-N/A editada, 05/11/2017-

Este capítulo sigue siendo para mi amor Gizz Malfoy Granger. Y de nuevo, quiero agradecer a ega13793 que me diera la idea para una escena de este capítulo.


UNA RÁPIDA SUCESIÓN DE TERRIBLES INFORTUNIOS


CAPÍTULO 6: (Des) Encuentros y acuerdos

··Theo··

Theo subió a la planta baja con una leve sonrisa en los labios. Aquel era un día especial: tenía una cita. Estaba eufórico, se sentía como si fuera capaz de cualquier cosa.

Ya estaba a medio camino del Comedor cuando reconoció una cabellera rubia en las puertas: su Luna. Se sonrojó ligeramente; no estaba bien llamarla así. No todavía…

Llegó hasta Luna, que estaba rodeada de sus amigos gryffindors. Cuando Theo fue a saludarla, se dio cuenta de algo curioso: la rubia no llevaba zapatos. Frunció el ceño.

—Hola. —Todos se giraron a mirarlo. Luna le dedicó una sonrisa distraída—. ¿Por qué vas descalza? —preguntó.

—Los nargles —respondió esta.

—Pregúntales a los de su casa —respondió a su vez Ginny. La Weasley parecía cabreada.

—Seguro que aparecen tarde o temprano. —Luna se encogió de hombros—. Por suerte, no hace frío. Es agradable sentir el suelo —dijo mientras movía los dedos de los pies.

—Será mejor que vaya a por unos zapatos míos —intervino Hermione—. Creo que tenemos la misma talla.

—¿Me disculpáis un momento? —dijo Theo, muy calmado—. Tengo que ir a hacer una cosa.

Entró en el Gran Comedor a grandes zancadas, pero no fue a su mesa, sino que se dirigió hacia la mesa entre Gryffindor y Hufflepuff. La mayoría de los de Ravenclaw ya estaban allí sentados, riendo y comiendo como si nada pasara. Aquello puso furioso a Theo. Se acercó a ellos y fingió una sonrisa.

—¡Hola! —Varios rostros, los de los alumnos que estaban en su curso, se giraron para mirarlo con curiosidad—. ¿Cómo va todo? ¿Bien? —Se llevó dos dedos a los labios y silbó, llamando la atención de todos los alumnos de la mesa y de unos cuantos de las mesas contrarias—. ¿Me escucháis por allá? Bien. —Un gesto de satisfacción se dibujó en su rostro—. ¿Quién ha robado los zapatos de Luna Lovegood? —preguntó, aún con una sonrisa en el rostro.

Varios alumnos rieron y otros se lanzaron miradas cómplices.

—No sabemos de qué hablas, Nott.

—Claro, claro… —respondió Theo. Empezó a tamborilear con los dedos encima de la mesa. Toc, toc, toc—. Lo entiendo: nadie sabe nada. Seguramente que hayan desaparecido todos sus zapatos habrá sido un accidente.

—Son cosas que pasan —respondió una chica con tono afectado. Desvió la mirada hacia los dedos de Theo. Tragó saliva. Toc, toc, toc. Theo sabía que los estaba poniendo nerviosos. Bien, porque tenían motivos para estarlo.

—Uhm. ¿Puedo contaros algo muy interesante que he oído por ahí? —miró a los alumnos de séptimo uno a uno antes de seguir hablando. Toc, toc, toc—: resulta que hay dos alumnos que salen por las noches para encontrarse con alumnos de otras casas y… Bueno —guiñó un ojo—, supongo que no hace falta que os dé más detalles. También hay otro alumno, no diré quién, por supuesto, que le robó un trabajo a un compañero para que este no sacara más nota que él. Perdonadme el uso del género masculino, ya sabéis que son requisitos del idioma. Por supuesto, podría estar refiriéndome a cualquiera. —Sonrió al ver que varias caras habían palidecido—. Además, también sé que hay ciertas personas que copian en sus exámenes y…

—¡Ya basta! —exclamó un chico, al borde de los nervios—. Ya basta —repitió, esta vez algo más recompuesto—. Lo pillamos, ¿vale?, pero…

—Por supuesto, todo lo que estoy contando está terminantemente prohibido en Hogwarts, y obviamente, ninguno de vosotros haría tales cosas. Al fin y al cabo, sois la casa de los inteligentes y esto solo lo haría un tonto. Aun así, no me gustaría que esta información llegada a oídos de los profesores, y más teniendo los ÉXTASIS tan cerca… Sería un disgusto para todos. —Ensanchó su sonrisa, mostrando los dientes blancos y perfectamente alineados.

—¡No hace falta! —interrumpió una chica—. Seguro… seguro que podemos ayudar a Luna a encontrar sus zapatos. —Se giró hacia sus compañeros—. ¿Verdad?

Unos cuantos asintieron.

—Bien. —Theo se puso serio de repente. Había pasado de lucir una sonrisa de lo más amable a desprender peligro por todos sus poros—. Pero que sea antes de que termine el desayuno.

Dicho esto, se marchó a su mesa, donde se puso a desayunar con tranquilidad. Aún no se había sentado cuando siete u ocho alumnos con corbatas azules y grises salían por la puerta casi corriendo. Antes de que terminara su té, comprobó con evidente placer que esos mismos alumnos se acercaban a Luna, quien desayunaba en la mesa de los leones, para decirle algo. Si su capacidad para leer el lenguaje corporal no fallaba, estaban disculpándose.

Theodore Nott siempre había sido un chico callado, calmado, que no se metía en líos —rara cualidad en un Slytherin—, por lo que la gente confiaba en él. Le contaban sus secretos y, si preguntaba algo a alguien, este siempre respondía, fuera lo que fuera. Eso lo había hecho poderoso. Muchos tenían su fuerza física, inteligencia o sarcasmo, pero él tenía secretos ajenos. Un arma muy poderosa cuando se trataba de casos como aquel.

Y no había podido quedarse quieto cuando había visto que hacían a Luna algo así. A Luna, que nunca tenía una mala palabra para nadie. Que iba por el castillo sin molestar ni criticar a nadie. Siempre decía la verdad a la cara, sí, pero el problema era de quién no quería escucharlo, no de quién lo decía.

Sonrió, satisfecho. Se había ganado la enemistad de unos cuantas águilas, pero qué más daba. Era un Slytherin, podía permitírselo.

Estaba metido de lleno en su ensoñación cuando la voz brusca de Blaise lo devolvió a la realidad.

—¿Se puede saber qué les has dicho a los ratones de biblioteca esos?

—Les he contado unas cuantas de mis historias —respondió con vaguedad. Pansy lo miró con curiosidad, pero él se hizo el despistado.

—¿Y no tienes nada que contarle a Filch que pueda librarme del castigo?

Theo rio.

—Un poco de trabajo manual no te hará mal —respondió entre risas.

—Qué mierda de amigo eres, Theodore —masculló el otro antes de ir a cumplir con su castigo.

··Blaise··

Blaise llevaba desde el día anterior dando vueltas a una idea. Se le había ocurrido por la noche, cuando pensaba en la pequeña pelirroja (no, no había estado haciendo nada guarro). ¿Por qué se resistía tanto? Era evidente que se sentía atraída por él; ¿por qué reprimirse más? Blaise la había observado a lo largo de los años reírse de las reprimendas y consejos de sus hermanos. Salía con quién quería y con la misma facilidad los dejaba.

¿Por qué no salir con él, entonces?

Estaba bueno, eso saltaba a la vista. Y ella también lo estaba, solo había que verla contonearse por los pasillos. A los dos les gustaba el Quidditch y, aunque Blaise no quisiera reconocerlo, Ginevra era bastante buena. Muy buena, a decir verdad. Y su madre no pondría objeciones a que él saliera con un Weasley, teniendo en cuenta que era una sangre pura. Además, su madre se había casado demasiadas veces como para tener el derecho a poner objeciones a la pareja de nadie.

Sí, estaba seguro de que la pelirroja solo necesitaba un incentivo. Y para conseguir que se motivara, primero necesitaba hablar con Potter y Weasley.

—Coged esos trapos —gruñó Filch. Blaise arrugó la nariz al sentir el aliento fétido del hombre a centímetros de su cara. El viejo parecía estar disfrutando—. Quiero ver mi reflejo en las estatuas de la tercera planta.

—Como si fuera algo agradable de ver —musitó Blaise, poniendo cara de asco.

—¿Qué… has… dicho!

—Que quedarán como los chorros del oro —dijo Blaise fingiendo una sonrisa.

—Bien. —Filch pareció satisfecho—. ¿A qué esperáis? ¡Moved el trasero!

Los tres muchachos, cargados con un cubo de agua y un trapo amarillento, se dirigieron en silencio hacia la tercera planta. Cuando llegaron, Potter y Weasley se ocuparon cada una de una armadura mientras Blaise se sentaba en el suelo y tiraba el trozo de tela a un lado.

—¿Es que no vas a hacer nada? —preguntó el pelirrojo. Al parecer estaba de muy mal humor.

—No —se limitó a responder Blaise en tono socarrón.

—Pues nosotros no pensamos limpiar tu parte —dijo Potter. Acto seguido empezó a toser, envuelto en una capa de polvo.

Blaise se levantó de golpe y dio una palmada en el aire. Los gryffindors pararon lo que estaban haciendo para mirarlo. El moreno sonrió; le encantaba tener ese poder sobre la gente.

—Escuchadme, tengo una propuesta que haceros.

Los dos amigos se miraron entre ellos, desconfiados.

—¿Qué clase de propuesta?

—En realidad, es un intercambio.

··Luna··

Luna se miró los pies con alegría. Aunque le gustaba sentir la frialdad del suelo contra las plantas, prefería no tener que ir hasta Hogsmeade descalza. Podía ser muy incómodo. Se alisó la falda naranja —seguro que unos nargles habían escondido el vestido amarillo que quería ponerse, pero la ropa que llevaba también era bonita —y recolocó los pendientes de rábanos, que se habían enredado en su pelo.

—Gracias por hacer que volvieran mis zapatos —dijo Luna.

Theo esbozó una pequeña sonrisa y se pasó una mano por el pelo castaño, desordenándolo. A Luna le gustaba cuando hacía eso; parecía más luminoso. Como si cualquier preocupación se esfumara. Luna siempre había tenido la firme convicción de que había gente que podía hacer del mundo un lugar más brillante con solo sonreír y Theo era una de esas personas. Y Luna no lo decía influenciada por algún sentimiento especial; ella siempre decía la verdad. Consideraba que decir la verdad era algo muy importante y una virtud muy escasa.

—No ha sido nada —dijo Theo.

—Sí que ha sido —replicó ella—. La gente no suele tomarse tantas molestias por los demás. No siempre.

Theo la miró, perplejo.

—Pero era lo correcto.

La chica se paró a arrancar una flor que crecía en el borde del camino.

—Me gustas —soltó Luna; Theo se sonrojó—: eres bueno. Sabes cuándo debe hacerse lo correcto. No todos lo entienden. Por eso a Draco y Hermione les costará tanto estar juntos —añadió—. Toma. —Le tendió la flor a Theo, quien la cogió sin saber bien qué decir. La gente nunca sabía cómo reaccionar ante los regalos inesperados.

—¿Porque él no sabe qué es lo correcto?

—No, porque lo sabe, pero aún no se ha dado cuenta de que ella no sabe que él lo sabe.

Theo la miró con aire pensativo.

—Me pregunto cómo les estará yendo…

··Hermione··

Hermione entró en el aula de pociones con aspecto de estar enormemente molesta. Había tenido que reorganizar su horario de estudio para los exámenes finales para poder acomodar aquella «clase». Draco se quedó mirándola, pero ella lo ignoró mientras se situaba en la mesa contraria.

—Bien, ahora que la señorita Granger se ha dignado a aparecer, pueden empezar. Por una vez, voy a hacer como que son personas responsables y maduras y voy a dejarles sin supervisión durante la elaboración de la poción. —A Hermione no le pasó desapercibida la mirada que intercambiaron padrino y ahijado—. Tengo mejores cosas que hacer que controlar a dos jóvenes con las hormonas en plena ebullición.

Hermione abrió la boca para replicar, pero al ver que Snape enarcaba una ceja —a la espera de su protesta para quitar puntos a Gryffindor—, cambió de idea.

—Podremos arreglarnos, profesor.

—Ya veremos —espetó él antes de marcharse con la capa revoloteando alrededor de sus pies.

Hermione y Draco se miraron antes de que ella apartara la vista y se acercara al estante de los ingredientes. Cogió un poco de raíz de hinojosa, un frasquito de Ensanchador concentrado y uno de Ayante líquido, además de una pizca de sal (a saber qué pintaba la sal en la poción, pero ella no era quién para juzgar). Se removió, nerviosa. Sentía la mirada de Malfoy clavada en la nuca. Se volvió hacia él de repente y espetó:

—¿Qué?

—Nada —respondió él, pasando por su lado. Empezó a recoger sus ingredientes en silencio.

Hermione volvió a su cazo y echó la sal en el fondo del caldero. De repente, vio que Draco cogía su caldero y se colocaba a su lado.

—¿Qué haces?

—Oh, vamos, estamos solos, ¿qué más da? —Se acercó a ella—. ¿O es que tienes miedo de tenerme cerca? —preguntó con voz insinuante.

—Haz lo que quieras —respondió ella, poniendo los ojos en blanco.

—Pues ahora que lo dices…

Y la besó. Pasó una mano por su cintura y con la otra acarició su mejilla mientras pegaba sus labios a los de ella. Hermione entró en shock. ¿Draco Malfoy… besándola… en aquel momento? ¿¡Es que estaba borracho!? Hermione, como aquella noche en la discoteca, se encontró devolviéndole el beso y pasando los dedos por su cabello rubio.

··Draco··

No había tenido intención de besarla. Y aun así, no había podido resistirse.

Estaba allí, con su pelo enmarañado enmarcando su cara de concentración y… Había sido inevitable. ¿Cómo resistirse a aquellos labios? Estuvo a punto de soltar un gruñido de satisfacción cuando sintió los dedos de ella en su cabello, pero en su lugar profundizó el beso, pasando primero su lengua por los labios rosados de Hermione y luego saboreando su boca.

Sin despegarse de ella, acarició su espalda por dentro del jersey. Tenía la piel suave, el tipo de piel que le gustaría lamer y mordisquear… Bajó las manos hasta acariciar su trasero y con un movimiento repentino, la elevó hasta sentarla encima de la mesa. Gimió cuando ella enroscó sus piernas alrededor de su cintura.

Cuando finalmente despegaron sus labios, Draco empezó a mordisquear su cuello. Granger gimió de placer. Draco la miró de reojo: tenía los labios entreabiertos, los ojos cerrados y las mejillas sonrojadas. Estaba preciosa.

En aquel momento hizo algo que se prometió que no haría: suplicar.

—Sal conmigo, Granger —le susurró al oído con voz ronca.

Ella pareció volver a la realidad, porque abrió mucho los ojos y lo miró con sorpresa. Le dio tal empujón que lo arrojó contra la mesa que tenía detrás.

—¿¡Qué demonios haces!? —gritó, horrorizada.

Draco entrecerró los ojos.

—¿Qué demonios te pasa a ti? ¡Juro por Merlín que no te entiendo! ¿¡Eres bipolar o qué!?

Dio un paso adelante, pero Granger lo apuntó con la varita.

—No sé qué me has hecho, pero esto no se volverá a repetir —dijo. Para satisfacción de Draco, no sonaba del todo convencida.

—Mira, Granger… —Draco cerró los ojos. Inspiró hondo; necesitaba valor para lo que estaba a punto de decir. Abrió los ojos y los clavó en el iris marrón de ella—. Me gustas. —Hermione abrió la boca, formando una gran «o»—. Créeme, para mí también es una gran… sorpresa, pero no puedo evitarlo. Y sé que a ti también te gusto, así que ¿por qué no?

Granger apretó mucho los labios.

—En primer lugar, no me gustas. Esto ha sido… —se paró un segundo a pensar— un momento de confusión —dijo finalmente.

Draco puso los ojos en blanco.

—Confusión, claro —repitió él, escéptico.

—Y en segundo lugar —siguió ella—, eres Draco Malfoy. ¡Pero si nos odiamos, por Merlín! —exclamó. Draco intentó objetar (él estaba bien lejos de sentir odio por ella), pero Hermione levantó un dedo, haciéndolo callar—. Además, ¡no tenemos nada en común!

—Pues bien que me devolvías el beso. Y no es la primera vez. —inquirió él, cruzándose de brazos. Esbozó una sonrisa socarrona.

—Dos grandes errores de mi vida —respondió ella.

Acto seguido, se acercó a la puerta a grandes zancadas, sacudiendo la cabeza.

—¡Eh! ¿Adónde vas? —gritó Draco—. ¿Y la poción?

—¡A la mierda con la poción! —respondió ella—. ¡Y vete a la mierda tú también!

Draco soltó un bufido frustrado. ¿Qué pasó por la cabeza cuando le pidió que saliera con él? Desde luego, se convertía en un verdadero tonto cuando la tenía cerca. ¿Qué había pasado con su habilidad para las mujeres? Maldita Granger, ¿qué había hecho con él?

—Veo que no ha ido muy bien. —Snape entró en el aula poco después. Miró la mesa dónde habían estado besándose. Enarcó una ceja—. Mejor no me des detalles.

Draco lo fulminó con la mirada, pero no dijo nada. «No tenemos nada en común», había dicho ella…

—Tranquilo, tengo un plan.

··Ginny··

Ginny, ajena a la charla que había tenido Blaise con Harry y su hermano, los buscó en cuanto acabaron su castigo.

—Tengo que hablar contigo —señaló a Harry.

Los chicos, que habían llegado en la sala común con aires de cansado y tremendamente sucio, se miraron entre ellos.

—¿Qué pasa?

—Necesito que me ayudes —declaró la pelirroja.

Había estado toda la mañana tramando un plan. Necesitaba dejar las cosas claras a Zabini. ¿Le gustaba? Claro. ¿Saldría con él? Claro que no. ¿Por qué? Fácil: en cuanto saliera con él, sabía que al moreno se le pasaría el «enamoramiento» y Ginny no era de las que eran abandonadas, no. Estaba más acostumbrada a ser la rompecorazones.

Casi podía ver la sonrisa de triunfo de la serpiente si accedía a salir con él. «Ya sabía yo que al final te rendirías, nena», diría con una sonrisa de superioridad.

No, Ginevra Weasley no era de las que se rendía fácilmente. Si de verdad quería algo con ella, tendría que ser bajo sus términos.

Después de explicar el plan que se le había ocurrido, esperó la predecible reacción de su hermano.

—¿¡Pero tú estás loca!? —exclamó el pelirrojo—. ¡Eso… eso es una idiotez!

Ginny puso los ojos en blanco y miró a Harry, ignorando a su hermano; al fin y al cabo era Harry quien debía estar de acuerdo, no Ron. Solo se había decidido a contarlo estando él delante porque sabía que Harry terminaría contándoselo a su amigo. Prefería quitarse la reprimenda de su hermano cuanto antes.

—¿Y bien? —preguntó, cansada de esperar—. Si no lo haces —Ginny ya había predicho todas las variables posibles, y tenía un plan B—, me dejaré ganar en la final de Quidditch —sentenció.

Harry intercambió una mirada preocupada con su amigo, pero finalmente soltó un suspiro resignado. Ron seguía sin poder articular palabra. Su rostro pasaba del rojo al blanco y volvía al rojo. Ginny estuvo a punto de reírse de él, pero decidió que era mejor no forzar las cosas.

—Bien —accedió Harry. Ginny sonrió—, pero que sepas que tarde o temprano esto te explotará en la cara.

Ginny se echó la melena roja hacia atrás con un movimiento de mano.

—Tranquilo, lo tengo todo pensado.