-N/A editada, 17/11/2017-
UNA RÁPIDA SUCESIÓN DE TERRIBLES INFORTUNIOS
CAPÍTULO 8: Enfrentados
··Blaise··
Blaise salió del entrenamiento de Quidditch sudoroso, pero satisfecho. Ravenclaw no tendría nada que hacer contra ellos en el partido del domingo. Una lástima que Slytherin tuviera que perder en el partido contra Gryffindor que vendría después.
Ese era el trato que había hecho con San Potter y su amigo el pelirrojo: él haría que Slytherin perdiera si a cambio lo ayudaban a conquistar a Ginevra. Se avergonzaba de tener que recurrir a métodos tan patéticos, pero la pelirroja se le resistía demasiado. «Este es el plan: vosotros convencéis a tu hermana de que salga conmigo y de paso, vigiláis que no se le acerque nadie más, y yo hago lo imposible para que ganéis la final. ¿Trato?». Los gryffindors habían aceptado, por supuesto.
Solo tenía que conseguir que no se enterara nadie de su casa o sería hombre muerto.
Después de una ducha, él, Draco y los demás fueron al Comedor a cenar. Nada más entrar, los ojos oscuros de Blaise vagaron por la mesa de Gryffindor hasta dar con su objetivo: una melena roja como el fuego recogida en una coleta alta. Su mirada se encontró con la de su hermano, que se quedó lívido. Negó con la cabeza repetidas veces e intentó vocalizar algo, pero Blaise no logró entender nada.
Frunció el ceño; ¿qué demonios pasaba?
Entonces vio cómo la pelirroja se giraba levemente hacía él y lo observaba por el rabillo del ojo. Sonrió.
Y entonces besó a Potter.
Blaise soltó un grito indignado. ¿¡QUÉ COJONES HACÍAN ESOS DOS BESÁNDOSE!?
No fue el único en percatarse, porque centenares de bocas empezaron a murmurar al unísono.
«¡Mirad, Harry Potter y Ginny Weasley se están besando!».
«¿¡Cuánto llevan saliendo!?».
«Joder, yo que quería ver si conseguía algo con la Weasley…».
—Amigo —Draco pasó un brazo por los hombros de Blaise—, creo que te han levantado a la novia antes de que empezarais a salir.
—¡Joder! —exclamó Pansy—. ¿¡Eso cuándo ha pasado!? ¿Qué nos hemos perdido?
En ese momento llegó Theo, quien, como cada noche desde los últimos días, llegaba tarde por culpa de haber estado por ahí con Lovegood. El castaño miró a su alrededor confundido.
—¿Qué me he perdido?
Draco abrió la boca para hablar, pero Blaise lo fulminó con la mirada.
—Una palabra más y os arranco la cabeza a todos.
El día siguiente, Blaise se paseó por todo Hogwarts hasta que por fin encontró a aquellos dos estúpidos que lo habían arruinado todo. Especialmente Potter. Oh, si fuera legal el asesinato, habría un gryffindor menos en el mundo.
Finalmente los encontró y afortunadamente estaban solos, así que se acercó a ellos y espetó:
—¿Se puede saber qué demonios os pasa? Teníais una cosa que hacer, una sola. —Entrecerró los ojos—. ¿Qué crees que estás haciendo, Potter?
—Eh, a nosotros no nos culpes. Intenté avisarte —se excusó Weasley.
—Desde luego, estáis hechos el uno para el otro; ella nos amenazó con lo mismo que tú: si no salgo con ella, no se dejará ganar en los próximos partidos —explicó Potter—. Y, sinceramente, ella me da más miedo que tú.
—¡Chicos!
Ginny se acercó con paso decidido. «Genial», pensó Blaise. «Que empiece la fiesta». Cuando la pelirroja llegó a su altura, dio un beso a Harry en la mejilla. Blaise estaba a punto de atragantarse con tanta rabia contenida.
—Zabini —saludó ella con indiferencia.
—Bonita farsa la de ayer, Weasley —respondió este con una sonrisa ladina en el rostro.
Ella sonrió.
—¿Celoso?
Blaise le lanzó una mirada de desprecio, pero no respondió. ¡Claro que estaba celoso, joder! La única chica que de verdad le gustaba y tenía que ser la insufrible y cabezota de Ginevra Weasley.
La pelirroja se despidió de su «novio» y su hermano y siguió su camino. Blaise podía oler desde allí su perfume: Eau de victoria. Miró a los chicos con desdén.
—El trato se cancela. Más os vale perder contra Hufflepuff, porque me aseguraré personalmente de que no salgáis de allí con el esqueleto intacto.
··Theo··
Theo acudió al partido de Ravenclaw contra Slytherin con su bufanda verde y gris, pero se sentó al lado de Luna, que llevaba dos rayas azules y grises en cada mejilla. A su lado, se sentaba Hermione Granger. Theo la miró extrañado al principio: la castaña raramente iba a los partidos. Solamente acudía cuando jugaba su casa y eso porque sus amigos la obligaban.
Hasta que vio cómo sonreía ligeramente al observar salir al campo a los jugadores de Slytherin. Vio a Draco levantar la cabeza y buscar a alguien entre el público y cuando sus ojos se encontraron con los de Hermione, levantó la mano y saludó.
Theo sonrió. Siempre había sido muy observador; podía percibir cambios mínimos en las personas. Pero aquel no era un cambio mínimo: Hermione y Draco habían pasado de echar pestes el uno del otro a llevar una convivencia pacífica. ¡Por Merlín, si hace un año llegan a decirle que Hermione hubiera ido a ver un partido de Slytherin, hubiera estado riéndose durante semanas!
Miró a Luna, que aplaudía con entusiasmo la aparición del equipo contrario. Theo tragó saliva con nerviosismo al recordar cuál había sido su principal motivo para ir al partido.
—Oye, Luna… —gritó para hacerse oír por encima del alboroto—. Después del partido… ¿Quieres que vayamos a dar una vuelta?
Luna lo miró y sonrió. Asintió con la cabeza; deslizó su mano hasta la de Theo y le dio un pequeño apretón. Theo se mordió el labio y en un arranque de valentía, entrelazó sus dedos con los de ella. Luna no se soltó.
El partido estuvo muy igualado. Pese a los constantes ataques de Blaise, los de Ravenclaw supieron defenderse. Hasta que Blaise lanzó una bludger directamente a la cara del buscador contrario; le rompió la nariz, que empezó a sangrar profusamente. El chico cayó al suelo, inconsciente.
Tuvieron que parar el partido y Minerva McGonagall estuvo cinco minutos de reloj echando la bronca a Blaise por su falta de deportividad. El partido se reanudó finalmente, pero Slytherin se hizo con el control del juego y finalmente Draco atrapó la Snitch. Ganaron trescientos a ciento cuarenta.
Después de que terminara la euforia por parte de unos y la decepción por parte de otros, Luna y Theo abandonaron el partido solos (Hermione se había quedado charlando con cierto rubio) y se encaminaron con paso tranquilo hacia el colegio.
Luna se desvió del camino para recoger unas flores amarillas.
Theo carraspeó, pero la rubia estaba enfrascada en hacer una corona de flores. Carraspeó más fuerte.
—Te escucho, aunque no te esté mirando, Theodore —dijo la rubia con una sonrisita.
«Mejor, así me pondré menos nervioso», pensó el castaño.
—Bueno, he estado reflexionando sobre lo bien que nos lo hemos pasado juntos estos últimos días y… ¿Tú te lo pasas bien conmigo, verdad? —preguntó; necesitaba estar seguro.
—Claro. Me gusta pasar tiempo contigo —dijo ella.
—Y a mí contigo. —«Venga, Theo, que te lías»—. Bueno, el caso es que, ya que pasamos tanto tiempo juntos y nos gustamos… O sea, tú me gustas mucho —rectificó. Ella apartó la mirada de las flores y clavó en él sus ojos azules como el mar. «Mierda, prefería cuando no me miraba»—. Y había pensado si te gustaría…
—Siempre me he preguntado por qué a la gente le gusta tanto hablar sobre los sentimientos de los demás, pero se avergüenzan de los suyos. —Se acercó a Theo y lo cogió de la mano—. Sí, saldré contigo, Theodore Nott.
Theo soltó un suspiro de alivio; era mucho más fácil cuando lo decían lo demás. Al momento se dio cuenta de lo que había pasado: Luna había accedido a salir con él.
Soltó una carcajada sin saber bien por qué; simplemente era feliz. Cogió a Luna por la cintura y la levantó; empezaron a dar vueltas, pero Theo tropezó y fueron a parar sobre la hierba. En aquel momento, el joven no pudo contenerse; inclinó la cabeza hacia delante y besó a Luna.
Con un poco de suerte, sería el primero de muchos.
El día siguiente, Theo esperó a Luna fuera del Gran Comedor en lo que se había convertido ya en rutina. Ella lo saludó con un casto beso en la mejilla y se cogieron de la mano antes de entrar al Comedor. No había llegado todo el mundo, pero los que ya estaban allí se giraron a mirarlos y empezaron a cuchichear. Theo hizo oídos sordos; al fin y al cabo, a la gente le gustaba criticar, fuera por un motivo u otro. Que hablaran.
Cuando se sentó en la mesa, lo recibieron las miradas atónitas de sus amigos. Pansy fue la primera en hablar:
—Ya era hora, hombre. Llevabais tanto tiempo con esas miraditas tiernas que uno de estos días iba a vomitar con tanta cursilería.
—Enhorabuena, tío —felicitó Draco.
Theo lo miró con una ceja enarcada.
—¿Y ya está? ¿Ni un comentario sarcástico? ¿Ni un «Qué demonios haces saliendo con esa»? ¿Estás perdiendo facultades o qué?
Draco se encogió de hombros.
—Solo actúo como quiero que actúen conmigo algún día.
—Te traduzco —dijo Pansy—: está enamorado de Granger y como ahora ella sí que le hace caso, cree que terminarán saliendo juntos.
Draco la fulminó con la mirada.
—Nada de «cree que»; ya verás. Tú dame tiempo.
—A mí, con que no la lieis mucho cuando discutáis, me vale.
—Mujer de poca fe… —dijo Theo, sonriente.
—Hacéis muy buena pareja —intervino Daphne Greengrass.
—En serio, deberíamos plantearnos admitirla en el grupo —dijo Pansy a los dos chicos—. Siempre está aquí en las conversaciones importantes.
Cuando terminó la clase de Herbología, Theo se encaminó hacia su dormitorio, pues se había dejado un libro allí, pero al pasar por delante de la sala de profesores, no pudo evitar detenerse y escuchar.
—Estarás decepcionada, Minerva. —La inconfundible voz de Snape.
—¿Por qué, querido?
—He visto a Malfoy y Granger muy… acaramelados últimamente. —Snape hasta parecía satisfecho.
—¿Y por qué debería ser de mi incumbencia la vida sentimental de los alumnos? —La voz de la profesora delataba que la información no la hacía feliz.
—Oh, vamos, no me digas que no te reconcome por dentro saber que vas a perder la apuesta.
—De momento, Albus solo ha conseguido acertar lo del señor Nott y la señorita Lovegood. —Theo frunció el ceño. ¿Cómo que «acertar»?―. Que Draco y Hermione se lleven mejor no pone un anillo de compromiso en el dedo de ella.
—Tú espera y verás —respondió el profesor de Pociones con maldad.
—¿Qué has hecho, Severus? —McGonagall parecía enfadada.
—Nada; simplemente he recordado al señor Malfoy las ventajas de salir con Granger.
—¡Serás tramposo…! —exclamó ella.
Theo no pudo seguir escuchando, porque Flitwick se acercaba. El muchacho disimuló, agachándose a atarse los cordones. Saludó al profesor al pasar y siguió su camino. Al final tuvo que compartir el libro con Daphne: se le había olvidado por completo ir a por el suyo.
Decidió que lo mejor era contárselo a Luna. Así, en uno de sus paseos hasta el lago, le relató lo que había averiguado sobre las apuestas de los profesores.
—¿Qué piensas hacer al respecto? —preguntó Luna.
Theo lanzó una piedra al lago mientras reflexionaba su respuesta.
—Nada, supongo.
Si Draco no había dicho nada, él sabría qué se hacía. Además, si se inmiscuía entre él y Hermione ahora que se llevaban tan bien, Draco no se lo perdonaría en su vida. Eso si no le lanzaba un Avada.
Luna frunció el ceño.
—No me parece justo —sentenció.
—¿Por qué? —preguntó Theo.
—¿No te gustaría saberlo si fueras tú?
Theo se encogió de hombros.
—No quiero destruir lo que haya surgido entre ellos. Seguro que Draco se lo cuenta, si no lo ha hecho ya.
Esto último lo dijo sin convicción; Draco era Slytherin en estado puro. Theo sabía que el rubio era capaz de utilizar cualquier medio posible para conseguir lo que quería. Era a lo que estaba acostumbrado.
—¿Pero y si no lo hace?
—Eso no podemos saberlo.
—Sigo creyendo que deberíamos decírselo. No me gustaría que mis amigos se callaran algo tan importante. Si se quiere que algo dure, no debe construirse sobre mentiras.
—Pues díselo tú; yo no pienso hacerlo —espetó Theo.
Se sintió mal al instante; no debería haber hablado así a Luna. Quiso pedir disculpas, pero ella ya estaba muy ocupada en mirar el lago. Apenas intercambiaron cuatro palabras más. Por primera vez, el trayecto de vuelta se hizo en silencio.
