DISCLAIMER: Los personajes no son míos, ya lo saben ^^U son de Rumiko Takahashi. La siguiente narración es creación propia y está hecha sin fines de lucro, con el propósito de entretener a los lectores.

SUMMARY: Y lo odiaba por eso. Por alejarse, luego de que habían reafirmado su promesa de casarse y tener una familia juntos. Luego de que ella venciera todos sus temores y se convirtiera en su mujer antes de la boda. Luego de que rompiera las promesas de celibato sólo por sus ojos... Por eso, ya no lo seguiría esperando.


Por tus ojos…

Capítulo II
"Asuntos pendientes"


Felicidad… esa palabra tan grande e imponente.
¿De verdad existe? ¿Cómo es?
Lo subjetivo de su significado es algo indescifrable,
la buscamos incansablemente, a veces la encontramos…
Y a veces, se esconde frente a nuestros ojos,
pero – tontamente – la ignoramos, creyendo que siempre seguirá ahí…


"... 6 años más tarde..."

Cerró la entrada, mirando fijamente la cabaña que ahora pasaba la mayor parte del tiempo deshabitada. Las pausas que hacían en su búsqueda, las dedicaba a cuidar de la estructura, evitando que se deteriorara, para así poder tener un hogar seguro una vez que la encontrara.

Suspiró, tomando nuevamente sus provisiones y mirando con nostalgia el cielo. ¿Dónde se habría metido? La había buscado incansablemente, pero aún no lograba dar con su paradero. Tras un par de meses de búsqueda, habían decidido volver por si la castaña se hubiese arrepentido y estaba en la aldea, pero eso nunca ocurrió. Salían por unos meses en su busca y luego volvían, por la misma razón. Ya había perdido la cuenta de cuántas veces habían abandonado la aldea, sólo esperaba que fuese la última. Sinceramente, 6 años era mucho tiempo y esperaba que su exterminadora no hubiese decidido formar familia con alguien más, porque si eso pasaba...

— ¿Estás listo?

InuYasha, su fiel amigo, había llegado para acompañarlo nuevamente en su viaje. Asintió con la cabeza, tomó sus cosas y emprendieron el rumbo, otra vez hacia el oeste, rogando porque esta vez su recorrido tuviese un final distinto.

— ¿Crees que la encontremos ahora? — Preguntó el platinado, con los brazos cruzados tras su cabeza, mirando el cielo.

— Eso espero, InuYasha — respondió el bonzo, con su semblante pensativo.

— ¿Y crees que ella... bueno, siga soltera?

Se detuvo ante la pregunta del hanyō. ¿Sería así? Confiaba en ella, hubiese puesto su vida en sus manos si hubiese sido necesario y sin dudarlo, pero... ella se había marchado porque estaba cansada de esperar... ¿Tendría una familia, un esposo? ¿Tal vez un hombre mejor que él, que le diera comodidades y que sólo hubiese tenido ojos para ella...?

Su mente se iluminó de pronto. ¿Cómo no lo había pensado antes? ¡Ese terrateniente! Miró fijamente a su ambarino amigo, decidido. Él le había ofrecido ayuda si ella lo necesitaba. ¿Podría haber recurrido a él? Valía la pena ir en busca de ese prominente palacio para averiguarlo.

— InuYasha, ¿recuerdas ese terrateniente que le pidió matrimonio a Sango cuando aún no derrotábamos a Náraku? — Preguntó el oji azul, esperaba que su amigo lo recordara y le ayudara a encontrar el camino a ese palacio.

— ¿Ese tipo del palacio enorme, con el demonio de oso? — InuYasha se rascó la cabeza, recordaba a todos los que habían conocido durante sus viajes, pero pocas veces los traía a su mente.

— Exacto — Miroku asintió, con una corazonada —. Unas semanas antes de que Sango se fuera, él vino a buscarla... ella se negó, pero él mantuvo su ofrecimiento de ayuda y, bueno... tal vez ella lo haya buscado, ¿no crees?

Se quedaron mirando unos segundos y luego el hanyō asintió con la cabeza. Por lo menos ahora sabrían lo que buscaban y, para suerte de ambos, él recordaba más o menos cómo llegar al palacio.

…:::::::::::::::::::::::::::::::::::…

Miraba al lago, ese lugar era hermoso. Sintió el peso de la mano de su acompañante en el hombro y volteó para ver directamente esos ojos. Tan profundos...

Es un lugar bellísimo — murmuró, con una tímida sonrisa.

Más bella eres tú — respondió él, sentándose a su lado.

Sus mejillas se sonrojaron, dirigió la mirada nuevamente al agua para evitar ser descubierta. A pesar del tiempo que había pasado, pocas veces estaban solos. Se habían besado en un par de ocasiones, pero a decir verdad, pareciera como si nunca hubiese sido suficiente. Y ella seguía sintiendo vergüenza.

Sango, yo... — la voz profunda de su bonzo hizo que lo mirara fijamente. — Sabes que lo que siento por ti es algo que no sé explicar, creo que es amor porque nunca antes lo había sentido por ninguna otra chica... por eso quiero que tengas presente que no voy a olvidar nuestra promesa.

Tomó su mano con cariño, mirando hacia el horizonte como imaginando un hermoso futuro.

Su Exce... digo, Miroku — se corrigió al ver el gesto de desagrado en el rostro del aludido, a veces aún le costaba llamarlo por su nombre —, lo tengo muy presente. Espero con ansias el día en que podamos unir nuestras vidas...

Los ojos de Miroku brillaron. Tomó suavemente el rostro de la joven para besarla. Pero esta vez todo fue distinto.

El beso inició tierno, como los anteriores que se habían dado, pero luego comenzó a intensificarse en poco tiempo, lo que puso en alerta a Sango. No estaba segura de qué pasaba, pero su cuerpo reaccionaba extraño con ese contacto. El oji azul se dio cuenta de ello, se separó levemente de sus labios y la miró directo a los ojos.

No quisiera tener que esperar más, pequeña — murmuró, acariciándole suavemente el rostro —. Eres todo para mí y... deseo que en este mismo momento, unamos nuestras vidas. ¿Quieres tener un hijo conmigo?

A Sango le brillaron los ojos, aunque titubeó un poco. No porque no estuviese segura, sino porque estaba nerviosa, no estaba preparada para dar ese paso...

Yo... — Iba a decir que no era el momento, pero se dejó atrapar por lo ojos de Miroku, al fin y al cabo algún día iba a suceder. — Sí, Miroku, claro que quiero.

Esa sería una tarde que ninguno de los dos podría olvidar...

— ¡UN DEMONIO!

El grito del capitán de la guardia del palacio la despertó de su sueño. Bueno, más bien era un recuerdo, pero a esas alturas, lo consideraba simplemente un sueño. Se levantó rápidamente, vistiendo su acostumbrado traje de exterminadora, se aseguró que su pequeña hija siguiera durmiendo en su habitación y luego salió al combate.

El demonio era gigantesco, quizá unos 8 metros de altura, de color azulado, 4 brazos y enormes garras; lanzaba veneno por la boca, uno muy poderoso porque derretía lo que tocaba a su paso.

Sango observó como los soldados de la guardia no lograban ni siquiera hacerle un rasguño al demonio que había llegado desde el bosque. El capitán gritaba órdenes, mientras algunos sirvientes se ocultaban en el interior del palacio, otros soldados lanzaban flechas, pero sólo lograban molestar más a la criatura.

— ¡Aléjense de él! — Gritó para hacerse escuchar, acercándose al lugar de la batalla. — ¡Es muy peligroso, yo me encargaré de esto!

Lanzó su veloz arma, hiriendo al gigante en uno de sus brazos y recibiendo su boomerang de vuelta. No sería fácil, pero podría sola, no se veía tan poderoso. Sólo debía evitar su veneno. Los guardias del palacio obedecieron, alejándose lo bastante para estar seguros, pero no demasiado en caso de que la muchacha necesitara ayuda. La exterminadora demostró su habilidad, peleando ágilmente contra el demonio hasta que, al tratar de esquivar un golpe, recibió otro de vuelta que la azotó contra uno de los muros del palacio. Un poco aturdida, notó que su adversario se preparaba para lanzar su veneno y se cubrió con su hiraikotsu, segura de que el arma no podría resistir lo suficiente...

— ¡MAMÁ!

El grito de su hija y el brillo del campo protector repeliendo el veneno le indicaron que la niña estaba cerca. Retiró el hiraikotsu y vio a la pequeña frente a ella, con las manos extendidas creando la barrera que había impedido que el veneno tocara la tierra. Sango se apresuró, tomó a su pequeña en brazos para protegerla, lanzó su boomerang con fuerza directo a la cabeza del demonio y lo exterminó. El cuerpo sin vida del gigantesco ogro se desplomó frente a ellas, la pequeña niña se escapó de los brazos de su madre y se acercó al cadáver, purificando la energía maligna, para luego volver con la exterminadora.

— Miku, te he dicho muchas veces que no salgas durante ataques como este — la regañó Sango, con el semblante serio —. Es peligroso, algo podría pasarte.

— Pero mamá, el señor Kuranosuke dice que mis campos de protección son muy fuertes y debo protegerlos... — la niña la miró con sus ojos azules cristalinos, suplicantes.

— Aún así, es peligroso — indicó, los poderes espirituales de Miku eran asombrosos para su edad, pero ella no quería arriesgarse a perderla —. Todavía no sabes controlarlos, si alguna vez llegaras a fallar...

La pequeña asintió, para luego darle la mano e ingresar al palacio. Ya estaba por amanecer, así que Sango ayudó a su pequeña a dormir un poco más y luego se dirigió al comedor para desayunar junto a Kuranosuke y otros miembros importantes del palacio.

Los demás ya se encontraban comiendo y la saludaron con una reverencia, mientras ella se ubicaba en su lugar – junto a Kuranosuke – y se servía su desayuno también.

— Sango, creo que es hora — le indicó de pronto el terrateniente, con una seria mirada.

— ¿Hora de...? — Preguntó ella, no estaba segura de saber a lo que se refería él.

— De que lo busques, los poderes espirituales de Miku cada día crecen más y pronto no podrá controlarlos...

— Podemos buscar cualquier sacerdotiza o monje para que lo haga — lo interrumpió Sango, no quería volver a la aldea, menos en su búsqueda —. No tiene que ser necesariamente él.

— No conozco un monje más poderoso — Kuranosuke la miró fijo, sabía que para ella era difícil, pero debía enfrentarlo algún día —. Aquella vez, derrotó a ese espíritu con sólo un pergamino... Habíamos buscado la ayuda de otros monjes, nadie había podido hacerlo... Además, ¡es su padre! ¿Quien mejor para enseñarle?

— No quiero hablar más sobre esto — Sango se notaba molesta. Ella podría hacerse cargo de su hija sola, buscaría a alguien que la entrenara en el uso de sus poderes espirituales y no tendría que recurrir a la ayuda del bonzo —. Mañana mismo saldré a buscar a alguien.

Kuranosuke negó con la cabeza. Tan obstinada que era a veces. Con los años la había ido conociendo mejor y más se había enamorado de ella, pero sabía que aún amaba a ese monje. No le importaba que hubiese llegado con la hija de él en su vientre, que pidiese su ayuda tratando de olvidarlo... no le importaba ser una "opción", pero le molestaba que ella no fuese sincera. Negaba sus sentimientos por el monje, pero algo le decía que era mentira...

Aún recordaba el día que ella llegó al palacio, buscando su ayuda. La observó esperando que terminara de comer para que le diera la razón de su visita. No le importaba si ella llegaba sin razón, pero algo en esa mirada castaña le indicó que tenía mucho que soltar. Volvió a abrir la boca, para cerrarla casi al instante. Ni siquiera sabía qué o cómo preguntar, estaba casi seguro que eso se debía al monje mujeriego con el que ella había decidido continuar su vida.

¿Que cómo sabía que era mujeriego? Aquella única vez en su palacio, se dio cuenta que cortejaba a sus doncellas, a las sirvientas, y a cuanta joven se le atravesara. Aunque, claro, eso cuando estaba solo, si sus compañeros de viaje se encontraban cerca, parecía pensativo e incluso triste por algo. Luego del enfrentamiento con el oso, supuso que ese "algo" era su proposición hacia su compañera de viaje, y lo comprobó cuando, unos meses atrás, fue en su busca y él en persona le indicó que sería su esposa.

Ahora ella se encontraba en su palacio, buscando su ayuda, aparentemente afligida. Sango terminó de comer y le devolvió la mirada, buscando las palabras para explicar su visita.

— Kuranosuke, yo… quisiera saber si puedo quedarme a vivir en tu palacio… — murmuró tímidamente la exterminadora, con las mejillas rosadas.

— Claro que sí — respondió él —. Pero pensé que estabas comprometida…

— Sí, pero no resultó…

Él la abrazó con cariño, mientras ella lloraba en silencio. Luego hablaron por mucho rato, ella le contó a grandes rasgos lo que había ocurrido, también que llevaba un bebé en su vientre y que no deseaba volver a la aldea. Él le ofreció trabajo en el palacio y todo su apoyo, mientras ella superaba su desamor. No la presionaría con la proposición de matrimonio aún, prefería hacer bien las cosas y esperar un tiempo más.

Volvió al presente cuando sintió a Sango ponerse de pie, pedir permiso y salir de la habitación. La chica era más complicada de lo que parecía, pero aún así su boda se celebraría como estaba planeado. Eso nadie iba a impedirlo.

…:::::::::::::::::::::::::::::::::::…

"… Ese día por la tarde…"

El bosque que estaba en las afueras del palacio era su lugar favorito, especialmete porque podía perderse a ratos y desaparecer de la molesta vigilancia de su doncella. Sabía que era muy pequeña para andar sola – apenas tenía 5 años, sí – pero era más despierta que los otros niños de su edad, además en el bosque había descubierto sus habilidades y por eso se sentía más cómoda ahí.

Estaba trepada en la rama de un árbol cuando escuchó pasos y 2 voces masculinas que se acercaban por el sendero. Agudizó sus sentidos – tal como le había enseñado su madre – y trató de reconocer las presencias, pero llegó a la conclusión de que nunca las había sentido antes, a pesar de que una de ellas se le hacía un tanto familiar. Se inclinó un poco más en la rama para ver mejor a los viajeros, sin embargo su pequeña mano agarró la rama equivocada y resbaló, cayendo desde su anterior ubicación hacia la ladera que se encontraba junto al camino y rodando, llegó hasta él, unos metros delante de los extraños a los que intentaba espiar.

Trató de no quejarse ni gritar, aunque el golpe le dolió más de lo que hubiese pensado. Se sentó y esperó, sabía que no había pasado desapercibida, pero ella era fuerte como su madre y no demostraría dolor. Observó atentamente el camino y vio aparecer a un monje de túnicas azul oscuro y violetas y a un hanyō de cabello platinado y haori rojo. Ambos se detuvieron frente a ella y la contemplaron con curiosidad.

— ¿Te encuentras bien, pequeña? — Preguntó el monje, agachándose para quedar a su altura y ayudarla a levantarse.

— Sí — respondió, aceptando la ayuda, un poco avergonzada, sin mirarlo directamente.

— ¿Qué haces sola por aquí? — El hanyō la miraba inquisidoramente, sus ojos la atravesaban. — ¿No deberías estar con alguien que te cuide? Eres demasiado pequeña para andar sola…

La niña lo miró enfurruñada, con sus ojos azul profundo destellando.

— ¡No soy pequeña! — Exclamó, mostrándole su lengua de forma infantil. — ¡Puedo cuidarme sola!

— Supongo que por eso te caiste del árbol — el hanyō le mostró también la lengua, demostrando su madurez.

— InuYasha, compórtate — pidió el monje, serenamente —. ¿Cómo te llamas? ¿Hay algún poblado cerca?

— Hum… — la niña los miró escrutadoramente unos segundos antes de responder. — No debo hablar con extraños, lo siento…

— Pero…

— ¡MIKU!

El grito femenino provenía de algún lugar más adelante en el camino, aparentemente buscando a alguien – ambos supusieron que era a la menor – y se acercaba rápidamente. Pronto vieron a la dueña de la voz: de castaña cabellera tomada en una cola baja, ojos del mismo color, ligeramente delineados con rosa y vestida con un kimono a juego. Ella se detuvo de inmediato al ver a los viajeros que acompañaban a la pequeña.

— ¿Sango…? — Murmuró el bonzo, con el corazón detenido.

— ¡Mamá! — La menor corrió hasta la recién llegada, ignorando lo que estaba pasando y abrazádola por la cintura. Luego la soltó, al percatarse de que ella se había quedado inmóvil.

Miroku y Sango se observaban ante la atenta y curiosa mirada de la pequeña e InuYasha, hasta que este último, aburrido, decidió romper el silencio que ya le estaba siendo demasiado incómodo.

— ¿Podemos avanzar? Tengo hambre — dijo, comenzando a caminar de nuevo.

— Mamá, ¿los conoces? — Preguntó la niña, tirándole la manga del kimono.

— Sí, hija, de hace mucho tiempo — respondió ella, adelantándose para guiarlos por el camino.

¿Cómo demonios la habían encontrado? ¿O estarían ahí por coincidencia? Y ella no quería ir en su busca… las ironías de la vida. Miró de reojo a sus antiguos compañeros y suspiró. Aún podía ocultarlo todo, siempre y cuando InuYasha no le hubiera contado a Miroku su secreto… y, claro, si Kuranosuke no metía la pata, ni Mroku y Miku se daban cuenta solos. Porque el parecido era mucho, y ese color azulado no se encontraba en todas las aldeas; porque los poderes espirituales también se heredaban y los de Miku eran evidentes y cada vez más fuertes. Además, su hija siempre fue más astuta y despierta que los otros niños de su edad, y solía preguntar por su padre, ya que en ese aspecto ella nunca le había mentido: sabía que ese hombre que las cuidaba tan afanosamente llamado Kuranosuke, no era su progenitor. Había prometido decirle algún día la verdad, pero no pensó que alguna vez iba a volver a encontrarse con él…

La imagen de la entrada del palacio la devolvió a la realidad. Avanzaron por el camino principal que daba a las enormes puertas, mientras las castañas saludaban cortésmente a los aldeanos que se inclinaban a su paso, brindándoles reverencias respetuosas.

— Ey, Miroku — InuYasha habló en voz baja, como queriendo evitar ser escuchado por sus compañeras —. Esta gente parece respetar mucho a Sango, ¿no crees que será porque ella ahora sea su…?

La mirada de reojo que les brindó la exterminadora hizo que el hanyō no terminara su frase, pero el bonzo decidió continuar con la idea luego de que ella volviera su atención al frente.

— No quisiera pensar en eso, InuYasha, pero es lo más probable — el semblante del oji azul se entristeció, sospechando una realidad demasiado dura para su corazón.

Pronto llegaron al palacio y fueron recibidos por los guardias, quienes escucharon las indicaciones de Sango y luego se llevaron a la pequeña Miku a su habitación mientras ella guiaba a sus amigos hasta un salón en donde pudiesen comer y charlar sin ser molestados. Recorrieron el trayecto en silencio, observando el lugar con detenimiento: podían notar que habían sido víctimas de un ataque no hacía mucho, pues algunos muros y la tierra de alrededor se encontraban dañados; sin embargo, el palacio seguía estando como ellos lo recordaban.

— Bien, si me disculpan, iré a traerles algo para que coman — indicó ella luego de que ingresaran al salón, haciendo una reverencia con su cabeza a ambos hombres —. Vuelvo enseguida.

Antes de que ella pudiera salir a realizar su cometido, un hombre alto, de castaños cabellos y ojos grises azulados ingresó al lugar de forma enérgica. Contempló a los recién llegados y luego a la muchacha.

— Veo que tenemos visitas — los saludó con una amplia sonrisa para luego dirigirse a la exterminadora —. Sango, necesitamos hablar un par de asuntos, sabes que Miku no puede seguir haciendo de las suyas.

Sin esperar respuesta, el hombre tomó la mano de la chica y la llevó consigo fuera del salón. InuYasha y Miroku quedaron observando la puerta, extrañados por el repentino secuestro de su amiga.

— Eh… Miroku, ¿él es…?

— Sí InuYasha, él es ese terrateniente.

Ambos se quedaron mirando, sin querer asumir lo que eso podía significar. ¿Acaso Sango había rehecho su vida con ese hombre? Era probable, dado el tiempo que había transcurrido y la forma en la que él le habló a la muchacha al llegar…

Miroku suspiró, cabizbajo, ¿realmente su amada había hecho su vida con alguien más? Era casi seguro, por algo tenía una hermosa pequeña. ¿Cómo no había pensado antes en ir a busacarla a ese lugar? Pero, si lo pensaba bien, aunque hubiese llegado antes, quizá igual sería tarde. Esa pequeña debía tener 5 años, por lo que podía suponer que su concepción había sido poco tiempo después de que ella llegase a ese lugar. El matrimonio tendría que haber sido casi de inmediato, esa era la explicación más lógica a todo. Entonces, sus esperanzas… ¿de verdad se habían esfumado por completo? ¿Tan caro debía pagar ese estúpido error cometido años atrás? ¿O acaso era el castigo por su vida libertina y llena de vicios, la que había tenido antes de conocerla? Había prometido cambiar, ser el hombre que ella realmente merecía, pero eso no era suficiente… y ya no importaba.

InuYasha bufó, ensimismado, pensativo. Sabía que esa pequeña era la hija de Miroku, pero ¿lo sabría el terrateniente? ¿O la misma Miku? Tal vez la habría adoptado como acto de buena fé, acogiendo a ambas y brindándoles un hogar para así tener lo que él mismo había confesado desear desde hacía varios años. Cerró los ojos, convencido de que su amigo debía saber la verdad, y luego él tendría una pequeña charla con su antigua compañera de viajes.

— Oye, Miroku… — El hanyō interrumpió las divagaciones de su amigo, un poco nervioso, ya que sabía que ese secreto debería habérselo revelado antes.

— ¿Sucede algo, InuYasha? — Los azulados ojos del monje se fijaron en los de su amigo, reflejando la tristeza que lo consumía en esos momentos.

— Hay algo que debes saber — el platinado se decidió al ver ese profundo pesar en los orbes de Miroku —. Cuando Sango dejó la aldea, ella estaba…

— ¡Aquí están! — El grito de alegría de la pequeña Miku interrumpió la declaración de InuYasha.

La pequeña saltó de felicidad ante los dos, alzando los brazos y festejando el haberlos encontrado.

— ¿Ah…? ¿Miku…? — InuYasha no podía creer que lo hubiesen interrumpido justo cuando había decidido hablar. ¿Acaso el destino no quería que su amigo se enterara de la verdad? — ¿Qué haces aquí? Pensé que estabas en tu habitación o con tu doncella…

— Nop, estaba aburrida en mi habitación, así que me escapé para venir a verlos — la sonrisa no se borraba del rostro de la pequeña, mostrando sus infantiles dientes y unas cuantas pecas en su nariz —. Como ustedes conocieron a mamá hace tiempo, quería que me contarán sus aventuras… ella a veces me cuenta, pero dice que son taaaantas… además, pocas veces tenemos tiempo… ¿No quieren que esté acá? ¿Debo irme?

La inocente mirada azul de la niña fue atravesada por una sombra de tristeza y culpa que oprimió el pecho de InuYasha. Le había molestado – o sorprendido, en realidad – que ella apareciera así de la nada e impidiera que él le contara su verdadero origen a Miroku, pero no pensó que haría sentir mal a la poqueña, y que eso le dolería tanto. Le sonrió con cariño y se acercó a ella, podía considerarla parte de su familia – algo así como una sobrina – y no quería que se sintiera sola.

— No, claro que no debes irte — le indicó, revolviéndole el cabello —. Sólo me extrañó que viniese sola.

— Ah, sí… — Miku le sonrió con ese gesto infantil de autosuficiencia. — Quería ir a buscar a mamá primero, para que me dijera si ustedes son realmente los que vivieron esas aventuras con ella y mataron a Báraku, pero vi que estaba ocupada con el señor Kuranosuke y preferí no molestarla…

— ¿"Báraku"? No es así, es "Náraku" — InuYasha volvió a mostrar su madurez corrigiendo a la niña.

— Eso dije, "Báraku".

— Que está mal, es Náraku.

— ¡Lo estoy diciendo bien!

Miroku se limitó a observarlos, más ensimismado en su pesar que en lo que estaba pasando. La niña era adorable, pero el hecho de que fuese producto de la nueva vida de Sango le carcomía el corazón, recordándole que ya no podría compartirla con él. Quiso levantarse para salir a caminar, cuando la puerta nuevamente se abrió, dando paso a su castaña preocupación y a dos doncellas que la acompañaban, llevando comida para ellos.

— ¡Miku!

Al escuchar la voz de su madre, la pequeña se escondió tras su nuevo amigo, pidiéndole que la protegiera. InuYasha no supo qué hacer, él también le temía a la ira de Sango, además no debía interponerse entre una madre y su hija…

De pronto, la situación se volvió más tensa, pero no debido a ellos. Miroku se había puesto de pie para acercarse a ambas doncellas y, recuperando su "yo" anterior, hacerles la misma petición que muchas veces le había traído problemas con la exterminadora:

— Hermosas señoritas, ¿aceptarían tener un hijo conmigo?

InuYasha pudo ver cómo algo se rompía en los ojos de su amiga al escuchar esas palabras escapar nuevamente de los labios del monje, al tiempo que murmuraba "No ha cambiado en nada…". Entonces, ella sí lo amaba…

Las dos muchachas rieron nerviosamente, disculpándose con el oji azul y dejando la comida servida para ellos. Ambos chicos se sentaron a comer, cada uno con un semblante distinto: InuYasha no podía creer lo que acababa de hacer su amigo. ¿Acaso se había vuelto loco? Si seguía así, nunca iba a recuperar a Sango; Miroku, por el contrario, se encontraba sereno. Había decidido que, si así iban a ser las cosas y Sango ya tenía su vida hecha, él volvería a divertirse como antes. Después de todo, tenía ese derecho, ¿no?

— Miku, es hora de que vayas a comer — murmuró la castaña, a lo que la niña asintió y, con una reverencia se despidió de sus nuevos amigos para salir de la habitación.

Tras unos minutos de silencio – en los que InuYasha engulló rápidamente su comida para aprovechar el tiempo y hablar con su amiga –, la muchacha nuevamente se puso de pie y se acercó a la puerta.

— Cuando terminen de comer, pueden preguntarle a cualquier doncella por sus habitaciones. Yo iré a atender un par de asuntos, disculpen.

Los dejó solos, desapareciendo tras la puerta corrediza, presurosa a realizar esos "asuntos". InuYasha resopló, terminando de comer y escrutando a su amigo con la mirada. ¿Sería mejor si hablaba en ese momento con él, o sería preferible esperar para aclarar la situación con la exterminadora? Se rascó la cabeza, dudando. ¿Por qué era tan complicado?

…:::::::::::::::::::::::::::::::::::…

Ingresó a su habitación y cerró con fuerza la puerta tras de sí. ¿Cómo era posible que todo esto estuviese pasando? Agachó la cabeza y suspiró, un tanto abatida. Sí, era cierto que – de una forma bastante fría de verlo – ella había huído. Sí, había escapado porque temía que sus miedos y sospechas terminaran siendo realidad, que esa soledad que cada día iba haciéndose más fuerte en su corazón fuera permanente, que todos sus sueños y anhelos desaparecieran. Por eso, había decidido marcharse, guardando la esperanza de que, de algún modo, Miroku la seguiría amando.

Nunca tuvo la fuerza para enfrentar el duro golpe de ser rechazada tras haber dado todo de sí. No era capaz de pensarlo y había preferido escapar, aunque fuese una salida fácil, cobarde y hasta estúpida. ¿Cómo podía esperar que él la siguiera amando, si ella lo abandonó? Sí, era él quien se alejó durante un tiempo, por eso ella creyó que ya no la quería y se dirigió a ese lugar, buscando consuelo. Y lo había encontrado, ahora debía responder como se esperaba de ella…

Si lo pensaba detenidamente, era ingenuo y hasta tonto creer que él la seguiría amando si ella había desaparecido. Muchas veces se arrepintió de su desición y deseó volver a ese momento en el que partió para detenerse e intentar hablar con el bonzo, pero nunca podría hacerlo. ¿Por qué los problemas del corazón eran tan complicados? Ojalá fuera como derrotar a un demonio…

Volvió a suspirar, pensando en Miku. Su hija se parecía mucho a Miroku: los ojos azules profundo que parecían siempre ver más de lo que uno quería mostrar; su sonrisa radiante, con ese par de hoyuelos haciendo juego perfecto a cada lado de su boca; la forma despreocupada de ver la vida, siempre tratando de resaltar lo bello y sencillo, pero procurando a su vez proteger a sus cercanos; y – no podía ocultarlo – los poderes espirituales que cada día iban creciendo más. Sí, no había duda de que esa pequeña era hija del bonzo, pero ¿lo sabría él? ¿InuYasha le habría confesado la verdad en algún momento, o habría mantenido su palabra y resguardado su secreto? Sospechaba que así había sido, pero nada había podido descifrar en la mirada del oji azul: estaba más impenetrable que nunca. Quizá pensara que ella había rehecho su vida y que la pequeña era hija de Kuranosuke…

Debía decirle la verdad, él tenía que saber que ella no lo hubiese olvidado tan pronto… ¿pero serviría de algo? O en realidad… ¿qué esperaba lograr con eso? Dentro de unos días, se celebraría su boda con el terrateniente y eso no podía evitarlo. Debía compensar toda la ayuda que le había brindado. Por otro lado, aunque Miroku supiese la verdad, ¿cambiaría en algo las cosas? Seguramente sólo la terminaría odiando más por haberle negado la oportunidad de ser padre, uno de sus más grandes anhelos…

Un par de golpes en la puerta la sacaron de sus divagaciones. Entreabrió levemente y se encontró con un semblante serio y una penetrante mirada ambarina acusadora.

— Sango, tenemos que hablar.

…:::::::::::::::::::::::::::::::::::…

Caminaba distraídamente por los pasillos del palacio, hasta que vio a la pequeña Miku entrenar en uno de los patios interiores junto a un chico mayor que ella. Se sentó para contemplarla detenidamente, sonriendo al notar lo mucho que se parecía a su madre: su castaña cabellera tomada en una cola alta se movía tan suave y sedosa como la de ella; la expresión decidida al blandir la espada y sus reflejos ágiles eran fiel copia – o resultado, tal vez – de los entrenamientos de la exterminadora; y las pecas infantiles en el rostro de la pequeña le daban una clara idea de cómo había sido su madre a esa misma edad.

Sonrió con nostalgia al pensarlo, imaginando que en alguna vida futura o pasada, él hubiese podido ser el padre de semejante maravilla.

De pronto, el destello de un campo protector atrajo sus pensamientos de nuevo al presente. ¿La pequeña tenía poderes espirituales? Observó con detenimiento la escena, sintiendo por primera vez la presencia espiritual de la niña. ¿Se le habría pasado por alto? Distinguió el límite del campo, oscilando ante el contacto con el arma de su compañero de pelea, pero sin desvanecerse. Miku extendía una sola mano frente a ella, mientras la otra sujetaba firmemente su espada, sin titubear. Unos segundos de tensión y la barrera desapareció, ambos oponentes guardaron sus armas y dieron por finalizada la sesión. Miroku se mantuvo pensativo: era un gran poder espiritual, pero el oscilar del campo sólo podía significar una cosa, que la chica no manejaba del todo sus habilidades, quizá nunca hubiese recibido entrenamiento adecuado.

— Veo que acaba de presenciar las habilidades de Miku.

El oji azul dio un respingo al escuchar la voz del terrateniente a sus espaldas. No tenía deseos de hablar con él, menos compartir sus apreciaciones sobre la menor y su poder espiritual, pero dado que era su palacio, era casi imposible que pudiera hacerlo.

— Así es, tiene mucho potencial — respondió de forma áspera, aunque su intención no era sonar grosero.

— Sango la ha entrenado con especial cuidado el último año, desde que descubrió sus poderes espirituales — agregó el joven, en tono serio, incluso un poco autoritario —. Aunque supongo que no será suficiente para que los controle.

Miroku asintió, a pesar de que no sabía a qué quería llegar el hombre con ese comentario, no podía negar que la pequeña necesitaría un entrenamiento espiritual tarde o temprano. Se puso de pie e inclinó la cabeza a manera de disculpa, no tenía deseos de seguir en presencia de su anfitrión; por el contrario, quería encontrar a InuYasha y regresar lo antes posible a su hogar.

— Si me disculpa…

— No tan rápido, monje — el hombre lo detuvo, mirándolo seriamente —. Debo aclarar unos asuntos primero con usted.

— No sé a qué asuntos se refiere, en cuanto a mi persona, no tengo nada que hablar con usted.

— Tal vez no lo crea, pero no soy tonto — agregó él, sin permitir que Miroku se marchara —. Su amigo y usted no llegaron al palacio por casualidad, y creo que su razón para viajar tan lejos de su hogar es Sango. No quiero ser grosero, pero manténgase alejado de ella, no quiero verla sufrir de nuevo por su culpa. Ahora ella es mi prometida, y desearía que usted no la incomodara.

Miroku curvó sus labios en una media sonrisa, ahora los papeles se invertían. Miró detenidamente al hombre que estaba frente suyo y recordó la comparación que había hecho muchos años atrás Kagome entre ambos, resaltando la "ventaja" que tenía el terrateniente. Él era un simple monje mujeriego y pervertido, y lo seguiría siendo ahora que ya no tenía a su amada a su lado.

— No se preocupe, comprendo que ella tenga una nueva vida ahora y mi único deseo, es que sea feliz con las deseciones que ha y vaya a tomar. Ahora, si me permite — Miroku se alejó, no quería que nadie notara esa sombra de tristeza y desesperanza que había abordado su corazón. Si Sango había sufrido por su culpa en el pasado, merecía ser feliz con la vida que ella decidiese tener, y si eso implicaba que él debía apartarse, lo haría. Se lo debía a la muchacha por todo lo que habían pasado.


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Agradecimiento especial a fifiabbs :)

No estamos leyendo en la próxima, ja-ne!