DISCLAIMER: Los personajes no son míos, ya lo saben ^^U son de Rumiko Takahashi. La siguiente narración es creación propia y está hecha sin fines de lucro, con el propósito de entretener a los lectores.

SUMMARY: Y lo odiaba por eso. Por alejarse, luego de que habían reafirmado su promesa de casarse y tener una familia juntos. Luego de que ella venciera todos sus temores y se convirtiera en su mujer antes de la boda. Luego de que rompiera las promesas de celibato sólo por sus ojos... Por eso, ya no lo seguiría esperando.

Por tus ojos…

Capítulo XIV
"Anhelos"


"Aún afligido en estas lágrimas, también esta mañana

he perdido otra palabra. ¿Por qué mi voz no puede ser más clara?

Estoy trazando esas viles mentiras, explorándolas con mi mirada perdida.
Tengo miedo de cualquier palabra de objeción, sí, aún me arrodillo agobiado.

¿Hasta cuándo mentirás?
Porque traté de encontrar perdón para mí,
encontré la forma, cómo llenar todos los vacíos con cosas compartidas por nosotros."

UNTITLED ; the GazettE —


Miraba a la muchacha con el semblante serio, él sabía que eso no era sólo fatiga. Y no iba a seguir ocultándolo, su seguridad era ahora la prioridad.

Sango, tienes que saberlo. Estás embarazada.

Como era su costumbre, lo dijo sin rodeos. Ya llevaba tiempo que lo sabía y haberlo dicho le quitaba un peso de encima. Ella se sorprendió al escucharlo, pero luego soltó un suspiro de resignación y sonrió de medio lado.

Así que no son sólo sospechas mías…

Su voz rompió la paz del bosque, se escuchaba triste. El hanyō se acercó otro paso y le sostuvo la mirada, cruzándose de brazos frente a ella.

¿Entonces, qué harás? Debes decirle.

No quiero que se entere aún. No quiero que nadie lo sepa. ¿Puedes guardarme el secreto, InuYasha?

La pregunta lo tomó desprevenido. Sabía que su amigo quería más que nada en el mundo, ser padre; pero también era consciente de que ese era asunto de ellos y que él no podía intervenir.

Está bien, pero promete que se lo dirás — pidió de vuelta, no quería que el monje fuera ajeno a eso.

Se lo diré. Sólo dame tiempo.

Le sostuvo la mirada por unos instantes, luego bufó molesto y le dio la espalda para marcharse al bosque, como solía hacer cada tarde.

Haz lo que quieras, pero si no le dices pronto, lo haré yo.

Gracias…

La dejó sola con sus pensamientos, con el temor y la duda. Amaba al padre de su bebé, pero no estaba segura de que él sintiera lo mismo por ella y si era así, no lo forzaría a estar con ella. Primero, debía saber si sus sentimientos eran realmente correspondidos.


El silencio estático se apoderó del lugar, haciéndolos prisioneros de la ansiedad ante la respuesta. Sango seguía con la mirada fija en los dorados ojos, esperando que confirmara o refutara sus sospechas; él, en cambio, desvió el rostro para buscar la aprobación del monje. No fueron necesarias las palabras, al ver su semblante supo que debía decirle la verdad, así que volvió a dirigir su mirada hasta la castaña y le respondió.

— Sí, lo estás.

Ella sintió que las palabras llegaron hasta sus oídos como frías navajas, su estómago se encogió y la angustia se hizo presente en su pecho; sus rodillas se doblaron hasta que no pudieron soportar su peso y cayó al suelo, sin ser capaz siquiera de ocultar su rostro. Las lágrimas no se hicieron esperar, escapando de sus ojos de forma brusca. Miroku se apresuró a abrazarla, refugiándola en su pecho, mientras le pedía a su amigo que los dejara solos. Sin decir palabra, el hanyō se alejó camino al campamento, sabiendo que el oji azulado era el único que podía brindarle el apoyo y la seguridad que la exterminadora necesitaba.

Cuando el peli plata estuvo lo bastante alejado, el bonzo besó la frente de su compañera, sorprendiéndola con el gesto.

— ¿Miroku…?

— Sé que esto debe ser duro para ti, es probable que no pueda ni siquiera dimensionar el peso y dolor que te causa esta noticia — los brazos del moreno se estrecharon alrededor de la castaña de forma segura, él quería que supiese que seguía a su lado —. Sin embargo, pese a todo lo que puedas estar pensando en estos momentos, voy a seguir junto a ti. No volveré a dejarte, pase lo que pase, y quiero que lo tengas claro.

La muchacha alzó el rostro para mirarlo fijo a los ojos, confundida. ¿Por qué le decía eso? Ella cargaba con un hijo que no era de él, y eso significaba que debían separarse. Aún si lo deseara, no podía ocultarle a Kuranosuke lo que estaba pasando, debía decírselo. Y eso sería el final de todo, ya que no volvería a negarle un padre a su pequeño, no otra vez.

— No puedes… simplemente decirlo y ya — respondió, sintiendo cómo su corazón se apretaba con la idea —. El hijo que llevo dentro no es tuyo y eso no va a cambiar por mucho que lo desees. No te deshonraré pidiéndote que te hagas cargo de un niño ajeno, no puedo volver a hacerlo. Debo regresar y contarle la verdad a Kuranosuke, debe saberlo…

Él negó con un gesto, soltando un pesado suspiro mientras escuchaba las palabras de la mujer a su lado. ¿Cómo le haría entender la situación? Sabía que no desistiría de su idea, debía convencerla de que lo mejor para ella, para su hija, para todos, era que siguiera junto a ellos.

— Sango, entiendo que pienses así, pero no puedo aceptarlo. Tú no amas a Kuranosuke y, por mucho que ese pequeño que llevas dentro sea su hijo, eso no va a cambiar. Si vuelves junto a él, a ese palacio, serás infeliz el resto de tu vida. En ese lugar viviste cosas horribles y temo que no puedas superarlas si regresas, ya que los recuerdos cobrarán más fuerza y alimentarán todos los miedos con los que has estado luchando este tiempo. Sé que para ti es difícil comprenderlo, pero ahora lo que más importa es tu felicidad, tu bienestar. Y no los vas a tener si te marchas otra vez. No puedo dejar que lo hagas.

Sango no supo qué responder. Era consciente de que lo que le decía Miroku era cierto, pero tenía miedo y no quería que él cargara con una responsabilidad ajena. No lo alejaría de Miku, eso lo había decidido hacía tiempo, pero tampoco lo obligaría a responder de esa manera. Negó bruscamente con la cabeza, no iba a arrastrar al oji azulado a soportar toda su vida criar a un hijo ajeno…

— Ya te dije que no voy a pedirte que te hagas cargo de este niño, es mi responsabilidad, no la tuya.

— Escucha, también existe una pequeña posibilidad de que ese pequeño sea mío. ¿O lo olvidaste? — Los ojos de Miroku brillaron ante el recordatorio, ella dudó un segundo pero él prefirió seguir su idea. — Además, no me estás pidiendo nada: soy yo el que quiere hacerlo. Recuerda que te amo y eso significa que amaré todo de ti, incluyendo tus hijos. Aunque no sean míos.

La castaña titubeó, ella estaba llena de dudas y miedos, pero a su lado tenía al hombre que amaba, asegurándole que seguiría a su lado y que todo estaría bien. Protegiéndola, apoyándola, amándola a pesar de todos sus fantasmas. Sintió una calidez reconfortante recorrerla por dentro y se aferró al monje, como intentando escapar de esa realidad que trataba de abrumarla. No deseaba separarse de él, pero una voz interior insistía en que debía hacerlo. Suspiró, no quería seguir luchando contra sí misma, quería derrotar por fin todo eso.

— Miroku… — Apenas se escuchó su voz, pero él estaba atento a sus palabras.

— ¿Qué ocurre, pequeña?

— Yo… quiero creer en lo que dices y confiar en que todo saldrá bien, pero no es justo que Kuranosuke no sepa sobre esto… a pesar de todo, probablemente es su hijo y tengo la obligación de decírselo, para que decida qué hacer. No soy quien para negarle un padre a su hijo y además… este pequeño sería llamado bastardo… ¡No puedo dejar que eso ocurra de nuevo!

— Sango… — Él estrechó sus brazos alrededor de ella, besándole la cabeza con cariño antes de hablar. — Lo que te diré ahora es algo que se suponía, debía permanecer en secreto. Ambos sabíamos lo que podría pasar después de todo ese tiempo, por eso tuvimos esa plática. Kuranosuke no sólo me pidió que te cuidara y te hiciera feliz; él ya sospechaba que podías llevar a su hijo y lo que menos deseaba era que eso te obligara a volver. Pese al dolor que le producía separarse de ti y quedarse con la incertidumbre sobre su destino, me pidió que pasara lo que pasara, no te permitiera volver al Palacio.

Ella parpadeó un par de veces, confundida. No podía comprender eso, era totalmente absurdo. Dudó unos segundos, pero su consciencia no le permitiría simplemente ocultarle la verdad al terrateniente.

— ¿P-Por qué…? Es mi responsabilidad informarle, lo sabes… Si lo que dices es verdad, de todas formas debo volver y escucharlo de su boca. Lo siento…

El monje soltó un suspiro abatido, dándose por vencido: la terquedad de su chica era demasiado conocida por él, pero si iba a volver a ese lugar, no dejaría que lo hiciera sola.

— Está bien, si es lo que te pide tu corazón… — Tomó con delicadeza el rostro de Sango y la miró fijo a los ojos, regalándole una sonrisa segura. — Si sientes que debes hacerlo, entonces no podré detenerte. Pero iré contigo.

La exterminadora sonrió en respuesta, era consciente de que no podría quitarse al bonzo de encima; de todas formas, prefería ir con él, pues no sabía si podría enfrentar todo eso sola. Temía derrumbarse antes de ser capaz de pensar con claridad y hablar tranquilamente con el terrateniente; perder ante esa oscuridad que, estaba segura, ganaría fuerzas al regresar a ese palacio.

Pero él iría con ella.

— Gracias, no quería volver sola.

— Te prometí no dejarte sola nunca más — le acarició la mejilla, cariñosamente —. Así que no hay forma que te libres de mi compañía ahora.

Y así sería, él la acompañaría hasta el final.


— ¡¿CÓMO QUE REGRESARÁN ALLÍ?!

El reclamo de InuYasha no fue suave ni moderado, su grito espantó a una bandada de aves que estaban cerca. Kagome negó con la cabeza, en un gesto de resignación, mientras Kohaku se encogía de hombros: después de todo, ese tema no les concernía a ellos.

— InuYasha, aún tenemos un asunto pendiente y no podremos seguir si no lo resolvemos antes — aclaró Miroku, sosteniéndole la mirada.

— Sé que te preocupas por nosotros, pero estaremos bien — intentó tranquilizarlo Sango, sin mucho éxito.

— ¿Cómo te atreves a decirme eso después de todo lo que pasaron en ese lugar? ¿De lo que viviste ahí? ¡Es ridículo! Sólo estás haciéndolo más difícil…

— Esta vez concuerdo con InuYasha, no deberían volver. Por ningún motivo — agregó Kagome, poniéndose de lado de su chico.

— Si no lo hacemos, dejaremos cosas inconclusas y no podré seguir. Por favor, entiéndanlo — la castaña dirigió su mirada directo a los ojos de su amiga, quería tratar de expresarle que eso era importante para ella.

— De ninguna forma. Además, estamos a menos de medio día de la aldea, así que nos dirigiremos a casa. No se hable más — el hanyō sólo quería terminar con la discusión, pero no iba a ser tan sencillo.

— Pueden seguir ustedes, pero nosotros no lo haremos — insistió Sango, cruzándose de brazos.

— Oigan, creo que esto es decisión de ellos. Es su relación, su futuro. Déjenlos tomar la opción que quieran — la calmada pero decidida voz de Kohaku interrumpió el debate, llamando la atención de todos.

— ¿Acaso estás de acuerdo con que vuelvan a ese lugar? — Le espetó InuYasha, irritado.

— No importa si yo estoy de acuerdo; si es algo que ellos creen que deben o necesitan hacer, no somos quienes para impedírselo — la sabiduría en sus palabras sorprendió a todos, al parecer esos años habían tenido efecto no sólo en su cuerpo.

— Bueno, si lo vemos de esa forma, Kohaku tiene razón — admitió la sacerdotisa, suspirando —. Como sus amigos, sólo podemos apoyarlos y desearles lo mejor.

— Keh, patrañas. Si se quieren ir, bien. Pero no esperen que esté contento con eso.

Sango y Miroku le sonrieron a sus amigos y comenzaron a preparar las cosas para su viaje. Si querían salir de eso pronto, debían partir lo antes posible. Antes de marcharse, sin embargo, debían dejar todo claro, ningún asunto quedaría a medias. Por esto, ambos se apartaron unos momentos con su pequeña hija, quien no había dicho nada en todo ese transcurso.

— Debemos irnos por un tiempo, lo comprendes, ¿verdad, hija? — Le preguntó su madre, sentándose junto a ella en un tronco caído junto al camino.

— Dijeron que tenían asuntos pendientes — respondió ella, pero con el ceño fruncido —. No entiendo qué son. ¿Acaso volverás con el señor Kuranosuke, mamá?

— No… no lo sé, no puedo mentirte. Lo siento — Sango agachó la cabeza, triste ante la mirada de reproche que le dirigió Miku.

— Entonces, todo era mentira. Todo lo que prometieron — los ojos infantiles se llenaron de lágrimas, ella se limpió con el dorso de su mano y los miró molesta —. ¡Me mintieron!

— ¡MIKU!

La pequeña salió corriendo, alejándose de sus padres y sin detenerse ante el grito de la exterminadora. Ella soltó un par de lágrimas también, golpeando el suelo con impotencia. Todo era su culpa y su hija tenía razón, no podía culparla de estar molesta con ella.

— Iré tras ella, vuelve con los demás — Miroku presionó suavemente su hombro y le sonrió, tratando de tranquilizarla —. No te preocupes, todo estará bien.

La castaña asintió y se fue con sus amigos, mientras el monje se apresuraba a darle alcance a la menor. No le costó sentir su presencia, al parecer el enfado provocaba una liberación desbordante de su energía. La vio a lo lejos pateando un árbol, con los puños cerrados y llorando. Se acercó lentamente hasta estar a una distancia de la cual ella no pudiera escapar.

— ¿Sabías que tu madre también se desquitaba de una manera similar cuando estaba molesta? — Preguntó de forma casual, sorprendiendo a la infante.

— ¡Papá…! — Lo miró un segundo y luego volvió a patear el tronco, molesta. — Vete, también vas a volver a ese lugar. Ustedes me van a dejar sola, lo sé. No quiero escucharlo…

— ¿No me dejarás ni siquiera explicarte porqué yo iré?

Miku detuvo su ataque al pobre árbol y lo observó, analítica, viendo quizá más de lo que él hubiese deseado que alguien viera. Se sentó de golpe y resopló su flequillo, para luego hacerle un gesto con la cabeza, invitándolo a sentarse y explicarle. Él le sonrió, se sentó a su lado y la abrazó con cariño.

— Lo que ha pasado es complicado para explicarlo, pero tú te has dado cuenta de muchas cosas, lo sé. Sabes que tu madre está luchando con algo oscuro y que poco a poco ha ido venciéndolo, pero eso permanece aún con ella, ¿verdad?

— Sí… lo he sentido, da escalofríos… — Respondió la niña, aferrándose a los brazos de su padre.

— Sí, de hecho… — Miroku apretó el abrazo antes de continuar. — Hay algo que quedó inconcluso con el terrateniente, y si no lo resolvemos, es probable que tu madre nunca logre estar tranquila. Ella tiene miedo y duda mucho en estos momentos…

— ¿Entonces, está huyendo?

— Por el contrario, irá a enfrentar a uno de sus temores. No sé lo que la pueda estar esperando allá, ni cómo lo enfrentará ella, por eso debo acompañarla. Para asegurarme de que no se deje vencer, para apoyarla y recordarle que nos tiene a nosotros…

Los ojos azules de Miku brillaron al comprender lo que haría su padre. Él sólo quería proteger a su madre y, seguramente…

— ¿La traerás de vuelta? Prometiste que nunca volveríamos a separarnos, que no nos dejarías solas de nuevo…

— Lo recuerdo y no romperé esas promesas. Es por eso que voy, porque tampoco podría soportar que ella se quedase con el terrateniente. No puedo dejarla sola. Por eso decidí ir con ella. ¿Puedes esperarnos? Kohaku, InuYasha y la señorita Kagome cuidarán muy bien de ti, pequeña.

Ambos pares de ojos azulados se encontraron, profundos, comunicándose más por este medio que por las palabras. De pronto, ella le sonrió, ya más tranquila, y depositó un beso en la mejilla de su padre.

— De acuerdo, pero prométeme que volverán. Los dos, que la traerás de vuelta. Que no dejarás que se quede a sufrir en ese palacio. ¡Promételo!

Los infantiles ojos lo miraron de forma suplicante, él le acarició la cabeza y asintió con una sonrisa, pues eso era precisamente el motivo de no dejarla ir sola.

— Lo prometo. Volveremos.

Miku mostró sus infantiles dientes en una amplia sonrisa y luego se puso de pie de un salto para invitar al monje a hacer lo mismo, tendiéndole una mano.

— Será mejor que se marchen pronto, entonces. Mientras antes salgan, antes regresarán — ambos comenzaron a caminar rumbo al campamento, tomados de la mano. Antes de llegar, ella volvió a mirar al adulto y le apretó suavemente el agarre, llamando su atención —. Recuerda que lo prometiste.

Se soltó de su mano y corrió a abrazar a su madre, pidiéndole disculpas por haber corrido y deseándole lo mejor en el viaje. Sango miró de forma interrogante a Miroku, preguntándose qué había dicho para que Miku cambiara de parecer tan rápido. El monje sólo se encogió de hombros en respuesta, sin querer revelarle la verdad, y luego terminó de preparar las cosas.

Pronto estuvieron listos para partir, así que luego de encargar el cuidado de su pequeña a Kohaku y sus amigos, se montaron en el lomo de Kirara y emprendieron el vuelo. Ambos esperaban que eso terminara pronto.


"… Días más tarde…"

Kirara comenzó el descenso junto con los primeros rayos del sol. Sango no se había sentido bien durante el regreso, por lo que Miroku decidió que lo mejor era llegar lo antes posible al palacio. La felina había procurado ser veloz pero cuidadosa, pues sabía que su compañera de toda la vida no se encontraba en las mejores condiciones. Muy distinto a la primera vez que la había llevado a ese lugar.

El ajetreo en el interior del palacio apenas comenzaba, pero los guardias de la entrada los reconocieron de inmediato. Extrañados por la visita, sólo les bastó una corta explicación del monje para que los dejaran entrar y una doncella atendiera a Sango. La curandera del lugar pronto se hizo presente para evaluar el estado de la exterminadora, pidiéndole al moreno que las dejara solas; él accedió, aunque no de muy buena gana.

Pronto el terrateniente también llegó al lugar, con una mezcla de preocupación y extrañeza.

— ¿Su Excelencia? — Saludó dudoso al oji azul, quien sólo le sonrió de forma resignada en respuesta. — ¿Por qué ustedes…? ¿Acaso le ocurrió algo a Sango?

— La verdad, sí, pero eso ella debe explicárselo. Lo único que le diré es que ya sabe lo terca que es, no pude hacer nada para impedir que regresara, por lo que preferí acompañarla. Y fue lo mejor, ya que en el camino, no se ha sentido muy bien…

La explicación del monje encendió algunas alarmas en el castaño, pero también un poco de confusión. Eso podía significar una cosa, y él hubiese preferido jamás saberlo.

— ¿Esto quiere decir que ella…?

Pero su interrogante fue interrumpida por la curandera, quien salió por fin de la habitación. Sonrió de forma tranquila, haciendo una reverencia ante los dos hombres que esperaban que les informara como se encontraba la castaña.

— Señor, su Excelencia… No se preocupen, ella estará bien, sólo es un poco de fatiga por el viaje. Le he dado una infusión que la ayudará a reponerse. Pronto debería despertar — la anciana los tranquilizó de forma amable, luego se dirigió al bonzo —. Honorable monje, ¿podría hablar un momento con usted? Necesito preguntarle un par de cosas para seguir atendiendo a la señorita Sango.

Miroku asintió y con un gesto de su cabeza, se disculpó con Kuranosuke para acompañar a la mujer. Ella lo guió hasta un salón apartado, procuró que nadie estuviese cerca y cerró la puerta, sentándose frente a él y mirándolo directo a los ojos.

— ¿Qué ocurre?

— Tengo mucha experiencias en estas cosas y pude notar de inmediato lo que le pasa a la señorita Sango. Es la razón por la que volvieron, ¿o no? — Preguntó la anciana, sin quitarle la mirada de encima. — Ella está embarazada.

El bonzo soltó un suspiro, dejando en evidencia la respuesta. El silencio se apoderó de ambos por unos minutos, la mujer no sabía cómo interpretar eso, ¿Sango habría vuelto para quedarse? Pero era claro para ella que la castaña no era feliz allí y que amaba al monje. Eso era confuso. De pronto cerró los ojos, soltando un suspiro.

— Sé que no lo comprende, es complicado, pero la energía maligna que se apoderó del corazón de Sango, aún sigue rondando. Ella tiene muchos temores todavía y está tratando de hacerles frente. Es por eso que regresó, desea aclarar con el señor terrateniente lo que está pasando. No desea mentirle.

— Lo comprendo — respondió la curandera a las palabras de Miroku —, pero esa energía está afectando su embarazo. Hay que intentar expulsarla, o puede que acabe con la vida del pequeño.

— ¿A… A qué se refiere con eso? — El oji azul palideció, tuvo miedo de lo que eso podía significar. — ¿Acaso quiere decir que ella puede perder al bebé…?

— Exactamente — la mujer también estaba preocupada —. Es por eso que se ha sentido tan mal. Debemos ayudarla pronto a sacar a esa oscuridad de su interior.

— ¿Pero cómo? Lo hemos intentado todo este tiempo, a pesar de nuestros esfuerzos la oscuridad sigue ahí. Débil, menos presente, pero aún está. He tratado de que ella sepa que no está sola, que puede contar con nosotros, que es valiosa… — Él soltó otro suspiro, no sabía cómo podría lograr vencer algo así.

— Esta oscuridad no es algo físico, su Excelencia, eso usted lo sabe. Le ha pedido a la señorita Sango que le haga frente, sin embargo ella es una guerrera, no una sacerdotisa. Es fuerte, no puedo negarlo, ya que ha logrado mantenerla a raya muy bien, pero hay que intervenir a nivel espiritual.

— ¿A nivel espiritual…? — Eso le hacía sentido, ¿cómo no lo había pensado antes? Pero entonces, ¿qué debía hacer? — ¿Acaso usted habla de un exorcismo…?

— No precisamente — la mujer levantó el rostro para sostenerle la mirada, duramente —. Más bien de una purificación. El ser que se gesta dentro de su cuerpo es muy sensible a lo espiritual, al parecer, y me temo que un exorcismo también pueda acabar con su existencia. Hay que limpiar sus esencias.

— Comprendo. Entonces, debemos actuar cuanto antes.

— Pero primero, hay que debilitar un poco más a esa esencia. Debe darle esperanzas a ella, de alguna forma. Que supere algún miedo o descubra que las cosas pueden ir mejor…

— De acuerdo. Lo haré — Miroku sonrió antes de abandonar la sala. Ahora tenía mucho más claro lo que debía hacer.


Caminaba por el pasillo a paso regular, quería estar junto a la muchacha cuando despertara, pero no estaba seguro de que eso fuese lo correcto. Después de todo, no sabía con certeza la razón de su regreso y temía empeorar las cosas con su presencia. ¿Pero qué otra cosa podía hacer? Ella estaba débil y él quería brindarle su apoyo, ayudarla. Dobló en la esquina y divisó la habitación que ocupaba la castaña. Se apresuró para llegar a la puerta y alzó la mano para abrirla, pero fue interrumpido antes de llevar a cabo la acción.

— Señor terrateniente, quisiera hablar con usted antes de que vea a Sango.

Se volteó, sabía de quien era esa voz pero quería ver la expresión para descifrar si lo que ocurría era algo bueno o malo. El semblante del monje no le dijo nada, en realidad, así que suspiró para acercarse a él. Juntos se encaminaron a uno de los patios interiores, para sentarse en una de las bancas y charlar.

Miroku sopesó las palabras que utilizaría, no quería sonar grosero ni arrogante, pero necesitaba la ayuda del señor del palacio para que su exterminadora saliera de eso. Al fin decidió comenzar, esperando que las palabras y el tono usados no incomodaran al castaño, que fuesen las adecuadas.

— Señor, sé que ya debe sospechar la razón de nuestro regreso y, a pesar de que es ella quien debe decírselo, yo quisiera pedirle ayuda.

— ¿Ayuda?

— Sí. Sango está embarazada, e insistió en volver para darle la noticia a usted. No aceptó explicaciones ni peticiones, dijo que era su responsabilidad… Y ya sabe lo terca que es. El problema ahora es que la oscuridad con la que ha estado luchando Sango no ha sido derrotada aún, por lo que ella sigue teniendo miedo.

— ¿Y qué debo hacer para ayudarla?

El monje buscó la mirada del castaño para atravesarlo con la suya, tratando de transmitirle la importancia de lo que le diría a continuación.

— Ella debe tener claro que puede decidir sobre su propia vida. Que no está obligada a responderle a nadie, que puede ir en busca de sus sueños y anhelos sin temor. Usted debe dejarla tomar la decisión que ella quiera, a pesar de que le diga que está esperando un hijo que podría ser suyo. No debe presionarla.

El silencio se hizo presente después de la petición del bonzo, ambos se sostuvieron la mirada un par de minutos, sopesando la situación. Eso quizá iba a ser más difícil de lo que habían pensado.

— Hubiese preferido no saberlo. No puedo pedirle que se vaya si ese hijo es mío. No ahora que lo sé, no si puede ser mi heredero…

— Es que ese es el punto, no lo es — los ojos azules de Miroku destellaron brevemente al decir esas palabras —. Esa oscuridad que ronda a Sango le está haciendo daño al pequeño, amenazando su vida y la de ella de esa forma. Y esto es porque tiene sensibilidad espiritual. Por lo que sé, usted no tiene antepasados con habilidades espirituales, ¿o sí?

Kuranosuke abrió los ojos por la sorpresa ante la revelación. Eso no se lo hubiese esperado, pero si él se lo aseguraba de esa forma, entonces no podía dudarlo. Soltó un suspiro y luego se puso de pie, dando el tema por finalizado.

— Eso me deja un poco más tranquilo. No se preocupe, le diré a Sango que ella es dueña de su vida. Sólo ella puede decidir su destino, nadie más.

El oji azul sonrió, eso lo dejaba mucho más tranquilo. De esa forma, podía estar seguro de que las cosas saldrían bien. O eso esperaba.


Abrió los ojos lentamente, se sentía un poco mareada y estaba desorientada. ¿Era de noche? ¿Y por qué estaba en un futón? ¿Dónde estarían Miroku y Kirara? Se llevó las manos a la cabeza y cerró los ojos, no comprendía nada…

— ¿Ya despertaste?

Reconoció la voz de inmediato. Volvió a abrir los ojos y miró sorprendida al dueño de la pregunta, pero luego trató de incorporarse para saludarlo. Él le indicó con un gesto que no era necesario y se sentó a su lado, con una sonrisa tranquila.

— Señor Kuranosuke…

— Sango, por favor… odio los formalismos.

— Lo siento, Kuranosuke… — Ella tragó saliva, un poco nerviosa. — De seguro quieres saber porqué volvimos… ¿hablaste algo con Miroku?

— No, él fue a comer y luego a descansar, el viaje también lo agotó. Así que no he podido hablar con él. ¿Qué pasó?

— Pues… lo siento, es decir… no debería haberlo hecho, irme de esa forma sin haber confirmado primero si algo así había pasado…

— ¿Algo así, a qué te refieres?

— Ah… Bueno, no sé si lo esperabas, pero tienes que saberlo. Estoy embarazada y hay muchas probabilidades de que este pequeño sea tuyo…

Kuranosuke cerró los ojos y soltó un suspiro, pensando en lo que le había dicho el monje. Él quería que Sango fuese feliz y sabía que eso no ocurriría si seguía en ese lugar; pero le preocupaba su salud y era claro que no se encontraba en las mejores condiciones, el viaje podía ser largo y agotador y eso podría ser perjudicial para ella y el pequeño. Decidido, abrió los ojos y fijó su mirada en la de ella.

— Era algo que había pensado que podía ocurrir. Me sorprende que hayas tomado la decisión de volver, le dije a Su Excelencia que te dejara claro que yo no te retendría aquí por un bebé — respondió por fin, la castaña no supo cómo reaccionar, no esperaba esa respuesta.

— Si, él me lo dijo, pero yo tenía la responsabilidad de informarte. Si este pequeño es tuyo, debes saberlo…

— Sí, pero ¿eso cambia en algo las cosas? Tú no me amas y no eres feliz aquí. ¿O me equivoco?

La pregunta del terrateniente fue un golpe frío, era duro que le dijeran tan directo las cosas. Pero era verdad, ella era consciente que el lugar donde quería estar era junto a Miroku y su pequeña Miku. Inhaló profundo, tratando de darse valor para revelar sus deseos, pero algo le impedía hablar, formándole un nudo en la garganta y angustiándola. Kuranosuke pudo darse cuenta de su lucha y apoyó gentilmente su mano en el hombro de ella.

— Está bien, tranquila — logró que ella lo mirara, para revelarle que tenía los ojos húmedos y a punto de derramar las lágrimas —. No pasará nada malo. Sé que es complicado, pero quiero que seas sincera. Si no puedes explicarlo, no hay problema. Con una simple señal, sabré las respuestas. ¿De acuerdo?

Sango asintió levemente, apretando los puños pero sin quitarle la mirada a los ojos de él. El castaño le sonrió y esperó unos segundos para luego hacer las preguntas que creía necesarias.

— ¿Quieres estar conmigo? — Ella tembló levemente ante la pregunta, pero negó con un gesto. — ¿Quieres volver a tu aldea? ¿Vivir junto a Miroku y Miku? ¿Tener una vida sencilla, lejos de aquí?

La exterminadora se sorprendió al escuchar las palabras, dudó unos instantes pero sus ojos brillaron en señal de anhelo, eso era todo lo que ella deseaba. Asintió levemente, causando que su acompañante sonriera de forma tranquila y satisfecha. Él no la forzaría a nada y si ella era feliz lejos del palacio, él jamás la obligaría a quedarse.

— Lo lamento, pero este lugar me trae demasiados recuerdos… me hace revivir malos momentos. Y además… deseo estar junto a mi familia y cumplir las promesas que hice hace tanto tiempo…

— Lo comprendo y te apoyo. Quiero que seas feliz y por lo mismo le había pedido a Su Excelencia que tratara de evitar que volvieras. Pero ya está hecho, y quizá es mejor. Por lo menos ambos aclaramos nuestras dudas.

Unos segundos de silencio siguieron luego de las palabras del señor del palacio. Ella se sentía más tranquila después de haber aclarado ese tema con él, pero luego recordó un detalle muy importante. Algo que no podía simplemente ignorar.

— Kuranosuke, si el bebé que espero es tuyo…

— No pienses en eso. Aunque lo fuese, ¿qué ganas con seguir aquí? Él sólo vería a su madre infeliz, y eso no es bueno. En cambio, si le das a Miroku la oportunidad de ser el padre, ese pequeño crecerá con una familia hermosa. Si ese pequeño es mi hijo, deseo lo mejor para él. Y eso es lo mejor para ti también. Así que no temas ni dudes. Es tu vida, tu decides.

La castaña le sonrió con cariño, agradeciendo infinitamente las palabras de él. Eso la dejaba más segura, ella sabía ahora lo que tenía que hacer. Esperaba sentirse mejor para poder emprender el viaje de regreso a la aldea.

Tras unos minutos, Kuranosuke la dejó sola para que descansara, mientras las estrellas reinaban el firmamento.


"… Más tarde por la noche…"

La petición de Miroku de dormir junto a Sango a todos les extrañó, pero Kuranosuke no había tenido problemas: sabía que él sólo quería estar ahí para apoyar a la muchacha en caso de que esa oscuridad volviese a aparecer.

Así que ahora se encontraba dormitando cuando un escalofrío le recorrió la espalda, alertándolo. Abrió los ojos y observó con detenimiento el cuarto, lo único raro que encontró fue a la castaña respirando de forma agitada en sueños, con la frente sudada y los puños cerrados, evidentemente algo le estaba ocurriendo.

— ¿Sango, estás bien? — Le habló, acercándose, pero no pudo llegar a ella, ya que una energía maligna lo empujó hacia atrás.

No dejaré que te lleves a esta mujer contigo. Será mía, igual que la criatura que lleva dentro.

La voz salió de forma gutural de la garganta de Sango, pero claramente no era ella. Miroku se incorporó, asustado, pero determinado a ayudar a su compañera.

— Sango, sé que estás ahí, así que quiero que me escuches.

Es inútil, monje, no lograrás llegar a ella.

— Pequeña, eres fuerte, yo sé que tú puedes contra esto. No dejes que te gane, eres más fuerte que él. Eres la mujer más fuerte que conozco. ¡Tienes que reaccionar! — Sus palabras parecían no tener efecto, pero él no se rendiría. Venciendo esa fuerza que le impedía acercarse a la exterminadora, logró llegar junto a ella y le afirmó las manos, provocando que su cuerpo se remeciera. — ¡Por favor, Sango, despierta!

Ella abrió los ojos de golpe, reaccionando ante el contacto, mientras la energía maligna desaparecía. Se aferró a los brazos de Miroku y comenzó a llorar, mientras él la confortaba, tratando de darle tranquilidad, aunque en su interior estaba preocupado.

Si esa oscuridad estaba comenzando a reaccionar de esa manera, era porque se estaba revelando contra el progreso que estaba teniendo Sango. Eso significaba que iban por buen camino, pero era peligroso que ella se expusiera a ese tipo de eventos.

Era peligroso para ella y para su hijo. Él suspiró, besándole la frente a su compañera y estrechando el abrazo.

Él seguiría ahí para protegerlos.


¡Hola! Lo sé, esto ha estado lento, pero les traigo buenas noticias. Ayer di mi último examen, el que doy al final de cada internado y ¡APROBÉ! Así que ahora soy matrona (partera o midwife, como se les dice en otras partes). Así que esa es la razón del abandono.

Vuelvo a agradecer a todos los que leen, sin ustedes la historia no tendría sentido. Pero en especial a mis queridísimas Nuez, Sango Sarait y fifiabbs (que estoy segura que es la del review del Guest xd).

Saludos a todas, espero traer el siguiente pronto. Y perdonen lo poco.

Yumi~