¡Hola a todos!
Siento la tardanza con subir un nuevo capítulo. Esta parte lleva un tiempo escrita, pero... Empecé un nuevo trabajo que me tiene más de 12 horas al día fuera de casa y cuando llego no puedo más que fantasear con mi almohada. Pero bueno, el capítulo 4 está en el horno y calculo que esta semana lo tendré terminado, pero tampoco confiéis mucho en mi palabra.
Gracias a todos los que os tomáis un ratito para leer y, sobre todo, para comentar. Leer que la historia os va gustando me alegra el día :3
¡Nos leemos pronto!
CAPÍTULO 3
― Maki-chan llegará mañana por la tarde... Estoy tan nerviosa... ¿Y si es todo un desastre?
― Calma, Honoka. Todo estará bien, ya lo verás.
El chico le sonrió con dulzura, haciéndole sonrojar. Rápidamente se apoyó sobre su pecho con tal de ocultar su vergüenza.
― ¡No hagas eso, Souta-kun! Sabes que me da vergüenza que me mires así.
El chico rio, envolviéndola en un cálido abrazo que rápidamente relajó a Honoka. Permanecieron así varios minutos, mientras la gente pasaba a su alrededor sin prestarles atención.
― Siento haberte empujado a todo esto, Honoka. La cara de ilusión que se te puso al escuchar la propuesta... Me pareció lo más bonito que he visto en mucho tiempo. Pero temo que al final todo están siendo problemas.
Volvió a sonrojarse todavía más, volviendo a enterrar la cara en el pecho del chico. Tomó aire para tranquilizarse y negó con la cabeza, aún escondida.
― No es culpa tuya. Yo fui la que al final tomó la decisión... Con algo de ayuda por tu parte.
Ambos se miraron unos instantes y se echaron a reír. Honoka se sentía llena de felicidad junto a Souta. Llevaban ya seis meses saliendo, pero habían decidido tomarse las cosas con mucha calma. Mucha. Para ambos era su primera relación, estaban ilusionados y querían que todo saliera bien. Decidieron ir a tomar un helado aprovechando la buena temperatura de la tarde, y echaron a caminar cogidos de la mano, diciéndose tonterías y hablando de sus días. Souta estaba terminando sus estudios como educador social, por lo que apenas tenían tiempo para estar juntos. Cada instante que podían compartir era casi un regalo.
Honoka pidió un helado de dulce de leche, y uno de limón para Souta. Se sentaron en un banco a disfrutar del atardecer, hablando de todo y nada. A pesar de que intentaban sacar otros temas de conversación, al final la chica siempre acabada mirando la nada, pensando siempre en lo mismo.
― Vamos, Honoka-chan. No me gusta verte así. Todo va a salir bien, ya lo veras.
Ella asintió, no muy convencida.
― Honoka... ¿Qué puedo hacer para que no estés tan preocupada?
Sus ojos se cruzaron, despertando una tenue sonrisa en su rostro. Los marrones ojos de Souta captaron toda la atención de Honoka, que quedó prendada de su mirada. Sus rostros cada vez estaban más juntos. Ella cerró los ojos, recibiendo el cálido beso que le brindaba su chico. Era el momento perfecto; el atardecer, la tranquilidad del parque, la paz que se respiraba, ese beso... Ese beso que lo valía todo.
Pero de pronto, toda esa paz se derrumbó.
― ¡¿Honoka?!
La pareja se separó de inmediato, con las mejillas ardiendo por el sonrojo. Souta apartó la mirada, incómodo. No tenía ni idea de quién era la chica que se les acercaba a pasos agigantados.
― ¿N-Nico? -Preguntó Honoka, reaccionando por fin-. ¡Nico-chan! ¡Cuánto tiempo sin verte!
La joven se levantó de un salto y fue directa a abrazar a la recién llegada, que la recibió con sorpresa. Dio un par de suaves golpes sobre la espalda de Honoka, haciendo que esta se separase.
― Sí que ha pasado tiempo, sí... Demasiado, me temo -dijo, alzando una ceja en dirección al chico que no sabía dónde meterse.
Las mejillas de Honoka rápidamente volvieron a teñirse de rojo y los nervios la recorrieron entera. Tenía pensado presentar formalmente a Souta ante todas las musas –a aquellas que todavía no le conocían- cuando se hubieran reencontrado todas, pero... Ya no había nada que hacer. Invitó a Nico a que se acercase, haciendo que el chico se levantase como un resorte.
― Nico-chan, este es Souta Himekawa. Él es... Es...
― Tu novio.
― Mi novio -afirmó, avergonzada.
Automáticamente Souta se inclinó con respeto ante Nico.
― Es un placer conocerte al fin, Yazawa-san. Honoka-chan me ha hablado mucho de ti.
Eso hizo que Nico se sonrojase, sintiéndose azorada por tal presentación. Sacudió una mano en el aire, restándole importancia a todo aquello.
― Lo mismo digo, Himekawa-san. No tenía ni idea de que estuvieras interesada en salir con chicos, Honoka. Bueno, en salir, en general.
― Ya... -contestó, algo avergonzada-. La verdad, solo algunas del grupo lo saben, no hace demasiado que salimos y, bueno... Quería esperar a estar todas juntas y ver cómo estaba todo entre nosotras antes de contarlo.
Nico asintió, con el semblante serio. Entendía perfectamente la situación de Honoka; a fin de cuentas, ella no le había contado a Honoka que ahora estaba con Hitomi. No tenía ningún motivo para ocultarlo, simplemente hacía mucho tiempo que las chicas no hablaban seguido y no había salido la conversación en ningún momento. Y aunque aquel parecía el momento perfecto para contarlo, algo la retuvo. No sabía qué era, pero no se sentía capaz de decirle aquello a Honoka. No cuando quedaba tan poco tiempo...
― Siento haberos interrumpido -dijo ella de repente-. Imagino que nos veremos pronto, Honoka-chan. Ya me dirás cuándo. Un placer, Himekawa-san.
No dio pie a ninguna contestación. El corazón le latía fuerte en el pecho. Llevaba días intentando evitar pensar en aquello, pero sólo quedaba un día para el regreso de Maki. Había intentado hacerse la fuerte con todas, especialmente con Hitomi; no quería preocuparla. Pero lo cierto era que estaba aterrada. Apenas había dormido la noche anterior, se sentía ansiosa y no paraba de mirar el reloj. No sabía cómo sería el reencuentro con la pelirroja, y la mayoría de situaciones que imaginaba su cabeza no le gustaban en absoluto.
Honoka observó con mirada triste como su amiga se iba a marcha acelerada del lugar, dejándole con la palabra en la boca. Souta se acercó a ella, tomándole la mano desde la espalda. Lucía preocupado.
― ¿Qué ha sido eso?
― Ella... Creo que está preocupada por el reencuentro.
El chico asintió, serio. Se sentía culpable por haber lanzado a su novia a todo aquello, pero ya no había vuelta atrás. Apretó con fuerza la mano de Honoka, brindándole una sonrisa.
― Conseguirás que todo salga genial, Honoka-chan. Ya lo verás. Y yo te estaré apoyando en todo lo que necesites. Siempre.
― Souta-kun... -Susurró ella, derritiéndose por dentro de puro amor.
La pareja volvió a besarse, esta vez sin interrupciones. Decidieron recoger las cosas y regresar a casa, ya que Souta debía seguir estudiando. Y, a pesar de lo agradable que fue el paseo hasta el hogar de los Kousaka, Honoka fue incapaz de quitarse el malestar por Nico de encima. ¿Qué había sido aquella reacción? ¿Tan mal estaban las cosas entre ellas?
Maki estaba estirada en la cama, agotada. Su habitación, al menos la mitad que ocupaba ella, estaba ya prácticamente vacía. Tan solo quedaba una maleta de mano y algo de ropa limpia para cambiarse al día siguiente. Y ya está. Eso era todo. El resto de su vida, de sus pertenencias, ya había viajado hasta Japón para pasar allí una buena temporada. Como siempre, su compañera no estaba presente, lo cual era un alivio. No tenía ganas de ver a nadie, en realidad. Se colocó los auriculares, rebuscando en su reproductor las viejas canciones de µ's. Sabía que aquello iba a ser una tortura, pero sentía que lo merecía. Que lo necesitaba.
Escuchar esas canciones siempre le oprimía el pecho y la llenaba de recuerdos. Recuerdos brillantes, deslumbrantes, alegres... Que siempre acababan en la misma escena. El aeropuerto, ella intentando hacer entrar en razón a Nico, y ella cogiendo su corazón y destrozándolo en mil pedazos. Sin querer luchar, rindiéndose ante la primera dificultad que encontraban. Y ahora, cuando las heridas comenzaban a sanar un poco...
Tan entregada estaba a su música y al llanto que no escuchó cómo llamaban a la puerta. Una, dos, tres veces. Maki, ajena a aquello, seguía aovillada en la cama.
― Maki, voy a entrar, sé que estás ahí.
La puerta se abrió ligeramente y la cabeza de Abbie se asomó por la abertura, no queriendo violar la privacidad de su amiga. Pero lo que encontró en la habitación le hizo olvidarse por completo de eso. Entró sin dar más rodeos y se acercó a la cama, poniendo una mano sobre el hombro de Maki. La pelirroja se sobresaltó ante tan repentino contacto. Miró a su amiga sin verla, perdida en un mar de recuerdos.
― Ya está, Maki, ya está -decía Abbie, abrazándola para tranquilizarla-. Desahógate.
Y así lo hizo. Abrazó con fuerza a la chica, sin dejar de llorar, soltándolo todo. Hacía mucho que no lloraba por Nico. Que no lloraba, en general. Se había dado cuenta de que, en todo este tiempo, había estado reprimiendo una cantidad enorme de sentimientos que ahora, ante la cercanía del reencuentro de µ's, estaban escapando sin remedio. Las chicas mantuvieron su abrazo durante un largo rato, hasta que el llanto de la pelirroja se convirtió en sollozos apagados. Abbie acariciaba con ternura la cabeza de su amiga, manteniendo el silencio.
― Perdona, Abbie. Yo no... No quería que nadie me viera así.
― No tienes que disculparte, boba. Aunque quizás tendrás que comprarme una camiseta nueva.
Maki sonrió ante la broma, pero todavía se sentía débil. Se recostó en la pared, abrazando sus piernas y apoyando la cabeza en las rodillas, mientras Abbie observaba la habitación.
― Qué vacío está todo ahora, ¿eh? -Maki pudo notar la tristeza en su voz al decir eso-. Dime, ¿por qué estabas llorando de ese modo? ¿Ha pasado algo o.…?
Dejó la frase en el aire, esperando que la pelirroja contestara. Pero sólo recibió silencio a cambio. Suspiró, acercándose de nuevo a su amiga, apoyándose también en la pared.
― Todo esto es por Nico, ¿verdad?
Maki asintió en silencio, tomando aire.
― Todavía la quieres.
No era una pregunta, pero aun así la pelirroja asintió con la cabeza de nuevo. Abbie suspiró, tomando la mano de su amiga con cariño.
― Han pasado ya dos años, Maki. Ella te dejó, es algo que debes aceptar. Lo más seguro es que haya rehecho su vida y no seas más que un lindo recuerdo.
Cada palabra era como una puñalada para la japonesa. Claro que Nico podía haber rehecho su vida. A fin de cuentas, era ella la que había decidido terminar su relación. Esa cabezota egoísta... La había imaginado cientos de veces con cientos de personas. La había imaginado mofándose de ella, olvidándola, recordándola con rencor. A veces, cuando más necesitaba se sentía, la imaginaba esperándola. Las lágrimas amenazaban con escapársele de nuevo, por lo que tomó aire para tranquilizarse. Abbie se había callado por fin, dejándole espacio para contestar.
― El problema es... -Comenzó con un hilo de voz-. Que lo nuestro nunca terminó. Quiero decir, no fue una ruptura porque ya no nos quisiéramos, o porque hubiera una tercera persona. Nos queríamos, pero yo tenía que irme a estudiar lejos y ella no quiso esperarme estos dos años. Ella dijo que me dejaba, pero... Al principio no la creí, ¿sabes? Tuve que irme tal cual dijo aquello, y ya no hemos vuelto a hablar más. La llamé millones de veces, le escribí, e incluso fui a su casa la primera vez que volví a Japón de vacaciones. Todo para nada. Su madre me recibió con una sonrisa triste y me dijo que Nico no estaba en casa.
La voz volvió a rompérsele, amenazando con volver a llorar. Abbie lo notó, y pasó un brazo sobre sus hombros para reconfortarla.
― Esa mujer... Me miraba con pena extrema. ¿Sabes? Cuando ya me iba me abrazó con fuerza. Intentó que no lo notase, pero sé que lloró. Me deseó que todo me fuera bien, que me lo merecía. Que luchase por mis sueños. Todo eso mientras Nico escuchaba detrás de la puerta.
Abbie alzó una ceja con sorpresa. La pelirroja asintió, decaída.
― Sabía que estaba ahí. Ella... A veces es un poco descuidada. Estaba justo detrás de la obertura de la puerta y, cuando me moví para irme, pude verla de perfil.
― ¿Y no salió a decirte nada?
― No.
― Pues qué estúpida -dijo Abbie de pronto, consiguiendo que Maki la mirase entre sorprendida y enfadada-. No me mires así, que es la verdad. Si pese a todo no fue capaz de contestarte ni una sola vez es que tanto no te quería. Vamos, estoy yo en una situación parecida y me falta tiempo para salir corriendo a empotrarte.
― ¡ABBIE! -Dijo Maki, muerta de vergüenza por sus palabras.
― Oh, venga ya, Maki. Será que no has aprendido nada de los estadounidenses en todo este tiempo.
Las chicas se miraron durante breves segundos, rompiendo a reír al momento como tontas. La risa se extendió por varios minutos, hasta que a ambas les dolía la tripa.
― Cielos, cuantísimo te voy a echar de menos.
― Hey, quién sabe. Tal vez nuestros caminos vuelvan a encontrarse más pronto de lo que piensas.
Maki sonrió con tristeza ante aquello, deseando de todo corazón que su amiga tuviera razón.
― Oye, es tu última noche aquí. ¿Por qué no me dejas que te invite a cenar y luego vamos por ahí, a quemar Boston?
― Suena divertido, muy al estilo Abbie.
― Eso. Salgamos al estilo Abbie.
El día había sido largo para Nozomi. Apenas llevaba unas semanas trabajando en la Escuela Sakura como profesora en prácticas, y todavía no se había amoldado del todo a su nueva rutina. Sin duda, los niños pequeños le encantaban, pero también acababan con toda su energía. Caminaba por la calle con las manos llenas de colores que había sido incapaz de eliminar por más que frotase su piel, con la maleta repleta de dibujos de sus niños que más tarde enseñaría a Eli mientras compartían una cena tranquila. Caminaba metida en sus pensamientos, cuando un vehículo le llamó la atención con el claxon. Tras ponerse a su altura, bajó la ventanilla, mostrando el rostro de Hirano-san, su compañero en la escuela.
— No sabía que tomabas este camino, Toujo-san. ¿Quieres que te acompañe?
— No te molestes, tranquilo. Sólo tengo una media hora.
— ¿Media hora andando? ¿Después de estar con esos demonios todo el día? Insisto, deja que te lleve.
La chica rio ante el comentario y, tras un par de insistencias más, terminó subiendo al coche. Se acomodó rápido en el asiento, poniéndose el cinturón de seguridad e indicando al conductor cómo llegar hasta su destino. Hirano conducía con suavidad, con una sonrisa en el rostro. En la radio sonaba música suave, relajante, y ambos mantuvieron el silencio durante largo rato. Al final fue la propia Nozomi la que habló.
— ¿Hace mucho tiempo que trabajas en la escuela, Hirano-san?
— Llámame Kenji –contestó con una sonrisa-. La verdad es que llevo en esta clase desde hace ya tres años. Cuando me gradué en la universidad vine aquí para adquirir experiencia, y he podido quedarme aquí desde entonces.
— ¿Y puedo preguntar por qué vas a dejar el trabajo? Se te ve muy a gusto con los niños.
El chico soltó un suspiro algo apenado.
— La verdad es que no lo sé. Todavía no estoy muy seguro con esta decisión, pero… Siento que necesito cambiar de aires. ¿Sabes? Los treinta empiezan a estar cerca y no quiero pasar toda mi vida anclado en el mismo lugar.
Nozomi asintió, apartando la mirada, dejando volar sus pensamientos.
— ¿Tienes alguna idea de a dónde ir, Kenji?
— La verdad es que tampoco he pensado en eso. El mundo es lo suficientemente grande como para poder perderme en él cuando escoja un destino, ¿no crees?
— Claro. A mí también me gustaría viajar en algún momento de mi vida. Ver mundo, como tú dices, probar cosas nuevas, culturas diferentes…
— Pues… A mí no me importaría tener compañía en mi viaje.
La chica abrió los ojos con sorpresa, mirando al conductor, que se había sonrojado hasta las orejas y sacudía los dedos sobre el volante, nervioso. A pesar de todo, la escena le pareció de lo más tierna. ¿Por qué tenía que pasarle esto con un compañero de trabajo?
— Lo siento, Hirano-san. No quería que malinterpretases nada, pero tengo pareja.
— Es Kenji –le rectificó él, apenado-. No tienes que disculparte, Toujo-san. Me he lanzado sin saber nada sobre ti, no quiero que esto afecte a nuestra relación profesional.
— No lo hará, prometido.
Él sonrió, pero su semblante seguía siendo triste, de derrota. Mantuvieron el silencio el resto del trayecto, hasta que finalmente Nozomi le hizo detenerse al lado de su edificio. Se despidieron rápidamente y, aunque la chica le invitó a pasar a tomar algo más por cortesía que por otra cosa, Kenji se excusó rápidamente, arrancando casi con la palabra en la boca. Nozomi lo observó partir con el semblante serio. No quería que algo como eso afectase a su trabajo. Kenji le caía bien, y no quería problemas con él tampoco. Con lo fácil que le parecía a ella la vida, y lo mucho que la complicaban los humanos. Suspiró, comenzando a subir las escaleras hacia su piso, donde encontró algo que hizo que su corazón se detuviera por completo.
— ¿Alisa? ¿Qué haces tú aquí?
La chica apartó la mirada. Su semblante era serio, casi dolido. Había crecido mucho en todo este tiempo. Habían pasado más de dos años desde la última vez que se vieron, cuando todo el mundo de Eli estalló en mil pedazos. Todo por su culpa. Todo por Nozomi.
— Ha pasado mucho tiempo, Nozomi… ¿Puedo pasar?
La mayor se moría de ganas de abrazar a la chica. La había echado mucho de menos y, sobre todo, no podía dejar de pensar en todo lo que aquello implicaría para Eli. Pero algo en la actitud de la rubia le decía que era mejor esperar, así que se limitó a asentir, abriendo la puerta y ayudándola a entrar las maletas. El piso tan solo tenía un dormitorio, pero en una habitación que normalmente hacía de estudio habían acomodado un sofá cama para casos especiales como aquel. Dejaron todo el equipaje en dicha habitación y volvieron al comedor, donde Alisa tomó asiento mientras la mayor preparaba el té. Viendo la poca participación de la joven por iniciar una conversación, Nozomi tomó la palabra.
— ¿Cómo has llegado hasta aquí, Alisa?
— ¿Quién era él? –Preguntó ella, sin mirarla.
La pregunta pilló totalmente desprevenida a Nozomi. La miró sin saber qué responder, hasta que cayó en la cuenta de que debía haberla visto bajar del coche de Kenji.
— ¿Te refieres al chico que me trajo en coche? –Alisa asintió, todavía apartando la mirada-. Es solo un compañero de trabajo. Nos encontramos en el camino de vuelta e insistió mucho en traerme a casa.
La joven no parecía muy convencida. Nozomi suspiró, sirviéndole una taza de té y otra para ella, sentándose en frente de la rubia. Cuanto más mayor se hacía más se parecía a Eli. Casi le parecía ver en sus rasgos joviales el rostro de su amor.
— No tienes que preocuparte por eso, Alisa –dijo con voz calmada, atreviéndose a tomar la mano de la pequeña. Al ver que no rechazaba el contacto sonrió, dándole pequeñas caricias-. Todo está bien aquí. ¿Por qué no me dices por qué estás en Japón?
Le tomó varios minutos comenzar a hablar. Parecía estar ordenando sus pensamientos, o improvisándolos en ese mismo momento, por lo que Nozomi le dejó espacio para aclararse mientras se tomaba su infusión. Al final la pequeña comenzó a hablar, con la voz rota.
— Yo… Me he ido de casa. He huido –sus palabras sorprendieron a Nozomi, que dejó la taza sobre la mesa para prestarle más atención-. Estaba muy cansada de todo aquello. De no poder estar con vosotras cuando quiero, de tener que fingir todo el tiempo… ¿Sabes que desde hace más de un año mis padres se niegan a hablar de Eli? Para ellos nunca ha existido… Ni si quiera hay fotos de ella en casa.
Las palabras de la pequeña Ayase encogían cada vez más el corazón de Nozomi, que la miraba horrorizada. Fue hasta el lado de Arisa y la abrazó con fuerza, haciendo que la joven rompiese a llorar finalmente. Estuvieron así varios minutos hasta que la rubia logró serenarse.
— ¿Cómo has llegado hasta aquí, Alisa? Ha tenido que ser muy difícil…
— No ha sido tan difícil. La última vez que Eli fue a Rusia y logré verla en casa de la abuela tomé la decisión. Desde entonces he estado ahorrando, preparando el viaje a escondidas, todo con ayuda de mi abuela. Ella os apoya mucho, lo sabes, ¿no?
Nozomi sonrió muerta de ternura. Claro que lo sabía. Había viajado hasta ese helado país para conocer a la familia de su pareja formalmente, encontrándose solo con puertas cerradas y miradas de rechazo. Todas, menos las de la abuela Ayase, que las había acogido con cariño y amor, las había apoyado y las había animado a seguir adelante a pesar de las adversidades. Desde ese incidente, dos años atrás, más o menos cada tres meses Eli viajaba a Rusia para ver a su abuela y a su hermana a escondidas del resto de la familia. Las chicas apretaron todavía más su abrazo, dejando escapar una gran oleada de sentimientos.
— ¿Sabe Eli que estás aquí?
— No –negó la pequeña, limpiándose la cara-. No me atrevía a deciros nada por si alguien en casa se enteraba y me impedían venir.
— Todo está bien, Alisa. Todo saldrá bien. ¿Qué te parece si me ayudas a montar tu cama y todo lo demás? Luego podemos preparar la cena para darle una gran sorpresa a Eli. Estoy segura de que se emocionará cuando te vea aquí.
— ¡Eso espero! –contestó más alegre.
Y lo demás, pensó Nozomi, ya llegará.
