DISCLAIMER: Los personajes no son míos, ya lo saben ^^U son de Rumiko Takahashi. La siguiente narración es creación propia y está hecha sin fines de lucro, con el propósito de entretener a los lectores.
SUMMARY:Y lo odiaba por eso. Por alejarse, luego de que habían reafirmado su promesa de casarse y tener una familia juntos. Luego de que ella venciera todos sus temores y se convirtiera en su mujer antes de la boda. Luego de que rompiera las promesas de celibato sólo por sus ojos... Por eso, ya no loseguiría esperando.
Por tus ojos...
Capítulo XV
"Regreso"
"Dejé de gritar y cuando sentí que podría marchitarme y morir,
me dije a mí mismo 'no pierdas las ganas de vivir',
En las noches temblorosas, guardo silencio y me hundo en mi dolor.
Por favor, perdona mi agónica respiración…
Por favor, dime que esto sólo es un mal sueño.
¿Cuánto más tengo que gritar y retorcerme de dolor?
Por favor, muéstrame que esto sólo es un mal sueño.
Quiero volver a reír una vez más, antes del final."
— Taion; the GazettE —
El sol ya había salido hacía varias horas cuando se despertó. Abrió lentamente los ojos, sin moverse, simplemente mirando y escuchando. Lo había despertado su compañera, cuando se acurrucó aún más entre sus brazos, buscando refugio. Al cerciorarse de que ella seguía durmiendo, soltó un imperceptible suspiro, cansado.
Había sido una larga noche.
Una larga y oscura noche.
Más de una vez tuvieron que hacerle frente a ese mal que se negaba a dejar a Sango en paz. Las manifestaciones, sin embargo, ya no eran sólo sueños angustiantes: ahora habían llegado al ataque físico. Pudieron mantenerlas a raya, pero a costa de un gran esfuerzo por parte de los dos. Y él temía que ese esfuerzo terminara siendo más dañino que la misma oscuridad o sus manifestaciones.
Volvió a soltar otro suspiro, esta vez más notorio, y estrechó sus brazos alrededor de la castaña, besando su frente con apremio. Sabía lo que debían hacer ahora, pero tenían que recuperar energías para llevarlo a cabo y, en esos momentos, la prioridad era la salud de la muchacha y de su bebé.
— ¿Hace mucho que estás despierto?
La voz cansada de la exterminadora lo tomó por sorpresa. La miró un instante antes de responderle, notando el agotamiento en sus ojos.
— En realidad, no. Apenas un rato — contestó, tratando de transmitirle algo de energía con una sonrisa, aunque el intento no tuvo el efecto esperado —. ¿No quieres comer algo?
— No tengo apetito… — La mirada severa que le dirigió el monje bastó para que ella sonriera de medio lado, resignada. — De acuerdo, desayunemos. Iré por la comida…
— No te preocupes, yo lo haré. Sólo no te vayas a escapar.
Ella le respondió con una sonrisa, no tan divertida como hubiese esperado, pero era una sonrisa genuina. Miroku se encaminó por los pasillos hacia el comedor, tan sumido en sus pensamientos que no notó que alguien lo esperaba en uno de los corredores.
— Su Excelencia, buenos días. — Casi saltó de un respingo al escuchar la voz del terrateniente, pero le devolvió el saludo con un gesto antes de que él continuara. — Pensaba en llevarles el desayuno, aunque no estaba seguro si ya habían despertado…
Le hizo una mueca de preocupación que el monje pudo notar fácilmente. Trató de parecer relajado, de no preocuparlo más de la cuenta, pero pudo notar que sus ojos lo delataron. Negó con la cabeza, no estaba acostumbrado a preocupar a los demás. Por lo general, era él quien solía cuidar del resto.
— Fue una larga noche, pero ambos estamos mejor — comentó, aunque no pudo impedir que Kuranosuke se interesara en los detalles.
— Puedo imaginarlo, escuché a Sango un par de veces. Estuve a punto de intervenir, pero creo que no hubiese ayudado mucho.
— En realidad no. No sé cómo habría reaccionado a su presencia, quizá habría sido peor.
El silencio los abordó por unos segundos, tan pesado como el frío que les llegaba desde el exterior. Miroku miró de reojo la puerta del comedor y el castaño comprendió de inmediato el mensaje, acompañándolo hasta dentro para buscar la comida. Se mantuvo el silencio hasta que salieron de la sala y emprendieron el camino hasta donde aguardaba Sango.
— Su Excelencia, yo… yo sé que ustedes quieren partir lo antes posible, pero temo que Sango no se encuentre en las mejores condiciones para llevar a cabo el viaje…
Miroku lo atravesó con una dura mirada, que le confirmó que había pasado algo que lo preocupaba. Algo que los llevaría a decidir irse pronto. Algo que de seguro él no podía ni siquiera imaginar. Aguantó la respiración mientras aguardaba la respuesta del ojiazul, esperando que lograra calmar en parte su angustiado corazón.
— A pesar de que Sango es la mujer más fuerte que conozco, no posee la habilidad de derrotar lo que ahora lucha con ella. Todo este tiempo se ha esforzado y ha sido capaz de mantenerlo a raya, pero eso sigue ahí. Y ahora intenta ganar ventaja usando los miedos de ella a causa del embarazo. Lamentablemente, estábamos mal enfocados y, aunque lo ha hecho increíblemente, Sango no tiene habilidades espirituales para expulsar de una vez por todas a esa oscuridad — la mirada azul brilló, destacando en el semblante serio y preocupado del moreno —. Sé lo que está pensando, pero no. Yo tampoco poseo esas habilidades, por eso debemos volver a la aldea cuanto antes. Si alguien puede ayudar a Sango, es la señorita Kagome.
Kuranosuke le devolvía una mirada tan seria y preocupada como la de él. Se observaron fijamente sólo por un instante más y luego siguieron el camino, el silencio bastó para que ambos supieran lo que pasaría a continuación. Llegaron al cuarto, Miroku golpeó suavemente la puerta antes de entrar, recibiendo un "adelante" como respuesta a su llamado; él ingresó, pidiéndole con un gesto al terrateniente que esperara un instante. Observó a Sango distraída, mirando algún punto perdido en la pared, sin ser capaz de ocultar un poco de cansancio mezclado con preocupación y miedo. Dejó la bandeja a su lado y aguardó un momento hasta que ella dirigió su mirada hasta la suya, parecía confundida.
— N-No… no recuerdo bien qué ocurrió anoche, pero… — Cerró los ojos, sin terminar la frase.
— ¿Pero…? — Preguntó él, animándola a continuar. Al ver que ella seguía sin decir palabra y con los ojos cerrados, le tomó las manos con confianza. — Estuve contigo, como prometí. No te dejaré sola, pero tienes que dejar de guardarte lo que sientes.
— Y-Yo… — Abrió los ojos al fin, buscando los de él y, al encontrarlos, rompió en llanto, refugiándose en su pecho. — ¡Tengo miedo, Miroku! ¡Cada noche, siento que las cosas empeoran! ¡Soy débil, no he podido vencer esto a pesar de que he luchado con todo lo que tengo! Y ahora, con un bebé creciendo dentro de mí, más vulnerable estoy y no quiero ni imaginar lo que puede pasar… estoy cansada, ya no quiero seguir luchando… por favor, sólo quiero que esto acabe de una vez…
El llanto comenzó a ser sollozos ahogados en su kesa, él la abrazó con aprehensión, acariciándole la cabeza en un intento de calmarla, aunque su interior también temía. Esa lucha se había prolongado demasiado y era hora de terminar con ese asunto de una buena vez, pero sabía que la solución no estaba en sus manos. Apretó los dientes con impotencia, soltó un suspiro y besó la frente de Sango, llamando su atención.
— Sango, no eres débil. Por el contrario, ya te lo he dicho: eres la mujer más fuerte y hermosa que conozco. Eres una guerrera, pero además de tu fuerza física también posees un gran espíritu. Sin embargo, seguimos siendo humanos — tomó con delicadeza su rostro para que lo mirara antes de continuar —. No puedes exigirte más de lo que puedes dar y has agotado todas tus fuerzas luchando contra algo que no puedes vencer.
— ¿Entonces, jamás terminará…?
— No he dicho eso — la calmó de inmediato al notar el pánico en sus ojos —. Tú no puedes sola contra esto. Debemos enfrentarlo de otra forma, lo que consume tu ser es… está a nivel espiritual.
"A un nivel que ni siquiera yo puedo enfrentar…" pensó, volviendo a tensar la mandíbula. Sango lo observó un instante antes de limpiarse las lágrimas con el dorso de la mano. Tenía miedo, eso era cierto, pero no estaba sola. Miroku estaba a su lado y ¿quién mejor que un monje para enfrentar algo de esa naturaleza? Aunque, a juzgar por el semblante de él, al parecer tampoco contaba con la habilidad de vencerlo.
— Si es espiritual, ¿tú puedes…?
— Si pudiera hacer algo, ya lo habría hecho. Debo admitir que soy inútil frente a este mal… Pero la señorita Kagome tiene las habilidades necesarias para purificar tu esencia y terminar con esto.
Sango asintió con un gesto, terminando de limpiarse el rostro y sentándose de nuevo en su futón, miró su comida y sonrió de medio lado, no tenía mucho apetito pero sabía que debía reponer fuerzas. Antes de probar bocado, volvió a mirar a su compañero repasando las últimas palabras que le había dicho.
— Miroku… — Lo llamó con cuidado, él la miró de inmediato con curiosidad. — No vuelvas a decir que eres inútil frente a esto. Si no fuera por ti, seguramente yo… no habría resistido tanto. Te necesito.
Él sonrió, asintiendo con un gesto y sintiendo un repentino alivio. Ella acababa de admitirle que lo necesitaba, que sin él no habría soportado todo lo que había pasado. Le acarició el rostro, trasmitiéndole una tranquilidad que difícilmente podría haberle dado antes.
— Estaré siempre contigo, Sango. Sólo te pido que resistas un poco más, hasta que volvamos a la aldea. Te prometo que todo acabará, pero tienes que seguir siendo fuerte.
Ella le sonrió en respuesta, sintiendo también por primera vez en mucho tiempo, la tranquilidad que él le transmitía. Comenzaron a comer en silencio, tras unos minutos volvieron a golpear suavemente la puerta y Miroku recordó que Kuranosuke esperaba fuera. No fue necesario que él dijera nada, Sango nuevamente respondió el llamado de la misma forma, permitiéndole la entrada al castaño y saludándolo con una cálida sonrisa.
— Disculpen la interrupción, pero quería hablar un momento con ustedes… es respecto a su viaje — reveló, sin rodeos puesto que sabía que el tiempo era valioso —. Yo… comprendo que quieran volver lo antes posible, así que no los retendré aquí más del tiempo que ustedes decidan quedarse. Sé que la situación es complicada y, por lo mismo, quiero ofrecerles toda la ayuda que requieran. Por favor, no duden en pedirme lo que sea que necesiten.
Ante el silencio de Sango, que al parecer se había quedado sin palabras ante el ofrecimiento del terrateniente, el monje recibió el gesto con una sonrisa y sinceras palabras de agradecimiento, mientras la exterminadora los contemplaba aún confundida. De pronto, abrió la boca, aunque la cerró de inmediato al notar los ojos de ambos hombres en ella.
— ¿Qué sucede, Sango? — Preguntó Kuranosuke de forma suave, tratando de no alertarla.
— Y-Yo… no logro entender esto. ¿P-Por qué…?
— ¿Por qué los ayudo? ¿Por qué no impido que se marchen? ¿Por qué no te obligo a quedarte? — Sus ojos brillaron con serenidad, a diferencia de los de ella que tenían una sombra de angustia mal disimulada. — Lo hablamos anoche, quiero que seas feliz y sé que no lo serás aquí. Tú misma me dijiste que te traía demasiados malos recuerdos, así que no te sorprendas. Sólo sigue tu corazón y sé feliz.
Una lágrima escapó de los ojos de Sango, asintió con un gesto, sin poder encontrar palabras para responder, una emoción presionaba su pecho pero era distinta a la angustia o al miedo que ya eran visitantes habituales. Ahora, tenía algo distinto a lo que aferrarse, porque no dejaba nada inconcluso, porque Kuranosuke le deseaba lo mejor y le permitía tomar una decisión. El terrateniente se despidió con una sonrisa y los dejó terminar de comer, retirándose. Miroku abrazó a la muchacha por los hombros, dedicándole una sonrisa de alegría, alivio y esperanza.
— ¿Ves? No hay nada que temer. Puedes ser feliz de la forma que quieras, lejos de aquí si lo deseas.
— Gracias…
No había nada más que decir. Era hora de seguir el camino que nunca debería haber abandonado, volver a la aldea donde la esperaba su hija y pedir la ayuda de su amiga, para zanjar de una vez y para siempre, ese problema.
Ya llevaban unos días de viaje pero parecía que no avanzaban.
Habían partido ese mismo día por la tarde, aprovechando que el clima había mejorado un poco y antes de que Sango pudiese arrepentirse o volviese a enfrentarse a ese temor tan oscuro. Kirara los llevaba en su lomo, de la misma forma rápida pero cuidadosa en la que había viajado antes, procurando cuidar a su compañera. Sin embargo, aunque el clima había sido favorable, las noches eran cada vez más largas y agotadoras y Miroku temía seriamente por el bienestar de Sango y el pequeño que ahora gestaba.
Kirara soltó una especie de gruñido para llamar la atención del monje, quien iba concentrado y no se había percatado que se aproximaban a su destino. Sonrió agradecido de por fin estar en casa, dándole las gracias a la felina mientras ella comenzaba a apurar el paso para llegar pronto. Sango despertó al momento en el que la velocidad incrementó un poco, sosteniéndose firmemente del kesa del oji azulado. Se había quedado dormida mientras viajaban y en lugar de detenerse a descansar, Miroku había decidido seguir su camino, sosteniendo con cuidado a la muchacha entre sus brazos, segura durante el trayecto. La castaña miró un poco confundida a su compañera, luego dirigió sus ojos hacia el paisaje que se extendía bajo ellos, reconociendo el Árbol Sagrado y las cabañas de la aldea a poca distancia. El agarre en las ropas del bonzo se hizo más tenso mientras un peso se dejaba caer sobre su estómago, angustiante: se acercaba el final.
Pronto enfrentarían a ese mal con la última de sus opciones. Al descender de Kirara, comenzarían la recta final para acabar de una buena vez con todo eso. Para derrotar a esa oscuridad de una vez por todas, o para admitir, finalmente, que no podían vencerla y aprender a vivir con ella.
Aguantó la respiración ante este último pensamiento, temerosa. No quería seguir soportando tener miedo, revivir esos recuerdos tan dolorosos, reprimir sus verdaderos deseos ante la posibilidad de no verlos cumplirse. Extrañaba a la antigua guerrera, a la Exterminadora que luchaba por sus ideales, que no se rendía ante las adversidades, que no temía romper el canon de la típica chica delicada y obediente. Jamás había temido seguir sus ideales, mostrar lo fuerte que era, que podía defenderse y salir adelante por sí misma. Durante toda su vida, sus temores habían sido distintos: había temido perder a sus seres queridos en el campo de batalla, o no ser capaz de cumplir algún trabajo o de salvar alguna vida inocente. Pero nunca se había detenido frente al miedo de seguir un sueño.
Sintió los brazos de Miroku alrededor suyo, su pecho ofreciéndole refugio y su cálida mirada buscando sus ojos. Le sostuvo la mirada, tratando de alejar el miedo y la angustia, pero el sentimiento seguía allí. Él sólo la acercó un poco más a él, apoyando su cabeza en el hombro de ella y susurrándole con cariño.
— Tranquila, pequeña. Pronto, todo esto acabará y no tendrás que temer más.
Ella cerró los ojos, asintiendo con un gesto mientras aterrizaban cerca de la cabaña de Kaede, ante la expectante mirada de sus amigos. De seguro, InuYasha y Miku habrían sentido su presencia antes y habían decidido recibirlos.
Luego de la afectuosa bienvenida, comieron algo y pusieron al tanto de lo que ocurría a sus amigos, explicándoles que sólo quedaba un camino para terminar con todo eso. Kagome lo comprendió de inmediato y no dudó en aceptar ayudarlos, a pesar de que ahora Sango dudara dado lo peligroso que podía ser para su amiga. Pese a su insistencia, la sacerdotisa le dejó claro que era su decisión ayudarla y que no iba a persuadirla ni a atemorizarla de esa forma. Todos intuyeron que esa actitud de Sango era una forma de la propia oscuridad para evitar enfrentarse a las habilidades de Kagome, pero no podría lograrlo: ya estaba decidido y sus amigos jamás la dejarían luchando sola contra eso.
Bajo la guía de Kaede, prepararon una de las habitaciones de su cabaña para realizar la purificación, en tanto la anciana le indicó a Sango que se diera un baño antes con algunas hierbas, pues ella también debía alistarse para lo que ocurriría, dado que no sería un proceso fácil, mucho menos pacífico. La castaña obedeció sin chistar, confiando ciegamente en ella y sabiendo que no podía estar en mejores manos.
Pronto tenían todo preparado y, pese a los nervios y la ansiedad de todos, Kagome y la anciana Kaede estaban listas para comenzar a purificar la esencia de Sango. InuYasha y Kohaku se encargaron de llevarse a Miku lejos del lugar, ya que ella era sensible a lo espiritual y podía verse afectada por la oscuridad, lo mejor era que se mantuviera apartada. En cambio, fue imposible convencer a Miroku de hacer lo mismo: se negó a dejarla, insistiendo que si algo llegaba a pasar, quería estar ahí.
Cerca del anochecer, Kagome comenzó a purificar a su amiga, apoyada siempre por la anciana Kaede, mientras el monje esperaba fuera de la habitación. No les sorprendió pronto encontrar resistencia, con manifestaciones físicas en el cuerpo de Sango, quien se retorcía pidiendo a gritos que se detuvieran. Sabían que no podían parar hasta que el espíritu de la exterminadora de nuevo volviera a la normalidad, por lo que las sacerdotisas continuaron su labor pese al dolor que mostraba el cuerpo de la muchacha.
Tras unas cuantas horas llenas de aflicción e incertidumbre, el cuerpo de la muchacha quedó completamente paralizado, parecía dormir. Kagome lo observó confundida, ¿habría acabado ya?
— No te detengas. Esto apenas ha comenzado — le advirtió la anciana sacerdotisa, sin dejar ella misma su labor —. Está tratando de engañarte.
Como gatillado por la advertencia de Kaede, una risa macabra, profundamente ronca y gutural, escapó de los labios de Sango. Una risa gélida, que se burlaba de ellas.
— Insignificantes y patéticas humanas, no sigan gastando sus inútiles energías en apartarme de su amiga — tampoco era la voz de Sango, pero al pronunciar las palabras, los ojos de ella se abrieron de par en par y revelaron una oscura presencia en su mirada —. Hagan lo que hagan, su alma ahora es mía.
— ¡Jamás será tuya! ¡Sango es fuerte y no vamos a dejar que te la lleves, que la apartes de nosotros!
— ¿Que la aparte de ustedes? — Soltó una carcajada, devolviéndole una mirada despectiva a Kagome. — No quiero tal cosa. Permití que llegara hasta aquí porque quiero que esté con ustedes. No se imaginan lo delicioso que es sentir su dolor al verlos, al recordar lo que perdió hace años. Incluso es más delicioso que el dolor que sentía junto al terrateniente ese. Ustedes mismos me han hecho más fuerte, porque ahora no sólo tiene miedo, sino que siente culpa y arrepentimiento. ¡Los humanos son tan estúpidos!
La azabache no podía creerlo. ¿Acaso era verdad y el volver a la aldea, tratar de que ella luchara por sus sueños, podía provocarle dolor? Intercambió una mirada preocupada con la anciana Kaede, pero no pudo encontrar nada en ella: la oscuridad estaba apoderándose de la sacerdotisa, sus ojos mostraban angustia y un profundo tormento se reflejó con fuerza, mientras un par de lágrimas escapaban de ellos. Kagome volvió la vista hacia la exterminadora sólo para sentir ahora como ese frío inconfundible trataba de llegar a su alma. Intentó concentrarse, pensar en momentos cálidos, en sus sueños, pero no sentía la fuerza necesaria para lograrlo.
— ¡No, Kikyō, hermana! ¿Por qué…?
Kagome cerró los ojos, tratando de ignorar los pensamientos y recuerdos que esa energía maligna intentaba traerle a la mente. Sabía lo que quería, su poder de purificación se basaba en sus propias emociones y si ella dudaba, temía o sufría no podría seguir con su cometido. De seguro había logrado transportar a la anciana Kaede al pasado en el que su hermana había sido engañada y asesinada por Naraku, pero ella no permitiría que nadie la hiciera recordar momentos tan tristes.
Negó con la cabeza, procurando mantenerse centrada y calmada, se acercó a su amiga sin detener el proceso de purificación, rogando tener la fuerza para terminar con eso sola.
— ¿Kagome? — Se detuvo en seco al escuchar la verdadera voz de Sango, temerosa. — ¿Por qué haces esto, Kagome? Por favor, detente. Me haces daño, no sigas, ya no quiero sufrir más… no…
Se paralizó al escucharla, su amiga estaba sufriendo. Dudó un instante, ella no quería dañar más a la castaña, después de todo lo que había sufrido en su vida, no era justo que siguiera haciéndolo…
— Sango…
— No es ella, señorita Kagome. Sango jamás se rendiría ante esta oscuridad, menos ahora. No permita que la engañe, nuestra Sango es mucho más fuerte de lo que cree.
La voz de Miroku la hizo reaccionar, él tenía razón: la exterminadora había pasado cosas peores, sola. Ahora no se rendiría, porque ya no estaba sola. Los tenía a ellos y no la abandonarían, le arrebatarían esa oscuridad de hasta el último rincón de su ser para que pudiera volver a ser la misma de siempre. Para que pudiera comenzar a vivir su felicidad.
— ¡Estúpido monje pervertido, mujeriego e infiel! — Ahora Sango se dirigió a él, con furia en los ojos. — ¡Todo esto es tu culpa! Nunca me amaste en realidad, me abandonaste después de tener lo que querías de mí, ¡no cumpliste tus promesas! ¡Vete, aléjate de mí, déjame sola! ¡Sólo me causas sufrimiento!
Aunque las palabras le dolieron y sentía cómo el frío de la oscuridad trataba de calarle profundo en sus miedos, miró directo a los ojos de la muchacha, transmitiéndole seguridad y amor.
— Sango, sé que estás ahí y que no te has rendido. No negaré que cometí errores pero no voy a huir sólo porque esta entidad intente recordármelos y hacerme sentir culpable. ¡No voy a dejarte sola, nunca! ¿Entendido? ¡Seguiré luchando por tenerte de vuelta a mi lado, porque sé que tú no te rendirás! ¡Porque te amo y no voy a permitir que sigas con ese dolor!
Como un balde de agua fría, las palabras del bonzo hicieron reaccionar el cuerpo de Sango, provocando que temblara antes de que una lágrima escapara de sus ojos. A pesar de eso, la oscuridad no le permitió descanso y una ola de desesperación intentó consumirlos, apartando nuevamente a la muchacha de ellos. Miroku tensó la mandíbula, sabía que el proceso iba a ser duro y largo, que todos terminarían más que agotados y que probablemente Sango incluso tuviera algunas repercusiones físicas por el esfuerzo, pero no podían rendirse. No en ese punto, no ahora que ya habían llegado al momento decisivo.
Volvieron a sentir ese helado pesar tratando de consumirlos por dentro, mientras un aura oscura envolvía a la exterminadora, intentando apartarla de la energía purificadora de Kagome. Las cosas iban a complicárseles al final, eso era más que obvio, mas ninguno se rendiría.
— ¡Ríndanse! ¡Jamás van a poder tener a su Sango de vuelta! ¿De verdad crees que eliminándome, todo acabará? ¡La pesadilla apenas comenzará! ¡No pueden hacer nada por el alma de esta humana! ¡Devoraré hasta su más noble sentimiento y también el de la criatura que se gesta en su interior! ¡Y ustedes sólo podrán mirar cómo ambos son consumidos por la tristeza, el miedo y el dolor!
La joven sacerdotisa trató de enfocarse de nuevo, sentía que esa oscuridad estaba ganando demasiado terreno en su interior y no podía permitirse caer ante ella. Si Sango había luchado tanto tiempo contra eso, ella no podía facilitarle el trabajo ahora. Volvió a pensar en positivo, recordó los momentos felices que ahora rehusaban venir a su mente, y por fin encontró la fuerza que necesitaba para seguir.
InuYasha.
Se enfocó en él, en su personalidad terca pero preocupada, en su extraña forma de demostrar preocupación por sus amigos, en su tenacidad. En su fuerza, su energía, su obstinación. Él no se rendiría, si él hubiese podido hacer algo, si fuera él quien estuviera ahí luchando contra ese ente maligno, jamás lo dejaría ganar terreno.
— ¡Maldita sea, Sango, Kagome! ¡No estén jugando, esto no las va a derrotar! ¡Ya dejen de perder el tiempo y acaben de una buena vez!
Escuchó su voz a su lado y abrió los ojos, decidida. Tenía razón, eso no iba a poder vencerlas. Habían pasado cosas peores, habían derrotado a Naraku. Concentró todas sus energías en su amiga y siguió con su trabajo, ignorando por completo los golpes fríos que intentaba darle la oscuridad, comenzando a sentir por fin cómo se debilitaba, como iba perdiendo la fuerza y las energías que antes intentaban dañar a todos.
Sango gritó de pronto, retorciéndose bruscamente ante la renovada voluntad de su amiga, temblando con aparente dolor en su rostro pero a pesar de eso, el ambiente se podía sentir un poco más liviano, incluso costaba menos respirar. Kaede cayó inconsciente al dejar de llorar, seguramente la entidad oscura ya no tenía fuerzas para mantener la aflicción en su corazón. Kagome se acercó un poco más al cuerpo de la castaña, ya nada iba a detenerlos, terminarían con ese mal esa misma noche sin importar la resistencia que pusiera.
— Idiotas… — Una carcajada escapó casi inaudible de los labios de Sango. — ¿De verdad creen que eliminándome, podrán salvarla? Esta penosa humana seguirá presa de sus propios miedos y dolor. Lo que vivió no va a desaparecer conmigo, será un recuerdo latente que jamás se borrará y la consumirá por dentro. Nunca tendrán de vuelta a la guerrera fuerte y apasionada que conocen, ella jamás volverá a su lado. Jamás volverá a sonreír con la misma luz, jamás volverá a tener la misma seguridad. Ni siquiera podrá amarte sin culpa o miedo, monje. Su espíritu murió hace mucho, antes de que yo tomara fuerza. Aunque me expulsen, ya perdieron esta batalla.
Miroku sonrió de medio lado, confundiendo a su oponente.
— Está claro que no la conoces. Sé que nada podrá borrar lo que vivió y que los recuerdos dolerán. Lo que nos espera no es todo color rosa, pero estaremos juntos y no nos rendiremos. Sango nos tiene a nosotros, pero mucho más importante: se tendrá a ella misma de nuevo. Nunca se ha rendido antes y sé que no lo hará ahora, ya sea contra ti o contra el pasado. Y, por si fuera poco, ahora seremos una familia. Quizá no lo habías pensado, pero tenías la guerra perdida desde el principio, a pesar de todas las batallas que pudiste ganar.
La incredulidad se reflejó claramente en el rostro de la exterminadora, sólo un instante antes de que la sombra de angustia y dolor abandonara sus ojos, al mismo tiempo en el que la energía maligna era expulsada al fin de su cuerpo, usando las últimas energías para aferrarse pese a que ya sabía que había perdido.
— Miroku…
Sango lo llamo en un susurro apenas audible, pero supo de inmediato que era su Sango. Se apresuró a llegar a su lado, tomando su mano sólo para provocar que ella lo mirara a los ojos justo en el instante en el que la oscuridad se desvanecía por completo.
— Volviste.
Le sonrió en respuesta antes de caer desmayada en sus brazos, agotada. Miroku suspiró, abrazándola con alivio mientras también cerraba los ojos, agotado pero feliz.
— Gracias… gracias. Señorita Kagome, muchas gracias por… por traerla de vuelta. Sin usted…
— No agradezcas, Miroku. Además, si no fuera por ti… Sango no lo habría logrado. Esto ha sido posible gracias a todos, pero si no fuera por ustedes… — Kagome suspiró, apoyándose agotada contra la pared del cuarto antes de continuar. — Son muy fuertes.
— Sí… lo somos.
Lo último que vio antes de quedarse dormido por el agotamiento, fue a InuYasha entrando rápidamente y abrazando a la sacerdotisa con cariño, mientras ella también se quedaba dormida en sus brazos.
Apretó los párpados antes de abrir los ojos lentamente, sintiéndose extraña. Miró alrededor, intentando orientarse, ubicar dónde estaba. Se sentó, tomándose la cabeza con sus manos, también tenía una jaqueca horrible. No recordaba mucho de lo que había pasado, lo último que venía a su mente con claridad era el almuerzo después de haber llegado a la aldea; después de eso, todo se volvía borroso y era difícil y doloroso intentar pensar en ello. Había momentos fugaces, podía sentir el tacto de Miroku y su voz, también la de Kagome e incluso InuYasha, pidiéndole que no se rindiera, pero no podía enfocar los detalles.
Negó, soltando un suspiro para volver a mirar el cuarto. Tenía la impresión de que había pasado demasiado tiempo. Cerró los ojos, inhaló profundo y trató de concentrarse en cómo se sentía ahora, pronto los recuerdos la hirieron, el miedo y la impotencia se hicieron presentes en su interior al revivir en su memoria los horribles momentos en el palacio de Kuranosuke; sin embargo, a diferencia de otros días, pudo encontrar algo distinto en su alma: esperanza. A pesar del dolor que sentía, también pudo pensar en un futuro lejos de eso, junto a su familia, a sus amigos, a Miroku. Se sentía aliviada y podía volver a tener sueños.
Sonrió tranquila. Sentía que había recuperado parte de la chica que solía ser. Ella solía seguir lo que le dictaba su corazón, incluso si sentía que era un caso perdido, como lo pensó al principio con el monje. No temía soñar ni luchar por lo que quería, por lo menos no hasta que huyó. Cuando temió ser rechazada después de entregarle todo al monje, en ese momento el temor la dominó y decidió escapar en lugar de enfrentarlo. Y desde ese día, había perdido parte de sí misma. Había dejado atrás a la Exterminadora soñadora y fuerte, la había abandonado junto con ese miedo en la aldea en la que ahora estaba.
Pero había vuelto.
Había enfrentado todos los miedos que podía tener, para encontrarse de nuevo en el lugar en el que había abandonado sus sueños.
Escuchó pasos afuera y los reconoció de inmediato, fijando su vista en la entrada con una sonrisa, esperando con ansias. Su pequeña hija ingresó corriendo, alegre como hacía tiempo no la veía, saltando sobre ella con energía.
— ¡Miku, espera! Tu madre seguramente está… — La voz de Miroku se cortó al verla recibiendo el cálido saludo de la menor, sonriendo ante la escena. —… Despierta.
Sus miradas se volvieron a cruzar y muchos sentimientos nacieron de ese simple acto. Por alguna extraña razón, Sango sintió el pecho apretado, un vacío en el estómago carcomido por nervios, como cuando antaño se quedaba a solas con él y temía hacer algo que lo espantara. Después de todo, sabía que Miroku adoraba rescatar damiselas en peligro y ella no era precisamente una de ellas. Sabía que, de todas formas, él la había elegido, aunque jamás pudo entender bien porqué. Y ahora lo tenía frente a ella, con sus ojos profundos fijos en ella, atrapados por el silencio repentino.
Miroku tampoco fue ajeno a los efectos que ese momento tenía y su corazón dejó de latir por un momento, sólo para acelerarse después, mientras su respiración de pronto comenzó a ser más notoria. Estaba ansioso, tenía nervios pero también algo de miedo y preocupación se escondían en los latidos de su corazón. Tenía claro que ahora venía una etapa difícil, porque debían enfrentar todo lo que había pasado, pero no sabía cómo lo harían, y quizá algo de razón tenía esa oscuridad y para ella podía ser doloroso estar con ellos. Pero no podía dejarla sola, no quería hacerlo: Sango era su vida y si iba a alejarse de ella, sólo sería para verla feliz, no para evitar que ella superara eso tormentos.
—… Miroku…
— Sango.
Miku les sonrió a ambos, llenó de besos el rostro de su madre y luego se puso de pie de un salto, corriendo nuevamente hacia la puerta con un astuto brillo en su mirada.
— Supongo que quieren hablar, así que iré a ayudar a InuYasha con la leña.
Salió, dejándolos solos nuevamente, el silencio se volvió a apoderar del cuarto como un pesado manto que los incomodaba pero ninguno de los dos sabía qué decir. Tantas cosas se arremolinaban en sus corazones, que era difícil decidir por dónde empezar. Pese a ello, debían comenzar por algún punto y fue Sango la que no pudo soportarlo y rompió el silencio, pero no con palabras. Se lanzó a los brazos de Miroku, sollozando levemente, dejando que el temor que tenía se viera reflejado en su mirada. Después de todo, no podía fingir frente a él y tampoco quería hacerlo.
— Sango… — Miroku la abrazó, dándole refugio y cálidez con ese gesto, comprendiendo que ella temiera. — Tranquila, no tienes que temer. Lo que venga, lo enfrentaremos juntos.
Ella asintió, calmándose un poco antes de volver a encontrarse con su mirada, decidida a dejar de huir. Ahora quería luchar por sus sueños.
— Gracias… — Murmuró, limpiándose los ojos al dejar de llorar y ya más tranquila. — ¿Cuánto… cuánto tiempo ha pasado?
— Tres días desde que la señorita Kagome logró purificar esa oscuridad. Temí que no despertaras… este tipo de rituales son peligrosos y muchas veces no resultan bien — no ocultó su angustia, había estado realmente preocupado.
— No… no recuerdo mucho, pero… tengo algo, no sé — se mordió el labio, no encontraba palabras para explicarlo bien —. Intento recordarlo pero es… doloroso. Algo bloquea esos recuerdos, como si… tratara de protegerme.
El monje buscó su mirada por unos segundos para luego sonreír de medio lado, como si comprendiera lo que estaba pasando. La guió hacia el futón, se sentaron y él la volvió a refugiar entre sus brazos, dispuesto a aclarar esas dudas.
— Esa noche fue larga y agotadora, para todos. Esa oscuridad no se fue sin pelear y supongo que usó hasta sus últimos recursos. Seguramente intentó ganar fuerzas trayendo recuerdos dolorosos, miedos, y todo lo que te afligía, pues ese tipo de cosas le daban fuerzas — apretó casi de manera refleja sus brazos alrededor de ella, como si aún debiese protegerla de eso —. Incluso intentó afectarnos a nosotros… pero ninguno se rindió…
— Gracias…
— No, Sango. No debes agradecer, porque seguimos luchando por ti. Porque sabíamos que tú no te rendirías. No podíamos dejar que eso te siguiera consumiendo. Tú habrías hecho lo mismo, ¿no?
— S-Sí, p-pero… fue peligroso. Podrían haber… algo podría haber salido mal. ¿Y si…?
— Nada salió mal. ¿De quiénes crees que se trata? — Ella sonrió en respuesta, sabía perfectamente lo obstinados y perseverantes que eran sus amigos. Miroku le acarició la mejilla para luego seguir: — Supongo que tu mente bloquea esos recuerdos porque sabe que no son gratos. Y, personalmente, creo que algunas cosas sería mejor que no las recordaras. Suficiente dolor has tenido que soportar ya, prefiero que te enfoques en el presente y el futuro.
Ella lo miró directo a los ojos por un instante, asintió con un gesto y luego, inesperadamente, lo besó de esa forma suave y dulce que sólo ella podía lograr.
— De acuerdo, Miroku — murmuró con una sonrisa, auténtica, sincera y alegre como las que hace años él no podía disfrutar —. De acuerdo.
Él también sonrió, sabiendo que ahora sí, comenzaban otra etapa.
Hola, hola... lo sé, SIGLOS sin actualizar, pero ha sido difícil volver a tomar el hilo después de perder lo que llevaba cuando mi Mac se averió. Además, el pc que uso ahora no es de mucha ayuda. Pero las excusas no valen, así que espero que el capítulo lo compense. Estoy abierta a sus comentarios, espero que haya valido la pena.
Sólo puedo decir que aún falta un poco, pero creo que no tanto. Espero y ruego no tardarme tanto en poder escribir el siguiente.
Agradecimientos miles a las fieles SangoSarait, Akina54, Azalyn Shihiro y en especial, a mi Dulce Nuez, que ha ayudado a la musa todo este tiempo.
Saludos a todos, espero leernos pronto.
Yumi~
