DISCLAIMER: Los personajes no son míos, ya lo saben ^^U son de Rumiko Takahashi. La siguiente narración es creación propia y está hecha sin fines de lucro, con el propósito de entretener a los lectores.
SUMMARY: Y lo odiaba por eso. Por alejarse, luego de que habían reafirmado su promesa de casarse y tener una familia juntos. Luego de que ella venciera todos sus temores y se convirtiera en su mujer antes de la boda. Luego de que rompiera las promesas de celibato sólo por sus ojos... Por eso, ya no lo seguiría esperando.
Por tus ojos…
Capítulo IV
"Tras ilusiones y engaños"
"Traté de tocar delicadamente aquella herida,
sabiendo que aún no había sanado.
No puedo verte, no puedo.
No logro hallar la verdad,
aún cuando eres lo más importante para mí.
Estos sentimientos y mi fe vacilan,
lo más probable es que al abrazarte, nos quebremos nuevamente.
Sé que no podré alcanzarte jamás."
— Lies and Truth; L'arc~En~Ciel —
El ambiente estaba estático, ni siquiera la brisa que hacía pocos momentos corría, meciendo las copas de los árboles y arbustos, estaba presente. Era como si incluso el universo esperara la reacción ante esa noticia. Hasta el sonido del agua fluyendo por el jardín era imperceptible. De esa forma, podía escuchar claramente los latidos de su propio corazón, retumbándole en los oídos, mientras el tiempo parecía no querer transcurrir. Se preguntó si podría escuchar el corazón de él si se acercaba un poco. No debía ser difícil, con ese silencio…
De pronto, lo vio sonreír y dudó. ¿No estaba enojado, molesto con ella? ¿No la odiaba por habérselo ocultado todo ese tiempo…?
— Gracias por decírmelo — pudo notar como el azul de sus ojos destelló por un segundo.
— E-Es… espera — se acercó un poco más, confundida por la respuesta —. ¿N-No estás molesto…? ¿Ni sorprendido…?
— Claro que no. No voy a reprocharte nada, la vida es demasiado corta para eso… y sí, lo sospechaba… ¿sabes que ese azul en sus ojos es raro, verdad? Y los poderes espirituales…
Ella asintió con una sonrisa, había olvidado lo analizador e inteligente que era Miroku, nunca se le pasaba nada por alto, tan observador y atento hasta a los detalles más pequeños. No debió ser difícil para él descubrirlo.
— Entonces… ¿qué harás? Es decir, yo… — Sango titubeaba, la verdad nunca pensó que él iba a tener esa reacción, eso la desconcertaba.
— ¿Está bien para ti si se lo decimos y me hago cargo? Incluso podemos comenzar un entrenamiento para que controle sus habilidades…
— Claro, ella estará muy feliz… — De verdad eso fue sacarse un peso de encima, se sentía mucho mejor. Por lo menos, ese dolor en los ojos del monje se había disipado un poco, incluso había podido disfrutar de esa sonrisa tan maravillosa otra vez. — Si quieres, podemos ir ahora mismo a hablar con ella.
— Sería estupendo, mientras antes pueda disfrutar de ser padre, mejor.
Ambos emprendieron el camino en busca de la pequeña afortunada que pronto conocería sus orígenes y a su padre, caminando uno junto al otro, como en los viejos tiempos. Y una luz de esperanza se encendió en el corazón del monje, porque nunca era tarde y había decidido que sólo si ella era realmente feliz, la dejaría ir. Porque no se rendiría sin esforzarse por lo menos en ver esa sonrisa. Y también porque podría cumplir su rol de padre y eso, le llenaba el corazón como nunca lo hubiera imaginado.
Ninguno de los dos sabía cómo reaccionar, ¿eso había sido bueno o malo? ¿Habrían arreglado las cosas? Por lo menos no se veían tan desanimados como antes. InuYasha refunfuñó, poniéndose de pie y cruzando los brazos. Estaba aburrido y tenía hambre, además de que no le veía el sentido a seguir oculto tras unos arbustos si sus amigos ya se habían marchado.
— ¿Qué tal si vamos a comer? — Preguntó, mirándola de reojo hacia abajo, pues ella seguía agachada. — Ya nada podrás escuchar desde aquí. Además, creo que si los dejamos solos, sería mejor…
— Hum… Tienes razón. Por lo demás, seguro que cuidando a Miku, hacen las paces — respondió, levantándose para seguirle el paso hasta uno de los salones. Mientras caminaban, agregó: —. Aunque sería estupendo poder ver cómo le dan la noticia a la pequeña, de seguro ella se emociona tanto como Miroku…
— Kagome… — La llamó el hanyō, ella lo miró en respuesta. — Ya no podemos hacer mucho, sólo estar ahí cuando lo necesiten… creo que debemos dejar que esto lo solucionen solos.
— Pero…
— Mejor… pongámonos al día nosotros dos y luego veremos cómo los podemos ayudar — InuYasha le sonrió, tomándola del brazo y terminando el recorrido así hasta el salón.
— De acuerdo — murmuró ella, sonrojándose levemente ante el acto del platinado.
Una vez dentro de la habitación, un par de doncellas les llevaron el almuerzo y ellos se dispusieron a comer, él enguyendo a grandes bocanadas, mientras escuchaba la historia de Kagome sobre sus años sin visitarlos, cómo estaban su madre, su hermano y el abuelo, sus difíciles exámenes y lo que harían sus amigas – a pesar de que el oji dorado no entendía del todo, prestaba atención. Luego de que él terminara de comer, fue el turno de ella de escuchar sobre su vida – que digamos, fue un relato corto pues él principalmente se había dedicado a acompañar a Miroku, aunque le contó un par de cosas sobre Shippō, la anciana Kaede, Rin y Sesshōmaru, que le interesaron a la joven sacerdotisa. Luego de tanta historia, el silencio dominó la sala, ambos se miraron fijamente por unos segundos, perdidos el uno en el otro.
— Te extrañe mucho — dijo casi en un susurro él, tomando las manos de la azabache —. De verdad pensé que ya no te volvería a ver…
— También te extrañé — las mejillas de ella estaban rosadas por el contacto, pero aún así se sentía segura —. Siempre pensaba en ti, hasta que me di cuenta de lo que realmente quería y sentía… y pude volver.
— Yo te estaba esperando.
— Y yo volví sólo por ti.
Ambos se abrazaron, sintiendo la calidez del otro en sus brazos. ¡Cuánto habían anhelado ese momento! Ahora no volverían a separarse jamás.
El entrenamiento estaba siendo más largo y duro de lo que había sido en ocasiones anteriores, su tío de verdad quería que ella se volviera fuerte pronto, pero sin saber bien cómo dominar del todo sus habilidades, poco podrían avanzar. De pronto bajó la guardia, al sentir la presencia de su madre y de ese monje acercándose al lugar. Su descuido le costó un golpe que la hizo caer sentada al suelo y dejándole adoloridas las nalgas.
— ¡Tío! — Reclamó, aunque no dejó de prestar atención a la dirección de donde provenía su distracción. — ¡No es justo, sentí que alguien se acercaba!
— ¿De verdad? — Preguntó el castaño, ayudándola a ponerse de pie.
— Sí, es mamá junto a su Excelencia, creo…
— ¿El monje Miroku? — El guerrero se extrañó, ¿acaso irían juntos? ¿Habrían hecho las paces y le dirían la verdad a la niña?
Por el pasillo exterior que daba a ese patio pudieron verlos acercarse tranquilamente, y Kohaku recordó los tiempos en los que su hermana soñaba con un futuro junto al bonzo, cuando ambos solían andar de ese modo sereno, acompañándose.
— Hola, muchachos — Saludó el oji azul, con una extraña sonrisa en el rostro.
— Hola — respondieron ambos, sin dejar de mirarlos de forma extraña.
— Miku, ¿podrías acompañarnos un momento? — Preguntó la exterminadora, dirigiéndole una tierna mirada.
— Claro, mamá… Ahm, supongo que podemos seguir después, ¿verdad, tío?
— Por supuesto, luego retomamos ese movimiento… yo iré a comer, si me disculpan…
El muchacho se alejó, lanzando miradas curiosas de vez en cuando, hasta que se perdió de vista en una de las esquinas. Ellos se dirigieron a una sala para estar solos, Miku los seguía intrigada, dado que su madre actuaba raro. Una vez dentro del salón, Sango cerró las puertas y se sentó junto a Miroku, haciéndole un gesto a Miku para que hiciera lo mismo frente a ellos, la niña obedeció en silencio, no comprendía la situación.
— Bien, Miku, debes estarte preguntando qué es lo que sucede, pero no te preocupes, pronto se aclararán tus dudas — comenzó la castaña, tomando y apretando instintivamente y sin darse cuenta, la mano del monje, buscando su apoyo. Él le respondió de la misma forma, mientras ella proseguía: —. Siempre has querido saber sobre tu origen y te prometí que algún día te diría la verdad sobre tu padre. Sé que hace poco te dije que aún eras muy pequeña, pero no es cierto y… bueno, aprovechando queél nos encontró antes, es momento de que lo conozcas.
— ¡¿En serio, me lo presentarás?! — Exclamó la niña, poniéndose de pie de un salto. — ¿Dónde está, llegó hoy? ¿Es… es un príncipe o, quizá…? — La pequeña se quedó en silencio, mirando fijamente a Miroku, mientras su inicial expresión de entusiasmo cambiaba a una de duda y luego, a una de felicidad radiante. — Us-usted… ¿usted es mi padre?
— Así es, pequeña. Mi nombre es Miroku y estoy muy feliz de conocerte, espero que poda…
Pero las palabras del oji azul quedaron incompletas por el abrazo que le brindó la infante, logrando que ambos cayeran al suelo, para después sentarse en su pecho, con una radiante sonrisa en el rostro, las pecas infantiles haciendo juego junto a sus blancos dientes y a esos hoyuelos en sus mejillas. Él rió, acariciando con cariño la cabeza de la pequeña.
— ¡Tenemos mucho que hablar! — Miku estaba entusiasmada, se podía notar en sus ojos. — Son años, espero que tengas tiempo… ¿no te marcharás, cierto?
La angustia que se reflejó en su mirada hirió tanto a Miroku como a Sango, la pequeña tenía miedo de que él la fuera a abandonar. Miroku la tomó en sus brazos para sentarse y luego la abrazó, de forma cálida y protectora, para que ella sintiera que él estaba ahí y lo seguiría estando desde ese momento en adelante.
— Claro que no me iré. He soñado por años con ser padre, así que no será tan fácil que ahora me aleje de ti.
— Entonces… ¿por qué no llegaste antes…?
La pregunta golpeó duro el corazón tanto del monje como de la exterminadora. Él debió estar presente desde el principio, y ninguna excusa ni pretexto sería suficiente para justificar esos años que ella lo había necesitado. Ambos se sintieron culpables, quizá si hubiesen tomado otras decisiones en el pasado…
— Lo siento, eso fue culpa mía — murmuró la castaña, agachando la mirada —. Tu padre no sabía que existías, yo… nunca se lo dije, cometí un error. Espero no volver a hacerlo.
— No sólo es tu culpa, yo debí haberlas encontrado antes, también es mi responsabilidad… además, fue por mi causa que decidiste dejar la aldea para venir hasta acá…
— Pero eso no justifica que no te lo haya dicho en su momento. Deseabas más que nada ser padre, y yo te quite eso por años…
— Pero fue porque yo te descuidé, debí haber sido más consciente de eso, debí estar a tu lado…
— ¡Ya basta! — La voz de Miku interrumpió sus justificaciones. — ¡No importa porqué no estaba conmigo desde el principio! ¡Sólo quiero disfrutar ahora a mi padre y que no volvamos a separarnos, ninguno de los tres!
Sango se sonrojó y Miroku sonrió, su hija si que era especial y bastante madura para su edad. Sería toda una aventura estar con ella ese tiempo. No podía esperar mucho por compartir más tiempo con ella y escuchar todo lo que pudiese decirle, y contarle y enseñarle sus secretos, poder cumplir con su anhelo de ser padre…
— Está bien, prometo que eso no sucederá — respondió él, tomando las manos de su hija —. No las dejaré solas de nuevo. Ahora, ¿qué tal si vamos a comer?
— ¡Genial, porque tengo hambre! — Dijo la pequeña, colocándose de pie. — Aunque mamá siempre debe comer en el salón principal con el señor Kuranosuke…
— Así es, vayan ustedes, luego volvemos a conversar.
Dichas estas palabras, salieron de la habitación y se separaron para satisfacer a sus estómagos, luego se pondrían al día, tenían tiempo para eso.
Distraídamente, pensando en el actuar de su hermana y el monje, caminaba por el pasillo, sin prestar mucha atención. ¿Habrían arreglado sus asuntos? Y si era así, ¿desistiría su hermana de la idea de casarse con ese terrateniente al que no amaba? Siempre había querido verla feliz y la única persona que había sido capaz de apoyarla y ayudarla a sobrellevar el dolor de haber perdido a sus seres queridos, había sido el monje Miroku. Nunca había vuelto a ver ese brillo tan especial en sus ojos, sólo cuando estaba con él. Era cierto que Kuranosuke era un buen hombre, que la había apoyado todo ese tiempo y le había dado muchas cosas, pero sabía que ella no era completamente feliz así.
Abrió la puerta corrediza de uno de los salones y se sonrojó levemente: se encontró con el hanyō y la azabache abrazados, riendo por alguna razón desconocida para él. Titubeando, retrocedió un par de pasos, para dejarlos solos.
— ¿Kohaku?
La voz de ella interrumpió su escape, se sentía tonto al haber estado tan ensimismado en sus pensamientos y no haberse percatado que ese cuarto estaba ocupado.
— Se-señorita Kagome… InuYasha… lo siento, no quise interrumpir…
— No has interrumpido nada, no te preocupes — murmuró tiernamente ella, el pltinado le lanzó una mirada de desacuerdo que fue ignorada por completo —. ¿Vas a comer? Podemos hacerte compañía, si quieres… a menos que vayas al salón principal con Sango…
— Uh, no… no suelo acompañarla a comer, no me siento cómodo entre los señores del palacio… menos con el terrateniente ahí…
— ¿Así que tampoco te agrada, eh? — Preguntó InuYasha, engullendo un trozo de pan. — No sé en qué diablos pensaba Sango cuando decidió casarse con él… debería haber vuelto a la aldea.
— La verdad, varias veces se lo dije, pero siempre me decía que no podía hacerlo… Kuranosuke le dio mucho apoyo y ayuda todo este tiempo, mi hermana siente la obligación de responderle… y cree que la única forma es casándose con él.
— ¡Pero así sólo logrará ser infeliz! Y no sólo ella, sino que Miroku también…
— Tal vez no haya pensado en eso antes, aunque tengo el ligero presentimiento que ahora no le será tan fácil ignorar ese hecho — el muchacho se sentó junto a InuYasha, sacando un trozo de pan y mordiéndolo.
— ¿Por qué dices eso, acaso sabes algo? — Preguntó Kagome, intrigada.
— Bueno, fueron a buscar a Miku, dijeron que tenían que hablar con ella… estoy seguro que iban a contarle la verdad. Además, se veían serenos, como si todo estuviese bien… creo que no les costará hacer las paces.
— Eso espero, sino se las verán conmigo.
— ¡InuYasha, no seas tan impulsivo! Tenemos que ayudarlos, no amenazarlos.
— Esa es una buena idea, pero ¿cómo? — Para sorpresa de ambos, Kohaku parecía interesado y decidido a ver juntos de nuevo a su hermana y al monje.
— Lo primero es averiguar cuándo será la ceremonia, para saber con cuánto tiempo contamos — dijo la azabache, pasándose los dedos por la barbilla.
— Será uno de estos días… si no mal recuerdo, creo que es dentro de 3 días — respondió Kohaku, también pensativo.
— ¡¿Qué?! — Ella se sorprendió, pero luego recapacitó. — Bien, entonces tenemos poco tiempo, debemos planear algo…
— Oigan, ¿de verdad no creen que si los dejamos solos, se logren entender mejor? — InuYasha se rascaba la cabeza despreocupadamente.
— ¡Claro que no! ¿¡No te has dado cuenta de lo obstinados que son!? Además, si no los hubiésemos alentado, jamás habrían conversado… debemos actuar, y rápido — Kagome golpeó su puño derecho contra su palma izquierda, anticipándose a su labor.
— ¡Q-qué…! ¡Pero Kago…! — InuYasha no podía entender ese tipo de comportamiento, para él era mejor dejar las cosas fluir solas…
— Bien, estoy contigo… ¿qué haremos?
— ¡Agh…! ¿¡Tú también, Kohaku?
— Lo siento, tal vez las cosas puedan solucionarlas por ellos solos, pero se tomarán mucho tiempo y no lo tenemos. Además, sé lo terca que es mi hermana y no admitirá fácilmente que está cometiendo un error.
— ¡Bah! ¡Hagan lo que quieran! Después de todo, yo ya hice suficiente, así que no… — Se detuvo al ver las caras macabras con las que lo miraban los otros dos. — Es-esperen… ¿Acaso…?
— Lo siento InuYasha, pero necesitamos tu ayuda. Miroku confía en ti, has estado con él todo este tiempo, por eso deberás hablar con él — la muchacha dio por hecho que esa era la única forma de convencer a su amigo de no rendirse —. ¡Todo este tiempo buscándola y ahora dejará que se case con otro!
— Pero Kagome, yo ya he hablado mucho con él, no creo poder convencerlo más de lo que ya…
— No digas más pretextos, tú te encargarás de Miroku, nosotros de Sango. Punto final.
El hanyō se dio por vencido, en esos temas ella era incluso más obstinada que sus amigos y de seguro no los dejaría en paz hasta que lograra verlos juntos de nuevo. Se recostó en un rincón del salón, rascándose las orejas y escuchando desganado los planes del dúo para unir al oji azul y la castaña. Qué alguien lo ayudara a salir de ese espectáculo.
Suspiró, terminando su plato. No tenía mucho apetito, además deseaba volver pronto con su hija, para ver lo feliz que era junto a su padre, y – debía admitir eso también – con Miroku. Ambos la hacían feliz y eso era algo que necesitaba.
Era cierto, nunca les había faltado nada físico ni material en el palacio gracias al terrateniente, pero ella siempre había procurado responder como se esperaba, cumpliendo sus obligaciones, primero como huésped, luego como prometida y futura señora del lugar. Sin embargo, a pesar de que en algunas ocasiones había mostrado su verdadera personalidad, ésta parecía molestar a la mayoría de la gente que los rodeaba, incluso al mismo Kuranosuke, por lo que había decidido fingir que era la dama perfecta para ocupar ese papel junto al señor. Sólo porque, unos años después de su llegada, él volvió a proponerle matrimonio. Ella sabía que eso pasaría en algún momento, y dado todo lo que había recibido por parte de él, no pudo decirle que no. Y aunque retrasó ese acontecimiento lo más que pudo, ahora era inevitable. Incluso si quisiera decirle que no, ¿cómo se lo explicaría? Varias veces él mismo le había instado a que buscara al monje y dejara las cosas claras con él, ella se había negado en excusas que sólo buscaban escapar de esa situación. Y ahora todo era peor, estaba pagando los errores que había cometido, y con creces.
Volvió a suspirar y alejó el plato, ya no quería comer más.
— ¿Has terminado?
La voz de Kuranosuke la trajo de nuevo a la realidad, ella levantó su mirada y se encontró con ese rostro, que en otras oportunidades le brindaba una cálida sonrisa, ahora viéndola con una impenetrable expresión adusta.
— Sí, estoy satisfecha. Gracias — respondió, aunque no sabía cómo interpretar ese semblante.
— Bien, ¿me acompañas un momento? Debemos charlar un par de cosas — agregó él, poniéndose de pie. Ella lo imitó y siguió su paso, saliendo del salón y recorriendo los corredores del edificio. Tras unos minutos de caminata, decidió romer el silencio, se sentía incómoda con eso.
— ¿Qué pasa?
— Le dijiste la verdad al monje, ¿no?
— S-sí, tenía derecho a saberlo…
— Pero te pedí que no lo hicieras… ¿y si ahora quiere llevársela?
— No, él nunca…
— No digas "nunca", él ya te ha decepcionado antes, has sufrido bastante por su culpa. Debes tener cuidado con ese tipo…
— No hables así…
— Si yo fuera tú, no me fiaría de sus intenciones. Ya sabes cómo es, lo hizo una vez.
— No…
— No me digas que no, por algo llegaste así hace 6 años, ¿ya lo olvidaste? No querías volver a saber de él, yo te brindé todo el apoyo que pude, he estado a tu lado todo este tiempo, incondicionalmente… sólo quiero que no vuelvas a sufrir por su culpa.
— Pero él no…
— Escucha, Sango. Una vez te dije que era difícil encontrar en quien confíar en este mundo. Lo sabes mejor que yo, has sufrido mucho y sólo quiero que ahora tengas la vida que te mereces. Él destrozó tus sueños, esperanzas y confianza bastantes veces. Yo estoy confiando completamente en ti ahora, te daré todo lo que tengo dentro de tres días… y sólo te pido que no defraudes ni destruyas esa confianza. Que no me des razones para temer que mi anhelo pueda no cumplirse.
La castaña frunció el ceño al escuchar eso. Sabía que tenía esa resposabilidad, lo tenía demasiado presente y no iba a traicionarlo tan fácilmente, pero también era consciente de que su corazón sería nuevamente traicionado al cumplir eso y, esta vez, quedaría roto por siempre. Las cicatrices no se borrarían ni con el pasar de los años…
— Claro que no, sé muy bien lo que debo hacer.
— Me alegra escuchar eso. No deseo que nada impida nuestra unión. Lo sabes.
Él se detuvo y se volteó hacia ella tan repentinamente, que ella chocó contra su pecho. Kuranosuke la abrazó para evitar que cayera y luego tomó suave pero firmemente su mentón, levantando su rostro y acercando sus labios para besarla, ella volvió a sentir ese contacto tan poco cómodo y natural e intentó corresponder sin esforzarse demasiado, para que no se notara que no estaba a gusto con ello, pero temió no lograrlo, seguía estando rígida y no podía obligarse a disfrutar algo que no le era placentero. Especialmente cuando sintió que él la acercaba más a su cuerpo, tomándola por la cintura y desvaneciendo la poca distancia que había entre ellos, juntando sus cuerpos. Tras unos instantes eternos para la castaña, él dio por terminado el beso, pero no aflojó su abrazo, manteniéndolos unidos.
— ¿Kuranosuke?
— Espero que recuerdes esta conversación, no quiero que te arrepientas de nada. Desde mañana, comenzaremos con los preparativos, así que ya no hay vuelta atrás.
Sin esperar respuesta, soltó el abrazo y se alejó rápidamente por el pasillo, dejándola sola y pensativa.
Había compartido un excelente almuerzo junto a su pequeña, ahora ambos jugaban en el patio con Kirara, ella riendo feliz mientras correteaba a la minina, que se subía sobre él para escapar y luego saltaba lejos y así continuaba el juego. De pronto, ella se sentó en el suelo, la gatita se acomodó en sus piernas y ambas suspiraron, tratando de recobrar el aliento.
— ¿Ya estás cansada?
La pequeña alzó sus azules ojos hasta los de él y negó con la cabeza, sonriendo de una extraña forma, como…
— Estoy preocupada.
Miroku se sentó a su lado, acariciándole la cabeza con cariño.
— ¿No eres muy pequeña para estar preocupada?
— Todo el mundo dice eso, o que ese asunto no es mi problema, pero sí lo es… ¡Ella es mi madre! — Al parecer, Miku estaba agotada de eso, aunque él no sabía exactamente de qué.
— ¿Y qué es lo que te preocupa?
Ante su pregunta, la niña simplemente frunció los labios e indicó son un gesto de su rostro hacia el corredor exterior que daba a ese sector del patio, un tanto irritada. Miroku dirigió su mirada al lugar señalado y vio a Kuranosuke caminando frente a Sango, él decía algo que no pudo oír, pero estaba serio y al parecer, un poco molesto; ella le seguía el paso, la cabeza gacha, asintiendo, respondiendo de forma corta, seguramente con monosílabos, pero podía notarse que no estaba a gusto con lo que estaba escuchando. Miroku hizo ademán de pararse para acercarse, pero su hija lo detuvo de la manga, negando con la cabeza.
— A mamá no le gusta que nadie se entrometa cuando habla con el señor Kuranosuke… — Murmuró, pero ella también estaba fastidiada.
— ¿Y eso te preocupa?
— Mamá siempre me ha explicado que el señor Kuranosuke nos recibió sin problemas, sé que nos ha ayudado mucho y que gracias a él, a mamá y a mí no nos ha faltado nada, pero… — Miku suspiró, a veces le costaba comprender ese tipo de cosas. — No sé, hay algo que no me agrada. Y no creo que sea idea mía, porque desde que ustedes llegaron, mamá ha estado distinta… y estoy segura que es por eso, y porque la boda se acerca… sé que soy pequeña para entender los problemas de adultos, pero mi mamá no es feliz con él y…
— ¿De verdad crees que no es feliz con él?
— No es que lo crea, lo sé… — Cerró los ojos, se notaba que necesitaba sacar todo eso afuera y al parecer, nadie lo consideraba importante. — Cuando está con él, siempre se comporta así, de acuerdo a las normas, seria, aburrida, ni siquiera sonríe… pero cuando estamos solas, es totalmente distinta. Una vez se lo dije, y me respondió que era lo que debía hacer… no lo entiendo, ¿el deber es tan importante como para dejar la felicidad de lado?
Sí que era despierta y astuta para su edad, haberse dado cuenta de todo eso y preguntarse si era importante… Él tenía su propia respuesta a eso, pero sabía que no era la misma idea que tenía Sango. También sabía que la responsabilidad pesaba en ella mucho más que la felicidad, especialmente si se trataba de la suya. Toda la vida había sido así, por lo mismo él aceptó esa decisión, pensando que quizá eso la haría feliz. Pero no era así, y eso ya no sólo los afectaba a ellos, sino que a su pequeña también.
— Tu madre debe tener una buena razón para esto, y créeme que lo hace por el bien de las dos.
— Sí, pero el señor Kuranosuke no me quiere…
— No digas eso, eres una niña adorable, ¿qué te hace pensar que no te quiere?
— Lo escuché una vez hablando con el padre de uno de los chicos que entrenaba conmigo… Él había ido a reclamarle porque su hijo debía entrenar junto con… una bastarda como yo — la pequeña suspiró antes de continuar el relato —. El señor Kuranosuke le dijo que debía hacerlo para mantener feliz a mamá, pero si fuera por él, yo no estaría en el palacio — un par de lágrimas rodaron por sus mejillas, ella se las limpió rápidamente con el dorso de su mano, cambiando rápidamente su expresión por una decidida y tenaz que le recordó perfectamente a Sango. Él abrazó a su hija por la espalda, mientras ella seguía desahogándose —. Nunca se lo dije a mamá, no quería que tuviese problemas por mi culpa, pero no puedo confiar en él. Sé que ha sido bueno con nosotras, pero sólo porque quiere que mamá se case con él. Eso será en tres días, y después…
— Tranquila… — El monje abrazó cariñosamente a su pequeña, dándole un beso en la frente y confortándola. — Pase lo que pase, ahora me tienes a mí. No eres una bastarda, siempre has tenido un padre… Perdón por haber estado ausente todo este tiempo, pero no permitiré que nada nos vuelva a separar… tú y tu madre son lo más importante para mí y haré todo lo que pueda para que sean felices. Es una promesa.
Miku asintió con la cabeza, acomodándose entre los brazos de su padre aún con Kirara en sus piernas. A pesar de todo, la niña debía haberse sentido sola ese tiempo, tratando de no darle problemas a Sango, pero aguantando tratos desagradables por parte de terceros… porque estaba seguro que ese sujeto no era el único que la discriminó por no tener a su padre presente, y de seguro los niños también debían tratarla mal, imitando a sus padres… Con razón había estado tan feliz de haberlo conocido. Sintió a la niña moverse entre sus brazos y la miró, se había quedado dormida. La tomó en brazos con cuidado, su felina acompañante bajó de un salto para caminar a su lado. El oji azul se dirigió hasta el cuarto de su pequeña hija y la recostó en su futón, para que descansara.
— Kirara, quédate con ella. Yo iré a resolver un par de asuntos.
La minina maulló en respuesta, recostándose al lado de la infante, mientras el monje abandonaba la habitación. Aclararía las cosas con ese sujeto, nadie iba a hacerle daño a su pequeña y no pagar las consecuencias.
"… Por la noche…"
Recorría los pasillo en busca del encargado del palacio, iba a aclarar que su pequeña no era una bastarda y que procurara no volver a dañarla así. Por fin, al doblar en una esquina, lo vio hablando con uno de los guardias. Se acercó con cautela y le hizo un gesto para pedirle un poco de su tiempo. El aludido asintió con la cabeza, despidiéndose de su anterior interlocutor para poner atención a las palabras del visitante.
— ¿Ocurre algo, su Excelencia?
— Pues sí — respondió él, no andaría con rodeos —. ¿Por qué ha insultado a mi hija?
— ¿Insultarla? Disculpe, pero no sé a qué se refiere…
— Señor terrateniente, no se haga el desentendido — el oji azul cargó las palabras, estaba bastante molesto —. No la ha protegido como debería hacerlo.
— ¿Como debería hacerlo? No estoy entendiendo, lo siento — volvió a insistir el castaño, sin cambiar la expresión indiferente que tenía.
— Usted está junto a Sango para cuidarla, protegerla y brindarle todo el apoyo que pueda en lo que sea necesario, ¿no? Pues eso incluye a Miku dentro de sus responsabilidades…
— Claro, y no le ha faltado nada en estos años, gracias a mí — agregó Kuranosuke, recalcando con suficiencia eso —. No logro comprender su punto.
— Creo que le ha faltado apoyo y amor de una figura paterna. Cuidar de alguien no significa sólo brindarle apoyo económico. No debería haberla llamado bastarda.
— ¿Ella le contó eso? Yo no he hecho tal cosa…
— No creo que una niña de cinco años mienta sobre algo así… ¿con qué fin?
— Llamar la atención, quizá…
— Sé que no es así. ¿Seguirá negándolo?
— ¿Debo admitirlo? ¿Qué logrará con todo esto?
— Sólo quiero que cumpla con el rol que se adjudicó todo este tiempo y no finja.
— ¿Y qué si lo hago? Debería agradecer que cumplí su papel todo este tiempo, puedo referirme a ella como quiera.
— El hecho de que no sea su hija, no significa que pueda insultarla como le plazca.
— Ella no es mi hija, usted bien lo ha dicho, pero todo lo que tiene es gracias a mí.
— Sí, pero eso no le da el derecho de llamarla bastarda.
— ¿Y qué tiene? Su padre no estaba con ella, por tanto eso es lo que era…
— ¡Sabía que su padre existía, incluso que era yo! Además, se suponía que las cuidaba, eso no incluye insultarla de esa forma… sino, por el contrario, protegerla…
— Sólo la acojo en el palacio por Sango. Pero ahora que usted está aquí, puede prescindir de mi protección y largarse junto a su padre.
— No… No puede querer separarla de Sango…
— Como dije, sólo la protegía por su madre, pero es tiempo que usted se haga responsable. Y ojalá lejos del palacio.
Miroku le sostuvo la mirada molesto, ¿cómo podía querer que Sango, la mujer a la que decía amar profundamente, se alejara de su hija? Era un imbécil, con razón la pequeña se preocupaba de que su madre se casara con él. Ojala pudiese demostrarle a ella cómo era realmente él, que viera en persona la verdad…
— ¿Kuranosuke, qué significa eso?
La voz de la castaña atravesó sus oídos como miel dulce. ¿Cuánto habría escuchado? Esperaba que lo suficiente para que se diera cuenta de todo.
Estaba sentada en una de las bancas del enorme patio del palacio, sola, contemplando la luna, mientras pensaba sobre todo ese enredo que tenía en su cabeza y corazón. Si sólo hubiera una forma de dejarlos felices a ambos, no se sentiría tan perdida; sin embargo, sabía que si tomaba una decisión, dejaría a uno de los dos inconforme.
Por un lado, tenía su corazón, que le pedía a gritos que le diera otra oportunidad al monje, que le suplicaba que se dejara atrapar otra vez por esos labios, esos brazos, que admitiera que era esa sonrisa y esos ojos los que le daban sentido a la palabra "amor", que era ese hombre alegre, protector y sencillo quien le brindaba esa sensación de pertenencia, de confort, de estar segura y de querer seguir sólo con él, que ahí pertenecía su alma…
Por otro lado, tenía a su cerebro, que le recalcaba el sentido del deber, recordándole todo lo que Kuranosuke había hecho por ellas, acogiéndolas, cuidándolas, dándoles un hogar y todas las oportunidades que nadie le hubiese dado en esas condiciones; ella debía responder a eso, no podía simplemente arrepentirse ahora, menos por alguien que ya la había hecho sufrir en el pasado. Le recordaba que ya había llorado lo suficiente por él y que era tiempo de cerrar ese capítulo y empezar uno completamente nuevo, con alguien que jamás la había traicionado y que seguramente nunca lo haría…
¿Pero cómo hacerlo, si esa calidez en su interior sólo aparecía cuando estaba con el bonzo, y desaparecía al momento de estar con el terrateniente? ¿Cómo convencer a su inconsciente y a su corazón de corresponder esas muestras de afecto, si ni siquiera era capaz de disfrutarlas por lo que eran? ¿Cómo sacarse del corazón algo que hacía tiempo había echado raíces y que sólo había estado oculto bajo la ilusión y el vaivén de los recuerdos y el olvido, y que ahora se estaba volviendo fuerte de nuevo, floreciendo y apareciendo en la superficie de su piel…?
Suspiró, todo eso era demasiado para soportarlo, sentía que explotaría en cualquier momento. Quizá sería mejor, así no tendría que enfrentarse a todo este asunto. ¡Qué cosa más difícil era esa! Si sólo tuviese una señal, pista o aunque fuese un mínimo indicio de lo que sería mejor para ella y su hija…
Bajó la mirada y la dirigió hacia el frente, atraída por un par de voces masculinas que conocía muy bien. Trató de ubicar la procedencia, acercándose cautelosamente. Parecía que estaban discutiendo, dado el tono usado por ambos, pero ¿por qué? ¿Acaso alguno de los dos iría a enfrentar al otro por su causa? ¿O sería otra cosa…?
— Ella no es mi hija, usted bien lo ha dicho, pero todo lo que tiene es gracias a mí.
— Sí, pero eso no le da el derecho de llamarla bastarda.
— ¿Y qué tiene? Su padre no estaba con ella, por tanto eso es lo que era…
— ¡Sabía que su padre existía, incluso que era yo! Además, se suponía que las cuidaba, eso no incluye insultarla de esa forma… sino, por el contrario, protegerla…
— Sólo la acojo en el palacio por Sango. Pero ahora que usted está aquí, puede prescindir de mi protección y largarse junto a su padre.
— No… No puede querer separarla de Sango…
— Como dije, sólo la protegía por su madre, pero es tiempo que usted se haga responsable. Y ojalá lejos del palacio.
Dudó antes de interrumpirlos… Ellos hablaban de Miku, pero era imposible que él estuviese diciendo todo lo que acababa de escuchar…
— ¿Kuranosuke, qué significa eso?
Los dos hombres se quedaron mirándola fijamente, no esperaban que ella interrumpiera su charla.
Bien, hasta acá las dejo, espero poder actualizar pronto, pero no prometo nada porque estos turnos han sido horribles, además de que tengo mucho que estudiar... ojala pueda :)
Agradecimientos a fifiabbs y SangoSarait, ¡gracias por el apoyo! Espero tenerlas por aquí ahora también :)
Saludos a todos los que leen y recuerden dejar reviews para ver si les va gustando =) ¡Nos leemos!
