-N/A editada, 21/05/2020-


UNA RÁPIDA SUCESIÓN DE TERRIBLES INFORTUNIOS


CAPÍTULO 16: Ser padre no es fácil

―¡Me da igual, no lo quiero aquí!

―¿¡Quieres hacer el favor de hablar más bajo!?

Hermione se encogía más y más con cada susurro a voces de sus padres. Draco estaba sentado a su lado en el sofá, con expresión impertérrita. Él estaba más acostumbrado a oír gritos en su casa. No por su madre, ella siempre decía que una dama nunca levantaba la voz, sino por su padre, que siempre encontraba motivos para gritarle.

Ella alargó la mano y estrechó con cariño la de él, sacándolo de los turbios pensamientos en los que se había sumido. Draco esbozó una sonrisa forzada.

―No tendría que haber venido. Lo siento ―dijo.

Hermione negó rápidamente con la cabeza.

―No hagas caso a mi padre. Ya sabes lo que dicen: perro ladrador, poco mordedor. ―Draco la miró sin comprender, haciendo que ella riera. A veces se le olvidaba lo cerrado al exterior que era el mundo mágico.

―En el fondo lo entiendo: a mí tampoco me gustaría que el novio de dos días de mi hija se presentara en casa, sin un lugar donde caerse muerto. ―Soltó una risotada amarga―. Tendría que haberle pedido dinero a Blaise…

Hermione suspiró. Era increíble que justamente la influencia que tenían los Malfoy fuera también una cruz; ninguno de los padres de los amigos de Draco se atrevía a acoger a Draco y correr el riesgo de enfrentarse a Lucius Malfoy. Draco había probado con el señor Nott, los Goyle, los Crabbe y la señora Zabini, pero los tres últimos habían argumentado que no podían acogerlo, porque se iban (cosa que Draco sabía que en algunos casos no era cierta) y, en el caso del señor Nott, le había dicho abiertamente que él no pensaba meterse en una guerra padre-hijo.

Los pasos de los padres de Hermione interrumpieron lo que fuera que ella quería decir a continuación. La muchacha tragó saliva al observar la expresión impenetrable de su padre. Lanzó una mirada nerviosa a Draco, pero este miraba al frente. Sus manos seguían enlazadas, cosa que Adam no observó con buenos ojos. Aun así, ninguno de los dos se soltó.

Margaret carraspeó.

―¿Qué te parece si te das una ducha y te cambias de ropa, Draco? Seguro que Adam ―lanzó una mirada significativa a su marido― puede prestarte algo de cuando era más joven y estaba más delgado.

El padre de Hermione soltó un gemido ofendido.

―Yo estoy igual que siempre ―gruñó.

―Pues tu barriga no opina lo mismo ―replicó su mujer, empujándolo por los hombros para que fuera a buscar algo que prestarle al chico.

Hermione soltó un suspiro de alivio apenas audible. Al parecer, era su madre quien había ganado la discusión. Adam Granger podía parecer muy testarudo, pero siempre cedía ante su esposa. Mejor para todos ―bueno, menos para su padre.

Hermione se levantó, tirando del brazo de Draco.

―Ven, te acompaño.

A medida que subían las escaleras, Draco iba fijándose en todos los rincones de la casa. Desde las fotos en la repisa de la chimenea hasta las paredes de un amarillo pastel, todo denotaba lo cálida y acogedora que era. No podía rivalizar en nada con su mansión, pero allí todo era demasiado aséptico.

Ahora se daba cuenta.

Pasaron por delante de la habitación de Hermione. Draco se detuvo y echó un vistazo al interior. La habitación se componía por una cama en el centro, una mesilla de noche, un armario (que Draco estaba seguro que no tendría ni la mitad de ropa si por Hermione fuera) y tres estanterías repletas de libros. Muchos libros.

―Sabía que eras una rata de biblioteca, no que los devorabas ―señaló―. Seguro que terminarás arruinando a tus padres.

Hermione enarcó una ceja.

―Estás a una queja más sobre mis hábitos de lectura de dormir en el jardín ―amenazó.

Hermione lo guio hasta la última puerta del pasillo, el baño. No era muy grande ni nuevo ―no comparado con su casa, por supuesto―, pero era todo lo que necesitaba en aquellos momentos.

―Si necesitas cualquier cosa, estaré en mi habitación.

Draco se giró y la miró. Ella lucía una sonrisa cálida en el rostro, mezclada con un poco de lástima ―no una muy evidente, pero sí la justa para que Draco se diera cuenta. Se había presentado en su casa apenas un día después de que Hermione contara a sus padres que estaban juntos y ahora tenía que soportar la discusión con ellos sobre su relación ―esto no lo sabía a ciencia cierta, pero lo intuía―, además de acogerlo y dar la cara por él.

―Gracias ―susurró.

A pesar de que empezaba a conocerlo realmente, Hermione seguía sin acostumbrarse a no ver al Draco pasota y altivo al que estaba acostumbrada.

―Venga, métete en la ducha ―dijo esta, empujándolo.

Draco esbozó una sonrisa pícara, pero justo cuando abrió la boca para replicar con un «¿Quieres acompañarme?» o algo por el estilo, alguien carraspeó notablemente. Era el señor Granger, que traía la ropa para Draco.

Se la tendió sin decir palabra y, tras lanzar una mirada de advertencia a su hija, se fue escaleras abajo.

Hermione puso los ojos en blanco.

―No sé si ha sido buena idea venir ―reflexionó Draco ―. Me da miedo no salir vivo de esta.

―Tranquilo, si Harry sobrevivió a siete años con Snape, tú puedes con mi padre. ―Hermione le guiñó un ojo antes de cerrar la puerta del baño.

Hermione volvió a su habitación y cogió un libro para pasar el rato mientras el rubio se duchaba, pero no consiguió pasar de la cuarta línea. Si por ella fuera, iría inmediatamente a hablar con los Malfoy y reprocharles a gritos lo malos padres que eran, pero sabía que lo único que conseguiría sería empeorar la situación. No, era Draco quien debía decidir qué hacer respecto a ellos.

Seguía en sus cavilaciones cuando oyó que la puerta del baño se abría. «O él se ducha muy rápido o yo pienso demasiado», pensó.

―Ni se te ocurra reírte, Granger ―advirtió Draco desde el pasillo.

Cuando apareció en la puerta su habitación, a Hermione casi se le cae la mandíbula inferior. Pese a que la ropa de su padre era de cuando el hombre pesaba quince quilos menos, seguía siendo enorme para el esbelto cuerpo de Draco. Llevaba unos pantalones vaqueros con las rodillas medio desgastadas y una camiseta blanca con el logo de Guns N' Roses, recuerdo de la época pre-mozartiana de su padre. Después de haberlo visto siete años con uniforme o traje negro ―siempre negro, qué manía tenían los ricos con el negro ―, verlo con esa ropa lo hacía parecer mucho más joven y más… normal. Más mundano.

Pero lo mejor era su cara de evidente incomodidad. Hermione se mordió el labio para no reír.

―Estás… muy guapo ―dijo finalmente.

―Tú cíñete a estudiar y déjanos las mentiras a los demás ―replicó él, metiendo las manos en los bolsillos. Era evidente que se sentía extraño con aquella ropa. Hermione dudaba mucho que su piel hubiera tocado nunca una tela de tan «mala» calidad.

―Anda, vamos a cenar.

Cuando bajaron, los señores Granger estaban terminando de poner los cubiertos en la mesa. Margaret se giró hacia los jóvenes.

―¡Ah, veo que la ropa no te está tan mal del todo! ―rio―. Espero que te guste la ternera asada.

―Por supuesto, señora. En mi casa me han enseñado a comer de todo.

―Seguro que sí ―respondió el señor Granger con todo el sarcasmo que pudo.

Draco se limitó a sonreír, y cuando Hermione lo miró con escepticismo, susurró:

―¿Qué? ―se excusó―. Es lo que la gente de clase media dice en estas situaciones, ¿a que sí?

Se sentaron a la mesa. Hermione se situó rápidamente entre Draco y su padre, dejando a su novio al lado de su madre, que tenía un carácter mucho más amistoso con el chico. Se sirvieron la comida y, cuando Draco se llevó el tenedor a la boca y masticó el primer mordisco, soltó un ruidito de admiración.

―¡Está delicioso, señora Granger!

Margaret sonrió, complacida y pagada de sí misma. Hermione sonrió para sus adentros; cuando Draco quería podía ser todo un encanto. Ya se había ganado a su madre con apenas una frase.

Su padre, por desgracia, era harina de otro costal.

―¿Quién cocina en tu casa, Draco? ¿Tu madre? ―preguntó la señora Granger, que interceptó la mirada de ansiedad de su hija.

Draco negó con la cabeza, ligeramente incómodo.

―Los elfos domésticos se ocupan de todo.

―¿Trabaja?

Draco volvió a negar con la cabeza.

―Vaya por Dios, qué duro debe de ser rico ―murmuró el señor Granger con retintín.

Antes de que Draco respondiera a la provocación, sonó el timbre.

―¿Vas tú a abrir? ―preguntó Margaret a su marido.

Adam se levantó de mala gana.

―¿Algún otro amigo tuyo que también quiera asilo, Hermione? Al paso al que vamos, esta casa va a parecer un hotel…

Hermione y Draco se miraron, temerosos de quién pudiera ser. Draco tragó saliva, rezando internamente porque no fuera quién él creía. Oyó abrirse la puerta principal y un intercambio de palabras demasiado bajo para entender nada.

El señor Granger volvió a aparecer en la cocina.

―Draco, es para ti. Tus padres ―añadió, no muy contento.

Draco se levantó y fue reuniendo el valor necesario para enfrentarse a Lucius Malfoy a medida que avanzaba hacia la puerta.

Primero vio a su madre, que se relajó visiblemente al verlo. La mujer le sonrió, pero seguía teniendo expresión angustiada.

Su padre era otro cantar. Lucius tenía la mirada clavada en el lindar de la puerta. Desde el mentón alzado hasta la mano que apretaba con fuerza el bastón, todo indicaba que seguía tremendamente cabreado. Seguramente su madre había tenido que sacar su lado más carismático para convencerlo de rebajarse e ir hasta allí.

Se quedó a un paso de la salida y cruzó los brazos. Él no sería el primero en hablar.

―Por el amor de Merlín, ¿¡es que pensáis quedaros ahí plantados sin decir nada!? ―exclamó Narcissa, que ya había perdido la paciencia―. ¡Parecéis niños pequeños! ―dijo, llevándose dos dedos al puente de la nariz.

Lucius miró a su esposa, airado, pero decidió que sería mejor quitarse aquello de encima. Y cuanto antes, mejor; no quería tener que soportar a una Cissy de morros ni un segundo más. Su mujer podía ser bastante terrible si se lo proponía.

―Tu madre y yo hemos estado hablando y hemos decidido que… ―Ante la ceja enarcada de Narcissa, clara señal de que ese plural estaba mal empleado, Lucius se corrigió―. He decidido que puede que haya sobreactuado un poco.

―Un poco ―repitió Draco.

―No juegues conmigo, Draco ―siseó su padre. Carraspeó. Parecía que tenía el discurso ensayado, así que el joven decidió esperar a ver qué tenía que decir―. Como decía, creo que lo mejor será que vuelvas a casa y solucionemos esto como personas civilizadas.

―No pienso dejar a Hermione solo porque a ti no te guste ―advirtió Draco.

Su padre apretó los dientes, pero no dijo nada.

―El tiempo dirá. ―Narcissa le dio un codazo―. Bueno, vámonos.

Se dio la vuelta para irse, pero Draco no se movió del sitio.

―Es de mala educación irse en medio de una cena. ―Se acercó a su madre y le dio un beso en la mejilla ―. Volveré en cuanto terminemos de cenar. La señora Granger ha preparado una ternera asada con patatas que está para chuparse los dedos. Adiós.

Y le cerró la puerta a su padre en las narices.

Seguramente su madre tenía razón y se comportaban como niños, pero qué bien le había sentado ese pequeño gesto de rebeldía.