Sentir el Fuego
Los pasillos estaban desiertos. No es que Draco esperará otra cosa, era cerca de la media noche. Los prefectos ya se habían retirado y los profesores solo vagaban por los principales pasillos, no por donde él iba.
Ese año llego a recorrer más del Castillo, que en sus anteriores cinco años juntos.
El primer desafío con el que se enfrentó fue dar con esa caprichosa sala. Tenía una ligera idea de dónde podía estar, pero encontrar lo que buscaba le tomó un poco más tiempo del que creyó. Los primeros intentos fueron frustrantes. Hasta que apareció frente a él la sala en la que todo se pierde, apareció un baño, una cama y, entre otras cosas de lo más bizarras, un espejo embrujado, sin dudas, que lo asustó tanto que agradeció nunca más volver a verlo.
Se había interiorizado cuanto pudo, pero repararlo no era para nada fácil. La teoría y la práctica eran dos cosas diametralmente opuestas en aquella ocasión. Caprichoso, temperamental, orgulloso, hacia lo que quería y no se le escapaba el detalle de que era muy parecido a él. Por eso supo que lo iba a lograr.
Crabbe y Goyle sospechaban. Eran dos idiotas, pero conocían sus habilidades. Sabían que Draco no era ningún inepto, entonces ¿por qué tardaba tanto? Jamás lo iba a decir y ponía cuidado de no dejar rastros ni en su mente ni en sus acciones de lo que tramaba. Él sabía que Dumbledore estaba haciendo algo. Se veía con Potter en secreto, salía del colegio poniéndole una diana en la puerta, el viejo tramaba algo. Algo contra el Lord, porque apostaba que ese era único motivo por el que dejaría sin protección a la escuela, y Draco no iba a desbaratar sus planes. Le estaba dando tiempo. Estaba bastante seguro que era cosa de un día, dos con lo mucho, de trabajo y ya lo iba a reparar.
Un reloj mortal pendía sobre su cabeza, y el tiempo se estaba agotando. No iba a poder dilatar por siempre toda esa situación. Su madre lo apremiaba en sus cartas, le recordaba que su padre moraba en Azkaban a la espera que Draco tuviera éxito.
Ese era el segundo motivo por el que dejaba pasar el tiempo. Quería que su padre pagara. Quería que sufriera en Azkaban. Que pareciera la vergüenza y la ira que él tuvo que soportar. No era un trol, sabía que fue por él que le ofrecieron ser un Mortifago, para que pagara por su incompetencia. Si hubiera usado su cerebro y no hubiera sobreestimado la valía de Potter, él jamás hubiera sido llevado frente al Lord para ser marcado. Hacia un tiempo sabía que no era tenido en cuenta y que no lo iba a ser en ningún futuro, si fue tan idiota para ofenderse por ello, pero Potter le había enseñado hasta el hastío que era más que capaz de recuperarse de ese tipo de males. Pero no, su padre peco de arrogante y ahora los dos pagaban las consecuencias, los tres, si contaba el débil estado en que su madre se encontraba desde que tomó la marca. Cuatro, si tenía en cuenta la mirada que le echo Snape a través del círculo cuando se levantó la manga izquierda de su camisa.
Por mucho que Draco fuera sumergido en sus pensamientos no le sorprendió toparse con Potter cuado dobló por el pasillo. Una desagradable cosa de extendió por su abdomen y el palpitante dolor en el pecho la calmo.
Ahí estaba, mirando sus desgastados zapatos. Quien diría que el salvador del mundo mágico se vestía peor que un squib. No sabía mucho de los muggles, pero sabía lo suficiente de sus ropas para saber que podía hacerlo mejor, si quisiera. Y ese era el punto con Potter, le importaba tres carajos verse aceptable. Pasaba por un pobreton más y no se daba cuenta que cuidando un poco más su imagen, podría lograr mil cosas más. ¿Quien se iba a parar a escuchar lo que un pulgoso, que bestia tres talles más, pudiera decir? Punto para él, así lograba más. Hasta que se daban cuenta que detrás de esas feas gafas se ocultaba un cerebro más que astuto ya era demasiado tarde. Claro que todo eso pasaba de casualidad. No era una estrategia fríamente pensada. Era un desaliñado por gusto y elección.
Había dedicado unas pocas horas de su tiempo pensando cómo sería ese encuentro. Después de todo, la última vez que lo tuvo frente a frente, terminó con unas necesarias vacaciones en la enfermería. Supuso que iba a sentir un poco de temor, algo parecido al odio, pero fue solo el mismo abrumador calor lo que sintió. Su corazón palpitando desesperado contra su pecho, humillante y absurdo.
Si le preguntaban, Draco diría que la vida era injusta y que a grandes rasgos, una puta paradoja tras otra. De aquello que más te querías alejar, era a lo que más te acercabas. Cuanta más fuerzas y empeño ponías en hacer las cosas bien, peor te salían. Potter era todo lo que Draco deseaba ser, y todo cuanto anhelaba tener. ¿Su odio y su aberración? Habían puerto hacía tiempo. La paradoja de su vida, mientras más asquerosamente muggle y Gryffindor se portaba, más lo deseaba. Sus incorrectos modales le atraían. Al principio como quien va a ver el circo, o una grotesca obra de teatro. Pero irónicamente fue eso lo que con el tiempo empezó a cautivarlo. En el mejor de los casos, solo estaba cachondo. En el peor, se había enamorado. No ayudó que la pubertad le diera una cachetada a sus sentidos. Potter había crecido sus buenos centímetros, su redonda cara había adquirido formas más ángulosas y filosas. Sus ojos se oscurecieron. Sus labios se rellenaron. Su pelo había adquirido el estilo, acabo de tener sexo y parecía no ser consciente de cuántas veces al día intentaba domarlo. Lamentablemente, los problemas de Draco emergian del cuello hacia abajo. El uniforme de Quidditch le quedaba tan, pero tan bien, que Draco tuvo que dejar de jugar ese año. Un desagradable hilo de baba caía por su mentón cuando el elegido se paseaba frente a él con su uniforme. El mismo diablo tenía que haber diseñado su vestimenta. Todo apretado y con cuero. No, Draco no podía concentrarse. El suéter rojo pegado a su pecho marcaba lo amplio y bien torneado que estaba. Sus bíceps, que ahora tenía, eran francamente deseables. Draco incluso soñó que los lamía. Desagradable. Su estrecha cintura daba paso a sus estrechas caderas y ahí era donde la cosa se volvía alarmante. Algún alma despiadada, decidió que las mallas del equipo de Gryffindor fueran blancas. ¿había otra forma de resaltar el mejor culo de todo el colegio? No, no la había. El precioso y respingón culo de Potter sobresalía como una jodida y apetitosa manzana cuando se daba vuelta, si por lo menos de frente no se ajustará tanto, Draco tendría donde posar sus ojos, pero no. El cabrón y sus putas erecciones después de volar eran igual de atrayentes. Aparte de los obvios motivos, su falta de tiempo, Draco tuvo que renunciar a verlo con esa vestimenta a riesgo de padecer un ataque cardíaco.
Y ahí estaba. Su sentencia de muerte parada frente a él. Perdido en sus pensamientos. Draco daría su fortuna por saber cuales eran. Pero no dijo o hizo nada, siguió caminando despreocupado. Seguro que Potter iba a disculparse. Soltar un sin fin de chorradas. Le valían. Draco agradeció que todo saliera de esa forma. Lo había intentado Cruciar, y la verdad es que de haberlo logrado, se parecería mucho a cualquiera de sus elfos. Se había mutilado la mano. Era inexcusable. Fue inexcusable. Y Potter lo había castigado como se merecía.
- Potter -lo llamó cuando era evidente que el otro lo había escuchado.
No estaba zapateando, pero tampoco era un fantasma. Hacia ruido al caminar como cualquier mortal. Quizás fuera un poco más sigiloso que la media, pero no para creer que no lo había escuchado antes de que doblará a la esquina.
- Malfoy -respondió inclinando la cabeza como saludo.
Draco compuso una mueca de desagrado. ¿Desde cuando eran formales? Odiaba todo aquello. Quería poder terminar con su trabajo y desaparecer.
- ¿Qué quieres Potter? -Lo increpó- ¿Viniste a terminar tu trabajo?
Sonrió de lado y vio cómo el rostro de Potter se derrumbaba. Una furia fría rugía dentro de él. Se odiaba por lastimarlo adrede, pero era lo que tenía que hacerse.
- Perdón -murmuró mirando sus pies.
Draco se obligó a mantener la postura. Se obligó a cerrar la mano que pica por tocarlo. Rogó por que su corazón no se retorciera más viéndolo sufrir.
- Ahorratelo Potter. Lo hecho hecho está. -Su tono era rudo, más rudo de lo que había pretendido, pedo un nudo en su garganta amenazaba con impedirle el habla- ¿Que quieres?
- Yo... -sus verdes ojos golpearon a Draco cuando los alzó de improvisto y los clavó mortalmente en él- Yo quiero hablar contigo -balbuceo parpadeando patéticamente.
- Bien, ya lo hicimos. Agradable charla. Deberíamos repetir. Pero si me disculpas, tengo asuntos de los que encargarme.
Potter abrió la boca y la cerró con fuerza. Había perdido todo sentido fingir que los dos no sabían lo que el otro tramaba. Potter sabía de sobra que él tenía una misión, y Draco que Potter quería detenerlo. Mientras no tuviera idea, y Draco estaba seguro que eso era así, no había porqué volver a ser dos salvajes.
- Me refería a hablar de otro asunto -se rectifico enderezandose y regalando una bella vista de su pecho en el proceso.
Draco obligó a su descarriada mente a centrarse. Había algo en la actitud de Potter que alzó todas sus defensas.
- Los temas para hablar se agotaron después del saludo Potter
Draco intentó avanzar pero Potter se despegó de la pared y dio unos pasos en su dirección. Alarmado se quedó quieto. Si Potter ponían a de sus inmensas manos en su cuerpo no iba a responder.
- Quiero que te pases a nuestro lado -dijo sin más preámbulos.
Draco no lo pudo evitar y soltó una carcajada. Cerró los ojos cuando sintió la risa crecer y crecer dentro de él. No había escuchado nada masa más divertido en... No sabía ya, no recordaba cuándo fue la última vez que escucho un chiste tan bueno
Después de un rato, cuando empezó a dolerle el abdomen jadeo profundamente en busca de aire
- Potter -suspiró limpiando una lágrima que había saltado en el arrebató- Merlín Potter, hace tanto tiempo no me reía así.
Miro al morocho suspirando por aire y Potter lo miraba con los ojos abiertos como platos y las mejillas sonrojadas. Su entrecejo ligeramente fruncido le daba un aspecto comestible. Y la fiera que dormía en su interior se despertó. Su madre le apodaba Dragón cuando chico, Draco estaba seguro que tenía uno dentro de él y el detonante era el morocho. Una fuerza animal lo atraía. Sus sentidos se afinan cuando Potter se le acercaba, su olor lo desquiciaba. Por eso Draco no podía dejar de meterse con él. Le había tomado muy por darse cuenta que prefería que lo odiara a que pasara de él.
- ¿Te...terminaste? -masculló Potter tartamudeando y Draco solo le sonrió.- Te estoy hablando enserio. Quiero que pelees de nuestro lado.
- ¿ Perdiste la cordura? -Inquirió cuando fue evidente que no estaba engañándolo.
Potter era tan transparente que incluso desde el primer segundo Draco supo que no mentía. Pero no tenía nada de sentido. Tenía que haber una trampa, una que sus embobados sentidos no podían detectar. Potter no confiaba en él, no tenía porqué ofrecerle una alianza.
- No -se quejó ofendido- Eres valioso -agregó y Draco sintió sus ojos abrirse desmedidamente- Llevo todo el año intentando saber qué tramas y no puedo averiguarlo. Es obvio que estas detrás de lo que pasa aquí, pero de nuevo, no dejas un rastro que te incrimine. Estoy seguro Malfoy, seguro, que eres un Mortifago -Draco apretó la mandíbula tensó. La voz de Potter iba adquiriendo un matiz histérico y él no sabía con que iba a salir- Pero nadie parece creer que lo seas. Harry estás obsesionado; Harry que dices, ¿Malfoy?; No seas ridículo Harry. Yo no soy un ridículo y no deliro.-le aclaró con vehemencia- Pero de alguna forma, logras pasar desapercibido. Nadie se fija en ti, te infiltraste en el colegio sin que nadie sospechara nada.-sonrió cuando un retín de envidia traslucía en su mirada- Y eso, es un logro. Incluso lograste que duden de mi cordura, yo mismo dude de mi cordura, segundo logró. Ahora, demostraste tu valía y quiero que pelees de mi lado.
Draco se esforzó por no sentirse orgulloso, lo intentó y falló miserablemente. Maldito fuera Potter. Quería pavonearse por el pasillo. Era más astuto que el hambre, sabía que decir para que Draco callera.
- ¿Te volviste loco Potter? -sonrió pedante.
- Lo que me volví fue realista. Tu tienes que luchar de mi lado si quiero ganar.
- ¿Qué te hace pensar que eso siquiera es una posibilidad para mi? -gruñó por lo bajo.
El cuerpo parado a escasos pasos de él lo atraía. Draco sentía que Potter era su puto centro de gravedad y el simplemente tenía que acercarse. Era una puta llama de vida a la que Draco no podía resistirse. Caminó unos pasos hacia él. Los ojos de Potter temblaron unos segundos. Sus mejillas se volvieron más rojas, pero Draco no frenó. Camino lento y pausado hacia él. Casa centímetro que cerraba entre los dos el aroma de Potter se volvía más fuerte y su cabeza se volvía más pesada. Estaba cometiendo un error, él se había prometido no cometer más. Se juró no acercarse al elegido a menos que fuera de vital importancia que lo hiciera, sus defensas habían volado por los aires y Potter se había vuelto peligroso, muy peligroso. Lograba que su cabeza se desconectara, que se olvidara de la mierda que los rodeaba. Sus ojos lo hipnotizaban, Draco estaba perdido y caminaba feliz a la plancha de ejecución. Potter era su muerte, lo supo. Siempre lo supo. Una parte de él siempre se rehusó a obedecer sus estamentos y siempre lo necesito.
Desde que vió sus pequeños y entusiastas ojos verdes Draco firmó su acta de defunción. Necesitaba que Potter le pusiera atención, que Potter lo viera, lo vigilara. Que estuviera pendiente de él. Draco lo necesitaba para que sus traicioneros pulmones funcionaran. Para que su puñetero corazón latiera. Para que por sus venas corriera más que sangre. Potter era la esperanza personificada, la necesidad vuelta realidad. Era sus más anhelados y perversos sueños y Draco siempre mantenía alejado aquello que no podía explicar, aquello que más deseaba. Pero no podía con Potter. ¿Por qué seguía peleando? Porque Potter jamás iba a ser para él, y Draco tenía que destruir lo que no podía poser, porque el dolor lo cegaba, porque la vergüenza le pesaba, porque el desamor era la perra más poderosa que alguna vez conoció. Honor, orgullo no valían un carajo, Potter era todo lo que Draco no podía querer, y lo quería tanto que le dolía verlo.
Se paró frente a él e inspiró hondo. Se tragó un gemido necesitado. Olía tan bien como recordaba. Olía exactamente como la más poderosa poción de amor. Potter olía a bosque, a campo de Quidditch, Potter olía a menta combinada con pimienta. Delicioso y explosivo. Húmedo y peligroso. Eso era Potter para él, peligroso e indispensable.
- Porque tu no eres malo -dijo el moreno alzando la cabeza en su dirección
- Una aseveración muy arriesgada la tuya, Potter
- Lo sería si no supiera que tengo razón
Draco podía sentir la fuerza de su magia. La emanaba de sus condenados y sensuales poros. Electrizante, poderosa.
- No sé qué hice para que creyeras eso Potter -murmuró- Pero te equivocas. Alejate -pidió.
Si había un momento para ser vulnerable, era ese. Potter tenía que alejarse, por el bien de Draco, por su propio bien. Él era un asesino, marchitaba y corrompía todo aquello que tocaba. Pero era un ser codicioso, no iba a tener fuerza para alejarlo si Potter no retrocedía en ese preciso momento. Esa era la primera y única advertencia que iba a darle.
- No me voy a ir Malfoy -Draco vio el destello de firmeza en sus ojos y fue su turno de temblar.
- Quítate de mi camino Potter -le advirtió, parte del magnetismo se perdió y su cabeza empezó a pensar con solo un poco de claridad, pero Draco se aferró a ella- Te lo dije, tengo cosas que hacer.
Estiró la mano y empujó el cuerpo de Potter. Por mucho que quisiera estamparlo con fuerza contra la pared, cuido no lastimarlo. Solo lo corrió de su camino. La mano de Potter le sujetó el brazo y Draco soltó el aire en sus pulmones. Quemaba, mierda, como quemaba. Una llamarada se instaló en su pecho y rebotaba allí donde los dedos de Potter le tocaban la piel. Meneo la cabeza intentando despejarla. Sus neuronas se abarrotaron de imágenes de lo menos oportunas y todas y cada una de ellas Potter perdía la ropa con extrema rapidez.
- Todos tiene un precio Malfoy -Draco sintió como sus palabras le abrían la piel cual latigazo- ¿Cuál es el tuyo?
Sus piernas amenazaron con fallar. Agachó la cabeza cerrando con fuerza sus ojos. Sabía que iba a llegar el día en que ya no doliera. Que un buen día, iba a despertarse e iba a estar a metros del suelo, donde las injustas palabras de Potter dejarán de herirlo en lo más profundo. Potter no tenía nada, nada, en lo que basarse para decir aquello. Que a él le constara, Draco jamás traicionó a nadie. Nunca le falló a nadie. Draco daba su palabra y la cumplía. Nunca prometió algo para luego retractarse. Que Potter supiera, Draco nunca dejó a nadie atrás. ¿Podía él decir lo mismo?¿Podía dejar de lado su estupidez por unos instantes y pensar en lo que acaba de decir?¿Podía Draco darse cuenta, que nunca iba a ser de otra manera?¿Podría él madurar y entender que para Potter, nunca iba a ser otra cosa que escoria?
Draco respiró otra vez, el perfume natural de Potter se filtraba a través de sus sentidos como navajas. Ese era el motivo por el que levantó la manga frente al Lord. Por ese dolor. Por esa desazón. ¿No éramos aquello que los demás pensaban que éramos? Potter siempre espero que Draco se uniera a su padre, ¿no era eso para lo que estaba destinado? Volvió la cabeza y estudió el semblante de Potter. ¿Era esperanza lo que reflejaba?¿Esperaba que Draco se vendiera como una puta barata mas?¿Enserio lo conocía tan poco? Probablemente.
- Yo no me vendo Potter -murmuró dejando traslucir su dolor- No sé con quienes te codeas, pero yo no estoy a la venta Potter
- No te pongas moralista conmigo Malfoy -podía ver su arrogancia morir con cada nueva palabra, pero se mantenía brutalmente firme. Su voz no temblaba, pero su cuerpo se encorvó- Todos sabemos que tus lealtades están al lado del mejor postor.
Draco le sonrió tristemente. No se molestó en echarle otra mirada, no quería ver lo que le esperaba. Sus palabras eran más que claras y él ya no podía con ello. Simplemente no tenía fuerzas para enfrentarse a lo que él mismo creó. Era fácil olvidar que fueron sus palabras, sus acciones lo que forjaron esa imagen. Pero no era hipócrita, él se busco lo que tenía, así mismo, tampoco era un masoquista. No podía cambiar nada, pero podía elegir no seguir soportando. Podía elegir irse. Podía terminar con todo. Ese año lo había esquivado cuanto pudo, cuánto más lo buscaba Potter, más se escondía. Solo bajaba a la cena porque era ese el momento en que Potter bajaba la guardia. En clase sentía sus ojos perseguirlo, mirarlo como en ese momento. Con asco, con rencor. Y por más que Draco supiera que eso estaba bien, que así se miraban los enemigos, no evitaba que le doliera. No evitaba que una parte de él se rompiera más a cada mirada, a cada palabra y quedaba peligrosamente poco de él.
Se alejó un paso sin verlo, camino otro más sin escucharlo, corrió lejos de él sin sentirlo. Se obligó a cerrar la portezuela que daba a su corazón y corrió lejos, lejos de ese dolor que no podía curar, lejos de aquello que no tenía sentido. Lejos de la irrealidad. Corrió hasta que sus pulmones dijeron basta, corrió hasta que su mente quedó en blanco, corrió hasta que sus piernas dejaron de sostenerlo, corrió hasta que sus entrañas quemaron. Quería ser fuego, ahí lo tenía, ya lo era, corrió hasta que su sangre ardió y cuando no pudo más cayó.
Un grito desgarrador se abría camino por su pecho pero Draco lo domó. Cerró la boca y se obligó a respirar. Inhalaba y exhalaba a fuerza de voluntad, brusco, doloroso pero efectivo. Tenía que arreglar ese armario, tenía que dejar a su tía y los otros mortpifagos entrar, tenía que cumplir con su cometido. No podía ser algo que no era, pero podía darle rienda suelta a lo que tenía que ser.
- ¡Tu gran idiota te va a dar pulmonía! -gritó Potter a su espalda.
Draco se dio vuelta con rapidez y sintió cómo algo le salpicaba la cara. Bajo la vista y vio que el agua le llegaba a cintura. Parpadeó confundido. ¿Cuando había entrado al lago? Miró a su alrededor desorientado.
- ¡Sal del agua Malfoy! -volvió a gritar Potter y Draco por fin reacciono
-¡¿Qué más te da a tí Potter?! -farfulló molesto
El frío se colaba hondo hasta sus huesos. Tiritaba tanto que sus dientes castañeaban unos contra otros.
- ¡Ah se me olvidaba! -gritó cuando Potter se quedó mudo mirandolo con impotencia el agua y a él- ¡No te sirve de nada un informante muerto!
- ¡Sal del agua Malfoy! -repitió Potter acercándose unos pasos al lago- ¡No me obligues a entrar, porque lo voy a hacer!
Draco medito unos segundos, su mente estaba lenta, el frío corroía buena parte de sus pensamientos, pero al ver a Potter acercarse más tuvo que reconocer que el moreno no mentía. Iba a entrar a buscarlo y por mucho que lo odiara en ese momento no podía permitir que ese estúpido hiciera aquello. Las suaves olas que había creado él mismo eran agujas heladas clavandose allí donde golpeaba su piel. Sabía que seguía parado por lo lejos que se encontraba, no porque sintiera sus pies. ¿Quién sabía a qué criatura despertará Potter si se metía con él allí?
Emprendió camino hacia la orilla y cada parte de su cuerpo que quedaba expuesta al frío invernal era un nuevo latigazo más de dolor. Se guardó sus reacciones, no iba darle la satisfacción de ver el malestar que tenía. Con dientes apretados y un consistente paso, salió del agua sin más.
- Eres un completo idiota -se quejó Potter corriendo a su encuentro varita en ristre en su dirección.
Por un fragmento de segundo Draco pensó que Potter lo iba a hechizar. Recordó el dolor del Sectumsempra y se encogió. No quería demostrar más de lo que ya había expuesto, pero no pudo evitarlo. Fue un acto reflejo. Aquella experiencia había sido tan desagradable, que a veces se filtraba por sus sueños. El dolor de ser desgarrado de adentro hacia afuera. La sensación de estar siendo cortado, con tanta fuerza y en tantos lados. El dolor lo había cegado, le había arrebatado el habla. Había querido gritar, pedir clemencia, pero el dolor lo superaba todo. Pensó que habían pasado horas agónicas, y no podían ser más de unos minutos, tanta sangre por todos lados, brotado de tantos lados, hubiera muerto antes de que pasaran diez minutos. Pero en su mente había vivido un interminable infierno.
- Un estúpido, ¿es que no usas el cerebro? ¡Hay un calamar gigante allí adentro Malfoy! Hay que ver. -Potter seguía acercándose y cuando se paró frente a él la calidez de un hechizo lo lleno.
No pudo contener el gemido que salió de sus labios. El calor era reconfortante.
- ¿Qué habría pasado si no te seguía? -lo retó Potter pero Draco pasaba de él, se sentía tan bien que ni la voz irritada del morocho le molestaba- ¿No te enseñaron a salir con una abrigo? -Potter siguió mascullando cosas sin sentido mientras él se recreaba en la embriagadora sensación.
- Pareces una madre desquiciada Potter -murmuró acurrucandose contra la capa que le había colgado en su espalda.
- Y tu un trastornado -retrucó Potter tras terminar de secar su ropa.
Draco abrió los ojos cuando el aliento con olor a jugo de calabaza le golpeó la nariz. La cara de Potter, con una expresión siniestra, lo observaba solo unos centímetros abajo. Draco tragó saliva audiblemente. ¿Cuántos errores podía cometer en una sola noche? Cerca de Potter, las posibilidades eran infinitas.
- Nadie te pidió ayuda Potter, así que piérdete -intentó desprenderse de la capa pero las manos de Potter fueron más rápidas que las suyas, que seguian moviendose con ligeros espasmos y las sujetaron
Draco miró allí donde su piel morena resaltaba contra la suya. ¿Cuantas noches soñó con algo así? Más de las que su orgullo herido quería reconocer, tantas que eso podría ser un sueño y no se daría cuenta.
- Te lo dije adentro Potter, no estoy en venta. -murmuró sombríamente- No me interesa una mierda lo que puedas creer que sabes de mí. No me vendo.
- Ya lo dejaste en claro. ¿Podemos entrar? -Draco quería odiarlo, pero ¿cómo podías odiar a una persona que te miraba así? Desarmado, suplicante- Aún quiero hablar y creo que podemos llegar a un acuerdo.
- Ya lo dije yo no...
- ¡Ya Draco, ya! ¡no te vendes y yo no quiero comprarte! -gritó sacudiendo sus manos
Draco sabía que su cuerpo podía ser de lo más inoportuno, muchas veces lo traicionaba, pero más inoportuna que la erección que le dio al ver a Potter gritarle y darle una orden, seguro no iba a poder conseguir.
Cerrando la boca obedeció. Caminó todo lo dignamente que pudo de vuelta al castillo. Fingió no ver la sorpresa en la cara del morocho. Fingió no notar su sonrisa socarrona, pero por sobre todas las cosas, fingió que no le importaba haberlo hecho sonreir
