Pues otro final. Sé que van muchos seguidos, pero tocaba. No acelero las cosas, lo prometo. ^^
dcromeor, de eso se trata. Es la maldad del escritor.
Kykyo... el rescate viene en camino.
Love, eso queda en este capítulo.
Nat, concedido.
Para mí ambas son fuertes, pero prefiero a Regina sobre el asunto.
Regina Mills
Mi cuerpo reaccionó de forma natural ante aquella mujer. Sentía que era natural que se sentase junto a mí, y me mirase como al caramelito que sentía que era. Swan se tumbó a mi lado y acercó sus labios a los míos. Los entrecerré instintivamente y sentí cómo me daba un beso lento, tierno. Yo correspondí, refrenando mi deseo de provocarla. Emma me abrazó y nos miramos a los ojos.
_ Antes de contarte nada… quiero que tengas en cuenta lo más importante._ Dijo.
Me miraba con aquellos dos enormes orbes azules y yo sentía que me era imposible apartar la mirada o seguir con mi plan de ver hasta dónde caía presa de la lujuria si yo me lo proponía. La rubia parecía estar agotada.
_ Y es que yo te quiero… más que a nada en el mundo._ Dijo, mirándome._ Lo siento… me pongo ñoña… no es propio de mí.
_ No pasa nada._ Dije, pasando mi mano por su pelo. Lo tenía muy maltratado. Lo encontré adorable, aunque no tuve claro el motivo.
_ Sabes… no necesito que me cuentes nada, cielo._ Le dije, mirándola._ Hace mucho que no me siento así.
La sensación que me había invadido mientras acaricia el cabello de Emma me había trasportado a mi pasado, a los establos de la mansión que había sido mi hogar durante mis primeros años de vida. El hada me había mentido. Estaba claro que Emma no me había embaucado. Era mi verdadero amor… por segunda vez.
_ No me importa cuanto tenga que pasar… te haré recordar._ Dijo, besando mi cuello.
Se acurrucó contra mí y la abracé por instinto. Besé su cabeza y pensé en dormir un poco, pues yo también estaba cansada. Fue entonces cuando la puerta del armario se abrió de una patada, saliéndose de sus goznes. Me había olvidado del hada.
Campanilla
Estaba cansada de sentir arcadas. Le había entregado a Regina mi cuerpo, mi cordura y mi lealtad, y ella, una vez más, se había entregado a aquella pordiosera rubia. Extendí mis oscuras alas, amenazante. Estaba harta. Harta de estas tretas, de estas mentiras. Regina debía ser mía, costara lo que costase. Emma se puso en pie rápidamente, cogiendo su pistola de la mesilla y apuntándome con ella.
_ Quizá puedas engañar a Regina, una vez y otra… pero yo no voy a permitirte que lo sigas haciendo. Ella está a punto de ver cómo eres en realidad.
Apenas me quedaba polvo viciado, pero era más que suficiente para esto. Aferré la bolsa y se la lancé a la cara a Emma. La rubia se dejó caer al suelo, congestionada. Su cabello se teñía de blanco, y su pijama se transformaba en un atuendo de cuero negro. Cuando alzó la vista, sus ojos estaban teñidos por completo de negro. Sin embargo, no tardaron en tomar un color más natural.
_ Y bien… ¿Qué es lo que te importa en realidad, Emma?
Emma Swan apartó su cabello plateado de su rostro y se echó a reír. Lanzando una risa desquiciada, enfermiza, una que incluso a mí me erizó la piel. Empezaba a pensar que no había sido tan buena idea lo que acababa de hacer.
_ No importa lo que me hagas. Mi mayor preocupación siempre será mi Regina._ Dijo, clavándome sus ojos, que empezaban a tomar un tono rojizo.
Se acercó a Regina y se dieron un beso cadencioso, cargado de lujuria, de furia animal. Bien distinto al que se habían dado momentos antes, cuando yo aún seguía en el armario.
_ Volveré en seguida mi amor… tengo que destripar un hada._ Dijo.
Regina la miró con deseo y depositó un segundo beso sobre sus labios.
_ No temas, mi amor… estaré esperándote.
¡No! ¡Aquello no podía ser! ¡No podía permitirlo! Emma cogió la pistola, y esta, envuelta en bruma negra, adoptó la forma de Excalibur. El arma del ser oscuro, con su talla completa, resultaba imponente mientras se acercaba.
Pero yo no fui estúpida. Salté por la ventana y extendí mis grandes alas. Sin embargo no pude llegar muy lejos antes de que la espada me seccionara con total facilidad una de ellas y me provocase caer al jardín de Regina. Emma no hizo nada por evitarlo. Es más, me observó caer con una brillante sonrisa perversa.
_ ¿Dónde creías que ibas, pequeña hadita?
Traté de ponerme en pie, pero Emma fue bastante más rápida. Lancé un grito, coartado por la sangre que llenó mi boca cuando mi segunda ala fue cortada. En ese momento mi pelo volvió a adquirir el color del oro. Traté de lanzarle un hechizo a Emma pero, tal y como había imaginado, mi magia había desaparecido. Un hada no es nada sin sus alas, y a pesar de haberme corrompido, yo no era distinta.
Noté el frío acero sobre mi garganta. Los ojos de Emma, pérfidos y crueles, me observaban. Estaba disfrutando del momento. Yo la observé, sintiendo el pánico más absoluto que había sentido a lo largo de mi vida.
_ Por favor… no me mates…_ Me dejé caer, desmadejada en el suelo.
_ No voy a matarte, Campanilla._ Dijo, irónicamente, clavando ligeramente la espada en mi cuello._ Voy a esclavizarte, para que hasta el último de tus días… nos debas obediencia a mí y a Regina. Vas a aprender la lección… de la peor de las maneras.
La espada se convirtió en una serpiente que rodeó mi cuello, estrangulándome. Pero cuando creía que iba a ahogarme, la serpiente se convirtió en una tira de cuero negro que se ciñó a mi cuello.
_ Y ahora… limpia el estropicio que has dejado. Todo está lleno de plumas.
_ Sí._ Respondí, como una autómata.
_ Sí, ¿Qué?_ Preguntó Emma, arisca.
_ Sí, señora._ contesté, bajando la cabeza.
Nunca me había sentido tan humillada, tan fuera de sitio, tan sometida. Pero al menos, estaba con vida. Y siempre que estuviese con vida, podría comenzar otra vez.
Regina Mills
El vino de mi copa no dejaba de agitarse. Sentía la necesidad de que Emma regresara. Estaba impaciente porque esa oscura y malvada mujer me tomase entre sus brazos y me besara. Y cuando sentía que mi impaciencia estaba a punto de colmarse, la puerta se abrió. Emma se apoyó en el quicio de la puerta, y debía haber perdido su abrigo de cuero, porque estaba apoyada completamente desnuda.
_ Lamento el retraso, mi reina. Estaba enseñando a nuestra nueva mascota a comportarse.
Emma se deslizó sensualmente por la habitación, provocando que me fuese imposible no observarla. Se deslizó bajo la manta como yo misma lo estaba, y tomó la copa de vino de su mesilla. Fui yo la que se acercó a aspirar el aroma de su larga melena plateada.
_ Hueles a sangre y desprecio…_ Susurré._ Me pone a mil.
_ Puedo oler a lo que tú quieras._ Dijo, acercándose y besándome en el cuello._ Por ti me da igual lo que pueda pasarme.
_ Emma…_ Susurré.
La tomé de la cintura y la besé ansiosamente, notando sus manos sobre mi culo. Sus uñas raspaban mi piel con delicadeza, provocando que perdiese el sentido. Me estremecí, mirándola a los ojos.
_ Emma…_ Esta vez no susurré el nombre… que quedó aplacado por un gemido._ No juegues más conmigo.
Emma me miró a los ojos. Estaba claro que estaba disfrutando mucho del pequeño juego de torturarme de deseo, pero mis palabras fueron más fuertes que su deseo de someterme a semejante castigo inmerecido. Bajó la cabeza, dejando un reguero de besos por mi cuello hasta llegar a mi pecho en el que se detuvo durante un largo rato.
Mordió mis pezones con dureza, como si quisiera marcar su territorio. Yo grité, y eso pareció complacerla, pues bajó por mi abdomen con cuidado. Su lengua se entretuvo en mi ombligo, haciéndome gimotear, hasta llegar a mi sexo que, caliente y húmedo, la estaba esperando. Emma no esperó. Se dedicó directamente a lamer mi sexo sin compasión, provocando que yo gimiese como la hembra en celo que me sentía.
Una de mis manos buscó uno de los pechos de Emma y lo sobó con furia mientras la miraba a los ojos. Mi otra mano, egoísta, se acercó a uno de mis pechos y lo magreó. Le guiñé un ojo a Emma, que disfrutaba del espectáculo. Y me entregué, como una ególatra, permití que Emma hiciese todo el trabajo mientras yo me deleitaba.
Me derramé en un orgasmo colosal. Durante unos instantes me sentía incapaz de reaccionar. Pero eso fue algo que Emma supo aprovechar. Se colocó una vez más sobre mí, e hizo mis piernas a un lado. Cuando quise darme cuenta, un falo de plástico estaba abriéndose paso en mis aún sensibles entrañas. Yo lancé una risa… y un leve gemido.
_ Te amo, Emma… Eres tan cruel…_ Susurré.
_ Sólo lo necesario.
Me besó en los labios, y empezó a penetrarme a un ritmo lento. La abracé con fuerza, llevando mis manos a su culo para dejar en él marcadas mis uñas, y que le quedase claro que sería mía para siempre. Nuestro orgasmo fue mutuo, salvaje. Gritamos el nombre de la otra al unísono. Ella se dejó caer sobre mí, y yo la abracé con cariño.
Unas horas más tarde
Al recuperar la consciencia, mis recuerdos estaban algo difusos. Recordaba haber llegado al bosque, y la trampa de campanilla. Recordaba vagamente maldades pasando por mi cabeza. Y sexo. Recuerdo una noche de pasión desenfrenada con una Emma de cabellos de plata.
Cuando abrí los ojos, sin embargo, Emma estaba ante mí con sus cabellos de oro. Dormía plácidamente. Le acaricié el pelo con dulzura y ella los entreabrió, mirándome.
_ Me duele la cabeza como si me hubiese bebido todo lo que tiene la abuelita._ Dijo, y se le escapó una risa.
_ ¿Qué dices, tonta?_ Le dije, dándole un leve beso en la mejilla._ ¿Por qué tengo la impresión de que hemos tenido una sesión de sexo salvaje?
Alcé una ceja, monárquica, y observé el caos de la habitación. Había manchas de vino por doquier, e incluso muebles rotos. Y me sentía en el cielo. Decididamente había ocurrido eso.
_ Les traigo el desayuno.
Emma y yo nos pusimos alerta. Nos colocamos la manta y miramos a Campanilla, que se acercaba con una bandeja de desayuno en la que había un poco de todos.
_ ¿Se puede saber qué pasa?_ Pregunté, observándola.
_ Hago mi trabajo, señora. Emma me contrató como asistenta ayer.
_ ¿Qué yo hice qué?_ Preguntó, incorporándose.
_ Me colocó esto._ Dijo, llevándose una tira negra en el cuello._ Y ahora no puedo desobedecer.
_ Pues te está bien empleado por un tiempo._ Dijo Emma._ Después de lo que hiciste a la madre superiora… y a nosotras…
_ Supongo que así es._ Bufó._ Espero que seáis muy felices.
Nos vestimos y salimos fuera. Ahora que Campanilla estaba controlada nada obstaculizaba nuestro camino. Emma y yo ya estábamos preparadas para una nueva vida juntas.
_ Te quiero…_ Susurré, acariciando el pelo de Emma.
_ Y yo a ti… siempre.
