-N/A editada, 05/05/2019-


UNA RÁPIDA SUCESIÓN DE TERRIBLES INFORTUNIOS


CAPÍTULO 12: Fin de la historia

··Pansy··

La sexta planta eran el lugar favorito de Pansy. Casi siempre estaba desierta ―excepto por algún alumno de Ravenclaw que bajaba a toda prisa para ir a clase― y, además, estaba repleta de aulas que no se utilizaban. A veces, cuando quería estar sola o estudiar sin que nadie la molestara, acudía a una de aquellas aulas. Sus amigos ya se habían acostumbrado a que desapareciera durante varias horas, así que ya no hacían preguntas.

No era la mejor actividad del mundo para hacer un viernes por la tarde, pero Pansy no se quejaba.

Mientras recorría el pasillo hacia su clase favorita, la del final del pasillo a la derecha, oyó un repiqueteo leve. Frunció el ceño; ¿quién demonios se había atrevido a invadir su único sitio de paz? Se dirigió con decisión hacia la puerta desde donde procedía el ruido y la abrió de golpe, pero se detuvo en seco al ver a su ocupante.

―¿Qué haces tú aquí?

Harry Potter estaba reclinado en una silla, con las piernas encima de la mesa y haciendo malabares con un plumero entre los dedos. Tenía expresión de estar soberanamente aburrido.

―Buenos días, Parkinson. Tan amable como siempre, ¿eh? ―replicó él con sarcasmo.

Pansy torció el gesto, pero se sentó en otra silla e, imitando la postura de él, puso los pies encima de la mesa.

―Tú también te escondes, ¿a que sí?

Entre que Blaise se cabreaba cada vez que veía a la Weasley con Potter y que desde hacía casi una semana que Draco y Granger ni se miraban… Y claro, como Draco estaba de mal humor, eso influía en los demás. Había niños que ya no se atrevían ni a respirar cuando Draco estaba cerca.

Seguro que en Gryffindor vivían una situación similar.

―¡Como para no hacerlo! ―respondió Harry―. Esta mañana a Lavender se le ha ocurrido, con la mejor de sus sonrisas, preguntar a Hermione qué había pasado con Malfoy.

Pansy miró al moreno con emoción.

―¿Y bien? ¿La ha mordido? ¿Le ha tirado un libro a la cabeza? Oh, por favor, dime que le ha lanzado una Imperdonable… ―Normalmente, Pansy ni se preocupaba por la existencia de los de Gryffindor, pero es que Lavender Brown era como un grano en el culo.

―Lo curioso es que no: Hermione ni la ha mirado; se ha levantado y se ha ido sin decir nada.

―Vaya…

Aunque no hubieran intercambiado más de dos palabras, Pansy sabía que Hermione Granger siempre tenía alguna respuesta ingeniosa lista para cualquier insulto o provocación.

―¿Qué tal con Malfoy?

Pansy se encogió de hombros.

―Apenas hemos hablado. Se sienta, come, espera a que llegue la hora de ir a clase y se va. Se ha convertido en un alma en pena. Además, discutió con Theo y ahora no se hablan. ―Miró a Harry por un momento―. Oye, ¿crees que podrías…?

―Ni hablar. ―Harry, leyendo los pensamientos de la morena, levantó las manos y negó con la cabeza―. Ya tengo bastante con estar en medio de lo que sea que tengan Ginny y tu amigo. Lo siento, pero Hermione y Malfoy tendrán que arreglarlo solos, si es que pueden. O quieren.

―Ah, es verdad, que estás demasiado ocupado fingiendo que eres el perro faldero de Weasley ―replicó en tono mordaz.

Harry suspiró.

―Ni voy a negártelo, para qué.

Pansy se mordió el labio antes de confesar:

―Blaise lleva varios días insistiéndome para que haga lo mismo con él.

Era verdad: Blaise había tenido la brillante idea de que, si Ginevra Weasley podía darle celos fingiendo que salía con otro, él podía hacer lo mismo. Y la «afortunada» para interpretar el papel había sido Pansy. No, gracias, había dicho ella. Aun así, Blaise seguía insistiendo, hasta el punto que Pansy desearía ser sorda.

Harry se pasó una mano por el pelo.

―Lo que se hace por los amigos...

Pansy frunció el ceño.

―¿Por qué? ―Él la miró sin comprender―. ¿Por qué tenemos que meternos en todas estas mierdas? ¿Qué culpa tenemos de que no sepan arreglar las cosas como personas civilizadas?

El muchacho asintió, dándole la razón. Entonces se levantó de golpe, haciendo que la silla cayera hacia atrás.

―Ven, Parkinson.

Por una vez, Pansy no respondió con ningún comentario que dejara claro que con ella ese tono autoritario no funcionaba; Harry parecía demasiado decidido a hacer algo y ella tenía curiosidad por saber qué era.

―¿Qué idea revolucionaria has tenido, si puede saberse? ―Vale, a veces no podía evitar que el sarcasmo escapara de su boca.

Harry se giró a mirarla y sonrió.

―Vamos a liberarnos.

Pansy soltó una carcajada.

―¡Por fin muestras un poco de esa valentía que el Sombrero dice que tenéis!

··Harry··

Cuando Harry entró en el Gran Comedor, un par de personas levantaron la cabeza y lo miraron, extrañados porque hubiera llegado acompañado por Pansy Parkinson, pero los dos jóvenes se fueron cada uno a su mesa, así que todos volvieron a su cena sin dedicarles un solo segundo más de su tiempo. Lo que ellos no sabían era que Harry y Pansy tenían un plan.

Harry llegó a la mesa de Gryffindor, donde estaban todos sus amigos, y se plantó delante de Ginny.

―¿Puedes venir un momento?

Esta enarcó una ceja, pero lo siguió sin intentar hacer averiguaciones. Harry observó por el rabillo del ojo que Pansy hacía lo mismo con Blaise. Cuando salió del Comedor, siguió andando hasta casi el final del pasillo para evitar oídos curiosos.

―¿Se puede saber qué pasa? ―exclamó Ginny, cruzándose de brazos.

Harry inspiró hondo.

―Quiero cortar contigo.

La pelirroja, contra todo pronóstico, soltó una carcajada.

―Harry, no estamos saliendo de verdad ―señaló.

―Me refiero a que no quiero seguirte el rollo más ―aclaró él. Ginny frunció el ceño―. No sé qué problema tenéis tú y Zabini, pero no quiero estar en medio.

―Zabini y yo no tenemos ningún problema ―replicó ella en tono hosco―. Lo hago para quitármelo de encima.

―No ―corrigió Harry―. Lo haces porque te gusta y no quieres admitirlo, así que pretendes que no te importa su opinión, cuando en realidad lo único que quieres es que te preste atención y sufra viéndote conmigo. La verdad, no lo entiendo.

Ginny mantuvo su estoica expresión.

―¿Has acabado ya?

Harry suspiró.

―Te diría que no te enfades, pero ya lo estás, así que cuando quieras hablar de lo que sea, estaré por aquí.

Ginny dirigió rápidamente hacia las escaleras que subían a su Sala Común sin despedirse. Por el camino, se cruzó con Blaise Zabini, que también se dirigía a su Sala. Ni a Harry ni a Pansy pasó desapercibida la mirada intensa que se dedicaron.

Los dos que quedaban se acercaron.

―Bueno, pues supongo que ya está ―suspiró Harry―. No sé si hemos ayudado o empeorado las cosas, pero al menos la poción no nos salpicará tanto cuando el caldero explote.

―¡Mírate, Snape estaría orgulloso de esa metáfora! ―dijo Pansy con una sonrisa ladeada.

―Sí, y después me quitaría veinte puntos, seguro.

Los dos jóvenes rieron.

―Nos vemos mañana aquí a las once ―dijo Pansy antes de volver al Comedor.

―¿A las once? ¿Para qué?

La morena se giró una última vez y le guiñó un ojo mientras decía:

―Para celebrar esto en Hogsmeade, por supuesto.

No podía considerarse a aquello una cita, pero Harry debía confesar que hacía tiempo que no se sentía tan relajado con una chica. Entre que Hermione últimamente siempre estaba de mal humor y que Ginny se pegaba a él como una lapa cuando Zabini aparecía y después se marchaba, todo era muy raro. Era agradable poder pasar un rato sin tener que preocuparse porque alguien intentara matarlo o besarlo.

Volvían al castillo cuando vieron a diferentes grupos de estudiantes cuchicheando entre ellos. Pansy y Harry se miraron y pusieron los ojos en blanco.

―¿Qué demonios pasa ahora?

―Mira, por ahí viene tu amigo el pelirrojo. Por la cara que lleva seguro que él lo sabe ―señaló Pansy.

Ron se acercó medio corriendo hasta él. Estaba pálido.

―Nos vemos por aquí, supongo ―se despidió Pansy.

Harry se quedó mirando cómo su coleta se movía a medida que andaba, pero no pudo dedicarle mucho más tiempo, porque Ron empezó a decir cosas sin coherencia.

―Eh, eh, ¿qué te pasa? Vocaliza un poco más ―pidió Harry.

―La he cagado. Mucho ―dijo Ron―. Habían pasado varios días, así que pensé que no habría llegado a su destino, pero ahora…

―¿No había llegado qué? ¿Qué dices, Ron? ―Harry no entendía nada y la curiosidad empezaba a impacientarlo.

Ron lo miró con expresión de miedo.

Ellos están aquí.

··Hermione··

Hermione cerró el libro con un suspiro y apoyó la mejilla en un puño. Llevaba desde las ocho allí, pero apenas había conseguido pasar de las treinta páginas. Y eso en ella era algo insólito. Se puso a mirar por la ventana, a observar el bonito día que hacía fuera. Como desearía no estar allí en esos momentos… Sacudió la cabeza con furia. «¿Qué demonios te pasa, Hermione? ¿Desde cuándo te aburre aprender?», se recriminó.

Siguió estudiando, pero a los dos minutos cerró el libro con tanta frustración que el chico de Ravenclaw que tenía enfrente la miró con sorpresa y un poco de miedo.

Volvió a mirar por la ventana. Necesitaba pasar página; notaba que sus amigos la rehuían y no era justo que todos tuvieran que sufrir por una tontería. Bueno, tontería… ella seguía teniendo el corazón roto, pero se negaba a darle tanta importancia. Seguro que él ahora se estaba regocijando en cómo había conseguido engañarla.

Pensar eso le dolía más de lo que debería.

―Señorita Granger. ―Una voz interrumpió sus cavilaciones. Era Madame Pince―. El director Dumbledore me ha pedido que le diga que necesita que vaya a su despacho de inmediato.

Hermione le dio las gracias, recogió sus cosas y se marchó. ¿Qué habría pasado? La verdad es que, desde que había ido al despacho de profesores a cantarles las cuarenta, había estado temiendo las consecuencias; no se arrepentía de haberlo dicho, pero entendía que quizá se había excedido un poco…

Cuando llegó a la puerta del despacho de Dumbledore, vio que el hombre estaba esperándola allí.

―Buenos días, señorita Granger ―saludó el hombre con una sonrisa ligeramente divertida―. Lamento mucho tener que interrumpir su sesión de estudio, pero, dado que el asunto también la atañe a usted, he decidido que es mejor que esté presente.

―¿Presente para qué? ¿Qué ha pasado? ―preguntó ella.

Dumbledore se tomó un segundo para responder.

―Los señores Malfoy están aquí ―anunció.

A Hermione casi se le desencaja la mandíbula de la sorpresa. ¿¡Los Malfoy!? ¿¡Lucius y Narcissa Malfoy!? ¿Qué cojones hacían allí?

―¿Y por qué tengo que estar yo también? ―Tragó saliva. Sinceramente, no estaba de humor para soportar a la familia entera.

―Será mejor que lo descubra por usted misma ―respondió el director―. Tartaleta de fresa. ―Una vez dicha la contraseña, la puerta en forma de ave fénix se abrió, dejando paso a las escaleras―. Usted delante, querida.

A medida que subía, la voz familiar del señor Malfoy se hizo audible y, por cómo gritaba, no parecía nada contento.

―¿¡En qué estás pensando!? ―oyó Hermione que decía (más bien vociferaba)―. ¿¡Ella!? ¿¡En todo este maldito colegio no había nadie mejor con quien salir!?

Cuando Hermione entró en la habitación, Draco, que hasta ese momento había estado sentado en el escritorio de Dumbledore con expresión aburrida, se incorporó de golpe. Miró primero a Hermione con una expresión que esta no supo descifrar y luego entrecerró los ojos para mirar a Dumbledore.

―No hacía falta que ella estuviera aquí ―dijo.

Hermione torció el gesto por el tono que interpretó como desprecio.

―Coincido ―respondió con frialdad―. ¿Alguien puede explicarme qué está pasando? ―Miró al director.

Lucius Malfoy, que en ese momento tenía la mayor expresión de desdén que una persona puede poner, se adelantó.

―No sé, dímelo tú ―escupió―. Ayer recibimos una carta que decía que nuestro hijo había empezado una relación contigo. ―Lucius sacudió un papel en el aire mientras la miraba con los ojos entrecerrados―. ¿Al final has conseguido lo que querías, verdad?

Narcissa puso los ojos en blanco.

―Querido, creo que te estás excediendo…

―¡NO! ―bramó―. ¡No permitiré que mi único hijo, heredero de uno …! ¡No, de DOS linajes sangre pura que se remontan a siglos atrás…!

―Ya basta. ―Draco intervino en ese momento, antes de que su padre dijera todas las cosas ofensivas que Hermione estaba segura que iba a decir sobre ella. Draco la miró brevemente antes de seguir―. Ya has dicho todo lo que querías decir, ¿verdad? Pues puedes irte. ―Su padre le dedicó una mirada iracunda, pero Draco ni se inmutó―. Hermione y yo no estamos juntos. Y aunque yo quisiera, ella no quiere saber nada de mí, así que fin de la historia.

Dicho esto, se marchó de allí con paso tranquilo; Hermione desvió la mirada cuando pasó por su lado. Algo se había removido en su interior cuando él pronunció aquellas palabras, pero prefirió suprimir el sentimiento de duda.

Lucius Malfoy observó con incredulidad cómo su hijo lo dejaba con la palabra en la boca. Su rostro pasó de rojo de rabia a pálido de ira, pero antes de que pudiera decir nada, su esposa tiró de su brazo para obligarlo a marcharse.

―Ya está, querido, ahora ya puedes estar tranquilo. Será mejor que nos vayamos, seguro que el director Dumbledore quiere recuperar su despacho ―dijo en tono conciliador.

Lucius salió de allí a grandes zancadas; su mujer, en cambio, soltó un suspiro mientras se detenía enfrente de Hermione

―Lo siento mucho, querida. Mi marido se altera demasiado por tonterías. ―Se quedó pensando, con la mirada clavada en los ojos de Hermione―. Es una pena, sin embargo…

Cuando solo quedaron Dumbledore y Hermione, el hombre mayor dijo con sorna:

―Vaya, vaya, para ser una familia tan fina, tienen unos arrebatos dignos de una telenovela.

Hermione se llevó dos dedos al puente de la nariz.

―¿Por qué me pasan estas cosas? ―susurró.

Esa noche, mientras estaba en su cama, pensó en las últimas palabras de Draco: «Y aunque yo quisiera, ella no quiere saber nada de mí, así que fin de la historia».

¿Por qué su corazón no podía actuar acorde con su cerebro? ¿Por qué intentaba convencerla de que tal vez había algo más aparte de lo que ella creía saber?

«El amor es una mierda, digan lo que digan. Estaba mejor antes».