DISCLAIMER: Los personajes no son míos, ya lo saben ^^U son de Rumiko Takahashi. La siguiente narración es creación propia y está hecha sin fines de lucro, con el propósito de entretener a los lectores.
SUMMARY: Y lo odiaba por eso. Por alejarse, luego de que habían reafirmado su promesa de casarse y tener una familia juntos. Luego de que ella venciera todos sus temores y se convirtiera en su mujer antes de la boda. Luego de que rompiera las promesas de celibato sólo por sus ojos... Por eso, ya no lo seguiría esperando.
Por tus ojos…
Capítulo XIII
"Adelante, juntos"
"Por favor, déjame llevarte
fuera de esta oscuridad y hacia la luz,
porque tengo fé en ti,
de que vas a superar otra noche.
Deja de pensar en la salida fácil,
no hay necesidad de ir y apagar la vela,
porque no estás acabada.
Eres demasiado joven
y lo mejor está por venir."
— Lullaby; Nickelback —
— Estás sucia. Por dentro y por fuera, y jamás dejarás de estarlo. Estás marcada por la deshonra, eres basura y nunca le darás lo que él se merece.
— Basta, eso no es verdad…
— Claro que lo es. ¿O acaso lo que viviste en el palacio es mentira? Sabes que no tienes lo que él desea, eres nada. Aunque te jure amor eterno, aunque se case contigo, pronto se volverá a fijar en otras mujeres. Más cuando no seas capaz de responderle como él desea en la intimidad. ¿Lo has pensado? Él es un pervertido, si tú no cumples sus expectativas en la cama… te hará a un lado. Siempre ha sido un galán y no le costará para nada encontrar a alguien más.
— Es suficiente, estás mintiendo.
— Oh, ¿sí? ¿Miento? Si es así, ¿por qué dudas? ¿Acaso esa sensación angustiante también es mentira? Él tiene un pasado que jamás conocerás del todo, quizá ahí busque consuelo cuando le falles. O en cualquier otra mujer, después de todo cualquiera podría ofrecerle algo mucho mejor que tú…
— ¡Cállate!
Volvió a reclamarle a la noche, despertando agitada y llevándose la mano al pecho, también estaba angustiada. Cerró los ojos, tratando de tranquilizarse, sólo eran sueños, estúpidos sueños. Pero lo que le hacían sentir era real, demasiado para su gusto. ¿Hasta cuándo tendría que seguir luchando contra eso? Sólo quería poder tener una noche tranquila, sin miedos que la despertaran de la nada. Buscó alrededor, tratando de distinguir algo con la escasa luz de los leños que terminaban de consumirse. Sólo logró ver bultos, sin poder determinar de quien era cada uno. Suspiró, tendría que probar otro método.
— ¿Miroku?
Sintió el abrazo protector de él y el peso de su manta sobre sus hombros, abrigándola gentilmente.
— Aquí estoy, pequeña — le dijo, sin dejar de abrazarla —. ¿Otro mal sueño?
— Sí…
— ¿Quieres hablar sobre eso?
Ella asintió levemente con la cabeza, tomando sus manos y poniéndose de pie, invitándolo a seguirla, no quería que nadie los escuchara, porque sabía que esos miedo eran tontos pero, si en algo tenía razón esa voz que la angustiaba todas las noches, era que lo que sentía y había vivido era real.
Caminaron unos metros hasta llegar junto a un riachuelo congelado, donde ella le señaló un árbol de enormes raíces para que se sentaran. Tras unos cuantos segundos de silencio, se armó de valor para sacar afuera todo lo que la afligía.
— Yo… creo que esos sueños son algo más — murmuró, buscando protección en los brazos de él, por alguna razón le aterraba hablar sobre eso —. Todas las noches, esa voz comienza a susurrarme, infundiéndome miedos que, aunque mi mente me asegure que no pasarán, en lo más profundo de mi corazón temo que sí, porque alguna vez los tuve demasiado presentes. Además, me… me hace revivir… todo lo que… lo que…
Su voz había comenzado a temblar y las lágrimas no se hicieron esperar, Miroku pudo ver el terror y angustia en sus ojos y apretó el abrazo, recordándole que ahora él estaba con ella.
— Sango… — Le besó la frente y soltó un suspiro, le dolía verla así pero sabía que para la castaña revelarle todo eso no debía ser fácil, por eso él la ayudaría a superarlo. — Lo que pasó es horrible, me lastima en lo más profundo sólo pensar en eso, en lo que debiste haber pasado… Yo… yo debería haberlo evitado — apretó los puños, tenía rabia e impotencia, porque ahora no podía hacer nada para borrar lo que ella había sufrido. La acercó más a su cuerpo, quería que supiera que ya no la volvería a dejar sola —. No sé cómo enfrentarlo ahora, porque haga lo que haga, seguirá siendo algo que pasó. Pero no permitiré que nada te vuelva a dañar otra vez, lo prometo.
Sango se acurrucó un poco más en su pecho, sin dejar de llorar. Quería ser la chica de antes, pero todo eso la abrumaba y no sabía por donde empezar. Miroku le daba todo lo que estaba a su alcance para que se sintiera bien, para que fuera feliz, pero aún así…
— Los… los miedo de los que te hablé… — murmuró, intentando seguir adelante con lo que había empezado. — Antes había tenido algunos, pero después de todo lo que pasamos, los superé. Sin embargo, ahora volvieron y se hacen más fuertes con todo lo que pasó… yo quisiera tener la certeza de que nada de eso ocurrirá y… no sé, siento que así podría empezar a superarlo…
El oji azul le besó la cabeza de manera tierna, él quería que todo se solucionara y haría hasta lo imposible por aliviar el afligido corazón de su compañera.
— ¿Y cuáles son esos miedos?
— Yo… — A pesar de la oscuridad, él pudo notar como sus mejillas se tornaron levemente rosadas antes de responder. — Tengo miedo de no ser suficiente para ti. De que te aburras pronto de mí, que te canse mi personalidad y mis celos, que mi cuerpo no sea atractivo para ti por las cicatrices, que luego la rutina nos gane… que busques a alguien más si yo… s-si yo n-no p-puedo…
Volvió a tartamudear, sin ser capaz de terminar la frase, aferrándose un poco más a las ropas del monje. Él comprendió lo que estaba tratando de decirle, sabía que eso sería difícil, en especial para ella.
— Sango, ¿confías en mí? — Le preguntó mientras le tomaba cálidamente las manos, ella asintió con un gesto. — Entonces confía en lo que siento. Sé que me hice una fama por mi comportamiento en el pasado, pero después de conocerte… no podría decirte qué fue exactamente lo que me cautivó: si tu increíble fuerza y determinación, o tus exagerados celos; o tu belleza única, o los ágiles y seductores movimientos en el campo de batalla; no sé si fue cuando descubrí tu gran corazón, o después. Fue algo que nació sin que me diera cuenta, y me sorprendí al ver lo profundo que llegaron a ser los sentimientos que despertaste en mí. Te lo dije una vez, no había sentido nada igual por otra mujer antes. Y tampoco después — hizo una pausa para regalarle una sonrisa a su compañera antes de seguir —. Si hay algo que deseo, es vivir junto a ti el resto de mis días. Que me celes cuando lo sientas necesario. Que me des el privilegio de envejecer a tu lado, aprendiendo juntos lo que la vida nos quiera enseñar. Por favor, déjame demostrarte que todo eso que soñamos un día, puede ser verdad.
La castaña sonrió, por sus mejillas se deslizaban silenciosas lágrimas, pero de alivio, porque con cada palabra, la presión que angustiaba su corazón iba cediendo, dejando un sentimiento reconfortante en su lugar. Él la conocía y así quería seguir con ella.
— Gracias… y perdón, sé que todos esos miedos son tontos…
— No digas eso. Todos tenemos miedos, pequeña. Yo también temo que pasen algunas cosas, y eso es normal porque somos humanos y tememos equivocarnos, o que nos dañen. Pero hacerles frente requiere de mucho valor… y más después de todo lo que has pasado. Sigues siendo la mujer más fuerte que conozco.
El silencio volvió a apoderarse del momento, mientras ellos sólo dejaban que pasara el tiempo, contemplando el reflejo de la luna en la superficie cristalina del agua congelada. Ambos disfrutaban estar así, sintiendo el respirar del otro suavemente. De pronto ella presionó suavemente las manos de su compañero, llamando su atención.
— Miroku, dijiste que también temías algunas cosas… — Murmuró casi como para ella misma. — ¿A qué le temes?
— Yo tengo miedo de decepcionarlas, de no ser capaz de darles todo lo que necesiten, de todos modos, ustedes vivían en un palacio y de seguro eran tratadas como verdaderas princesas. O que algún error pasado aparezca de pronto y te alejes de mi lado nuevamente. Que encuentres a alguien que sea más digno de ti, al fin y al cabo, tienes todo lo que podría desear un hombre en una mujer… al parecer, nuestros miedos no son tan distintos después de todo.
— No debes pensar eso, yo no me alejaría por cosas así… Y tampoco es como si alguien fuese a aceptarme así como así, con una hija, después de lo que pasé y mis cicatrices…
El moreno rió por lo bajo, desconcertando un poco a su compañera.
— No quiero que te molestes, pero eres la mujer más sexy que he conocido… y me encanta cada centímetro de ti, con o sin cicatrices. Además, esas marcas sólo me hacen recordar lo fuerte y valiente que eres. Y yo también tengo las mías. Deja de pensar en eso.
— De acuerdo…
— Prométeme que confiarás en mí y seguiremos en esto, juntos.
— Está bien. Lo prometo.
Los dos sonrieron, mucho más aliviados ahora que habían enfrentado esos temores. Sólo les quedaba seguir adelante, confiando el uno en el otro. Luego de unos minutos, volvieron con sus amigos para dormir lo que les quedaba de noche, esta vez sin interrupciones.
"Un par de días más tarde…"
El sol por fin había decidido asomar, perezoso, entre las nubes, entibiando el ambiente. Las capas de nieve que cubrían el suelo eran gruesas y se hacía difícil avanzar sin ayuda. Habían decidido tomar un descanso para comer, por lo que se instalaron en un claro junto a algunos árboles cargados de nieve.
Todo estaba tranquilo y ya estaban cerca de la aldea; pese a ello, InuYasha se encontraba inquieto. Se había alejado del grupo, sin decir nada, pero sus compañeros pudieron notar que algo le pasaba. Sin poder soportar la incertidumbre, Kagome había decidido buscarlo para averiguar qué era. Lo encontró apoyado en el tronco de un árbol, mirándola fijamente, de seguro la había sentido acercarse.
— ¿Te encuentras bien, InuYasha?
Él no dijo nada, tampoco cambió la expresión preocupada de su rostro. Eso no le estaba gustando a la sacerdotisa.
— Yo no soy el problema — dijo de repente, alertando a la muchacha.
— ¿Y entonces, qué pasa?
El oji dorado le dirigió una mirada profunda, llena de inquietud y un poco de angustia. Kagome no sabía como interpretar ese gesto, estaba comenzando a asustarse. InuYasha tardó unos segundos en volver a hablar, no sabía como decirlo, pero estaba seguro. Lo había sentido, igual que hacía 6 años. Sólo que esta vez, las circunstancias eran distintas. Soltó un bufido.
— Sango está esperando — masculló finalmente, confundiendo a la chica, quien frunció las cejas.
— ¿Esperando…? — Eso no tenía sentido para ella, ¿qué podía estar esperando su amiga…? De pronto cayó en cuenta y palideció, llevándose las manos hasta la boca y cubriéndosela por la sorpresa. — ¿Ella está embarazada? — InuYasha asintió en respuesta, ahora ambos intercambiaron miradas preocupadas. Eso sería complicado. — ¿Estás seguro?
— Hace días que tenía la sospecha, pero hoy pude escuchar el corazón del cachorro.
— ¿Crees que ella lo sepa? — Kagome se mordió el labio inferior, estaba nerviosa.
— No, si lo supiera no estaría así de tranquila. Tengo que decirles, pero no sé cómo.
Kagome se sentó a su lado, apoyando su cara en sus manos y cerrando los ojos para pensar. Era seguro que ese hijo era del terrateniente y eso haría dudar aún más a su amiga. Podría darle fuerzas a la oscuridad, y no podían permitir eso. Es decir, ella ahora parecía estar mejor, más alegre y ese día, en especial, sus ojos brillaban de forma dulce y esperanzada, como antes. Suspiró, eso no se veía como algo bueno, además… ¿cómo reaccionaría Miroku? Él no la dejaría, pero ¿cómo afrontaría el embarazo…?
— Esto no tiene buena pinta, si Sango se entera va a querer volver… — Dijo la azabache, frustrada.
— Lo mejor será hablarlo con Miroku primero — concluyó InuYasha, mirando en dirección al lugar en donde se encontraban los demás —. Él debe saberlo, quizá podamos llegar a una solución…
— Espero que así sea…
Ambos suspiraron y luego decidieron ir hasta donde sus amigos para comer. La idea era no levantar sospechas, aunque podía ser demasiado tarde para eso. De todas formas, algo tenían que hacer.
Llegaron a su destino y trataron de disimular la preocupación. Sin embargo, Miroku había viajado suficiente tiempo con el hanyō y sabía cuando algo le pasaba. Presintiendo eso, InuYasha se preparó para lo que, estaba seguro, vendría después.
Miku correteaba tras Kirara mientras Sango se reía al ver sus piruetas, Kohaku se encargaba del almuerzo ese día. Miroku miró de reojo la dirección que había tomado Kagome y entrecerró los ojos, preocupado.
Sabía leer a su amigo a la perfección, por lo que estaba casi seguro de que InuYasha le estaba ocultando algo. Ahora, la pregunta era qué. ¿Acaso había percibido algo con sus agudos sentidos que él, como monje, no podía sentir? Por la actitud del platinado, no dudaba de que lo que fuese que estaba pasando, a él no le gustaba para nada. Su pecho se oprimió de pronto ante esa idea, pero no supo por qué.
— ¡Mamá!
La voz de su hija lo alertó, se volteó inmediatamente a verla y se encontró con la exterminadora en el suelo, inconsciente. Tanto Kohaku como él se acercaron, preocupados. Miroku tomó a Sango en sus brazos mientras el castaño le llevaba un poco de agua.
— Sango, ¿me escuchas? ¡Sango!
La muchacha apretó los párpados antes de abrir los ojos de nuevo, lenta y débilmente, tardándose unos segundos en poder fijar la mirada. Recibió el agua que le dio su hermano y tomó un sorbo corto, para luego llevarse la mano a la frente, confundida.
— ¿Qué ocurrió?
El oji azulado la abrazó, besándole la frente con cariño antes de responderle. A su lado estaba su pequeña hija, quien los miraba expectante, no comprendía qué pasaba. Y ellos tampoco, en realidad.
— Te desmayaste mientras observabas a Miku jugar con Kirara — la gata maulló, dándole la razón al monje.
— Sólo recuerdo que todo se volvió negro y de pronto, me sentí sin energías…
— Puede ser la fatiga, de seguro te sientes mejor después de comer — le dijo Kohaku, ofreciéndole más agua. Ella aceptó, bebiendo otro poco antes de volver a hablar.
— Sí, de seguro fue eso… igual desayunamos hace bastante rato.
El bonzo y Miku se quedaron junto a ella en tanto el exterminador volvía su atención a la comida.
Al rato volvieron InuYasha y Kagome, un poco ensimismados pero no quisieron hablar sobre lo que les afligía, simplemente dijeron que pronto conversarían sobre eso.
El almuerzo se llevó a cabo en un extraño ambiente de preocupación y cautela, incomodando un poco a los viajeros. Después de eso, decidieron continuar el viaje aprovechando la luz del día para avanzar. Si tenían suerte, quizá llegaran a la aldea al día siguiente.
Entusiasmados con la idea, iniciaron la marcha, pero Miroku iba atento a Sango, pues temía que ese desmayo no fuese sólo por fatiga.
"Por la noche…"
Se instalaron bajo el amparo de una pequeña construcción de madera ubicada a las orillas del camino, donde prepararon la cena y luego, se fueron a dormir.
Todos descansaban en silencio. Él se aseguró que todos durmiesen y luego salió del refugio, dirigiéndose al árbol en el que se encontraba su amigo.
— InuYasha, tenemos que hablar.
El hanyō bajó de un salto para llegar a su lado, mirándolo de forma seria y profunda. Eso no le gustó para nada al monje, por eso tenía que conversar con él, averiguar qué estaba pasando. Siguió a su platinado amigo unos cuantos metros hasta el bosque y esperó a que él hablara, estaba claro que no se andaría con rodeos. Probablemente él estuviese consciente de que iban a tener ese encuentro.
— Hace años, cometí el error de no contarte algo que había descubierto, y eso me ha pesado mucho. Ahora no quiero volver a equivocarme, pero no sé cómo vamos a afrontar lo que pasa — dijo el oji dorado, mirando fijamente a su amigo —. Sé que no serán las mejores noticias que podrías recibir, pero debes saberlo: Sango está embarazada.
Miroku le sostuvo la mirada unos segundos y luego suspiró, un poco abatido.
— Así que no son sólo mis sospechas…
InuYasha se sorprendió al escucharlo, ¿lo sospechaba? ¿Por qué no lo había conversado con él antes, si era así? Bufó un poco molesto, para cruzarse de brazos y reprocharle con la mirada.
— ¿Y por qué no me dijiste nada?
— Sólo lo pensé hoy, cuando Sango se desmayó. Antes no había tenido molestias, por eso no lo había sospechado.
— Entonces, ¿qué haremos?
Miroku negó con la cabeza, eso sería complicado. Él conocía a Sango y estaba seguro de que querría volver al palacio para que el terrateniente lo supiera. Pero esa no era la solución, ellos lo sabían.
— Antes de marcharnos del palacio, Kuranosuke habló conmigo, ¿lo recuerdas? Cuando me pidió que nos fuéramos…
— Sí lo recuerdo, ¿qué hay con eso?
— Él pensó que esto podía pasar. Era muy probable, dado el tiempo que llevaban… juntos — cargó la ultima palabra, le dolía aún saber a lo que se estaba refiriendo.
— ¿Y qué es lo que pensaba al respecto? — Preguntó el hanyō interesado, si el terrateniente lo había pensado, era raro que la hubiese dejado irse con ellos.
— Él no quiere que Sango vuelva a su lado por ningún motivo. Dijo que era consciente de que ella jamás sería feliz a su lado, menos si era obligada a volver por un bebé… Además, existe la remota posibilidad de que ese hijo sea mío, aunque es poco probable.
— Eso es verdad. ¿Entonces, qué? ¿Iba a abandonar a Sango con su hijo?
— No, InuYasha, no lo estás entendiendo — el oji azulado suspiró cansado, sabía que era una situación difícil de explicar —. Kuranosuke me pidió que, si eso llegaba a pasar, yo cuidara de ambos. Que sintiera que ese hijo es mío, a pesar de las posibilidades. Muy a su pesar, él no desea que Sango sea infeliz, y eso sólo pasará si ella se aleja de todo lo que le causó tanto daño.
El hanyō asintió levemente, después de todo Kuranosuke parecía ser una buena persona. Miró en dirección al refugio donde se encontraban sus compañeros de viaje y resopló .
— Hay que decírselo…
— Lo sé, pero preferiría que llegáramos a la aldea primero — respondió el moreno.
— De acuerdo — InuYasha comenzó a caminar, dando por finalizada la charla. Miroku lo siguió en silencio, cuando de pronto él lo alertó: —. Sango está llorando dentro.
Se separaron, el oji dorado sabía que sólo su amigo podía calmar a la castaña. Él, por su parte, se apresuró a llegar junto a ella, abrazándola en cuanto la tuvo cerca. Sango se aferró a sus ropas, ocultando el rostro en su pecho y sollozando débilmente.
— Sango, pequeña, tranquila… estoy aquí contigo… — El monje besó su cabeza con cariño, apretando el abrazo. — ¿Tuviste otro mal sueño?
— Lo siento… — Respondió ella entre las lágrimas, aferrándose aún más a su pecho. — Parece que no puedo vencerlo, aunque le haga frente… no soy la mujer fuerte que debo ser para ganarle…
A Miroku se le encogió el corazón al escucharla, él sabía que eso no era verdad pero ella no lo sentía así. ¿Qué podía hacer para ayudarla? ¿Cómo le demostraba que ella era fuerte y que no tenía que temer?
— No te disculpes, esto no es tu culpa — le dijo al oído, sin romper el abrazo —. Eres una mujer fuerte, porque sigues adelante a pesar de todo el sufrimiento que has vivido. Esto no es algo que va a desaparecer de la noche a la mañana, pero si sigues firme, confiando en nosotros, podrás superarlo…
— Pero hoy, ahora… estaba sola y no pude…
— Debí haber estado a tu lado, perdona. Por favor, sólo sigamos adelante, juntos.
Ella asintió con un gesto de su cabeza, pero siguió llorando en su pecho. Odiaba verla así, sólo quería que fuese feliz y que se supiera amada y valorada. Se separó levemente de ella, tomando con cuidado su rostro para que lo viera a los ojos y luego se acercó, para besarla cálidamente. Sango se sorprendió, pero intentó corresponder, dejándose llevar por ese gesto que sólo con él apreciaba tan natural.
Pero cuando Miroku entreabrió su boca y quiso profundizar el contacto, la castaña se paralizó por un instante y luego lo apartó de forma brusca, con el corazón acelerado y un recuerdo demasiado vivo en su mente.
— ¿Sango, estás bien?
Se mantuvo en silencio, pero el terror comenzó a asomar en sus ojos. Él hizo ademán de acercarse, pero ella se alejó, espantada. El bonzo volvió a insistir, llegando a su lado y tomándole las manos. No la dejaría sola, menos si ella estaba en ese estado.
— ¡Aléjate! ¡Quieres exactamente lo mismo que él! ¡No me toques!
Las palabras le dolieron, ella lo acusaba de querer forzarla. Tenía que dejarle claro que eso no era así.
— Sango, escúchame — le pidió de forma segura y firme —. Yo no soy como él. Jamás te haría daño, mucho menos te obligaría a hacer algo que no quieres. Te amo, y si quiero estar contigo es para hacerte feliz. Sólo llegaré tan lejos como me lo vayas permitiendo. No voy a lastimarte, ¿lo comprendes?
Su voz fue decidida, quería que ella estuviese segura de lo que él decía. Ella murmuró un sí por respuesta, agachando la mirada. Eso iba a ser complicado, pero tenía que encontrar la forma de resolverlo.
Volvió a sentarse a su lado y abrazarla, acariciándole la cabeza con cariño.
— Lo siento, pero ese beso me recordó a los de él…
— No quiero hacerte recordarlo, pero debes hacerle frente a esas sensaciones. Tienes que sacar afuera todo eso que sientes…
— ¿Afuera…?
— Si sigues manteniendo todo eso en tu interior, seguirá consumiéndote por dentro. Sé que es difícil, pero creo que así como venciste a tus miedos y me los confiaste; ahora debes hacer lo mismo, pero con lo que viviste.
— ¡No puedo hacer eso…! Te daré asco, jamás querrás tocarme de nuevo…
La lágrimas no se hicieron esperar, corriendo por las mejillas de ella. Miroku volvió a besarle la cabeza y la abrazó más fuerte, entregándole cariño y comprensión con ese gesto. Miró alrededor y se dio cuenta que su conversación había despertado a Kagome y Kohaku. Agradeció que ellos no hubiesen intervenido, pero para él no era necesario que ellos escucharan más de lo que ya habían oído.
— Acompáñame, caminemos un poco.
Sango lo siguió en silencio hacia la salida, el aire helado le golpeó la cara y le recorrió un escalofrío; él se percató de ello y le colocó una manta sobre los hombros para abrigarla, luego volvió a rodearla con sus brazos. Recorrieron un buen tramo así, lo que reconfortó de cierta forma a la castaña, aplacando un poco ese pesar que había vuelto a aparecer esa noche.
Se instalaron a los pies de un árbol que daba a un claro, observando la luna que se imponía sobre ellos. Miroku tomó la mano de ella con cariño y la miró directo a los ojos, de forma profunda y sincera que le embargó el corazón a la castaña. Simplemente agachó la mirada en respuesta, un poco avergonzada.
— Sango, quiero que tengas claro algo — el oji azulado levantó suavemente el rostro de ella para verla a los ojos —. Nunca me darás asco. Eres la mujer a la que amo, por eso quiero pasar el resto de mi vida contigo. Todos los días me tortura pensar en lo que te pasó. Es doloroso sólo imaginarlo, pero creo que a los dos nos ayudaría que lo sacaras afuera. Confía en mí, todo estará bien. Estoy a tu lado y aquí seguiré.
La muchacha respiró hondo, apretando la mano de él con fuerza, aferrándose al oji azulado; el miedo apareció en su mirada y las lágrimas comenzaron a acumularse. El monje rodeó con sus brazos a la exterminadora, recordándole que estaba con ella. Tras unos minutos de silencio, Sango inhaló profundo y comenzó a hablar, relatando lo que había vivido desde el día de la boda hasta que ese demonio fue expulsado del cuerpo de Kuranosuke. Le contó cada noche, cada golpe, cada insulto, cada sensación, dejando que las lágrimas fluyeran.
Él escuchó en silencio, sin interrumpirla pues sabía que si lo hacía, ella no podría seguir. Sentía impotencia, rabia, dolor, y todo lo malo que se pudiese imaginar. No encontraba palabras para describir la angustia y el sufrimiento que le producía todo eso, pero era consciente de que ese era un paso que debían dar para que Sango pudiese superar todo lo que había sufrido.
Cuando el relato terminó, el silencio volvió a hacerse presente, roto sólo por el sollozo intermitente de la castaña. Por el rostro del moreno habían caído un par de lágrimas silenciosas producto del dolor que le causó escuchar toda esa historia, pero su abrazo se mantuvo firme y reconfortante alrededor de exterminadora. Él rompió el silencio después de unos minutos, quería que ella supiera que, a pesar de eso, seguía estando a su lado.
— Pequeña, quiero que me escuches atentamente — trató de transmitirle seguridad y cariño tanto con su voz como con su cuerpo —. Desde que el sentimiento fue tan fuerte como para negarlo, para mí amarte significó mucho más que demostrarte afecto. Es dar todo por ti, para que estés bien y seas feliz. Que hayas sufrido esta experiencia es horrible y me desgarra por dentro; pero verte ahora a mi lado, sacando afuera todo ese dolor, sólo hace que te admire más de lo que ya de admiraba. Te amo, y lo seguiré haciendo. Quiero estar a tu lado y acompañarte a superarlo, demostrándote que la vida tiene mucho por ofrecerte todavía. Que eres y siempre serás mi pequeñita, mi princesa. Por favor, confía en mí… y juntos, saldremos adelante. Por ti, por Miku y por mí. Somos una familia y quiero que seamos felices, los tres.
La muchacha realizó un gesto afirmativo apenas visible con su cabeza, pero el bonzo lo notó de todas formas y le besó la frente. El seguiría a su lado, pasara lo que pasara.
— Muchas gracias, Miroku…
— No me agradezcas. Sólo continuemos hacia delante… y cree en lo que te digo. A pesar de lo que pueda infundirte esa voz que te atormenta por las noches y de lo que me acabas de confiar, te amo y sigo deseándote. Eres hermosa, tanto por fuera como en tu interior. No lo dudes.
Ella le sonrió levemente para luego besarlo tímidamente en los labios. Un roce sutil, pero para Miroku era un gran avance. Le correspondió sin presionarla, para que el gesto fuese grato para ella. A los pocos segundos se separaron, ella lo miró a los ojos y le sostuvo las manos.
— Quiero quedarme contigo, así, toda la noche…
— No hay problema, puedo estar así toda la vida, si quieres…
Se quedaron refugiados por el árbol y la manta que tenía Sango para resguardar el calor, descansando de esa manera hasta que los rayos del sol volvieron a aparecer a través de las montañas.
Kagome se había encargado de preparar el desayuno, mientras el resto del grupo disfrutaba de los rayos del sol. Miku se encontraba sentada en un rincón, pensativa con Kirara en brazos y Sango a su lado, acariciándole la cabeza con cariño. Miroku e InuYasha habían ido a revisar las condiciones del camino y Kohaku se había quedado con ellas.
El ambiente estaba tranquilo y el silencio sólo era roto por el sonido del fuego y el viento que se colaba entre las ramas de los árboles. De pronto, el aroma de la comida inundó el ambiente y despertó el apetito de todos, excepto el de la exterminadora. Ella sintió náuseas al percibir el olor y tuvo se levantó rápidamente para vomitar tras el tronco de un árbol. Kagome se acercó rápidamente a ella, llevándole un poco de agua y ofreciéndosela. Sango se enjuagó la boca y luego bebió un poco, para volver a sentarse, ahora con el rostro pálido y preocupado.
InuYasha y Miroku se acercaban ya por el camino a paso lento. En cuanto los vio, la castaña se puso de pie y se encaminó hacia ellos, con la mirada fija en el hanyō.
— InuYasha, necesito hablar contigo.
El monje supuso que eso significaba que ella ya estaba sospechando la situación. El aludido le dirigió una mirada interrogante a su compañero, él también pensaba lo mismo.
— ¿Y sobre qué? — Preguntó, tratando de verse despreocupado.
— Preferiría que fuese a solas.
Miroku negó con la cabeza, mirando fijamente a la muchacha antes de hablar.
— Lo que sea que quieras hablar, quiero oírlo — le dijo, sonriéndole —. Recuerda que estoy aquí para apoyarte en todo.
Sango lo pensó un momento, ella no quería que el monje supiera su sospecha, menos si esta era cierta. Ahí sí que la dejaría de lado… además, si las cosas eran como temía, debía volver al palacio. Si eso iba a pasar, sin embargo, él tenía todo el derecho a saberlo. Se merecía que ella fuese sincera. Le había pedido que confiara en él.
— De acuerdo — murmuró para luego caminar por el sendero para alejarse de los demás, quería que esa conversación quedara entre ellos, por el momento. Después de unos cuantos metros, se detuvo y los esperó para decidirse a preguntar. Eso la aterraba pero debía ser fuerte.
— Bien, Sango… entonces, ¿qué pasa?
Ella levantó la vista hasta la de InuYasha y luego miró al monje, para finalizar mirando fijamente el suelo. Respiró profundo un par de veces, apretó los puños y sólo dejó salir las palabras.
— Yo… creo que estoy embarazada, ¿es así?
Ambos hombres se miraron. Debían decírselo pero ¿y si ella sólo se desmoronaba más después de eso?
¡Hola! Sé que parecía que estaba abandonado, pero ¡no! ¡Jamás dejaré sin terminaruna historia! Así que acá les traigo la actualización, quizá un poco corta. Pero es con mucho cariño.
Como siempre, les quiero agradecer a todos los que leen, pero en especial a SangoSarait, NuezYDulce, Azalyn Shihiro y Akirax y a fifiabbs. ¡Sus reviews son de lo mejor! Espero que nos leamos pronto :3
Como volveré a las prácticas la próxima semana, el avance seguirá un poco lento, pero ya se acerca el final. Espero que nos sigamos leyendo.
¡Hasta la próxima, un abrazo!
Yumi~
