Danse Macabre
Levi x Eren
—Capitulo 6—
El lado oscuro es donde estamos viviendo
Déjame mostrarte lo que te estabas perdiendo
No puedo recobrar el conocimiento tan fácil como siempre, todo en mi da vueltas y tengo vagos recuerdos de lo que sucedió anoche. Me toco la cabeza por instinto, la siento pesada, mi cuerpo está cubierto de pieles suaves y calurosas, no tengo ganas de levantarme ni hacer nada. Incluso mi visión es borrosa. No quiero incorporarme pero hay algo que sobresale, la casa me siente despierto, las velas se encienden. Me producen escalofríos e intento pasar desapercibido al quedarme recostado, pero ya saben que estoy despierto. Me quito las pieles acalorado y bajo los pies con cuidado de no tocar lo que hay debajo de las cobijas.
El frio piso de madera rechina, las velas sueltan un sonido extraño, como si una corriente acabara de pasar por donde ellas están y las hubiese intentado apagar pero no lo hubiera conseguido, se mantienen calientes y alumbran hasta la puerta, que está medio abierta, sugerente para llegar a ese pasillo terrorífico. Miro mis zapatos y me los pongo con pereza, solo para no tener que tocar la madera fría más tiempo. El pasillo está iluminado por una extraña luz cálida, nada comparado con la luz que proyectaba la casa durante el día anterior, si es que había pasado un día… inconsciente miro a las ventanas a sabiendas que los cristales solo dejan pasar la luz.
Pero lo noto.
Hay cristales, a lo lejos veo la aldaba.
Él está en casa.
Miro las dos puertas del pasillo, no he entrado ahí desde que llegué, no hay manera en la que mi curiosidad se tan potente como para abrirlas, así que solo sigo caminando con frio hasta la parte central de la casa. Y todo está tan distinto… parece la misma casa con la que me encontré la primera vez que llegué. El comedor, la cocina, los estantes repletos de cosas desconocidas. Las calaveras alumbrando, todo está completamente intacto, limpio, irradiando una luz amarilla calurosa. No hay ni un solo plato de comida sobre la cocina, ninguna olla, no hay nada.
Solo está el, sentado en una silla de madera, frente a él hay un plato de porcelana blanca con rebanadas de pan y una taza de té. Está vestido distinto, y en general él se ve demasiado diferente, su camisa es blanca y abombada, abotonada en los puños, con botones de oro, sus pantalones negros y las botas de piel están idénticas, pero después de todo es la primera vez que lo veo sin la capa. Tiene la cabeza baja y se está tocando la frente, parece despertar de una borrachera.
Y un niño no debería saber cómo se ve un hombre después de mucho alcohol, pero un niño pobre y desafortunado como yo invariablemente lo sabía.
Su pie se mueve de forma nerviosa, como si quisiera dejar una marca en la madera, sus manos se resbalan de sus cabellos negros, las velas se mueven y el levanta el rostro. Tiene los ojos rojos y profundamente ojerosos, los labios rojos y la cara pálida, pareciese que se ha pasado toda la noche llorando, cuando me ve suspira.
—¿Tienes hambre? — pregunta y extiende el plato de comida en mi dirección.
Tiemblo de pánico, ¿Otra vez? Me pregunto ¿Otra vez? Niego lentamente y me siento en la otra silla justo frente a él y frente al plato que me ha puesto, se me queda mirando entre confundido y alerta, pero parece cansado. Se ve vulnerable, susceptible.
—¿Todavía no tienes hambre? — pregunta
Y entonces reparo que me pregunta si todavía tengo secuelas del hechizo que me hizo al beber de su dedo con sangre. Intento buscar entre las tripas de mi estómago si hay alguna que reclame por alimento, y muy en el fondo siento una que otra removerse, nada grave. Pero aun así decido sincerarme.
—Un poco…
Ladea la cabeza y vuelve a jalar el pan hasta su cuerpo. Le escupe saliva encima, al principio me quedo mirando como escupe luego noto que se convierte en miel al tacto y que no me parece repulsivo, más bien apetitoso. Es como si estuviera encantando la comida de nuevo, pero tengo la impresión de que no debo de confiarme. Porque Mikasa comió así, Mikasa comió su comida y no pudo parar. Y yo no la he probado… ni aunque estuviese hechizada.
—Tengo miedo — admito con el plato enfrente de mí.
—Si quisiera comerte ya lo habría hecho.
—¿Dónde está Mikasa?
Levanta la mirada del pan, lo extiende ante mí y me mira con severa precaución mientras me deja la comida enfrente, como si quisiera deducir lo que pasa por mi mente o lo que debe de responderme, me muestro transparente y con genuina curiosidad. Los dedos de las manos me pican y termino por tomar una rebanada de pan con miel y beber de té, en muestra de confianza.
—Muerta — responde con cuidado —. Tú la cocinaste.
—Fue real —murmuro sorprendido y dándome cuenta que de verdad mi hermana adoptiva había sido comida.
—¿No lo recuerdas? — me pregunta ladeando la cabeza.
—Sí, lo recuerdo. ¿Eres un brujo de la comida?
Se lleva las manos al cabello de nuevo desesperado o agitado. Las velas se tambalean y dudo en ponerme las manos sobre el rostro por temor o seguir insistiendo en mi fijeza por respuestas, es que él se ve de mejor humor hoy y yo me siento demasiado curioso por obtener algunas respuestas.
—No soy un brujo de la comida. — explica medio enfurecido, tal vez indignado. Se pone una mano en el pecho debido a la inseguridad que mi pregunta le provoca, definitivamente está indignado.
—¿Y porque tus intereses siempre oscilan dentro de la comida? — y lo que decía yo era verdad, siempre era comer, no desperdiciar la comida, cocinar, comer.
—Porque respeto demasiado los alimentos — dijo a modo de comentario.
—¿Cuándo no eras brujo no podías comer verdad?
Y le di en un punto sensible, porque estrelló las manos contra su cabeza, contra su cabello, llevó el rostro hacia atrás y gruñó con fuerza ay disgusto. Jalándose el cabello indignado y molesto, intenté no mostrarme débil ni temeroso pero mis puños temblaron y él se dio cuenta, porque me vio, palpando mi inseguridad con su lengua y con sus pestañas batiendo el aire como mariposas negras sonrió de lado, incomodo.
Pero me doy cuenta de que es verdad, que los brujos como el no necesitan comer. Que si este brujo come o se preocupa por la comida debe ser porque su moral humana aún lo atormenta con el fantasma de su pasado, es completo estado de inercia en el que no puede detener a su organismo de pensar que la comida es indispensable y que no se desperdicia. Solo porque cuando él la necesitaba no la tenía.
—¿Por qué tantaaaas preguntas? — mencionó intentando evadir la última.
—Porque es de día y estás de mejor humor, y soy un niño tengo curiosidades — que excusa más patética vil y tonta. Pero era la verdad, mientras más buen humor tuviese era buena idea acercarse, pero si oscurecía lo ideal era mantenerse al margen. Por eso debía aprovechar cada segundo —. Tu, no creas que yo no sé nada de brujería. El pueblo es supersticioso, por eso te pregunto esto… tus rituales los haces solo ¿Verdad? Ayer yo fui contigo, pero no había nadie más, ¿Por qué no te acercas a otros brujos? ¿Ya no hay más? ¿No en este bosque malo?
—Si hay más — suspira resignado a contestar, mirándome fijamente con ojos cansados —. Por supuesto que hay más, pero no me llevo bien con ellos.
—¿No tienes un compañero brujo? — pregunto comiéndome el pan, aunque la miel no sabía cómo miel. Probablemente solo fuese un hechizo que me hiciera mirar el pan enmielado pero en realidad seguía estando ahí su saliva. Intacta.
—No necesito un compañero. Ya estás tú aquí. — lo dice sin pensar, pero me mira detenidamente y trago con dificultad.
—Pero, no soy brujo. ¿No estarías mejor con otro brujo?
—No hay nadie interesante… por aquí.
—¿Ni un solo brujo que te interese?
—No aquí.
—¿Dónde?
—Quien sabe…
—¿Cómo es?
—No es un brujo de bosque como yo, ni tenemos las mismas manías, de hecho no lo conozco, ni lo he visto… pero debe estar por ahí. Solo que no puedo encontrarlo. — Parece que se queda mirando muy fijamente sus manos como si hubiese algo dentro de su mente que hiciera ruido —. Como si fuese la nieve, la blancura y la luna… son solo las cosas que veo.
Me quedo callado por un buen rato, sin saber cómo reaccionar a su ensimismamiento. Admirando cada parte de la casa, lo alumbrado que está todo, como las velas negras están firmes sin tambalearse, me paree que no intentan demostrar ningún tipo de comunicación. El sale de sus pensamientos, me ve con ojos caprichosos, sonríe mostrando una hilera de dientes blancos, ha regresado a su estado normal, parece ya no estar ahogado de borracho ni mucho menos, aunque no olía ni un poco a alcohol, comprendo que tal vez debo de dejar de hacer preguntas y callar. El pan sabe delicioso, el té es como la primera gota de agua que tomo en un rato y parece confortar a mi estómago, saciarlo casi inmediatamente y no tengo ganas de quedarme dormido sobre la mesa.
—¿Dónde están los animales? — Pregunto con la última rebanada de pan en la boca —. Dijiste que no los mimara, pero no he visto ni uno desde que llegué. Bueno, solo pocos…
—Ah, esos — suspira y vuelve a su estado taciturno —. Soy un brujo de bosque, están aquí, están allí, están en todas partes.
Mueve las manos alrededor de la madera en forma de círculos, y aparecen unos símbolos quemados sobre la madera, salen chispas de su toque de la palma contra los sellos de animales y se proyectan dibujos de animales que nunca había visto, no es que fueran desconocidos, pero huele a humo, a que se están quemando y solo veo sus uñas raspar en la madera hasta que han aparecido un total de doce dibujos. Que resaltan en un color tatemado que me cuesta mirar sin pensar que hierve. Son como símbolos que cuidan la casa, como algoritmos, pero con forma de animales. Hay cuervos, lechuzas, venados, ratones, ratas, sapos, palomas, gato, arañas, lobos, serpientes, comadrejas. Levanta las manos negras y quemadas y los animales se alzan en forma de sombra pintando las paredes de la casa, como espíritus extraños.
—No los mimes o podrían encariñarse — murmura.
Yo me quedo mirando las paredes, todas adornadas por las sombras de los animales, que me miran con sus grandes y agudos ojos, él se levanta de la mesa y me da la espalda. No me dice más y desaparece por el pasillo largo, escucho el cerrar de una puerta y estoy siendo acosado por las miradas de esos y se mueven por las paredes, trepan los muebles me observan analizándome, están en todas partes, no se me acercan, parecen temerosos, se suben en balanzas donde creo que mi corazón pesa mucho menos que ellos. Los veo en todos lados, están como enjaulados, hambrientos, sedientos. Quiero dejar de mirarlos, cierro los ojos y me toco el corazón. Al cabo de dos minutos reabro los ojos y veo algunos que otros, escondidos entre los frascos, huyendo de mí, atemorizados de mí, que cuando pongo un pie en el piso se esconden y se alejan.
Miro al pasillo, la habitación del cuarto donde duermo está abierta. No está el ahí, pero los cristales de las ventanas han desaparecido, las comadrejas dibujadas con el raspar de sus uñas han aparecido ahí, me miran también. La aldaba de la puerta no está, es como si el brujo estuviera adentro pero no quisiera que le molestara, no estará disponible, al menos no por hoy. No me ha dejado instrucciones y no tengo ganas de hacer nada, pero tampoco quiero quedarme todo el día sin moverme. Analizo el cuarto, veo los frascos y tengo miedo de tocar todo.
Camino a la puerta, está cerrada y sin posibilidad de salir, ni siquiera hay una manija que jalar. Examino con interés las grietas de la madera y tiento una al azar, las velas se remueven ante el tacto, la casa nota que estoy husmeando, me pregunto si darán aviso al brujo. Los animales se asoman desde sus escondites, la lechuza hace un ruido. Presiono mi dedo contra la grieta de la puerta y arrastro mi pequeña uña provocando un chillido muy bajo.
La aldaba aparece.
La nauseabunda boca con dientes afilados, lengua y un ojo en medio. Sujetando un hueso con cadena me mira.
¿No vas a tocar?
Es como si tuviera mucha saliva, pues tiene el hueso en medio, no quiero tocar el hueso. No quiero responderle, no sé si el brujo escucha como la puerta me habla, pero es que la aldaba ha aparecido, o sea que esta puede aparecer y desaparecer y que yo no estoy encerrado aquí cuando el brujo no está. Es decir que he descubierto el truco de la puerta y que puedo salir, que si quiero puedo intentar escapar, aunque básicamente sepa que no lo conseguiré, miro el ojo de la puerta, es un gran ojo negro con pupila amarilla y pestañas entre los dientes.
—¿Puedo salir? — murmuro a los dientes
¿Vas a salir?
Escucho un crujido, la puerta ha quitado el seguro, los dientes de la boca soltaron el hueso. Me paralizo, tengo la sensación de que en cuanto volteé el brujo estará detrás de mí, no quiero que me vea intentado escapar, tengo miedo, presiono las palmas contra la madera golpeando de nuevo la puerta. La aldaba desaparece se escucha el crujido de la puerta cerrándose y jadeo reconfortado, pegando la espalda contra la puerta, estoy sudando frio, las manos me tiemblan, he descubierto que puedo salir, que puedo pasear la nariz por el bosque, pero estoy seguro de que no podré nunca llegar a ninguna parte.
Me alejo a tientas de la puerta y camino hasta las ventanas, están selladas con ladrillos como de costumbre, las comadrejas están ahí brillando con suavidad. Las toco con ambas manos esperando una reacción, no hay ninguna, los ladrillos se mantienen ahí. Clavo las uñas entre las ranuras y consigo ensartar los dedos que se me han llenado de tierra entre un ladrillo y otro, jalo suavemente asegurándome de que al moverlo no quedaré sepultado tras una torre de ladrillos rojos, pero no se mueve ni un ápice. Salvo una pequeña piedra, resultar ser como un cuarto del tabique que se ha desprendido y rueda por el piso hasta convertirse en un pedazo de manzana acaramelada, no tengo hambre, pues he comido de lo que Levi me dio pero se ve delicioso, dejo el tabique en su lugar y tomo el pedazo de manzana, lo pongo en la bolsa de mi camisón y miro por el agujero que ha dejado.
Esta el vidrio detrás.
Y alcanzo a mirar la luz grisácea, la nieve y las hojas, puedo ver el bosque, puedo verlo. Puedo mirar el exterior.
Me alejo con miedo de nuevo y miro las puertas de los cuartos, siguen cerradas todas salvo la mía, incluso las velas no se han movido un ápice, los animales me observan y me siento tan sucio e intimidado, no sé cómo cuantas malditas reglas he violado pero definitivamente las suficientes como para terminar siendo cocinado como un cerdo, golpeado a latigazos o perder mis dedos, lengua y ojos en manos de las tijeras afiladas. Gimo con debilidad apartándome de la ventana y cerrando muy bien todo, dudo entre si poner el pedazo de manzana en el mismo lugar o llevármelo.
Finalmente lo coloco y se queda exactamente igual, resalta como manzana entre tabiques, pero al menos no veo la ventana y puedo fingir que ha sido un accidente. Si es que puedo mentirle, si es que tan solo pudiera mentirle.
Asustado me toco los cabellos.
Están sucios. Tal vez no me he bañado en un tiempo, miro a mi alrededor intentando ver algo con que limpiarme, el caldero en la chimenea no luce tentador, dejando de lado que las llamas lo consumen y que quien sabe que pudo haber adentro, incluyendo a Mikasa. Las puertas de los pasillos, podría haber tal vez un baño en una de esas dos, pero también en una debe de estar el, y no quiero perturbarlo, puede estar durmiendo, haciendo cosas peores, lo que fuese…
No me arriesgo.
Camino hasta el cuarto en el que he estado durmiendo, las velas se encienden. La cama se ve sugerente, me subo en ella y analizo todo en el cuarto hasta que me quedo dormido. Sintiendo y acariciando las suaves pieles de los animales en las que duermo, sin tener idea de nada más.
Escucho voces, no sé si provienen de adentro de la casa, no ubico la voz, es como si los susurros de la casa se hubieran intensificado ¿Estarían hablando de mí? No tengo forma de saber nada, solo abro los ojos y parece que susurran shhh, shhh se ha despertado. Apáguense. Las velas se apagan, desaparece el ruido, pero solo vuelvo a cerrar los ojos y escucho los sonidos de nuevo, esta vez son pisadas. Algo abre la puerta y se arrastra por el cuarto, suspiro asustado y apretando los parpados, siento su uña sobre mi mejilla, se asegura de que este dormido y finjo lo mejor posible. No sé si he conseguido engañarle. Jadeo cuando se aleja, siento su olor, su frio, su capa ya está de nuevo en el sitio, sale del cuarto, deja la puerta cerrada y las velas se encienden.
Se fue, se fue, se fue ya. Es viernes y se va.
Se ve a cumplir con la última llamada.
La ultima antes de la buena.
Antes de la celebración. Se fue, se fue ya, es hora del Black Sabbath.
Me levanto como resorte, asimilando las voces, el brujo se ha ido, la casa a quedado sola de nuevo, el brujo se fue a celebrar y esta vez se fue sin mí y si regresa de mal humor yo correré los riesgos, no sé en qué estado se encuentre tengo miedo. Las luces de las velas se dan cuenta de que las he oído y suspiran apagándose, no me guían abren la puerta del cuarto, estoy temblando. Tengo curiosidad, el brujo se fue sin mí, me dejó aquí. A pesar de que le dije que estaba bien que matara a mi hermana, que realmente no soy tan bueno como cree, que no lo soy. Pero que tengo miedo, pero estoy curioso.
Me bajo de la cama y no me pongo los zapatos ni nada. Solo salgo del cuarto y corro hasta la ventana.
El pedazo de manzana sigue ahí.
¿No querrá que lo acompañe? Quito el pedazo de manzana y lo veo de inmediato en cuanto mi pupila se fija en la luz que carga, se trata de un palo de madera con una calavera de la cual brota luz, las sombras de los animales le rodean le siguen mientras camina por entre el bosque y los animales del bosque verdaderos también lo ubican, vuelan a su alrededor, los conejos caminan, los sapos brincan, las lechuzas le revolotean. Sus ropas destellan, su capa de cielo y oscuridad, las gemas de su traje, azul y brillo, me da escalofríos lo veo saltar la maleza y la luz se ve cada vez más lejana. Por instinto debo seguirlo, quiero verlo, necesito ver su ritual.
Jadeo y corro a la puerta, la presiono con las manos, con esperanza de que la aldaba aparezca.
Y aparece.
—Quiero salir — le aviso suavemente.
Suelta el hueso, hace el sonido de crack y la puerta se abre suavemente.
El viento me carcome las pestañas, me hace tiritar y me muerdo los labios, me cubro los ojos cuando doy el paso y busco entre la bruma de invierno la calavera con la luz, está tan lejana que no podría escucharme, pero lo veo, lo veo caminar y me decido a seguirlo paseando por el bosque malo. Saliendo de la casa solo.
N/A: Este capítulo creo que está súper confuso, la verdad me costó bastante trabajo entenderle incluso cuando lo volví a leer, pero en general debo decir que Eren aprendió a abrir las puertas, pudo saber un poco más de Levi y hablaron de Erenovich… ¡Lia! ¡Ya se, ya se! –tu sabes- Pero bueno chicas, espero que les guste muchísimo y ya el siguiente capítulo es el penúltimo.
Gracias por leer, por dejar sus hermosisismos reviews, no saben lo muchísimo que los aprecio, cuando pueda les responderé a todos.
¡Un beso de bruja!
