-N/A editada, 05/11/2017-
UNA RÁPIDA SUCESIÓN DE TERRIBLES INFORTUNIOS
CAPÍTULO 9: Un poco más cerca
··Hermione··
Desde su cita en Hogsmeade —si es que podía llamársele cita a aquello—, Hermione y Draco no sabían cómo tratarse. Los insultos habían sido una parte esencial de su relación durante los últimos años; ahora, sin eso, no sabían qué hacer cuando se cruzaban por los pasillos.
Al principio, se limitaban a lanzarse miradas furtivas; el rubio sonreía para sus adentros y la castaña intentaba aparentar que no pasaba nada entre ellos.
—Granger —saludó un día Malfoy al pasar por su lado. Hermione se dirigía, junto con Harry y Ron, a visitar a Hagrid.
—Malfoy —respondió, no muy segura de qué decir.
El rubio siguió su camino sin decir más ni lanzarle una segunda mirada, pero justo antes de estar fuera del campo visual de Hermione, las comisuras de sus labios se curvaron hacia arriba en una pequeña sonrisa.
Harry y Ron miraron la interacción con sorpresa el primero y desconfianza el otro, pero no dijeron nada. Harry prefería no inmiscuirse en una vida que no era suya. Hermione ya había demostrado que era la más inteligente de todos; si quería llevarse bien con Malfoy, seguro que sabía lo que hacía. Ron, por su parte, consideraba que Hermione era demasiado inteligente para volver a liarse con la serpiente engominada.
Sea como fuere, el tiempo diría si alguno de los dos estaba equivocado.
Cuando llegaron a la cabaña de Hagrid, el medio gigante estaba preparando té. Las pastas que siempre sacaba y que estaban bastante malas reposaban encima de la mesa. Los tres amigos se miraron con resignación; otro día que sus dientes tendrían que sufrir.
—¿Cómo lleváis los ÉXTASIS, chicos? —preguntó Hagrid una vez se hubieron sentado.
—Oh, oh, pregunta errónea —dijo Ron entre dientes.
—¡Mal! —exclamó Hermione—. ¡Queda un mes para los exámenes y aún tengo que repasar la mitad de los apuntes!
—Tranquilízate, Hermione —suspiró Harry—. Vas a sacar Extraordinario en todas las asignaturas; eso es tan obvio como que Snape no se lava el pelo.
Ron rio. Le dio la razón a su mejor amigo con un asentimiento de cabeza.
—Míranos a Harry y a mí; aún no hemos empezado, pero tenemos esperanzas de aprobar. ¿A que sí, Harry? —Miró a moreno para que corroborara su afirmación, pero este no parecía muy convencido.
—No sé… No creo que aprobemos Pociones, la verdad.
Hermione suspiró.
—Chicos, chicos, chicos —intervino Hagrid—. No os preocupéis; lo haréis genial seguro. Snape no puede poneros menos nota de la que os merecéis… —añadió, aunque parecía poco convencido.
—¡Ja! —exclamó Ron—. No somos Draco Malfoy, a nosotros no nos tiene en un pedestal… —dijo, mirando intencionadamente a Hermione.
Esta se mantuvo estoica, pero no pudo evitar que sus mejillas se tiñeran de un ligero tono rosado. No entendía bien por qué: habían quedado en empezar de cero, eso era todo… ¿verdad?
—Hmm, al final Dumbledore tendrá razón… —musitó Hagrid.
—¿Razón en qué, Hagrid? —preguntó Harry. Los tres amigos se miraron entre ellos sin comprender.
Hagrid abrió mucho los ojos al darse cuenta de que había dicho algo que no debía. De nuevo. Qué novedad.
—Nada, olvidadlo. Solo son desvaríos de un viejo que no sabe guardar sus pensamientos dentro de su cabeza.
—¡Venga, Hagrid, siempre terminas contándonoslo!
Hagrid negó con la cabeza con decisión.
—No, no volverá a decirse que Hagrid no sabía mantener el pico cerrado.
Cambiaron de tema rápidamente y se pusieron a hablar con entusiasmo del próximo partido de Quidditch —Bueno, tal vez Hermione no estuviera tan entusiasmada— y de que esperaban que ganara Ravenclaw.
—Así, aunque ganemos a Hufflepuff, pero perdamos la final, no tendremos a los de Slytherin dándonos la vara con que son los mejores.
—No vamos a perder la final, Ron —dijo Harry, muy seguro de sí mismo—. Somos el mejor equipo, ¿recuerdas?
—El día que se repartió la humildad, seguro que tú estabas entrenando —inquirió Hermione.
—Eh, tú tienes tu cerebro y yo mi escoba. No me juzgues —respondió el moreno con una sonrisa.
Cuando salieron de la cabaña, ya ninguno se acordaba del críptico comentario de Hagrid sobre Dumbledore.
Los días pasaban y Hermione pasaba cada vez más tiempo en la biblioteca. Los EXTASIS eran los exámenes más importantes de su vida: las notas que sacara determinarían su futuro. Bueno, el suyo y el de todo el mundo, pero no todos parecían tan concienciados como ella. Había organizado su horario de manera que pudiera estudiar como mínimo seis horas al día: antes de desayunar, entre clases, por la tarde y por la noche. Y se había tomado el lujo de dejar una hora libre, que repartiría en quince minutos, para tomarse descansos para comer algo y descansar la vista y el cerebro.
La mayor parte del tiempo, estaba acompañada por alguno de sus amigos. Neville siempre acudía a ella cuando tenía dificultades con alguna asignatura y el chico permanecía callado y concentrado, algo que Hermione agradecía; no podía decirse lo mismo de los demás, desgraciadamente. Harry no conseguía permanecer concentrado más de una hora y media seguida, y Ron no lograba ni eso: después de estudiar media hora, se ponía a pintar snitches en el borde de las páginas.
—Nosotros nos vamos —susurró Harry una tarde, después de pasar una hora fingiendo que estudiaba Pociones. Ron se levantó más rápido que un rayo; llevaba un buen rato haciendo señas a su amigo para que se largaran.
—¡Pero si aún queda más de una hora para que cierren la biblioteca! —respondió la castaña, molesta por la interrupción.
—Nos aburrimos. —Ron se encogió de hombros. Hermione hizo un gesto de conformidad con la cabeza y volvió a sus apuntes sobre Historia de la Magia Capítulo 12: La guerra de los gigantes.
Aquella hora era la que más le gustaba a Hermione cuando iba a la biblioteca: quedaba poco para cerrar, por lo que había poca gente, pero aún disponía de un buen rato para estudiar con tranquilidad.
Se oyeron unos pasos suaves que recorrían los pasillos, pero Hermione, enfrascada en su lectura, no se dio cuenta. Hasta que una figura oscura no se sentó enfrente de ella, no levantó la vista para ver quién era.
—¡Malfoy! —exclamó, olvidando momentáneamente dónde estaban. La bibliotecaria le llamó la atención con un chistido.
Malfoy se sentó en la silla que había justo enfrente de Hermione y dejó un par de libros encima de la mesa.
—No grites, Granger. Estamos en una biblioteca —dijo él, divertido.
Hermione puso los ojos en blanco, pero no pudo resistir esbozar una pequeña sonrisa antes de volver a su libro. Pero no pasaron ni dos minutos antes de que sus ojos se posaran casi inconscientemente en el chico. Draco mordía su pluma mientras leía, muy concentrado, el libro de Transformaciones.
—¿Qué haces aquí, Malfoy? —preguntó Hermione, sin rodeos. Esta vez sí se acordó de mantener la voz en un susurro.
El rubio señaló los libros.
—Creía que eras la futura Premio Anual…
Hermione lo fulminó con la mirada.
—Me refiero a «aquí» —dijo, señalando la mesa en la que estaban sentados. Después, lanzó una mirada bastante inquisitiva a las otras mesas, prácticamente vacía.
Malfoy enarcó una ceja mientras sonreía.
—Acordamos que empezaríamos de cero, ¿recuerdas?
Hermione sonrió, pero no dijo nada. Cada uno centró su atención en las letras que tenía delante hasta que Madame Pince advirtió que cerraba en cinco minutos. Ambos se levantaron y salieron en silencio.
Una vez fuera, se miraron, sin saber bien qué hacer o decir.
—Buenas noches, Malfoy —se despidió finalmente Hermione.
—Granger. —Draco bajó las escaleras mientras la castaña tomaba el camino contrario.
Hermione se quedó en su sala común estudiando un poco más, pero, de vez en cuando, su mente vagaba hacia su nuevo compañero de estudios. No sabía qué mosca le había picado para que se comportara así —bueno, tal vez sospechara algo, pero no quería creerlo—, pero le estaba gustando.
Qué peligro.
Las tardes siguientes, como un reloj, Malfoy aparecía poco después de que sus amigos se marcharan.
—¿No os vais ya? —preguntó Hermione. Harry, Neville y Ron seguían allí bastante tiempo después de la hora a que solían irse, y Hermione empezaba a ponerse nerviosa.
Ron la miró sin poder creerse las palabras que habían salido de la boca de Hermione.
—¡Con lo aplicados que estamos y tú quieres echarnos! —exclamó.
—Tonterías, yo no quiero que os vayáis —respondió la castaña, volviendo a sus libros.
La verdad es que mentía: sí que quería que se fueran. Por alguna extraña razón, extrañaba la presencia de Malfoy sentado enfrente de ella, con los ojos grises acariciando las letras y ocasionalmente buscando sus ojos marrones.
Hermione se giró casi por instinto cuando escuchó las familiares pisadas aproximándose. Vio cómo observaba a sus amigos con resignación y pasaba de largo hasta sentarse en la mesa de delante, solo. Cabían dos personas más en su mesa, pero Hermione sabía que ni Malfoy aceptaría ni sus amigos estarían de acuerdo. Dedicó al rubio una mirada de disculpa, pero este se encogió ligeramente de hombros antes de abrir un libro.
Lo que Hermione no sabía era que su conversación silenciosa había sido observada por alguien.
El día siguiente, Ron la confrontó antes del desayuno.
—¡Mírala, cómo se hace la inocente!
Hermione ni se inmutó.
—¿De qué crimen se me acusa, Ronald?
La cara de Ron estaba del mismo color que su pelo.
—¡No finjas no saber nada! ¡Vi las miraditas que os lanzabais tú y Malfoy ayer! ¿Tienes algo que contarnos? —El pelirrojo se cruzó de brazos.
Hermione se quedó clavada en el sitio, pero frunció el ceño. No hacía nada malo, por lo tanto no tenía nada de qué avergonzarse.
—Malfoy y yo hemos estado estudiando juntos algunas noches, eso es todo.
Ginny le lanzó una mirada pícara, pero Hermione decidió ignorarla.
—¿«Estudiando»? ¿Es así cómo llamas a enrollarte con él en alguna aula abandonada?
Hermione soltó un bufido.
—Solo estudiamos, Ron. Pero puedes pensar lo que quieras, es tu problema.
—Puedes contárnoslo, Hermione. No pasa nada —intervino Harry.
—¡Esto es increíble! —exclamó Hermione, enfadada—. ¡Os estoy diciendo la verdad! Además, ¡es mi vida! ¡Puedo enrollarme con Malfoy cuando quiera!
Se arrepintió de lo que había dicho en cuanto las palabras salieron de su boca, pues la Sala Común de Gryffindor se había llenado de estudiantes que bajaban a desayunar mientras ellos discutían. La mitad de Gryffindor la había escuchado, lo que significaba que en menos de media hora, Hermione sería la comidilla del colegio.
Hermione se sentía observada en el Gran Comedor. Como había predicho, sus palabras se corrían como la pólvora. «A saber qué cuentos se habrán inventado a estas alturas. Mierda».
De vez en cuando, vigilaba la mesa de los Slytherin. Draco estaba sentado entre Pansy y Crabbe, pero poco después llegó Theo, quien se hizo sitio entre Crabbe y Draco. El castaño susurró unas palabras en el oído a su amigo. Hermione se mordió el labio; no debería haber dicho nada.
Draco miró a Theo con cara de no creérselo, pero entonces estalló en carcajadas. Después, sus ojos se encontraron con los de Hermione, y él le guiñó un ojo. Hermione enrojeció y bajó la vista. ¡Maldita la hora en la que había abierto la boca! A saber qué pensaba ahora Malfoy de ella.
Se levantó y salió del Comedor sin esperar a sus amigos. Maldito fuera Ron, por su culpa estaba metida en aquel lío. Bajó las escaleras de dos en dos —aquel día tocaba Pociones a primera hora—, pero se detuvo al escuchar una voz llamándola.
—¡Granger! —Malfoy se acercó a ella a grandes zancadas.
Hermione cuadró los hombros y se enganchó un mechón de pelo detrás de la oreja, más por luchar contra el nerviosismo que por nada más.
—Malfoy. —Ya se había convertido en costumbre eso de saludarse por el apellido.
—Theo me ha contado algo muy interesante hoy —dijo él mientras avanzaban por el pasillo.
—¿Ah, sí? —respondió Hermione en tono casual—. No deberías hacer caso a todo lo que te cuentan.
—¿No? ¿Le pregunto a Weasley? —Draco hizo ademán de darse la vuelta, pero Hermione lo sostuvo por el brazo.
—¡No! —exclamó. Carraspeó, dándose cuenta de que había sonado muy desesperada—. Vale, lo siento —admitió—. No debería haber dicho… «eso».
—¿Saldrás por fin conmigo, Granger? —preguntó Draco en un tono completamente despreocupado. Bien podría haber estado hablando del tiempo.
Hermione se mordió el labio para evitar sonreír y le lanzó una mirada de indiferencia.
—Buen intento, Malfoy.
Él se encogió de hombros.
—Por intentarlo… La culpa es tuya, que lanzas señales contradictorias —suspiró.
Acto seguido, abrió la puerta de clase y la dejó pasar primero. Hermione se dirigió a su asiento habitual, la mesa de la derecha de la segunda fila.
—Por cierto, Granger… —Hermione se giró. Draco se sentaba en la penúltima mesa de la fila izquierda—. Puedes besarme cada vez que tengas ganas. —El rubio le guiñó un ojo, para vergüenza de la castaña.
—Ejem —carraspeó alguien. Snape apareció de la nada y les lanzó una mirada penetrante—. Por favor, dejen el flirteo para cuando termine la clase. Hogsmeade es un lugar excelente para tener una cita; en mi clase se viene a estudiar.
Hermione se cubrió los ojos con una mano. Lo que le faltaba, consejos amorosos de parte de Severus «amargado» Snape.
Harry y Ron entraron a clase junto con el resto de gryffindors. A diferencia de la vez anterior en que se habían enfadado, el pelirrojo no se cambió de sitio, sino que se sentó al lado de Hermione. La miró de reojo, pero no dijo nada. Por lo menos no parecía cabreado.
Sorprendentemente, Gryffindor solo perdió veinte puntos aquel día y eso que Neville mezcló mal dos ingredientes y su poción empezó a emitir un vapor verdoso que apestaba a huevos podridos. Snape había estado increíblemente benevolente aquel día.
«Estos Slytherin deben de estar volviéndose locos».
Ginny interceptó a Hermione en el cambio de clases y la arrastró hacia un recoveco entre dos armaduras.
—Desembucha —ordenó.
Hermione tenía ganas de golpearse la cabeza contra la pared.
—Por enésima vez: Malfoy y yo no tenemos nada. N-A-D-A.
Ginny le lanzó una mirada escéptica.
—Ya. Pero… ¿por qué no?
—¿Otra vez, Ginevra? ¿Te está pagando Malfoy para que me insistas?
Hermione siguió su camino hacia Transformaciones, pero la pelirroja no se dio por vencida y siguió a su amiga.
—Dime que no sientes nada por él y te dejaré en paz.
La castaña abrió la boca para negarlo, pero vaciló. Por suerte —o no—, en aquel momento alguien más intervino en la conversación.
—¡Hermione! —Lavender Brown se acercó—. ¿Es cierto? ¿Malfoy y tú? —soltó una risita. Hermione frunció el ceño. ¿Había sonado ligeramente incrédula o eran imaginaciones suyas?—. Perdona, no es que no sea posible, pero… ¿Draco Malfoy y tú?
—Venga, Lav, vayamos a clase. —Parvati Patil intentó tirar de su amiga para que no metiera más la pata, pero la chica se mantuvo firme, ajena a las miradas de bochorno de su amiga.
—Pues claro que no están saliendo, Lavender —intervino Ginny—. Pero un pajarito me ha dicho que Malfoy besa muy bien…
Hermione soltó un grito ahogado, pero entonces pensó «¿Por qué no? Esto puede ser divertido».
—¡Ginevra, es la última vez que te cuento algo! —Miró a Lavender con una sonrisa confidente—. Pero, entre tú y yo, Malfoy besa muy bien.
Para cuando Hermione entró en clase de Transformaciones, Lavender Brown buscaba su mandíbula, porque se le había desencajado tanto por la sorpresa —y la envidia— que se había caído al suelo.
Hermione se sentó en su sitio con una sonrisa de satisfacción en el rostro. Le molestaba que la gente no creyera que Malfoy y ella pudieran salir juntos. Es decir, no es que entrara en sus planes de futuro, pero ¿por qué no? ¿Acaso él era demasiado guapo para ella? No, Hermione Granger tenía unas cuantas armas escondidas.
La semana pasó con tranquilidad; Hermione siguió con su rutina de estudio en la biblioteca y disfrutaba secretamente con su compañía nocturna.
El sábado por la noche, Draco Malfoy apartó la mirada de los libros y dejó una proposición en el aire.
—¿Vendrás mañana al partido?
Hermione lo miró, sorprendida.
—Tengo que estudiar —dijo, no sin cierto pesar.
—Solo son un par de horas.
Hermione tuvo que reconocer que la idea era tentadora. No le iría mal relajarse un poco… Al fin y al cabo, ¿qué había de malo?
—Pero el partido es de Slytherin contra Ravenclaw.
—¿Y? —Draco enarcó una ceja—. ¿Tienes miedo de que tus amigos te regañen?
La castaña entornó los ojos.
—Mis amigos no controlan mi vida. Puedo ir si quiero.
—¿Entonces, vendrás? —Los ojos de Malfoy brillaron con esperanza.
—Sí —respondió ella, antes de arrepentirse.
—Genial. ¿Me darás el beso de la buena suerte?
—¿Las chicas suelen darte un beso antes de los partidos?
Malfoy sacudió la cabeza.
—Podríamos empezar nosotros la tradición.
Hermione sonrió y negó con la cabeza.
—Eres increíble.
—Gracias. —Malfoy le dedicó una de sus sonrisas más seductoras.
—No era un halago, Malfoy.
—Todo es cuestión de perspectiva, Granger.
Hermione se permitió una pequeña sonrisa antes de volver a sus esquemas. Por un momento, el recuerdo de los labios de Malfoy sobre los suyos cruzó su mente. Sacudió la cabeza enérgicamente, intentando borrar la sensación que dejó en su piel.
No lo consiguió del todo.
