DISCLAIMER: Los personajes no son míos, ya lo saben ^^U son de Rumiko Takahashi. La siguiente narración es creación propia y está hecha sin fines de lucro, con el propósito de entretener a los lectores.

SUMMARY: Y lo odiaba por eso. Por alejarse, luego de que habían reafirmado su promesa de casarse y tener una familia juntos. Luego de que ella venciera todos sus temores y se convirtiera en su mujer antes de la boda. Luego de que rompiera las promesas de celibato sólo por sus ojos... Por eso, ya no lo seguiría esperando.

Por tus ojos…

Capítulo VIII
"Caminos Separados"


"¿Desde cuándo perdimos lo maravilloso,
eso que necesitábamos, en algún lugar?

La unión con tu corazón me asusta,
pero acepté la forma de mi cuerpo.

Cada día que ansiaba ser engañada,
tú ya estabas en mi corazón."

Cherish; Ai Otsuka —


Sintió el ruido de personas corriendo que se acercaban a la habitación desde lejos e intentó moverse, pero sólo logró sentir un horrible dolor en su cuerpo, unas ganas de llorar enormes y una debilidad que ni siquiera le permitió hablar. En algún punto su mente se había quedado en blanco, dejando de forcejear, pero aún así había grabado esos momentos en su memoria, plantando profundo en su ser un miedo que no había experimentado antes. Un miedo totalmente diferente a los que se había enfrentado, porque le calaba desde dentro, haciéndola sentir vacía, sin sentido.

De pronto, los pasos se detuvieron y fuertes golpes en la puerta interrumpieron a su "esposo", de quien no era consciente desde hacía un buen rato. Él se vistió un kimono blanco simple y entreabrió sólo un poco la puerta corrediza, lo suficiente para asomarse y ver quien lo molestaba.

— ¿Qué ocurre?

— Queremos ver a Sango.

La voz de Miroku hizo que un escalofrío recorriera su espina dorsal, él no podía verla así, ella ya no era digna de su amor… Un par de lágrimas volvieron a recorrer su rostro, percatándose repentinamente de lo expuesta y sucia que estaba. Se cubrió hasta el cuello con las sábanas y se abrazó a sí misma, deseando desaparecer.

— Ella no se siente bien, está un poco mareada — Respondió Kuranosuke, tratando de terminar pronto la interrupción —. Ahora está descansando, así que les pido que se retiren. Luego podrán hablar con ella.

— Eso es pura mierda, así que déjanos verla — la voz de InuYasha sonaba irritada, de seguro estaba molesto.

— Por favor, acabamos de casarnos… sólo queremos un poco de tiempo a solas.

— Sólo pedimos que ella nos diga si todo está bien… — La voz del monje se escuchó decidida.

Todo está bien, está con su esposo, sólo se sentía un poco mal y necesita descansar — el terrateniente parecía fastidiado con la insistencia.

— No le creo del todo… ¡Sango! — Pudo notar cómo el oji azulado intentaba ver dentro de la habitación. — ¿Estás ahí? ¿Te encuentras bien?

— Por favor — el castaño salió por completo de la habitación, cerrando la puerta y alejando a los muchachos —. Ella está durmiendo, sólo déjenla descansar, ya que anoche no pudo dormir. Ahora, retírense o llamaré a los guardias para que se los lleven.

— Inténtelo…

— No, InuYasha, será mejor que nos vayamos — Miroku se rindió, pidiéndole a su amigo que desistieran.

Escuchó como el hanyō bufó, rezongando mientras los pasos de sus amigos se alejaban por el pasillo y su marido volvía a entrar en la habitación para recostarse junto a ella.

— Por fin se marcharon… — Exclamó, acomodándose junto a su mujer y pasando sus dedos por el rostro de ella. — Veo que realmente no les importas… si fuese así, hubiesen insistido un poco más. Pero prefirieron marcharse, estar lejos de ti… Así que espero que no signifiquen problemas ni molestias para nosotros, ¿de acuerdo, querida?

La ex-exterminadora asintió levemente con la cabeza, en silencio y con el miedo carcomiéndola por dentro. Kuranosuke sonrió, preparándose para continuar con su tarea, afirmó las manos de su esposa y se percató de que ella apretaba algo con recelo. Forzó los dedos para que los abriera y tomó el objeto entre los suyos, mirándolo con curiosidad.

— Kuranosuke, por favor… — Logró decir en un murmullo, intentando recuperar su joya.

— Veo que es algo importante para ti — él siguió observando el anillo con destellos azulados, perspicaz —. ¿Acaso te lo dio ese monje? ¿Es alguna clase de compromiso o algo parecido?

— Sólo… permíteme quedármelo…

— Ya veo, tu mirada lo dice todo… — Sonrió maliciosamente, con el anillo en la mira. — Pero no quiero más interferencias, por lo que este objeto volverá con ese tipo.

— ¡No, por favor…!

— Ya lo he decidido. Ahora, sé una buena esposa y quédate aquí. Iré a ver a los invitados — se acercó a ella y la besó a la fuerza en los labios, para luego sonreír con confianza —. Y recuerda que todo esto es por culpa de ese monje, que no fue capaz de respetar tu bienestar y sólo quiso un poco de placer… es para lo único que te quiere.

El terrateniente se vistió rápidamente y guardó la joya entre sus ropas, para luego salir de la habitación rumbo al salón donde se realizaba la fiesta. Sango se abrazó a sí misma, cubriéndose con las sábanas por completo y deseando que la tierra se la tragara, mientras dejaba que las lágrimas escaparan de sus ojos. Ya no era nadie, no tenía nada… y temía que las palabras de su esposo fuesen ciertas. ¿Realmente Miroku sólo la quería para satisfacer su propio placer? ¿Sería así, y por eso había decidido marcharse sin insistir en verla? ¿Podía haber sido tan ciega e ingenua para caer en la trampa de esos ojos…? Ella lo amaba, pero si era así, ya no quería saber de él. Quizá haberse ido de la aldea hacía 6 años había sido lo correcto y nunca debió creerle de nuevo a Miroku. Pero entonces, ¿por qué sus corazones latían al mismo compás al estar juntos?


— ¡Hey, maldita sea, espera! — El hanyō caminaba con prisa tras el monje, realmente molesto. — ¿Qué demonios significó eso?

El aludido no se detuvo hasta llegar al final del largo corredor, volteándose hacia su compañero con la mirada seria, denotando algo más que preocupación: él había descubierto algo. InuYasha resongó esperando una respuesta, ya que él realmente tenía ganas de pelear y le hubiese encantado darle una paliza a ese terrateniente.

— ¿No notaste nada extraño en esa habitación?

— ¿Eh? ¿A qué te refieres? — Ahora el oji dorado estaba confundido.

— Sango no estaba ahí.

— ¿Ah? ¡Pero si su aroma era muy claro para mí! Y además, la vi…

— Sí, yo también la vi… — Miroku alzó la mirada hasta el cielo, preocupado. — Ese sí era el cuerpo de Sango, pero creo que ella no es la misma que conocemos…

— ¿A qué te refieres con eso?

— No estoy seguro, pero no se sentía como ella, algo pasó.

— Lo sé, también lo sentí, pero… ¿no sería mejor que la sacáramos de ahí? Si algo le ocurrió…

— No lo sé, lo más probable es que él se haya enterado de lo de anoche, entre Sango y yo… Y si es así, no sé qué resultados podría tener que irrumpamos así en su habitación — volvió a dirigir la mirada hacia su amigo, reflejando su angustia —. Pero te aseguro que en cuanto sepa qué ocurre, haré hasta lo imposible por recuperarla.

—Bueno, creo que tienes razón… — Aceptó InuYasha, aunque no muy convencido de no intervenir.

Ambos siguieron caminando hacia donde se encontraban sus amigos, un poco desganados y preocupados por la situación. Miku recibió a su padre con un enérgico abrazo, sabiendo que algo había pasado, se lo preguntó con la mirada, mientras Kagome y Kohaku esperaban los detalles de lo ocurrido. El monje suspiró para luego sentarse y relatar los hechos.

— Luego de que nos separamos, logramos dar con el cuarto, no fue difícil ya que InuYasha percibió el olor de ambos a pocos metros. Nos recibió Kuranosuke y nos pidió que nos fuéramos, ya que Sango no se sentía bien y se encontraba descansando.

— ¿Y le hicieron caso? — Intervino el exterminador, molesto. — ¿Y si le hizo algo a mi hermana…?

— Calma, Kohaku… lo sé, también lo temíamos, pero… — Hizo una pausa, para suspirar y miró de reojo a su hija, quien estaba atenta a sus palabras. — Insistimos en verla, y logré hacerlo aunque fuese por un instante, recostada en el futón, cubierta por las sábanas… y sentí que no era ella misma.

— ¿No era ella? — Preguntó Kagome, dudosa. — ¿Acaso Sango está en otra parte?

— No, ese es su cuerpo, pero… no sé, es como si algo estuviese reprimiéndola, no sé cómo explicarlo. Y además, creo que Kuranosuke sabe que anoche estuvimos juntos.

— ¿Cree que pueda haberse desquitado con ella?

La pregunta del castaño hizo que todos intercabiaran miradas nerviosas. ¿Y si ese era el caso? ¿Sería él capaz de hacerle daño a su amiga? El terrateniente siempre había sido un hombre amable y se podía ver que realmente quería a Sango, pero en caso de saberse traicionado… ¿podría castigarla?

— Pero Sango es fuerte, sabe muy bien defenderse sola — recordó Kagome, a lo que InuYasha y Miroku se miraron, titubeando.

— Sí, pero ahora se veía… indefensa — murmuró el oji dorado, frunciendo el gesto por tener que revelar algo así.

— ¿Indefensa?

— A eso me refiero al decir que algo la reprimía… como si le hubiesen quitado su fuerza.

Sus amigos se quedaron atónitos con la afirmación. ¿De verdad era posible que algo así le ocurriera a su amiga? Porque sabían que ella era fuerte, tenaz y que muy difícilmente caería o perdería ante alguien. En muy pocas ocasiones se había visto en problemas al defenderse, y eso había pasado por algo específico. ¿Acaso ahora…?

— ¿Crees que algo le pasó a Sango?

Miroku contempló fijamente el rostro de la azabache, pensando la respuesta. Para él era claro que algo había pasado, pero no podía decir qué, tampoco sabía cómo descubrirlo. Asintió lentamente con la cabeza, analizando las posibilidades.

— No sé qué puede haber sido, pero temo que tendremos que actuar con precaución — respondió, cerrando los ojos con pesar —. Por lo menos hasta saber qué es lo que sucede y tener de vuelta a Sango.

Los demás asintieron, eso realmente complicaba las cosas, pero el bonzo tenía razón: si llegaban a dar un paso en falso, podían acarrear consecuencias peores, y no podían arriesgarse. Debían tener cuidado y averiguar qué era lo que estaba sucediendo.


"Por la noche…"

El día había sido peor de lo que él hubiese esperado. Sin poder hablar ni ver a la castaña, las cosas le molestaban demasiado, incluso las más simples, perdiendo su habitual serenidad. La única que le quitaba ese terrible malestar era Miku, pero la pequeña parecía estar tan decaída como él y hasta comió poco el resto del día y decidió ir a dormir temprano. Acababa de dejarla descansando en los seguros brazos de Morfeo y ahora caminaba por los solitarios pasillos, escuchando a lo lejos a los grillos y algunos sapos croar, y de vez en cuando el ulular de algún ave que se mezclaba con el apacible correr del agua del riachuelo que había dentro del palacio.

Miró las estrellas, preguntándose si alguna vez podría contemplarlas nuevamente junto a su amada, o si tendría que resignarse a la vaga ilusión de que ella también vería las mismas constelaciones, pero lejos de él…

Bajó la mirada, suspirando con pesar y frustración, eso no podía acabar así, simplemente no iba a permitirlo. Pero ¿qué podía hacer, si apenas podría verla después de ese día? Porque estaba casi seguro de que el terrateniente no los dejaría acercarse, menos si sus sospechas de que él hubiese descubierto el engaño de la castaña eran ciertas. Inhaló profundo, cerrando los ojos y pensando en los profundos castaños de su pequeña exterminadora, y esa sonrisa que quizá nunca pudiese contemplar de nuevo. Los abrió de golpe al sentir que alguien se acercaba y frunció el gesto con enfado contenido al ver quién era. Se dispuso a seguir su camino, tratando de evitar en lo posible un encuentro con él, pero no pudo lograrlo.

— Su Excelencia, debo hablar con usted.

Detuvo su andar, aunque no se volteó para responderle, no tenía deseos de alargar eso más de lo necesario.

— No tenemos nada que hablar.

— Nosotros no — hizo una pausa, atrayendo la atención del monje —. Vengo a darle un mensaje de Sango.

— ¿De Sango?

— Así es — se acercó a él, con la luna iluminando su rostro, denotando cierta suficicencia que molestó al oji azulado —. Ella… me ha confesado lo que ocurrió entre ustedes anoche. Como sabrá, es una falta muy grave…

— Si le pone un dedo encima a Sango… — Amenazó Miroku, temiendo que él fuese a dañar a la muchacha.

— Tranquilo, la he perdonado — lo interrumpió Kuranosuke, con una extraña sonrisa —. Estaba tan arrepentida, que decidí dejarlo pasar. Además, comprendo que usted la haya confundido con sus juegos y galantería, pero Sango ha logrado poner en orden sus sentimientos.

— ¿Juegos…? — El bonzo rió excéptico. — Yo no he jugado con ella, lo que siento es real.

— Eso no importa, ya que ella ahora está casada y ha tomado una decisión — el terrateniente buscó entre sus ropas y sacó el anillo, mostrándoselo al moreno —. ¿Así que, una promesa, eh? Sango me pidió que se lo entregara, dijo que usted sabría lo que significaba. Ahora, confórmese con los recuerdos y deje a mi mujer en paz, ella ya no lo ama. Buenas noches.

El castaño le entregó el objeto y se marchó, dejándolo solo. Miroku recibió la joya y la observó, perplejo. Ella no haría tal cosa, no rompería esa promesa… Sus ojos habian sido sinceros, y estaba seguro que sus palabras también. Pero Kuranosuke hablaba como si realmente Sango hubiese tomado esa decisión. ¿De qué otra forma sabría que eso era el símbolo de una promesa…? ¿Acaso realmente ella quería alejarse de él, para siempre? ¿Hacer una vida con el terrateniente, dejando a un lado todo lo que habían vivido? ¿De verdad, ya no lo amaba…? Esa era la única explicación para que su pecho se reprimiera de esa forma. Quizá todo sólo serían hermosos pero dolorosos recuerdos de algo que pudo haber sido su vida soñada…


"Días más tarde…"

Se despertó un poco desorientada, como todos esos días. Se sintió un tanto aliviada de encontrarse sola, aunque el cuerpo le seguía doliendo y su mente parecía querer seguir durmiendo, mostrándole la realidad como si se tratara de un sueño. O, mejor dicho, una pesadilla. Se incorporó en el futón, cubriéndose con el kimono blanco y miró alrededor. Debía ser media mañana por la luz que lograba atravesar hasta la habitación, aunque no lograba escuchar nada de movimiento en el exterior. Decidió darse un baño para despejar su mente y luego tratar de comenzar una rutina más normal. En el camino al baño, dos de sus doncellas se apresuraron a acompañarla, ella simplemente las dejó, sumida en sus pensamientos.

Sólo había salido de su cuarto matrimonial para bañarse, todos los días intentando hacer desaparecer esa horrible sensación de estar sucia con el agua, pero sin poder lograrlo: sus recuerdos eran más fuertes. El primer día, una de las muchachas se alarmó al ver un par de marcas en su cuerpo, preocupándose por ella. Agradeció el gesto, pero le dijo que no tenía importancia. Después, ninguna volvió a preguntar sobre los sectores más oscuros en su piel, dejándolos pasar.

Hoy, nuevamente dejó caer el kimono para sumergirse en el agua caliente y dejar que las muchachas la bañaran, deseando que con ello se llevaran los recuerdos. Pero como todos los días, eso no sucedió. Luego del baño, se vistió uno de los tantos kimonos de seda que su esposo insistía en que usara y decidió que era hora de retomar algo de normalidad. Agradeció a las jóvenes y se dirigió hacia los salones más centrales del palacio, sin pensar hacia donde iba, sólo atrapada en sus pensamientos…

"El monje ya no te ama, así que no te aferres a esa ilusión."

Recordó las palabras de Kuranosuke e intentó aplacar el dolor que le atravesaba el pecho cada vez que lo hacía. Después de todo, quizá fuese verdad: por algo él no había intentado acercarse a ella, ni siquiera de una forma simple. Miku era la única con la que había tenido contacto, ya que Kohaku se marchó para cumplir una obligación que ella no recordaba ahora; nadie más la había buscado.

Se detuvo al escuchar la risa de su pequeña hija y observó la escena a lo lejos, de la niña jugando con Yuiko, la doncella que la acompañaba a todas partes para cuidarla. Sonrió con nostalgia, deseando poder jugar así con la pequeña… y de pronto, su corazón se detuvo y se encogió en su pecho al ver al monje acercarse a las muchachas y sostener amablemente, y hasta con una cálida sonrisa, a la doncella que se sonrojaba a medida que él le tomaba la mano y la ayudaba a salir del agua, mientras le hablaba. Quiso moverse, irse de ahí para dejar de presenciar ese momento que estaba hiriéndola en lo más profundo, pero su cuerpo no respondía. ¿Acaso realmente todo había sido una mentira…?

— Te lo dije, él ya no te ama.

La voz grave del terrateniente la sacó de su parálisis temporal. Asintió levemente con la cabeza, ya no quería estar ahí. Ya no quería seguir sintiendo todo eso por Miroku. Sólo quería dejarlo ir y que su corazón descansara de todo eso. Además, era lo que debía hacer. Egoístamente anhelaba que él la siguiera amando, pero ella estaba casada con otro, era la mujer de otro. No podía seguir sintiendo ni pensando ese tipo de cosas, era hora de que sus caminos se separaran de una vez por todas. Se dio vuelta y abrazó a Kuranosuke, ocultando el rostro en su pecho, guardando las lágrimas. No volvería a llorar por él.


El tiempo era despiadado, transcurría sin pausas y cada segundo, parecía una eternidad. Nuevamente había intentado acercarse a la habitación – de donde la castaña no se había alejado en todo ese tiempo – pero era en vano, siempre había guardias resguardándola o el mismo terrateniente, para impedirle el paso. La única que había podido estar con ella era su pequeña hija, quien volvía de cada encuentro triste y más ensimismada de lo habitual. Y tampoco podía ir sola, era acompañada por su doncella, una joven de piel delicadamente blanca, cabellos oscuros como la noche y unos ojos verdes deslumbrantes, llamada Yuiko, quien, por órdenes de Kuranosuke, no dejaba sola a Miku.

Soltó un suspiro, mientras buscaba con la mirada por el extenso patio a su hija. Lo único que lo reconfortaba en esos moementos era su compañía, poder disfrutar de ella. Escuchó sus risas y se acercó al origen.

— ¡Pero, señorita Miku, esto no es justo!

— ¡Sólo es un poco de agua, Yuiko!

Pudo divisarlas en el riachuelo interior, la menor trataba de contener un poco la risa, pero le era difícil, mientras la doncella estrujaba la falda de su kimono en el agua, tratando de quitar un poco la humedad de la prenda, con el ceño levemente fruncido y una disimulada sonrisa en el rostro.

— Es una traviesa, agradezca que no fue otra persona…

La joven intentó salir del río, pero resbaló en la orilla, cayendo nuevamente al agua y provocando más risas en la infante, que ahora se sostenía el abdomen de tanto reír. Miroku llegó a su lado y le extendió su mano, para ayudarla a salir.

— ¿Se encuentra bien?

— Eh… sí, su Excelencia, gracias… — Respondió ella, tomando la mano del monje y sonrojándose levemente. — Disculpe la molestia, esto no…

— No se disculpe ni me dé explicaciones, no le he reclamado nada.

— ¡Papá! — Un fuerte abrazo fue el recibimiento de la pequeña. — Te tardaste en llegar hoy. ¿Vamos a entrenar?

— No lo creo, prefiero que hoy descansemos…

— Como digas.

Ambos se sonrieron alegremente, esos días sólo su compañía había apaciguado un poco la pesadumbre y tristeza que intentaba apoderarse del corazón de los dos. Él tomó a la pequeña en brazos y al voltearse para acomodarla, vio la figura de la castaña en uno de los pasillos exteriores. Estaba lejos, por lo que no pudo leer su semblante, pero por alguna extraña razón se le apretó el corazón. Hizo ademán de acercarse, cuando Kuranosuke apareció tras la muchacha y tras unos segundos, ella se volteó para abrazarlo. Sintió una horrible puntada atravesándole el pecho y el latido de su corazón desapareció por unos instantes. Parpadeó un par de veces, pero la imagen siguió ahí por unos momentos, suficientes para que no dudara de su veracidad. Entonces, todo lo que decía el terrateniente cada vez que él trataba de acercarse a ella, ¿era cierto? ¿Realmente ella había decidido despojarse del anillo, y así cortar de una vez por todas esos sentimientos? Él la amaba y lo seguiría haciendo, pasara lo que pasara, pero quizá ya era hora de dejar de luchar. Sango había tomado una decisión al casarse con ese sujeto y ahora sólo reafirmaba que era a su lado donde permanecería. Sin darse cuenta, apretó los puños, reteniendo el impulso de correr hacia la muchacha y pedirle que le dijera la verdad, mirándolo a los ojos. Que terminara con esa tortura de una vez…

— ¿Su Excelencia…?

La voz de Yuiko lo sacó de sus pensamientos. Debía dejarlos ir, junto con todo lo que ello significaba. La castaña ya estaba lejos de su alcance.

— Lo siento, me distraje… ¿Vamos a pasear al bosque?

— ¡Amo el bosque!

La pequeña saltaba en los brazos de su padre, feliz de poder alejarse de ese ambiente que le resultaba tan tóxico, para ir al bosque, su lugar favorito, su refugio al que poco podía recurrir en el último tiempo…

— Ah… tendrán que disculparme, debo cambiarme ropa y los acompaño… — Murmuró tímidamente la doncella, con una sonrisa sonrojada.

— Claro, te esperamos aquí.

— Gracias…

La chica se alejó corriendo, con esa energía y espíritu que él hubiese deseado tener. Suspiró, un tanto abatido. Ya nada iba a tener el mismo sentido.


Refunfuñó levemente, mientras su acompañante suspiraba perdida en alguna parte de sus pensamientos. Sabía que la situación era compleja y que aunque lo deseara con todo su ser, disfrutar de su compañía como anhelaba, tendría que esperar un poco. De todas formas, la ausencia de la muchacha lo exasperaba y decidió que era hora de traerla de vuelta, por algo le había pedido que salieran del palacio. Se acercó a ella y le robó un beso, sorpresivo pero lleno de pasión y sincero: la necesitaba a su lado. Ella correspondió, sonrojada y un poco apenada por haber estado tan distraída. Tras unos minutos, él terminó el contacto, acariciando tiernamente la mejilla de ella y sonriéndole.

— Así está mejor, te tengo de vuelta.

— InuYasha… lo siento — murmuró la azabache, agachando la mirada —. He estado tan preocupada por Sango que no me he dado el tiempo para nosotros…

— Está bien, lo entiendo — él simplemente aceptó la disculpa —. Yo también estoy preocupado, pero no sé qué podemos hacer… Ya que a ninguno parece gustarle mi idea de darles una paliza a todos y llevarnos a Sango y a Miku de vuelta a la aldea…

— Creo que no es tan simple — suspiró Kagome, esa sería la solución más rápida, pero algo le decía que no era la correcta —. Tú mismo te diste cuenta que algo más pasaba ahí…

— Sí, Sango no parecía ser ella — el peli plateado gruñó levemente, molesto con esa situación —. ¿Aún no has podido acercarte a ella?

La sacerdotisa negó con la cabeza, volviendo a mirar el horizonte, preocupada por su amiga.

— Nadie que no sea el terrateniente o Miku, pueden acercarse a la habitación. Tendremos que esperar a que ella decida salir de ahí.

— O que pueda — agregó él, frunciendo el ceño.

— ¿Pueda? ¿A qué te refieres con eso?

— No quisiera decirlo, pero quizá ella está siendo retenida… quizá no pueda salir.

— Pero si es así… InuYasha, ella…

— Kagome, estoy seguro que hay algo más fuerte de lo que pensamos, tras todo esto.

La azabache dirigió su mirada hacia el palacio que podía divisarse a lo lejos, angustiada. ¿Y si realmente su amiga estaba cautiva por algo que ellos desconocían? Tenían que ayudarla, pero no sabía cómo, se sentía tan impotente. Abrazó a InuYasha, tratando de calmarse, algo debían poder hacer, algo…

— Cuando volvamos, tendremos que hablar con Miroku y buscar una solución.

El oji dorado fue claro, no iban a esperar más. Ella asintió con la cabeza, decidida. Si ellos habían vencido las barreras del tiempo para poder estar juntos, sus amigos también vencerían lo que fuera para ser felices.


Tenía los ojos cerrados, mientras esperaba que su respiración volviera a su ritmo normal y trataba de ignorar la vergüenza y ese extraño cosquilleo que se hacían presentes en su interior. Estaba agitada y sentía las gotas de sudor correr por su cuerpo, pero increíblemente, se sentía bien. De pronto, sintió a su acompañante moverse a su lado y luego, el peso de un manto cubriéndola gentil y protectoramente. Abrió los ojos y se encontró con una hermosa sonrisa, dedicada sólo a ella.

¿Te encuentras bien?

Pese a la calidez que manaba de su semblante, la preocupación no pasó desapercibida para ella. Asintió con la cabeza, volviendo a refugiarse en sus brazos, ocultando el sonrojo y deseando quedarse así por siempre…

¿Estás segura? — Volvió a preguntar, con algo de miedo oculto de mala forma en sus palabras. — ¿No fui… demasiado brusco? Quizá apresuré un poco las cosas, si te hice daño…

Lo calló con un beso, sorprendiéndolo. Él la abrazó para seguir con ese contacto, saboreando de forma suave ese dulce elixir que ella le regalaba, acariciando con delicadeza el cabello y la espalda de su compañera, seguro de que ella era con quien quería pasar el resto de su vida. Ella terminó el beso para mirarlo fijamente a los ojos, con un extraño brillo y una tierna sonrisa.

Estoy bien… de verdad, fue maravilloso. Tan diferente a como lo hubiese pensado… — Hizo una pausa para ver detenidamente esos ojos azules y luego, siguió. — Debo reconocer que esto me causaba un poco de miedo, sabes que conozco mayormente el lado agresivo de los hombres y, bueno… — Se sonrojó aún más, eso le daba un poco de vergüenza. — Tampoco soy una chica delicada y sensual a la que cortejen demasiado, todo esto es nuevo para mí…

Sus palabras también fueron calladas por un beso, apasionado y lleno de deseo, ese deseo de no separarse de ella nunca.

Eres la chica más sensual que jamás he conocido — aclaró, acariciándole el rostro con ternura —. Y para mí, eres lo más delicado. Eres una guerrera, eso lo sabe todo el mundo, pero tu corazón es un tesoro que no todos conocen… y eso es lo que quiero cuidar por siempre. Además, es tu lado tímido el que más loco me vuelve.

Se fundieron en un nuevo abrazo, ella acomodada en su pecho, escuchando ese latido que tanto le gustaba, que la llenaba de paz y alegría, que le indicaba que siempre tendría donde volver a encontrar la felicidad…

Gracias, Miroku… por ser así conmigo. Por hacerme sentir una chica hermosa, deseada y amada… por descubrir ese lado que todos suelen ignorar en mí…

No, Sango, no me des las gracias. Eres hermosa y créeme que muy deseable, aunque pocos te lo demostraran, de seguro por miedo a tu fuerza. Pero soy yo quien debe agradecerte el que me hayas dejado conocer todos esos secretos…

Le besó la frente a la muchacha, quien se dejó atrapar de nuevo en ese abrazo acogedor, agradeciendo que él la amara de esa forma, que la hubiese hecho mujer tan cariñosamente y que sus ojos mostraran que siempre sería así, porque ella era su pequeña y él era su príncipe…

— Mírame cuando estoy contigo.

Un movimiento brusco, un tirón de su cabello y la voz dura de Kuranosuke la trajeron de vuelta al presente. Sintió de nuevo dolor en todo su cuerpo pero intentó ignorarlo, mientras observaba a su esposo, esperando otro regaño más.

— Disculpa si he sido un poco agresivo estos días contigo, pero debes entender que ahora yo soy tu señor — a pesar de las palabras, el tono seguía siendo autoritario y no denotaba para nada arrepentimiento —. Espero que lo tengas claro, ya que debo ausentarme por un par de días y no quiero sorpresas cuando llegue… ¿De acuerdo?

Asintió en respuesta, aún un poco temerosa de sus reacciones. Si osaba desafiarlo, podría empeorar las cosas. Y ahora ella ya no era nada más que su mujer, alguien que a duras penas podía ser su sombra…

— Eso significa que no puedes andar por ahí sola, ni hacer nada que yo no haya autorizado. El capitán de la guardia se hará cargo de los asuntos más urgentes, si llegasen a presentarse. Por favor, compórtate. No quiero tener que castigarte cuando regrese.

— No debe preocuparse por eso, mi señor — murmuró débilmente, con una inclinación de respeto —. Ya aprendí cual es mi lugar…

— Me alegra escuchar eso — él se acercó a ella y tomó firmemente su rostro para verlo de cerca —. Eres hermosa y no deseo volver a golpear este delicado rostro otra vez.

La besó, recorriendo con su lengua el interior de la boca de ella. Sango se dejó, ya no quería forcejear más, estaba cansada y, a pesar de que el contacto seguía siendo poco agradable y natural para ella, prefirió dejarlo continuar. El beso terminó luego de unos minutos que se hicieron eternos para ella, el terrateniente sonrió satisfecho y luego se dirigió a la puerta.

— Me marcharé dentro de una hora. Espero no encontrarme con ninguna sorpresa desagradable cuando vuelva. Adiós.

Salió de la habitación, dejándola con los recuerdos de algo que deseaba fuese realidad en esos momentos, y con el miedo y un vacío enorme en su interior. Esas sensaciones que ya eran tan familiares para ella y con las que temía tener que vivir el resto de sus días.


Iban distraídamente caminando por el sendero que daba directo al palacio, sin apurar el paso aunque el sol ya había comenzado a esconderse, aún quedaban un par de horas de luz. De pronto, él movió sus orejas y la nariz, dando a conocer a su compañera que algo había puesto en alerta sus sentidos. Ella dirigió su mirada hacia el palacio que se erguía delante de ellos, un tanto alarmada.

— ¿Qué ocurre?

Él se limitó a escuchar atentamente un par de segundos antes de estar seguro sobre la respuesta. Hacía años que no se familiarizaba con el ajetreo de un gran palacio como ese, pero luego de analizar y procesar bien lo que estaba escuchando, pudo dar una respuesta inequívoca.

— Una caravana se está preparando para salir del palacio.

— ¿Una caravana?

Asintió, retomando el paso para acercarse a la fuente del alboroto que lo había alarmado, queria cerciorarse de que ese olor pertenecía a quien creía, antes de dar esa noticia. Si quien él pensaba salía del palacio, tenían una posibilidad, aunque fuese mínima, de intentar solucionar las cosas. Siguió caminando seguido de la azabache, no quería dar falsas esperanzas, pero a cada paso que daba, era más claro para él lo que sus sentidos le indicaban.

De pronto, el paso raudo de los caballos que precedían la carabana hizo que dieran paso a un lado del camino para dejarlos pasar, y en ese momento no tuvo duda alguna de que el terrateniente iba en ese viaje. Esperó a que se alejaran lo suficiente para seguir su trayecto, y una vez que se perdieron de vista, decidió que había que actuar.

— Kuranosuke iba en esa caravana.

Ella se quedó perpleja ante la revelación. ¿Sería cierto? Eso cambiaba un poco el panorama, aunque de todas formas debían actuar con cuidado.

— ¿Estás seguro? — La pregunta fue respondida con un movimiento afirmativo de la cabeza de él. — Entonces, quizá ahora podamos acercarnos a Sango, si él no está rondando, ya no podrá impedirlo…

— Sí, es lo que estaba pensando, sólo espero que esto termine pronto — la apoyó él, un tanto ensimismado —. Kagome…

— ¿Qué sucede, InuYasha?

— Tengo un mal presentimiento. Esta sensación no la había vuelto a sentir desde hace años…

— ¿Años…? — Kagome también se preocupó, ¿realmente la situación podía ser tan mala? — ¿Te refieres a… a Náraku…?

— Sí… es imposible que sea él, pero no sé… todo esto me recuerda a sus engaños. Y si lo piensas bien, la única manera en la que Sango actuaría de esta forma sería producto de alguna trampa…

La sacerdotisa asintió, un poco más preocupada que antes. Sabía que todo eso era muy raro, pero pensó que sólo eran malas decisiones. Ahora, si lo pensaba más detenidamente, InuYasha tenía razón, no era posible que su amiga quisiera realmente mantenerse así de alejada de ellos, que sus sentimientos hubiesen cambiado tanto…

Tomó firmemente el brazo del hanyō para seguir caminando a su lado, mientras el sol seguía ocultándose tras las montañas. De alguna forma debían ayudar a sus amigos, y pronto, antes de que las cosas no tuviesen vuelta atrás.


Suspiró, recostada en el futón, por fin sola y tranquila. Sin la desagradable compañía de su esposo, ni sus reclamos, exigencias y reproches. Miró alrededor, buscando algo que le hiciera sentir mejor, más llena, pero sólo se encontró con una fría habitación que le recordaba su compromiso forzado. De pronto, vio un pequeño cofre en una repisa, de finas terminaciones, y le llamó la atención. Se levantó para acercarse y lo abrió, puesto que no tenía llave puesta. En su interior encontró una daga larga, delgada y con delicados grabados en la empuñadura, y junto a ella, una nota. Tomó el papel y leyó el mensaje, un poco extrañada.

"Si necesitas defenderte, tienes permiso de usarlo. Nadie que no sea yo, puede tocarte, recuerda tus votos. Te ama, Kuranosuke."

Sacó el arma y la empuñó, asimilando el peso, la forma y el tamaño. La agitó un par de veces y se sintió hasta más ligera ella misma. Esa arma le recordaba a su espada corta. Sonrió levemente antes de guardarla y volver a sentarse en el futón. Cerró los ojos, los días eran demasiado largos para ella, tenía deseos de dormir y no despertar jamás…

— Necesito hablar con ella, por favor…

La voz de Kagome la sacó de esa realidad un tanto abrumadora, ¿de verdad su amiga quería hablar con ella? Pero habían pasado días, ¿por qué no se había acercado antes…?

— Son órdenes, nadie puede traspasar estos límites sin ser autorizado.

— Siempre dicen lo mismo, ¡no le haré nada!

Salió del cuarto y vio la escena, los guardias le impedían el paso a la sacerdotisa, quien reclamaba con ambas manos en sus caderas, dispuesta a seguir ahí hasta que cumpliera su objetivo. Se acercó hasta que estuvo a una distancia desde donde la pudiesen escuchar y decidió que estaría bien hablar con ella. Después de todo, ¿qué daño podría ocasionar eso…?

— Está bien, déjenla pasar.

Los guardias la miraron, dudando. Tenían órdenes directas del terrateniente y si las incumplían, podían perder sus puestos. La castaña siguió caminando decidida hasta ellos, su amiga no era una amenaza para su esposo ni para el matrimonio.

— Se-Señora…

— Tranquilos, no pasará nada malo. Si nuestro señor se enfada por esto, yo me encargaré de aclararle que fue culpa mía.

Ambos hombres inclinaron la cabeza, dejando que Kagome se acercara a ella, pero sin alejarse para estar seguros de que nada malo ocurriera. La azabache corrió a abrazar a su amiga, pero ella la detuvo antes de que lo lograra, eso no era lo que se esperaba de la Señora del palacio…

— ¿Sango…? — Sin duda, ella no entendía la actitud distante de la castaña. — ¿Por qué…?

— Está bien así, venías a hablar, ¿o no?

— Sí, pero… — Estaba confundida, su amiga no parecía ser ella misma. ¿A eso se referían InuYasha y Miroku? — Hemos estado preocupados, Kuranosuke no nos deja acercarnos a ti y… bueno, el día de la boda, cuando los muchachos vinieron a ver si estabas bien, quedaron preocupados…

Sango soltó una risa de incredulidad, interrumpiendo a su amiga, quien se quedó observándola sin comprender esa reacción. ¿Acaso no le creía?

— Si de verdad hubiesen estado preocupados, no se habrían marchado tan pronto — Kagome pudo notar algo de reproche en su voz.

— Pero el terrateniente no les permitió verte…

— Ya da igual — la castaña agachó la mirada, como si quisiera decir algo pero no pudiera —. Soy su esposa, tiene ese derecho. Así es como son las cosas ahora y ya no se puede cambiar. Este es el curso que va a seguir mi vida, eso ya es algo seguro. Así que es hora de que ustedes sigan sus camino y busquen su felicidad.

— Pero Sango… no es justo, nosotros…

— ¿A qué viniste? — La miró duramente, interrumpiéndola. — ¿No volviste a esta época para reencontrarte con InuYasha? Sólo estás posponiendo tu felicidad tratando de reconstruir algo que ya no existe. Sólo vete y sé feliz junto a InuYasha…

— Sango… — La azabache se acercó y tomó sus manos, tratando de encontrar a su amiga. — Eso podría estar bien para nosotros, pero ¿qué hay del monje Miroku?

— Miroku… — Pareció dudar por un segundo, pero su mirada sólo reflejó indiferencia al volver a hablar. — Él también debe buscar su felicidad, lejos de mí y, en lo posible, de este lugar…

— ¿Quieres que también se aleje de Miku? Eso jamás lo haría feliz, y a ella tampoco…

— Ellos deberían irse…

— ¿Qué estás tratando de decir?

— Ambos son felices juntos. Miroku es todo lo que ella necesita para llegar a ser una gran persona. Ya cometí el error de alejarlos una vez, eso no volverá a pasar. Pero no lograrán ser felices si siguen aquí.

— Sango…

— Por favor, Kagome… sólo quiero que sean felices.

Ella negó con la cabeza, resignada. Al parecer, no iba a poder llegar a ningún lado con esa conversación. Soltó las manos de su amiga y suspiró, las cosas eran más complicadas de lo que pensaban.

— Estoy segura que esto no es lo que deseas, pero parece que no podré lograr nada.

— Lo siento, ya no hay vuelta atrás.

— De todas formas, recuerda que te queremos. Puedes contar con nosotros.

— Gracias. De verdad espero que todos ustedes sean felices…

— Nosotros también queremos que lo seas… y que estés bien.

— Lo estaré, tranquila.

Se miraron fijamente por unos segundos y luego se despidieron. Sango volvió a su cuarto y se recostó en el futón, mirando el techo y resguardando esos sentimientos en lo más profundo de su corazón. Porque ya no tenía nada que ofrecerle a nadie, ya no era nada. Sólo debía mantener a su esposo feliz, esa era su única obligación ahora. Ni siquiera sería capaz de ser la madre que su pequeña necesitaba y merecía. Por eso, sería mejor que todos se alejaran de ella. Cerró los ojos, despidiéndose de todo lo que alguna vez la había hecho feliz.


Dejó a la pequeña en el suelo y le indicó que fuese a buscar a Kirara, mientras veía a su amiga alejarse por el pasillo y a InuYasha con el semblante inquieto y un poco ansioso. Él también creía que eso iba más allá de malas decisiones o recelos de parte de la castaña, pero su corazón no podía dejar de recordarle a cada minuto que existía la posibilidad de que ella realmente no deseara estar con él. ¿Por qué otra razón abrazaría de esa forma al terrateniente? Sabía que la única forma de tener una respuesta certera, era hablando directamente y a solas con ella, y esta era la oportunidad de hacerlo.

— El ambiente se siente más pesado que antes.

Las palabras de su amigo lo sacaron de sus pensamientos, revelándole algo que no había notado antes. Observó a su hija acercarse con Kirara a su lado, corriendo por el patio hacia ellos.

— Tienes razón. Esto no me está gustando para nada.

Miku llegó a su lado, abrazando fuertemente las piernas de su padre y ocultando el rostro en ellas. Miroku la tomó en brazos y se dirigió hasta el cuarto de la pequeña, acompañándola por un rato hasta que ella conciliara el sueño. Tras unos minutos, la pequeña logró quedarse dormida, gracias a la compañía del monje, pero también a las energías que había gastado esa tarde en el bosque. La dejó sola para volver con su amigo y esperar a la azabache, rogando con todo su ser que ella pudiera apaciguar un poco sus preocupaciones.

— ¿Crees que esto se deba realmente a algo más? — El hanyō rompió el silencio, la espera no era una de sus habilidades innatas.

— Eso es lo que temo desde el día de la boda — le respondió el bonzo, también impaciente por la llegada de su amiga —. Cuando vi a Sango dentro de ese cuarto, realmente fue como si algo se la hubiese llevado. Ella no se sentía como ella, y la verdad no logro encontrar otra explicación, pero tampoco puedo comprender qué es lo que le pasó.

La voz del oji azul denotaba impotencia, rabia y frustración. Ambos guardaron silencio hasta que vieron a su azabache amiga acercarse por el pasillo. Se acercaron a ella, pero de inmediato supieron que algo no marchaba bien, pues su rostro demostraba confusión y preocupación.

— ¿Qué pasó? ¿Pudiste hablar con ella?

La pregunta del oji dorado fue respondida con una mirada profunda, que luego se dirigió hacia Miroku, preocupándolos aún más de lo que estaban.

— Sí logré hablar con ella. Sin embargo, siento que no fue ella, algo… algo le impide serlo.

— ¿Algo…? ¿A qué se refiere? — El monje tuvo miedo, pero no pudo saber exactamente de qué.

— Los guardias me impedían acercarme, hasta que ella misma apareció y les pidió hablar un momento conmigo. Les aseguró que no pasaría nada malo. Traté de que me explicara a que se debía su distanciamiento, sólo pude lograr que me dijera que las cosas debían ser así y que era hora de que nosotros siguiéramos nuestro camino… que fuésemos felices, lejos de ella… Todos nosotros, incluyendo a Miku.

Miroku apretó los puños, molesto. Eso no iba a seguir así, él no iba a quedarse de brazos cruzados sin hacer nada. Debía hablar con ella, eso no estaba bien. Encontraría de alguna forma a la verdadera Sango, nadie se lo impediría.

— ¡Esa tonta de Sango! — InuYasha refunfuñó, eso lo estaba hartando. — ¡Si cree que la vamos a dejar así, simplemente porque ella se niega a que la ayudemos…!

— No lo logrará, de eso no te preocupes. Me encargaré de saber qué es lo que está pasando.

Las palabras del moreno le indicaron a sus amigos que él jamás se rendiría. Después de todo, era lo que había prometido desde siempre.


Lo sé, me tardé un poco, el internado me ha estado quitando mucho tiempo y el no haber tenido internet, sólo fue otro problema más. Pero acá está, sé que me odiarán por todo, y se pondrá más intenso, pero no me odien. Sólo que me encanta el drama y todo eso.

Agradecimientos especiales a mis fieles fifiabbs, Sango Sarait, azalyn shihiro y Sango Nube. Espero tener pronto algo más para ustedes, ya empecé el siguiente chap. Así que espero que les haya gustado y nos leemos pronto :)