DISCLAIMER: Los personajes no son míos, ya lo saben ^^U son de Rumiko Takahashi. La siguiente narración es creación propia y está hecha sin fines de lucro, con el propósito de entretener a los lectores.
SUMMARY: Y lo odiaba por eso. Por alejarse, luego de que habían reafirmado su promesa de casarse y tener una familia juntos. Luego de que ella venciera todos sus temores y se convirtiera en su mujer antes de la boda. Luego de que rompiera las promesas de celibato sólo por sus ojos... Por eso, ya no lo seguiría esperando.
Por tus ojos…
Capítulo XI
"Partida"
"Dentro de la interminable y tormentosa nieve, los 'adiós' se acumulan.
No podía alcanzar nada todavía, no podía comenzar a escapar.
Acabo de detenerme y lloré, lloré hasta que mi voz se marchitó.
Aunque el mundo siga girando,
sin ti, el paisaje se desvanece y pierde color."
— Snow Tears; Shoko Nakagawa —
El tenso silencio que dominaba el momento tenía incómodo al monje, pero no sabía cómo romperlo, simplemente le sostenía la mirada al terrateniente, quien parecía querer ver más allá de su semblante. Esos segundos se hicieron eternos para él, hasta que vio una sonrisa cruzar el rostro del castaño. Extrañado, levantó una ceja, no sabía cómo interpretar ese gesto.
— ¿Qué es lo que quiere decirme? — Preguntó, un tanto ansioso, si él iba a tratar el tema de Sango, le dejaría claro que no permitiría que ella fuera infeliz.
— Quiero saber qué es lo que quiere tener de vuelta en Sango.
Parecía una pregunta de doble filo, ¿acaso quería saber si él buscaba estar de nuevo a su lado? ¿Estaba tanteando el terreno para planear su siguiente jugada? Sin dejar de sostenerle la mirada, esbozó una sonrisa confiada.
— Que vuelva a ser ella. Eso es lo que quiero.
— En eso concordamos, pero ¿cómo sabrá si volvió a ser ella? Cada día está menos temerosa, pero sigue distante y reprimiéndose… Esa es mi pregunta, ¿qué quiere ver de nuevo en ella?
Miroku pensó un instante su respuesta, él sabía bien lo que quería volver a disfrutar, a sentir. Levantó la vista hacia el cielo, recordando todo lo que anhelaba y decidió compartirlo con el hombre que era responsable de que eso estuviese tan lejano.
— Deseo disfrutar de su sonrisa, ese gesto que puede detener el tiempo al contemplarlo, tan dulce y natural en sus labios; de su mirada llena de fuerza, decisión, alegría y esperanza infinitas, reflejadas en sus ojos; de su valentía, obstinación y terquedad, su determinación ante sus propósitos, su valor para seguir adelante, su lado tímido y delicado, femenino… quiero que su corazón vuelva a sentir todo lo que ella es, sin reprimirse, sin temer… quiero volver a tener frente a mí a la mujer que fue capaz de lograr que no pensara en nadie más después de ella.
Las orbes azules de Miroku brillaron cuando volvió a sostenerle la mirada a Kuranosuke, mientras decía lo último. Él sonrió de lado, con una expresión que el bonzo no logró descifrar del todo.
— ¿Y en algún momento se rendirá? ¿Se resignará si algún día se da cuenta que eso no es posible?
— Nunca. No voy a descansar hasta que lo logre, aunque me cueste la vida. Se lo debo a ella, y a Miku.
— Perfecto, esa era la respuesta que esperaba escuchar — los ojos del terrateniente brillaron de forma astuta, sin dejar de ver fijo a los del monje —. Hubiese sido bastante incómodo pedirle esto, si me hubiese dicho lo contrario.
El oji azulado levantó ambas cejas, confundido. ¿Qué estaría tramando el terrateniente esta vez?
"Al otro día…"
El sol regaba sus tibios rayos por toda la extensión del patio central del palacio, lugar en el que se encontraba la pequeña Miku jugando con InuYasha, ambos corriendo con energía mientras intentaban darse alcance.
Un poco más allá, sentado en uno de los extremos del terreno, estaba un pensativo monje observando la escena. Se pasó los dedos por la barbilla, recordando la conversación que había tenido el día anterior con el terrateniente. Extraña, esa era la palabra que describía a la perfección la petición que él le había realizado. Y debía aceptarla, lo sabía y eso habían acordado, pero le costaba encontrar una forma para que sus amigos, su hija y hasta la castaña lo aceptaran. Si ni siquiera él podía dar un argumento válido o creíble para eso.
"Pero no se preocupe de eso, me encargaré de la situación. Se lo prometo".
No confiaba mucho en las palabras del hombre, pero no le quedaba de otra que esperar y rogar porque las cosas resultaran lo mejor posible. Lo que más quería era volver a su hogar, pero no sabía si ésa era la forma adecuada. Suspiró, cerrando los ojos, quizá le estaba dando demasiadas vueltas al asunto, tendría que armarse de paciencia y esperar.
— ¿Qué tanto piensa, monje Miroku?
La voz fue acompañada de un suave peso en su hombro, el apoyo de la mano de la autora de la pregunta; le sonrió a su amiga y esperó a que ella se sentara a su lado para responder la pregunta. Sin duda eso pondría en alerta a la muchacha y quería estar preparado para responder sus dudas… aunque sabía que él mismo tenía demasiadas al respecto.
— Ayer tuve una extraña conversación con el terrateniente, sobre Sango — aclaró, con un tono profundo, más de lo que hubiese querido —. Después de hablar por un rato, él llegó a la conclusión de que lo mejor sería que nos fuéramos del palacio. Que volvamos a la aldea y jamás pisemos estos terrenos de nuevo.
— ¡¿Que, qué?! — Kagome estaba molesta y sorprendida, supuso que su reacción sería esa. Su grito llamó la atención del par que jugaba más allá, deteniendo su persecución para observarlos. — Digo, ¿cómo se le ocurre? Supongo que le dejó claro que eso no va a pasar…
— De hecho, no — Miroku cerró los ojos, estaba casi seguro de que ella le gritaría y quizá, hasta lo golpearía al escuchar su respuesta —. Acepté su propuesta. Deberemos abandonar el palacio luego de que dejemos claros algunos asuntos…
— ¡¿PERO QUIÉN SE HA CREÍDO QUE ES?! — No supo si el grito iba dirigido a su persona o a Kuranosuke, pero en ese momento ambos tenían la misma responsabilidad sobre eso. Pudo notar a Miku murmurándole algo al oído a InuYasha, y a él asentir, pero con una cara de confusión que en otras circunstancias, le hubiese causado gracia. — ¡Ni usted ni ese inepto del terrateniente tienen derecho a decidir algo así! ¡¿Acaso va a abandonar a Sango?! ¡¿Sería capaz de separar a su familia, de dejarla así?! ¡¿De…?!
— Señorita Kagome, por favor, cálmese y escúcheme un momento — Pidió el oji azulado, interrumpiendo el reproche de ella —. Sé que parece como si fuese a dejarlo todo, pero no es así, yo…
— ¡¿Cómo que no?! ¡Se irá! ¿Y qué pasará con lo demás?
— No me ha dejado explicarle, todo esto tiene un propósito…
— ¿Cuál, que Kuranosuke se quede con Sango? ¿Que usted se aleje para que no tenga amenazas? ¿Que Miku se vaya para que no queden rastros de su relación con ella? Dígame, ¿cuál de esos "propósitos" lo convenció de irse?
— Por eso le pedí que me escuchara, nadie dijo que Sango se quedaría aquí.
— ¿Qué?
El desconcierto en la cara de la azabache se mezcló de pronto con la sorpresa, y Miroku supo bien porqué; frente a ellos había descendido Kirara, y de su lomo saltó Kohaku, con apremio. Se acercó a paso rápido hasta el monje y lo saludó con un gesto, para luego mostrarle una pergamino enrollado, mientras hablaba.
— Su Excelencia, recibí su mensaje. Viajamos lo más rápido que pudimos, ¿dónde está mi hermana?
— Me alegra verte, Kohaku… Sango está en el Salón Principal, Kuranosuke me dijo que hoy debía tomar el té con otras doncellas del palacio — respondió el aludido, señalando el camino —. Y no te preocupes, no habrá problema en que la vayas a buscar.
El más joven asintió con la cabeza, para luego encaminarse raudamente hasta el lugar indicado por el bonzo. Antes de que él pudiese decir algo más, sintió el peso de las miradas en su persona. Se volteó y vio a sus amigos y a Miku atravesarlo con curiosidad y sorpresa.
— Creo que debes darnos una buena explicación, Miroku.
Él asintió con una sonrisa en el rostro, de verdad que todo eso era extraño, pero parecía ser lo mejor.
Distante como casi siempre, sólo asentía a los comentarios de las otras damas a las que acompañaba tomando el té. Sabía que era una ceremonia importante, pero los relatos de cómo el pequeño hijo de una de sus nobles había aprendido a ir al baño solo y el otro deseaba ser parte de la guardia, incluso Capitán, no le interesaban mucho. Suspiró suavemente, alejando el vapor que desprendía su taza para observar su rostro reflejado en el verdoso líquido y se mordió el labio inferior al recordar, inevitablemente, el beso del día anterior. Se sonrojó, sabiendo que el único que podía causar ese efecto en ella, era ese de azules ojos que sólo le traería problemas con su esposo. Negó con la cabeza, tratando de alejar esa imagen de sus pensamientos, no conseguiría sino sufrir de esa forma.
— Se-Señora Sango… — Una de las doncellas le recordó dónde y con quienes estaba; levantó la vista para mirar a la mujer que parecía preocupada. — ¿Se encuentra bien? Parece afligida por algo…
— Eh… No, estoy bien, sólo un poco cansada. Por favor, continúen — respondió ella, cortésmente. El resto de las muchachas asintieron y se dispusieron a seguir con su charla.
Tras unos segundos escuchando como sería la boda de una de las hijas de la mujer que estaba a su lado, unos golpes firmes en la puerta las volvieron a interrumpir. Una de las sirvientas se apresuró a abrir, para dejar pasar a Kohaku, con el semblante preocupado. Sango se quedó perpleja viéndolo, no sabía que él volvería a visitarlos tan pronto. Intentó articular algunas palabras adecuadas para recibirlo, pero no se le ocurrió nada. Sólo sabía que tenía ganas de abrazarlo y llorar en su hombro, pidiéndole apoyo…
— Buenos días — dijo el recién llegado, con una reverencia respetuosa —. Disculpen la interrupción, pero deseo hablar con mi hermana, si me lo permiten…
Las mujeres asintieron en silencio, mientras la castaña observaba extrañada aún a su hermano. Él se acercó, le tendió la mano para ayudarla a ponerse de pie y la guió fuera del Salón, dejando ese formalismo que sabía que ella detestaba, atrás. Una vez que se encontraron solos, Kohaku la miró detenidamente, sólo para darse cuenta que Miroku tenía razón: su hermana no era la misma. Suspiró, iba a sacarla de esa situación lo antes posible.
— Te extrañé. Me preguntaba si serías feliz con todo esto, o si podría ayudarte de alguna manera. Pero no creí que te encontraría así…
— No sé a qué te refieres, todo está bien.
El exterminador hizo una mueca de escepticismo, ella nunca había sido realmente buena mintiendo, menos sobres sus sentimientos. Sólo los ocultaba en batalla, para poder concentrarse, pero incluso en esos momentos, para quien la conocía tan bien como él, se podían leer sus emociones en sus ojos.
— Eso no es cierto, tú estás distinta — respondió él, sin ocultar la molestia que eso le provocaba —. No eres la misma Sango que dejé aquí hace unas semanas, no te sientes como ella…
— Kohaku…
Sango se quebró, su hermano era el único al que le podía confiar sus temores, era su único pilar válido. Él la abrazó con cariño y fuerza, permitiéndole llorar en su pecho. Ella se aferró a su hermano con ímpetu, quería encontrar refugio, tranquilidad y cariño en ese gesto, pero pese a que Kohaku le entregaba eso y más, no había forma de que ella pudiese volver a sentirse como antes. El menor le acarició la cabeza con cariño, no había visto llorar a su hermana así desde hacía mucho tiempo. Era hora de acabar con eso.
— Hermana, sé que el matrimonio no te ha hecho feliz y que, por el contrario, sólo te causó daño… Su Excelencia me contó a grandes rasgos lo ocurrido con el terrateniente y ese demonio y no puedo perdonárselo. No permitiré que sigas a su lado.
Se sorprendió al escuchar esas palabras, él no podía hacer nada, no podía anular la voluntad de su padre, ni su unión. Alzó su mirada hasta la de su hermano, reflejando cierto miedo en ella.
— No, debo cumplir todos esos compromisos y promesas, es mi deber. Lo que pasó no importa, tampoco lo que pueda pasar. Soy…
— Eres mi hermana, y mi deber es cuidarte — la seguridad que despedían tanto las palabras como el semblante del chico sorprendieron a la castaña —. Descubrí que nuestro padre jamás te comprometió, con nadie. Debí haber retrasado la boda hasta haberlo demostrado, pero confié estúpidamente en ese papel…
— No es verdad… mi señor Kuranosuke no habría mentido sobre ello — murmuró ella, aunque estaba confundida —. Además, a pesar de lo que digas, ya soy su esposa, eso no puedes cambiarlo…
— Pero, hermana…
— En eso te equivocas, querida — la voz de Kuranosuke los tomó por sorpresa, ambos se voltearon a verlo, sin saber cómo interpretar esa frase —. Hola, Kohaku.
— Buenos días, señor terrateniente.
— Me alegra que hayas venido, me gustaría que habláramos sobre el matrimonio. Como bien dices, tu padre no comprometió a Sango conmigo, así que nada de esto es válido. Si no les molesta, ¿podrían ir luego hasta el Salón Principal para que lo aclaremos?
— Pero mi señor, nosotros ya estamos casados, y…
— Pequeña, lo sé, pero no quiero que nuestra unión se base sobre un engaño. Iré a buscar al maestro de ceremonias para que lo hablemos. Me gustaría que también fuera Su Excelencia Miroku, si es posible.
— ¿Mi-Miroku…?
La muchacha estaba aún más extrañada que al principio. ¿Para qué quería que fuera él? ¿Acaso había visto el beso, o habrían hablado? ¿Tendría el monje algo que ver con la repentina decisión de su esposo? Abrió la boca para agregar algo, pero Kohaku la interrumpió:
— Claro, señor, yo mismo llevaré a Su Excelencia… y a Sango, para que aclaremos esto.
— De acuerdo. Los estaré esperando.
Kuranosuke se despidió con una sonrisa, para alejarse por el pasillo a paso rápido. Sango salió de su asombro sólo para mirar molesta a su hermano.
— ¿Qué es lo que están planeando? — Preguntó, en un tono que sonaba mucho más como ella, que los que había usado antes. — No voy a anular mi matrimonio, era el deseo de papá…
— No lo era — volvió a insistir el castaño, sosteniéndole la mirada a su hermana —. Fui en busca de respuestas, ya que todo esto me daba muy mala espina. Y las encontré: un viejo amigo de papá que vive al norte de aquí, me confesó las últimas voluntades de él. Era su confidente y guardaba su testamento, en el que dice claramente que eres su sucesora como capitán de los exterminadores y que no tienes compromisos más que con nuestra aldea. Se me explicó que nuestro padre deseaba que encontraras la felicidad por tu propia cuenta, él confiaba que tu corazón sabría elegir. Esto ocurrió pocos días antes de que fuésemos engañados por Náraku. Así que tampoco puedes decirme que quizá tu boda se acordó después de este testamento, porque lo dudo.
La castaña estaba perpleja. Nunca había visto a su hermano tan seguro y decidido sobre algo, ya era todo un hombre. Además, la historia que le relataba tenía mucho más sentido que lo que decía el acuerdo pre-marital que la había llevado a casarse con el terrateniente. Sin embargo, a pesar de todo, ella ya había hecho sus votos, ya era la esposa del terrateniente y señora del palacio, y no iba a arriesgarse a dejarlo. No, porque eso era lo más estable que tendría, no quería que nadie – en especial, Miroku – la volviera a lastimar.
— Aún así, debo responder, lo siento…
Kohaku negó con la cabeza y luego empezó a caminar. Ella lo siguió, sin comprender la actitud de su hermano.
— Te estás dejando consumir por esa oscuridad, es hora de que salgas a la luz. Quiero a mi hermana de vuelta.
Dicho esto, la tomó del brazo y siguió su camino. Buscaría al oji azulado, los llevaría al Salón Principal y terminaría con todo eso, esa misma tarde.
Caminaba tranquilo por el corredor, pensando en lo que podría pasar en las horas siguientes. Sus amigos y su pequeña hija habían comprendido la situación y se alegraron de que eso fuese a pasar, pero todos sabían que sería un desafío lograr que la castaña aceptara. Sí que lo sería. Al doblar en la esquina, vio a Kohaku y a Sango caminar en su dirección. Cuando ella lo vio, se soltó del brazo de su hermano para avanzar rápido y firme hacia él, con el rostro molesto. Llegó a su lado y lo abofeteó con fuerza, provocándole un leve zumbido en la cabeza.
— ¿Qué…? — Eso no se lo esperaba, ¿acaso Kuranosuke ya habría hablado con ella?
— ¡¿Qué fue lo que hiciste?! — Preguntó ella, sin dejar de asesinarlo con su mirada. Por lo menos lo seguía tuteando y esa explosión de ira sólo la había visto en ella, de todas formas seguía un poco confundido.
— No sé a qué te refieres, yo no he hecho nada…
— No mientas, Kuranosuke… digo, mi señor, desea hablar sobre el matrimonio, contigo presente — le informó ella, aún molesta —. ¿Le dijiste algo?
— Sí hablamos un poco, pero ten claro que fue él quien manejó el tema. Yo sólo escuché sus ideas. Si quiere que yo esté presente, no sé a que se deba, pero tendremos que averiguarlo.
— No quiero que vayas.
Tanto el monje como el exterminador se asombraron ante esa petición. ¿Por qué era tan obstinada? Miroku negó con la cabeza, mientras Kohaku sonrió levemente para llevarle la contra, como pocas veces lo había hecho.
— Lo siento, hermana, pero tendré que llevarlo con nosotros, eso dije que haría. Así que creo que lo mejor será no retrasar más las cosas y terminar con esto.
— Ustedes dos algo están planeando, me las van a pagar — murmuró, siguiendo el camino delante de ellos.
Los dos hombres intercambiaron miradas divertidas, se encogieron de hombros y la siguieron, seguros de que esa era una actitud más propia de la muchacha. Al parecer, estaba teniendo sus altibajos y a momentos, la guerrera salía a la superficie para hacerse notar. Sólo esperaban que eso terminara bien y no en alguna pelea o malentendido con ella.
Siguieron el recorrido por el pasillo en silencio, siendo observados de reojo de tanto en tanto por la muchacha, quien iba delante de ellos, molesta. No tardaron en llegar al Salón en el que los esperaban el terrateniente y el maestro de ceremonias, quienes examinaban un documento en detalle, bastante concentrados. Al sentirlos ingresar, alzaron la vista y Kuranosuke sonrió al verlos.
— ¡Me alegra que haya podido venir, Su Excelencia! Por favor, tomen asiento para que no nos retrasemos más — los recibió, indicándoles con gestos los lugares que estaban preparados junto a él y el hombre mayor, que esperaba con el documento en mano —. Bien, como le mencioné a Sango y Kohaku hace un rato, descubrí hace poco que el acuerdo que supuestamente fija nuestra unión, no fue firmado por su padre; por el contrario, es una falsificación que realizó mi padre, en un intento por complacer mi deseo de casarme con Sango… Dado que no puedo aceptar que este matrimonio se base en un engaño, he decidido anularlo. Nuestro maestro de ceremonias está de acuerdo, por lo que se encargará del papeleo que sea necesario para que ya no estemos casados…
— Pero no puede… es decir, nosotros ya… — Sango enrojeció, era difícil decir eso frente a ellos, pero era lo más normal, después de todo llevaban varias semanas juntos. — … Ya consumamos el matrimonio, eso no lo puedes anular…
Las últimas palabras fueron casi un susurro, seguramente ella no quería admitirlo. El anciano levantó la vista, interesado en esa aclaración, ya que eso cambiaba las cosas, por lo menos desde su perspectiva. Kohaku y Miroku aguantaron la respiración, un tanto nerviosos y dirigieron sus miradas hacia el terrateniente, quien no dejaba de ver fijo a la castaña, sopesando las palabras que diría a continuación.
— ¿Esa será tu excusa para mantener un matrimonio con el que no eres feliz? — Preguntó, sin dejar de sostenerle la mirada, ella sólo frunció un poco los labios como respuesta. — Si esa es la lógica, entonces desde el principio este matrimonio debería haber sido anulado… e incluso, ni siquiera celebrado. ¿Sabes por qué lo digo, verdad?
— N-No, no comprendo lo que quiere decir…
— Tienes una hija, cuyo padre no soy yo — aclaró el castaño, sonriendo levemente —. Eso pone las cosas de otra forma, ya que yo debí hacerme a un lado desde el principio… Consumaste una unión mucho antes de llegar a este palacio, ¿o me equivoco? Eso, si no mal recuerdo, también es una causa para anular un matrimonio, ¿o no, maestro?
El anciano asintió levemente, extendiendo el papel que tenía en su poder delante de ellos y sonriendo con lentitud, mientras sus arrugadas manos repasaban algunas líneas del escrito.
— El señor Kuranosuke tiene razón, había olvidado ese detalle tan importante… ¡la pequeña Miku! Podemos, entonces, dar por anulados todos los ritos, ya que no tienen validez en ese contexto. Ni siquiera necesito las firmas, el hecho basta por sí solo — explicó, en tanto sacaba el pincel y se disponía a firmar el largo documento —. Así que ya no están casados, ambos tienen ahora las mismas condiciones previas al matrimonio. Espero que esto los ayude a alcanzar su felicidad, ambos la merecen.
Dichas estas palabras, mostró el largo rollo de pergamino firmado por él y se lo entregó a Kuranosuke, quien lo recibió, leyó rápidamente y luego también firmó, cerró el documento y se lo devolvió al maestro, dándole las gracias antes de que se marchara. El anciano salió de la habitación a paso lento, arrastrando los pies como era normal a su edad, y cerrando tras de sí la puerta corrediza del Salón, dejando al resto de los presentes en un tenso silencio.
— Entonces… ¿eso es todo? — Preguntó el más joven de la sala, un poco confundido.
— No, no es todo, joven Kohaku — le respondió el terrateniente, dirigiéndose a su actual ex-esposa —. Ahora que ya nada te ata a seguir aquí, es hora de que elijas la vida que deseas tener.
— Yo… — La castaña cerró los puños, esta no era una situación a la que hubiese querido enfrentarse. — Yo debo seguir a su lado, hice una promesa…
— Y ya la di por cumplida, hace mucho — le respondió él, con una sonrisa.
— No es cierto, yo prometí estar con usted hasta el final…
— Y yo, protegerte y hacerte feliz — la interrumpió, no quería más excusas —. Tampoco fui capaz de cumplirlo, por eso te pido que ahora me dejes hacerlo.
— Pero yo… usted me ha dado todo lo que necesito, no entiendo porqué quiere alejarme…
— Porque te amo y deseo que sea feliz. Sé que no lo eres a mi lado, puedo sentir el ligero temblor que te recorre cada vez que te toco, aunque sea un simple abrazo; puedo ver el anhelo de algo más en tus ojos, el deseo reprimido de arrancar, de seguir siendo tú, de dejar de cumplir estas normas que no van contigo, de estar junto a tus seres queridos…
Ella agachó la mirada, todo eso era cierto, quería y anhelaba cambiar esa realidad, pero su responsabilidad era cumplir todo lo que había prometido, pese a lo que hubiese pasado. Ya había hecho sus votos, renunciando a lo que la vida le ofrecía. ¿Era posible volver a retomarlo? ¿Acabar así de fácil con todo eso, para recuperar sus sueños, su felicidad?
— Hay algo más. Dado todo lo que ha pasado, debo pedirles que abandonen el palacio lo antes posible. Agradezco su ayuda y todo lo que han hecho por nosotros, pero es necesario que se marchen. Este no es el lugar apropiado para que Miku concluya su entrenamiento espiritual y bueno… ya es tiempo de que vuelvan a su hogar. Espero que lo comprendan.
— Por supuesto, no es necesario que dé explicaciones. Nosotros agradecemos su hospitalidad.
La respuesta de Miroku le oprimió el pecho, como anticipándose a una separación para la que no estaba preparada. Ella no quería dejar el palacio, no podía hacerlo, pero tampoco podía mantener a su hija y a sus amigos ahí, menos si el terrateniente les estaba pidiendo lo contrario. De pronto, sintió el ardor de las lágrimas pujando por salir, arremolinándose en sus ojos mientras su vista se nublaba y su corazón parecía vacilar, indeciso. Apretó más los puños y cerró los ojos, no quería demostrar que eso le afectaba, ella era fuerte, no debía mostrar debilidad. Su hermano, Kuranosuke y Miroku no podían verla así…
Sintió movimiento a su alrededor, la puerta abrirse y cerrarse rápidamente y luego, unos gentiles brazos rodeándola con cariño. Abrió los ojos un tanto sorprendida, reconocía ese abrazo perfectamente y, a pesar de que debiese evitarlo, no hizo el menor esfuerzo en alejarse. Estaba cansada de luchar, por lo que se entregó a ese gesto, era lo que quería en ese momento. Sintió como él le acariciaba con cariño la cabeza, pasando delicadamente sus dedos entre su pelo, mientras la atesoraba en su pecho. Había olvidado lo reconfortante que era esa sensación… y las lágrimas salieron, liberando a su corazón de ese peso, del miedo a romper sus promesas, a no cumplir su responsabilidad. Él la dejó llorar en silencio, a pesar de que odiaba verla así, sabía que ella lo necesitaba. Tras unos largos minutos, Sango se calmó, dejando de llorar.
— ¿Te sientes mejor? — Preguntó él, sin separar el abrazo, ella asintió levemente en respuesta. — Me alegro. Sé que quizá estés molesta por todo lo que pasó, incluso confundida y de seguro no sabes qué hacer. Siempre he tenido claro que para ti, el deber y la responsabilidad son primordiales y lo respeto, pero creo que es hora de que los dejes de lado, aunque sea por esta vez, y escuches a tu corazón. Todos queremos que seas feliz, no desperdicies esta oportunidad. Te lo mereces, pequeñita…
El silencio volvió a imponerse, dejando en evidencia sólo sus respiraciones. La castaña se separó un poco del abrazo para mirarlo directo a los ojos, algo que hacia tiempo no pasaba.
— ¿Qué es lo que quieres tú, Miroku?
El monje se sorprendió un poco con la pregunta, pero luego tomó sus manos con cariño y le respondió:
— Eso no importa, pero si quieres saberlo… — Se acercó a ella y apoyó su frente en la suya, perdiéndose en su mirada. — Sólo hay algo que realmente deseo, y es ver tu sonrisa de nuevo… volver a verte feliz, no importa cómo ni con quien. Tu sonrisa sincera y llena de… ti. Eso es lo que quiero.
Sango se sonrojo levemente, suspirando ante la respuesta; luego se separó del oji azulado, esbozando una triste sonrisa, todo lo contrario a lo que hubiese esperado su acompañante.
— Si yo decido permanecer al lado de Kuranosuke y te pido que te alejes… ¿estarías de acuerdo?
El bonzo frunció el ceño, evidentemente molesto por la pregunta, pero luego exhaló pesadamente, como resignándose a la idea.
— No te mentiré, la idea me desagrada en absoluto — respondió, sin dejar de mirar a la exterminadora —. Pero si eres feliz así, realmente feliz, podría aceptarlo. Te amo y ya te lo dije, quiero verte feliz, sea como sea. Si eso implica que debo alejarme, lo haré. Puedo seguir adelante si tengo la certeza de que cumplirás tus sueños, aunque sea lejos de mí. Pero si eso no va a pasar, si no podré verte feliz, no me alejaré hasta lograrlo.
— Pero Miroku…
— Nada de "peros", es tu felicidad, la forma en la que quieres pasar el resto de tu vida. No puedes darle excusas a eso, sólo tienes que tomar la decisión correcta frente a las oportunidades que te da la vida. Ya no tienes responsabilidades que cumplir, tienes que dejar que tu corazón decida ahora — él le besó la frente con cariño antes de ponerse de pie y dirigirse a la puerta —. Iré a preparar mis cosas y las de Miku para el viaje.
Salió del Salón, dejando a la muchacha sola con sus pensamientos. ¿Qué debería hacer ahora? A pesar de tener la respuesta frente a sus ojos, no era capaz de verla.
— El clima está cambiando.
— Sí, el invierno se acerca.
— Quizá pronto caiga una nevada.
La conversación de pasillo que llegó hasta sus oídos le hizo sentido, ya que sentía en el aire el olor a nieve. Bufó levemente, llamando la atención de las dos muchachas que lo acompañaban.
— ¿Qué ocurre? — Preguntó la mayor, mirándolo con atención.
— Lo que dicen es verdad, si vamos a volver a la aldea, debemos salir pronto. Se acerca una nevada y es probable que la topemos en el camino — respondió él, con el semblante serio.
— Pues, vayamos a preparar nuestras cosas, entonces — sugirió ella, con una sonrisa —. Así no retrasamos la salida.
— De acuerdo.
Doblaron en la esquina, en dirección a sus habitaciones, cuando divisaron a Kohaku y al terrateniente charlando tranquilamente. La menor corrió hasta los brazos del exterminador, mientras ellos se acercaban con curiosidad, deseaban saber qué había ocurrido. Llegaron a su lado y los saludaron cortésmente.
— ¿Dónde están Sango y Miroku? — Preguntó sin rodeos, como era su costumbre.
— ¡InuYasha!
— ¿Qué? ¿Hice algo malo?
— Está bien, es normal que quiera saber de ellos — Respondió tranquilamente Kuranosuke, con una sonrisa —. Los dejamos solos un momento, creo que lo necesitaban. Además, si alguien puede traer de vuelta a Sango, es él.
— ¿Y ya anularon el matrimonio? — Volvió a preguntar el platinado.
— ¡InuYasha, ya basta! — Le reclamó la azabache, molesta. — ¡Deja de ser tan directo! ¿Tacto, lo recuerdas?
— ¿Eh? ¡Pero si no he hecho nada malo, sólo quiero saber!
— No hay problema, señorita Kagome, no me molestan sus preguntas. Sí, ya está anulado el matrimonio. Sango no tiene ninguna responsabilidad conmigo ahora.
— ¡Genial! ¡Ahora podremos llevárnosla sin pretextos!
— Nadie se llevará a nadie, ella debe decidir ir.
La voz de Miroku los interrumpió – en el momento preciso, pues InuYasha estaba a punto de ser atacado por un "abajo" –, llegando a su lado con calma. Todos le lanzaron miradas interrogadoras, esperando que él les revelara qué había pasado entre Sango y su persona. El oji azulado suspiró, sabía que lo que ellos deseaban escuchar no era lo que les iba a contar, pero no podía cambiar la situación.
— Sango está mejor, aunque aún duda sobre qué decisión tomar. Confío en que su corazón será más fuerte esta vez y que decidirá acompañarnos, aunque aún existe la posibilidad de que eso no ocurra.
— ¿Qué haremos, entonces? — Preguntó el hanyō, cruzándose de brazos.
— Preparar nuestras cosas para el viaje, no nos queda nada más por hacer.
Sus amigos asintieron y cada cual se dirigió a sus habitaciones para empacar, sabiendo que ahora todo dependía de la castaña. Después de todo, la decisión volvía a recaer en su corazón y esperaban que esta vez pudiera ver más allá de sus tormentos.
InuYasha pronto volvió junto a Kagome, para ayudarla con sus pertenencias, que eran más que las que él llevaba consigo. Mientras guardaban un par de prendas, él rompió el silencio, que lo tenía bastante incómodo.
— ¿Crees que ella tome la decisión correcta?
La sacerdotisa lo observó un par de segundos para luego suspirar, estaba casi segura de lo que pasaría si dejaban las cosas en manos de la terca de su amiga.
— Creo que, si realmente no decide ver lo que está frente a sus ojos y hacerle caso a lo que siente su corazón, es difícil que admita que debe volver con nosotros a la aldea — respondió ella, un poco molesta al saber que su amiga era tan obstinada.
— Vaya que son complicadas ustedes… Sigo pensando que lo mejor es que la secuestremos.
— No, InuYasha, es ella quien debe darse cuenta. Miroku tiene razón, si la obligamos, sólo estará con nosotros peleando con todo, y así menos encontrará su felicidad. Es mejor esperar, en algún momento conectará de nuevo con sus sentimientos.
— De acuerdo, pero estoy harto de todo esto. No quiero seguir arriesgando su bienestar, pero tampoco me quedaré a esperarla. Quizá sea hora de que nos preocupemos de nosotros.
— InuYasha…
Kagome dejó sus prendas a un lado y se acercó, le acarició suavemente el rostro, para luego besarlo apasionadamente en los labios. El gesto sorprendió al ambarino, que se sonrojó en sobremanera y correspondió. Se separaron luego de unos instantes, para mirarse fijamente.
— Está bien, esperamos por mucho tiempo… pero tampoco podemos dejar a Sango de lado.
— Nadie dice que lo haremos, sólo debemos enfocarnos en nosotros… ella tiene a Miroku y Miku para que la hagan darse cuenta de la realidad.
Ella sonrió al escuchar las palabras de su compañero, sabía que estaba preocupado por sus amigos, pero de seguro esa era su forma de demostrar la molestia que sentía con lo que estaba ocurriendo. Probablemente, luego le reclamaría a la exterminadora todo lo que había ocurrido. Pero por ahora, sólo les quedaba esperar.
Miku observaba a su padre guardar las pocas cosas que tenía, absorta en sus reflexiones. Quería que su madre los acompañara, pero su sexto sentido le decía que eso no era tan factible. Frunció los labios, ¡cómo le gustaría hacerle caso a su tío InuYasha y llevarse a su madre, sin preguntarle nada! Pero sabía que no era lo correcto, si hacían eso, la oscuridad en el corazón de la exterminadora jamás la abandonaría. Por eso era importante que ella misma decidiera alejarla de su persona, y confiaba en que podría hacerlo, pero no sabía si sería pronto. Soltó un largo suspiro, quería que eso se solucionara pronto, ya se estaba agotando con todo lo que ocurría.
— Te ves cansada, ¿te sientes bien?
La voz de su padre la sacó de sus pensamientos: él la observaba con detenimiento, seguramente preguntándose que era lo que pensaba. Ella le sonrió, no quería preocuparlo de más.
— Sí, estoy bien, sólo pensaba en mamá.
— No te preocupes, ella vendrá con nosotros. La sangre tira, y la tuya es muy fuerte. Así que no pienses más en eso. ¿Vamos por tus cosas?
La menor asintió, caminando junto a su padre hasta su habitación. Recorrió con la vista sus cosas, percatándose en ese momento que no podrían cargar con todo. No sabía a cuánto estaba la aldea donde vivía su padre, pero de seguro no era un camino corto y cargar muchas cosas sólo enlentecería su paso. Pensó en la situación e imaginó los reclamos de su tío InuYasha, especialmente si se encontraban con una nevada en el trayecto. Suspiró, podía dejar algunas cosas atrás, pero hacer una selección le llevaría tiempo; además, aún así tenía muchas cosas que llevar, considerando que se mudaría de hogar. Caminó por la habitación, pensando en lo que realmente era importante, mientras su padre la observaba con cierto apremio.
— ¿Qué ocurre?
— Supongo que no podemos llevar tanta carga, por lo que pienso qué es lo que debo empacar.
— ¿Y tienes muchas cosas?
La pequeña le sonrió, se acercó a una puerta que estaba al costado de su habitación y la abrió, dejando a la vista una gran cantidad de kimonos, la mayoría finos; armas, entre las que destacaban varias espadas y navajas de distintos tamaños; varias muñecas, que se veían con poco uso; y su traje de exterminadora, además de pergaminos y otros artículos de uso espiritual. Miroku alzó una ceja, sorprendido: eso era más de lo que hubiese imaginado, pero luego suspiró, era normal que tuviese todo eso, ya que era la hija de la futura esposa del terrateniente y de seguro la consentían como a una princesa. Se acercó a ella y, mirando con detenimiento las cosas, le preguntó:
— ¿Deseas llevarte todo esto?
— ¡Claro que no! — Contestó ella, negando con la cabeza. — Los kimonos sólo los uso en ocasiones formales, para entrenar suelo usar este de acá o mi traje de batalla — señaló ambas prendas, luego paseó la mirada por el resto de las cosas para seguir —. Las armas son regalos de mamá o de mi tío Kohaku, por lo que sí deseo conservarlas, y lo demás… — Miró los artículos espirituales y dudó un poco.
— ¿Qué pasa con lo demás?
— Bueno, son cosas que mamá y yo logramos obtener de algunos monjes y sacerdotisas que andaban de paso por la aldea y el palacio. Intentaron guiarme para que dominara mis habilidades, pero nadie pudo enseñarme a usar esto… — La voz de la pequeña denotaba decepción, lo que fue como una puñalada en el corazón de Miroku.
— ¿Te gustaría aprender?
La pequeña lo miró con los ojos abiertos y brillantes por la emoción, tratando de disimular su entusiasmo, aunque él estuvo seguro de que tenía ganas de saltarle encima de alegría.
— ¡Claro que sí! Es decir, yo… ¿crees que pueda?
— Por supuesto que sí, yo te ayudaré y conozco dos personas que también estarían encantadas de ayudarnos — contestó el oji azul, acariciándole la cabeza con cariño —. Así que esas cosas también las llevaremos… ¿y las muñecas…?
Ella frunció el ceño, mirando los juguetes con cara de pocos amigos, como si ni siquiera quisiera pensar en eso.
— A Miku nunca le gustó jugar con muñecas — la voz de Kohaku llamó su atención, ambos se voltearon para mirarlo mientras él se acercaba —. Creo que eso sería una carga menos, ¿no?
— Sí, pero… de todas formas, debo dejar cosas acá, no podemos llevar todo…
— Bueno, en eso tienes razón — Kohaku hizo una pausa para luego sonreírle a la pequeña —. Por cierto, el terrateniente desea hablar un momento contigo, Miku.
— ¿Conmigo? — Ella parecía confundida, al igual que el monje, el castaño asintió en respuesta. — Bien, en seguida vuelvo.
La menor salió rápidamente, dejando solos a los dos mayores; Miroku miró interrogante al exterminador, quería saber para que buscaba el señor del palacio a su hija.
— No se preocupe, quiere darle un regalo.
— ¿Un regalo?
— Sí, él supuso que Miku querría llevarse la mayoría de sus cosas, así que quiere ayudarla.
— ¿Y cómo…?
La duda del moreno fue interrumpida por un grito de alegría que provenía del sector del patio que estaba justo fuera de la habitación. Lo reconoció de inmediato como de su pequeña, pero eso lo confundió aún más.
— Le obsequiará un caballo.
Miroku sonrió, eso de verdad le sería útil a la pequeña para llevar sus cosas. La pequeña regresó con la cara aún más radiante de felicidad, seguida del terrateniente, y comenzó a ordenar sus cosas, con apremio. El bonzo se acercó al autor del regalo, también feliz por su pequeña.
— Muchas gracias, esto ayudará mucho a Miku.
— No debe agradecérmelo, ella se lo merece. Además, soy yo quien debe agradecerles a ustedes, no puedo encontrar una forma en la que retribuirles lo que han hecho por nosotros…
— Supongo que ambos sólo queremos algo: que Sango sea feliz.
El aludido asintió, eso era lo que deseaba de corazón. Los dos guardaron silencio mientras observaban a la pequeña y su tío ordenar las cosas que llevarían en el viaje. Luego de unos minutos, Kuranosuke se retiró, dejando a los tres solos para que finalizaran los preparativos para el viaje. Después de todo, eso sería el inicio de otra etapa en sus vidas, y él no era parte de ella.
El tiempo había transcurrido rápido mientras el grupo preparaba su partida. Los habitantes del palacio estaban bastante expectantes de la situación, especialmente después de que la noticia de que el matrimonio se había anulado, llegó a todos los rincones. Muchos murmuraban sobre la posible partida de la exterminadora con los visitantes, y varios criticaban la situación, argumentando que la protección de la muchacha y su hija era única y no podían dejarla ir.
Ella trataba de ignorar todo eso, aunque era imposible. Pensaba que su deber era permanecer en el lugar, protegiéndolo tal como había prometido después de que el terrateniente y sus sirvientes la acogieran con las puertas abiertas. Pero, a pesar de eso, algo muy profundo, un deseo casi oculto, le hacía sentir que debía alejarse. Marcharse junto a su hija y a sus amigos, volver a esa aldea que hacia tanto no veía. Sin embargo, ¿cuál era la razón para volver? Allí no tenía nada, por algo se había ido tiempo atrás. Porque no podía seguir esperando, no podía vivir de sueños, promesas, anhelos. Ella deseaba algo real, y nunca lo tuvo en esa aldea… quizá nunca lo tuvo, en realidad.
"Te amo y ya te lo dije, quiero verte feliz…"
Sintió los ojos arderle de nuevo y esa extraña sensación de nuevo oprimirle el pecho. Si eso no era real, ¿por qué se sentía así? Él había dado muchas cosas por ella, habían pasado por tanto juntos, se habían hecho muchas promesas… Pero eso fue en el pasado, y no estaba segura de poder recuperar esos momentos, ni siquiera sabía si podía volver a estar con él…
Levantó la vista al escuchar las voces de sus amigos acerándose a la puerta principal del palacio, y los vio con sus cosas empacadas, listos para partir. Sintió un nudo en el estómago, especialmente cuando vio a su pequeña hija tomada de la mano de su padre, preparada para marcharse. Se puso de pie y se acercó, debía despedirse y hacer frente a la decisión que había tomado.
— Seguro, vendré a visitar a Sango y le traeré noticias de ella — Kohaku parecía estar acordando algo con Kuranosuke, quien asintió con una sonrisa.
— De acuerdo, porque quiero saber cómo crece esta pequeña — respondió él, sonriéndole a la menor —. Recuerda que si necesitas algo, puedes contar conmigo.
— Gracias, señor terrateniente — Miku hizo una leve reverencia con la cabeza, para luego mirarla a ella de forma penetrante —. Ahí viene mamá.
Todos dirigieron su mirada hacia ella, lo que la hizo sentir un horrible peso sobre sus hombros, pero siguió caminando hasta llegar a su lado y les sonrió de forma educada, aunque con tristeza en los ojos.
— ¿Ya se marchan?
— Así es, no queremos toparnos con la nevada aquí, aunque parece que ya es tarde para eso — respondió InuYasha, un tanto mordaz, mirando ahora el cielo —. La nieve pronto comenzará a caer.
— Entonces es hora de partir — dijo Kohaku, haciéndole un gesto a Kirara para que se acercara.
— De acuerdo.
Miku saltó a los brazos de su madre y le dio un cálido beso en la mejilla y un fuerte abrazo, susurrándole que la extrañaría y que esperaba que pronto fuera a verlos. Luego se alejó y le pidió ayuda a Miroku para montar en su caballo. Mientras su pequeña ajustaba las riendas, los demás se despidieron de ella con afectuosos abrazos y pidiéndole que pronto fuera a la aldea; a excepción del hanyō, quien le lanzó una mirada acusadora, con los brazos cruzados tras su cabeza, molesto.
— No pienso despedirme, no vine hasta aquí para decirte adiós, después de todo.
Ella simplemente asintió con la cabeza, comprendiendo el enojo de su amigo. Él comenzó a andar, seguido por los demás, menos el monje, quien se quedó rezagado esperando para despedirse de ella.
— Así que… decidiste quedarte.
— Lo siento, debo hacerlo… — Murmuró ella, agachando la mirada, sentía que en cualquier momento rompería en lágrimas.
— Está bien, era tu decisión, después de todo. Nadie puede obligarte a nada, sólo tú eres dueña de tu vida, recuérdalo — él le sonrió, aunque ella pudo notar el dolor que manaba de sus ojos; dolor que la atravesó como una daga envenenada. Él se acercó y la abrazó con cariño, pudo sentir que algo más le transmitía con ese gesto, pero no lograba descifrar qué —. Que seas muy feliz.
Sango quedó paralizada al escuchar esas palabras, que le hicieron eco en lo más profundo. El abrazo terminó y Miroku se alejó por el camino, rápidamente para alcanzar a sus amigos. La castaña se llevó la mano al pecho instintivamente y presionó con fuerza la joya que llevaba siempre consigo, buscando una respuesta.
¿Qué significaba ese dolor tan profundo?
Está bien, pequeños lectores, acá está. Creo que se va acercando el final, aunque siempre puedo complicar un poco las cosas. En fin, la vida es así.
Espero traer una actualización pronto. Deséenme suerte, ya que el viernes doy el tan jodido examen y sólo quiero aprobar.
Saludos y agradecimientos especiales a Aiida, SangoSarait, Sango Nube y Azalyn Shihiro. ¡Gracias por darse el tiempo de comentar, espero que este cap sea de su agrado también!
Y a todos los que leen... ¿podrían dejar un pequeño comentario, al menos?
Bueno, me despido para seguir estudiando, espero estarnos leyendo prontos, ¡un abrazo!
Yumi~
