DISCLAIMER: Los personajes no son míos, ya lo saben ^^U son de Rumiko Takahashi. La siguiente narración es creación propia y está hecha sin fines de lucro, con el propósito de entretener a los lectores.
SUMMARY: Y lo odiaba por eso. Por alejarse, luego de que habían reafirmado su promesa de casarse y tener una familia juntos. Luego de que ella venciera todos sus temores y se convirtiera en su mujer antes de la boda. Luego de que rompiera las promesas de celibato sólo por sus ojos... Por eso, ya no lo seguiría esperando.
Por tus ojos…
Capítulo V
"Promesa"
"Estás perdida porque no puedes ver el mañana.
Alzando tu voz desde donde estás llorando.
Sin poder encontrar palabra alguna, sólo atrapo tus lágrimas.
Envuelto en la soledad de los días empapados de nosotros dos,
estamos una y otra vez buscando comprensión.
Lo puedo sentir profundamente una vez más.
No era mentira cuando decía que sentía la eternidad,
seguramente estaré a tu lado."
— PLEDGE; the GazettE —
Ambos observaban el cielo, mientras las nubes se despejaban, dando paso a los rayos del sol luego de la llovizna del día anterior. A pesar de que aún se reconstruía la aldea tras la muerte de Náraku, ellos se daban tiempo para disfrutar de ese tipo de cosas, que muchas veces no pudieron apreciar, por lo menos no con esa calma.
De pronto él suspiró, tomando y apretando suavemente la mano de su compañera, con cariño. Ella lo miró un tanto curiosa por su gesto.
— ¿Miroku?
Él dirigió su mirada a ella y le sonrió de una forma tranquila, segura y dulce, sin dejar de tomar su mano. Luego de unos segundos, la soltó para abrazarla por la espalda y entrelazar su otra mano con la de ella, provocando un leve sonrojo por su parte.
— Toda mi vida, mi objetivo, mi propósito… la obligación que me había impuesto, fue derrotar a Náraku para acabar con la maldición de mi familia; durante mucho tiempo, dudé y creí que no podría hacerlo. Luego de que emprendiéramos esta lucha juntos, recién en esos momentos comencé a pensar que realmente podría lograrlo — el monje hizo una pausa, sin dejar de mirar a la castaña, con sus ojos azules brillando —. Pero ahora que ya no existe Náraku y la maldición se ha ido… me he propuesto otro objetivo, uno incluso más importante.
— Miroku, ya no deberías esforzarte más — Sango apoyó su cabeza en el hombro del bonzo —. Has luchado por mucho tiempo…
— Lo sé, pero debo hacerlo… No, más bien, quiero hacerlo — el oji azul besó tiernamente la cabeza de la castaña, decidido —. Mi objetivo ahora es protegerte, amarte y… hacerte feliz. A ti y a nuestros hijos. No permitiré que nada les pase… ese es mi nuevo propósito, mi promesa.
Sango sonrió, él ya la hacía feliz y estaba segura que no dejaría que eso cambiara. También sabía que sería el mejor padre del mundo y que sus hijos estarían seguros y felices a su lado. Aún sonrojada, levantó su rostro un poco y depositó un corto pero dulce beso en los labios de Miroku, murmurando un "gracias" luego de eso. Lo amaba y agradecía que él pudiese seguir con ella luego de todo lo que habían vivido.
El sonido de un chapoteo, seguramente de algún pez saltando en el riachuelo del jardín, rompió el tenso silencio que se había formado luego de la aparición de la castaña. Miroku ocultaba sus ganas de sonreír y festejar frente a la situación. No había forma de que el terrateniente pudiese dar vuelta las cosas…
— Estoy esperando una respuesta.
Kuranosuke apretó los puños, molesto y buscando una explicación razonable para aquello, algo que pusiera todo a su favor, o por lo menos le ayudara a tener a la exterminadora de su lado, mantenerla junto a él…
— Sango, querida, esto… El monje planeó todo esto, él quiere separarnos y además, llevarse a Miku lejos…
La muchacha alzó una ceja, escéptica. ¿Que acaso creía que ella era estúpida? Se cruzó de brazos, resoplando un poco antes de replicarle.
— ¿En serio ésa es tu explicación? — Lo miró molesta, no podía creer que él hubiese hecho eso, pero… — Yo misma escuché cuando tú le dijiste a Miroku que para ti era mejor que se llevara a Miku lejos. No puedo creerlo, todo este tiempo confiando en que nos protegías, y sólo eran mentiras…
— No, Sango, no eran mentiras, yo te amo — el terrateniente dio un paso hacia ella, sosteniéndole la mirada —. Si eso no fuera cierto, no habría hecho nada de lo que hice por ti… por ustedes…
— ¡Sólo fingiste! ¡Si realmente me amaras, no intentarías alejar a Miku de mí! Eres un…
— Por favor, no podemos… ¿hablar en privado, mejor? — Miroku levantó ambas cejas al escuchar la pregunta del castaño, eso le daba mala espina.
— Sango, no creo que…
— No te entrometas, Miroku, sé lo que debo hacer — ella interrumpió al oji azul, sin dejar de mirar molesta al que se suponía, sería su esposo —. No hablaré nada más contigo, Kuranosuke. Ya escuché suficiente y he tomado una decisión…
— ¿Acaso piensas… cancelar la boda? No puedes hacerlo, hiciste una promesa… además, es tu deber.
— No voy a casarme con alguien que no acepta ni respeta a mi hija, lo siento — Sango suspiró, por lo menos así tenía las cosas más claras —. Ahora, si me disculpan, me iré a dormir.
La castaña se dio la media vuelta y emprendió el camino a su habitación, dejando nuevamente solos a los dos hombres que habían ocupado sus pensamientos las últimas horas. Miroku por fin sonrió, triunfante, las cosas estaban saliendo mejor de lo que él mismo hubiese esperado.
— Todo esto es tu culpa, monje — masculló entre dientes Kuranosuke, con los puños aún apretados.
— No lo es, todo esto es el precio por haber insultado a Miku. Yo no planeé que Sango apareciera y escuchara, aunque debo admitir que me alegró que lo hiciera, así se da cuenta de quien es usted, realmente. Ahora, si me lo permite, también iré a descansar. Buenas noches.
El bonzo se dirigió hasta su habitación, sin esperar palabra alguna del terrateniente, que aún apretaba los puños y los dientes, furioso por lo que acababa de pasar. Sonrió, pensando en lo que haría al día siguiente: tal vez sería bueno tener otra conversación con su Sanguito, aunque esperaría a que ella resolviera todos los pendientes y diera eso por finalizado al fin. Se recostó sobre el futón, sin borrar esa expresión de alegría y calma de su rostro, seguro de que las cosas mejorarían de ahora en adelante.
"Al otro día…"
Bufaba, rezongando molesto mientras caminaba por los pasillos en busca de su amigo. ¿Qué acaso Kagome no podía darle un descanso? No entendía cual era el propósito de insistir tanto en el tema, especialmente tan temprano. ¡Si apenas había podido disfrutar su desayuno! Volvió a resoplar, haciendo nota mental de no volver a ser cómplice de su azabache en ese tipo de cosas.
— Buenos días, InuYasha.
Dio un respingo, ¿cómo no había sentido su olor antes? Seguro fue porque aún tenía un poco de hambre.
— ¡Few! ¿Y qué tienen de buenos…? — Iba a seguir reclamando, cuando notó el rostro sereno y alegre de su amigo. — Parece que para ti sí lo son, Miroku.
— Pues claro, la vida es hermosa.
El platinado se quedó observándolo con una mezcla de desconfianza e interés. ¿Qué rayos había pasado para que la expresión de su amigo cambiara de ese modo?
— ¿Y a qué se debe este cambio? ¿Acaso hablaste con Sango…?
— No precisamente, pero tengo el presentimiento de que las cosas mejorarán, y antes de lo que se podría pensar.
— Y… eh, ¿por qué crees eso? ¿Sucedió algo?
— Anoche tuve una seria conversación con el terrateniente, le reclamé el hecho de que sólo fingiese proteger a Miku, cuando a espaldas de Sango la insultaba llamándola bastarda… él no lo admitió directamente, pero reconoció que sólo le permitía vivir en el palacio por Sango, y dijo que ahora que yo había aparecido, lo mejor sería que yo me hiciera cargo y me la llevara lejos…
— ¡Pero qué cruel, separar a Miku de su madre! — InuYasha parecía más molesto que el bonzo la noche anterior. — ¡¿Quién demonios se cree que es?! Además, ¡ella es apenas una niña! ¡Y así dice amar tanto a Sango…! Por favor, dime que le diste su merecido…
— No fui yo quien lo castigó por todas sus faltas — ese brillo de tranquilidad y felicidad volvió a aparecer en su mirada —. Por esas jugadas maravillosas que tiene la vida, Sango escuchó parte de la conversación. No sé cuánto, específicamente, pero sé que fue lo suficiente para darse cuenta que ese sujeto no quiere a Miku cerca de ellos.
— Supongo que ella lo puso en su lugar, ¿no?
— Pues, decidió no casarse con él — Miroku sonrió.
— ¿Hablaste con ella después?
— No, esperaré a que deje ese asunto claro y luego volveré a conversar con ella. Tampoco quiero presionarla demasiado…
— Sí, está bien… pero no deberías perder el tiempo — InuYasha se cruzó de brazos, algo le daba un mal presentimiento —. Estoy seguro que ese tal Kuranosuke no se dejará de molestar tan fácilmente.
— Lo sé, no te preocupes — Miroku le palmoteó la espalda, dándole confianza —. Cuando la vea, le aclararé las cosas. Ahora iré a acomapañar a Miku para desayunar — comenzó a caminar, alejándose por el pasillo.
— De acuerdo…
— ¡Tú debes hablar con la señorita Kagome! Ustedes también tienen cosas pendientes… — Le gritó desde lejos, haciéndole gestos con las manos de ánimo.
— ¡Agh…! ¡¿Y quién te preguntó a ti, monje entrometido?! ¡Sólo preocúpate de Sango!
De esa forma, el bonzo fue a disfrutar del desayuno junto a su hija e InuYasha decidió volver con la sacerdotisa y Kohaku, para contarles lo que había pasado. Eso si que cambiaba el panorama, y para mejor.
Salió del salón principal, la verdad no tenía ganas de permanecer más del tiempo necesario allí, menos al lado de quien la había defraudado de esa forma. Caminó con paso decidido por los corredores, buscando al maestro de ceremonias para informarle que el matrimonio ya no se llevaría a cabo, pero no pudo lograr su cometido. Alguien la detuvo, sujetándola por el brazo desde atrás, impidiéndole continuar.
— Sango, debemos hablar.
Frunció las cejas, molesta, mientras se daba vuelta para verle la cara.
— No, ya te dije que no tengo nada más que hablar contigo — aclaró, tratando de soltarse —. Por favor, suéltame. Tengo cosas que hacer.
— No, hasta que hablemos y aclaremos esto — el castaño la llevó a la rastra hasta un cuarto, cerrando la puerta tras ellos —. Es todo un malentendido.
— No te creo ni una sola palabra, Kuranosuke, yo misma te escuché cuando le dijiste a Miroku que era mejor que se llevara a Miku…
— ¡Es que no estás entendiendo! — El terrateniente casi gritó, estaba bastante molesto con la situación. — ¡Lo que yo quería decir, era que lo mejor es que la entrene en un lugar adecuado, lejos de aquí!
— Eso no fue lo que yo escuché anoche — respondió ella, dando un paso atrás para alejarse un poco.
— Es porque no me dejaste terminar… ¿de verdad crees que yo quiero alejarte de Miku?
— No intentes confundirme, sé muy bien lo que quisiste decir — aunque, a pesar de lo que escuchó, quizá si era verdad lo que le explicaba ahora él, pero había algo más —. Además, la llamaste bastarda…
— ¿Escuchaste salir esas palabras de mi boca?
Sango lo meditó un poco, él no había dicho tal palabra; Miroku lo había mencionado, pero él no las había pronunciado.
— Pero lo admitiste…
— Fue un error caer en el juego del monje… — Kuranosuke suspiró, eso le estaba costando más trabajo del que pensó, pero todo valdría la pena si ella olvidaba ese asunto. — Lo siento, sólo quería que me dejara en paz, pero él insistía en lo mismo… por otro lado, ¿cómo crees que él lo supo? A mí me dijo que lo había escuchado de Miku. Si eso fuera cierto, ¿por qué ella no te lo dijo a ti antes? Creo que todo lo está inventando…
Sango lo pensó unos segundos, eso podía tener sentido de alguna forma, pero algo no la convencía…
"Sólo la acojo en el palacio por Sango."
Eso era, ella no lo había imaginado. Él realmente había admitido no querer a la niña, y eso ella no lo iba a dejar pasar.
— Estás mintiendo. Por favor, deja de jugar y hacerme perder el tiempo, tengo cosas que hacer.
La exterminadora intentó acercarse a la puerta, dando por terminada la charla, pero él se lo impidió, cerrándole el paso.
— No quería recurrir a esto, pero no me dejas opción — murmuró, dirigiéndole una mirada decidida a Sango —. Tú estás comprometida conmigo. Nuestros padres arreglaron la unión antes de morir.
— ¿Qué…? Eso… no puede ser verdad — murmuró ella, sin poder creerlo.
— Claro que puede ser. Recuerda que, sea como sea, eres la hija del terrateniente de la aldea de los exterminadores… eres una princesa, y tu padre deseaba que te casaras como tal.
Sango negó con la cabeza, eso tenía que ser una broma. Si era cierto, ¿por qué su padre nunca se lo dijo? Aunque sabía que su padre hacía muchas cosas sin decirles ni consultarles nada, quizá esa fuese una de ellas. ¿Y ahora que haría? No tenía como comprobar que eso fuese una mentira, tampoco quería manchar el nombre de su padre, mucho menos su memoria.
— P-pero…
— Fue uno de los últimos deseos de tu padre, Sango… no querrás negarle su voluntad, ¿verdad?
La castaña apretó los puños, maldiciendo por dentro. ¿Las cosas no podían ser un poco más simples?
Contemplaba el rostro de su acompañante sin parpadear, no recordaba lo hermoso que eran esos ojos tan especiales. Él pareció darse cuenta que poco escuchaba su reporte, por lo que decidió ver si sus sospechas eran ciertas.
— Y entonces Miroku sacó un sapo y un conejo de su manga y se puso a hacerlos girar en el aire…
— Claro, continúa…
— ¡No estás prestando atención a lo que digo, Kagome!
— ¿Eh…? ¡Claro que sí! — Se defendió ella, aunque con un leve sonrojo en el rostro.
— ¿Qué hizo Miroku con el sapo y el conejo? — Preguntó él para evaluar su concentración.
— ¿Había un sapo y un conejo?
— ¡Ves que no me prestabas atención! No sé para qué te hago caso, ahora tendré que contarte todo de nuevo…
InuYasha le desvió el rostro, molesto por no haber sido escuchado. Se había esforzado tanto en contar la historia lo más detalladamente posible y ella ni siquiera la había escuchado completa. ¿En qué rayos pensaba cuando decidió seguirle el juego de ser Cupido?
— Lo siento, InuYasha, es sólo que… había olvidado lo hermoso que es tu rostro
La disculpa de la muchacha hizo que se sonrojara, ¿por qué se ponía así cuando él estaba molesto? Eso era injusto, completamente.
— Ya… ya no importa, olvídalo.
— InuYasha…
— ¿Ahora qué quieres? — Él se puso a la defensiva, pero tenía las mejillas rojas ante el repentino acercamiento de la azabache.
Ella siguió acortando la distancia entre sus cuerpos, hasta que ésta se desvaneció completamente, dejando sus rostros a sólo milímetros. Él no sabía qué hacer, su cuerpo se había quedado paralizado ante ese acto, simplemente esperando lo que vendría, quiza porque él también lo anhelaba… Kagome cerró los ojos al tocar con sus labios los de InuYasha, en un tímido gesto que despertó los dormidos sentimientos del hanyō. El oji dorado recobró el movimiento y, también cerrando los ojos, tomó la cintura de la sacerdotisa, abrazándola con cariño, luego subió una de sus manos hasta el rostro de ella, acariciándolo y profundizando el contacto. Se deleitaron por unos largos minutos, conociendo por fin los recovecos de sus bocas y disfrutándolos como tantas veces habían deseado. Pero la falta de aire les obligó a separarse, para dar paso a unos avergonzados y sonrojados rostros que apenas eran capaces de hablar.
— Ka-Kagome… discúlpame, yo…
— No, InuYasha… fui yo… lo siento, no debí…
— No… es decir, está bien, yo… también quería.
Ella le sonrió con ternura, él sólo pudo sonrojarse más y abrazarla por la espalda, era tan inexperto en esas cosas.
— Una vez que volvamos a la aldea, serás mi mujer.
— De acuerdo, pero primero debemos ayudar a solucionar esto a los muchachos.
— Por supuesto, aunque si me hubieses estado poniendo atención, sabrías que las cosas van por buen camino debido a lo ocurrido anoche…
— Lo siento… esta vez sí pondré atención.
InuYasha sonrió y comenzó el relato de lo que había hablado con Miroku más temprano esa mañana, aunque ese rubor en sus mejillas se mantuvo por mucho rato más.
Estaban en el jardín charlando sobre cómo manipular de manera correcta los poderes espirituales; él le explicaba con calma la importancia de la meditación, concentración y paciencia, mientras ella lo escuchaba atenta, asintiendo con la cabeza ante cada afirmación. Paso siguiente, él le dio las intrucciones para que comenzara a meditar, tomando sus manos como guía, para que ella se sintiera segura. Estuvieron así un rato, hasta que ella se distrajo y dejó de meditar.
— ¿Qué sucede, Miku?
— La presencia de mamá se acerca…
— Bien, aunque debemos esforzarnos en que no te desconcentres tan fácilmente la próxima vez — Miroku se puso de pie, mirando la misma dirección que su hija —. Sé que no dejarás de sentir esas presencias, pero debes tratar de no detener la meditación por eso. Descansa un poco, iré a hablar con tu madre.
— De acuerdo, papá.
La niña se despidió de él lanzándole un beso con la mano, él agradeció el gesto para luego encaminarse hacia el corredor por el que ahora, él también sentía la presencia de la castaña. Ella iba sumida en sus pensamientos, y a pesar de que él se detuvo antes de que se encontraran, de todas formas Sango chocó con él. El oji azul la afirmó con cuidado, abrazándola para evitar que cayera hacia atrás.
— Mi-Miroku… lo siento, venía distraída — se disculpó, sonrojándose ante el contacto.
— No te preocupes, además… no es algo molesto tener este tipo de cercanía contigo.
— No digas esas cosas, me avergüenzas…
— ¿Podemos hablar un momento?
La exterminadora asintió con la cabeza, separándose del monje y guiándolo hasta su habitación. La verdad, no quería que interrumpieran su charla, aunque no supiera a donde llegaría. Sólo quería estar a solas con él y serle sincera de una vez por todas, sin temor a que alguien la juzgara.
Una vez dentro de la habitación, cerró la puerta tras de sí y lo invitó a sentarse mientras ella hacía lo mismo, con los nervios consumiéndola por dentro.
— Y… ¿de qué quieres hablar?
Los ojos de Miroku brillaron, atravesando los marrones de ella, al tiempo que tomaba sus manos y le dedicaba una radiante sonrisa.
— Bueno, luego de la conversación que escuchaste anoche y dado que decidiste cancelar la boda, yo… sólo quiero que sepas que estoy aquí para ti — su sonrisa se acentuó, mientras apretaba cariñosamente las manos de ella —. Mis sentimientos no han cambiado y sigo deseando tener una vida contigo. Por favor, cásate conmigo.
Sango desvió la mirada en ese instante, no podía mirarlo a los ojos sabiendo la respuesta que tendría que darle. Odiaba su vida en esos momentos, si sólo hubiese tomado decisiones diferentes en cada situación que le deparó el destino…
— Miroku, lo siento… por favor, perdóname — dijo entre sollozos, no iba a fingir ser fuerte ahora, menos con él.
— ¿Sango…?
— Mis sentimientos tampoco cambiaron en todo este tiempo, yo… yo te amo y desearía poder tener esa vida que nos prometimos tiempo atrás, pero no puedo…
Las lágrimas comenzaron a correr más notoriamente por su rostro, ella no hizo intento de detenerlas o limpiarlas, quería llorar a gritos si era posible; él no sabía qué decir, esa respuesta lo confundía.
— Disculpa, no estoy entendiendo… ¿por qué no puedes? ¿Sucede algo que no sepa?
— Yo… debo cumplir mi compromiso con Kuranosuke…
— Pero tú misma comprobaste quién es en realidad, ¿por qué lo harías? ¿Acaso te está obligando o amenazando de algún modo…?
— De verdad lo siento… pero mi padre me comprometió con él un tiempo antes de morir… y no puedo negarme a cumplir uno de sus últimos deseos…
Miroku cerró los ojos tratando de reprimir sus ganas de llorar también, y su impotencia por no poder hacer nada ante esa revelación. Eso no podía estar pasando, ella dejaría su felicidad de lado por cumplir con su deber de hija… la conocía lo suficiente para saber que esa responsabilidad le pesaba a la muchacha más que cualquier otra y no le pediría dejarla de lado, era su familia después de todo…
Soltó las manos de su compañera y apretó los puños, molesto. ¿Qué podía hacer ahora? Pasara lo que pasara, ya la había perdido… y lo más doloroso era saber que ella no sería feliz con eso… ¿Cómo poder ver esa sonrisa de nuevo, saber que ella estaría bien…?
El contacto de los dulces labios de su pequeña castaña con los suyos lo sorprendió, pero se dejó llevar por ese toque que aún seguía siendo un tanto tímido, a pesar de que ella misma lo hubiese iniciado. Entreabrieron la boca para dejar que sus lenguas se volviesen a encontrar, profundizando el beso, recorriendo esos rincones que tanto habían anhelado probar durante esos años. Se separaron en busca de oxígeno, pero sólo por el tiempo suficiente para recuperar el aliento. Volvieron a besarse, esta vez más apasionadamente. Él no quiso perder más tiempo y acercó más el cuerpo de ella al suyo, abrazándola por la cintura, apoyando sus manos en la espalda de la muchacha y pasando sus dedos entre su cabello, aferrándose a ese momento; Sango también lo acercó, agarrando las túnicas para no separarse, dejando que el gesto se profundizara, deseando mantener eso por siempre…
Finalmente volvieron a separar sus labios, pero siguieron abrazados, ella apoyada en el pecho del oji azul, escuchando sus látidos y grabándolos en su memoria. Él respiraba su aroma, también atesorándolo, lo extrañaba tanto…
— Lo siento tanto… de verdad, yo…
— Tranquila, lo comprendo… sé que es difícil, pero por favor no llores más. La vida es injusta en muchos sentidos y sólo quisiera que dejaras de lamentarte — Miroku hizo una pausa, besando la frente de la exterminadora y dejando caer unas lágrimas en silencio ante de continuar —. Cargaremos con esto por mucho tiempo, aún así deseo que me prometas que tratarás de ver lo maravilloso que pueda darte el destino de ahora en adelante.
— Está bien, Miroku… y gracias, por todo… — Sango limpió suavemente las lágrimas del rostro de él, dedicándole una fugaz sonrisa, para luego volver a acomodarse en su pecho.
— Gracias a ti, pequeñita… — Murmuró él, entre un suspiro de resignación.
De una u otra forma, saldrían adelante después de eso. La vida les había hecho demasiadas malas jugadas, y quizá esta sería la siguiente, pero estarían de todas formas para el otro, aunque fuese de forma indirecta, lejana y encubierta.
"Por la tarde…"
Mientras caminaba por el palacio buscando a la pequeña, se extrañó de ver a las doncellas y sirvientes del lugar haciendo los preparativos de la boda, pensó que ella iba a cancelarla, por lo menos eso había mencionado InuYasha cuando había hablado con él al almuerzo. Pero ese movimiento demostraba todo lo contrario.
— ¡Tío!
La pequeña le hacía gestos desde una de las bancas, en las que estaba sentada junto a su madre. Él se acercó, un tanto preocupado por la expresión melancólica de su hermana.
— Hola Miku, hermana… — Murmuró, sentándose a su lado. — ¿Ocurre algo?
— Ah… no, estamos bien… ¿por qué lo preguntas? — Respondió ella, tratando de sonreír.
— Tu expresión no engaña a nadie…
— No te preocupes, estoy bien…
Kohaku miró interrogante a su sobrina, ella negó con la cabeza, poniéndose de pie con Kirara en brazos y una expresión entre molesta y decepcionada.
— No es cierto, mamá está así porque va a casarse con el señor Kuranosuke…
— Miku, ya te expliqué que no estoy así por eso, además… es lo que debo hacer…
— ¡No es cierto! — La interrumpió la pequeña, con reproche en sus ojos azules. — Si quisieras, podrías decirle que no.
La infante se alejó corriendo por el jardín, dejando a Sango con un nudo en el pecho y a Kohaku intrigado con esa revelación: ¿de verdad su hermana iba a seguir con ese absurdo compromiso, a pesar de todo? Eso no tenía sentido, algo más había pasado…
— ¿Por qué lo harás? Supe lo que descubriste sobre Kuranosuke, entonces no entiendo porqué seguirás con la idea…
— No es algo tan simple, Kohaku — murmuró ella, mientras sus ojos volvían a nublarse —. Nuestro padre me comprometió a Kuranosuke unos meses antes de morir. Es mi deber cumplir esa voluntad, a pesar de todo….
— Pe-pero… ¿estás segura? Es decir… ¿cómo lo supiste? ¿Realmente sucedió así?
— Debe serlo, no tengo como demostrar lo contrario y prefiero no arriesgarme a pasar a llevar su nombre…
— Hum… ya veo…
El silencio se apoderó de la escena luego de esa aclaración. Tras unos segundos, el castaño decidió dejar sola a su hermana, deseaba más que nada verla feliz, y buscaría la ayuda de Kagome e InuYasha para poder lograrlo. De seguro, ellos – o ella, específicamente – debían saber qué hacer. Se despidió de ella y rápidamente recorrió los pasillos y jardines, buscando a la pareja, hasta que luego de cerca de una hora, los encontró camino al bosque, tomados de la mano. Se apresuró a alcanzarlos, odiaba interrumpirlos pero eso era algo que le urgía.
— ¡Hey, muchachos!
InuYasha movió sus orejas al escucharlo acercarse, deteniéndose y dando media vuelta para verlo. Él llegó hasta ellos y se detuvo un momento para recuperar el aliento antes de contarles su problema.
— ¿Ocurre algo, Kohaku?
— Acabo de estar con Miku y mi hermana y no tengo buenas noticias.
— ¿Le ocurrió algo a Sango o a Miku? — Preguntó preocupado el hanyō.
— Bueno, no precisamente, pero… la boda no se cancelará…
— ¡¿Qué?! ¡¿Por qué, acaso ese terrateniente la obligará…?!
— No, es algo más complicado — Kohaku suspiró, esperaba que pudiesen entender lo delicado del asunto, especialmente después de todo lo que había sufrido su familia —. Mi hermana me comentó que nuestro padre, unos meses antes de morir, la había comprometido con Kuranosuke… No sabemos si es verdad, pero ella no quiere arriesgarse a ensuciar o pasar a llevar la memoria y los últimos deseos de mi padre… y yo la comprendo, es difícil…
Kagome e InuYasha se quedaron pensativos unos momentos, eso si era problemático considerando todo su historial familiar, era obvio que ella no quisiera pasar a llevar de ninguna forma el recuerdo de su padre. ¿Habría alguna forma de salir de eso, de demostrar si era cierto, o de impedirlo, sin dejar de lado la memoria del exterminador? La azabache pensaba y pensaba, buscando alguna forma, pero una repentina intervención de InuYasha la sorprendió:
— Oye, pero si su padre falleció… ahora tú eres el jefe de la familia. A pesar de que Sango sea mayor, tú sigues siendo el hombre mayor.
Kohaku y Kagome se quedaron observándolo, ambos bastante impresionados por las palabrar del ambarino. Tenía razón, las familias tenían un patrón patriarcal muy marcado y los hombres eran quienes tomaban las decisiones como esas, a pesar de que fuesen menores.
— Vaya, veo que a veces usas la cabeza, InuYasha — murmuró la sacerdotisa, acariciándole dicha zona.
— ¡Keh, no molestes!
Kohaku lo pensó un rato, lo que decía el platinado era cierto, pero tampoco podía pasar por alto un deseo específico de su padre, menos un compromiso de esa embergadura. Además, aunque quisiera hacerlo, su hermana no estaría de acuerdo y, aunque él fuese el jefe de familia, seguía siendo menor y menos fuerte que ella.
— Es cierto, pero… no puedo pasar a llevarlo así como así.
Volvieron a quedarse pensativos, era cierto y de seguro Sango tampoco lo permitiría. Debía haber una forma de, por lo menos, intentar algo, aunque fuese muy pequeño…
— ¡Oh, pero puedes pedir que te lo comprueben! — Kagome sonrió, los chicos la observaban curiosos, sin comprender, por lo que ella se explicó: — En estas épocas de guerras, como nadie confiaba en nadie, los grandes clanes y familias dejaban documentos firmados con sus uniones y tratados. Supongo que si iban a unir a sus familias a través del matrimonio, tu padre y el del terrateniente deben haberlo dejado por escrito. Para que se respetara y se cumpliera.
— Tiene razón, si estos eran los deseos de mi padre, no lo habría dejado sólo en palabras. Especialmente si se trataba del futuro de mi hermana — Kohaku sonrió, ahora sabía lo que podía hacer, por lo menos así podrían quedar más claros con eso —. Iré a buscar al terrateniente para pedirle estos papeles, ¡muchas gracias!
El joven se alejó rápidamento, ellos se despidieron con un gesto, deseando que todo eso resultara para mejor.
— Tengo la impresión de que esto es sólo una trampa de ese tal Kuranosuke para obligar a Sango a casarse con él — resopló el hanyō, un tanto molesto.
— Puede ser, pero existe la posibilidad de que sea verdad — la azabache suspiró, preocupada —. ¿Crees que Miroku lo sepa?
— Puede ser, dijo que hablaría con Sango en cuanto la viera… lo más probable es que ya se haya enterado.
Ambos suspiraron, ¿que acaso sus amigos no podrían tener un descanso?
Cerró los ojos, suspirando nuevamente mientras abrazaba a la pequeña que buscaba consuelo en sus brazos, llorando sin decirle nada, sólo refugiándose en su pecho protector. Luego de unos minutos, el llanto comenzó a calmarse, mientras ella se limpiaba la cara y se separaba del abrazo.
Él la miró unos segundos hasta que ella estuvo completamente tranquila y se decidió a preguntar.
— ¿Ahora me dirás qué te aflije tanto, tesoro?
Ambos pares de ojos azulados se encontraron, ella también suspiró, jugando con sus manos mientras buscaba las palabras adecuadas para expresar su pena.
— Es mamá… — La niña sollozó levemente, él prestó aún más atención a sus palabras. — Va a casarse con el señor terrateniente a pesar de que eso no la hará feliz… ¿por qué? No puedo entenderlo, dice que debe hacerlo pero… no, podría decirle que no es feliz así…
— Miku, tu madre está atada por algo más que sus deseos. Quizá no lo entiendas ahora, pero tu abuelo, el padre de tu mamá, pidió que ella se casara con Kuranosuke…
— ¿Cómo puede pedir algo alguien que ya no está con nosotros? ¿Puede su deseo pesar más que la felicidad de mamá?
La inocencia y astucia de su hija lo sorprendió, le acarició la cabeza, pensando la mejor forma de explicarle ese tipo de compromisos y responsabilidades. Seguramente, si todos pensaran con esa sencillez, la vida sería mucho más fácil.
— Él hizo un acuerdo con el padre de Kuranosuke para que se casaran. Tu madre no quiere deshonrar la memoria de tu abuelo, y por eso ha decidido aceptar…
La infante bajó la mirada, asintiendo levemente, seguramente pensando que eso no tenía sentido. Miroku la abrazó por la espalda y le besó la frente, eso debía ser difícil para ella…
— ¿Ustedes… seguirán cuidándome, cierto? ¿Seguirás estando aquí para protegernos?
— Claro que sí, hija… te lo prometí, ¿recuerdas?
Ella le mostró sus infantiles dientes en una sonrisa y luego se puso de pie para salir corriendo junto con Kirara. Ojalá él tuviera esa energía, le sería mucho más fácil sobrellevar esa situación.
"Al día siguiente…"
Disfrutaba por fin en calma su desayuno, tragando cuanto le habían llevado hasta la sala, teniendo así su revancha por el apremio con el que había comido el día anterior. Por lo menos un día podría darse todo el tiempo que quisiera y podría comer todo lo que deseara… o lo que aguantara su estómago.
La sacerdotisa lo observaba mientras ella misma desayunaba, pero en calma y moderadamente.
— Edto dí ed vida, podíamod… — Balbuceó con la boca llena, luego tragó para terminar la frase de forma entendible — … quedarnos aquí para siempre…
— No bromees, lo único que quiero es volver a la aldea… — Contestó ella, recordando los viejos tiempos.
— Tienes razón — el hanyō volvió a echarse comida a la boca mientras hablaba —. Debedíamod lleva'nod la comida…
Kagome negó con la cabeza, le iba a reprochar cuando la puerta de la habitación se abrió e ingresó Kohaku, con el semblante preocupado.
— Tengo malas noticias.
InuYasha y Kagome pasaron salivas, observándolo preocupados. ¿Acaso su amiga estaría obligada a ser infeliz?
Ok! Acá llegué, más pronto de lo que esperaba =) Iré a dormir, pero primero:
AGRADECIMIENTOS: a SangoSarait, fifiabbs, andreb1401 y azalyn shihiro. Espero que este chap sea de su agrado (sí, no puedo dejar el drama, hay que mantener el suspenso, ¿no?). En el próximo habrá lemon, están advertidos!
Saludines, nos estamos leyendo! Recuerden los reviews :3
