N/A: No hay mucho que decir de este capítulo más que está sin editar.
Disclairmer: Fairy Tail y todos sus personajes pertenecen a Hiro Mashima.
Capítulo 4: La reunión
El muchacho recorría de un lado a otro los elegantes y blancos pasillos del Olimpo. Ya comenzaba a ser asfixiante el no poder salir. Era evidente su ansiedad, aunque fuese imposible, sentía que un minuto más en aquella tierra de inmortales y se volvería claustrofóbico.
Parecía estar pensando, pero eso era lo de Atenea, no lo suyo. Su lógica consistía; si aparentaba pensar mientras caminaba de un lado a otro una brillante idea surgiría en su cabeza.
El dios del fuego se detuvo. Había una necesidad más grande que debía saciar; El hambre.
Rápidamente se encaminó al salón principal del templo, donde Artemisa estaba detrás de la barra.
-¡Artemisa!- exclamó amigablemente mientras la albina se le acercaba tras la barra.
-Hola, Hefesto- saludó la ojiazul con una de sus típicas sonrisas- ¿En qué puedo ayudarte?
-¿Tienes Ambrosía? ¡Hoy tengo mucha hambre!- exclamó sonriente.
-Claro que sí, Hefesto- contestó la albina mientras se disponía a sacarla- Ara, te noto un poco apagado.- le comentó mientras le servía un delicioso plato con ambrosía.
-De verdad?- dijo el pelirosa mientras comenzaba a devorar su plato- No lo había notado.
-¿Es porque no podemos salir del Olimpo?
El dios la miró sorprendido.
-¿Soy tan transparente?
-Ara, así que es eso.
-Oye, Misa, te puedo preguntar algo? Si tú eres una importante diosa para los mundanos, ¿Por qué nunca sales del Olimpo?
-No creo que sea tan importante.- le sonrió Artemisa mientras secaba un vaso.
-¿Bromeas? ¡eres la diosa de la luna y la caza! ¡La arquera lunar!
-Supongo que prefiero quedarme aquí sirviendo detrás de la barra o ayudando a Laxus con sus tareas.- le contestó vagamente dejando callado a Hefesto por algunos minutos comiendo su ambrosía en silencio.
-Por cierto, ¿Has visto a Afrodita y Atenea?
-No las he visto hoy, la última vez que las vi fue ayer por la tarde.
-Mmm…- murmuró y terminó de comer.- bueno, nos vemos, Misa, tengo algo que hacer.- se despidió de la diosa y se levantó.
Hefesto caminó por los pasillos, por los jardines, los salones, y prácticamente por todo el Olimpo. Hasta que finalmente, los divisó sentados en el césped.
-¡Apolo! ¡Ares!- les gritó para que voltearan y corrió hacia ellos.
-Qué cuentas, Llamita- lo saludó el pelinegro conocido como Ares.
-Yo tenía la esperanza de que quien me llamaría sería una mujer hermosa…- murmuró Apolo con pesar, y fingida molestia de ver al pelirrosa.
-Si, hola a ustedes dos, estoy bien no se preocupen.- replicó el dios del fuego con notorio sarcasmo.
Hefesto se sentó frente a los otros dos y cruzó las piernas.
-¿Ustedes dos han visto a Afrodita?- preguntó Hefesto.
-¡Uhh! ¡Salamander tiene novia!-se burló su amigo.
-¿Tú crees que si hubiese visto a una diosa tan hermosa como ella estaría hablando contigo?-fue la respuesta de Apolo.
-Como creía…- musitó el pelirosa con sus dedos indice y pungar en su barbilla. Con aquello confirmaba las sospechas que había estado albergando desde la mañana. Ese gesto no fue pasado por alto por el pelinegro.
-¿Hay algo que no sepamos, salamander?- Exigió saber Ares, con su poco amigable tono de voz.
Hefesto se quedó en silencio para generar expectación en el contrario, pero sólo consiguió hacer que el dios se irritara.
-De acuerdo, les contaré- accedió Salamander, con las comisuras de sus labios sutilmente levantadas, y un aire de misterio-, pero deben prometer guardar el secreto.
-Ok, lo prometo.- Aceptó inmediatamente Apolo, apodado Leo por sus más cercanos. Últimamente no sucedía nada, y no cabía en su aburrimiento. Un par de chismes le venían bien.
-¡De acuerdo, pero desembucha de una buena vez!- refunfuñó el dios de la fuerza bruta, quien se moría de ganas por saber qué traía Hefesto entre manos.
-Bien- musitó y se acercó más a ellos bajando aún más su tono de voz. Los otros estaban en completo silencio, podía oír sus respiraciones, y hasta llegó a escuchar a uno de ellos tragar saliva.- Despena, Afrodita y Atenea…- ambos lo observaban impacientes- escaparon del Olimpo.
-¿¡QUÉEEEEE?!- Exclamaron los otros dioses al mismo tiempo. Se esperaban cualquier otra cosa, algo gracioso o subido de tono sobre sus amigas, pero aquello no resultaba para nada divertido. Al pelinegro le hirvió la sangre que lo hubieran hecho sin avisarles.
-Hujum.- confirmó el pelirosa cruzandose de brazos.
-¡Malditas! ¡Y nosotros aquí muriendo del aburrimiento!- alegó Ares.
-Y allá abajo en la tierra está lleno de chicas lindas…- se lamentaba Apolo.
-¡Callaos!- los silenció el dios del fuego.- Las descubrirán si no cierran el pico.
-¿Y a mi qué!- exclamó Ares de mal humor- Esas tres se lo merecen por no decirnos.
-Tengo algo mejor en mente.- les susurró atrayendo su atención. Ahora sus comisuras se curvaron hacia arriba, mostrando una sonrisa siniestra en los labios del pelirrosa- Ares… Leo… Vamos a divertirno un rato.
Los aludidos se miraron entre ellos y sonrieron tétricamente al darse cuenta de lo que se refería, mostrando expresiones muy parecidas a la de Hefesto. Pobres de las diosas. No sabían qué les esperaba.
