Danse Macabre

Levi x Eren

Capitulo 7—

Tú eres mi esclavo, mi pequeño jodido desastre

Yo soy tu Dios, llámame tu amo.

No llegué a imaginar realmente cuanto se supondría que caminaría siguiendo una luz por entre la maleza del bosque, ni verdaderamente el frio que me calaría hasta en lo más profundo de los huesos. Y agradecía no tener hambre ni padecer de ella porque cualquier mirada a los árboles y a sus ramas me hacía recordar el infernal camino que había recorrido para llegar hasta aquí con Mikasa y mi padre la primera vez. E incluso me sentí tentado a tomar algunas piedras, pero me apreté las manos fuerte y seguí sin hacer ruido, bastante lejos de él, de los animales de cualquier presencia, demasiado atento de no perder la luz y así no perderme yo también.

Por encima de los siguientes treinta metros de árboles, alcancé a percibir el extraño olor que inundaba mis fosas nasales, primero se infiltró como un suspiro de hierbas olorosas e incienso, como a cristiano, como a algo tenebroso, pero después fue nauseabundo, lo más asqueroso que haya olido. Me hizo dar dos arcadas sujetándome muy fuerte del estómago para o vomitar, luego miré por encima de las ramas y la luz se alejaba, tanto y tan de prisa, como si hubiese entrado en algo. Como en una cueva.

Caminé más rápido.

Percibí el olor agradable, atrayente de nuevo, me quedé mirando, analizando… esperando encontrarme con el algo que no sabía que era. Pero jadeé en cuanto vi que se trataba de una cueva como de pedernal, con muchos árboles cuidando que no se notara, y que la luz acababa de entrar por ahí, pero el miedo me consumió, mis pies descalzos se quedaron pegados a la tierra húmeda. Y la luz del cráneo desapareció, el bosque era tenebroso y te absorbía, cualquier sonido lo intensificaba, las sombras y los animales desaparecían y en un segundo, de la cueva brotaban diversos tipos de luces, luces como de muchas velas cálidas encendiéndose.

No quería entrar.

La curiosidad que sentía, las ganas de seguirlo, no eran tan intensas como para ingresar en ese lugar. Pero mis pies se movieron por si solos, sin capacidad de detener, ni de frenar los fuertes latidos de mi corazón, que retumbaban en mis oídos y producían chillidos. Me aseguré de contener la respiración y de fijarme muy bien por donde daba los pasos, cuidadoso de no romper ni una rama que delatara mi posición.

Frente a la cueva no me paré, es más me quede a uno de los costados, tocando la piedra con las manos y sumamente ansioso por asomar la nariz entre la primera abertura, no estaba seguro de que tan adentro estaba, podía estar apenas ingresando y si yo me mostraba completo, el sin duda me notaria, si no es que ya estaba enterado de que yo estaba parado justo afuera.

Conteniendo la respiración di pequeños brincos entre las piedras de tezontle y aferré mis uñas mugrosas a la superficie de la piedra, la entrada se veía grande y alumbrada, no había nada ahí que me dijera que me detuviera, solo asomé el rostro. Solo la mitad del ojo, un cuarto de pestañas y me quedé mirando.

La cantidad de velas era impresionante, negras y blancas, con llamas naranjas dibujando figuras en la piedra, madera quemándose, soltando olor, hierbas encima de esta, desprendiendo humos de colores y olores fuertes y desconocidos. Y allá muy allá se encontraba Levi, de rodillas ante un montón de flores blancas parecidas a los crisantemos anteriores, a su vez rodeado de velas, y con las manos ensangrentadas se quitaba la ropa. Me sonrojé con violencia, pues pude ver la parte de atrás de su cuello, me tapé la boca con la mano, observando como lentamente su torso níveo parecía mostrarse impuro ante mi vista, caí de rodillas, sin dejar de mirarle. Ni aunque quisiera hubiese podido.

Puso las manos en su cuello, manchándose las venas con sangre y jadeando escuché su respiración agitada.

—Pues todo mal que has pedido lo he cumplido — siseó —. En tu nombre.

Se persignó. Tres veces.

Se quitó el cinturón del pantalón.

Todas sus ropas negras quedaron tiradas entre las flores, entre la sangre y todas las velas, las ramas y las cosas que rodeaban el extraño altar. Jadeé al verlo, se iba a bajar los pantalones cuando puso las manos que brotaban sangre, no sé si era suya o si la había obtenido de algún lugar. Las velas quemaban con intensidad y el fuego mostraba la presencia de algo que tampoco me había notado, que jadeaba sombrado al ver a Levi desnudarse.

—He comido la carne que has mandado, he bebido la sangre que has derramado, he fornicado con todo aquel que me has dicho, he matado a los niños que me has ordenado, he seguido cada instrucción sin pecado. No he entrado a la iglesia, ni he desaprovechado de algún mal, no he fallado, no he sino sido el brujo que me has dicho, respetando los poderes que este bosque me brinda…

Su cuerpo se llenó aún más de sangre, en ese punto asomé la nariz para observar de donde salía esta y efectivamente sus manos chocaban contra cristales cortados, había muchos conejos muertos sobre las flores, la ropa y la mezcolanza de flores y carne me dio asco, pero lo seguí viendo, suspirando. Obsesionado.

—La mezcla sexual que te daré hoy, es el producto de mi promiscuidad absoluta…

Y entonces su pantalón quedó casi hasta las rodillas, y vi que sus manos se movían, hacia abajo, acariciándose el pecho y los abdominales con los dedos llenos de sangre, mientras descendía y bajaba, y las velas temblaban, mi piel se erizó como si un viento helado me congelara pero mi sangre hervía ansiosa de mirar, de tocar, de lo que fuese o solo de verlo, mi boca no pudo contenerse del asombro de verlo tocarse, y solté aire, hiperventilé en busca de su atención, mis piernas se abrieron en el piso, mojado. Mirando, mordiéndome el labio, con pánico en cada milímetro de piel.

Su rostro giró lentamente hasta verme.

Como pude me levanté, me arrastré como un gusano retrocediendo asustado, queriendo evitar sus ojos malignos contra mí, porque estaba furioso, no estaba excitado, estaba molesto, en sus ojos brillaba la ira de haberlo visto. Me alejé lo más que pude, intenté levantarme resbalando con la tierra, con las piedras insertándoseme en las manos, dolor y jadeó cuando pude ponerme de pie y le di la espalda a la cueva para correr, correr por el bosque y perderme dentro de el sin fijarme en lo absoluto.

No pude dar el paso. Estaba frente a mí, con su cuerpo desnudo, los pantalones abiertos, aun sin mostrarme nada de lo que yo quería ver y con la capa de oscuridad sobre sus hombros, como si el bosque fuera demasiado oscuro como para que le mostrara su blanca piel. Suspiré y me tomó de las muñecas.

—¿Estabas de curioso? — que aterradora voz, me daban ganas de llorar. Mis ojos soltaron lágrimas y mi garganta se cerró en torno a su mano que me asfixiaba —, ¿Quieres ver? Niño curioso…

Y me arrastra, con los pies en el aire batiéndolos, las manos sobre su mano que rodeaba mi cuello sentí como el aire desaparecía de mis pulmones, sus ojos negros eran ya lo único que podía ver, sus uñas se me clavaban en la piel probablemente tenía unas grandes heridas, tenía miedo, tenía frio y le me jalaba adentro de la cueva, quería dejar de llorar porque el aire se me estaba acabando y cuando pensé que llegaría mi último jadeo caí encima de una piel de animales muertos, flores y sangre, con velas rodeándome, como me arrancaba la ropa con las uñas, rompiéndola en mil pedazos.

Grité.

—Sí, tenme miedo, témeme, témeme… te dije que necesitabas disciplina bastardo — gritó riéndose en mi oreja, jalándome de los cabellos mientras yo le golpeaba con todas mis fuerzas en el pecho, en las piernas, dando patadas —. Soy el dominante, no puedes retarme. Soy el maldito amo de tu cuerpo. no puedes abandonarme.

Seguí luchando con todas mis fuerzas sintiendo todo su cuerpo encima del mío, sintiendo su voz entrar por cada uno de los orificios de mi cuerpo, como si se colara por entre mi boca mi nariz mis oídos, por todos lados, lo tenía en todas partes. Estaba endiosado por él, cubierto de sangre, con animales muertos, con las velas casi quemándome la piel, derramando su cera sobre mi cuerpo, con las flores brotando líquidos asquerosos, olores impuros. Y su voz seguía siendo atrayente, deliciosa.

No pude seguir peleando, ni aunque me jalara los cabellos. Solo bajé los brazos, las piernas y eché la cabeza para atrás.

—Soy un animal salvaje, no podrás domarme. ¡Anda levanta tus brazos! ¿Quieres librarte de mí? Entonces pégame, pégame. Pretende que puedes pelear conmigo, pero no podrás domarme. Soy tu jodido amo y vas a terminar gritando mi nombre… — me gruñía y besaba la piel de mi cuello, besaba cada parte de mi cuello, besaba mi mentón y jalaba de mis cabellos, sentí su desnuda espalda con los dedos —. Me excita tu sumisión…

Y yo estaba sumiso, sin moverme, debajo de él. Atraído por su dominio sobre mí, abriendo las piernas solo para él, para sentir sus dedos tocarme, su lengua lamer la sangre. Besarme, sentirme, sentirlo. Lo quería, lo quería así sobre mí. Y él se dio cuenta.

—Me he dado cuenta — jadeé con los ojos cerrados —. Que soy suyo, soy su esclavo. No puedo sino más que quedarme sumiso ante usted, soy su esclavo, usted es mi amo, mi maestro, mi Dios. Usted es mi Dios, eres mi Dios, mi único Dios.

Lo abracé con lágrimas en los ojos, mirándole, suplicándole con los ojos, aferrándome a él. El me miraba sorprendido, extrañado, ladeó la cabeza y sonrió muy lentamente, sintiendo algo rebotar en su interior, en la oscuridad que nos abrumaba. Hundió su nariz entre mi mejilla y luego lamió la extensión de mi cuello hasta mi mentón, lamió mi labio inferior y lo mordió con suavidad. Su lengua ingresó entre el espacio de mis dientes, con fuerza y sin piedad, comenzó a succionarme, besarme sin vergüenza, aferrando sus manos a mis caderas, besándonos. Sentí algo en mi interior, algo que quemaba y quería gritar, pero su boca estaba sobre la mía, me lamía, me mordía me besaba de forma impúdica, su lengua rozaba cada uno de los mis dientes y mi paladar. Me iba a desmayar, necesitaba respirar, pero aun así jalé de sus cabellos y lo escuché gruñir, aferrando mis piernas a sus caderas como un candado. Sin dejar de besarnos.

Me puse caliente y excitado, y comencé a rogar que me follara, que me hiciera algo, lo que fuera lo que quisiera, pero que lo hiciera ya.

No lo hizo. Solo me beso durante toda la misa negra.


N/A: ¿Alguien más disfrutó de ver a Eren sumiso y a Levi sacado de onda? Creo que eso último cuenta como una confesión amorosa. Ahora disfruten el sig capítulo, último, que nos da un poco de miel.