DISCLAIMER: Los personajes no son míos, ya lo saben ^^U son de Rumiko Takahashi. La siguiente narración es creación propia y está hecha sin fines de lucro, con el propósito de entretener a los lectores.
SUMMARY: Y lo odiaba por eso. Por alejarse, luego de que habían reafirmado su promesa de casarse y tener una familia juntos. Luego de que ella venciera todos sus temores y se convirtiera en su mujer antes de la boda. Luego de que rompiera las promesas de celibato sólo por sus ojos... Por eso, ya no lo seguiría esperando.
Por tus ojos…
Capítulo IX
"Oscuridad"
"Olvídame… no puedes salvarlo.
¿Está mal? Respóndeme.
Mira, deja que tus ojos se mezan y vacilen,
porque no encontrarán nada más que mis lágrimas derramadas.
Mi mano… mis ojos… mi mente… y mi respiración.
Lo que queda atrás al final, son los recuerdos putrefactos
que han sido quemados."
— BURIAL APPLICANT; the GazettE —
La noche caía silenciosa sobre el palacio, sólo las rondas de los guardias rompían la quietud que se cernía sobre el lugar. Él esperaba oculto tras unos arbustos el momento indicado para moverse sin ser descubierto. Tras unos minutos más, el terreno estuvo despejado, por lo que discretamente recorrió el tramo que lo separaba de su destino. Llegó al lugar y sigilosamente, abrió la puerta, ingresó y la cerró tras de sí, con una rapidez que pocos hubiesen logrado: agradecía en ese sentido, lo aprendido en sus andanzas nocturnas pasadas. Sin embargo, su presencia no fue una sorpresa: sintió el frío de un filo en su cuello en el mismo instante en el que cerró la puerta, provocándole un escalofrío que lo recorrió por completo.
— Qué predecible eres.
La voz que escuchó le causó alivio, aunque el arma que amenazaba su cuello no se movió ni un milímetro. Suspiró, sin moverse tampoco, intentando buscar la mirada de quien empuñaba la daga y lograr su objetivo. Porque eso era algo seguro, no se iría de ahí hasta que lo lograra.
— ¿Hubieses preferido que me mantuviera lejos, que no viniera? Por algo me estabas esperando…
— Sólo aprovechas la oportunidad, porque mi señor no está… Pero no tendrás nada de mí, así que mejor vete.
— Ah, Sango, así no quería que fuesen las cosas…
Ágil y velozmente alejó de sí el arma, tomando el brazo de la castaña y haciendo que la soltara, mientras con otro movimiento, provocó que cayera sobre el futón y él sobre ella, acorralándola. Sango lo miraba con rabia en sus ojos, en tanto trataba de soltar sus manos, que habían quedado firmemente sujetas por las de él.
— ¡Suéltame!
Aflojó el agarre, dejando libres las manos de la muchacha, quien comenzó a golpearlo en el pecho, intentando alejarlo, pero los golpes eran débiles y parecían ser más un desahogo que un real intento por apartarlo. Él le permitió golpear lo que quisiera, hasta que notó que las lágrimas comenzaron a salir de los ojos de la castaña. Detuvo los golpes afirmando los puños con su mano derecha y luego la abrazó, sin decirle nada, sólo demostrándole que estaba ahí, con ella…
— No sé porqué viniste Miroku, pero debes irte. Soy una mujer casada y le debo respeto a mi esposo…
Él la calló con un beso, esa era una excusa, y no había ido hasta allí para escuchar ese tipo de cosas. Sólo quería saber la verdad, y pudo notarla con sólo mirar a su pequeña pelear entre sus brazos. Ese sujeto no la amaba y tampoco la haría feliz. Terminó el contacto y le acarició el rostro, suavemente.
— ¿Acaso él te respeta a ti?
Sus palabras fueron recibidas con sorpresa, ella desvió el rostro para que él no notara su sonrojo ante esa pregunta, pero eso tampoco la ayudó a escapar de la situación. Miroku descubrió delicadamente el hombro que ella estaba dejando descuidado y pudo notar lo que temió desde que la tocó para quitarle el arma. Se puso de pie, abriendo y cerrando los puños, molesto, caminando de un lado a otro sin saber como canalizar esa ira.
Kuranosuke se había atrevido a golpearla, a dañarla, a…
— ¿Él… te obligó a hacerlo…? ¿Acaso él te… violó?
Sango cerró con fuerza los ojos al escuchar las preguntas del oji azulado, abrazándose las rodillas y ocultando su rostro en ellas, no iba a responder eso, era su esposo, tenía ese derecho…
— Sólo vete, Miroku, y haz tu vida, sé feliz…
En respuesta, se sentó junto a ella y la atrajo hacia él, abrazándola nuevamente con cariño. Esperó a que la castaña estuviese menos tensa antes de seguir, quería que ella fuera sincera y debía lograr llegar a la verdadera Sango para eso, a esa chica que sólo él conocía. De pronto, la volvió a sentir llorar entre sus brazos, un llanto que le rasgó el alma. Limpió las lágrimas y volvió a abrazarla.
— Por favor, Sango, déjame ayudarte. No hay excusa para lo que él te ha hecho, no intentes darle una explicación. Te está haciendo daño y no puedes pedirme que me aleje sabiendo eso. Sólo quiero que seas feliz, que estés bien… podría alejarme si estuviese seguro que él te cuidará y te amará y se esforzará en hacerte feliz, pero no es eso lo que estoy viendo. Eres mi princesa, sólo quiero que el príncipe que escojas, te cuide… y Kuranosuke te está destrozando, por dentro y por fuera… por favor…
De pronto, ella se alejó de él y limpió sus lágrimas, devolviéndole una mirada vacía, sin ninguna emoción reflejada en ella. Intentó volver a acercarse, pero Sango mantuvo la distancia.
— No tengo nada que ofrecer, ni a ti ni a nadie. No he sido capaz de cumplir ninguna de las promesas que he hecho, ni siquiera las que me hice a mí misma. Sólo me queda ser una buena esposa, eso es lo único que podré hacer de ahora en adelante. Ya no puedo pensar en nosotros, ni en Miku, porque fallé en cada cosa que me propuse. Y ahora estoy sucia, manchada… lo siento, pero debo pedirte que te vayas, lejos. Vuelve a la aldea y llévate a Miku contigo, enséñale lo bueno de la vida. Sé el padre que siempre supe que serías y cuídala. Y sé feliz, busca a alguien más a quien amar, alguien que sí sea digna, que no te falle por temor, que no huya… Yo estaré bien, todo lo que me ha pasado me lo merezco…
Miroku no podía creer lo que estaba escuchando. Ella no era su Sanguito, ¿tanto la había dañado ese bastardo? Golpeó el suelo con fuerza, deseando darle una paliza a ese sujeto que se había llevado a Sango lejos, y traerla de vuelta, a esa chica que él sabía, podía derrotar al mundo si quería…
— Sango, tú… no sabes lo que dices. Eres una mujer fuerte, valiente, llena de amor. Tienes todo para ofrecer y también puedes tenerlo todo para ti. Has cometido errores, todos lo hemos hecho, pero eso no te hace menos digna del amor de alguien. Tampoco estás sucia, lo que te ha pasado… no es tu culpa, tampoco te lo mereces. Me has mostrado muchas cosas maravillosas, una de ellas fue tu corazón… y eso es algo que quiero cuidar y atesorar por siempre. No voy a rendirme sólo porque algo te impide ver la realidad. Te ayudaré a salir de esto, porque te mereces ser feliz. No importa con quien sea, pero si esa sonrisa logra aflorar de nuevo en tus labios, sabré que has vuelto a ser tú. También hice promesas que no cumplí, pero no volverá a pasar.
— Sólo quiero no tener más problemas… aléjate de mí, olvida todo esto. Hagas lo que hagas, seguiré siendo la esposa de Kuranosuke y por esa razón, ya no volveré a ser la misma. Tu princesa, tu Sanguito, ya está fuera de tu alcance. Si de verdad todo lo que has dicho es cierto, prométeme que te alejarás y serás feliz… si sigues cerca de mí, si algo te llega a pasar por mi culpa, si terminas dañado… jamás me lo perdonaría. Has hecho demasiado por mí, me hiciste feliz muchas veces y eso siempre lo recordaré… pero ya pasó, ahora debo cumplir mi deber y eso significa dejar todo eso atrás.
— No puedo dejarlo atrás viendo como te pierdo de esta forma, como te lastima… te amo y no puedo permitir que te siga dañando…
— Miroku… No, quiero decir, su Excelencia, yo ya no puedo amarlo, así que deje las cosas como están. Será mejor que se vaya.
El monje se puso de pie, soltando un pesado suspiro y dirigiéndole una dolida mirada a la joven que acababa de pedirle que se fuera. Se inclinó sobre ella y, tomándole dulcemente las manos, dejó entre ellas el anillo que había sellado su pacto anteriormente. Ella hizo ademán de devolvérselo, pero él negó con la cabeza y se dirigió hasta la puerta, eso había salido peor de lo que esperaba.
— Hubiese preferido que enterraras esa daga en mi cuello antes de que me pidieras que simplemente me quede observando como ese idiota te reduce a nada. A pesar de que no quisieras dañarme, esto es lo más doloroso que podría haber pasado. Al parecer, ninguno de los dos podrá ser feliz.
Se marchó, escabuchéndose en la oscuridad de la noche, perdiéndose lejos de ella, mientras su corazón era consumido por el dolor y la angustia. Sango guardó el anillo en su pecho y se recostó en el futón, abrazándose a sí misma para terminar de despedirse. Eso era lo que tenía que pasar, pero… ¿sería lo mejor? Soltó un par de lágrimas más y luego sintió un escalofrío recorrerla entera, y un hielo inexplicable calarle hondo desde dentro.
— Eso es justo lo que esperaba de ti, querida.
Caminaban por uno de los corredores exteriores del palacio, ambos preocupados por la tardanza de su amigo y con ese mal presentimiento fuertemente presente en sus corazones. Él bufó, aburrido, exasperado por todo lo que ocurría. Quizá ese era el momento de sacar a su amiga y su hija de ahí, alejarlas para siempre de ese lugar, pero sus compañeros no estaban de acuerdo.
De repente, sus oídos captaron pasos apresurados acercándose, aunque estuvo seguro que no eran los de su amigo, y pronto su olfato se lo confirmó. Se dio vuelta en el instante justo en el que la pequeña castaña llegaba a su lado y saltaba a sus brazos, ocultando el rostro en el pecho del platinado, angustiada. Él se preocupó, no la había visto así antes.
— Miku, ¿te encuentras bien?
Ella alzó los ojos hasta los de él y negó lentamente, demostrando miedo en su mirada y preocupación. Él apretó un poco más el abrazo, recordándole que estaba ahí y que no permitiría que nada le pasara.
— ¿Qué ocurre, pequeña? — Preguntó la azabache, también temerosa por esa actitud en la menor.
— ¿Dónde está papá? — Preguntó de vuelta ella, mirando alrededor. — Mamá está en peligro…
— Tranquila, tu padre se encuentra con ella y…
Pero las palabras de InuYasha fueron interrumpidas por la figura de Miroku, acercándose a ellos cabizbajo y de forma lenta, algo no había salido bien y esa era la prueba de ello.
— ¡Papá! — La niña saltó de los brazos del hanyō para correr al encuentro de su progenitor, más ansiosa que antes.
— ¿Miku? — El monje estaba extrañado, no esperaba encontrarse con ella, menos a esa hora. — ¿Qué pasa, tuviste alguna pesadilla…?
La aludida negó con la cabeza, dirigiendo una mirada profunda en la dirección desde la que había llegado él, señalando el camino, con determinación.
— No, mamá está en peligro y debemos ir a ayudarla…
— Acabo de estar con ella, no creo que le guste que vuelva a su cuarto…
— ¡Entonces, iré sola! — Miku dio un par de pasos en la dirección que había indicado antes, decidida. — Al parecer, tú también fuiste alcanzado por eso…
Dichas estas palabras, se alejó corriendo, dejándolos atrás con una incertidumbre tremenda. InuYasha no tardó en seguirle el paso, más preocupado que antes. ¿A qué se refería al decir que Miroku también había sido alcanzado por eso? ¿Qué era eso? ¿Acaso se refería a lo que él presentía? Pronto sintió a sus amigos tras de él, y apresuró el paso. La menor era bastante rápida y ya les llevaba ventaja. Después de recorrer varios pasillos, lograron darle alcance, encontrándola molesta frente a los guardias que le cerraban el paso.
— ¡Déjenme pasar, quiero ver a mi madre! — Exclamó, haciéndoles frente a los dos hombres que la detenían.
— Lo sentimos, pequeña Miku, pero no puedes venir sola, menos a esta hora. Vuelve a dormir e intenta de nuevo mañana.
— No me iré hasta verla, ustedes no van a impedírmelo.
Ambos guardias intercambiaron miradas, riendo ante la afirmación de la pequeña. Uno le dio un pequeño empujón con la pierna, alejándola de ellos.
— No bromees, te daríamos una paliza…
— Inténtenlo.
Miroku hizo ademán de intervenir al ver que uno de los hombres volvía a darle un empujón, esta vez más fuerte y directo, al cuerpo de la menor, pero InuYasha lo detuvo, pues conocía muy bien el brillo que soltó la mirada de la niña antes de defenderse y atacar. Esa era la mirada de una guerrera.
Casi tan rápido como la última frase que le habían dirigido el par de hombres a Miku, la pequeña esquivó y contrarrestó cada golpe que le lanzaron, golpes que tenían la clara intención de dañarla. Pero ella demostró que su sangre era descendiente de los mejores exterminadores, dejándolos indefensos en pocos minutos. El hanyō sonrió, casi podía sentirse orgulloso de la pequeña, Sango había hecho un excelente trabajo. El padre de la niña, por el contrario, parecía demasiado sorprendido. Sólo la había visto entrenar con chiquillos un poco mayor que ella y con Kohaku, pero jamás pensó que podría reducir así a dos guardias que no jugaban con ella.
Luego de concluir el pequeño enfrentamiento, la pequeña les dirigió una fugaz mirada y volvió a avanzar en dirección al cuarto donde se encontraba su madre, pero la imagen de quien salió de la habitación la hizo detenerse en seco. No había sentido su presencia antes, ¿por qué? Un escalofrío recorrió su espina dorsal, eso no le gustaba. El resto del grupo también se sorprendió, él no debería estar ahí…
— Tienes la destreza y fuerza que tenía tu madre. Pero aún te falta su experiencia.
Miroku se acercó al lado de su hija, mirando fijamente al autor del comentario, con recelo. No le gustó para nada cómo habló, menos que utilizara el tiempo pasado para referirse a la castaña. Ambos se sostuvieron la mirada hasta que Sango apareció tras la puerta de la habitación, con el semblante decaído pero caminando segura hacia ellos. Se detuvo justo antes de llegar al lado de Kuranosuke, quedándose atrás de él.
— No deberían estar aquí. Ya se los dije, es hora de que hagan sus vidas — murmuró, sin levantar la mirada hacia ellos, con la voz queda y vacía.
En ese momento, InuYasha logró sentirlo. Una extraña fuerza, oscura, deprimente, angustiante y poderosa, intentando llegar a su alma, quitarle su corazón. Sintió la angustia, la desesperación, el oscuro recuerdo de haberlo perdido todo y lo comprendió. Eso era a lo que Miku se refería. Esa extraña energía de seguro les había ganado a sus amigos, aprovechándose de sus sentimienntos y miedos. Pero él era un hanyō, y no uno cualquiera, su padre había sido un gran Daiyōkai; sin embargo, sus amigos eran humanos, poderosos y entrenados, pero humanos y con sentimientos confusos. Eso se habría alimentado de esa confusión, y del dolor, la culpa y el miedo, para hacerse más fuerte y así poder dominar la situación. Ahora que tenía claro lo que pasaba, debía encontrar el origen para acabar de una vez con él, aunque no sabía cómo. Frunció el ceño, molesto. Ese era un poder más que demoniaco, era una energía maligna, algo más bien espiritual, y él no podía detectarlo. Miró de reojo a la menor, quien se ocultaba tras las piernas de su padre, temerosa y sin quitarle la vista a su madre. Quizá ella también estaba siendo afectada, o tal vez era otra cosa…
— Ya la escucharon, mejor se van antes de que llame a los guardias para que los saquen de aquí.
InuYasha fijó su vista en el terrateniente. ¿Sería él la fuente? Pero no sentía nada especialmente maligno provenir de él, más bien sólo furia, no tristeza y dolor. Entonces, quizá lo que Miku miraba…
— ¿Por qué haces esto? — Preguntó, desenvainando su espada, buscando ese apoyo que le hacía falta, y apuntando el arma, para sorpresa de todos, hacia Sango. — ¿Qué esperas lograr después de todo esto?
— InuYasha… — El moreno lo observó, dudando. ¿A qué jugaba su amigo ahora?
— Soy una mujer casada, ya lo dije, debo cumplir mis obligaciones — respondió la amenazada, sin titubear.
— ¡No me refiero a eso! — El hanyō la miró con furia, esa no era su amiga. — ¡Estás jugando a tu gusto con los sentimientos de todos! ¿Acaso te alimentas de ellos, de su dolor? ¿O es otra cosa?
— No sé de qué hablas, yo sólo…
— No vengas con cuentos, estás manipulando a Sango por una razón, y quiero saber cuál es.
— ¿Manipulando…? — Miroku parecía confundido, no pensó que la situación sería así, él realmente creía que era Kuranosuke el que ocasionaba el problema. Pero si lo que decía su amigo era cierto…
— Así que te diste cuenta… — El terrateniente soltó una carcajada, aparentemente divertido por la situación. — Sí, ella no es la Sango a la que ustedes buscan, su dolor y angustia fueron más grandes que su amor y terminó consumida por esa oscuridad. Pero lo estás malentendiendo: no hay ente que la manipule, son sus propios pensamientos y sentimientos negativos los que llevaron a esa energía negativa hasta su interior y la han alimentado maravillosamente. Ahora es tan fuerte, que ya es una con Sango.
— ¿Que ya es una con Sango…? — El oji azul pasó saliva, por eso no era capaz de encontrar a su Sanguito en esa fría mirada.
— Así es. Si realmente quieren acabar con eso, tendrán que terminar con ella también — el castaño hizo una mueca de satisfacción al aclarar la ventaja que tenía en esos momentos —. Supongo que comprenden su posición ahora, así que les volveré a pedir que se retiren.
InuYasha apretó con impotencia los puños alrededor del mango de Tessaiga, no tenía deseos de irse sin traer a su amiga de vuelta, pero al parecer Kuranosuke tenía razón. Sus amigos compartían sus sentimientos, ninguno quería creer que la castaña realmente había sido consumida por esa oscuridad.
— ¡Yo no me iré hasta que mi madre esté de vuelta! — Exclamó Miku, dando un paso al frente para mirar directo al terrateniente. — ¡Usted tiene la culpa de lo que está pasando!
— No sé a qué te refieres con eso, yo sólo quiero tranquilidad…
— No lo niegue, por algo sabe de eso…
Los mayores observaron un instante a la menor para luego devolver un mirada decidida y desafiante al aludido, ella tenía razón, él estaba implicado en lo más profundo.
— ¿Qué le hiciste a Sango? — InuYasha apuntó esta vez el filo de su arma hacia el terrateniente, con la ira recorriendole las venas.
— Yo sólo cumplí con mis obligaciones maritales… e hice que ella también las cumpliera — sonrió perversamente al decir esto último —, aunque no quisiera hacerlo.
Como acto reflejo, Miroku se abalanzó sobre él al escuchar esas palabras, recordando las marcas en el cuerpo de la castaña y lo que significaban. Comenzó a golpearlo fuertemente y sin consideración, ante la expectante mirada de los demás; sin embargo, el agredido no parecía sufrir con la ira del monje, sino que mantenía su sonrisa de lado, recibiendo cada puñetazo con indiferencia.
— Por más que golpees, no podrás cambiar lo que pasó… pero ahora entiendo tu afán en seguir teniéndola a tu lado, su sabor es delicioso, y ese cuerpo, esas curvas…
A cada palabra, el oji azul golpeaba con más fuerza, pero eso no lo estaba llevando a ninguna parte, sólo aumentaba la ira del bonzo, pero nada más. De pronto y como si saliera de un trance, Sango se acercó a ellos, con la mirada temerosa.
— Su Excelencia, deténgase… por favor.
Miroku se paralizó al escuchar su voz, no podía estarle pidiendo eso. Desvió su atención hacia ella, confundido, acto que aprovechó Kuranosuke para apartarlo un poco y prepararse para atacarlo. Lo que ocurrió a continuación, fue demasiado rápido para que lo procesaran. El castaño desenvainó su espada y la dirigió velozmente hacia su oponente, sin darle tiempo para reaccionar. Kagome sólo pudo cerrar los ojos ante el inminente golpe, sin embargo el arma nunca tocó al monje. Una brillante luz lo impidió, deteniendo el filo en el aire de forma segura, formando un campo nítido. InuYasha pasó saliva, con una extraña mezcla de preocupación y alivio: en algún momento, Miku había desaparecido del lado de la sacerdotisa para proteger a su padre, pero corriendo tanto peligro como él. Sin embargo, nadie más hubiese podido detener el golpe, ya que el espacio que separaba a su amigo del terrateniente era muy pequeño y sólo ella podía entrar ahí.
— ¡No te atrevas a dañar a mis padres, nunca más! — Dichas estas palabras, la fuerza del campo pareció expandirse dirigida hacia el aludido, bañándolo en un haz de luz que lo paralizó momentáneamente y comenzó a expulsar de su cuerpo una extraña energía.
InuYasha no tardó en reaccionar, blandiendo su espada hacia lo que acababa de ser revelado a sus ojos: una energía claramente demoniaca que logró esquivar su ataque, tomando rápidamente una forma humanoide y soltando una fría carcajada, mientras escapaba hacia el techo. El hanyō gruñó de forma extraña, estaba esperando una pelea así.
— Kagome, cuida de los demás. Acabaré con esto rápido.
Saltó en la misma dirección que había tomado el demonio, alcanzándolo en pocos segundos. Le hizo frente, con Tessaiga en mano y esa energía que hacía tiempo no sentía correr de esa forma por sus venas: el deseo de pelear por proteger a sus amigos. Dirigió una penetrante mirada a su adversario, antes de acabarlo, quería saber por qué.
— Tienes suficiente ira en tu interior, eso se siente delicioso — soltó de pronto el demonio, pasándose la lengua por los colmillos.
— ¡Ja! ¡Ni creas que podrás saborearlo por mucho tiempo!
— Aunque así fuese, ya no importa: tengo suficiente energía acumulada, bastará para acabar contigo.
— ¡Ni en tus sueños, engendro! ¿Qué es lo que pretendías hacer con Sango? — InuYasha no desaprovechó la oportunidad de preguntar, lanzando las palabras junto con un ataque.
— ¡Ja, esa estúpida exterminadora! ¡Tan valiente y segura a la hora de acabar con sus oponentes, no fue capaz de ganarle a sus propios miedos! Yo sólo aproveché las circunstancias para vengarme.
— ¿Circunstancias? ¿Vengarte?
— Así es. Ella acabó con el último miembro de mi clan hace poco. Habíamos sido reducido hace años por un grupo de exterminadores y nos vimos forzados a huir al interior de las montañas para intentar recuperarnos; sin embargo, el daño era tanto que sólo sobrevivimos nosotros dos. Cuando supimos que la última exterminadora que quedaba con vida de ese grupo, estaba viviendo en el castillo, decidimos atacar. Pero mi amigo se precipitó demasiado y fue extermimnado por su arma en poco tiempo. Juré que encontraría la forma de verla sufrir y lo hice a los pocos días, después de que ustedes llegaron.
— ¿Después de que nosotros…? ¿Acaso fue por Miroku…?
— Sí y no. El monje confundió a la exterminadora, pero no sólo a ella. El terrateniente comenzó a temer que ella no aceptara la boda, a pesar de todo… y su miedo me llamó. Su miedo y su deseo de tenerla a su lado, hicieron que no fuese tan difícil apoderarme de su alma y así, llevar las cosas hasta este punto… Fue más simple de lo que creí, después de todo, tus amigos son débiles y se dejaron manipular fácilmente. No bastó más que unas gotas de mi veneno en el sake de la boda y ella estuvo a mi merced…
El oji dorado lanzó un ataque, molesto con las palabras del demonio que estaba frente a él. El muy maldito había manipulado la situación desde el principio, quizá el acuerdo de la boda también era una de sus trampas.
— ¡Maldito mal nacido! ¡Acaso ese documento que compromete a Sango con Kuranosuke, ¿también es obra tuya?!
— Lamento decepcionarte, pero yo no tengo nada que ver en eso.
— Y lo que mencionaste anteriormente sobre esa energía negativa en ella…
— Sus emociones negativas la llamaron. Yo sólo ayudé a que esas emociones persistieran, que no encontrara una salida feliz a todo esto. Que se confundiera aún más y que se odiara a sí misma. Aunque me destruyas a mí, esa oscuridad ya echó raíces en su corazón y no podrás sacarla nunca.
— Entonces ya no tengo nada que hablar contigo… ¡Meido Zangetsuha!
El ataque apareció con la forma del círculo completo tras el demonio, llevándolo directo al otro mundo. Pese a haberlo derrotado, InuYasha no podía sentirse tranquilo. Si lo que ese infeliz había dicho, era verdad, las cosas estaban lejos de arreglarse.
Kagome parpadeó un par de veces hasta sentirse mejor. Era como si un peso se le hubiera quitado de encima. Observó la escena, un poco confundida.
— Kagome, cuida de los demás. Acabaré con esto rápido.
Vio al hanyō alejarse tras una figura oscura y de golpe, recordó lo sucedido. Se acercó al monje y a la pequeña que se encontraban a un par de metros de ella. Se arrodilló a su lado, preocupada, y sintió alivio al ver que no tenían ninguna herida, por lo menos a la vista.
— ¿Se encuentran bien?
— Sí, gracias… — Miroku la miró con expresión cansada y un poco de pesar. Pasó dulcemente su mano por la frente de su hija, quien parecía dormir, y sonrió de medio lado. — Gastó todas sus energías al defenderme y expulsar a ese demonio del cuerpo del terrateniente. Pensé que ella necesitaba mi protección y guía, pero tal parece que manejó la situación mejor que nadie…
— No cabe duda de que es fuerte y tenaz, igual que sus padres — Kagome trató de animarlo, sabía que debía sentirse mal al haber sido afectado por esa energía —. No te desanimes, ella lo hizo por la misma razón por la que tú la defenderías. Y si no fue afectada por esta situación, sus poderes son asombrosos.
El moreno asintió lentamente y luego dirigió una mirada preocupada a Sango, quien había caído desmayada al mismo tiempo que Kuranosuke, cuando el demonio fue expulsado de su cuerpo. ¿Habría vuelto a ser su Sango? Tomó a Miku suavemente y la dejó en el regazo de Kagome, para luego acercarse a la castaña. Tomó dulcemente su cara entre sus manos y colocó la cabeza sobre sus piernas, mientras observaba el inconsciente rostro, preocupado, y pasaba con mesura sus dedos por el contorno del mismo. Tras un par de minutos, ella comenzó a abrir los ojos, un poco desorientada, intentando fijar la mirada. Cuando lo logró, miró al monje y su expresión pasó de la confusión a la preocupación. Intenó incorporarse, pero él se lo impidió.
— Tranquila, con calma, acabas de despertar.
Ella frunció el ceño y volvió a mostrarse confundida. Apartó la mano de él que le acariciaba el rostro y desvió su mirada, fijándola en el cuerpo, aún inconsciente, de Kuranosuke. Ahogó un grito de sorpresa y volvió a mirar al oji azul.
— ¿Qué pasó? ¿Acaso mi señor Kuranosuke y usted…?
Frunció la boca, molesto ante las palabras "mi señor" y "usted". ¡Maldición! ¿Qué acaso ella seguiría con lo mismo? Negó con la cabeza, pensando que eso seguramente se debía a que su amigo aún no derrotaba al demonio, y rogando porque ella volviese a la normalidad cuando eso ocurriera. Sango volvió a intentar incorporarse y esta vez él no la detuvo, observándola mientras ella se acercaba al terrateniente y hacía con su cabeza, lo mismo que minutos antes él había hecho con la suya. Apretó los puños, deseando ser él quien reposara en ese regazo, pero aguantó las ganas de ir a tomar ese lugar y esperó. Luego de un rato, Kuranosuke comenzó a quejarse levemente hasta abrir los ojos, bastante desorientado y mirando alrededor confundido. Volvió a fijar su vista en la castaña y suspiró.
— Sango, ¿qué ocurrió? ¿Por qué estamos aquí a estas horas…?
Ella negó con la cabeza, sin dejar de acariciarle el rostro.
— No lo sé, también desperté hace poco. Me alegra que ya esté despierto, mi señor.
Kuranosuke pareció confundido ante las palabras de ella, pero no tuvo tiempo de preguntar nada, ya que Miroku se acercó a ellos y lo sorprendió.
— Yo le diré lo que pasó — murmuró, para después darle un puñetazo y proseguir, ante la sorpresa de ambos castaños —. Usted se dejó manipular por un demonio y le ha hecho mucho daño a Sango. Ella ya no es la misma y eso es por su culpa.
— ¿Que yo fui manipulado…? — El aludido pareció recordar lo ocurrido, pues abrió los ojos como platos y el terror se asomó a ellos. Terror, preocupación y culpa. Se incorporó de golpe, volteándose hacia su esposa y observándola con una mezcla de cariño y angustia, la abrazó. — Pequeña, lo lamento tanto… yo jamás te habría hecho todo eso… por favor, perdóname…
— No ha hecho nada malo, yo debía aprender cuál era mi lugar, mi señor…
— Sango, eso no es cierto. Si quería que fueses mi esposa, era para que estuvieses a mi lado, siendo mi compañera… no detrás o debajo de mí, como una esclava… además, no me gusta que me digas "mi señor". Sólo Kuranosuke, ¿lo recuerdas?
Las palabras del terrateniente parecieron confundir a la castaña, quien guardó silencio sin saber cómo responder. Él volvió a abrazarla con cariño, sin dejar de mostrar ese rostro preocupado y besándole la cabeza tiernamente, en un gesto que buscaba protegerla. Miroku frunció el ceño, estaba harto de verla con él sin que ni una pizca de alegría se reflejara en sus ojos. Iba a interrumpirlos, pero InuYasha llegó junto a ellos, observando también la escena, al parecer un tanto preocupado aún.
— ¿Has logrado vencerlo? — Preguntó Kagome, mirándolo fijamente y con un poco de duda.
— Sí, pero tal parece que ese bastardo tenía razón… — Desvió la mirada a Miku, luego a su padre y terminó el recorrido volviendo a ver a la pareja de casados. — Lo que sea que esté consumiendo a Sango, seguirá ahí. No era obra de él.
El bonzo apretó los puños, con impotencia. Si su amada Sango no iba a volver a ser ella tras derrotar a ese demonio, debían encontrar una forma, pero ¿cómo? Ella parecía perdida en ese dolor que asomaba con su mirada, y no dejaba que nadie lo atravesara. Por lo visto, eso se había arraigado demasiado profundo y costaría arrancarlo de ahí. Dirigió su mirada hacia la castaña, que se aferraba a su esposo como si de ello dependiera su vida. InuYasha imitó al monje y luego endureció el gesto, le molestaba demasiado que su amiga se dejara derrotar por esa oscuridad, él conocía el lado guerrero, fuerte y tenaz que ella poseía, no podía permitir que su corazón se consumiera sin más. Iba a acercarse a ellos, pero una mano en su brazo lo detuvo. Se volteó para ver a Miroku, que negaba lentamente con la cabeza.
— Sé lo que piensas, y es lo mismo que yo deseo, pero creo que lo mejor será que descansemos por esta noche — mencionó, señalando con su mirada a su hija y a la azabache —. Esto ha sido agotador para todos, mañana podremos buscar una solución con más calma y energía.
A regañadientes, el oji dorado aceptó la idea del moreno y se acercó a su compañera, tomó a la pequeña Miku para pasársela a Miroku y luego ayudó a la sacerdotisa a levantarse y también la cargó en su espalda, notando el cansancio de ella. Se volteó por última vez hacia la pareja de casados y los miró detenidamente.
— Será mejor que ustedes también descansen — les dijo, sin ocultar el leve fastidio que eso le causaba —. Miroku tiene razón, mañana veremos como solucionar esto. Así que, espero que la cuides. Si vuelve a ocurrirle algo, no vivirás para contarlo.
No esperó respuesta, simplemente se marchó caminanndo junto a Miroku, quien sólo le lanzó una dura mirada de advertencia al terrateniente antes de seguir a su amigo. Sin duda, iban a descubrir cómo sacar a Sango de esa oscuridad, porque ella se merecía ser feliz, fuera como fuera.
¿Y, fui muy mala esta vez? Espero que no, aunque falta para que las cosas se arreglen. De todas formas, ya eliminaron un gran problema. Así que habrá que esperar a que descubran cómo eliminar el otro.
AGRADECIMIENTOS especiales a mis fieles SangoSarait, azalyn shihiro y Sango Nube, y le doy la bienvenida a Aiida, saludos para todas :3 - estoy horriblemente endeudada en responder reviews, el tiempo no me alcanza v.v
Y me disculpo de antemano por el posible retraso del próximo capítulo, ya que estoy a un mes de terminar mi internado y entre el full estudio y los turnos, no creo que me quede tiempo para avanzar mucho. De todas formas, en cuanto pueda, retomaré la historia!
Un abrazo~
