-N/A editada, 05/05/2019-


UNA RÁPIDA SUCESIÓN DE TERRIBLES INFORTUNIOS


CAPÍTULO 11: A la deriva

··Hermione··

Hermione se despertó más temprano de lo habitual; le había costado dormir y, sin embargo, se levantó fresca como una rosa. Se dio una ducha y se quedó pensando si debía arreglarse un poco más que de costumbre, pero entonces frunció el ceño. ¿Qué estupidez era esa? Si le gustaba a alguien, debía hacerlo por cómo era. Al final, optó por intentar peinarse la indomable melena (sin mucho éxito, todo sea dicho) y vestirse como siempre.

Bajó a desayunar, pero como era más temprano que de costumbre, apenas había nadie allí. Se sentó delante de un té verde con leche y un bollo de chocolate, pero se limitó a remover el té de vez en cuando e ir arrancando migajas del bollo.

—Buenos días, Hermione. —La vocecilla de Luna Lovegood la sacó de su ensoñación.

—Buenos días, Luna —saludó Hermione con una sonrisa.

—Pareces muy contenta.

Hermione vaciló, pero decidió que no podía ocultarlo por mucho más tiempo.

—He quedado —susurró. Apenas había nadie todavía, pero nunca se sabía qué orejas podían estar escuchando.

—¿Con Malfoy? —Ginny se acercó a las dos chicas y se sentó frente a Hermione.

«A la mierda la discreción».

—Sí —respondió, mordiéndose el labio.

—¡Bien! ¿Cuándo y dónde exactamente? —preguntó la pelirroja, sonriendo traviesamente.

Hermione entrecerró los ojos, divertida.

—Serás pervertida…

Ginny soltó una carcajada, pero Hermione tenía su atención fija en Luna, que se había quedado mirando al infinito con el ceño ligeramente fruncido.

—Luna, ¿estás bien?

La muchacha parpadeó, como si se hubiera acordado de repente de que estaba allí.

—Tengo… Tengo que irme.

Hermione intercambió una mirada confundida con Ginny mientras la rubia se alejaba con paso apresurado.

—No entiendo nada.

Ginny se encogió de hombros.

—Luna siempre ha sido… diferente.

—Sí, pero nunca la había visto tan estresada por nada, a decir verdad.

··Luna··

Era la primera vez en su vida que Luna sentía que se encontraba en una encrucijada. ¿Qué debía hacer? ¿Debía contarle a Hermione lo que sabía sobre las apuestas? Parecía que a ella Draco le gustaba de verdad y Luna intuía que Draco sentía algo aún más fuerte por ella, pero… ¿y si solo lo hacía por la apuesta? ¿Y si no decía nada y al final resultaba que Hermione salía herida?

Se encontraba tan metida en sus cavilaciones que no se fijó en que una figura alta, con el pelo castaño y los ojos azules se acercaba a ella.

—Hola.

Luna se detuvo de golpe.

—Hola, Theo. Me has asustado.

—Lo siento —respondió él.

Silencio. La tensión entre ellos, algo que no había pasado nunca hasta ese momento, se hizo insoportable, así que el chico fue el primero en romperla:

—Lo siento. Tienes toda la razón: no está bien esconder cosas a la gente, especialmente si de ello depende su felicidad. —Luna sonrió. Theo se rascó la cabeza mientras se mordía el labio—. Entonces, ¿estamos bien?

Luna se acercó a él y le dio un abrazo suave, de los que hacen que tu alma tiemble por el contacto. No hacían falta más palabras al respecto.

—Tengo que hablar con Hermione… —dijo la chica con un suspiro.

Theo la cogió de la mano.

—Vamos juntos. Creo que lo mínimo que puedo hacer es contarlo yo mismo.

Entraron en el Gran Comedor y fueron directamente a la mesa de Gryffindor, donde Hermione seguía charlando con Ginny.

Luna inspiró hondo; no le gustaba tener el futuro de alguien en sus manos, pero había daños que debían ser infligidos. El mal menor, lo llamaban.

··Draco··

«¿Se puede saber por qué tarda tanto?».

Draco hacía más de una hora que había perdido la poca paciencia que le quedaba. Había sido tan inteligente que no se le había ocurrido especificar una hora en su nota, así que llevaba esperando en aquella aula polvorienta desde las ocho de la mañana.

Esperaba sinceramente que Hermione apareciera, no porque no quisiera hacer el ridículo allí esperando —que también—, sino porque se sentiría muy estúpido si al final resultaba que los sentimientos no eran recíprocos.

Había aprendido (por las malas) que a Hermione no se la impresionaba con una cara bonita, así que había tenido que dejar de lado toda esa fachada de chico malo y creído (bueno, quizás lo de creído lo llevara ya de fábrica) y aprender a ganársela por ser él mismo. Y le estaba gustando, la verdad. Sentía bien eso de intentar ser mejor persona.

Finalmente escuchó abrirse la puerta del aula.

—¡Por Merlín, Granger, ya creía que no vendrías! —Draco soltó una risa nerviosa, pero la sonrisa murió en sus labios cuando vio la expresión de ella—. ¿Qué pasa? ¿Qué he hecho ahora? —añadió con sorna, intentando relajar la tensión.

No lo consiguió, pues los ojos de Hermione se clavaron en él como puñales.

—Me gustaría saber una cosa, Malfoy —su voz era como un tímpano de hielo—: ¿en qué momento se te ocurrió que esto sería divertido? ¿Cuando creíste que sería una opción fácil en aquella discoteca? ¿Cuando te devolví, por alguna estúpida razón, aquel beso? —Hizo una pausa—. ¿O cuando los profesores pensaron que sería divertido apostar sobre si terminaríamos juntos y tú decidiste allanarles el camino?

Draco dio un paso atrás. «Mierda». Casi se había olvidado por completo de aquella estúpida apuesta. Maldito fuera Snape mil veces.

—¿Quién te ha dicho eso? —preguntó.

En el instante en que formuló la pregunta, se dio cuenta de que había empezado con mal pie. Tendría que haberlo negado de plano; ahora parecía completamente culpable.

Hermione cerró los ojos por un momento.

—Así que es verdad. No sé ni por qué me sorprendo.

—No es lo que crees —dijo Draco—. Sí que es verdad que Snape habló conmigo, pero no he cambiado porque quisiera que él ganara la apuesta. —Miró a Hermione con desesperación, pero ella había apartado la mirada—. Lo he hecho porque me he enamorado de ti.

Al fin lo había dicho: le había costado mucho admitirlo, pero ahora que veía que Hermione se alejaba, tal vez definitivamente, se había dado cuenta de que esa perspectiva le parecía abominable.

Antes de que pudiera añadir nada más, se vio despedido hacia atrás. Golpeó la pared a su espalda y cayó al suelo. Hermione estaba delante de él con la varita alzada. Se acercó a él y lo miró con desdén desde arriba.

—Cómo te atreves, Draco Malfoy. No vuelvas a dirigirme la palabra en lo que queda de curso. No me mires. No intentes buscarme. Ni pienses en mí, porque tú y yo hemos acabado, esta vez de verdad. Ya no habrá más traspiés por mi parte, no más «Puede que esta vez vaya en serio». No te acerques a mí nunca más. —Levantó la varita a modo de amenaza—. Recuerda que soy la bruja más brillante de nuestra generación; tú no eres el único que sabe cómo hacer daño.

Draco se quedó allí tirado, observando con incredulidad cómo Hermione se marchaba de allí.

Por primera vez en su vida, se dio cuenta de que ser Draco Malfoy no garantizaba el éxito en la vida; al fin y al cabo, acababa de perder a la chica de la que estaba enamorado, posiblemente para siempre.

··Hermione··

Hermione salió de aquella aula abandonada a toda prisa para así evitar que él la viera llorar. No se merecía sus lágrimas y ella desde luego no iba a permitir que supiera que aquello le dolía más de lo que debería.

Recorrió el pasillo con rapidez, sin mirar a los lados y con la cabeza gacha. No quería que nadie la viera hacer el ridículo de aquella manera. ¿Cómo había podido caer en el embrujo de Draco Malfoy, ella, que siempre se había jactado de ser una chica inteligente? ¿En qué momento un rostro atractivo y una apariencia de buenos modales la habían cegado de aquella manera?

Cuando llegó a las escaleras, pensó en ir a su sala común y esconderse en su habitación por una buena temporada, pero se lo pensó mejor y fue a la planta baja. Una vez allí, pasó de largo por el Comedor hasta llegar a la sala de profesores.

Abrió la puerta de golpe y se encontró con que solo había cinco profesores allí, pero tres de ellos eran los que le interesaban: Dumbledore, Snape y McGonagall.

Todos se quedaron mirándola.

—Solo he venido a decirles que creo que es muy poco profesional y muy cruel que jueguen de esta manera con los sentimientos de sus alumnos. Somos jóvenes, pero tenemos sentimientos igual que todo el mundo y un corazón que puede romperse. —Como nadie respondió, añadió—: Ah, y profesora McGonagall… Creo que puedo decir con total seguridad que ya puede entregarme el Premio Anual. —Miró a Snape—. Lo siento, profesor, parece que ha perdido su apuesta.

Y dicho esto se marchó, porque lo único que quería era estar sola, lejos de todo aquel mundo de intrigas y mentiras.