DISCLAIMER: Los personajes no son míos, ya lo saben ^^U son de Rumiko Takahashi. La siguiente narración es creación propia y está hecha sin fines de lucro, con el propósito de entretener a los lectores.

SUMMARY: Y lo odiaba por eso. Por alejarse, luego de que habían reafirmado su promesa de casarse y tener una familia juntos. Luego de que ella venciera todos sus temores y se convirtiera en su mujer antes de la boda. Luego de que rompiera las promesas de celibato sólo por sus ojos... Por eso, ya no lo seguiría esperando.

Por tus ojos…

Capítulo VI
"Sólo te quiero a ti"


Hola… mi querida novia.
¿Qué observas?
Con esos ojos no puedes
recoger las mariposas esparcidas en el suelo.

Quiero olvidar tu muy blanco dolor.
Confía, aunque la herida no desaparecerá.

Danza, danza, logra dormir y danza.
Mis lágrimas no se detienen.
Fulminando mi voz en esas manos que se agitan débilmente,
dejo caer mis labios sobre ti.

Distress and Coma; the GazettE —


El silencio, tenso y pesado, se había adueñado de los presentes, en el intento de retrasar lo que fuese que significase ese "malas noticias". Luego de unos segundos – en los que el pan cayó de la boca semiabierta de InuYasha y Kagome derramó un poco de su té sin darse cuenta –, el joven exterminador cerró la puerta tras de sí y se sentó frente a ellos, sin quitar la mirada seria de su rostro.

— ¿Qué… qué es lo que sucede?

Kohaku dirigió su mirada a la autora de la pregunta, un tanto pensativo, mientras InuYasha volvía a echarse el pan a la boca, aprovechando de comer por si debía partir en algún extraño cometido propuesto por la azabache, en caso de que el castaño lo solicitara.

— El terrateniente no se encuentra en el palacio — dijo al fin Kohaku, sacando de la incertidumbre a la pareja.

— ¿Y eso es lo malo? — Bufó el hanyō, antes de seguir comiendo. — Pues hay que esperarlo, o si prefieres lo vamos a buscar…

— No, es más complicado… vuelve el día de la boda — el exterminador suspiró, sin ánimos.

— ¿Estás seguro de eso? — Preguntó Kagome, eso le parecía muy extraño.

— Sí, lo he buscado por todo el palacio, y cuando le pregunté a uno de sus hombres, me dijo que había salido a realizar diligencias relacionadas con la boda. Pregunté por el documento que confirmara la unión hecha por nuestro padre y… bueno, nadie sabe nada al respecto.

— ¡Já! Eso es claro, significa que no existe — exclamó el platinado, con restos de comida aún en la boca.

— De hecho, me dijeron que todos los documentos de ese tipo, los guarda él, por eso debemos esperar a que regrese para pedírselo.

Kagome suspiró un tanto desanimada, InuYasha se cruzó de brazos dejando el desayuno de lado, para luego ambos mirar a Kohaku buscando una solución.

— ¿Y eso es todo lo que podemos hacer por el momento? — Preguntó la sacerdotisa, tratando de convencerse de que todo estaría bien.

— Creo que sí, ya que sin el documento, no podemos probar nada — respondió el exterminador, un poco abatido.

— Pues habrá que estar atentos a su regreso y actuar en cuanto llegue — agregó el hanyō, con un tono serio.

En ese ambiente un tanto apesadumbrado, los tres decidieron que lo mejor sería esperar. No sacaban nada con impacientarse si quien podía darles alguna respuesta, estaba ausente. Aunque eso le sonaba bastante extraño a todos, nada podían hacer.


"Ese día por la tarde…"

Observaba cómo la pequeña entrenaba junto a su padre, concentrada con los ojos cerrados, seguramente meditando para lograr canalizar sus poderes espirituales. Sonrió al ver lo tranquilos que se veían ambos, era como si se complementaran perfectamente. Desde que la niña supo que él era su padre y entablaron tan buena relación, todo parecía tener un sentido distinto, como si hubiese encontrado su camino. Eso debería haber sido señal suficiente para ella, pero las cosas tenían que volver a complicarse…

Vio como Miroku le pedía a su hija que se pusiera de pie y extendiera las manos, formando una barrera que al principio parecio oscilar débilmente, pero luego se definió más clara, al tiempo que el monje le daba algunas indicaciones a su aprendiz, quien se veía mucho más concentrada que en cualquier otro momento.

— ¿Lo ves? La bastarda está aprendiendo, te lo dije…

— Qué bueno, así nos puede proteger de verdad…

Frunció el ceño al escuchar al par de guardias hablar en susurros poco disimulados al final del corredor, sin percatarse de su presencia a pesar de que se acercaban a ella. Cuando estuvieron lo bastante cerca, ella se aclaró la garganta para llamar su atención. Ambos hombres pasaron saliva, observándola con cierto temor.

— Se-señorita Sango…

— Miku no es ninguna bastarda — les espetó, molesta —. De hecho, está entrenando con su padre…

— ¿S-su padre? — Los dos hombres dirigieron sus miradas hacia el par que se encontraba practicando en el patio.

— ¡Es cierto! Yo sabía que ese rostro me era familiar, ese es el monje que detuvo nuestra caravana cuando fuimos a buscarla a la aldea, ¿verdad?

— ¿El que le pidió al señor Kuranosuke que no molestara a la señorita Sango…? Ahora que lo pienso, tienes razón…

— ¡Já! Pensar que él estaba tan seguro de que nuestro señor no tendría suerte, y ahora…

— ¿Quieren callarse e irse? ¿No tienen cosas que hacer? — Los interrumpió Sango, molesta con sus comentarios.

— Sí, señorita… perdón…

Los guardias se alejaron rápidamente del lugar, dejando a la castaña pensativa. ¿Por qué Miroku no le había dicho que se había encontrado con Kuranosuke en aquella ocasión? Ella no se hubiese molestado, de hecho le agradaba la idea de que él la cuidara de esa forma… ¿quizá no hubiese admitido que algo de preocupación le ocasionó el encuentro? Pero ella se lo había comentado – de alguna forma tenía que explicar tantos obsequios costosos en la cabaña, de todas formas –, dejándole claro que no le interesaba esa propuesta en esos momentos…

De cualquier manera, eso tal vez ya no tuviese importancia, ya que no cambiaría lo que pasaría en dos días. Ya nada podría hacerlo…

— ¿Sango?

Se sobresaltó un poco al escuchar su nombre, estaba un tanto ensimismada en su análisis y no se percató de la presencia de su amiga a su lado.

— ¡Kagome! Disculpa, no te sentí llegar…

— No te preocupes — le respondió la azabache con una tierna sonrisa. Luego de unos segundos de silencio, volvió a hablar: — ¿Cómo estás?

— ¿Yo…? — La castaña parecía un poco confundida. — Estoy bien, de maravilla… ¿cómo más debería estar si me caso en dos días…?

El sarcasmo en la respuesta de la muchacha no pasó desapercibido para su amiga, quien la abrazó afectuosamente por la espalda, brindándole apoyo.

— Por eso lo pregunto… pero sé la respuesta — suspiró, eso era como estar en el fondo del pozo, ver la salida pero no poder alcanzarla —. Esto de verdad es… ¡ah! Ni siquiera sé cómo decirlo.

— No te preocupes, son los golpes que la vida da de regreso…

— ¿A qué te refieres con eso? Digo, después de todo lo que han pasado, ustedes merecen estar juntos…

— Creo que cometí demasiados errores, nunca debí irme de la aldea sin haber hablado antes con Miroku, no debí haberle ocultado la verdad, yo… fui una cobarde y en lugar de enfrentar la situación, el miedo que tenía a perderlo todo me hizo huir… y al final fue eso, lo que me hizo perder todo…

— No, Sango, no digas eso… — Kagome intentó confortar a su amiga, limpiando las lágrimas que se deslizaban silenciosas por sus mejillas, pero no sabía cómo podía mejorar esa situación.

— Es la verdad, Kagome… yo tengo la culpa de todo y debo asumir las consecuencias…

— Pe-pero… — No sabía qué responder, eso no era su culpa, nada de lo que había pasado…

— Lo peor es que no sólo yo pagaré esos errores, sino que Miroku también… y Miku…

El llanto ya no fue silencioso, ahora estaba acompañado de sollozos entrecortados. Kagome abrazó más fuerte a su amiga, permitiéndole llorar en su hombro. Era todo lo que podía hacer por el momento, ya que la solución se veía lejana, o por lo menos no tan cercana como ellos quisieran.

— Nada de esto es tu culpa, deja de pensar eso — la azabache habló con voz firme, no quería que su amiga se culpara por lo que estaba pasando —. De algún modo, solucionaremos esto. Ya verás que el monje Miroku y tú podrán estar juntos…

— Eso es imposible, pero gracias por los ánimos — la castaña intentó sonreír, aunque las lágrimas no abandonaron sus ojos —. De todas formas, sé que él seguirá estando aquí si lo necesito.

Kagome simplemente asintió a la afirmación, segura de que eso era verdad, ya que el amor que se tenían era más fuerte de lo que otros pudiesen entender. Ella por ahora sólo podía acompañarla, apoyarla y esperar. Eso era todo lo que podía hacer…

— InuYasha y tú deben haber estado muy ocupados, tratando de compensar todos estos años lejos…

Kagome levantó la mirada hacia su amiga, confundida. ¿Acaso le preguntaba por su situación amorosa a ella, pese a que el principal y mayor problema, era el suyo…?

— Ah… sí, un poco…

— ¿No ha pasado nada entre ustedes aún?

— ¿Entre nosotros…? — Las mejillas de la sacerdotisa se enrojecieron, recordando el beso y las palabras del platinado.

— Tu cara lo dice todo — Sango le sonrió, al parecer eso la aliviaba un poco —. Temía que sólo se preocuparan de nosotros… Bien, ¿qué pasó?

— Eh… bueno, nosotros… — La azabache suspiró para luego tomar aire y relatar lo sucedido. — Todo fue repentino, InuYasha estaba comentándome algo que había platicado con el monje Miroku, pero yo no podía prestarle atención a sus palabras, porque… estaba perdida en sus ojos. Cuando se dio cuenta que no lo escuchaba, se molestó, pero al explicarle porqué, él se avergonzó… ya sabes cómo es de tímido en estas cosas, y bueno…

— ¿Qué, te besó? — Preguntó ilusionada la exterminadora, apremiando a su amiga.

— Pues, no…

— ¿Qué? Pero cómo aún no se han besa…

— No fue él quien me besó — la interrumpió, con las mejillas más rojas aún —, yo lo besé… y él correspondió…

— ¡Me alegro mucho por ti!

— Si, pero… ya sabes cómo es, luego me pidió disculpas, pero al final aceptamos que ambos lo queríamos… y… dijo que después de volver a la aldea, sería su mujer…

— ¡Awh, Kagome! — La castaña la abrazó enérgicamente. — ¡No sabes lo feliz que estoy por ti! Después de tanto tiempo… Se lo merecen. Serán muy felices juntos, lo sé.

— Gracias… — Le devolvió el gesto, abrazándola con cariño. "Tú también serás feliz, estoy segura" pensó, mientras la acogía con sus brazos. Algo le decía que así sería.


La niña deshizo el campo de protección, satisfecha del avance que estaba teniendo. Miroku le dirigió una sonrisa, ella estaba aprendiendo muy rápido.

— Tienes mucho talento, te felicito — Le dijo, desordenándole un poco el cabello —. Yo a tu edad, apenas si podía sentir algunas presencias. Ni siquiera imaginaba poder crear campos.

— Gracias papá.

Ambos se recostaron en el pasto, mirando las nubes pasar sobre ellos, danzantes, creando sombras en la superficie del suelo y en sus cuerpos también.

— ¿Estás muy triste, papá?

Miroku dirigió su mirada hacia su hija, un poco sorprendido por su repentina pregunta.

— ¿Por qué lo preguntas, pequeña?

— Porque yo sí lo estoy, y mamá también. Además, el ambiente está cargado de tristeza. No quiero sentir esto.

— Miku… — Miroku suspiró, sentándose para observar mejor a la menor, quien le dirigió una penetrante mirada directo a sus ojos. — La tristeza no siempre es mala. A veces nos ayuda a superar algunos problemas, o nos indica que hay algo que debemos hacer, incluso puede decirnos que algo importante está pasando. Es una señal de que estamos vivos y nuestros corazones sienten, además… si no existiera la tristeza, ¿cómo sabrías que hay felicidad? — Hizo una pausa para observar una pareja de aves que revoloteaban encima de sus cabezas, llevando hojas y ramas a su nido. — Claro que estoy triste, pero también estoy feliz. Estoy compartiendo contigo momentos maravillosos y eso me llena de alegría.

— Pero mamá se casará…

— Sí, y eso nos da tristeza, pero no significa el fin. Aún seguiremos estando aquí para ella, y ella estará con nosotros. A veces debemos aprender a vivir con algunas cosas.

— ¿Y estás seguro que podrás vivir con eso?

La voz ronca de su amigo platinado lo sobresaltó. Miku le sonrió al recién llegado, poniéndose de pie y abrazándolo. InuYasha tomó a la pequeña en brazos y la abrazó, sin dejar de mirar fijamente al monje.

— Tendré que hacerlo… — Le respondió el oji azul, soltando otro suspiro.

— ¡Pero la amas! — El oji dorado bufó, su amigo lo exasperaba. — ¿¡Cómo vas a permitir que se case con ese mal nacido!?

— InuYasha, cuida tu vocabulario frente a Miku…

— ¿Amas a mamá? ¿Por qué no impides que se case?

— Eh… ¿ah? — Miroku quedó perplejo, quizá esa no era una conversación que debiese tener frente a ella. — Miku, luego te explicaré todo, ahora necesito hablar a solas con InuYasha…

— Está bien… iré a buscar a Kirara…

La niña se alejó dando saltitos mientras llamaba a la felina, perdiéndose en otro de los patios del palacio. InuYasha se sentó de un golpe junto a su amigo, con los brazos cruzados y ese semblante serio mirándolo fijamente.

— Sabes que no puedo hacer nada, Sango no dejará de cumplir ese compromiso, jamás deshonraría la memoria de su padre — el bonzo cerró los ojos, resignado.

— ¿Y estás seguro que ese compromiso es real?

— ¿A qué te refieres con eso?

— Bueno, tú eres más listo que yo, pensé que se te habría ocurrido — el platinado suspiró —. Quizá todo esto esté afectando tu cerebro…

— Deja de fastidiar y dime qué es lo que quieres decir.

— Ahora el jefe de familia no es el padre de Sango, ¿cierto? Pues puedes intentar por ahí…

— ¿Te refieres a que Kohaku…? ¡Es cierto, él es el jefe de familia ahora! Pero tampoco querrá deshonrar a su padre…

— Así es, y dejar que Sango se case con alguien en base a engaños sería faltar a su memoria…

— ¿Engaños? ¿Acaso Kuranosuke mintió…?

— ¿Ves que tu cerebro ya no trabaja? No hemos comprobado nada pero queremos hacerlo…

El monje se quedó pensativo un momento. Su amigo tenía razón, debía haber una forma de comprobarlo. Era claro que la forma más fácil de obligar a Sango a aceptar la boda era usando la memoria de su difunto padre, pero ¿sería cierto? El padre de Sango era un terrateniente también, y no dejaría esas cosas al azar, así que seguramente…

— Debe existir el documento que confirme el compromiso, y como el jefe de familia ahora es Kohaku, es él quien tiene la autoridad de solicitarlo para respetar los deseos de su padre y velar por el bienestar de Sango…

— Por fin tu cabeza comienza a funcionar de nuevo — InuYasha sonrió, estaba seguro que eso le daba un poco de esperanzas al oji azul.

— Entonces vamos con Kohaku a buscar al terrateniente…

— Ya lo hicimos, pero ese idiota no se encuentra en el palacio. Así que debemos esperar a que regrese, ya que es él quien tiene el documento, si es que existe…

— De acuerdo… — Miroku abrazó a su amigo, un poco más animado. — Gracias por aclararme todo esto.

— ¡Few! ¡No es nada, además tú debes tener más conocimiento que nosotros sobre este tipo de documentos, así que nos debes ayudar en esto!

— Por supuesto que lo haré, InuYasha.

El silencio reinó nuevamente sobre ellos, dejando escuchar claramente el murmullo del viento y el trinar de las aves, que ahora revoloteban juguetonas en las ramas de un árbol cercano. Una tranquilidad inesperada pero confortante se adueñó de ambos y eso le provocó la extraña sensación al oji azul de que su amigo estaba en paz con su corazón, como no lo había estado desde hacía 6 años.

— ¿Has hablado con la señorita Kagome?

La pregunta sorprendió al aludido, ni siquiera pensó que la conversación podía llegar a ese punto tan delicado para él.

— Yo… no… es decir, creo…

— ¿Cómo es eso de "creo"? ¿Qué pasó?

— Nosotros… es decir, ella me besó… yo le correspondí, hace tiempo que deseaba hacerlo y… bueno, le dije que sería mi mujer cuando volviéramos a la aldea.

— Vaya, veo que has madurado — Miroku le palmoteó la espalda al chico, con cariño —. Me alegro por ustedes dos. Después de todo lo que hiciste pasar a la señorita Kagome, se merece ser feliz…

— ¡Oye, cómo fastidias! ¡Yo también la pasé mal! Y por si fuera poco, ella siempre me golpeaba con sus "abajo"… también me merezco ser feliz…

— Claro que sí, sólo bromeaba.

— Sí, claro.

Ambos se quedaron allí observando cómo la tarde caía en el horizonte para dar paso a la oscuridad de la noche. El día estaba acercándose a su fin, ya sólo quedaría un día para que todo terminara, ya fuera para bien o para mal…


"Al día siguiente…"

El sol brillaba radiante sobre el palacio, en un clima fresco gracias a la brisa que corría en esa época del año. Kohaku, Kagome, InuYasha e incluso Miroku, habían tratado de localizar a Sango durante el día, pero sus doncellas y otros sirvientes del palacio les indicaron que se encontraba preparándose para la ceremonia del día siguiente, por lo que nadie les permitió verla. Desanimados, ahora todos se encontraban en uno de los patios, observando a Kohaku y Miku jugar con Kirara, saltando y corriendo para atrapar a la minina.

— Todo este ajetreo es abrumante — se quejó de pronto el hanyō, resoplando.

— ¿Ajetreo…?

— Se refiere a los preparativos — aclaró Miroku, mirando de reojo a un par de doncellas que pasaron cerca de ellos, llevando algo en sus brazos —. InuYasha es muy sensible a los olores y sonidos, y debe molestarle tanto movimiento, incienso, rezos y olores de comida mezclados.

— Es cierto… — Kagome suspiró, casi olvidaba que el palacio también debía ser bendecido antes de la boda. De la nada, su rostro cambió de expresión y miró al oji azulado. — Oiga, ¿usted ha hablado con Sango…?

— Yo… — Los ojos del aludido se abrieron un tanto sorprendidos. — Usted sabe que no hemos podido verla hoy, no veo cómo podría haber hablado con ella…

— No me refiero a hoy — aclaró la azabache, sin dejar de mirarlo —. ¿No fue ella quien le dijo lo del compromiso…?

— Ah, sí… — Suspiró, cabizbajo, eso sólo lo desanimaba. — ¿Por qué lo pregunta…?

— Porque ella está segura que usted seguirá estando a su lado, a pesar de todo… y creo que eso le da fuerzas para seguir, de cierta forma…

— Ya veo — Miroku sonrió de lado, un tanto resignado. — No volveré a alejarme de ella, pero eso no nos unirá más… será la esposa de otro hombre y eso ya impone obstáculos entre nosotros….

— Eres un necio, ¿por qué no le damos una paliza a todos aquí y nos llevamos a Miku y a Sango a la aldea? — la voz de InuYasha sonaba decidida y hasta engreída. — Sabes que podríamos hacerlo…

— ¡Agh, InuYasha, no tienes sentido común! — Le recriminó Kagome, con los puños cerrados y su mirada fija en él, molesta. — ¡No podemos hacer eso, Sango no estaría de acuerdo!

— Pero es un secuestro, no tiene porqué estarlo…

— ¡Abajo! ¡Sigues sin tener tacto para nada, todo quieres resolverlo a golpes!

— ¡Kagome, esto…!

— ¡Ya cállate, no quiero oír pretextos!

— ¡Pero…!

— ¡Qué te calles! ¡Abajo!

Miroku negó con la cabeza, en tanto que Miku y Kohaku habían detenido su juego, asustados por el alboroto, y los residentes del palacio hacían una pausa para observar la discusión, murmurando cosas entre ellos sobre los visitantes. El monje les indicó que no sucedía nada malo y que podían seguir con sus labores, para luego volver a dirigirse a sus amigos que seguían discutiendo.

— ¡Deberías haberme sacado este collar maldito hace mucho!

— ¡¿Y dejarte hacer lo que quieras sin control?! ¡Estás loco!

— Muchachos, ¿pueden calmarse un poco…? — Pidió amablemente el bonzo, pero sus compañeros lo ignoraron por completo mientras seguían en su pelea. — ¡Ya basta! ¡Dejen de pelear! ¡Deberían agradecer que se tienen el uno al otro y pueden estar juntos, en lugar de pelearse y agredirse así! Supieran la suerte que tienen… me encantaría recibir aunque fuera una de sus bofetadas, o esos golpes del hiraikotsu al cortejar a una aldeana o sobrepasarme con ella… pero no puedo, y eso me duele en el alma. ¡Ustedes debiesen aprovechar cada momento que tienen juntos y no perder tiempo discutiendo…!

Kagome e InuYasha habían dejado de discutir en cuanto Miroku alzó la voz, escuchando como ésta se quebraba poco a poco y los ojos empezaban a nublársele debido al anhelo de algo que ya se sentía tan lejano. Ambos se miraron y luego agacharon la mirada, avergonzados…

— Monje Miroku…

— Lo siento, Miroku, no era nuestra intención…

— Está bien, lo sé — él suspiró, poniéndose de pie —. Tampoco es que sea su culpa…

Repentinamente sus piernas flaquearon un poco, resultado de un enérgico abrazo que le brindó su hija, estrechando su pequeño cuerpo contra él con cariño y fuerza. El oji azul la tomó en brazos, ella volvió a abrazarlo, ahora por el cuello, de la misma forma cálida.

— No estés triste, papá — le murmuró la niña, sin soltar el abrazo —. Todo saldrá bien. Nosotras tampoco te dejaremos solo a ti, es una promesa…

— Gracias, tesoro…

Ambos siguieron abrazados, mientras sus amigos guardaron silencio por un rato. Tenían que admitir que, a pesar de que tratara de no demostrarlo, el monje estaba pasando un difícil momento y ellos no podían entenderlo, porque a pesar de todo lo que esperaron, siempre tuvieron la esperanza de que se volverían a ver; en cambio él estaba viendo como la mujer a la que amaba se alejaba de su lado, para casarse con alguien con quien no sería feliz. Eso sí que debía ser duro.


El silencio de la habitación le era demasiado incómodo y pesado. Volvió a echar un vistazo al cuarto y exhaló, abatida. Ahora se encontraba a solas, a diferencia de una horas antes en las que sus doncellas le hacían los últimos arreglos a su kimono para la ceremonia y habían preparado el watabashi(*) y el tsunokakushi(**) que utilizaría al día siguiente, así como habían dejado el maquillaje blanco desde ya en la habitación para que su puerta no se abriera innecesariamente al día siguiente. Su hiraikotsu reposaba en un rincón junto a su uniforme de exterminadora y sus armas, todos cubiertos por una gruesa manta gris, ocultos, guardados para que ella sólo se dedicara a sus responsabilidades maritales desde mañana y olvidara su profesión.

Miró el atuendo blanco cuidadosamente doblado sobre una fina repisa en la que también descansaban otros arreglos de la boda y negó con la cabeza. Se suponía que ese día debía ser especial, llenarle el estómago de mariposas y darle nervios de felicidad, pero era todo lo contrario. Sólo anhelaba que no llegara el día siguiente, para no tener que dar ese paso…

Se dejó caer de rodillas sobre su futón, sintiéndose más sola que nunca. Le habían prohibido salir de ahí y ni siquiera había podido hablar o ver a su hija. Por la tarde había escuchado a Kagome e InuYasha discutir, incluso sintió los leves estruendos de los "abajo" de su amiga, pero eso había sido hacía un buen rato. Ahora todo estaba en calma. Demasiada calma para su gusto.

— Ah, esto es agobiante — le dijo a la nada de su habitación, cerrando los ojos para intentar transportarse a otro lugar. Para imaginarse con otra persona, en una vida muy distinta a la que tendría —. Cuánto te extraño, Miroku…

— Y yo también a ti, Sango.

Abrió los ojos de par en par, casi segura de que su imaginación la estaba haciendo escuchar cosas. Se volteó lentamente hacia la puerta y lo vió, de pie frente a ella, con una nostálgica sonrisa y sus azules ojos brillantes fijos en ella. Pasó saliva antes de atreverse a hablar de nuevo.

— ¡Miroku! Se supone que no puedes estar aquí — Exclamó casi en un susurro —. ¿Cómo entraste…?

— Todos se han ido a dormir, los guardias hacen su ronda pero ya no hay alguien fuera de tu puerta para impedir que te veamos — él le sonrió más notoriamente.

— ¡Debes irte! Si te descubren aquí…

— Nadie me descubrirá… además, ¿de verdad quieres que me vaya?

Sango agachó la mirada, ella deseaba sobre todo estar con él, más en esos momentos en los que todo era tan oscuro y abrumador, en los que añoraba ser rodeada por esos brazos y dejarse atrapar por esos ojos, esos labios, ese monje…

Miroku se sentó frente a ella y le tomó dulcemente las manos, provocando que ella se sonrojara y escapara aún más de su mirada; él observó alrededor y curvó los labios en un gesto de anhelo y melancolía mezclados al ver los adornos y la vestimenta fina y delicada que usaría su pequeña dentro de algunas horas, cuando el sol volviese a asomar en el cielo.

— Te verás hermosa — murmuró, tratando de no quebrarse ante el hecho de que él no sería quien la desposara —. Sin duda, serás la novia más hermosa que pueda existir.

— No pienses en eso — le respondió ella, esta vez alzando la mirada hasta él —. No quiero serlo si no es para ti, lo sabes.

El silencio se apoderó de nuevo del lugar, permitiendo que sus respiraciones fuesen más notorias y que ellos escucharan sus corazones palpitar con fuerza en sus oídos, levemente acelerados. La exterminadora contempló con cautela el semblante quedo de su acompañante y no pudo evitar detenerse un momento en sus labios. Los ansiaba, quería probarlos de nuevo, entregarse a ese hombre con ese gesto que sólo con él podía disfrutar.

No pudo detenerse. Si no hubiesen estado solos en un cuarto, añorando algo que estaba frente a ellos; si no hubiese sido la noche anterior a la boda; si no hubiera permitido que él se quedara más tiempo con ella, quizá podría haberse puesto a pensarlo un momento y no hacerlo. Pero esas no fueron las circunstancias, y como hipnotizada por la tentadora curvatura de su boca, posó sus labios sobre los de él, sorprendiéndolo un poco. Sin embargo, él siguió el ritmo, correspondió a ese cotacto que sólo incrementaba la certeza de que ella era la dueña de su corazón. El gesto se profundizó cuando entreabrieron sus labios para dejar que sus lenguas juguetearan y volvieran a explorar esos rincones tan extrañados. Sango intentó acomodarse para tener un mejor acceso, pero el movimiento provocó que cayera sobre Miroku, interrumpiendo el beso y trayéndolos a la realidad de golpe.

— Lo lamento, pequeña… esto no está bien — murmuró el bonzo, apartando la mirada, temía quedar atrapado otra vez por ella.

— No lo lamentes. Yo quiero… Yo sólo quiero estar contigo y con nadie más — la castaña lo sorprendió, su voz era decidida. Volvió a mirarla a los ojos —. Sólo tú… sólo nosotros.

Nuevamente lo besó, acomodándose sobre él para alcanzar sus labios. La acción provocó que su cuerpo rozara la entrepierna de él, estremeciéndolo. Siguió besándola profundamente, tomando su cabeza para llevar el ritmo del beso, tratando de ignorar la cercanía de sus cuerpos. Tras el apasionado beso, se separaron para calmar sus agitadas respiraciones; la castaña se incorporó y lo miró con los ojos encendidos por una extraña determinación.

— Sólo te quiero a ti — murmuró, mientras se desataba las amarras del kimono y dejaba libre las solapas, la tela cayendo suavemente sobre su cuerpo, entreabierta evidenciando lo tersa de la piel bajo ella.

— Sango… — Soltó en un suspiro Miroku, sus ojos fueron desde la prenda recién liberada hasta las orbes de su acompañante. — Te amo y también sólo quiero estar contigo, pero… ¿estás segura…?

La mirada castaña destelló menos de un segundo antes de que ella volviera a besarlo, acercándolo a su cuerpo sin pretextos, dejando las preguntas, las excusas, los deberes de lado. El monje comprendió el mensaje, aprisionando sus labios impetuosamente, en tanto sus manos comenzaron a tantear el terreno, recorriendo la espalda para luego deslizarse suavemente sobre la tela, previendo lo que se encontraba bajo ésta; se escabulló lentamente para introducirse en el interior de la vestimenta y tocar directamente la piel. Pudo notar el temblor que produjo ese roce en ella y sonrió para sus adentros. Acarició suavemente la cintura, el vientre y el tórax, para luego delinear lenta pero decididamente la curvatura de los senos firmes y suaves de su exterminadora. Ella ahogó un leve gemido en su cuello, estremeciéndose ante el contacto, pero sin reclamar. Dejó que él siguiera su camino, después de todo, ella misma se lo había pedido, era lo que deseaba en esos momentos y no le diría que se detuviera. Sintió como la mano derecha se adentraba más cómodamente bajo la tela, recorriendo la piel de la areola y del pezón que estaba ya endurecido por el contacto; la izquierda se deshizo hábilmente del kimono, para luego seguir el camino hasta la espalda, rozando la extensión de su espina dorsal con sus dedos, pasando por la cicatriz y provocando que ella arqueara la columna, acercando sus pechos a su cara, regalándole un mejor ángulo, que él aprovechó para separarse de la boca de ella y lamer los pezones para luego morderlos suavemento, dándoles un leve tirón.

— ¡Miroku…! — Apenas pudo reclamar entre el jadeo.

El oji azul posicionó ambas manos en sus pechos, jugueteando con el excitante relieve endurecido, girando sus pulgares sobre ellos, presionando suave.

— ¿Sucede algo, Sango?

La aludida negó con la cabeza, mordiéndose el labio inferior en un intento de controlar sus gemidos. Miroku sonrió pícaramente, para besar nuevamente a la joven, mordiéndole él ahora el labio inferior, bajando y recorriendo con su lengua el lóbulo de su oreja derecha, la clavícula, los senos, para terminar succionando el pezón, mientras con las manos recorría los muslos, las nalgas, la espalda, y cada centímetro de piel que encontrara a su paso. Sango respondía con gemidos y jadeos ahogados, tratando de no ser escuchada, en tanto sus manos habían comenzado a quitar las prendas del monje, buscando y acariciando el torso del bonzo, delineando los músculos definidos, esos pectorales robustos y fuertes que la cautivaban; bajó por el pecho, llegando al abdomen, tocando también esa musculatura bien definida, el cuerpo del monje era muy atractivo, extasiante, la invitaba a recorrer y a probar más…

— Ya estás húmeda, pequeña…

Sintió la mano de Miroku en su sexo y lo abrazó en acto reflejo, hincando sus uñas en la ancha espalda, acomodando su rostro en su cuello, respirando agitadamente en él y consciente de que su rostro estaba rojo, mezcla de la excitación y la vergüenza de saberse descubierta. Pero ¿cómo era posible que no disfrutara eso, si Miroku le hacía tocar el cielo?

— Es tu culpa… — Reprimió otro gemido, mordiendo el hombro de él al sentir sus dedos infiltrarse dentro de sus labios mayores y acariciando su clítoris con ímpetu.

Los ojos azules se volvieron a encontrar con los marrones, en esa cómplice mirada que sólo podrían compartir entre ellos, así como sus más grandes secretos. La castaña terminó de retirar las túnicas del monje, dejándolo protegido sólo por los pantalones que usaba bajo la prenda, acariciando el bulto que era más que notorio en su entrepierna, incitándolo a seguir recorriéndola entera y tocar hasta el último de sus rincones…

El bonzo realizó un ágil movimiento, dejando ahora a su chica bajo él; se deshizo de su última prenda y se posicionó entre sus piernas, volviendo a jugar con el sexo de ella, quien arqueaba la espalda y soltaba gemidos ahogados de placer, intentando amortiguarlos con el dorso de su mano o el cuello de él, aunque estaba segura que si eso continuaba así, no podría logar su cometido…

— No te reprimas, Sanguito…

Las palabras salieron de sus labios justo en el momento en el que sus dedos llegaron a ese punto en su interior que la desconectaba de todo; ella mordió su labio inferior en un burdo intento de contenerse, sabiendo que necesitaría de ayuda para hacerlo.

— No… no deben escu… ¡ah…!

— ¿Decías algo?

— Miroku, de v-verdad…

Su protesta fue detenida por los labios de él, que le volvieron a robar el aliento, mientras con su mano guió la de ella hasta su erección, pidiendo atención. La exterminadora atendió a la petición del oji azul, entre suspiros que le cortaban la respiración; comenzó a acariciar el miembro, para luego envolverlo con su mano e imitar el movimiento que pronto se consumaría en su interior. Ante el acto, Miroku se mordió el labio inferior, disfrutando en sobremanera ese contacto. Incluso detuvo por unos segundo el movimiento de sus dedos en el interior de su compañera, sólo deleitándose con ese acto. Tanto tiempo anhelándolo…

— Pareciera que no tienes… acción hace mucho — le murmuró traviesa al oído, mordiendo el lóbulo para provocarlo aún más.

— N-No pude… — Respondió él, entrecortadamente. — Sólo te quería a ti…

Volvió a mover sus dedos en el sexo de ella, obteniendo como resultado que ella ahogara un jadeo y arquerada la espalda, dándole el ángulo perfecto para degustar desde su cuello, el hombro, la clavíula, el valle de sus senos hasta sus pezones, succionando y lamiéndolos con deseo.

— Eres exquisita.

La muchacha sólo podía responder con gemidos y suspiros irregulares, ya que el ritmo que llevaba el bonzo se había intensificado y ya no podía concentrarse en nada más que lo que él hacía. Miroku la recostó nuevamente en el futón y separó las piernas, ubicándose entre ellas y alejando la mano con la que Sango aún lo masturbaba, se dispuso a penetrarla. Hubo un poco de resistencia, a pesar de la lubricación, y la castaña arqueó la espalda en respuesta, presionando con fuerza las sábanas bajo ella, un par de lágrimas escaparon de sus ojos, no recordaba cómo se sentía eso; él se movió lentamente, besándola y susurrándole al oído que todo estaría bien, que la amaba y jamás le haría daño, mientras la estimulaba con una de sus manos, para que ella se relajara. Pronto el movimiento fue más fácil, ella se relajó y le siguió el ritmo, moviendo las caderas al mismo compás, besándose con pasión y frenesí, aprovechando de recorrer y acariciar el cuerpo del otro, mientras las embestidas eran más rápidas y profundas, mucho más placenteras de lo que habían esperado.

— M-Mi… ro-ku… — entre jadeos ella logró pronunciar su nombre, estaba llegando al cielo.

— San-gui… to — él le sonrió, cómplice —. Te amo.

Y con esas palabras, liberó su semilla dentro de ella, mientras ella volvía a doblar su espalda en respuesta al orgasmo que también acababa de tener. Los embistes se enlentecieron hasta que cesar, ellos se separaron pero sin dejar de perderse en la mirada del otro, cómplices y culpables de lo que acababa de pasar.

— Yo también te amo, pervertido.

Miroku soltó una casi inaudible risa, besando la frente de ella. Ninguno sospechó que alguien más había sido testigo de su entrega.


¡Ta-da! Aquí está el chap, espero que les guste y ya saben, estoy abierta a sus comentarios :3 ¡espero los reviews!

Agradecimientos especiales a SangoSarait y azalyn shihiro, gracias por los ánimos y espero que este chap sea de su agrado ;)

Nos estamos leyendo, espero que sea pronto. Saludines desde Chilito =)