oscuridad más absoluta, pero cuando entramos las velas se encendieron, turbándose por nuestra presencia. El me guio hasta la primera cortina y jalo de ella con suavidad.

Detrás de ella había cristal.

—Vidrio…

Las comadrejas estaban dibujadas, las tres.

—Las comadrejas son simples animales incomprendidos por todos, pero a mí me agradan en realidad. Esta roja es mi sol, la blanca es mi luz del día y la negra es la noche. Las ventanas nunca se abren y por los vidrios no se proyecta la luz, no me gusta la luz. Por eso ellas me indican que momento del día es… si ha amanecido, si es de noche o si ya salió el sol.

Me quedé observando los dibujos, desconocía como habían llegado ahí, o si es que las puertas y ventanas se sellaban solo cuando el brujo no estaba que parecía la más factible de todas las ideas. Pero ahí estaban, y en un segundo me pareció ver que se movían, que en realidad parpadeaban. Pero el cerro la cortina, el terciopelo rebanó mi nariz, y se volvió a poner de rodillas a mi altura para verme con sus ojazos salvajes.

— ¿La otra?

— ¿Cómo te llamas?


N/A: ¡Actualizo hoy sábado porque mañana no estaré en mi casa y no quiero dejarlas sin capítulo! Espero que les haya gustado y como siempre que les haya sacado por lo menos una mirada incomoda o un gesto en el entrecejo, y ya un sustito si es mucho pedir.

¡Hoy también subí un drabble llamado Se mío si pueden y quieren vayan a buscarlo! Es una cosita cortitia…

Ya saben para que era el otro hechizo de Eren, el de la paleta era para que no estuviera hambriento.