-N/A editada, 05/05/2019-
UNA RÁPIDA SUCESIÓN DE TERRIBLES INFORTUNIOS
CAPÍTULO 13: Exámenes, premios y bailes (y whisky de fuego)
··Hermione··
Como un condenado a muerte que ve que su final se acerca de forma inexorable, así se sentían los estudiantes de séptimo año respecto a los ÉXTASIS. La mayoría de alumnos tenía solamente siete exámenes (Astronomía, Encantamientos, DCAO, Herbología, Historia de la Magia, Pociones y Transformaciones), pero Hermione tenía también Aritmancia, porque aún no sabía qué hacer cuando terminara el colegio; no quería cerrarse puertas.
Las dos últimas semanas antes de los ÉXTASIS, que eran sin clases, fueron una locura. La biblioteca estaba abarrotada de alumnos de quinto, que tenían los TIMO, y los de séptimo. Hermione tenía que levantarse a las seis y media para poder pillar un buen sitio en la biblioteca. La gente estaba más tensa de lo habitual. Una alumna de quinto se echó a llorar un día, porque chocó con otro estudiante y se le cayeron todos los apuntes al suelo. Tuvieron que llevársela a la enfermería por un ataque de ansiedad.
Aquello era surrealista, y eso que todavía quedaban catorce eternos días hasta los malditos exámenes. Durante aquellas semanas, Hermione vivía por y para estudiar. Seguía un horario muy estricto de estudio: de siete de la mañana a doce de la noche, y vuelta a empezar.
Hasta que llegaron los exámenes.
Si alguien pidiera a Hermione que detallara con exactitud lo que hizo durante esos días, sería incapaz de responder. Lo único que recordaba con claridad era todo el estrés que sintió y el empeño que puso en responder a todo con total perfección.
Cuando salió del último examen, Ginny y Luna estaban esperando fuera (junto con todos los demás, que habían terminado media hora antes que ella) con una pancarta que rezaba: «¡Enhorabuena, Hermione!», en letras enormes. En el margen inferior, ponía: «A los demás… buen intento (y una carita sonriente)». Hermione soltó una carcajada, liberando así todo el estrés acumulado.
Ginny se acercó y la abrazó.
―Oficialmente ya has terminado Hogwarts. ¡Enhorabuena! ―exclamó.
―Bueno, todavía falta saber las notas… ―dijo Hermione, súbitamente preocupada.
Harry puso los ojos en blanco.
―Déjame adivinar: Extraordinario en Transformaciones, Extraordinario en Aritmancia…
―Extraordinario en Encantamientos… ―prosiguió Ron.
―¡Y no os olvidéis del Extraordinario en Pociones! ―exclamó Neville.
Todo el grupo rio.
―A ver, leoncitos, todos sabemos que estáis muy contentos, pero ¿podéis mover el culo? Vosotros y vuestra manía de estar siempre por en medio…
Blaise Zabini observaba al grupo con expresión hastiada. Draco lo acompañaba, pero este estaba demasiado ocupado pretendiendo que no existían. Luna y Neville se movieron hacia atrás, creando un pasillo para que pasaran.
Hermione se quedó mirando a los dos muchachos mientras se alejaban. Desde que discutieron, Malfoy ni la miraba. Sacudió la cabeza con rabia; ¿era lo que ella le había ordenado, no? ¿A qué venía ese sentimiento de opresión en el pecho?
Miró Ginny, que también se había quedado observando a los dos chicos. Cuando esta se dio cuenta de que Hermione tenía la mirada clavada en ella, carraspeó y se giró para hablar con Harry. Por suerte para todos (y como había predicho Harry), el enfado de la pelirroja duró poco y volvía a ser amigos como siempre.
―Bueno, chicos, me voy a mi habitación a descansar un rato ―dijo Hermione. El cansancio había atacado de golpe, dejándola exhausta.
―Voy contigo.
Hermione y Ginny subieron a su sala común y de ahí al dormitorio de Hermione. La castaña se tiró encima de su cama con un suspiro y cerró los ojos, pero volvió a abrirlos cuando oyó un baúl abrirse. Era el suyo, Ginny estaba mirando dentro con ojo crítico.
―¿Qué haces? ―preguntó Hermione.
―¿Qué vas a ponerte para el baile de fin de curso?
La muchacha se encogió de hombros.
―Traje un vestido que me compró mi madre. Creo que está al fondo del todo ―señaló.
Ginny sacó un vestido rojo de tirantes anchos, largo hasta las rodillas. La pelirroja enarcó una ceja, observándolo de arriba abajo. Miró a Hermione.
―Avísame mañana cuando vayas a vestirte ―dijo.
Hermione frunció el ceño.
―¿Para qué?
Ginny puso los ojos en blanco.
―Para evitar que te vistas como lo haría con trece años ―replicó―. Por cierto, ¿con quién irás al baile? ―preguntó.
La castaña se mordió el labio y se encogió de hombros.
―Todavía no tengo pareja ―confesó.
―¿¡Todavía no..!? ―exclamó la otra―. ¡Por Merlín, Hermione!
―¿Qué quieres que haga? Ron va con Lavender, tú se lo pediste a Neville, Harry no ha dicho nada, pero todos sabemos que irá con Parkinson, y Dean y Seamus van con las Patil. No me quedan muchas opciones, ¿no crees?
Ginny se quedó pensando durante unos segundos. Entonces, sin mediar palabra, se marchó de allí a toda prisa.
―¡No te preocupes, ya sé con quién puedes ir! ―exclamó antes de desaparecer escaleras abajo.
Hermione suspiró. A saber en qué lío la metía Ginny ahora. Cerró los ojos; estaba tan cansada…
Cuando despertó, ya era hora de cenar, así que bajó al Gran Comedor a toda prisa. Se sentó entre Lavender y Neville. La primera le dedicó una de sus miradas de «He escuchado un chisme sobre ti y quiero averiguar todo lo posible para seguir cotorreando» que tanto la caracterizaban.
―He oído que irás al baile con Cormac McLaggen.
Hermione parpadeó, incapaz de creer lo que estaba escuchando.
―¿Cormac..? ―Miró a Ginny, quien sonrió y enarcó una ceja―. Ah, sí. Eso parece. Dame un segundo…
Se levantó y buscó con la mirada a McLaggen. Cuando lo encontró, en la otra punta de la mesa, se acercó a él con paso decidido.
―¡Ah, Granger! ―saludó él en cuanto la vio―. Supongo que Ginny ya te ha dicho que vamos juntos al baile. ―Sonrió―. Nos vemos a las ocho en la Sala Común. ―La miró de arriba abajo―. Arréglate un poco, eh.
Hermione no pudo hacer otra cosa que asentir y volver a su sitio con expresión de contrariedad. Esperó a que terminaran de cenar para coger a Ginny por el brazo y arrastrarla fuera.
―¿¡McLaggen, en serio!? ¿No había otro? ―se lamentó.
―Queda un día para el baile, es lo mejor que he podido encontrar. Además ―sonrió de lado―, Cormac podrá ser un imbécil de mucho cuidado, pero está bueno. ¿No quieres darle celos a Malfoy? ―inquirió.
―¡No! ―replicó Hermione―. ¡Solo quiero…! ―Suspiró―. No sé lo que quiero, la verdad. Pero no quiero ir al baile con un tipo que solo va conmigo para molestar a Malfoy.
―Quieres no haberte peleado con Malfoy y que él te hubiera llevado al baile ―rectificó Ginny―. ¿He acertado?
―No ―espetó la castaña―. Ya lo dije: no quiero saber nada de él. Y a él se le da muy bien hacer como que no existo, así que…
Tal vez, si se hubiera fijado mejor, se hubiera dado cuenta de que unos ojos grises no se habían despegado de ella durante toda la cena.
··Draco··
Draco observó cómo Hermione se levantaba y se acercaba al otro lado de la mesa. Entonces, vio cómo Cormac se giraba para hablar con ella. Frunció el ceño. ¿Qué demonios hacía Hermione hablando con ese gilipollas?
―Me han contado que McLaggen va a llevar a Granger al baile. ―Daphne Greengrass, sentada enfrente de él, respondió a sus pensamientos.
Draco la miró.
―Dime, ¿cómo consigues enterarte siempre de todo? ―preguntó.
―Yo te lo diré ―intervino Pansy―: porque es una cotilla. Pero sí, tiene razón; yo también he oído el chisme. ―La morena se giró para observar a los dos gryffindor―. Y parece que es verdad.
Draco entrecerró los ojos. Se giró de golpe hacia su derecha.
―Astoria ―llamó. La muchacha, que estaba charlando con Bulstrode, lo miró sorprendida―, ¿ya tienes pareja para el baile?
Esta enarcó una ceja.
―No, pero creo que ya la tengo, ¿verdad? ―Draco asintió―. Pero, por favor, no me metas en tus líos con Gryffindor ―pidió.
Draco no respondió, sino que se limitó a volver a observar a Hermione. Ya había vuelto a su sitio y se limitaba a comer, sumida sus pensamientos. El rubio repasó sus facciones, que tanto se había acostumbrado a memorizar desde la distancia en las últimas semanas. Observó sus rizos enmarañados, su nariz estrecha, sus ojos, centrados en algún punto en el infinito. La costumbre que tenía de morder el tenedor y apoyar la cabeza en el puño izquierdo cuando pensaba.
Sacudió la cabeza. No podía seguir atormentándose de esa manera.
De repente, se sintió observado. Siguió con la mirada la mesa de los leones hasta la parte más a la derecha. Draco entrecerró los ojos; sus pupilas se volvieron hielo ardiente.
McLaggen.
El bateador de Gryffindor lo miraba con expresión de triunfo. Las comisuras de sus labios se elevaron hacia arriba con arrogancia en cuanto capturó la atención de Draco. Este sabía perfectamente lo que estaba pensando: «¿Quién ríe ahora, Malfoy? ¿Quién va a ir al baile con la chica que te gusta?» . La imagen de Hermione cogida del brazo de McLaggen pasó por delante de él. Apretó los puños.
Se levantó y salió del comedor a grandes zancadas. Era eso o darle una paliza a ese imbécil.
Cuando estuvo fuera, tomó una gran bocanada de aire y cerró los ojos, intentando calmarse. Un murmullo al final del pasillo llamó su atención.
Hermione estaba hablando con su amiga, la pelirroja.
Sin que pudiera siquiera plantearse lo que estaba haciendo, se acercó a ellas con paso digno. Se plantó delante de Hermione y enarcó una ceja.
―¿Así que McLaggen? ―preguntó.
Ella se cruzó de brazos.
―Te han informado bien.
Draco enarcó una ceja y sonrió con desdén.
―Suerte con ese gilipollas ―dijo antes de marcharse a su sala común.
―¡Tranquilo, ya tengo experiencia con los de tu especie! ―le gritó ella.
Draco no paró hasta llegar a la Sala de Slytherin. Ya allí, empezó a dar golpes a diestro y siniestro, hasta que no pudo más. Se sentó en el suelo, observando el desastre que había creado.
Hermione parecía tener razón: era un gilipollas.
Si el amor era aquello, prefería no tener esos putos sentimientos. Era más feliz cuando se comportaba como el cabrón que todos creían que era.
··Hermione··
―¡Ginny! ―Hermione llamó a la puerta de la habitación de su amiga.
Cuando abrieron, una Ginevra Weasley enfundada en un vestido largo verde oscuro, con el pelo recogido a un lado y completamente maquillada. La pelirroja apoyó un brazo en el marco de la puerta y la otra mano en la cadera.
―¿Qué te parece? ―preguntó.
―Wow ―es lo único que pudo decir Hermione.
El verde del vestido resaltaba su pelo rojo como la sangre y eso, combinado con el pintalabios rojo intenso, la convertían en una criatura de otro mundo. «Hermosamente letal», pensó Hermione.
―Me vale ―asintió satisfecha ella. Cogió a Hermione por el brazo y tiró de ella hacia su habitación―. ¿Las demás están aquí? ―preguntó.
―No ―respondió Hermione ―. Han ido a los baños de la cuarta planta a terminar de arreglarse ―explicó.
―Mejor, tenemos mucho trabajo que hacer.
Ginny convirtió el baúl de Lavender en un espejo de cuerpo entero ―«Seguro que no le importa», dijo ― y sentó a Hermione en otro. Esta observaba a su amiga con desconfianza a través del espejo.
―Vamos a ver qué podemos hacer con tu pelo… ―evaluó Ginny.
―¿Te has convertido en una peluquera experta de repente? ―inquirió Hermione con sorna . Miró la maraña que tenía por pelo―. Sí, lo sé ―suspiró―, mi pelo es un caos.
―Mentira. Lo que pasa es que no sabes aprovecharlo ―rectificó Ginny.
Empezó a trenzar por aquí, tirar de allá ―Hermione se quejó unas quinientas veces y se llevó un «Cállate» de Ginny quinientas y una veces― y en media hora, tenía el pelo de Hermione recogido en un moño alto.
Hermione se levantó y se acercó al espejo. Ladeó la cabeza, observando la maravilla que había conseguido su amiga.
―No, en serio, ¿desde cuándo se te da tan bien esto? ―repitió.
Ginny sonrió.
―Ya te he dicho que además de guapa y lista, también tengo muchos otros talentos. ―Volvió a su pose de profesional―. Venga, ponte el vestido y siéntate, que no hemos terminado todavía.
Fue a su habitación mientras Hermione se ponía el vestido y, cuando volvió, llevaba un estuche enorme lleno de maquillaje.
―No te pases ―advirtió Hermione, observando con temor cómo Ginny empezaba a sacar pinceles, sombras de ojos y delineadores.
―Calla y cierra los ojos ―ordenó su amiga.
Ginny empezó a aplicar polvos y cosas que Hermione ni reconocía. Paraba, empezaba a girar el rostro de Hermione hacia aquí y allá y proseguía con su labor, hasta que pareció quedar satisfecha con el resultado.
―¿Puedo ver ya qué has hecho?
―No. Necesito que te levantes, ¡pero no abras los ojos!
Hermione obedeció y se quedó muy quieta, pero dio un salto cuando notó que la tela de su vestido cambiaba de forma.
―¡¿Qué haces?! ―exclamó, abriendo los ojos de golpe.
Ginny sonreía. Le señaló el espejo.
Hermione se giró y lo que vio la dejó con la boca abierta. Era ella, pero… al mismo tiempo parecía otra persona distinta. Ginny le había pintado los labios con un tono rojo ligeramente más oscuro que su vestido, además de aplicar delineador y rímel negro sobre sus ojos, acentuar sus rasgos y aplicar un ligero colorete. Estuvo tentada de tocarse la cara para comprobar si era cierto lo que veía, pero se lo pensó mejor en el último momento: no quería estropear el maquillaje.
Miró hacia abajo. Su vestido, bastante soso antes, era ahora una preciosidad: Ginny lo había convertido en un vestido largo de noche, había alargado el escote hasta unos niveles casi escandalosos y había hecho que la tela se pegara a cada una de sus curvas (Hermione ni sabía que tenía tantas).
Ginny se acercó por detrás y apoyó la cabeza en su hombro.
―¿Quiénes van a ser las más guapas del baile? ―Hermione puso los ojos en blanco―. ¡Oh, venga, llevamos aquí una hora! ¡Lo mínimo que puedes hacer es darme la razón! ―protestó.
Hermione rio.
―Nosotras ―respondió finalmente, casi creyéndoselo―. Es casi la hora. ¿Vamos?
Las dos chicas bajaron a la Sala Común, dónde sus parejas ya estaban esperándolas. Hermione observó a McLaggen de espaldas. La verdad era que el chico era bastante atractivo. Alto, espalda ancha, pelo rubio oscuro y una mandíbula con la que soñaban varias chicas del colegio. Lástima que fuera un verdadero idiota.
Hermione carraspeó.
―Ya era hora, Granger, ya pensaba que… ―McLaggen empezó a protestar, pero calló cuando la vio―. ¡Joder! ―soltó.
Hermione sonrió para sus adentros, porque en el fondo, aunque lo negara, también le gustaba que la adularan de vez en cuando.
―Gracias ―dijo, enlazando su brazo con el de Cormac―. ¿Vamos al Comedor? ―preguntó.
Cuando bajaron, casi todo el mundo ya estaba allí. Varias personas se quedaron con la boca abierta cuando las vieron aparecer. Ginny se acercó a Hermione.
―No me des las gracias ―susurró con una sonrisa vanidosa.
··Draco··
Draco tomó otro trago de ponche. Torció el gesto; demasiado dulce para su gusto. Estaba verdaderamente tentado a pedirle un trago a Blaise de la petaca que escondía en el bolsillo interior de su chaqueta.
Miró a sus amigos. El único que parecía feliz era Theo, que charlaba animadamente con Luna, olvidándose completamente del mundo a su alrededor, y Pansy, que estaba en un rincón con San Potter. Blaise también charlaba con Daphne (su pareja), y Astoria (la de Draco), pero él sabía bien que su amigo hubiera preferido estar con otra persona. Como él.
En fin.
En un momento dado, Astoria desvió la mirada y dio un codazo a su hermana. Daphne miró hacia la puerta, a espaldas de Draco, y soltó una carcajada.
―Esto se pone interesante ―dijo.
Blaise, siguiendo la mirada de las dos rubias, observó qué era aquello que tanto les había llamado la atención.
―Mierda ―masculló. Sacó la petaca y echó un largo trago, sin siquiera disimular que había metido alcohol de forma ilegal en el baile.
Draco fue el último en girarse. Ginevra Weasley llevaba un vestido verde (muy verde Slytherin, por cierto) largo de satén, con un corte hasta medio muslo.
Pero no fue ella quién le arrancó un jadeo ahogado.
Hermione era la chica más hermosa que Draco hubiera visto nunca. Se deleitó con la visión de aquel vestido rojo sangre, que marcaba su esbelto cuerpo, dejando muy poco a la imaginación. Cormac sonreía, orgulloso de llevar a su lado tal belleza.
Se maldijo. ¿Por qué demonios tenía que estar tan guapa e ir del brazo de aquel hijo de perra asqueroso?
―Dame un trago ―pidió a Blaise, quien le tendió la petaca.
Draco se bebió todo el contenido con tres tragos. Cuando terminó, le ardía la garganta, pero pensó que, con un poco de suerte, terminaría tan borracho que no le dolería nada de lo que viera.
La gente empezó a desperdigarse por todo el Comedor, alrededor de las mesas con comida y bebida que habían colocado. Pasado un tiempo, Albus Dumbledore exigió la atención del público.
―Bien, como todos sabemos, otro curso termina. Los alumnos de séptimo han realizado ya sus ÉXTASIS… ―Hubo un vitoreo colectivo de júbilo por parte de los de último año― y ahora toca entregar los Premios Anuales. Minerva, por favor.
Draco observó con interés cómo la profesora McGonagall abría el sobre con los premiados.
Había estado tan absorto en sus propios pensamientos hasta ese momento, que no se había percatado que su pareja, Astoria Greengrass, se había marchado hacía un rato y acababa de volver a su lado.
··Hermione··
Hermione contuvo el aliento cuando McGonagall sacó un papel del sobre, olvidándose de repente de la conversación tan rara que acababa de mantener. La profesora esperó hasta que el primer nombre apareciera escrito (el proceso se hacía mediante magia) y carraspeó.
―El primer Premio Anual es… ―Un segundo de pausa dramática― ¡Hermione Jean Granger!
―Qué novedad ―murmuró McLaggen. Entonces, se giró hacia ella y le dio un beso en la mejilla ―. Enhorabuena.
Hermione lo miró, medio asqueada, pero disimuló rápidamente y le dio las gracias antes de subir dónde estaban los profesores.
Estrechó la mano, primero del director, y después del resto de profesores, quienes, en mayor o menor medida, le dieron la enhorabuena. La última fue McGonagall.
―Enhorabuena, querida ―dijo la mujer―. Te lo mereces.
Hermione asintió con una sonrisa, y esperó a que Minerva pronunciara el nombre del segundo ganador. En aquel momento, se quedó petrificada, pues sabía perfectamente quién se llevaría el puesto.
―¡El segundo ganador es Draco Lucius Malfoy!
Hermione observó cómo Malfoy seguía el mismo camino que ella y subía a la plataforma. Cuando terminó de recibir todas las felicitaciones, se quedó a una distancia prudencial de Hermione. Los dos se removieron incómodos en su puesto, sin saber bien qué hacer a continuación.
―Felicitaos, queridos. Un poco de educación ―reprendió McGonagall en voz baja.
Hermione se giró hacia él, quien ya había alargado la mano; el contacto duró apenas dos segundos.
―Ahora, ya que tenemos a un chico y a una chica ―anunció Dumbledore―, ¿por qué no abren ellos el baile?
Hermione abrió mucho los ojos, sorprendida, y masculló una maldición por lo bajo. Miró al chico de nuevo, pero este se limitó a devolverle la mirada, imperturbable, y a tenderle una mano. Hermione se la cogió y los dos se situaron en el centro de la pista.
La música empezó a sonar. Draco colocó suavemente una mano en la cintura de ella, mientras Hermione apoyaba una mano en su hombro.
Permanecieron en silencio los primeros treinta segundos del baile. Entonces, Hermione, incapaz de permanecer más tiempo callada, soltó:
―Astoria ha venido a hablar conmigo.
Draco la miró con los ojos entrecerrados.
―¿Ah sí? ―se limitó a responder ―. No puedo imaginarme de qué habéis hablado. No tenéis nada en común.
Hermione lo miró, dolida. Decidió que no valía la pena responder. Que tal vez Astoria se había equivocado o solo intentaba burlarse de ella.
Aun así, no pudo permanecer callada.
―Tienes razón. No todas nacemos con unos atributos tan perfectos ―espetó―. Aunque creo que en una cosa coincidimos: a las dos conseguiste hacernos creer que eres mejor de lo que en realidad eres.
Draco la miró con curiosidad.
―¿A qué te refieres? ―dijo, mientras la hacía dar una vuelta sobre sí misma.
―¿Quieres saberlo de verdad? Me ha pedido que hablara contigo. Que te diera una segunda oportunidad ―explicó.
El rostro de Draco cambió de golpe. La miró, casi anhelante.
―¿Y tú qué le has respondido? ―dijo, pegándose más a ella de forma inconsciente. Hermione no trató de alejarse.
―Que he oído tantas versiones de ti que ya no sé qué creer ―respondió.
―Quizás deberías fiarte de lo que escuches por ahí ―dijo él. Hermione frunció el ceño, sin comprender―. El problema es que tienes miedo de admitir que puedes haberte equivocado y que hay mucho más de lo que crees saber.
Hermione abrió la boca para responder, pero la música acabó en aquel momento y Draco rompió el contacto con ella. Hizo una reverencia y se marchó, dejándola sola en medio de la pista de baile.
Hermione frunció el ceño.
«Draco no es el mismo desde que discutisteis. Sé que siempre aparenta tenerlo todo bajo control, pero la realidad es que está muy perdido», había dicho Astoria.
¿Y si era verdad?
··Draco··
Después de bailar un par de piezas con Astoria, quien fingió que no había hablado con Hermione, Draco se quedó justo al lado de Blaise, quien, sin saber bien cómo, ya se había rellenado la petaca.
―¡Theo! ―llamó Blaise―. ¿Tienes eso que tú y yo sabemos? ―preguntó.
Theo, que se había separado (¡por fin!) de Lunática, sonrió.
―¿Crees que soy un aficionado? Ya está todo preparado.
Draco miró a sus amigos con escepticismo.
―¿Qué habéis hecho esta vez? ―inquirió.
―Nada. ―Theo puso cara de no haber roto nunca un plato―. Solo somos dos pobres estudiantes de último año que quieren pasárselo bien en su última noche en el colegio.
―Han metido el equivalente al Lago Negro en whisky dentro del colegio. Lo tienen escondido en el lago ―resumió Pansy, que se había acercado, cogida de la mano de Potter.
―Tú ―Blaise señaló al gryffindor―, como digas algo, no llegas vivo a tu casa mañana.
Potter se colocó bien las gafas y enarcó una ceja; el chico no se amedrentaba por casi nada.
―¿Me ha parecido oír que estamos todos invitados? ―respondió.
Theo suspiró.
―Supongo que ahora ya sí.
―Perfecto ―sonrió Potter.
La fiesta se alargó hasta medianoche.
―Bueno, queridos alumnos ―dijo el director―, he de decir que ha sido un placer teneros aquí durante siete años. Ahora, toca irse a dormir. ―Recibió un abucheo―. ¿Quién ha dicho que sea una orden? ―Miró a los alumnos, sonriendo, y añadió ―: Buenas noches, queridos.
Acto seguido, todos los profesores se marcharon.
Blaise dio un codazo a Draco.
―Vamos ―indicó.
Medio colegio ―al menos, los de los tres últimos cursos, a los demás Blaise los había mandado a dormir entre gritos y amenazas― estaba en el Lago. Muchos se habían lanzado a las aguas heladas, y fueron lo suficientemente afortunados como para no atraer al calamar gigante. Hasta él sabía que era el último día de curso.
Todos empezaron a beber. Draco cogió una botella de whisky para él solo y se sentó con la espalda apoyada en el tronco de un árbol. Sus amigos habían ido desapareciendo gradualmente: Theo se había marchado hacía un buen rato con Lovegood, Pansy y Potter ni habían aparecido por el lago y había visto a Blaise marcharse media hora antes, cogido de la mano de cierta pelirroja.
Cerró los ojos y pegó otro trago. Ya se había bebido más de media botella en apenas diez minutos, así que, cuando abrió los ojos y vio el vestido rojo de Hermione delante de él, creyó que era producto del alcohol.
―¿Granger? ―preguntó después de frotarse los ojos y ver que la chica seguía allí―. ¿Qué haces aquí? ―preguntó.
Hermione sonrió vagamente y se llevó un dedo a los labios.
―Sin preguntas ―dijo, arrastrando las palabras.
Estaba borracha.
Se acercó a él y le tendió una mano.
Draco la miró a los ojos. No entendía qué demonios estaba pasando, pero, desde luego, aquella chica iba a volverlo loco.
Sin embargo, aquella locura le sabía muy dulce, así que cogió la mano de la chica y se dejó guiar.
··Hermione··
―Ya tenemos plan para luego ―susurró Harry.
Ginny los miró a él y a Pansy con una ceja enarcada.
―No queremos saber si vais a ir a enrollaros por ahí, Harry. Podemos vivir perfectamente sin esa información.
―Un plan conjunto, idiota ―respondió este.
―Tenemos alcohol escondido en el lago ―explicó Pansy.
Hermione la miró con los ojos como platos.
―¡Pero eso es ilegal! ―exclamó.
―¿Y qué van a hacer? ¿Expulsarnos? ―respondió la morena con una carcajada.
―Ya me caes mejor, Parkinson ―dijo Ginny.
Cuando Dumbledore dio la fiesta por terminada, todo el grupo salió al patio. Hermione hizo ademán de volver adentro, pero Ginny la detuvo.
―¿Qué haces?
―Cambiarme, obviamente. ¿No querrás ir así?
Ginny le dio un golpe en la frente.
―¡Eres bruja, tonta! ¡Aplícale mañana un hechizo limpiador y listos! De verdad, que te hayan dado el Premio Anual… ―masculló.
―Relájate, Hermione ―intervino Harry―. Es nuestra última noche aquí, disfruta. Nos lo hemos ganado.
―Unos más que otros, vago ―replicó Parkinson con una sonrisa.
Todos los de Gryffindor de séptimo se dirigieron juntos al Lago, donde Blaise y Theo estaban ya repartiendo botellas de alcohol. Hermione cogió una con gesto de asco; la última vez que había bebido, las cosas se habían puesto muy raras.
Observó la tensión con la que Zabini y Ginny se miraron cuando este le dio una botella. Se dijo que tendría que hablar con su amiga; era hora de solucionar muchas cosas.
«Pero eso luego», pensó. «Ahora toca beber».
Y eso hizo. Cuando llevaba tres cuartos de botella ―«Mmm, el whisky no está tan malo como creía»―, decidió que era un buen momento para tener una de esas charlas importantes entre amigas.
―Ginny ―llamó―, ven, quiero hablar contigo.
Las dos amigas se alejaron del grupo.
―Vas muy borracha, ¿lo sabes? ―dijo Ginny, quien había bebido, pero no tanto como ella.
―Eso da igual ahora ―dijo la otra. La cogió por los hombros y la miró muy seria a los ojos―. Escúchame: creo que deberías darle una oportunidad a Zabini. Creo que en el fondo es un buen tipo y aunque te mintiera y sea un poco cabrón a veces, estás enamorada de él.
Ginny soltó una carcajada.
―¿Seguro que hablamos de mí? ―preguntó, cruzándose de brazos―. ¿Y qué me dices de ti? ¿Cuándo piensas reconciliarte con Draco?
Hermione se quedó pensando, aunque era una actividad bastante difícil con tanto alcohol en el cuerpo.
―Ahora mismo, creo. ―Se alejó dos pasos, pero volvió―. Pero prométeme que hablarás con Zabini.
―Que sí, venga, tira ―respondió la pelirroja, empujándola.
Hermione buscó a Draco por todas partes, hasta que una de las Greengrass ―no sabría decir cuál ― le señaló una figura sentada entre los árboles.
La castaña se acercó con paso vacilante.
Había hecho falta que se emborrachara como una cuba para admitir que, en el fondo, estaba enamorada de Draco Malfoy.
Además, había decidido que quería acostarse con él aquella noche.
