¡I'M HERE, BITCHES! CREÍA QUE NUNCA IBA A CONSEGUIRLO, PERO POR FIN HE ESCRITO EL ÚLTIMO CAPÍTULO.


Epílogo, parte II

··La fiesta··

Hermione se secaba las lágrimas con un pañuelo de Draco mientras este esperaba pacientemente ―bueno, no tan pacientemente, pero se había resignado hacía media hora― a que su esposa dejara de llorar como una posesa.

―¿Qué le pasa? ―preguntó Ginny, mirando de reojo la enorme tripa de Hermione.

Hermione abrió la boca para hablar, pero la asaltó otro sollozo y Draco habló por ella.

―Se ha emocionado por lo bonita que ha sido la ceremonia ―dijo, poniendo los ojos en blanco.

Hermione, que lo había visto, le dio un puñetazo en el brazo.

―Es culpa de las hormonas ―se justificó, sonándose la nariz―. Quiero que los bebés nazcan ya. ―Entrecerró los ojos y miró a su marido.

―¿Qué quieres que haga yo? ―se defendió este. Se inclinó hasta que su cabeza quedó a la misma altura de la barriga de Hermione y susurró―: Salid ya, por favor. Estoy empezando a temer por mi vida.

Ginny y Blaise rieron mientras Hermione soltaba maldiciones por lo bajinis contra su esposo.

―Todo lo que tienes de guapo lo tienes de imbécil.

Draco hizo una reverencia.

―A este imbécil le encantaría que le hicieras el honor de bailar con él. ―Dicho esto, le tendió una mano, que Hermione aceptó encantada.

―Quiero ver cómo se las apañan para bailar con esa tripa ―musitó Blaise, pero no lo suficientemente bajo como para que Hermione no lo amenazara de muerte con la mirada.

A pesar del embarazo de casi ocho meses, Draco supo cómo conducir a su mujer por la pista de baile. Por fin le veía sentido a todas aquellas horas invertidas en perfeccionar el «sutil arte de la danza de salón», como llamaba su madre a tenerlo de arriba para abajo en el salón de bailes de la mansión de los Malfoy. Draco tomó nota mental de no volver a cuestionar nunca las enseñanzas de Narcissa.

Hermione desvió la mirada hacia su mejor amigo y su recién proclamada esposa y sonrió.

―No puedo creerme que Harry se haya casado ―suspiró.

Draco enarcó una ceja.

―A mí lo que me sorprende es que Pansy se haya casado ―señaló―. Todavía recuerdo cuando Potter se lo pidió.

Hermione rio.

―Pansy lo tuvo esperando diez segundos de rodillas, en completo silencio, mientras contemplaba el anillo.

―Con su típica ceja enarcada, a lo «No sé si quiero hacerte el honor de dejarte ser mi marido».

―¿Rememorando nuestra infame pedida de mano? ―preguntó una voz. Harry y Pansy se habían acercado a ellos.

―Admítelo ―dijo Pansy―: creías que iba a decirte que no.

Harry asintió, apesadumbrado.

―Hasta aposté en mi contra en la porra que hicimos ―confesó.

Pansy esbozó una sonrisa perversa.

―Lo sé. En el fondo te dije que sí porque así ganaba yo la apuesta.

Hermione puso los ojos en blanco.

―Vaya par de románticos estáis hechos.

―No como vosotros ―replicó la novia―. Todo el día siendo unos empalagosos. Si me hubieran dicho en el colegio que Draco iba a volverse así, lo hubiera ahogado en el Lago Negro a tiempo.

―¿Cambiamos de parejas? ―sugirió Draco, tendiéndole una mano a su amiga―. Quiero ver cuánto diabetes eres capaz de aguantar antes de cruciarme en tu propia boda.

Con un giro elegante, Draco y Pansy empezaron a moverse por la pista. La verdad era que Pansy lucía radiante. Nunca había sido muy expresiva, pero tenía un brillo especial en los ojos que delataba su felicidad.

Pansy observó la expresión con la que lo miraba su amigo y puso los ojos en blanco.

―Deja de mirarme así.

Draco se encogió de hombros y sonrió.

―¿Qué puedo decir? Me he ablandado con los años.

Pansy esbozó una sonrisa ladeada.

―¿Quién nos lo iba a decir, eh? Que nos pasaríamos al bando de los «héroes».

El rubio puso cara de ofendido.

―¿Qué quieres decir con eso? Yo ya soy un héroe. ¿O has olvidado que me dieron una medalla por salvar a aquella gente?

―¿Cómo olvidarlo? ―suspiró Pansy―. Estuviste semanas presumiendo del puto premio.

Draco sonrió, melancólico.

―Ah, qué orgulloso estoy de mí mismo.

Siguieron bailando mientras hablaban sobre la luna de miel (Pansy había conseguido, casi obligado, a Harry a cogerse dos semanas de vacaciones para irse a París), los invitados (y lo horteras que iban algunos) y la fiesta en general.

Hasta que Hermione los interrumpió.

―¿Draco? ―llamó, con voz trémula.

Su marido, que en ese momento estaba riendo por algo que había dicho Pansy, mudó de cara inmediatamente al ver el charco que se había formado a los pies de Hermione.

―Pero si todavía falta un mes ―musitó. Se estaba quedando pálido por momentos, algo preocupante, dado que ya era bastante pálido de por sí.

―Te juro que como te desmayes te pego ―lo amenazó Pansy. Tiró de él para que reaccionara―. ¡Venga, tenemos que llevarla al hospital!

Harry sujetaba a Hermione por un brazo; Draco se colocó al otro lado y miró a su esposa con preocupación.

―¿Cómo estás? ―preguntó.

La mirada que le dedicó Hermione le dejó claro que no era el momento de preguntar esas tonterías. Draco tragó saliva; no sabía qué hacer. Por suerte, no estaban solos. Se acercaron a ellos casi todos los invitados a la boda.

Bueno, visto así, tal vez no era tanta suerte.

Afortunadamente, podían contar con la capacidad de reacción de Pansy.

―¿No habéis visto nunca a una mujer ponerse de parto? ―exclamó―. ¿Por qué ha parado la música? ¡La fiesta no ha terminado! ¡Venga, bailad, bailad! ―Con un movimiento de manos, dispersó a la multitud―. Ya podemos irnos.

Hermione, que había empezado a controlar su respiración, inspirando y expirando lentamente, la miró.

―Pero Pansy, es vuestra boda…

Harry y Pansy intercambiaron una rápida mirada.

―Podemos casarnos mil veces, ¿pero cuántas veces podemos presenciar el nacimiento de nuestros sobrinos? ―dijo Harry.

―Si no acabara de tener una contracción, os abrazaría ―respondió Hermione, entre conmovida y dolorida.

··San Mungo··

La recepcionista de San Mungo pasaba distraídamente las páginas de Corazón de Bruja mientras esperaba que pasaran las horas y terminara su turno. Aquella noche parecía ser tranquila, apenas había habido incidentes.

Cuál sería su sorpresa al descubrir a más de diez personas vestidas de gala entrar al hospital a toda prisa.

Draco se acercó a toda prisa a la mujer, que los observaba casi sin parpadear.

―¡Mi esposa se ha puesto de parto, haga algo!

La mujer, saliendo de su asombro, llamó a varios medimagos, que acudieron rápidamente. Sentaron a Hermione en una silla y se la llevaron a la sala de partos. Draco iba con ella, agarrándola de la mano. O más bien, dejando que Hermione le estrujara la mano con cada contracción; a ese paso, tendrían que reconstruirle los huesos cuando sus hijos nacieran.

―¿Nosotros qué hacemos? ―preguntó Blaise.

Draco giró la cabeza para mirarlos.

―¡Esperad ahí!

··La sala de parto··

―Respira, cariño. Mira, así. ―Draco cogió aire y lo soltó lentamente.

Hermione le lanzó una mirada asesina.

―¡Te juro que porque sé que no tendré fuerzas, pero como cuando termine tenga la mínima capacidad de moverme, te mataré por haberme metido en este lío! ―chilló.

Y procedió a estrujar su mano mientras la atacaba otra contracción.

Draco miró por encima de las piernas abiertas de su esposa y lanzó una mirada suplicante al medimago encargado del parto.

―¿Cómo va? ―preguntó.

―Necesita dilatar un poco más. Vamos a suministrarle una poción para el dolor, señora Malfoy. Necesitamos que se relaje: eso facilitará la dilatación.

Hermione, bañada en sudor, soltó un par de maldiciones entre dientes.

―¿No pueden dilatarme con magia? ―suplicó.

El médico negó con la cabeza.

―Sería peligroso para los bebés.

―¡¿Para qué quieren magia si no pueden usarla!? ―gritó ella.

Draco, entre los apretones de su mujer, el estrés y la emoción del momento y que tenía la sensación de que hacía un calor abrasador, empezaba a sentirse mal.

―Me estoy mareando… ―murmuró, llevándose una mano a los ojos.

―¡Ni se te ocurra desmayarte! ―advirtió su mujer. Tarde. Draco ya había dado de bruces contra el suelo―. Por Merlín…

Los medimagos lo sacaron de la sala y lo sentaron en una silla junto a sus amigos y familiares.

··La sala de espera··

Los quince adultos llenaban el pasillo. Sentados en las sillas disponibles ―menos mal que de los Weasley solo habían acudido Arthur, Molly y Ron, porque entonces ya no cabría en el hospital―, esperaban en silencio a tener alguna noticia. De momento, solo se escuchaban los gritos de Hermione. Todos coincidían en que a ninguno le gustaría ser Draco en aquellos momentos.

―Bueno… ¿Os han dicho ya si son niños o niñas? ―preguntó Ginny. Si tenía que pasar otra hora en silencio, se volvería loca.

―A mí no ―dijo Harry.

―A nosotros tampoco ―aseguraron los Granger.

―Seguro que son niños ―intervino Lucius Malfoy.

Adam miró a su consuegro con una ceja enarcada.

―¿Y eso por qué? ―preguntó. Los dos hombres seguían sin llevarse bien del todo, pero ahora al menos mantenían conversaciones civilizadas.

―Los primogénitos de los Malfoy siempre han sido niños. Revisa mi árbol familiar si no me crees ―replicó el rubio.

Narcissa lanzó una mirada de advertencia a su marido, pero este se encogió de hombros, como diciendo «¿Qué? ¡No he dicho nada malo!».

―Madre mía… ¿Y si fueran niñas, qué harás?

―Total, por una tradición familiar más que Draco rompa no pasa nada, ¿no? ―intervino Luna con su habitual tono inocente.

Lucius la fulminó con la mirada mientras Adam contenía la risa.

―Que alguien les pregunte por los nombres, será divertido ―musitó Blaise al oído de su prometida.

―Ni se te ocurra ―advirtió esta.

―¿Sois conscientes de que todos os estamos escuchando, verdad? ―dijo Pansy en tono mordaz.

―Sé que Draco elegirá con sabiduría ―dijo Lucius―. A Narcissa le gustaría que se siguiera con la tradición familiar de las constelaciones…

―Claro, por eso yo tengo nombre de flor ―le respondió su esposa con una sonrisa ladeada.

―¿Constelaciones? ¿Insinúas que nuestro nieto podría llamarse Osa Mayor? ―exclamó Adam, estallando en carcajadas. Vio la mirada mortalmente seria que le dedicó su mujer y calló―. Dime que es mentira.

―Por Morgana, mirad ―intervino Theo, señalando hacia la puerta de la sala de parto.

En vez de un Draco eufórico, que anunciara que acababa de ser padre, apareció un Draco desmayado, arrastrado por un enfermero.

―¡Pero si todavía no he terminado de burlarme de él por emocionarse en su boda! ―exclamó Blaise, burlón.

Su futura suegra le dio una palmada en el hombro.

―¡Blaise Zabini, como no llores en la boda con mi hija, no te prepararé pimientos rellenos nunca más! ―amenazó. Se acercó a Draco y lo zarandeó suavemente―. Draco, querido, despierta.

Sirius, que todavía no había abierto la boca ―para sorpresa de Remus―, se acercó a su sobrino y, sin decir palabra, le tiró un vaso de agua en la cara. Draco se levantó, confuso, y miró a su alrededor. Estaba más perdido que Lucius Malfoy en un supermercado.

―De nada ―dijo Sirius, antes de volver a sentarse.

―¡Tengo que volver ahí dentro! ―exclamó.

―Pero hijo, si ya te has mareado y eso que todavía no ha nacido ninguno de los bebés ―intentó hacerlo razonar su madre. Para nada, porque Draco ya había vuelto (un poco tambaleante) junto a su esposa.

―Pues nada, tocará esperar ―suspiró Ron―. ¿Alguien quiere un café?

··Los mellizos Malfoy··

El parto duró seis horas.

Seis horas esperando en aquellas sillas incómodas, alimentándose de café, agua y snacks, esperando a unos niños que no se dignaban a aparecer.

Pero ninguno de ellos se movió. Pansy amenazó con el divorcio a su marido si volvía a sugerir que fuera a cambiarse el vestido de novia por algo más cómodo. «¿Y que nazcan mientras yo no estoy, con todo lo que ya he esperado? ¡Por encima de mi cadáver!», había dicho.

Pero seis horas después de que Hermione rompiera aguas, oyeron el primer llanto. Todos se miraron, expectantes. ¿Qué sería, niño o niña? Tendrían que esperar para saberlo.

El segundo bebé no se hizo mucho de rogar.

Y cuando Draco apareció por la puerta, sudado, con las mangas arremangadas y cara de felicidad, todos contuvieron el aliento.

―¿Y bien? ―preguntó Theo, expresando en alto la ansiedad general.

―Venid a conocer a Scorpius y Rose Malfoy.

―¿Has oído? ―Adam Granger miró a su mujer con lágrimas en los ojos―. Rose, como mi madre.

Margaret sonrió y besó a su marido.

―¿Ves? Y tú preocupado…

Adam y Lucius se miraron. A regañadientes, se dieron el abrazo de consuegros más raro e incómodo de la historia. Al menos aquellos niños no serían motivo de discusión. De momento.

Los medimagos se escabulleron por la puerta cuando los amigos y familiares llenaron la sala, gritando, llorando y abrazándose.

Hermione, ajena a todo el ruido, sostenía al pequeño Scorpius y le susurraba cuánto había deseado tenerlo entre sus brazos, mientras Draco sostenía a la que se convertiría en la niña de sus ojos, Rose.

Se miraron y sonrieron. Empezaba una nueva historia.


Y aquí termina otra.

No sé muy bien cómo funcionan los partos, pero he hecho lo que he podido. No estoy contenta del todo con el final, pero me alegro de poder darle un final digno. Cualquier cosa rara, como siempre es cosa mía. No me hagáis caso.

No os perdáis el capítulo con cuatro extras que publicaré en unos minutos ;) Nos vemos en la nota final.

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