Hoy os traigo la continuación del fanfic. Le doy gracias a exasesinarusa y a mony por haber comentado. Y gracias a exasesinarusa y a Moneykita por haberle dado a Fav y a Follow. Seguir haciendo eso y comentad por favor.
Capítulo 3: Conversación interesante
Se tuvieron que poner algunas reglas para que todo funcionara:
1- Todos cocinan.
2- Cada uno se hacer cargo del orden del espacio de su cama.
3- Todos limpian la habitación por turnos.
4- Lo máximo que se puede estar en el baño son 30 minutos.
5- Todos lavan su ropa.
6- La hora máximo a la que pueden salir de la base es a las 19:00hrs.
7- En los días de entrenamiento todos se despiertan a las 6 AM.
8- En los días de entrenamiento, salen todos juntos en la mañana.
9- En los días de entrenamiento, todos se duermen temprano.
Luego de ponerlas varias veces en práctica, esperaban que la vida se les hiciera más fácil ya que todas las tareas estaban repartidas. Por lo general Sharon llevaba la cena, Peter el almuerzo, y Logan el desayuno, aunque a veces se cambiaban los turnos. La habitación se limpiaba 4 veces a la semana, por lo que se tenía que mantener el orden. En los días normales solían ocupar el baño máximo 12 minutos, y en los días en los que estaban libres, unos 15. Era horrible tener que levantarse temprano, hasta el día de hoy que iba a ser el tercero seguían culpando a Fury y a Hill por la regla de levantarse a las 6 AM, pero tenían que admitir que si no se levantaran a esa hora, llegarían tarde a las practicas, ya que todos nunca se habían intentado levantar tan temprano. Y Sharon lo sabía.
—¡Hey! ¡Levántate, perezosa!
La agente de la CIA soltó un respingo cuando escuchó esa voz que le llamaba fuera de la habitación seguido de un ruido martillador contra la puerta.
—Papá… cinco minutos —roguó con una voz tan tétricamente grave que competiría con guturales propios de una banda de hardcore.
—Cariño, se enfriará tu desayuno. No digas que no te lo advertí —insistía quienquiera que fuese. Seguidamente logró captar sus pasos cuando se apartó de la puerta.
Suspiré dejándome apoyar contra la almohada. Esa voz era de Wade Wilson, mejor conocido como Deadpool, el mercenario bocazas. Ella no era de las que se acostumbran rápido a un nuevo ambiente, pero esta vez le iba a tocar hacerlo.
Ella suspiró. ¿Qué hora se supone que es? Miró por la ventana y por el cielo presuponió que podrían ser las ocho y tantos, pero no estaba tan segura de ello.
Tanteo con sus manos en el suelo hasta tocar algo sólido. Lo tomó y lo dirigió a su rostro para observarlo. Su móvil, cuya luz emitía parpadeos muy seguidos, fue encendido para mostrarle de todo lo que se estuvo perdiendo por dormir.
Lo primero, mensajes de su madre y distintos emoticonos estupidos que demostraban cuánto le extrañaba, aparte de sermones sobre que se cuidara, que sólo se concentrara en el trabajo, que se mantuviera virgen hasta el matrimonio… Ya saben, lo típico.
La rubia suspiró al leer todo el contenido de su texto, apenas respondiéndole con un «Buenos días. Sigo viva, mamá. Te quiero».
Por fin decidió dejar de flojear en su cama y levantarse. Ya su desayuno debería estar como un témpano de hielo por todo lo que había tardado. Y hablando de hielo… ¡qué frío hacía! Al menos su camiseta era de mangas.
Al salir del cuarto, miró fuera del pasillo en dirección a la sala. No había rastro de los otros. La radio de la cocina sonaba rítmicamente a un volumen moderado en una estación de música pop. Frunció el ceño, no por el disgusto, aunque tampoco es como si se sintiera fascinada, sólo opinaba que es mejor que la basura de los 80's que su madre acostumbraba a escuchar cuando todavía vivía en casa.
Arrastró las pantuflas de pata de conejitos por el piso pulido, justo hacia la puerta del final del pasillo, donde estaba el baño. Cuando iba a girar la perilla para abrir la puerta, un ente alterno detuvo mi acción desde dentro del cuarto.
L achica ahogó un grito debido a la sorpresa y cuando la puerta terminó de abrirse, entornó los ojos en exasperación. Era sólo Wade.
—Cielos, buenas noches, señorita —saludó con sarcasmo el mutante, soltando una risa ácida.
—Oh vamos, no me levanté tan tarde —repliquó mientras él desalojaba el baño y se aproximaba a la cocina.
—Como sea —Cruzó a la cocina, donde tenía el desayuno de ambos servidos—. Mejor apúrate, que tengo hambre.
La chica enarquó las cejas, ¿en serio estaba esperándole para que comieran los dos juntos? Vale, eso era tierno y muy cortés. Creo que ese mal presentimiento de que no iba a terminar saliendo virgen de ese lugar en una semana se estaba yendo. ¡Cargaba una camisa puesta! Eso es buena señal de sólo compañerismo entre ambos.
Iba a preguntarle qué tal había amanecido, porque, venga, debía ser amable, ¿no? Por lo menos debería ser algo agradecida. Pero algo en lo que reparó detuvo su acción y provocó que frunciera el ceño.
El tío andaba en bóxers.
—¿Alguien no te ha dicho que debes ponerte pantalones? —espetó cruzándose de brazos.
Wade sacó jugo de frutas de la nevera y una sonrisa pícara se dibujó en su rostro mientras que me escrutaba con sus orbes marrones.
—Normalmente me piden que me los quite.
Abrió los ojos como plato y juró haber puesto una mueca de espanto. No hablaba en serio, ¿verdad?
—Enfermo —masculló por lo bajo, pero estaba segura de que él alcanzó a oírlo porque empezó a reír fuerte—. ¿Se te olvidó acaso lo que te dijeron ayer?
—Oye —el mercenario replicó—, ya mucho hice poniéndome esta camisa.
La agente rodó los ojos cargados en exasperación mientras devolvía los pasos hacia el cuarto de baño.
—¿Alguien no te ha dicho que deberías apurarte? Terminaré comiéndome tu sándwich.
—¡NO! —gritó desde el baño.
Y rio, y siguió riendo.
Como una hora después de que mi compañera de piso saliera del baño, se dedicaron por fin a engullir su desayuno. Ella le miraba sin expresión alguna; Wade pensaba que ella era tan lenta incluso para tragar.
—¿Por qué rayos tardan tanto las mujeres para hacer las cosas?
—Eso no es tu problema —jactó ceñuda, tras haber tragado lo último que llevaba en la boca—. Y a todas estas, ¿sigues sin pantalones?
Con el único ojo que tenía disponible para ver, vi que ella tomaba otra mordida de su desayuno. Lo hizo de una manera tan lenta que Wade creyó que no podría resistirse a ésta. Maldita, le estaba provocando y ella ni siquiera se daba cuenta.
—Eso no es tu problema —se mofó de ella utilizando el mismo tono con el que me habló antes.
Entrecerró los ojos, como si con eso creyera que me quemaría vivo o algo por el estilo.
—Espero que mañana no te levantes tarde, porque en serio terminaré comiéndome lo tuyo.
—Vete a la mierda—presumió inflando el pecho con orgullo.-Por cierto dónde están los otros.
—Peter se ha ido con su tía. Blaze y Logan se han ido a montar en moto. Matt dijo que le habían llamado del juzgado y Scott hoy tenía que ver a su hija.
—Por cierto, ¿qué harás luego? —le preguntó la espía, justo cuando terminó de una mísera vez su jodido sándwich.
Wade la miró expectante mientras tomaba un sorbo de su jugo. Imágenes de ella y él solos todo el día de hoy se reprodujeron salvajemente en su desquiciada cabeza, de una manera que sólo ese mutante podría pensarlas. Pudo sentir una creciente sonrisa formarse en sus labios.
—¿Alguna idea? —dijo de manera insinuante. Tal vez demasiado, ella frunció el ceño y se puso de pie.
—No, no es lo que piensas —soltó mientras llevaba su plato al fregadero y lo lavaba al instante. Seguí con la mirada cada uno de sus movimientos—. Gilipollas.
—Vamos, apartemos los insultos. Ahora somos compañeros de trabajo, deberíamos llevarnos bien, ¿no crees?
Le miró de arriba abajo.
—Si crees que con esa táctica de «mírame los bóxers y somos amigos» podremos llevarnos bien, suerte con ello —convino de forma sarcástica, aunque sé que en el fondo estaba considerándolo.
Ella no podía negarse que no le quedaba otra opción. Antes, cuando se reunieron por primera vez, apenas se miraron, era algo brusco tener que adaptarse, pero debían hacerlo.
—Entonces, ¿qué piensas tú hacer esta tarde? —soltó la espía.
—Pues…me iré...a un club…de striptis.
La cara de Sharon se descompuso al instante en que me nombró la última palabra. A tomar por culo
—Vamos, ellas no son tan malas. Algunas necesitan el dinero para costearse la universidad.
—Claro, son tus amigas sexuales, es normal que digas eso.
Lo único que hizo Wade fue sonreír. Pero a pesar de esa sonrisa, era cierto. Él no era el prototipo de novio ideal que quería una chica.
—Ni se te ocurra traerte a una de esas putas aquí —dictaminó la Agente 13 cuando terminó—. No quiero tener que recurrir a limpieza profunda y llamar a exterminador de plagas luego.
—¿Exterminador de plagas? —repitió el mutante—. ¿Estás llamando plaga a esas mujeres?
—No, estoy insinuando que ellas podrían traer plagas y dejarlas en nuestro cuarto o algo por el estilo.
—No las traeré, relájate —prometió—. Pero me preguntaba si no querrías venir conmigo, me voy a ir al centro así que...
—Claro, y mientras ustedes van a estar follando en una esquina yo me estaré comiendo la boca de la dependienta de una librería de abajo —manifestó sarcásticamente—. A ver, Wade, quiero que sepas que tu y yo nunca vamos a tener ningún tipo de relación que vaya más allá de lo profesional.
El comentario pareció causarle gracia al mercenario bocazas, pues se dispuso a reír como si la chica le hubiese contado un chiste. Su sonrisa se extendió más, pero no porque lo estuviera admitiendo, en realidad se estaba burlando.
—Sí, claro —chistó la rubia—. Amigo, ¿en serio crees que no me he dado cuenta de lo que pretendes?
—Créeme, preciosa —dije el mutante—, ya estaba empezando a desesperarme si seguías haciéndote la idiota.
—Conque sí, ¿eh? —la chica se cruzó de brazos y le miró de arriba abajo—. Sigue trabajando en ello, Wade. No lo estás logrando.
Tras decir eso, se separó de él dándole en el rostro del mutante un latigazo con su cabello. Mierda, el tío ni siquiera se dió cuenta de cuándo la tuvo tan cerca. ¿Por qué diablos no aproveché para callarle esa boquita tan entrometida? Mal juego, Wade.
El mutante la observó bajarse de su silla del mesón y caminar hacia el pasillo. Hasta ahora no le había replicado nada y ella cree que le había dejado callado y quieto con lo que le dijo. Pobrecita.
—Sharon, ¿acaso tienes frío?
Ella se giró para verle y enarcó una ceja.
—Sí, ¿por qu—?
Su cara de coloreó de un rojo intenso al instante en que yo comenzaba a reír. Se le olvidó que se había ido a dormir sin sujetador. De manera fugaz, se cruzó brazos en el pecho y corrió dentro del pasillo, no sin antes gritarle a Wade:
—¡Cabrón!
¿Alguien no te ha dicho que debería usar camisetas menos claras en Nueva York, rubita?
