-N.A. Editada, 23/05/2017-
UNA RÁPIDA SUCESIÓN DE TERRIBLES INFORTUNIOS
CAPÍTULO 2: Las resacas son malísimas
··Hermione··
—Hermione, ¿qué ha pasado? —La chica se levantó de un salto cuando vio a sus padres entrar en la comisaría.
Habían pasado ya varias horas desde que los llamara, pero por suerte, Norwich solo estaba a dos horas y media en coche; dos horas si el que conducía era su padre. No quería ni imaginar qué hubiera pasado si llegar a irse de vacaciones a otro país; hubiera hecho los ÉXTASIS en aquella comisaría.
Miró a sus padres con el rostro enrojecido por la vergüenza. Nunca, en sus dieciocho años, había sido motivo de queja. ¡Por Merlín, pero si ella era la hija perfecta, la estudiante modelo!
—Mmm… Decidimos salir a dar una vuelta y… —Su padre miró con escepticismo la minifalda roja y la blusa de tirantes que la castaña llevaba. Hermione empezaba a desear que la tierra se la tragara—. Y bueno… Pasamos por delante de una discoteca y entramos a bailar un rato… —A medida que hablaba, la historia iba sonando más y más estúpida a sus propios oídos. No quería ni pensar lo que opinarían sus padres del panorama que se presentaba ante ellos.
—Ajá —se limitó a decir su padre. Miró detrás de ella—. Y estos chicos, ¿quiénes son?
Por suerte, Ginny decidió intervenir en aquel momento, dando un respiro a Hermione.
—Unos amigos del colegio, señor Granger.
—Oh, Ginny, hija. —La señora Granger se acercó y abrazó a la pelirroja—. Luna, cariño. —Otro abrazo a la rubia. «¿Y yo qué, mamá?», pensó Hermione, molesta—. Espero que estéis bien.
—No ha sido nada, señora Granger. Nos lo hemos pasado muy bien, ¿a que sí? —Luna sonreía inocentemente. Hermione la fulminó con la mirada, pero ella, fiel a su personalidad «especial», no se percató.
Theodore Nott se levantó y estrechó la mano a los señores Granger.
—Es un placer conocer a los padres de Hermione. Su hija es la más inteligente de nuestro curso, ¿verdad, Blaise? —Blaise, que seguía enfadado por el rechazo de Ginny, gruñó por toda respuesta. Theo esbozó una sonrisa de disculpa—. Perdónenle, cuando no duerme sus ocho horas es como un gremlin al que le dan de comer pasada medianoche.
Hermione miró al castaño con los ojos como platos. ¿Desde cuándo Theodore Nott sabía algo tan muggle como una peli mala de los noventa? ¿Y desde cuándo se comportaba como si fueran amigos? O sea, su interés por Luna era más que evidente, pero nunca habían intercambiado más de dos palabras en los siete años que se conocían. Claramente, intentaba congraciarse con sus padres para que sacaran a él y a sus amigos de allí.
Hablando de sus amigos… Draco seguía despotricando desde su celda.
—¿Quién es el que grita tanto? —preguntó la señora Granger, ligeramente asustada por los gritos que pegaba el rubio.
—¡No será amigo vuestro también! —El señor Granger soltó una carcajada, pero al ver la cara de su hija, se le borró la sonrisa del rostro—. Oh, vamos, no jodas, ¿también tenemos que sacar a ese?
—¡Adam! —La señora Granger miró boquiabierta a su marido; Hermione compartía el sentimiento: ¿Desde cuándo su padre maldecía así?
—A ver… —El señor Granger se acercó al policía que había amenazado con encerrar a Draco y tirar la llave. «Lástima que no lo haga», pensó Hermione con sorna—. Perdone, agente, ¿puedo llevarme ya a mi hija y sus… —miró a Theo y Blaise con recelo— amigos?
El policía suspiró, hastiado.
—Puede llevarse a todos estos, pero aquel —señaló a Draco, que en aquel momento solo se mantenía en pie porque se había agarrado a los barrotes de la celda— tiene que quedarse hasta que vengan sus padres a por él. Por alborotador. —Miró al rubio con resentimiento. Seguramente antes de que llamaran de la discoteca, el hombre estaba tan agusto en su escritorio leyendo alguna revista.
—¡OYE, NI SE TE OCURRA VOLVER A REFERIRTE A MÍ DE ESE MODO, CHUSMA! —La voz de Draco daba claros indicios de que seguía borracho como una cuba—. ¡VERÁS CUANDO SE ENTERE MI PADRE!
El agente de policía y el padre de Hermione intercambiaron miradas cómplices.
—Adolescentes… —Soltaron un suspiro al unísono.
—¿Y quién avisa a los padres de Malfoy? —Hermione miró a Theo, pero este se encogió de hombros.
—A mí no me mires, hasta que no inventen lechuzas portátiles…
—Ah, ¿este es Draco Malfoy? —El padre de Hermione miró al rubio con un brillo malicioso en la mirada. Miró a su hija de forma acusadora—. ¿Después de todo lo que has despotricado de él, y salís de fiesta juntos? Qué decepción, Hermione…
—¡Pero si fueron ellos los que vinieron cuando nosotras ya estábamos allí! —se defendió, cruzándose de brazos. Lo que faltaba, que su padre se enfadara con ella. La culpa era de Malfoy, si no la hubiera besado… Pensándolo bien, sería mejor guardarse ese minúsculo detalle para ella. O llevárselo a la tumba, por la cuenta que le tenía.
—Será mejor que nos vayamos —dijo la madre de Hermione—. Aquí ya no podemos hacer nada más por él. Mañana vendremos a ver cómo está y a hablar con sus padres sobre lo sucedido.
Hermione se estremeció. La idea de que sus padres conocieran a Lucius y Narcissa Malfoy era peor que tener a Snape en una clase doble un lunes a las ocho de la mañana. Desagradable, como mínimo.
—Casi mejor que no…
—No se admiten discusiones, Hermione —cortó su madre—. No vamos a dejar al pobre muchacho aquí solo. ¿Y si sus padres no pueden venir a por él? No, mañana vendremos a comprobar que esté bien.
Hermione soltó un bufido y miró a Ginny de tal forma que, si las miradas mataran, la pelirroja ya habría caído fulminada al instante.
—Te dije que no era buena idea, ¡pero no, tú querías salir! —susurró, furiosa.
Ginny se echó hacia atrás el pelo y movió la mano con un gesto de desdén.
—Oh, vamos, ¿no estás deseando ver mañana a Lucius Malfoy desheredar a su hijo? Porque yo sí.
La castaña puso los ojos en blanco.
—Tu concepto de «diversión» es una mierda, Ginevra —susurró para que no la escucharan sus padres. Lo último que le faltaba era que le gritaran por decir palabrotas.
Salieron de la comisaría los dos adultos, las tres chicas y los dos chicos, mientras su amigo Slytherin los maldecía (sí, seguía borracho) por irse sin él.
—Bueno… —Theo se pasó una mano por el pelo corto castaño—. Nosotros nos vamos. Muchas gracias otra vez, señores Granger.
—Qué chico más amable. —La madre de Hermione parecía encantada con el muchacho—. ¿Verdad que sí, Adam?
—Si tú lo dices… —El señor Granger seguía sin confiar del todo en aquellos dos.
Blaise, mientras tanto, miraba muy interesado una farola del otro lado de la calle; lo que fuera con tal de no mirar a Ginny. Hermione suspiró; aquello iba para largo.
—¿Nos vamos ya o qué? —gruñó.
—Adiós. —A nadie se le escapó que miraba a Luna mientras se despedía. La rubia le dedicó una de sus sonrisas ausentes y dijo adiós con la mano.
Los dos Slytherin se Desaparecieron, para sorpresa de los señores Granger, que a pesar de todos los años que llevaba su hija en Hogwarts, seguían sin acostumbrarse del todo a «esos trucos», como llamaba Adam Granger a la magia.
Estuvieron todo el viaje a casa de Hermione en silencio, cada uno pensando en sus cosas. La castaña sabía que debería estar preocupada por las consecuencias; lo más probable era que sus padres esperaran a estar solo los tres para echarle la típica charla de «No deberías beber, bla, bla, bla», pero era incapaz de pensar en otra cosa que no fuera las manos de Draco Malfoy en su cuerpo. Enrojeció al recordar en lo bien que besaba. ¿¡Qué coño había hecho!? Si le hubieran dicho un día antes que habría terminado en una discoteca enrollándose con el rubio, hubiera vomitado allí mismo. Creía tener mejor criterio. Seguro que los dos sorbos que había pegado al gin-tonic le habían sentado mal. Sí, debía ser eso. No había otra explicación posible para lo que había pasado. ¿Ella, besando al idiota que llevaba años puteándola? Ni de coña.
Luego había otro tema que en el que no quería pensar: Draco confesando que ella le gustaba. Hermione entendía nada. ¿Lo decía en serio o solo quería liarse con ella porque iba más borracho que una cuba? La segunda opción era la más probable. O al menos, la que la castaña estaba más dispuesta a aceptar. Es decir… ¿Estaba interesado en ella, pero le hacía la vida imposible en el colegio? ¿Qué gilipollez era aquella?
Empezaba a dolerle la cabeza. Eso era lo que Draco Malfoy provocaba en ella: dolores de cabeza. Nada más. No.
Cuando llegaron a casa de Hermione, cada cual se fue a dormir a su habitación. Los padres de Hermione todavía estaban demasiado sorprendidos por lo que había pasado para decir palabra (aunque la castaña estaba segura de que, en cuanto se acostaran, no hablarían de otra cosa). Hermione se fue directa a su habitación, sin despedirse de sus amigas, que dormían juntas en la habitación de invitados. Un buen rato después de acostarse, Hermione oyó a las dos chicas hablar.
—Creo que le gusto a Theo —susurró Luna. Hermione maldijo las paredes de papel de su casa. Ya tenía bastante con su propio drama en forma de serpiente rubia, no quería escuchar también el de aquellas dos.
—Luna, creo que eso lo notaron hasta las farolas. —Hermione no necesitaba ver a Ginny para saber que había puesto los ojos en blanco al decirlo. Sonrió. Por lo menos una de ellas no había salido de aquella discoteca con un lío amoroso (si se le podía llamar así a besarse con Draco y Blaise como si se les fuera la vida en ello) de cojones.
Hermione cayó rendida a los pocos minutos. Cuando se despertó, unas pocas horas después, se sentía como si un camión hubiera pasado por encima de ella. Y luego hubiera dado marcha atrás. Bajó a desayunar, para comprobar con sorpresa, que había sido la última en levantarse. Luna se sentaba en una silla de la cocina y miraba por la ventana, con aire soñador. Ginny removía una taza de café con una cucharilla.
—Buenos días —saludó la pelirroja.
—No sé cómo puedes tener esos ánimos a estas horas. Y además estar tan bien —dijo Hermione con rencor. Su amiga tenía un aspecto impecable: ya se había vestido y peinado; además, no tenía ojeras bajo los ojos, a diferencia de la castaña.
—Vístete, cariño. —La señora Granger besó a su hija en la frente—. Nos vamos en media hora.
Hermione gimió. Pensaba que sus padres habrían desistido a aquellas alturas de volver a la comisaría. Parecía ser que últimamente sus creencias no servían para nada.
Cuál fue su sorpresa al encontrarse con Theo y Blaise sentados en el banco que había al lado de la celda de su amigo. Draco estaba profundamente dormido, acurrucado en el catre de su habitación provisional.
—Buenos días —saludó alegremente Theo. ¿Pero qué le pasaba a todo el mundo, que estaban tan enérgicos por la mañana? Hermione empezaba a plantearse seriamente chutarse café en vena.
—¿Qué hacéis aquí? —preguntó Ginny sin preámbulos.
—Hemos venido a comprobar que Draco estuviera bien.
—Queremos ver cómo el señor Malfoy se enfada con él —confesó Blaise con una sonrisa ladeada, que ya había recuperado su carácter prepotente de siempre.
Al parecer, la mitad de los presentes estaba allí por lo mismo.
—¿Lo despertamos? —planteó Luna, que miraba cómo Draco dormía—. Draco… Draco… —empezó a llamar con suavidad. El rubio ni reaccionó.
—¡EH, DRACO, LEVANTA, COÑO! —gritó Blaise, cansado de tantas sutilezas. Llevaban allí metidos tanto tiempo que ya estaba de los nervios.
—Tienes el mismo tacto que un ladrillo —Ginny puso los ojos en blanco, a lo que Blaise respondió con una mueca de desdén.
«Por Merlín, si he de soportar esto todo lo que queda del curso, me pego un tiro», pensó Hermione. «O se lo pego a ellos».
Malfoy se levantó de golpe, mirando a todos lados con los ojos como platos. Pero, la resaca, que era una zorra, lo golpeó de lleno, haciendo que tuviera que sentarse. Se llevó las manos a la cabeza.
—¿Dónde coño estoy? —gimió.
—Esa lengua, jovencito. —El padre de Hermione se situó al lado de su hija.
Draco abrió un ojo para mirarlo.
—¿Quién demonios es usted?
—El padre de Hermione. —Pasó un brazo por el hombro de su hija de forma protectora. Hermione se tapó los ojos con la mano, avergonzada—. Y más te vale hablar bien o me encargaré de que te dejen aquí un día más.
La castaña agradeció que Draco no pudiera con su alma, o allí se habría liado una buena. Y teniendo en cuenta que su padre medía uno noventa y, además, se había hecho amigo del policía de la noche anterior, no apostaría ni medio sickle por el slytherin.
—¿Cómo te sientes? —preguntó Theo, apoyándose en las rejas.
—Como una mier… —Se lo pensó mejor al ver la expresión del señor Granger— muy mal —terminó por decir.
—¿¡DÓNDE ESTÁ!?
Al oír aquella voz, Draco palideció. Mierda, su padre. Aquel grito llamó la atención de los guardias, y el hombre que lo profirió no pudo menos que despertar en ellos una curiosidad recelosa.
Hermione torció el gesto; por lo menos podría haber prescindido de la capa negra larga y el bastón. Tampoco tenía claro si Lucius Malfoy estaba más cabreado porque su hijo estuviera encerrado o por tener que respirar el mismo aire que todos aquellos muggles.
—¿¡Se puede saber qué has hecho!? —Todos los «visitantes» (si es que podían llamarse así) dieron un paso atrás. Nadie quería enfrentarse a la ira del cabeza de familia de los Malfoy.
Excepto, claro está, los señores Granger.
—Usted debe ser el señor Malfoy, supongo.
El señor Malfoy miró primero la mano que el hombre adelanta para estrechar la suya y luego al hombre que le cortaba el paso. Entrecerró los ojos.
—¿Y ustedes son…?
—Los padres de Hermione —explicó la señora Granger amablemente «Demasiada amabilidad, mamá»—. Mi nombre es Margaret Granger, y este es mi marido, Adam…
Lucius Malfoy abrió los ojos con entendimiento y miró a Hermione. Esta levantó el mentón. No iba a dejar que aquel clasista imbécil la intimidara.
—Cómo no, tú…
—¿Cómo que «yo»? —soltó Hermione, indignada—. ¡Ahora tendré yo la culpa de que su hijo no sepa controlarse!
Lucius miró a su hijo con desdén.
—Siempre hablando de ella; ahora lo entiendo… No te crie para que tuvieras este pésimo gusto, Draco. Mira dónde has terminado por su culpa. —Draco seguía sentado en la cama, con la espalda pegada a la pared y los ojos cerrados en gesto de dolor. Abrió un ojo gris para lanzar una mirada de reojo a Hermione, pero volvió a cerrarlo enseguida. Su cara empezó a ponerse del mismo color que el pelo de Ginny.
—Padre, no es el momento para…
—Oiga, ¿¡qué insinúa con eso de «pésimo gusto»!? ¡Más le vale no referirse a mi hija de ese modo! —El señor Granger empezaba a palidecer por la ira.
Hermione miró a su padre con la boca abierta. La situación era surrealista: su padre discutiendo con Lucius Malfoy sobre si su hija era bastante buena para Draco.
—¿O qué? —Lucius levantó el bastón, donde camuflaba su varita. Hermione dio un paso al frente, sacando su varita también: no iba a permitir que aquel gilipollas atacara a su padre indefenso.
—Basta. —Una voz femenina llegó hasta ellos. Cuando se giraron, vieron a Narcissa Malfoy allí plantada, espléndida con un vestido negro y el pelo rubio recogido en un moño alto.
—Te dije que te quedaras fuera. —Lucius Malfoy no parecía nada contento con la interrupción de su esposa. Ella se limitó a enarcar una ceja y, con un movimiento de varita, abrió la reja que mantenía encerrado a su hijo.
—Vámonos —ordenó. Draco se levantó con pesadez y salió de la celda, medio tambaleándose. Theo lo ayudó a equilibrarse sujetándolo por el brazo. Lucius lanzó una última mirada de odio a los Granger y salió de allí con una exhalación—. Disculpen a mi marido —sonrió con educación a los padres de Hermione—, siempre se altera cuando está rodeado de tantos… —Miró a su alrededor con la nariz ligeramente arrugada—. En fin, tantos muggles. Buenos días. —Dicho esto, la mujer siguió a la comitiva masculina que la esperaba fuera.
··Draco··
Fuera, Draco seguía con un dolor de cabeza que perforaba su cerebro sin clemencia.
—¿Qué coño pasó anoche? —susurró con la voz ronca. No recordaba absolutamente nada. La última imagen que tenía era de él pidiéndose el tercer (¿o era el cuarto?) whisky mezclado con una bebida muggle burbujeante. A saber qué llevaba eso.
Blaise rio con malicia.
—¿De verdad no te acuerdas de nada?
—Claro que me acuerdo, lo que pasa es que me gusta hacerme el misterioso. Imbécil.
Se cuidó de hablar en voz baja, pues su padre, que iba unos pasos por delante, parecía estar de todo menos contento. Se encogió al pensar en la bronca que se llevaría al llegar a casa.
—¿Se lo decimos o qué? —El muy gilipollas de Blaise había escogido aquel maldito momento para hacerse el gracioso.
—No juegues conmigo, Blaise. No estoy de humor para aguantar tus payasadas.
—Digamos que te liaste con Granger, luego te peleaste con unos tipos y finalmente insultaste a un policía —soltó Theo como quien hablaba del tiempo.
Draco se paró de golpe.
—¿¡QUE YO HICE QUÉ!? —exclamó, poniendo el grito en el cielo.
Sus padres se giraron para mirarlo.
—¿Decías algo? —preguntó su padre, entrecerrando los ojos. Draco tragó saliva.
—No. —Si Lucius Malfoy se enteraba de que su hijo y heredero se había liado con una sangre sucia, sería su fin.
—¿Ah, sí? Entonces, ¿podéis explicarme qué hacía Granger y sus amiguitas traidoras a la sangre con vosotros?
Los tres amigos se quedaron blancos. Se miraron entre ellos, sin saber bien qué responder.
—Pues verá, estábamos los tres en mi casa, cuando…
Draco agradeció a Merlín y a todos los dioses que adoraban los muggles que Theo tuviera tanta capacidad de inventiva.
Dejó al castaño hablar mientras él intentaba recordar qué había pasado exactamente la noche anterior. Si lo que aquellos dos habían contado era verdad, se había liado con la sabelotodo de Granger… Además, a saber qué le había contado. Vale, era cierto que quizás le gustaba… un poquito. Pero besarla solo había sido una forma de librarse de la frustración. Ahí terminaba su interés, sí. ¡Ni que llevara colado por ella varios años!
Cuando llegó a su casa, la voz de su padre gritando era como un puto howler que le destrozaba el cerebro. Por suerte su madre, que pareció apiadarse de él, consiguió que Lucius se callara y dejara a su hijo ir a dormir la mona. La única conclusión a la que llegó cuando despertó un día después, y lo primero que le vino a la mente fue el beso con Granger, era que estaba bien jodido.
Y que las resacas eran malísimas.
