-N/A editada, 05/11/2017-


UNA RÁPIDA SUCESIÓN DE TERRIBLES INFORTUNIOS


CAPÍTULO 7: Algo en común

··Draco··

Draco llevaba media hora buscando entre los estantes. Había esperado hasta que se hiciera de noche para colarse en la biblioteca, porque si alguien lo descubría en la sección de Literatura Muggle a plena luz del día, su reputación estaría acabada.

Pasaba su varita iluminada por las diferentes secciones en busca de un libro que sirviera para su propósito. Pero claro, no le servía uno cualquiera. Necesitaba uno de cierta autora. ¿Cómo se llamaba? Bah, seguro que en cuanto viera el nombre lo reconocería.

La idea se le había ocurrido el día anterior, cuando Granger le reprochó que no tenían nada en común. Era cierto, no se parecían en nada, pero eso podía cambiar. Y para Draco era tan fácil como buscar un libro que a ella le gustara y leérselo.

El problema era que no sabía qué libros le gustaban a Granger. Preguntar a los amigos de ella estaba descartado: la mitad se reiría de él y la otra mitad iría proclamando por ahí que a Draco Malfoy le gustaba Hermione Granger —lo cual era verdad, pero todo a su debido tiempo.

Y sus amigos tampoco habían sido de gran ayuda…

—Oye, Pansy, ¿tú has leído literatura muggle?

La morena lo miró como si se hubiera vuelto loco.

—Ni muerta. ¿Por qué?

—Necesito un libro que pueda gustarle a Granger —anunció en un tono que dejaba claro que no quería burlas al respecto.

—¿Y por qué crees que yo sé algo sobre eso? ¿Porque soy chica?—inquirió Pansy—. Apenas he hablado con Granger más de dos veces seguidas.

Draco se giró hacia sus otros amigos.

—¿Blaise? —Este negó con la cabeza, divertido—. ¿Theo?

—Puedo preguntarle a Luna, si quieres…

—¡Tú lo que quieres es una excusa para hablar con Lunática, bribón! —Blaise cogió a su amigo por los hombros y empezó a revolverle el pelo.

—¿Por qué no pruebas con algo romántico? —Todos se giraron a mirar a Daphne Greengrass—. ¿Qué? —se defendió la rubia ante la mirada inquisitiva de todos—. No es que habléis precisamente en voz baja.

—Especifica más —pidió Draco. Por fin alguien que no era un completo inútil.

Daphne se sentó mirando hacia ellos.

—Si yo fuera muggle y me gustara leer, creo que me decantaría por algo del siglo XIX o XX. —Draco la miró con cara de estar perdido; la rubia puso los ojos en blanco, como si conocer ese tipo de libros fuera esencial—. ¿Las hermanas Brönte? ¿Jane Austen?

La miraron como si estuviera hablando en pársel.

—¡Merlín, qué incultos sois! —Sacó un pergamino y se puso a garabatear algo en él—. Prueba con alguno de estos. —Le tendió el papel a Draco—. Aunque yo te recomiendo el primero —sonrió.

Por fin encontró lo que estaba buscando. Esperaba que Greengrass no se equivocara o Draco se moriría de vergüenza: él, un sangre pura, leyendo novelas románticas muggles. Sería su fin. Y si se enteraba su padre… Tragó saliva. Todo el plan de conseguir que Granger admitiera que sí quería salir con él estaba muy bien, pero ¿qué haría cuando se enteraran los demás? Siempre podía convencer a Granger de llevarlo en secreto, hasta que… Bueno, ya pensaría algo.

Cogió el ejemplar desgastado y miró la tapa. Un hombre y una mujer, vestidos con ropa de hace un par de siglos, mirándose. «Puaj», pensó. «Granger, si supieras lo que estoy haciendo por ti…».

Entre las clases, los trabajos y los ÉXTASIS a la vuelta de la esquina, leía cuando podía y a escondidas siempre. Intentó leer el primer día en su habitación, pero Blaise empezó a danzar a su alrededor y a lanzarle corazoncitos de papel —de dónde los había sacado, era un misterio—, así que cogió el libro y se fue a la sala común. Apenas había nadie, y los pocos alumnos que permanecían despiertos le tenían demasiado miedo como para acercarse a husmear. A partir de entonces siempre esperaba a que la gente se fuera a dormir para bajar a leer un rato. Más de una vez se había despertado de madrugada, con dolor de cuello por haberse dormido en un sillón, y con el libro en el suelo, tirado de cualquier modo.

Hasta que, finalmente, terminó de leerlo.

··Hermione··

—Bien, hemos terminado por hoy. —La profesora McGonagall cogió los pergaminos con los deberes que había encargado para ese día—. No olviden que falta un mes para los ÉXTASIS, quien no haya empezado a estudiar —Miró a unos cuantos alumnos, entre ellos a Ron, quien tragó saliva, y a Zabini, quien le dedicó una sonrisa despreocupada—, que se ponga las pilas. El examen de Transformaciones no será fácil.

—¿Y qué se preguntará exactamente? —preguntó Nott con una sonrisa inocente.

—Buen intento, señor Nott. Buen intento —respondió la profesora antes de salir del aula.

Los alumnos recogieron sus cosas con rapidez. Todos, menos Hermione, naturalmente. A ella no le gustaba guardar sus apuntes de cualquier modo en la mochila. No en vano se esforzaba porque quedaran lo más aseados posible.

—¡Se nos hará de noche, Hermione! —se quejó Ron—. Y quiero pasarme por la cocina para pillar algo, tengo un hambre…

—Id yendo, nos vemos en clase —respondió Hermione, cerrando con cuidado su frasco de tinta para que no se derramara.

La clase se quedó vacía. Hermione oyó pasos a su espalda.

—He dicho que os fuerais sin mí, Ronald. Luego no te quejes si tienes hambre.

—Afortunadamente para ti, no soy esa comadreja muerta de hambre que tienes por amigo —respondió una voz.

Cuando la castaña se giró, vio a Malfoy frente a ella, apoyado en una mesa y con un libro bajo el brazo.

—¿Qué quieres, Malfoy? —preguntó con una calma que no sentía.

Desde que se besaron, la semana anterior, Hermione lo había evitado como la peste. Por suerte para ella, él tampoco había tenido interés en acercársele. Mentiría si dijera que esa actitud indiferente no la había molestado. ¿La besaba y luego pasaba de ella? ¿Qué demonios le pasaba?

Malfoy le lanzó el libro que llevaba. Hermione lo atrapó en el aire, con cuidado de no doblar ninguna página.

—Un libro. Enhorabuena, veo que ya sabes lo que son. —Miró la portada—. Oh…

Orgullo y prejuicio.

Miró al rubio con incertidumbre. ¿Qué hacía él con un libro así?

—¿Lo has leído? —preguntó Malfoy.

—Claro.

—Bien. —La expresión de él pareció relajarse—. Nos vemos mañana en Madame Pudipié.

Hermione no pudo evitar sonrojarse. Madame Pudipié era el sitio en el que quedaban las parejas.

—Ni hablar. —Alargó el libro para que Malfoy lo cogiera y se cruzó de brazos—. Ya te dije que no quiero saber nada de ti.

—No —corrigió él. Volvía a emplear su tono habitual de superioridad, ese por el cual Hermione lo mataría—. Me dijiste que no teníamos nada en común. —Levantó el libro—. Tú has leído el libro, yo he leído el libro. Yo diría que con eso ya tenemos tema de conversación para una cita.

—¿Has leído el libro? —preguntó Hermione, sin poder ocultar su sorpresa.

«Céntrate, Hermione», se recriminó mentalmente. «¿Qué más da que haya leído uno de tus libros favoritos? Eso no quita que sea un imbécil integral». Aun así, no pudo evitar no sentirse halagada porque lo hubiera leído por ella.

—Mañana a las once en Madame Pudipié. —Malfoy esbozó una de sus sonrisas más seductoras—. Tú decides: puedes venir y tener esta cita conmigo o puedes ignorarme, en cuyo caso tendré que seguir insistiendo.

Hermione soltó un bufido mientras él salía del aula.

··La consejera romántica··

—Pero a ver, ¿él te gusta? —Hermione abrió la boca para hablar, pero Ginny puso un dedo sobre sus labios y la miró con severidad—. No me mientas —advirtió.

Hermione se había ido directa a buscar a Ginny después de clases para contarle lo que había pasado con Malfoy. También tuvo que confesarle su «desliz» del sábado en el castigo de Pociones. La pelirroja, en vez de sorprenderse o escandalizarse, esbozó una pequeña sonrisa de «Lo sabía».

—No sé… —Hermione se miró las uñas, medio mordidas por el estrés constante que era su vida como alumna perfecta—. A ver, siendo objetiva, Malfoy es guapo, eso salta a la vista. Tal vez me gusta… un poquito —sentenció, muerta de vergüenza.

Ginny se recostó en su cama.

—Mentira —dijo.

La castaña suspiró y se echó al lado de su amiga.

—Vale, me gusta, pero me gustaría más si no fuera Malfoy.

Ginny sonrió y la miró de reojo.

—Mentira —repitió.

Hermione bufó.

—A ver, ya que eres tan lista, dímelo tú: ¿me gusta Malfoy?

Ginny se giró de lado y apoyó la mejilla en el puño, mirando a Hermione con una sonrisa traviesa.

—¿A qué chica no le gusta Malfoy? —inquirió—. Como tú has dicho, está muy bueno. ―Hermione intentó aclarar que ella no había utilizado esas palabras, pero Ginny la ignoró―. Es alto, rubio, ojos grises, mandíbula de ensueño. Juega bien a Quidditch, saca buenas notas. Seguro que es muy bueno en la cama…

—¡GINEVRA! —gritó Hermione, escandalizada. Su amiga nunca se cortaba para hablar de los temas más embarazosos.

—¿Qué? —se justificó esta—. Míralo así: en nombre de todas las alumnas de Hogwarts, debes sacrificarte y comprobar si los rumores son ciertos. Ahora ya tienes excusa.

—Claro, cómo no se me había ocurrido antes —replicó con sarcasmo—. «Hola, Malfoy, ¿podemos acostarnos? Tengo que comprobar una cosa».

—Pues te aseguro que no te diría que no. —Ginny parecía estar divirtiéndose enormemente con la desgracia de Hermione—. Pero ahora en serio: ¿qué problema hay? Vale, puede que sea un completo gilipollas —admitió al ver la mirada de Hermione—, pero ¿qué chico no lo es? Y si está dispuesto a cambiar por ti, ¿por qué no? Además —la pelirroja se mordió el labio—, se ha leído tu libro favorito. ¿Qué más quieres?

—No sé… —Hermione seguía sin estar convencida.

—Hermione —Ginny la obligó a incorporarse—, lo que te pasa es que tienes miedo del qué dirán. Y de que al final termines sintiendo algo por Malfoy. Que venga Merlín y me lance un Avada si me equivoco.

—Está bien, iré mañana a esa maldita cita —se rindió ante los argumentos de la pelirroja—. Se te da bien el quidditch y eres lista. A veces das asco, ¿sabes?

—Y también soy guapa. —Ginny se pasó una mano por la melena pelirroja y sonrió con picardía.

··La cita··

Hermione entró rápidamente en la tetería Madame Pudipié con la esperanza de que no la hubiera visto nadie conocido. Avanzó con pasos vacilantes, inspeccionando el lugar. Como todo fuera una broma y Malfoy estuviera en su sala común, riéndose de ella, lo mataría lenta y dolorosamente. El local era como un algodón dulce, desde las mesas decoradas con tapetes rosas, hasta las bolsitas de té, perfectamente organizadas dentro de cajitas también —qué sorpresa— de color rosa.

Una mujer de corvas generosas y pelo negro azabache se acercó a ella y le sonrió con simpatía.

—¿Has venido con alguien, preciosa?

—Sí. Bueno, no. Mi, ejem, cita aún no ha llegado.

La mujer chasqueó los dedos.

—¡Ah, conque eres tú su cita! Ven conmigo. —La mujer se movió con dificultad entre las mesas hasta el rincón más apartado del local. Señaló con la mano a un rubio sentado en la última mesa—. Allí está, cariño. —Antes de irse, Madame Pudipié le guiñó un ojo—. Es muy guapo, si me permites el atrevimiento. ¿Os llevo dos tés? —La castaña asintió.

Hermione respiró hondo mientras se acercaba a Malfoy. Ahora que él estaba entretenido observando los motivos del mantel, pudo observarlo con más atención. Cómo odiaba a Ginny por tener razón: Draco Malfoy era realmente atractivo. Ese pelo casi blanco hubiera hecho que cualquiera pareciera un cutre, pero él lo llevaba perfectamente peinado y hacía que su porte pareciera aún más aristocrático. Por no hablar de su esbelta figura. O lo bien que besaba… Hermione sacudió la cabeza; no podía ponerse a pensar en eso precisamente en aquel momento.

—Malfoy —saludó en cuanto llegó. Él levantó la vista del mantel y esbozó una sonrisa ladeada.

—Granger. Ya empezaba a creer que no vendrías. —¿Era sensación suya o había sonado ligeramente ansioso?—. ¿Qué excusa has dado para venir?

—Ninguna: me he escabullido cuando no miraban —confesó—. Seguramente piensen que estoy en la biblioteca. ¿Y tú?

El rubio se encogió de hombros.

—He dicho que tenía una cita. No es nada raro, teniendo en cuenta quién soy.

Todo el mundo sabía de las conquistas del Príncipe de Slytherin, pero Hermione se sintió molesta, sin saber bien porqué.

—¿Vas a hablarme de tus ligues precisamente hoy? —inquirió, sonando más cortante de lo que pretendía.

—Tienes razón, perdona. —La castaña se quedó boquiabierta. ¿Desde cuándo Draco Malfoy se disculpaba por algo?—. Bueno, hablemos de lo importante: el libro.

Hermione ya ni se acordaba de Orgullo y prejuicio, pero asintió. Eso la distraería de pensamientos mucho más peligrosos, como que Malfoy no parecía ser el mismo idiota arrogante de siempre. ¿Podría estar cambiando de verdad?

—¿Qué te ha parecido? —preguntó ella.

Draco apoyó un brazo en el respaldo de la silla y se quedó pensando.

—Surrealista —concluyó.

—Es ficción, claro que es surrealista.

—No, no en ese sentido —dijo él, poniendo los ojos en blanco—. A ver, el libro trata de unas hermanas pobres que necesitan conseguir marido para no quedarse en la calle, ¿me equivoco?

—Dicho de una manera burda y basta, sí.

—Entonces ¿qué sentido tiene que sigan todas aún solteras? Es imposible que no haya hombres solteros en el pueblo donde viven. ¿Cómo es que ninguno se casa con alguna de ellas?

—No había pensado en eso… —musitó Hermione.

Draco siguió con su análisis.

—Otro aspecto poco creíble es la actitud de Lizzie. —En ese momento llegó Madame Pudipié con el té, pero Draco no interrumpió su charla—. Me parece muy irresponsable por su parte rechazar a Collins, y más sabiendo que de él dependerá su propiedad cuando el señor Bennet muera.

—¡Oh, vamos, tienes que estar de coña! —exclamó Hermione—. ¿Quién querría casarse con un personaje insípido como el señor Collins?

Draco la miró, divertido.

—No sé, ¿tal vez alguien que no puede ser económicamente independiente? Hubiera podido asegurar el futuro de toda la familia.

—Qué poco romántico eres —dijo Hermione.

—Estoy siendo practico —replicó él—. ¡Por no hablar del señor Darcy! —Hizo una pausa para tomar un sorbo de té. Hermione, mientras tanto, lo miraba expectante. Estaba descubriéndole un punto de vista sobre el que no había reflexionado nunca.

—¿Qué pasa con él?

—Mira que rechazar a un hombre así. Era atractivo, rico y no le importaba casarse con alguien tan inferior.

—¿¡Inferior!? —Hermione no podía creer las palabras que salían de los labios de él—. ¿De verdad consideras inferior a alguien que ha logrado convertirse en una joven culta e inteligente pese a su situación en la vida? ¿Tan mal está que quiera casarse con un hombre que la respete y la quiera sin reparos? ¡Yo tampoco me hubiera casado con alguien tan… tan desagradable! En todo el tiempo que se conocieron, nunca tuvo para ella más de dos palabras amables juntas.

Hermione se detuvo de golpe para recuperar el aliento. Los dos se miraron, entendiendo de repente la implicación de las palabras de ambos. ¿En qué momento habían dejado de hablar del libro para hablar de ellos mismos? Él desvió la mirada hacia la pared del fondo y Hermione tomó un sorbo de té.

—Lo siento —dijo él.

—No pasa nada, no todos tenemos los mismos gustos literarios…

—No me refiero a eso —continuó él—. Hablo de… nosotros. Siento lo de todos estos años —repitió—. No debería haber hecho… bueno, nada de lo que hice.

Hermione lo miró a los ojos con sorpresa. Se estaba disculpando. Y parecía que lo decía en serio.

—Así que admites que eres un verdadero gilipollas.

Draco rió.

—Lo pondré en el currículo. Draco Malfoy: heredero, jugador de Quidditch, gilipollas.

Esta vez fue Hermione la que rio. Los dos se miraron.

—¿Qué hacemos ahora?

—¿Empezar de cero? —propuso él.

—No es mala idea —dijo ella con una sonrisa.

—Entonces, ¿me he convertido en tu Darcy? —preguntó el rubio, inclinándose hacia delante (menos mal que tenían la mesa de por medio) y mirándola con una sonrisa pícara.

—Más quisieras —replicó Hermione.