DISCLAIMER: Los personajes no son míos, ya lo saben ^^U son de Rumiko Takahashi. La siguiente narración es creación propia y está hecha sin fines de lucro, con el propósito de entretener a los lectores.

SUMMARY: Y lo odiaba por eso. Por alejarse, luego de que habían reafirmado su promesa de casarse y tener una familia juntos. Luego de que ella venciera todos sus temores y se convirtiera en su mujer antes de la boda. Luego de que rompiera las promesas de celibato sólo por sus ojos... Por eso, ya no lo seguiría esperando.

ADVERTENCIA DE CONTENIDO: Lemmon, leer a discreción.


Por tus ojos...

Capítulo XVI
"Un nuevo camino"


"Recostado junto a ti,
escuchando tu corazón latiendo.
Y me pregunto qué estás soñando,
me pregunto si soy yo al que estás viendo.
Entonces beso tus ojos y agradezco a Dios que estemos juntos,
y sólo quiero estar contigo,
sólo permanecer en este momento para siempre, por siempre jamás.

No quiero cerrar mis ojos,
no quiero caer dormido,
porque te extrañaría, nena,
y no quiero perderme nada."

I don't wanna miss a thing; Aerosmith —


Nunca habría imaginado llegar a ese punto. Si bien era cierto, las cosas habían mejorado considerablemente ese tiempo y Sango ya no era atormentada por esa oscuridad, aún no podía sentirse del todo cómodo. Suspiró, mirando a las muchachas junto a sus hijos recolectando hierbas a lo lejos, mientras él se suponía que leía un pergamino a la sombra de un árbol cercano. Lo había intentado, pero sinceramente no podía concentrarse, sus pensamientos se lo impedían.

Sí, disfrutaba de la compañía de la castaña como antes, de eso no había duda. Era feliz con sólo verla tranquila, alegre, riendo, jugando, viviendo como siempre había querido.

Sí, ella ahora era capaz de reír, mostrarse tal cual era ante todos, ya no se vislumbraba temor alguno en su mirada…

Excepto en esos momentos. Cuando eran sólo ellos dos.

Sango se sonrojaba al encontrar su mirada con la de él, pero eso era todo lo que podía tener contacto entre ellos. Por lo menos había logrado tomar su mano sin que la sombra del miedo la asaltara, pero más allá de eso, la inseguridad invadía con rapidez sus ojos. Desde aquel día, las cosas en ese aspecto no avanzaron mucho. Cada día, la sombra de lo ocurrido se hacía presente cuando ella tenía contacto físico con él y para evitar ver ese miedo nuevamente en sus ojos, Miroku no insistía. Había tenido pequeños progresos, pero había llegado al punto en el que ya ni siquiera lo intentaba. Sin embargo, estaba comenzando a extrañar el tacto de su Exterminadora. Quería más que un apretón de manos; anhelaba una suave caricia, aunque fuese desenredando su cabello, o el roce de sus cálidos labios en su rostro, sus mejillas o, porque no, en su boca…

— Estás preocupado por algo.

No fue una pregunta, su amigo lo leía a la perfección y de seguro encontró los sentimientos que despedían con fuerza sus ojos. Suspiró, desviando su mirada hacia la de él sin negar su afirmación.

— No es necesario que preguntes, creo que debes imaginarlo…

— Kagome me lo ha comentado. No eres el único que no sabe cómo enfrentarlo.

— ¿Qué es lo que te ha dicho?

InuYasha miró de reojo a las chicas por un segundo, luego se sentó de golpe al lado del monje para sostenerle la mirada y revelarle algo que se suponía, no debía salir de sus labios. Pero al diablo el secreto, estaba harto de ver a sus amigos aún agobiados por la sombra del pasado.

— Sango no sabe qué hacer. Intenta mostrarse segura, pero no puede evitar reflejar ese temor en sus ojos cuando está en contacto contigo. Teme que la dañes, aunque sabe que no será así. Intenta convencerse ella misma, pero es inútil.

— No es un miedo que vaya a abandonarla, por lo menos no hasta que compruebe que es verdad que nada malo le pasará — Miroku lo meditó un poco, tenía sentido de cierta forma —. Supongo que la mente es más fuerte en estos momentos, y guarda demasiado celosamente esos recuerdos. Quizá sea el instinto de supervivencia…

— Me importa un carajo ese instinto, odio verlos así. Soluciónalo, ¿quieres? Ha pasado tiempo suficiente.

Sabía que tenía razón, por lo mismo le agradeció con un gesto mientras él seguía mirándolo con el semblante preocupado, aunque no podía ocultar la comprensión que también intentaba transmitirle.

— Tiempo suficiente… — Murmuró, mirando de nuevo el panorama. Varios meses habían transcurrido ya, incluso más de un año. El bebé que Sango esperaba había nacido sin complicaciones, era un adorable varón al que habían llamado Hajime y ya tenía 3 meses; Miku había seguido su entrenamiento espiritual, acompañándolo un par de veces a ver a Mushin y también aceptando la guía de Kagome y Kaede; InuYasha había decidido dejar de perder el tiempo en cuanto Sango fue liberada de esa energía maligna, y le había pedido matrimonio a Kagome, casándose en poco tiempo. Sin embargo, ellos…

Ellos aún no se casaban. Él había decidido tomar las cosas con calma, no quería presionar a Sango. Vivían juntos en la casa que él había construido para ellos años atrás, pero dormían en cuartos distintos. El contacto físico era escaso entre ellos, y eso sólo mantenía la relación suspendida. No retrocedían, eso era verdad, pero tampoco progresaban. Representaban muy bien las figuras paternas de sus hijos; sin embargo, como pareja… las cosas no tomaban ningún camino. Y eso estaba comenzando a abrumarlo.

— Supongo que tienes razón, InuYasha — murmuró, asintiendo con una leve sonrisa al mirarlo a los ojos. Fue en ese momento en el que notó que su amigo parecía algo ansioso. Levantó una ceja antes de volver a hablar —. A ti también te pasa algo. ¿Me dirás qué es?

El hanyō bufó levemente antes de cruzarse de brazos, pero intercambió una mirada astuta con él y sonrió de medio lado, con autosuficiencia y algo de soberbia, lo que desconcertó un poco al monje.

— Podría, pero prefiero mantenerlo como un asunto… familiar — respondió, y sin dar más explicaciones, se volteó para dirigirse hacia las muchachas, buscando a su mujer.

Miroku sonrió hacia sus adentros, sospechando de buena manera del brillo tras la mirada de su amigo. Luego decidió ocuparse de sus propios asuntos, por lo que llamó con un gesto a Kohaku, quien estaba a unos cuantos metros junto a Rin, él se acercó ante la señal, mirándolo con curiosidad.

— ¿Qué ocurre, su Excelencia?

— ¿Puedo pedirte un favor? — Su pregunta fue respondida con un movimiento afirmativo por parte del aludido. — Necesito tratar algo a solas con Sango. ¿Podrías cuidar a los pequeños esta noche?

— Por supuesto, no será problema. ¿Me los llevo después de la cena o prefiere que lo haga antes…?

— Después de la cena está bien. Gracias.

El castaño le sonrió antes de volver a alejarse, sin decirle nada más. Él también sabía que su hermana necesitaba algo de tiempo a solas con el monje para poder romper esos temores y si podía ayudarlos en algo, lo haría encantado.

Miroku sonrió, esa era una ventaja que debía aprovechar: tenía el apoyo de todos sus amigos y familia. Si necesitaba tiempo a solas con la Exterminadora, ellos se lo darían sin problemas y él agradecía eso.


Se llevó a su mujer a los límites del bosque, lejos de los demás, a uno de los lugares que más le gustaba – si es que no era su favorito – y la sentó junto a él en una de las enormes raíces del Árbol Sagrado, sonriente. Ella lo miraba extrañada, pasándose los dedos por la azabache cabellera sin comprender tanta emoción en el rostro de su esposo.

— ¿Ocurre algo? Te ves un poco… ansioso — la muchacha lo observaba con extrañeza, sabía que algo pasaba —. Por lo general, estás más… más .

— Keh, ¿cómo es eso de "más yo"? — Respondió, cruzándose de brazos y mirándola seriamente.

— Pues, ¿cómo lo explico? Más… rezongón, cascarrabias. Más infantil.

Dio un respingo al escucharla, mostrándose levemente ofendido, pero el brillo alegre y ansioso de sus ojos no disminuyó. Por el contrario, cuando se encontraron sus miradas, se intensificó. Kagome se apoyó en su hombro y le tomó la mano, provocando sonrojarlo, como siempre. Sin embargo, el contacto duro poco, porque InuYasha pronto buscó sus ojos de nuevo, acariciándole el rostro con cariño.

— No puedo engañarte, ¿verdad? — Ella sonrió al escucharlo, asintiendo levemente con su cabeza. Él inhaló y decidió comenzar. — Es… es sólo que… estás cambiando. Tu aroma… y hace poco… bueno, es raro. No quiero hacerme una idea equivocada, pero… de verdad, me recuerda mucho a… a Sango en esos momentos.

La sacerdotisa arrugó el ceño, mirándolo ahora más confundida de lo que estaba al principio. Le sostuvo la mirada unos segundos, intentando analizar sus palabras, pero sin mucho resultado. Suspiró un par de veces, pero siguió con la vista fija en él hasta que se rindió y negó con un gesto.

— No sé ni puedo imaginar a qué te refieres. ¿A Sango en qué momentos?

InuYasha resopló un poco impaciente, pero luego ladeó la cabeza un par de veces, dándose cuenta que, en realidad, no había dicho nada concreto. Volvió a sonrojarse levemente, desvió la mirada de la azabache y entre dientes, balbuceó lo que le daba un poco de nervios revelar, pero que sabía, debía decir.

— Me refiero a… esosmomentosdembarazo — soltó de golpe, sin tomar aire ni hacer pausas, de forma enredada. Kagome necesito un par de segundos para descifrar el mensaje completo, y en cuanto lo hizo, se llevó las manos hasta el rostro para cubrírselo.

— D-Dices que… q-que yo… o sea, nosotros… tú y yo… — Tartamudeó, estaba un poco nerviosa. Qué va, no era un poco, era bastante, pero intentó que no se reflejara mucho. — ¿Seremos padres? — Claro que su objetivo no fue logrado, los nervios se le escapaban por los poros, pero eso no incomodó a InuYasha. Por el contrario, presionó con cariño y seguridad sus manos, y sin necesidad de palabras, le brindó la respuesta a su pregunta. A Kagome se le llenaron los ojos de lágrimas por la emoción y soltó un pequeño gritito de alegría, soltando las manos de su esposo para rodearlo con sus brazos, el rostro lleno de alegría. — ¡No puedo esperar a contárselo a los muchachos! ¡Sango debe saberlo de inmediato! Tengo mucho que preguntarle…

— Sólo espero que no se le vaya ocurrir aconsejarte lo que a ella se le cruza por la mente al enterarse — bufó su compañero, con una mueca —: escaparse.

— ¡No seas ridículo! ¿Escaparme? ¡Cuando lo único que deseo es estar contigo!

La sinceridad en las palabras de Kagome hizo que InuYasha sonriera soberbio, mientras la tomaba en brazos para cargarla hasta su hogar, sorprendiéndola un poco.

— Sé lo ansiosa que estás por contarle a Sango, pero ella ahora está atendiendo sus propios asuntos.

Tardó sólo un par de segundos en comprender a qué se refería el hanyō, pero luego asintió con un gesto, dejándose llevar hasta su cabaña para que pudiesen cenar en tranquilidad. Después de todo, aún le quedaban bastantes meses para poder pedirle consejos gestacionales a su amiga.


La cena había transcurrido con normalidad, aunque todos pudieron notar las ansias poco disimuladas, no sólo de Miroku, sino también de Sango. Sus acompañantes habituales no hicieron comentarios al respecto, simplemente trataban de alivianar el ambiente con conversaciones casuales y entreteniendo a los más pequeños. Una vez que finalizó la comida, Kohaku intercambió una mirada cómplice con el monje y, mientras Sango y Rin retiraban la mesa, se llevó a los niños. Rin lo siguió luego de terminar, así que para cuando Sango había vuelto a la sala, sólo se encontraba en ella Miroku. Lo observó extrañada, sin moverse de la entrada del cuarto y tomándose las manos, un poco nerviosa.

— ¿Y los niños? ¿Acaso Kohaku…?

— Le pedí que los cuidara un momento. Necesito hablar algo a solas contigo.

El monje se puso de pie, acercándose seguramente a ella, Sango vaciló un poco, pero se mantuvo en su lugar mientras él caminaba. También era consciente de que debía enfrentar la situación, no podía olvidar el hecho de que, prácticamente, no tenían una verdadera relación y si seguían así, jamás lograrían nada.

— Y… ehm… ¿de qué quieres hablar? — Claro que no podía enfrentar directamente el tema, seguía teniendo miedo y prefería que él tomara la iniciativa.

— De nosotros.

Quedó frente a ella, tomó sus manos como muchas otras veces, pero en esta ocasión, la distancia entre ellos era menor. Notó la duda en Sango, el miedo que no tardó en aparecer en sus ojos, pero también fue testigo del esfuerzo que ella hacía para no salir huyendo, como lo habría hecho antes. Sonrió, atreviéndose a soltar una de sus manos para acariciarle el rostro y acomodar un mechón de pelo tras la oreja de la castaña; ella pasó saliva e intentó sonreír, gesto que le bastó por el momento a Miroku.

— ¿Q-Qué pasa con nosotros?

— Nada — fue su respuesta directa, sin rodeos, extrañando aún más a su compañera —. Ese es el problema, Sanguito. Sigues teniendo miedo y no soporto verte así. Sólo puedo tomarte las manos sin que te aterres, y eso nos ha llevado meses. Soy paciente y sé que esto es un proceso largo, pero cometí un error al conformarme sólo con tus manos. Quiero más: añoro tus caricias en mi rostro y tus dulces besos. Anhelo tu cariño, en cada forma en la que me lo quieras entregar. Pero debo ser sincero, deseo poder entregarte yo también mi cariño, que mis manos toquen algo más que las tuyas y mis labios vuelvan a probarte — sonrió, atreviéndose a pasar sus dedos por los labios de ella en un roce cómplice —. Si quieres puedes interpretarlo como lo libidinoso que suena, no voy a negar que te deseo. Pese a ello, lo que más extraño es poder hacer todo eso y recibir como respuesta una sonrisa tímida, una mirada coqueta o un sonrojo de vergüenza, incluso hasta un golpe por mi atrevimiento; ya no el miedo y la inseguridad que muestran tus ojos… aún ahora. Entiendo que hay heridas que me es imposible curar si tú no me lo permites, y eso está bien. Estaré aquí siempre, esperando ese momento, porque creo en nosotros, pero sobre todo, creo en ti… Sin embargo, no podemos seguir escapando.

Sango agachó la mirada, sintiéndose culpable. Era consciente de que tarde o temprano, debía volver a enfrentar esa situación, y más presente lo tenía cuando recordaba que se había enamorado de Miroku. Aunque lo había pensado muchas veces, no imaginó que él mismo le fuera a declarar esos deseos de una forma tan directa. Lamentablemente, aún no podía quitarse los recuerdos de encima y, a pesar de que luchaba internamente por darse el valor de entregarle al monje lo que ella también quería recibir de vuelta, el miedo a que él la dañara solía ganarle con bastante facilidad. Era una estúpida, lo sabía, porque si de algo estaba segura era de que Miroku jamás le haría daño y que, por el contrario, la haría feliz y la cuidaría. Buscó en su mente el recuerdo de la primera vez que se había entregado a él y sonrió levemente, dándose ánimo.

— Lo lamento, sé que han sido unos largos meses y el progreso es muy poco… y debo asumir la responsabilidad de preferir evitar enfrentarme a esos sentimientos, sintiéndome segura con tu distancia. Si quieres que sea sincera, tampoco deseo seguir así, pero aún temo…

— Sabes que no te haré daño, ¿verdad?

— Claro que lo sé, no es a eso a lo que le temo… — Sango soltó un suspiro de abatimiento, pero se atrevió a acariciarle el rostro a él con delicadeza. — Yo tengo miedo de que no vuelva a ser lo mismo. Me aterra pensar que, después de todo lo que pasé, no pueda volver a sentir lo que me hacías sentir… o que para ti sea distinto… que tú notes alguna diferencia y ya no te guste…

El ojiazulado soltó sus manos para tomar entre ellas su rostro, mirándola fijamente a los ojos unos segundos antes de sonreírle con tranquilidad, limpiando un par de lágrimas que habían escapado de sus ojos.

— Son temores válidos, pequeña, pero quisiera pedirte la oportunidad para probarte que puede ser totalmente diferente… No ahora, por supuesto, pero de a poco tenemos que darnos el espacio, los momentos para avanzar…

Ella asintió levemente, sin quitarle los ojos de encima a los de él. Sonrió y logró con ello que él también le regalara una sonrisa. Tímidamente, pasó sus dedos por los labios de Miroku, sintiendo su calidez, la respiración rozando el dorso de su mano… y se decidió.

Encontró sus labios con los del monje, apartando los pensamientos atemorizantes y las imágenes de besos más bruscos y desagradables; dejó que su mente se transportara a lo que el tacto de ese gesto le recordaba, presionando levemente su cuerpo contra el ajeno. Sus sentidos se dejaron atrapar nuevamente por las sensaciones que extrañaban, sus brazos se cerraron alrededor del cuello de Miroku y sintió una extraña corriente recorrerla cálidamente, cuando él decidió tomar el control del beso y pasó su mano hasta la nuca de ella, queriendo profundizarlo. Se separaron pronto en busca que aire, las mejillas encendidas y los corazones latiendo fuertemente contra sus costillas.

— Se siente mejor de lo que recordaba — murmuró el bonzo, apoyando su frente en la de ella.

— Mucho mejor — agregó Sango con una sonrisa, para luego separarse un poco y llevar una de sus manos hasta la amarra de su kimono e intentar soltarla… pero su mano quedó paralizada en el acto, pese a que lo deseaba, no podía… no era capaz de seguir más allá. Apretó la mandíbula y sonrojada, bajó la mirada —. Soy una cobarde, y no tengo mucho que ofrecer…

— Claro que no — Miroku tomó con cuidado la mano que ella tenía en la amarra de su kimono y la retiró, llevándola hasta su propia mejilla —. Eres la mujer más valiente que conozco. Además, tus manos… tu cuerpo, son tan distintos a cualquiera que haya apreciado antes… — Murmuró, llevando ahora su otra mano hacia la espalda y recorriendo la cicatriz con delicadeza. — Quizá puede que sientas que eso te hace menos atractiva, pero a mis ojos sólo son motivos para admirarte, desearte más… aunque tus manos no sean tersas como la seda, su textura es producto de tu oficio, de tu vida… cada cicatriz que puedas tener, carga una historia… y todo eso te hace la maravillosa mujer que eres y a la que amo. Sin embargo, para dar este paso, necesitas tiempo… no te fuerces, no es necesario…

— Sí lo es — lo interrumpió, volviendo a mirarlo a los ojos con decisión —. Temo que, si dejo pasar este momento, no podré volver a encontrar la determinación para hacerlo. Ya no quiero que perdamos más tiempo…

Miroku le sostuvo la mirada sólo unos segundos antes de asentir con la cabeza y volver a besarla, fugazmente, más en un gesto cómplice que de pasión. La cargó en sus brazos, sorprendiéndola, pero su sonrisa segura bastó para calmarla.

— Si es lo que quieres, entonces déjame ayudarte. Te prometo que todo estará bien.

Sango aceptó sus palabras, dejándose llevar hasta su cuarto; el monje la dejó sentada en el futón mientras cerraba la puerta, luego se volteó hacia ella, acercándose hasta quedar frente a frente. Se sentó también y volvió a acariciarle el rostro, para terminar besándola apasionadamente, llevando el ritmo con su mano en la nuca de ella, volviendo a recorrer el interior de su boca con su lengua e incitándola a hacer lo mismo. Tras un rato así, nuevamente se separaron, la temperatura subiendo por sus cuerpos, las mejillas enrojecidas y la respiración levemente más agitada. Miroku llevó su mano desde la nuca hacia el cuello, suavemente, llegando al hombro y masajeándolo por un instante; aún por sobre la tela, bajó por el costado, sujetando por la cintura a su compañera mientras su pulgar dibujaba círculos en la curvatura, recorriendo el tramo que lo separaba del amarre del kimono y soltándolo de forma sutil, dejando la prenda suelta sobre el cuerpo de la Exterminadora y sonriéndole.

— Era más sencillo de lo que creías — le susurró, apoyando su otra mano en la espalda de ella y acercándola un poco para besarle el hombro.

— Tú lo haces parecer sencillo…

Sonrió soberbio con la respuesta, bajando su mano por la espalda y apoyándola en la cadera, la otra subió por la cintura hasta la curvatura de su pecho y delineó su redondez, atreviéndose luego a rozar el relieve que comenzaba a notarse bajo la tela. Depositó un par de besos en el escaso escote que quedaba al descubierto, mientras descendía sintiendo el aroma de su compañera, su mano volvió a la espalda para mantenerla lo más cerca posible de él en el momento que se atrevió a besar los pezones indirectamente, el kimono todavía protegiendo la anatomía de la muchacha. Sango había cerrado los ojos, sintiendo en cada célula de su cuerpo el escalofrío que Miroku le provocaba con cada acción. Arqueó la espalda, apretando los puños y los labios en respuesta, hasta que soltó un suspiro ahogado cuando sintió el aliento del monje en su cuello, el suave mordisco en su lóbulo derecho y la lengua saboreando justo detrás de su oreja, al tiempo que sus manos se aventuraban a escabullirse bajo la ropa y acariciaban directamente la piel de su abdomen, subiendo gentilmente hacia el pecho, rozando el contorno de sus senos sin llegar a tocar la zona más sensible. Depositó besos húmedos desde el cuello hacia los hombros, descubriendo la piel a su paso, hasta que hizo caer la tela, dejándola sin su protección. En ese instante, Sango abrió los ojos y, como respuesta refleja, tomó firmemente la mano de Miroku que descansaba en su cintura, deteniéndolo. Él, calmo y sereno como siempre, buscó sus ojos y le sostuvo la mirada interrogante, sin insistir, sólo pidiéndole saber qué ocurría.

— L-Lo siento… y-yo… — Ella dirigió su mirada hacia abajo, apretando aún más su agarre sin darse cuenta. — Esto… este cuerpo… no es digno de ti… fue ensuciado demasiado…

— Sango — tomó su rostro y lo guió para que sus ojos se volvieran a encontrar, mostrándole una tranquila y sincera comprensión —. No estás sucia, por el contrario: tus sentimientos son lo más puro que hay y es eso, lo que amo de ti. Lo que te pasó dejó sus secuelas en ti, lo sé, pero créeme: tu cuerpo es digno de ser amado como corresponde. De sentirse deseado, hermoso, sensual… porque lo eres, preciosa, y si me dejas serte sincero, creo que sería yo el que no es digno de tanta mujer.

— Yo… no soy tanta mujer… Además, cualquier chica querría estar contigo, mírate: eres atractivo, responsable, romántico…

— Mujeriego, pervertido, libidinoso, charlatán y hasta estafador, si gustas recordarlo — sonrió, acunando el rostro de Sango con cariño —. Me has acusado de todo eso, y creo que más. No soy el hombre ideal, pequeña, pero cambié y, en gran medida, es por ti. Después de ti, fue muy difícil volver a ver la vida igual que antes — le dio un corto beso, pasando dulcemente su pulgar por la mejilla —. Además, estás siendo injusta contigo, Sanguito: eres más mujer que cualquiera que conozco. Sólo una verdadera mujer podría haber pasado por todo lo que has pasado tú, y salir adelante como lo estás haciendo. No te menosprecies.

Ella asintió con una ligera sonrisa, sin darse cuenta que en algún momento había soltado la mano de Miroku y se había vuelto a relajar. Él retomó la caricia en su cintura, llevando pausadamente su mano izquierda hacia arriba, hasta llegar al borde del seno y pasando suavemente su pulgar por la zona, se atrevió a deslizarlo hasta la areola, dibujando su contorno, para luego rozar suavemente el pezón; su boca nuevamente buscó los labios de Sango para besarla con pasión, humedeciéndolos con su lengua y encontrándose con los recovecos de su boca. Sango ahogó un gemido al sentirlo, buscando el agarre de su mano derecha, presionó sus dedos con fuerza contra los de él, en un gesto que denotaba sorpresa y excitación mezclados. Miroku interrumpió el beso para mirarla a los ojos, bajando su mano izquierda por el vientre, apartando la ropa y llegando al borde donde comenzaba el vello púbico, deteniéndose ahí un segundo, su otra mano acariciando con cariño la cabeza de su compañera.

— Sabes que te amo, ¿verdad? — Sus ojos lo reflejaban con fuerza, Sango asintió levemente. — Jamás te dañaré y si quieres que me detenga…

Negó bruscamente, buscando sus labios para motivarlo a seguir. La mano que había quedado detenida avanzó en su trayecto, llegando a los pliegues cálidos y, con cuidado, se infiltró en medio, acariciando la vulva y el clítoris, suave pero rítmicamente; su boca abandonó los labios de Sango para bajar, dejando besos húmedos y lamidas en su camino hacia su seno izquierdo, donde acarició primero con sus labios el pezón, luego con la punta de su lengua, formando círculos sobre y alrededor de él, para terminar en un mordisco que estremeció a la castaña. La otra mano se aferró a su espalda, manteniendo su cuerpo unido al de ella, acortando aún más la distancia.

De pronto, sintió como Sango comenzaba a moverse, llevando sus manos de forma tímida y lenta hacia sus hombros, bajando a tientas por el pecho hasta encontrar el nudo que sujetaba su kesa, tirando de uno de los extremos para deshacerlo y permitiendo que la tela cayera, dejando a Miroku sólo con la ropa más oscura cubriéndolo. Ella suspiró, apoyando ambas manos en sus hombros, masajeándolos suavemente, sin decidirse a bajar ni a explorar bajo la tela. Él pudo notar la duda, la inseguridad en sus gestos y en sus ojos, sonrió ligeramente, tomando una de las manos de la Exterminadora y besándole la palma, para luego apoyarla en su mejilla, sintiendo su tacto.

— No temas ahora, no te detengas… has enfrentado cosas mil veces peores y saliste victoriosa. Vuelve a mostrarme ese brillo en tus ojos…

Sango sonrió, besándolo con una energía renovada, un destello de pasión escapó de sus ojos antes de que sus manos empujaran la oscura tela y dejaran al descubierto el torso del monje, explorando sus pectorales y su abdomen, los firmes pero no exagerados músculos se tensaban con su tacto. Fue capaz de percibir que eso sólo excitaba más a Miroku, a medida que ahora también sus labios y su boca se decidía a derramar besos sobre su piel. Supo en ese instante, que ya no habría vuelta atrás y que este era el momento.

Él también lo supo, y sin poder resistirse mucho más, tomó a la muchacha por los muslos, cargándola brevemente para recostarla sobre el futón y quedar a gatas sobre su cuerpo, buscó con su mano derecha la izquierda de ella y entrelazó los dedos, su rostro se hundió en el hueco de su cuello mientras besaba la zona, recargando un poco más su peso sobre Sango, lo que hizo que la recorriera un escalofrío y de pronto se paralizara. Miroku sintió la tensión de inmediato, levantándose al instante para observar el rostro aterrado, las lágrimas acumulándose en sus ojos.

— Sango… — Pronto comprendió la situación, apartándose a un lado y tomando a su compañera entre sus brazos, permitiéndole derramar un par de lágrimas en su pecho. Qué estúpido había sido, acababa de romper el momento al ponerla en una situación en la que volvía a sentirse vulnerable… aunque su peso fuese gentil y sus intenciones fuesen distintas, el hecho de acorralarla entre su cuerpo y el futón de seguro le recordaba muchas cosas y era obvio que su respuesta fuese el miedo. Besó su frente, estrechándola aún más entre sus brazos. — Perdóname, no quise… lo siento. Yo no…

— No me harás daño, lo sé — ella apretó su agarre en los hombros de él, levantando la mirada hacia la suya —. No dudo de ti, pero yo… yo… fue algo reflejo, repentino… sentí que no podría escapar, que estaba atrapada, que todo se volvería violento de un momento a otro…

— Jamás será así, Sanguito… podré tener toda la mala fama que quieras, pero te respeto. Y si no quieres seguir…

Ella inhaló profundo, calmándose. Sonrió al darse cuenta de lo fácil que era volver a estar serena en los brazos de él, cuánta tranquilidad era capaz de transmitirle a pesar de que un minuto atrás, estaba paralizada del miedo. Alzó una de sus manos, acariciando el rostro de Miroku mientras se acomodaba para volver a besarlo, cálida, tiernamente. Rozó su nariz con la de él y le dedicó una sonrisa de medio lado, llena de seguridad.

— Te dije que no quería que perdiéramos más tiempo.

— Pero esto es un gran avance, Sango, y no quiero arruinarlo…

— No lo arruinarás. Por el contrario, me das la calma y seguridad para querer hacerlo.

Volvieron a intercambiar una sonrisa cómplice, sincera, pícara incluso, en tanto sus labios se volvían a encontrar, retomando las caricias. Las manos de Miroku rápidamente volvieron a recorrerla: esta vez fue la derecha la que descendió hasta su sexo, infiltrándose entre los pliegues para acariciar suavemente la vulva, buscando la entrada de su vagina con su dedo medio y masajeando el clítoris con el pulgar; la mano izquierda subió, llegando a su pecho, presionando esta vez con algo más de ímpetu su mano alrededor, pellizcando el pezón. Sango gimió, arqueando la espalda ante el estímulo, hincando las uñas en los brazos de él, acomodándose a horcajadas encima suyo, empujándolo ahora ella contra el futón y quedando encima de su cuerpo. Tuvo que apoyarse en sus codos para no caer sobre él, su flequillo rozando el rostro de Miroku, haciéndole cosquillas. Él sonrió, llevando la mano que estaba jugando con su pecho, hasta la espalda y pasando los dedos por su cabello, peinándolo brevemente para luego tirar del listón que lo mantenía tomado y soltarlo; las hebras castañas cayeron a uno de sus costados, guiadas por su mano para no quedar atrapados bajo la oscuridad de la cabellera.

— Así es más íntimo — murmuró con una sonrisa, acercando el rostro de ella hacia él, mordiendo suavemente el labio inferior.

— ¿No te molesta?

— Para nada. Me encanta tu cabello suelto, al igual que todo lo demás.

Sango le devolvió la sonrisa, dejando que su frente reposara en la del monje, sus respiraciones encontrándose directamente, sus torsos unidos, pegándose cada vez más con su respirar. Miroku llevó ahora su mano hasta los muslos y las nalgas de ella, en esa posición estaban a la distancia perfecta en la que no debía esforzarse para llegar ahí. La sorprendió al apretar, mientras la volvía a besar con pasión, logrando que ella ahogara un jadeo entre sus labios.

— ¡Miroku…! — A pesar de lo amortiguada que salió la voz por la unión de sus bocas, pudo distinguir sin dificultad su nombre y apretó un poco más, acomodándola sobre sus caderas. — ¡Ah!

Esta vez se separó de sus labios por la sorpresa, estremeciéndose al sentir su pelvis rozar la de ella. Miroku sonrió pícaro, dirigiéndole una de esas miradas que la hechizaban. Sango volvió a apoyar su peso sobre el torso de él y retiró por completo las túnicas, dejándolo sólo con sus pantaloncillos y evidenciando, de esta forma, su erección. Ella se sonrojó al notarla, pero él tomó su mano y la dirigió hasta su sexo, mirándola directamente a los ojos, haciéndola tocarlo suavemente. La muchacha cerró los ojos y sintió el tacto, recordando la calidez y familiarizándose con la sensación, sonriendo levemente tras unos segundos.

— No tengas vergüenza ni miedo, Sango. Recuerda que quiero vivir contigo el resto de mi vida, y si es así… esto será algo con lo que estarás en contacto bastante seguido, es parte mía y, como todo, jamás te dañará. Por el contrario, quiero que vuelvas a sentir el placer que te puede dar…

La Exterminadora abrió los ojos para mirarlo directamente a los suyos, posando de forma segura su mano sobre su pene y presionando levemente, apartando las inseguridades que intentaban llegar a sus pensamientos. Lo acarició sin vacilar, trayendo a su mente los momentos en los que el monje le había demostrado que, a pesar de todo, jamás la lastimaría, porque eso era lo que quería tener presente ahora, y dejar lejos los miedos.

Miroku se mordió el labio inferior en respuesta al acto, moviendo la cadera en reflejo, su mano volvió a bajar hasta la vulva y la acarició, abriendo los labios mayores para evidenciar que estaba excitándose. Sonrió, pasando sus dedos con mayor facilidad y logrando que una grata sensación ardiente recorriera a la muchacha desde el bajo vientre hasta la cabeza, sonrojándola aún más de lo que ya estaba. Sango volvió a buscar el sabor de sus labios para luego soltar un gemido al sentirlo infiltrarse un poco más en su sexo, sin poder evitar contraer los músculos de las piernas y hacer temblar su pelvis, rozando provocativamente la erección y sintiéndola aún más presente. Hundió el rostro en el hueco de su cuello, ahogando ahí un jadeo y presionando un poco más su torso contra el de él, buscando su mano para presionarla con fuerza; todo esto en respuesta al tacto de su entrepierna con la contraria. En un impulso, buscó el borde de la prenda que aún mantenía oculta parte de la anatomía de su compañero y deslizó los dedos hacia el interior, deteniéndose bruscamente al sentir el miembro en contacto directo con las yemas de sus dedos. Intentó retirar la ropa, pero su mano no se movió, en su lugar se tensó, alertando a Miroku.

— Pequeña…

Una caricia en su rostro, suave, tierna, que terminó en la mano acunando su mejilla y guiándola para que lo mirara directo a los ojos y besarla, comenzando de forma cariñosa, un roce amistoso, que de a poco fue intensificándose, en cuanto ella comenzó a corresponder. Se volvió intenso, apasionado, íntimo. Sango volvió a encontrar, con ese gesto, la confianza y seguridad que sólo él le podía dar y se relajó, su mano nuevamente recobró la movilidad, bajando con cuidado la prenda que aún mantenía sujeta con sus dedos. La llevó hasta donde alcanzó, pero no lo suficiente para quitarla. Miroku sonrió al notar que se había detenido y se incorporó levemente, logrando que ella se sorprendiera al percatarse de que lo había hecho para terminar de desvestirse. Logró sonrojarla, pero también encender una extraña llama en su interior, que sólo creció cuando él volvió a recostarse, apoyándose en sus codos para besarla mientras ella lo terminaba de empujar hasta el suelo, quedando recargada sobre él, rozando su pecho con sus senos y acomodándose para quedar sentada a horcajadas sobre sus caderas.

El sentir directamente el contacto de la erección cálida rozando sus piernas y su vulva, incitándola inevitable pero suavemente, provocó que buscara otra vez la mano de él y entrelazara sus dedos en una señal de que seguía con ella; apretó los dedos contra los de Miroku y lo besó, mordiéndole el labio inferior de forma lasciva, sin poder ignorar ahora el calor que crecía a cada segundo en su bajo vientre y que iba recorriéndola por completo. Levantó un poco sus caderas, para situarse sobre el miembro erecto, buscándolo con un vaivén travieso que excitó aún más al monje.

— M-Miroku… y-yo qui-ero… — Entre el deseo y los nervios, las silabas salieron entrecortadas de sus labios, pero no era necesario que hablara claro, él comprendió de inmediato el mensaje. Sin embargo, ella continuó: — Quiero recordar… cómo es… que t-tú… me hagas el amor.

Sus ojos volvieron a brillar con pasión mal disimulada al oírla, decidiéndose. Con una de sus manos tomó su pene y lo guió hacia la entrada de su vagina, mientras la otra mano se apoyaba en su cadera para dirigirla hacia abajo, introduciendo lentamente su miembro en ella; sintió a Sango hincar fuertemente sus uñas en sus hombros al penetrarla, apretando los labios y cerrando los ojos, contrayendo el rostro en un leve gesto de molestia. Una vez dentro de ella, llevo la mano que ahora tenía libre hacia su cara, dándole una caricia que logró que abriera los ojos y lo mirara. Él se volvió a incorporar a medias, apoyándose en su codo derecho; de esta forma quedó a centímetros de sus labios, sin poder evitar buscarlos nuevamente. Con esto, Sango ahogó un gemido en el beso, pues ese momento fue el que aprovechó Miroku para comenzar a mover sus caderas de arriba hacia abajo, acelerando de a poco el ritmo, mientras sus dedos se deslizaban frenéticamente por el torso de la muchacha, buscando su pecho, apretándolo y luego, acariciando el pezón, pellizcándolo y jugando con el relieve, logrando que la castaña olvidara por completo la molestia y se relajara aún más, llevando ahora ella misma el ritmo de las penetraciones. Pronto el beso volvió a interrumpirse, Miroku terminó de nuevo recostado en el futón y Sango, erguida apoyada en sus rodillas para seguir con el compás, ambas manos sobre el torso y el abdomen de él, rasguñando y presionando en respuesta a la sensación que le estaba provocando cada embiste.

— San-go — jadeó de pronto Miroku, agarrándola con energía por las caderas.

— ¡Miro-ku…! — Ella se inclinó sobre él, besándolo apasionadamente mientras aumentaba el ritmo de sus caderas, sintiendo de esta forma claramente su monte de venus golpeando el pubis ajeno.

Cada movimiento se volvía más profundo, ella podía sentir cada vez el miembro de Miroku más dentro suyo, pero ya no era una sensación molesta, sino que, por el contrario, tocaba un punto que provocaba una fugaz corriente que la recorría por completo, logrando que lo disfrutara. Volvió a erguirse para sentirlo mejor, permitiéndole a él de esa forma, seguir jugando con sus pechos, masajeándolos y acariciando los pezones con deseo, llenándola de sensaciones que había olvidado y que la hacían soltar gemidos ahogados de pasión.

De pronto, el ojiazul la volvió a acercar a él, haciendo que se apoyara en sus brazos y quedara encima suyo, y besándola apasionada y cálidamente, ahogó otro jadeo, esta vez más profundo, mientras alcanzaba el clímax, su semen liberándose en el interior de la muchacha; ella también amortiguó un gemido al sentirlo, tensándose ante la sensación, al tiempo que, del mismo modo, una corriente eléctrica la recorría, llegando al orgasmo.

Sango cayó rendida sobre el pecho de Miroku, la respiración irregular calmándose de a poco, ambos corazones golpeando fuertemente contra sus costillas. Él apoyó su mano sobre la espalda de ella, acariciándola con delicadeza mientras ella volvía a relajarse.

— Te amo… gracias… — Fue capaz de murmurar antes de quedarse dormida en el seguro refugio de sus brazos y su pecho, escuchando su corazón volver a latir con normalidad.

— Gracias a ti, pequeña — respondió, aunque no estuvo seguro de haber sido escuchado, sonrió de todas formas antes de cerrar los ojos —. También te amo…


Apretó los párpados antes de abrir los ojos, percatándose de pronto del cálido abrazo protector de Miroku. Se sonrojó levemente al sentir la piel en contacto directo con la suya, los firmes brazos de él rodeándola por los hombros, una de sus manos descansaba apoyada suavemente en su nuca y la otra, en su espalda. Miró de reojo y tratando de no moverse, hacia el resto de su cuerpo: las sábanas los cubrían hasta los hombros al igual que una manta – no recordaba en qué momento se habían refugiado del frío – y seguía desnuda. El calor se asentó en sus mejillas, coloreándolas de rojo al darse cuenta de la situación, mientras un repentino temblor la estremeció, provocando que se tensara un poco. Apoyó nuevamente su cabeza en el pecho del monje, escuchando el ameno compás de su corazón y sonriendo bobamente al pensar en algunas cursilerías que él muchas veces le había dicho, con su mirada profunda perdida en sus ojos.

— ¿Ya despertaste?

Casi dio un salto al escucharlo, pero luego le dirigió una sonrisa cariñosa, cálida, reconfortante de esas que hacía tiempo no compartía tan espontáneamente con él. Asintió, mientras Miroku le besaba la frente de forma protectora, y ordenaba la ropa para protegerlos de una corriente de aire helado que se colaba por la puerta. Sango estrechó el abrazo, alzando un poco el rostro para besarlo en los labios por un instante, a modo de "buenos días", él sonrió con el gesto, acariciándole el cabello con delicadeza por un rato, ambos disfrutando en silencio de la compañía del otro.

— Gracias… — Interrumpió el silencio, buscando otra vez sus ojos azules. — Gracias por seguir aquí, a pesar de todo… por esperar y comprender… por hacerme sentir única para ti, amada; por volverme a provocar estas mariposas en el estómago… por quitarme el miedo y darme el impulso que necesitaba para dar este paso.

— No agradezcas. Siempre fuiste diferente para mí. No eres como ninguna otra chica que haya conocido, y eso me atrapó desde el principio. Debo confesar que siempre he tenido miedo de dañarte de alguna forma, no ser suficiente para ti… después de todo, te mereces lo mejor. Ese temor me llevó a perderte hace algunos años, a que te alejaras pensando que yo no correspondía tus sentimientos… y no me iba a permitir cometer un error así de nuevo — Miroku acarició suavemente su mejilla antes de continuar —. Sin embargo, tú tienes el crédito. Has sido tú la que ha superado sus temores, enfrentó esa oscuridad y salió adelante. Tú te permitiste volver a creer, a confiar, a amar… y me diste la oportunidad de demostrarte que esos recuerdos que te persiguen, no se repetirán conmigo. Sí alguien tiene que agradecer algo, debo ser yo.

Sus palabras eran las más cursis que había escuchado en la vida, pero sabía que eran verdaderas. Y eso sólo reafirmaba que con él podía estar a salvo, podía confiarle su corazón sabiendo que estaba en buenas manos. Sonrió ante el pensamiento, volviendo a besarlo.

— Entonces, ambos debemos estar agradecidos — murmuró para luego separarse un poco del abrazo protector —. Ahora, a pesar de que podría estar toda la vida así, creo que es tiempo de que nos levantemos, desayunemos y después vayamos por los niños.

Miroku asintió con una sonrisa, los dos se vistieron y, tras comer algo, se dirigieron a la cabaña donde Kohaku vivía y recogieron a sus pequeños. Miku pudo notar que algo había pasado, pero prefirió no preguntar y simplemente disfrutar la alegría que ahora se sentía con más fuerza en el ambiente. Toda la familia se encaminó hacia los límites del bosque, donde acostumbraban jugar y encontrarse con sus amigos para organizar las actividades del día. Kagome e InuYasha ya los estaban esperando, y en cuanto los vio, la sacerdotisa salió corriendo al encuentro de su amiga, le tomó las manos y se la llevó casi a la rastra lejos de los muchachos.

— ¡Tengo que contarte algo! ¡Necesito muchos consejos! ¡Cuando lo sepas! — La azabache casi gritaba de la emoción, confundiendo un poco a su amiga.

— K-Kagome, es-espera… ¿por qué tanta prisa?

— ¡Sólo apresúrate! ¡Nos vemos más tarde, muchachos!

Desaparecieron por el sendero, dejando atrás a un confundido Miroku y a un sonriente InuYasha. Miku les dirigió una alegre sonrisa, luego comenzó a jugar sin prestarles más atención. El hanyō le dio un suave golpe en el brazo a su amigo para llamar su atención, pero aumentando su desconcierto pues seguía con una sonrisa emocionada en el rostro.

— ¿Qué te pasa?

Acentuó la sonrisa, mostrando ahora uno de sus colmillos antes de decidirse a hablar.

— Kagome sólo quiere tener una plática de chicas, una bastante larga y en la que Sango tiene mucho que aportar. Así que relájate y mejor dime, ¿qué tal les fue anoche? Aunque ni sé para qué pregunto, si se huele a kilómetros…

Miroku le dedicó una sonrisa radiante, llena de astucia y picardía, acomodando un poco al pequeño Hajime en sus brazos, sus ojos brillaron antes de que abriera la boca para hablar.

— Debo reconocer que ha sido la mejor noche que he tenido en mucho, mucho tiempo.

— Keh, seguro… si por fin tuviste algo de acción

— No es por eso, InuYasha. No negaré que fue placentero y que pretendo repetir la experiencia cada vez que pueda, pero lo importante es que Sango venció completamente sus miedos. Nos dio la oportunidad de demostrarle que pase lo que pase, jamás la dañaré y que merece ser amada. Se dejó querer y, además, también disfruto la noche. Esto va más allá de que por fin podamos volver a tener contacto físico. Esto es un cambio en su corazón y en su mente, uno que necesitábamos para poder seguir avanzando.

— Lo sé, se les nota en los ojos. Por fin han vuelto.

— Creo que eso no es algo completamente cierto — las palabras del monje desconcertaron al InuYasha —. Nosotros nunca volveremos a ser los mismos. Las cosas que vivimos… en especial, Sango… no van a desaparecer y tampoco las olvidaremos. Pero estamos aprendiendo a vivir con ellas, y hemos recuperado lo que perdimos.

Su amigo sonrió, comprendiendo las palabras sin dificultad. Había visto ese cambio en ellos, también sabía qué tanto habían perdido durante ese tiempo, y era consciente de que lo estaban recuperando. Asintió para darle la razón a su compañero, luego desvió sutilmente su mirada hacia la dirección que habían tomado las muchachas, sólo una milésima de segundo antes de volverla nuevamente a Miroku y tomarle la mano al bebé que se mantenía tranquilo en los brazos de su padre.

— ¿Me dejas cargarlo?

El ojiazul lo miró sorprendido, levantando una ceja ante la extraña petición. Si bien InuYasha jugaba y se llevaba de maravilla con Miku, poco se relacionaba con Hajime aún, alegando que podía "romperlo" o hacerle daño, ya que temía ser muy brusco con él. Solía jugar poco, más que nada haciéndole muecas y dejando que él tomara sus orejas – a regañadientes, pero Miku lograba convencerlo muy pronto de hacerlo – aparte de eso, evitaba tener contacto con el menor.

— Eh… Claro, ten… afirma su cabeza, es lo más importante — Miroku acomodó al pequeño en los brazos de InuYasha, explicándole cómo tomarlo. Una vez lo tuvo, lo miró atentamente y sonrió —. Muy bien. Aprendes rápido, supongo que no te costará nada cuidar a tus pequeños, cuando los tengan… espera — abrió los ojos, como iluminado ante una revelación. Le extrañaba que InuYasha quisiera tomar a su hijo, pero ahora que lo miraba así y si lo asociaba con el extraño brillo ansioso del día anterior, en los ojos de su amigo… bueno, su mente no tardó en hacer la conexión —. No me digas que… ¿La señorita Kagome y tú…?

Entre la emoción y la sorpresa de saberse descubierto, InuYasha colocó una cara muy extraña que le causo gracia no sólo a Miroku, sino que también al bebé que soltó una risa contagiosa.

— ¿Q-Qué…? Yo… ¿¡Cómo carajo lo supiste!?

— Eres demasiado obvio — le palmoteó la espalda, sonriendo con alegría —. Felicitaciones. Un hijo es una bendición y de seguro, los llenará de felicidad.

— Sí, claro… pero dejando la cursilería de lado, también son una odiosa responsabilidad, ¿no?

— La verdad… — Miroku miró detenidamente a Miku un par de segundos, luego a Hajime, quien intentaba alcanzar las orejas de InuYasha y que, además, era muchas veces un dolor de cabeza para todos por sus berrinches. Inhalo profundo antes de responder. — No puedo responder eso. Tienes que vivirlo para descubrirlo por ti mismo. Por mi parte, jamás me negaría a tener otro hijo y, aunque no lo creas, disfruto cada segundo. Desde los llantos nocturnos hasta las risas contagiosas.

— No lo dudo — le lanzó una sonrisa socarrona antes de levantar más al pequeño en sus brazos y ponerlo sobre sus cabezas, el pequeño reía ante el panorama —. Por lo menos ahora sé a quién le puedo pedir ayuda durante las noches, cuando mi cachorro llore sin consuelo…

— No abuses, dije que no me cansaría de mis hijos, tú puedes encargarte solito de los tuyos — el gesto de reproche duró poco, ambos rieron pronto, sabiendo que eso no era tan verdad —. Sabes que les ayudaremos en lo que podamos.

El ambarino asintió con la cabeza, agradeciendo en silencio. Después de todo, ambos sabían que eran como una familia, y se apoyarían en todo. Más ahora que las cosas estaban tomando un rumbo mejor, lleno de esperanza y alegrías.


Por fin llegaron a un claro del bosque, no muy alejado, pero si lo suficiente para que no las escucharan. Sango apoyó sus manos en sus rodillas, recuperando el aliento de a poco, mientras Kagome la miraba en una espera demasiado ansiosa. La castaña levantó la mirada y arrugó el ceño, confundida.

— ¿Qué pasa, Kagome? ¿Por qué me trajiste hasta acá? — Estaba extrañada, su amiga por lo general no se comportaba así y eso le causaba dudas. No podía decir que estaba preocupada, porque la notaba muy feliz, pero también extraña.

— Necesito… es decir, quería hablar a solas contigo. No es un secreto, de seguro InuYasha ya se lo debe haber dicho al monje Miroku, pero… no sé, es distinto.

— ¿Distinto? — Sango arqueó ambas cejas, intrigada. — ¿Qué quieres decir con eso?

La azabache sonrió un poco más, sus mejillas se sonrojaron levemente, juntó sus manos para comenzar a jugar con sus dedos nerviosamente, agachando un poco la mirada ante la interrogante de su amiga.

— Lo que pasa es que… bueno, aún no he confirmado nada con la anciana Kaede… pero si InuYasha lo dice, supongo que debe ser cierto… tampoco me lo habría dicho si no estuviese seguro… no jugaría con este tipo de cosas, ¿verdad? — Preguntó de vuelta, enredando un poco más a su compañera.

— ¿Qué tipo de cosas? Kagome… no me has dicho nada aún, no sé de qué hablas.

— Oh, cierto — soltó una risita nerviosa antes de continuar —. Lo siento, es sólo que… estoy nerviosa, no sé cómo decirlo. Supongo que… no sé. ¿Es normal estar tan nerviosa? ¿Qué se siente tener un hijo?

Sango abrió los ojos por la sorpresa, procesando el mensaje. Cuando por fin entendió del todo, se lanzó a los brazos de su amiga, estrechándola con alegría y emoción, una radiante sonrisa en su rostro y la felicidad recorriéndola por todo el cuerpo.

— ¡Serás madre! ¿InuYasha lo sintió? ¡Oh, no lo puedo creer! — Se separó de ella para contemplarla detenidamente, como si fuese su hija, sin borrar la radiante sonrisa de su cara. — ¡Debemos celebrarlo! ¿Cuándo irás con la Anciana Kaede? ¿Qué te gustaría que fuera? ¡Tenemos que comenzar a juntar ropa! Tengo algunas cosas de Miku y Hajime que podría pasarte, quizá… y mi ropa de embarazada… ¡te verás adorable cuando comience a notarse!

Ambas soltaron un chillido que de seguro llegó a los oídos de InuYasha, pero eso no les importaba. Había mucho que debían conversar, de seguro Kagome tendría muchas preguntas y Sango estaba más que dispuesta a responderlas. Pero antes de eso, había otro asunto que era necesario tocar.

— Sabía que te emocionarías tanto como yo, pero primero… — La observó con un brillo curioso en sus ojos, decidiéndose a preguntar algo que todos los días era tema de conversación. — ¿Cómo van las cosas con el monje Miroku? InuYasha me comentó ayer que había hablado con él y, al parecer, quería dar el siguiente paso…

— Bueno… ya sabes cómo es. Si está decidido a algo…

— En eso se parece a ti. ¿Tuvieron algún progreso?

— Sí, lo tuvimos… y bastante — el sonrojo no tardó en asentarse en las mejillas de Sango, quien desvió la mirada antes de continuar —. Digamos que el contacto físico ya no será problema.

— ¿De verdad? ¡Eso es genial! Es bueno que vayan recuperando la confianza poco a poco…

— Bueno, quizá no sea tan poco a poco… — El sonrojo se acentuó aún más, dejando en evidencia a la castaña.

— ¿En serio? Entonces, ustedes… anoche… los dos… ¡Ah, qué emoción! — Kagome dio un salto de alegría, con los ojos brillando por la felicidad que le causaba la noticia. — ¡No sabes lo feliz que estoy por ustedes! ¡Ya era hora, ambos lo necesitaban! — Hizo una pausa, suspirando para luego volver a mirar fijamente a su amiga. — ¿Y qué tal? ¿Fue tan difícil como pensabas que sería? ¿Alguno de tus temores eran ciertos?

Sango sonrió levemente, recordando la noche anterior. Si bien había sido una de las mejores noches en su vida, no podía decir que algunas de sus preocupaciones no fuesen ciertas. Sin embargo, una vez pasada la emoción, los nervios y todo el remolino de sentimientos que le causó la noche, la sensación general era de bienestar, de tranquilidad y seguridad. Cerró los ojos un segundo, evocando los azules de Miroku antes de responderle a su amiga.

— Sinceramente, fue una noche maravillosa. Pero no puedo negar que algunas cosas que temía, sí fueron ciertas. Tenía miedo de no sentir a Miroku de la misma forma en que lo hacía antes, y que él tampoco me sintiera a mí igual… sin embargo, es obvio que no podíamos volver a sentir lo mismo. Todas las cosas que pasaron, nos marcaron en más de una manera, y anoche todo fue diferente… temí, dudé y Miroku pudo notarlo; estuvo conmigo, preocupado de que cada acción que realizara no me dañara, no me hiciera sentir mal… fue incluso más considerado de lo que podría haber imaginado. Por lo tanto, anoche no fue como antes, sino que una experiencia totalmente nueva… y agradezco que haya sido así. Ahora estoy completamente segura de que Miroku nunca me hará daño, de ninguna forma.

La azabache la miraba con cariño, enternecida con el relato. Sabía que su amigo amaba demasiado profundamente a Sango, quizá incluso más que a su propia vida, y siempre lo demostraba; sin embargo, ese lado gentil, cuidadoso, cursi que ahora delataba la castaña era una imagen que si bien, podía imaginarla sin dificultad, ella no había visto directamente y le alegraba que así fuera. Porque, aunque su amiga fuese una guerrera fuerte y una mujer de cuidado, en su interior había una chica que añoraba ser amada, que necesitaba protección y cariño y eso era justo lo que Miroku le estaba entregando. Ambos se complementaban a la perfección, porque en la superficie podían llevar sus personalidades dominantes sin mayores problemas, pero en la profundidad de sus corazones, encontraban el refugio que tanto necesitaban y podían revelar su vulnerabilidad sin miedo porque el otro se encargaría de protegerla.

— No me cabe duda de que así fue, Sango, y seguirá siéndolo porque Miroku te ama y desea hacerte feliz junto a su familia, hasta que la vida les alcance. Estoy verdaderamente muy feliz por ustedes.

Sango asintió con un gesto, para luego volver a mirarla de pies a cabeza y cambiar el tema: ahora el asunto a tratar ya no era su relación estancada, sino el embarazo de su amiga y todo lo que eso significaría en su vida. Comenzó a nombrarle cosas que debía hacer para cuidarse, desde hierbas medicinales que sería bueno que consumiera desde ya, hasta sugerencias sobre una charla entre Miroku e InuYasha para que él no fuese a tener demasiados problemas tratando el carácter delicado de una mujer encinta. Sin duda, esa nueva etapa estaría llena de sorpresas y cosas nuevas, pero tener a sus amigos cerca, apoyándolos, de seguro les quitaría bastante peso de encima.


"Unos días más tarde…"

— Ya, déjalo. ¿Cuándo se lo dirás?

Miroku dejó a un lado el largo rollo de pergamino que revisaba, alzando la mirada hasta la de su amigo. InuYasha estaba de pie frente suyo, con Hajime en brazos y el ceño fruncido dirigido directamente a él. Pensó un segundo en las palabras de su compañero y sonrió de medio lado.

— Debo tener claro esto primero. Si seré parte de su familia, es imprescindible que conozca su historia y…

— Eres un melodramático. ¿No te basta con todos los años que perdieron? Puedes aprender sobre su familia en el camino.

El ojiazul le sostuvo la mirada por unos segundos, luego volvió a levantar el pergamino y se lo mostró, confundiéndolo un poco; apuntó una línea en el papel y sonrió, poniéndose de pie antes de hablar.

— Lo sé, pero había algo que tenía que saber antes. A pesar de que no lo aparenten, la familia de Sango está llena de tradiciones y si voy a hacerlo, tengo que asegurarme de no pasar a llevar a nadie.

— Entonces, todo esto se reduce a mera burocracia. ¿Hay algo especial que tengas que hacer?

— Impresionar al jefe de familia. Demostrar que estoy hecho para seguir el linaje de los exterminadores y… bueno, Kohaku mencionó algo sobre derrotar a Sango.

InuYasha arqueó ambas cejas, sorprendido. Cuando sus amigos habían decidido comprometerse, ella jamás había mencionado nada así, y si eso era cierto, no sabía cómo su amigo podía lograr todo lo que acababa de decir. De seguro, vencer a Sango no sería mayor problema, porque ya había demostrado que podía llevar muy bien una batalla contra ella, además de que probablemente ella pondría de su parte para que eso no fuese un impedimento. Ahora, impresionar a Kohaku y demostrarle que era digno de seguir el linaje… Ni siquiera se le ocurría una forma de hacerlo. Bufó, irritado porque, después de tanto, aún siguiesen existiendo obstáculos entre sus amigos.

— ¿Ya lo revisó, Excelencia?

Kohaku interrumpió el hilo de pensamientos que estaba teniendo InuYasha, apareciendo repentinamente a su lado. Miroku asintió con un gesto, entregándole el documento al muchacho mientras los ojos ambarinos no dejaban de mirarlos fijo. El menor sonrió, sujetando el rollo de papel entre sus manos y haciendo una leve reverencia, se dio media vuelta e intentó volver por donde había llegado, pero fue interrumpido.

— Oye, sobre todas esas tradiciones familiares… ¿cómo lo puede hacer Miroku?

Kohaku se detuvo, sonriendo antes de volver a mirarlos de frente, con una expresión autosuficiente que desconcertó a ambos. Se adelantó un par de pasos y, antes de hablar, golpeó con el pergamino de forma suave, el pecho de Miroku.

— Usted debería comenzar por el principio. Luego podrá preocuparse de vencer a mi hermana y honrar la memoria de nuestros ancestros…

— Lo sé, tengo claro lo que debo hacer… ¿podemos hablar un momento a solas? — Miroku pidió amablemente, lanzándole una mirada discreta a InuYasha para que se marchara. El hanyō no necesitó otra señal, y haciendo un gesto de despedida con su mano, se alejó. El ojiazul volvió a hablar cuando estuvieron solos nuevamente. — Bueno, como bien sabes, deseo casarme con Sango y quiero solicitar tu autorización y bendición para hacerlo.

— La clase de hombre que es usted… no es lo que había imaginado para mi hermana. Siempre pensé en un guerrero que luchara a su lado, alguien de nuestra aldea quizá… jamás preví que alguien como usted fuera quien la enamorara…

— Sé que tengo muy mala fama, que no soy un guerrero como todo su linaje y que probablemente tengas muchas razones para dudar…

— No dudo. Sé lo que deseo para mi hermana. Quizá usted no sea un guerrero, y puede que tenga toda una vida con una reputación… ehm… dudosa… pero hay algo de lo que estoy seguro. Mi hermana no necesita sólo a alguien que luche a su lado, sino también a alguien que sepa cuándo debe protegerla y sea capaz de hacerlo. Alguien que la mantenga segura, que la cuide porque conoce lo frágil que puede ser, a pesar de la imagen que muestra. Y ese alguien, ella ya lo encontró — Kohaku le sonrió con confianza y gratitud, apoyando su mano en el hombro de él para reforzar sus palabras —. Su Excelencia Miroku, tiene mi completa autorización para casarse con mi hermana, y mis más sinceras bendiciones junto con las de mis ancestros. Sé que la hará feliz.

El monje sonrió también con las palabras, asintiendo en un gesto de agradecimiento sincero y lleno de felicidad. Inclinó la cabeza para recibir las bendiciones y luego volvió a mirar a su futuro cuñado antes de seguir la plática.

— Agradezco profundamente tu confianza y apoyo, Kohaku. Ahora, respecto a los otros requisitos…

— Eso, debemos tratarlo con mi hermana presente. ¿Le parece si lo charlamos esta tarde?

— No podría estar más de acuerdo.

Ambos asintieron antes de despedirse y marcharse cada cual por su camino. Miroku estaba un poco ansioso por la espera, pero sabía que, si tenía la aprobación de Kohaku, el resto sólo dependía de su perseverancia y eso le aseguraba un futuro largo junto a Sango, porque él jamás se rendiría. Llegó junto a su amigo para cargar a su pequeño hijo y esperar, ansioso por la conversación pendiente que tenía.


— ¿Y no has tenido náuseas o algo así?

— No, aunque a ratos me dan antojos un poco extraños…

— ¿Antojos de qué?

— De mucha carne, patatas fritas y ramen…

— Esto es clara señal de que es hijo de InuYasha.

Ambas soltaron risas divertidas, imaginando que el pequeño que apenas estaba encaminándose, sería más parecido a su padre de lo que podría creerse. Habían terminado de recolectar las hierbas que les había encomendado la anciana Kaede y ahora estaban sentadas bajo la sombra de un árbol, conversando.

— ¿Qué te gustaría que fuera?

Kagome la miró con un extraño brillo en los ojos, mientras analizaba la pregunta. Sopesó las opciones, a Sango no le costó nada saber qué era lo que estaba cruzando por su cabeza: la idea de un pequeño, ya fuese niña o niño, con el carácter de su esposo y casi nada de la amabilidad suya. A ella tampoco le costaba imaginarlo, pero podía ser que tuviesen a un pequeño más tranquilo, más parecido a Kagome de lo que se esperaría…

— No lo sé, pero creo que sea lo que sea, tendrá el genio de su padre. No puedo imaginarlo de otra forma.

— Es una posibilidad que también creo muy probable.

Volvieron a reír, hablar de esos temas también les ayudaba a quitarse los nervios por la nueva etapa que estaban viviendo. Cuando dejaron de reírse, Kagome pudo vislumbrar sin esfuerzo las ansias mal disimuladas de su amiga. Apoyó su mano en la de ella y le dedicó una cálida sonrisa, sorprendiendo a Sango.

— Puedo notar que estás algo ansiosa. ¿Es por ustedes…?

—Supongo que nunca podré ocultarte cómo me siento — la castaña sonrió, sus ojos resplandecieron con esperanza —. Es sólo que, ahora que ya las cosas tomaron este curso, el siguiente paso sería que Miroku me propusiera matrimonio…

— Pensé que ya lo había hecho…

— Pues, no… sé que desea vivir conmigo, pero… a veces siento que quizá no lo hará. Es decir, sabes que el Budismo no practica el matrimonio, ¿no? Estuve indagando al respecto… Y en realidad él nunca habló de casarnos…

Kagome le sonrió con cariño, presionando suavemente sus manos y llamando un poco su atención. A pesar de que sabía que su amiga estaba feliz por el progreso que había tenido con el monje, ahora tenía esa duda porque, aunque jamás lo hubiese admitido, ella deseaba casarse y al parecer, él no lo había considerado. Sin embargo, ella tenía la sospecha de que su amigo sí había pensado en la opción, porque era alguien que analizaba cada posibilidad y además, considerado con las emociones de todos.

— Sango, no creo que debas preocuparte por eso. Ya sabes cómo es el monje Miroku, de seguro lo habrá pensado…

— Entonces, ¿por qué aún no me ha dicho nada? De verdad, a veces me preocupa…

La azabache suspiró, buscando palabras para alentar a su amiga, porque notaba la angustia que la idea le causaba. Sin embargo, no tuvo necesidad de hablar porque Kohaku apareció por el sendero, haciéndoles gestos de saludo y llegando a su lado con una extraña sonrisa en el rostro.

— Señorita Kagome, hermana… por fin las encuentro. Espero no interrumpir, pero necesito hablar contigo, hermana. Es algo importante, un tema familiar.

— Ah, de acuerdo… — La castaña parecía confundida, pero no dudó en ponerse de pie para acompañar a su hermano. — Eh… ¿puedes llevar las hierbas donde la anciana Kaede? No son muchas, pero si necesitas ayuda…

— No te preocupes, ve tranquila. Yo las llevaré. Hablamos luego — Kagome se despidió con un gesto de su mano, tomando la canasta y desapareciendo por el sendero, camino a la aldea.

Sango miró interrogante a Kohaku, quien la guió hasta su cabaña para que pudiesen charlar a solas. Una vez ambos estuvieron sentados uno frente al otro, el menor le extendió el pergamino que había llevado todo el tiempo con él, sonriéndole.

— ¿Qué…? ¿Acaso esto es…? Pensé que se había perdido cuando nuestra aldea fue destruida…

— No, lo recuperé hace unos años, cuando reconstruía nuestra casa. Estaba oculto en el sótano, junto a otros documentos y algunas otras reliquias familiares — Kohaku acentuó un poco más su sonrisa, observando a su hermana revisar el pergamino.

— ¿Y por qué me lo muestras?

— Porque su Excelencia me pidió revisarlo. Está interesado en conocer nuestras tradiciones, dijo que era necesario si iban a pasar el resto de su vida juntos… — Soltó un suspiro, pensando las palabras que elegiría a continuación. — Hermana, él me pidió tu mano.

Sango abrió la boca y dejó caer el pergamino de sus manos, sorprendida. Sus miedos eran infundados sólo por su inseguridad, Miroku la conocía y de seguro sabía que ella deseaba casarse, a pesar de que jamás lo hubiese expresado directamente. Sonrió un poco embobada, recordando que el monje no sólo conocía su lado fuerte, independiente y guerrero, sino que aquel femenino, un poco temeroso y delicado que pocos le notaban, él era capaz de ver mucho más que cualquiera en ella. Suspiró y luego dirigió su mirada hasta la de su hermano, con curiosidad.

— ¿Y qué le dijiste?

— Bueno, él es muy distinto a cualquier hombre con el que hubiese pensado que te casarías, en todos los aspectos. Si me hubiese hecho esta pregunta años atrás, quizá hubiese dudado la respuesta, pero ahora… me es imposible decirle que no, después de todo lo que han pasado. Así que tienen mi bendición y estoy seguro que la de nuestro padre y ancestros también.

Sango asintió con una sonrisa radiante en el rostro, ahora era más que obvio los nervios y las ansias que sentía por la situación. Kohaku también sonrió, le reconfortaba ver a su hermana así, tan animada, alegre y llena de esperanza. Esa era la Sango que él quería ver, después de tanto sufrimiento ella se merecía ser feliz.

— ¿Y con respecto a esto…?

— Oh, le dije que lo discutiríamos luego. Durante la cena, creo que es un buen momento.

— De acuerdo.

No le quedaba más que esperar la hora de la cena, para saber qué sería lo que su hermano le pediría a Miroku para finalizar su compromiso. Las ansias y los nervios la consumían por dentro, pero sabía que todo saldría bien porque se trataba del monje Miroku, y conocía lo perseverante y obstinado que era, en especial cuando se trataba de ella.


Las horas habían transcurrido de forma lenta para los dos, las ansias se les escapaban por los poros y era algo de esperarse, después de todo estaban concluyendo una etapa. Intercambiaron una mirada cómplice, lo que logró sonrojar a Sango, que estaba más tímida de lo acostumbrado.

— Creo que ya es momento.

Ambos dirigieron su mirada hacia Kohaku, que intentaba mantener un semblante serio, pero no podía disimular la ligera sonrisa que cruzaba su rostro; ellos asintieron sin dejar de mirarlo, en expectante espera, la que concluyó tras unos segundos que fueron demasiados para Miroku.

— Entonces, ¿qué debería hacer para poder casarme con Sango sin problemas…?

Kohaku sonrió un poco más notoriamente, mirando de reojo a su hermana para luego ver fijamente a los ojos al monje, sosteniéndole la mirada de una forma tenaz que provocó que el ojiazul pasara saliva, un poco nervioso. Podía imaginar que el padre de Sango hubiese sido un hombre muy celoso con su hija y que probablemente le habría impuesto pruebas imposibles de realizar, pero creía que Kohaku no sería tan exigente. Sin embargo, esa mirada le estaba diciendo lo contrario, porque ahora que lo pensaba bien ellos eran los últimos miembros de su familia y de seguro él sería más que receloso con quien decidiese pedirle la mano de Sango.

— Usted leyó el pergamino, Excelencia. ¿Qué era lo que debía hacer?

— Pues, impresionar al jefe de la familia y demostrar que soy digno de seguir el linaje de exterminadores…

— Exacto, además de derrotar a mi hermana.

Sango lo miró repentinamente, un poco sorprendida por las últimas palabras. ¿Derrotarla? Si luchaba en serio puño a puño con Miroku, no sería algo fácil. Podría dejarlo vencerla, pero su orgullo no se sentiría bien con eso, además de que era seguro que Kohaku lo notaría y no lo aceptaría.

— P-Pero Kohaku, ¿por qué…?

— Son nuestras tradiciones, hermana. Déjanos terminar con esto.

Apretó los puños, fastidiada, pero sabiendo que no podía decir mucho más, después de todo él era el jefe de la familia ahora y debía encargarse de eso, a donde quiera que quisiera llevar la situación. Soltó un suspiro y espero, mientras Kohaku escrutaba detenidamente al monje antes de volver a hablar. Fueron un par de minutos eternos para los dos, después de haber esperado tanto, cada segundo parecía una pérdida demasiado grande. Al fin, el castaño se aclaró un poco la garganta y comenzó.

— Bien, debo admitir que esto es tan complicado para mí como para ustedes. Considerando que usted es un monje Budista, y nuestra familia es sintoísta, ya hay un pequeño problema… pero usted ha manifestado su deseo de casarse con mi hermana, y eso significaría hacerlo bajo nuestra religión…

— Por supuesto. No tengo problema con eso, lo he considerado…

— Bien, entonces… tenemos que seguir. Monje Miroku, debido a todo lo que sé de usted, ya sea lo que he escuchado o visto por mí mismo, tengo que admitir que es muy difícil esto. No creo poder encontrar una forma en la que me pueda impresionar lo suficiente, no más de lo que ya ha logrado. Durante muchos años ha perseverado, primero luchando junto a mi hermana, arriesgando su vida por ella; luego buscándola incansablemente por 6 años y sin rendirse a pesar de lo mal que estaba el panorama… y ahora, luego de haber vencido a esa oscuridad, su paciencia, su amor incondicional… ¿podría hacer algo más para demostrarme cuánto la ama? Creo que sí, pero para mí es suficiente. Y es por todo esto, que no sólo me ha impresionado, sino que ha demostrado ser más que apto para seguir nuestro linaje.

Sango tenía los ojos brillantes y llenos de lágrimas por la emoción, las palabras de Kohaku realmente decían mucho, más de lo que ella misma podría haber expresado en algún momento. Era incluso más significativo, porque no era ella la que hablaba de sus emociones, sino que era su hermano quien lo decía, y podía considerarlo un poco más objetivo. Miroku, por su parte, había curvado sus labios en una ligera sonrisa, mezcla de agradecimiento con alivio, atreviéndose de pronto a tomar la mano de su futura esposa. Sin embargo, la presionó algo nervioso al recordar que aún quedaba un pendiente: derrotar a Sango. Un pequeño escalofrío le recorrió la espalda, eso sería complicado.

— Entonces, sobre derrotar a Sango…

— Ah, sí. Eso. — Kohaku hizo una mueca, mirando de reojo a su hermana al notar que ella parecía incómoda con la idea. Sonrió un segundo, con un brillo perspicaz en sus ojos antes de volver a hablar. — Creo que la persona más indicada para hablar sobre ese tema es ella, aunque quisiera pedirle permiso para también tomar una decisión al respecto.

— Kohaku, Miroku ya ha pasado por mucho, una pelea entre nosotros no va a ayudarnos en nada…

— ¿Me permites decidirlo? — La pregunta fue insistente, Sango apretó los labios para permitirle hablar a su hermano, aunque a regañadientes. — De acuerdo, considero que después de todo, es imposible que pueda derrotar físicamente a mi hermana, por lo menos no si ella pelea en serio, cosa que dudo. Pero creo que no tendría que haber tal enfrentamiento. Considero que usted ya derrotó hace mucho tiempo a mi hermana, en el momento en el que la enamoró. Así que, en vista de los hechos… creo que podrían casarse sin más impedimentos.

La muchacha volvió a respirar conscientemente, mientras que el monje soltó un suspiro de alivio, ambos con una sonrisa tatuada en la cara. Finalmente, las cosas estaban totalmente claras y ya no tenían nada que impidiera o retrasara más la boda.


"Unas semanas después…"

Aunque los preparativos habían sido un poco apresurados, la boda había sido tal como siempre la había soñado: sencilla pero magnífica, alegre, con las mariposas comiéndole el estómago por los nervios y un hermoso kimono blanco tradicionalmente simple que la hacía sentirse toda una princesa. Sonrió, presionando un poco más el brazo de quien ahora era, oficialmente, su esposo. Él, en respuesta, le acarició suavemente la mano, con un leve apretón.

— ¿Estás bien? Te noto un poco… tensa.

Levantó su vista hasta sus ojos, perdiéndose de nuevo en el azul profundo, en la inmensidad que le transmitían y volvió a sentir ese cosquilleo en su vientre, una emoción que la hacía sonreír como tonta. Asintió con un gesto, sus mejillas con un leve sonrojo que se disimulaba gracias al sencillo maquillaje que llevaba.

— Claro que lo estoy. Es sólo que… pareciera que no es real.

— Pero lo es.

Sonrió más ampliamente, dirigiendo ahora su mirada hacia sus amigos, que cuidaban de sus pequeños unos metros más allá: Kagome tenía a Hajime en brazos, mientras que InuYasha dejaba que Miku le jalara las orejas, junto a Shippō, los tres jugando alegremente, el hanyō intentando aparentar fastidio, aunque era difícil poder disimular la felicidad en su rostro.

Se acercaron a ellos, riendo al ver cómo el pequeño kitsune y la menor lograban hacer caer a InuYasha y se le lanzaban encima, ganando ventaja de esa forma. Kagome también reía, mientras mecía al pequeño en sus brazos, quien se había quedado dormido sin dificultad en el reconfortante agarre de la muchacha.

— La maternidad te sentará de maravilla — le dijo Sango, contemplándola con cariño.

— Así es, tiene un don innato para calmar a las criaturas — acotó Miroku, acariciando suavemente la cabeza de su pequeño.

— Supongo que tuve bastante práctica con InuYasha, aunque espero no tener que recurrir a los mismos métodos — sonrió en respuesta ella, un leve sonrojo también subiendo a sus mejillas.

— Pues lo has tenido desde antes. Por lo menos lo demostrabas bastante con Shippō.

— Sí, espero que a nuestro cachorro lo trates mejor de lo que me tratas a mí — espetó de pronto InuYasha, su voz un poco ahogada por el ataque de los más pequeños —. Por lo menos no tendrá que cargar con este collar maldito.

— Si sigues rezongando, no dudaré en volver a hacer uso de él — Kagome le lanzó una severa mirada de advertencia, pero no pudo ocultar el brillo emocionado que tenía.

— Claro, sigue aprovechándote de eso…

Volvieron a reír, mientras los niños de la aldea llegaban a su lado e invitaban a sus pequeños a jugar con ellos, corriendo todos en grupo hacia donde el resto de niños esperaba. InuYasha se puso de pie, sacudiéndose un poco el polvo y con una sonrisa soberbia, apoyó ambas manos a cada costado de sus caderas, mirándolos de pies a cabezas.

— Bien, hasta que lo hicieron cómo corresponde. De verdad no puedo creer que hayan esperado tanto tiempo.

— Cállate, InuYasha. No deberías comentar ese tipo de cosas, tú no sabes…

— ¿¡Cómo que no sé!? Keh, mujer, deja de fastidiar, fui yo el que escuchó a Miroku quejarse y rezongar por más de 6 años… y dices que no sé…

— Sí, pero ellos necesitaban hacer las cosas cómo mejor les pareciera… si se apresuraban…

— Lo sé, pero de todas formas… creo que era más que hora. Los felicito.

Miroku sonrió, palmoteándole con cariño la espalda a su amigo, en tanto Sango le sonreía agradecida, apoyándose nuevamente en el brazo de su esposo. Sus amigos también sonrieron, disfrutando y agradeciendo la felicidad y calma que ahora compartían. Había sido un largo camino, con muchos más bajos que altos, pero lo habían recorrido sin tregua y ahora podían realmente, comenzar a caminar por el sendero que habían escogido.

Miraron a sus hijos jugando unos metros más allá y luego volvieron a mirarse a los ojos. Ojos que no querían dejar de mirar por el resto de sus vidas, que eran capaces de calmar sus más grandes temores y llenarlos de paz y tranquilidad. Ojos que guardaban todos sus secretos y que los alentaban a continuar sin esfuerzo, por los que jamás se rendirían ni pensarían en abandonar.

Ni siquiera con el brillo pícaro que un par de ellos dejó ver justo antes de que una de sus manos tocara más de lo permitido; ni con el aura asesina que desprendió del otro par antes de soltar la fuerte bofetada que terminó de cerrar la escena. Todo era como debía ser, nuevamente.


¡Hola! Lo sé, me tardé un montón, pero de verdad que no he tenido tanto tiempo para dedicarle a este fic. Por lo menos no como hubiese querido, es uno de mis bebés más queridos y quería darle el final que se merece. Siento que algunas cosas no quedaron como quería, quizá se siente un poco apresurado, pero si se lee en el contexto de toda la espera, quizá pueda entenderse que sea así. Espero sus comentarios.

Como siempre, agradezco a todos los que se pasaron por el fic, ha sido un placer leer sus reviews y navegar esta dolorosa trama junto a ustedes. Creo que es el final que se merecía, si ustedes piensan lo contrario, pues bienvenidos sean sus críticas, que yo no me molesto.

Un abrazo enorme y apretado a todos, pero en especial a Nuez que, aunque se unió tarde, ha estado apoyando a mi musa de muchas formas. ¡Te quiero, preciosa!

Nos leemos, espero que pronto. Anuncio desde ya que tengo varios proyectos de esta pareja en mente, así que si son fieles amantes del Mir/San... de seguro nos leemos por ahí.

Adiós y hasta pronto (?)

Yumi~