DISCLAIMER: Los personajes no son míos, ya lo saben ^^U son de Rumiko Takahashi. La siguiente narración es creación propia y está hecha sin fines de lucro, con el propósito de entretener a los lectores.

SUMMARY: Y lo odiaba por eso. Por alejarse, luego de que habían reafirmado su promesa de casarse y tener una familia juntos. Luego de que ella venciera todos sus temores y se convirtiera en su mujer antes de la boda. Luego de que rompiera las promesas de celibato sólo por sus ojos... Por eso, ya no lo seguiría esperando.

Por tus ojos…

Capítulo VII
"Presentimientos"


"Hace frío y, aunque mire hacia el mañana,
tú no estarás en ninguna parte.

No pude decirlo bien antes, pero
estuve pensando en ti.

Si hubiese sido amable, como el viento que sopla,
hubiese podido protegerte de ese frío, doloroso e interminable."

Farewell; L'Arc~en~Ciel —


Las doncellas iban y venían por su cuarto, llevando el maquillaje, las ropas, los arreglos; dándola vueltas para que se alistara, mientras ella se dejaba llevar, sumida en el recuerdo de la noche anterior. Por lo menos tendría algo que la haría sonreír aunque fuese por unos instantes.

"Tardaron unos minutos en recuperar el aliento, tras los cuales él se acomodó mejor a su lado y la abrazó, disfrutando su compañía.

¿De verdad no habías estado con nadie, todo este tiempo?

La voz de la castaña se escuchó dudosa, él la observó tranquilo, con una pícara sonrisa.

No, ¿por qué? ¿Acaso no me crees?

No es eso, es sólo que…

Sango, la verdad es que no pude. Siempre he sido atento con las mujeres, y sigo siéndolo, aunque ya no como antes. Pero no te mentiré — Miroku suspiró, sin dejar de mirarla a los ojos —: un par de veces, las cosas estuvieron a punto de volverse un poco más… hum… ardientes. Sin embargo, no podía sacarte de mi cabeza y fui incapaz de traicionarte.

¿Traicionarme…? — Ella parecía confundida. — Pero yo te había dejado…

Sí, ¿y qué con eso? Mi corazón seguía siendo tuyo… y aún lo es — el oji azul la besó tiernamente, ella se sonrojó, aunque aún parecía dudosa —. Siento que hay algo que te preocupa, ¿me dirás qué es?

Lo siento, lo que pasa es que… bueno, una vez descubrí a Kuranosuke con otra chica y él me dijo que no pudo evitarlo, que todos los hombres tienen necesidades y que así las suplía, mientras no estuviésemos casados…

Es un imbécil.

¡Miroku! ¡Tú también estuviste con otras mujeres y te ofrecías a las aldeanas todo el tiempo!

Lo sé, pero no lo hice después de que nos comprometimos… — Sango lo observó acusadora, a lo que él agregó: — Está bien, sí cortejaba señoritas… pero no pasaba nada.

Te creeré. Pero hay algo que quiero que me expliques — la castaña esperó a que él le prestara completa atención para proseguir —. ¿Recuerdas cuando Kuranosuke fue a la aldea, dejándome todos esos presentes?

Claro que lo recuerdo, ¿por qué?

Nunca me dijiste que habías hablado con él antes de que llegara conmigo. ¿Por qué?

Miroku cerró los ojos, recordando esa conversación y el desagrado que sintió al ver a ese tipo cortejando tan seguro a su prometida, en ese entonces. Soltó un largo suspiro y luego sonrió, mirando nuevamente a los ojos a su acompañante.

Tenía miedo. Siempre temí perderte, y con esa propuesta rondando… — Volvió a suspirar, tomando entre sus manos el rostro de la joven. — Pero más que nada, temía que pensaras que no confiaba en ti.

Eso lo explica…

El silencio volvió a reinar, el bonzo abrazó a la exterminadora, besándole el hombro, ella tomó su mano derecha y vio la cicatriz que la recorría desde la palma hasta el hombro, recuerdo de sus peligrosas batallas en las que prefería absorber el veneno a que ella saliera herida. Pasó sus dedos suavemente por la zona, besando la palma y presionándola cariñosamente contra su mejilla. Ojalá pudiera quedarse para siempre así, con la única persona que había dado tanto por ella…

¿Sucede algo, preciosa?

Yo… — Ella lo miró a los ojos, con la mejillas levemente sonrojadas. — Lamento todo esto, te hice una promesa y no la estoy cumpliendo, después de todo lo que hiciste por mí…

Y lo volvería a hacer, tantas veces como fuera necesario — él le besó fugazmente los labios, con una sonrisa segura —. Sin importar las secuelas, el dolor… y sin pedirte nada a cambio, sólo que estés bien… y en lo posible, seas feliz.

Quisiera quedarme así para siempre, contigo…

No volveré a alejarme de ustedes, seguiré amándote como siempre y estaré aquí, para ti, cada vez que quieras, que lo necesites y que puedas. Sabes que no soy tan devoto del deber como tú y no me importará romper las reglas para disfrutar un momento contigo… Por algo estoy aquí.

Te amo, Miroku, y lo seguiré haciendo. Me haces muy feliz…

El monje sonrió y luego volvieron a besarse apasionadamente, con deseo, porque esa era su noche y nadie se las quitaría. Porque esa era su entrega pura y completa y nada los detendría. Porque se amaban y eso jamás cambiaría, aunque hubiesen mil prometidos de por medio."

— Señorita Sango.

El llamado de una de sus doncellas la trajo de vuelta al presente, sintiendo el rostro un tanto más pesado por el maquillaje, y su cabello más tirante de lo que estaba acostumbrada.

— ¿Sí?

La muchacha miró a su compañera, que sostenía el wataboshi en sus manos, ambas suspiraron levemente para luego dejar el arreglo a un lado y observarla detenidamente.

— ¿Se encuentra bien?

— S-Sí… ¿por qué lo preguntan?

— Estoy segura que no ha estado prestando atención a nada de lo que hemos tratado de explicarle en este rato.

— De todas formas, debe ser normal: hoy es su gran día, seguro que está nerviosa…

— Sí, pero ni siquiera ha reclamado porque no puede desayunar…

— ¿Eh? — La castaña abrió un par de veces sus ojos, confundida. — ¿Cómo que no podré desayunar?

— Estamos atrasadas en sus arreglos, no alcanzará… — Una de las muchachas volvió a suspirar, como si quisiese reclamar algo pero sin poder hacerlo, mientras untaba más polvos en el rostro de la exterminadora.

— Así es, le pregunté al señor Kuranosuke y me dijo que era imposible retrasar la ceremonia, por lo que prefirió que no comiese hasta después de ésta — explicó la otra doncella, mientras terminaban los últimos detalles del delicado maquillaje en su rostro.

— Pe-pero… — Sango aún estaba confundida, sin embargo prefirió dejarlo así. — Oh, está bien… supongo que tendré que esperar.

Ambas chicas asintieron, para luego seguir con sus tareas y concluir la misión de maquillar y vestir a la novia, según la tradición, sin permitir que nadie se acercara al cuarto. Después de todo, luego de ese día, su vida iba a pertenecerle al señor del palacio y era a él a quien debían tener feliz.


El cuarto estaba en silencio, mientras todos observaban cómo su presencia se encontraba ausente, perdida y lejana. Como si hubiesen compartido el desayuno con una estatua. A pesar de la curiosidad – porque había llegado con un rostro alegre y de un modo extraño, hasta sereno – y de las ansias que carcomían al resto del grupo, no habían querido preguntar nada, ni siquiera la razón por la que, cuando fueron a buscarlo a su cuarto, él no estaba.

Kagome suspiró, mientras InuYasha se mantenía espectante junto a la puerta, Kohaku terminaba su desayuno y Miku jugaba con Kirara en una esquina. El monje inhaló profundamente, llamando la atención de los demás, que eran víctimas de los nervios y la angustia mezclados.

— ¿Y a ti qué te pasó?

Como era de esperar, el hanyō rompió el silencio, sin desviar la atención de la puerta, pero mirando de reojo a Miroku.

— ¿Por qué lo preguntas?

— ¿Qué no es obvio? — Bufó el platinado, pero fue intirrumpido por la azabache.

— Fuimos a su cuarto por la mañana y no se encontraba ahí. Además, esa expresión…

— Oh, eso… — El oji azul esbozó una sonrisa, recordando la noche anterior.

"Volvió a presionar sus labios contra los de ella, recargando su peso sobre sus manos para no aplastarla por completo, pero manteniendo en íntimo contacto sus torsos desnudos, rozando su piel. De pronto sintió el empuje suave pero decidido de las manos de la castaña sobre su pecho, separándose un tanto de él para tomar un poco de aire, riendo dulcemente en su oído.

¿En algún momento te detendrás? — Le preguntó, divertida, tratando de mantener la distancia que acababa de conseguir.

¿Qué, quieres que lo haga? — Él respondió besando su cuello, incitándola.

N-No, podría seguir todo el día… — Soltó un jadeo, hincando las uñas en los hombros de él, en acto reflejo a la provocación. — Pero está amaneciendo, y…

Si nos descubren, podría cancelarse la boda — indicó lo obvio, sin separarse de su cuello —. Pero no es lo que quieres…

Miroku abandonó su posición para sentarse a su lado, suspirando un tanto abatido, no quería que ella se metiera en problemas, pero en unas horas la perdería y eso no parecía ser lo que la haría feliz. Si sólo fuese tan simple como la idea de InuYasha de secuestrarla. Si se las pudiese llevar de ahí y hacerlas felices en su hogar…

Sólo lo hago por la memoria de mi padre…

Podría secuestrarte, llevarte lejos y no sería tu culpa…

Miroku…

Lo sé, lo siento — él se volteó hacia ella y le sonrió, con cariño —. ¿Me permitirás algo de tu tiempo después? ¿Podré seguir amándote, disfrutando de tu compañía, de tu sonrisa? ¿Robarte besos a escondidas, y quizá algo más…? — A medida que hablaba, volvió a recostarse sobre ella, usando su tono seductor, mirándola fijamente a los ojos, tentándola con el roce de sus labios y su piel.

Me sería imposible decirte que no — Sango atrajo el rostro del monje hasta el suyo, para besarlo antes de continuar —. Pero tendré que hacerlo, debo ser una buena esposa y cumplir…

Su discurso fue interrumpido por otro beso, profundo, cálido, lleno de pasión y amor, de esos que sabía sólo podría recibir de él. Al separarse, quedaron prendados de la mirada del otro, como si su vida dependiera de ello.

Bien, pero no dejaré de intentarlo — el bonzo sonrió y luego de una pausa, volvió a hablar —. Sango, pese a todo quiero… quiero darte algo que debiese haberte entregado hace mucho tiempo. Quiero que lo conserves como prueba de que esto no es un sueño. De que realmente sigo estando en tu corazón.

El monje buscó un poco entre sus ropas y luego encontró un pequeño saco de tela del que sacó algo y se lo entregó, era un sencillo anillo de oro, con pequeñas incrustaciones en zafiro, que destellaron con la luz del amanecer que estaba comenzando. La exterminadora lo observó embelesada, era una joya delicada, y aún más lo que significaba para ellos. Era un sello, un pacto.

Es hermoso, jamás me separaré de él — murmuró en respuesta, tomándolo y sin dejar de mirarlo —. Su brillo es idéntico al de tus ojos…

Sí, la señorita Kagome me dio la idea hace mucho tiempo y luego de nuestra primera vez, lo mandé a hacer para ti — Miroku le besó la frente, para luego levantarse y comenzar a vestirse —. Será mejor que me vaya, pronto llegarán tus doncellas.

Claro… — La castaña suspiró, presionando la joya contra su pecho mientras veía a Miroku terminar de atar su túnica y dirigirse hacia la puerta. — Miroku…

¿Sí, pequeñita?

Te amo. Gracias por esta maravillosa noche, por todo.

No lo agradezcas, soy yo quien debe agradecerte, por hacerme el hombre más feliz. Te amo, Sanguito.

Y antes de que el movimiento comenzara en el palacio y los descubrieran, se apresuró a salir del cuarto para dirigirse al suyo, con la certeza de que no sería la última vez que disfrutaría de la compañía de su amada castaña…"

— ¿Y bien, nos dirás o no? Aunque creo que ya sé lo que pasó…

— ¡InuYasha! Deja que él hable…

Miroku se quedó observándolos unos segundos con una sonrisa en sus labios y un extraño brillo en sus ojos azulados que denotaba tranquilidad. Sus compañeros estaban a la espera de sus palabras, las ansias se les notaban en el rostro. Él rió de pronto, dejándolos desconcertados.

— Tuve una romántica noche en muy buena compañía.

— Pero usted y Sango… ¿acaso va a volver a…? — El reproche de Kagome fue interrumpido por el hanyō.

— ¿Con quién crees que fue? Si se huele a kilómetros…

— ¡InuYasha! — Le cortaron al unísono la azabache y el monje, mientras Miku dirigía la mirada hacia su padre, interrogante.

— ¿Estuviste con mamá? ¿Ella estaba bien?

— E-Eh… sí, pequeña, estuve con ella… no te preocupes, estaba bien, sólo te extraña mucho.

La pequeña le sonrió, para luego volver a su juego con la felina, mientras Kohaku miraba un poco ensimismado su té, estaba preocupado porque InuYasha aún no percibía el olor del terrateniente y la hora transcurría sin compasión.

— Ahí está — murmuró el oji dorado, mirando al exterminador —. Se encuentra cerca, ¿quieres que te guíe?

— Muchas gracias, pero creo que será mejor que vaya solo — respondió él, poniéndose de pie.

— ¿Estás seguro? — Le preguntó el monje, un poco pensativo. — Puedo ir yo contigo, si quieres…

— No, está bien — Kohaku abrió la puerta corrediza y les devolvió una mirada decidida, una que no le habían visto nunca —. Es mi familia y debo ser capaz de hacer esto solo. Nos vemos.

Dichas estas palabras, salió cerrando la puerta tras de sí. Los dos hombres que quedaron dentro de la habitación suspiraron, esperando que todo saliera como ellos esperaban. La pequeña oji azulada los contemplaba, un poco confundida.

— ¿A quién esperaba mi tío Kohaku? — Preguntó la menor, acercándose a ellos con curiosidad.

— Al terrateniente — le respondió su padre, acariciándole la cabeza.

— Pero él está en el palacio desde anoche.

La afirmación de la pequeña sorprendió a todos. ¿Acaso era verdad? Entonces, ¿por qué InuYasha no había percibido su olor antes?

— ¿Estás segura? Porque yo no había sentido su presencia antes…

— Sí, lo sentí antes de dormirme… su presencia me es muy familiar.

— Puede que su aroma se haya mezclado y perdido entre el incienso de los rezos previos a la ceremonia — murmuró Miroku, sabiendo que esos olores desorientaban un poco a su amigo.

— Sí, puede ser — aceptó el platinado, aunque se notaba su molestia por haber perdido ese tiempo —. Espero que a Kohaku le vaya bien.

Todos asientieron, mientras escuchaban mayor ajetreo en los corredores. Seguramente quedaba poco para la ceremonia. Miroku volvió a su desayuno, pero sus pensamientos se encontraban con Kohaku y su amada Sango.


Llegó al final de pasillo y buscó con la mirada su objetivo. No le fue difícil ubicarlo, caminaba a prisa por el patio, seguido de un séquito de sirvientes que llevaban implementos de la ceremonia en sus brazos. Se acercó rápidamente, llamando la atención de los hombres que estaban preparando los últimos detalles de la boda.

— ¡Señor terrateniente!

El aludido se volteó para verlo y le dirigió una cortés sonrisa, deteniéndose para esperarlo.

— ¿Qué sucede, Kohaku? ¿Has decidido asistir a la ceremonia y acompañar a Sango?

— No precisamente — el muchachó lo miró directo a los ojos, con seriedad y determinación —. Como debe saber, ahora yo soy el jefe de mi familia, y debo velar porque todo esté en orden.

— Por supuesto, si vienes a pedirme que cuide a tu hermana, no debes preocuparte: lo haré.

— No es a eso a lo que me refiero. Quiero que me muestre los documentos en donde se encuentra el acuerdo que hicieron nuestros padres.

Kuranosuke pareció vacilar por un momento, eso no se lo esperaba, menos de él, pero estaba en todo su derecho y, de todas formas, era lo que correspondía. Sonrió para luego responderle al exterminador.

— ¡Claro! Casi lo había olvidado. Sígueme, te los pasaré de inmediato.

Se alejaron del grupo, quienes siguieron su camino hacia el templo, mientras ellos se dirigían a uno de los cuartos del palacio, en un tenso silencio que no le gustó para nada al más joven. Llegaron a la habitación del terrateniente, quien le pidió que esperara afuera un par de minutos y entró a buscar lo solicitado. Salió de la sala con un rollo de papel en sus manos y una expresión segura en el rostro.

— Aquí está — dijo, entregándoselo al muchacho —. Si lo deseas, puedes llevártelo para que lo leas con detalle, pero ahí están las firmas de mi padre y del suyo. Así que creo que todo está en orden. Luego me lo devuelves para volver a guardarlo. Ahora, si me disculpas, la ceremonia empezará pronto y debo estar listo. Hasta luego.

El novio dejó solo a Kohaku, quien no podía creer que realmente esa fuera la firma de su padre. Volvió rápidamente donde sus amigos, deseando que el monje pudiese descubrir si eso era una falsificación.

Una vez que tuvo el documento en sus manos, Miroku lo analizó detenidamente unos minutos, prestando especial atención a los sellos y las firmas en el papel. Al terminar su trabajo, su rostro les adelantó a sus amigos el resultado de su inspección:

— Al parecer, todo esto está en orden — dijo, con la voz desanimada —. Esta firma parece real y, además, el acuerdo dicta que Sango debe abandonar su profesión de exterminadora para dedicarse a su vida marital y sólo volver a empuñar un arma en caso de que el palacio esté en peligro, siempre y cuando su esposo se lo permita.

— ¡¿QUÉ?!

A todos les pareció extraña esa información, pero la cara de Miroku lo decía todo, eso era lo que estaba plasmado en el papel. Kohaku suspiró cabizbajo, tomando el rollo de vuelta y releyendo el documento.

— Me parece extraño, papá nos inculcó nuestra profesión como algo por lo cual estar orgllosos, jamás nos pediría que la dejáramos…

— Quizá sólo quería proteger a Sango…

— ¿Protegerla?

El oji azulado asintió, con la mirada perdida en algún pensamiento profundo, sabiendo que sus amigos no podrían comprenderlo, pero él sí… él lo sabía también.

— Sé que Sango es fuerte y muy capaz de defenderse, pero cada vez que lucha está en riesgo… — Suspiró, recordando el miedo que sentía durante cada batalla, cuando su amada se encontraba en dificultades. — No puedo negar que yo también había pensado en evitar que ella luchara… pero no pedirle que deje su profesión de lado, sino que alejar el peligro de ella…

El silencio cayó luego de la afirmación del bonzo, todos sabían que Miroku era sobreprotector y sólo quería que Sango estuviese a salvo, por lo mismo había sido capaz de arriesgar su vida para salvarla. Quizá era cierto, el padre de sus amigos deseaba que su hija tuviese una vida tranquila y segura…

Los rezos, cantos y música ceremonial llamaron la atención de todos, anunciándoles que lo inevitable estaba por volverse realidad.

— La boda está empezando.

Todos cruzaron miradas abatidas. Había llegado el momento y ellos no pudieron impedirlo.


El olor del incienso, los cánticos y el sonido grave de los instrumentos la aturdía levemente, mientras se dejaba guiar por las sacerdotisas hasta el altar donde la esperaba su futuro esposo. Pese a todo, su presencia no estaba manifiesta en este momento, sino que se encontraba en el pasado, recordando todos los momentos vividos con el oji azulado, los peligros, la lucha, las promesas, las entregas…

Hizo un esfuerzo por no llorar, pero no pudo evitar que un par de lágrias resbalaran por sus mejillas, un gesto que la mayoría interpretó como emoción. Ajena a las palabras que se recitaban, se sorprendió cuando le pidieron que hiciera su juramento y luego, le extendieron el sake para que realizara el rito del san san kudo. Temblorosa, recibió el sakazuki e ingirió el licor, sintiendo el calor pasar por su garganta hasta el estómago, las tres veces que debía hacerlo para completar la ceremonia, intercalado con el terrateniente. Una vez que ambos terminaron el ritual, recibieron las bendiciones del sacerdote, quien los declaró marido y mujer. El resto de los presentes tomó del sake servido por las sacerdotisas, mientras felicitaban a los recién casados, para luego finalizar la ceremonia con la danza de una de las sacerdotisas.

Una vez terminada la boda, el grupo abandonó el templo para dirigirse a uno de los salones en el que se celebraría la unión con una lujosa fiesta, cortesía del terrateniente. Sango permanecía junto a su esposo, pero estaba comenzando a marearse y quería comer algo, estaba segura que eso se debía a que tenía el estómago vacío. Sin embargo, una vez que terminaron de saludar a todos los invitados, Kuranosuke la tomó firmemente del brazo y la sacó del salón, llevándola por el pasillo.

— ¡Señor terrateniente! ¿A dónde va? — Preguntó uno de los sirvientes, un poco angustiado. — ¿Y la celebración, los invitados…?

— Sango no se siente bien, iremos a nuestra habitación — aclaró el aludido, sin detenerse —. Sólo atiendan bien a todos.

— S-Sí, señor.

El castaño siguió llevando del brazo a la chica, recorriendo distintos pasillos, ella no recordaba que el palacio fuese tan grande y que sus corredores fuesen tan intrincados, eso la mareaba aún más.

— Es-Espera, Kuranosuke — murmuró, tratando de detenerlo —. ¿Qué pasa…? ¿No sería mejor que estuviésemos en el salón…?

— No, tenemos asuntos pendientes que resolver.

— ¿Asuntos pendientes? — La castaña no comprendía. — Por favor, estoy un poco mareada…

Él apresuró el paso, sin tomar en cuenta lo que Sango decía, mientras apretaba más su agarre y la llevaba casi a la rastra lejos del salón donde se realizaba la celebración, lejos de todos. Llegaron a la habitación que Kuranosuke había elegido para que fuese su cuarto matrimonial y él la hizo entrar, cerrando la puerta y mirándola con enojo. Ella no comprendía nada y, además, todo le daba vueltas y sentía que en cualquier momento se desvanecería.

— ¿Kuranosuke, qué…?

— No te hagas la inocente — la interrumpió él, con la voz grave y llena de rabia —. Has roto tu compromiso, entregando lo que me pertenece a otro, antes de la boda. Sabía que ya no eras pura, pero anoche manchaste aún más tu cuerpo.

— Yo no sé…

— ¡No mientas! — El terrateniente la abofeteó, haciéndola caer sobre el futón. — ¡Los vi anoche, luego de que el monje se escabullera en tu habitación! Así que ahora pagarás el precio de tu ofensa, y me aseguraré de que nunca más vuelvas a hacerlo.

— Pero yo… de verdad…

El joven se abalanzó sobre ella, con una mezcla de rabia y deseo en su mirada, en tanto ella trataba de apartarlo, sin éxito ya que no tenía fuerza en su cuerpo y su cabeza le daba vueltas. Él la acorraló bajo su cuerpo, con una siniestra sonrisa, abriendo el kimono para dejar en evidencia la piel de la muchacha, que en esos momentos tenía el corazón acelerado a causa del miedo y la angustia.

— Kuranosuke, por favor… — Murmuró, tratando de calmarlo. — Déjame explicarte…

— ¡Cállate! — Él volvió a golpearla, sin dejarla hablar. — No hay nada que explicar, ¡lo vi! Además… debemos consumar nuestro matrimonio.

Sango abrió los ojos de par en par, temiendo esas reacciones. No quería que eso pasara, menos así…

— De verdad, no me siento bien… — Buscó su mirada, sabía que el terrateniente no era una mala persona, sólo debía calmarlo. — Kuranosuke, por favor… No quisiera que esto pasara de esta forma…

— No me importa lo que quieras, ya no es tu decisión — le espetó de forma brusca, arrancándole de un tirón los arreglos del cabello y soltando un poco el peinado —. Ahora serás mía, quieras o no.

— P-Pero… ¡Ah!

Sango no pudo evitarlo, su esposo tenía ventaja en esos momentos y eso la atemorizó: jamás lo había visto tan molesto, ni ella se había sentido tan vulnerable. La mano de él se removió tras su nuca, agarrando y jalando con fuerza el pelo, evitando que siguiera su forcejeo, mientras la otra terminó de desatar la prenda para dejar al descubierto por completo la anatomía de ella, sin consideración ni romanticismo, sin siquiera tratar de que el acto fuese un poco más placentero.

— Aprenderás quien manda aquí.

La castaña pasó saliva, deseando que las cosas fuesen diferentes. Kuranosuke, en cambio, volvió a sonreír maliciosamente, por fin cobraría todos esos años de espera.

…::::::::::::::::::::::::::::::::::::…

El ambiente silencioso y casi estático que se había adueñado de la habitación fue quebrado repentinamente por InuYasha, quien frunció el ceño y salió hacia el pasillo, con la expresión preocupada y la mano derecha en el mango de la espada, dispuesto a pelear ante la primera señal de peligro.

— ¿Qué sucede, InuYasha?

Kagome apareció tras él, alarmada por la reacción del hanyō, dado que ella no había sentido nada que le indicara que había peligro cerca.

— Me pareció oír a Sango gritar — murmuró él, moviendo las orejas atentamente en busca del sonido.

— ¿A Sango? — Miroku también se preocupó al escuchar el nombre de su amada, si ella estaba en peligro él iría en su ayuda.

— Sí, pero ya no escucho nada… Quizá sólo fue mi imaginación — desanimado, pero sin dejar de lado la preocupación, volvió a entrar en la habitación para sentarse en un rincón.

— ¿Estás seguro? — El monje lo siguió, quedando de pie frente a él, con la mirada penetrante. — ¿Y si de verdad fue Sango…?

— Lo siento, Miroku, pero el ajetreo de la fiesta y toda la mezcla de olores de la ceremonia, sólo me confunden — bufó, estaba de más mal humor que de costumbre, el no haber sido de ayuda para sus amigos y que la castaña finalmente se hubiese casado con ese sujeto de verdad lo irritaba —. Aunque hubiese sido ella, no puedo distinguir entre tanto alboroto de donde vino su voz, y debido al incienso de la boda, tampoco logro distinguir su aroma.

El oji azul suspiró, resignado ante la revelación de su compañero. Tomó asiento junto a su pequeña hija, quien parecía pensativa después de haber escuchado al peli plateado. Tras unos minutos de nuevo silencio, Miku se puso de pie y, decidida, se dirigió hacia la puerta, ante una atenta pero interrogadora mirada de los presentes.

— ¿Quieren saber dónde está mamá? — Preguntó, recorriendo con la vista a los demás, con decisión.

— Queremos saber si está bien — respondió la sacerdotisa, un poco confundida.

— La verdad, yo tengo un mal presentimiento — inquirió el padre de la menor, sosteniéndole la mirada —. Me gustaría ir a donde sea que esté.

— Está en las habitaciones más apartadas del palacio — reveló la pequeña, con seguridad —. Se encuentra ahí con el señor Kuranosuke…

— ¿Tan pronto? — Exclamaron todos a la vez, extrañados de que hubiesen dejado solos a sus invitados para retirarse a su habitación.

— Por lo menos eso es lo que logro sentir, sus presencias… — Aclaró, sin dejar de mirarlos.

— ¿Y puedes saber si ella está bien? — El bonzo parecía preocupado.

— No, lo siento… — Miku agachó la mirada, parecía decepcionada por no ser de mayor ayuda. — Es raro, pero fuera de esta habitación, sólo se percibe alegría y paz…

Miroku, InuYasha y Kagome intercambiaron miradas nerviosas, eso era extraño. Quizá realmente le había ocurrido algo a su amiga, y por lo que sus corazones les indicaban, no debía ser algo bueno.

— Creo que será mejor que vayamos a cerciorarnos de que todo esté bien — propuso el oji dorado, volviendo a ponerse de pie.

— Estoy de acuerdo contigo, ¿nos puedes mostrar el lugar, Miku? — Pidió el monje, decidido.

La pequeña castaña asintió para llevarlos por los pasillos hasta el rincón más apartado del palacio, deseando que todo estuviese bien y que esos malos presentimientos sólo fuesen miedos y no realidad.


Bueno, por fin he actualizado. Es corto quizá, pero me costó más por el detalle de la ceremonia. ¿Qué pasará ahora, llegarán para detener ese acto de violencia, o será demasiado tarde? Ya saben, me gusta dejar el suspenso y complicar las cosas :)

Ahora, el capítulo pasado dejé dos términos sin explicar, ahora lo hago junto con los que se usaron en este cap:

Wataboshi: Especie de capucha blanca que usan las novias sobre la cabeza, simbolizando obediencia.

Tsunokakushi: Especie de tocado que se puede utilizar en lugar del wataboshi, durante la ceremonia, o después de ésta.

San san kudo: Significa "tres, tres, nueve veces". La sacerdotisa sirve sake de a tres pocos, los novios lo beben de a tres sorbos, esto se repite tres veces. Primero bebe la novia una vez, luego el novio; y se intercalan hasta hacerlo las 3 veces. Simboliza la unión de la mente, alma y cuerpo en el matrimonio.

Sakazuki: Típico platillo que se utiliza para beber sake.

¡Reviews, por fi! Que me animan, más ahora que volveré a los turnos (oh sí, Neo del mal otra vez).

Agradecimientos a SangoSarait, fifiabbs, azalyn shihiro y Sango Nube, ¡un abrazo para todas!

Nos leemos~