Nueva vida

Durante milenios no se había suscitado un evento de tal magnitud, pero había gemas ancestrales que recordaban a detalle la forma en que se debía celebrar el surgimiento de una nueva líder; poderosa y tan hermosa que necesitaría un séquito de sirvientes para fungir como el panorama en el que se presentaba.

No era, lo que en otras culturas solían llamar, ningún tipo de fiesta. Simplemente un encuentro formal para anunciar a Diamante Rosa ante la población del Planeta Madre tal cual se haría un comunicado cualquiera. Lo que hiciera la diamante más joven posterior a ello era asunto que no le incumbía a nadie más.

Aunque ella aún no tenía asignada una corte, de modo que cualquier propósito que tuviera en mente no tendría sentido salvo que obtuviera la aprobación de alguna de las diamantes mayores.

—Ágata, asegurate de que los preparativos para la bienvenida estén listos.

—¡Por supuesto, mi esplendorosa Diamante!

Diamante Azul inhaló profundamente, satisfecha por el desarrollo de los eventos. A su lado, su perla se mantenía en silencio observando a través de su fleco la forma en que la asamblea de las tres líderes se ordenaban sin contratiempos. Era una vista aburrida de presenciar, más era así como les gustaba.

A su lado, la doncella de Diamante Amarillo observaba maravillada la visión que su privilegiada posición le otorgaba. Contrario a su congénere, le era indiferente la ausencia de espectáculo. Había más perlas, de colores varios, presentes. Siempre acompañando a sus respectivas amas, manteniéndose calladas y a la expectativa del acontecimiento.

—Ya es hora. Debería estar aquí.

Perla levantó la mirada para observar a su diamante. La gema de facciones rígidas observaba la entrada del palacio como si estuviera a punto de reñir a cualquiera que se atreviera a ingresar en ese mismo instante. Tuvo que hacer un esfuerzo enorme para mantener su porte elegante pues pese a pertenecer a Amarillo desde hacía milenios, el aura que la líder emanaba era tan densa que no era difícil saber por qué la sirvienta temía que perdiera el control de su temperamento y destruyera todo a su paso, quedando los fragmentos de una pobre perla en el suelo haciéndose añicos como un insignificante daño colateral.

Odiaba la simple idea de presenciar una explosión por la tardanza de la nueva diamante, más no permitió mostrar el recelo que sentía.

—Tal vez no aguantó el viaje en nave.

—Es una diamante, azul. No hay forma de que un simple traslado la reduzca a una simple rubí, o peor.

—Basta, ustedes dos. —dijo una voz fría. Diamante Blanco no observaba a ninguna de sus hermanas, pues mantenía la vista en algún punto lejano que nadie era capaz de ver. Cerró sus ojos un momento para meditar. Su perla, una gema diminuta tan antipática como su ama, simuló la misma acción que ella, manteniéndose indiferente a la interacción de las líderes.

—Ya ha llegado. —habló Blanco tras unos segundos de silencio incómodo.

Las tres matriarcas guiaron su atención hacia las enormes puertas del lugar. Estas se abrieron automáticamente ante la presencia de una escolta de gemas del mismo tipo con la líder al frente. Eran cinco de ellas y todas mostraban el saludo de las diamantes con sus brazos mientras avanzaban.

—Mis señoras, Fluorita Aspecto 1T3Z Corte 2RA, me complace anunciarles que la llegada de Diamante Rosa ha concluido sin mayores contratiempos.

La líder encargada del traslado se apartó del centro al igual que sus subordinadas para permitir que la diamante ingresara, aunque era difícil que alguna gema en el salón perdiera vista de la espectacular gema rosada que avanzaba hacia los tronos de sus hermanas.

—Lamento la demora. Me fue inevitable ordenar una pausa antes de abandonar el sistema solar para admirar el paisaje. —comentó distraídamente, sin mostrar siquiera un tono de disculpa ante su informalidad.

Ignorando aquello, las tres diamantes se pusieron en pie, y la más joven de ellas reaccionó con una sonrisa dócil. Había una chispa de flirteo en sus ojos que ni Azul ni Amarillo recordaban haber presenciado en su momento.

—Diamante Rosa, como cabecilla de la noble Autoridad Diamante, recae en mí el deber de recibirte con los brazos abiertos. —Diamante Blanco decretó, sin pizca de emoción en su hablar. Su lenguaje corporal era tan rígido que sus palabras parecían más falsedad que protocolarias. —Es un honor presentar ante ti nuestros obsequios. Por mi parte, ofrezco la diminuta compañía de una perla que servirá ante ti como si fuera tu sombra.

Diamante Amarillo se tensó en su lugar, al igual que su perla. Ambas observaron resentidas a Diamante Blanco abrir la palma de su mano, donde reposaba una perla ovalada y pálida. La gema comenzó a brillar al instante y comenzó a formar una figura física y humanoide, y al finalizar el proceso la recién creada gema reposó en la palma de la líder mayor.

Perla Amarilla sabía de sobra que había algo mal en el regalo de Diamante Blanco, empezando desde la apariencia de esta hasta la forma en que al brindar su obsequio se giró un momento para lanzar una mirada socarrona a Amarillo.

Estaba claro que no era una coincidencia cualquiera.