Capítulo 2: Predestinados
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Souichi Tatsumi
No sabía que pensar, el idiota Morinaga me había declarado su amor, pensaba que yo era una chica y por esa misma razón había cortado lazos conmigo. De todas formas, yo no correspondía sus sentimientos, ni mucho menos le diría que yo era un hombre para terminar de hacerle una fantasía perfecta a sus estúpidas ideas homosexuales.
Me percaté que lo mejor era estar alejado, olvidarme de ese imbécil y seguir con las cosas importantes, pero el pasar de los días se hizo tan pesado. Cualquier duda, cualquier cosa que pensaba, tenía ganas de compartirla con él, comencé a revisar nuestras conversaciones, podía leer sus estúpidos chistes y sonreír. Me descubrí leyendo cada vez más atrás en la conversación hasta que de pronto escribí en la conversación un día, sin embargo borraba casi todo y sólo dejaba frases que no tenían ni un poco de todo lo que sentía.
La preocupación terrible de que algo le hubiera pasado, corroía mis ideas, a pesar de que lo había leído despedirse terminantemente de mí.
Esa noche como las anteriores, intentaba poner en palabras las cosas de mis pensamientos, sin tener éxito, de pronto:
—Hola sempai
Intenté escribir, tenía mucha ira, así que respondí con los dedos que temblaban y de pronto se me resbaló el celular al suelo y se apagó. Unas lágrimas resbalaban desde mis ojos mientras nerviosamente prendí el celular, esperando que siguiera ahí. Me justifiqué y lo que dijo no tenía sentido:
— ¿Te gustaría ser mi novia?
Era absurdo, dos hombres en una relación, no tenía cabida, simplemente imposible. Pero Morinaga creía que yo era una chica y de todas formas había decidido estar conmigo. Sus palabras dieron vuelta en mi cabeza, lo leí una y otra vez. No podía decirle nada, había mentido en primer lugar y tampoco es que yo quisiera tener una relación, era antinatural. Entonces leí sus secretos, me contaba todos los días sobre él, me habló de su familia, de su primer rechazo con el mejor amigo de su hermano, me habló del suicidio de Masaki, del dolor de su hermano y en cada mensaje, hasta abajo decía que me extrañaba, que me necesitaba. Algo se apoderaba de mí para responder y jamás pude hacerlo. Un terrible hueco, un vacío profundo se cimbró cada día con sus mensajes. Solía leerlos varias veces con tal de sentirme acompañado por él, así que la catástrofe más absurda ocurrió.
Mi computadora se quedó en la sala y cuando me levanté a preparar un café, al volver, mi hermana estaba sonrojada, emocionada y lloraba frente a la pantalla.
— ¡Qué demonios haces leyendo las cosas de los demás!
— ¿Entonces tenías un romance con Morinaga?
— ¡Cómo te atreves! ¡De ninguna forma!
— Pero él te adora, dice que no le importa que seas mujer y es un chico gay. ¿Entiendes el valor de este hombre?
— ¡Cállate! ¡A tu habitación!
— No hermano, no me callaré. Me vas a escuchar como yo te he escuchado. No vas a encontrar a una persona que te ame más y estoy segura que tú lo adoras, te he visto deprimido, lloras a solas, suspiras, te la vives leyendo sus mensajes una y otra vez. Estás enamorado.
— No digas esas cosas ilógicas, no puedo amarlo, no lo conozco, no sé quién es.
— Claro que sí, él se ha expuesto ante ti, incluso yo lo he saludado en las llamadas que tenían. No puedes negarlo, ¿lo dejarás ir? En la escuela nos hablaron de la homosexualidad y dijeron que es algo que viene en los genes. ¿Entiendes que para que un chico gay te aceptara, aunque crea que eres una mujer es inconcebible? Es porque te ama, te ama con todo su corazón. Encontrar al ser amado es algo que papá ha dicho que es muy difícil. ¿Sientes eso que papá sentía con mamá?
Con enfado arrebaté la computadora de sus pequeñas manitas, guardé silencio y subí a mi habitación, tomé la estúpida computadora que tantos problemas me había traído y la boté en el escritorio. Decidí que no iba a leer sus mensajes, sólo así podría alejarme por completo de las cosas tontas de mi cabeza. Pero en la noche prendí el computador y la señal de internet estaba mal, suspiré resignado intentando centrarme en cosas que de verdad tuvieran importancia. No logré centrarme más que en recordar al idiota, quería leer las conversaciones, ya que al hacerlo, me sentía tan tranquilo, entonces mi hermanita me abrazó mientras estaba en el sillón y volvió a decir:
— ¿Lo quieres y necesitas leerlo para sentirte bien verdad?
— ¡Dije que no! ¡Así que déjame en paz! Tengo que marcar para que vengan a reparar nuestra conexión.
— La quieres reparar para poder responderle o seguirlo leyendo.
— ¡Te digo que no!
— Claro que sí y además él se cansará de que no respondas, te va a cambiar por alguien más si no le dices lo que sientes. Sabes lo que yo sentiría si me dejaran en visto, más aún, ya no has leído lo que escribe. Pronto se aburrirá.
— ¡Estás sorda! No me importa.
Ignoré a mi hermana y reporté nuestro problema con la red. Esa noche tuve pesadillas, Morinaga lloraba, se alejaba y al correr a abrazarlo se desvanecía entre mis manos antes de tocarlo. Había lágrimas en mis ojos y la culpabilidad de mentirle me dejaba un nudo en la garganta. Tenía que decirle que yo era un hombre y aclarar que quería ser su amigo.
Al siguiente día, el técnico nos aclaró que un árbol caído había tirado los cables que nos daban la señal y que no tenían tantos metros para repararlo ese día. De modo que debíamos aguardar hasta temprano por la mañana.
Kanako continuó la tortura mental y surtió efecto, puesto que yo mismo no soportaría ser ignorado. Respiré profundo y recordé que Morinaga solía ser más paciente, además había estado leyendo los mensajes diarios y sin decirle una sola palabra al respecto, a pesar de los «Te amo» «¿cómo estás?» «te extraño». Y tenía esa urgente necesidad de leerle, exploré el celular a fondo y descubrí que tenía todos los audios que había mandado almacenados en la memoria. Esa tarde escuché todos y cada uno. Estaba decidido a decirle quién era en verdad y conocerle. No era un cobarde para escapar, de modo que la mañana siguiente, cuando la línea estaba funcionando, lo primero que hice fue abrir la conversación, y había un mensaje del día subsecuente al que se cortó la señal. No había más, su cuenta aparecía distinta, y no podía responder a sus mensajes. De inmediato fui con mi hermana, me explicó que había cerrado aquella cuenta y se había dado por vencido conmigo.
Como agua helada en mi espalda, esa respuesta de Kanako me hizo sentirme terriblemente. No pude confesarle la verdad, no le dije que necesitaba por lo menos su amistad y que quería conocerle, tal como él quería hacerlo conmigo. Ahora no había otra cosa que hacer, más que esperar a que abriera nuevamente la cuenta. Aunque podría llamarle al celular, después de todo tenía su número guardado en la infinidad de llamadas perdidas de aquél día. Pero si marcaba su número, tendría que decirle sin más sobre mi identidad masculina. Así que tuve miedo, lo pensé algunos minutos, algunas horas, hasta que marqué el teléfono y sonó como un número fuera del área de servicio. Entendí que había cambiado hasta de número celular con tal de alejarse de mí. Le había herido demasiado y merecía su rechazo. Me dolió, una parte mía susurraba como un pequeño abandonado por su madre moribunda a que nadie que apreciara se aparatara nuevamente. Lo quería realmente, era mi mejor y único amigo, él era tan real a pesar de que jamás haberle visto en persona, se exponía de formas en las que a mí me hubiera aterrado, su rostro siempre sonriente y la forma de contarme tantas cosas que llamaron mi atención.
A solas en mi habitación las lágrimas se apresuraron, la impotencia de no poder encontrarlo, de nunca más volver a escuchar su molesta voz, o sus estúpidos chistes. Lo necesitaba tanto…
— ¡La cena está lista! — La voz de Kanako me despertó y me levanté apesadumbrado. Abrí la puerta y grité:
— ¡No tengo hambre!
— Más te vale bajar a cenar conmigo que Tomoe está en la biblioteca estudiando y no quiero cenar a solas.
Con fastidio bajé los escalones hasta sentarme a la mesa y me serví un poco de aquello. La cena en silencio, hasta que ella terminó sus alimentos y me miró con sus ojos que parecían tener algo entre manos.
— Hermano, ¿recuerdas que me diste permiso para ir a la convención con mis amigas?
— No recuerdo…
— Claro que sí y Tomoe es mi testigo.
— Bueno… haz lo que quieras.
— El problema es que mis amigas no pueden, y tengo muchas ganas de ir, estará mi mangaka favorita, Takanaga sensei. Me muero por recibir su autógrafo, ¿me acompañas?
— ¡Claro que no! ¡Estás loca! ¿Qué rayos haría en medio de un grupo de raros?
— Vamos hermano, tienes que cuidarme, recuerda que soy pequeña.
— Por esa razón no irás tu sola.
— ¡Qué bien! ¡Vendrás conmigo! — Se levantó y corrió a la escalera mientras continuaba diciendo: — Debemos irnos como por las doce del día. No me gusta llegar tan temprano.
No me dejó responder, esa mocosa malcriada sabía que si no me negaba terminantemente, podía forzarme a hacer cosas que no quería. De todas maneras pensé que salir me haría bien, ya que recordé a Morinaga y suspiré con tristeza.
Al siguiente día tenía a mi hermanita lista desde temprano y preparaba la cámara, se ponía unas orejas de gato en una diadema en su cabello y su faldita traía una cola de gato. Tomoe le sacó algunas fotos y entonces pregunté:
— ¿Por qué no vas con ella en vez de mí?
— Hermano, además de que te hace falta convivir más con ella, tengo que irme al curso de verano y luego a la biblioteca.
— Más te vale que sea cierto.
— Ya me has llevado, además mis calificaciones son las mejores y sabes que el curso es para obtener más puntos para cuando me toque elegir universidad. Y nada te quitará el compromiso que le hiciste a Kanako.
La mocosa nos veía hablar en silencio, y me miraba con enfado, esa carita suya me recordaba a mamá cuando solía ser travieso.
Me resigné a salir con la chiquilla, e incluso cuando salimos daba algunos saltitos como si fuera muy pequeña. Me alegró llevarla hasta que llegamos a ese lugar enorme con un montón de locos vestidos de personajes de ficción. La fila para los autógrafos que ella quería era enorme y me sentí demasiado incómodo. Me asfixiaban los tumultos, hasta que mi hermana Kanako, me jaló:
— ¿Por qué no comes algo en lo que yo espero formada ahí?
Me llevó al área de comida y una vez miré la variedad, olvidé mi problema, únicamente me pregunté qué clase de personajes tendría esa mujer que tanto admiraba Kanako, seguro un montón de melosos tontos. Eso porque a mi hermana le gustaban las historias de ese estilo, en las películas que solía obligarme a ver.
La comida ahí era increíble, me senté en algunos puestos y una vez estuve satisfecho, caminé de vuelta con mi hermana. Pasé por la zona de los sanitarios percatándome que me había perdido un poco entre el tumulto y de pronto, en una de las filas estaba Morinaga. Me detuve y lo miré fijamente puesto que tenía que estar seguro de que fuera él. Y no cabía duda, su expresión de niño idiota, con una camiseta como muchos otros por ahí, de alguna de esas bobas caricaturas. Pero mi primer impulso al reconocerlo, no trataba sobre sus gustos tontos. Si no que urgentemente tenía que reclamar, corrí acelerado y pensé estamparle el puño, sin embargo lo tomé de la camisa y le dije:
— ¿Por qué demonios cambiaste tu estúpido celular? ¿De verdad ya no quieres saber de mí?
Por segundos no me había percatado de nada, hasta que la razón volvió a mi tonta cabeza y lo solté pues todos nos miraban.
— ¿Sempai? ¿Eres tú? — preguntó Morinaga.
— ¿Qué crees que le haces a mi hermano? — reconocí al hermano mayor de Morinaga, que me dio un empujón.
Yo seguía pasmado de mi idiotez. Delatarme tan fácil y mucho más sin poder dejar de mirar sus ojos verdes que se hicieron vidriosos.
— Kunihiro, es mi sempai Tatsumi. — Expresó él sin dejar de mirarme.
Quise decir algo mientras Morinaga se aproximó hasta mí nuevamente, a pesar de eso tartamudee dando algunos pasos para atrás. Una de sus manos se puso sobre mi pecho.
— ¿Entonces eres un chico?
Me sonrojé, puesto que su mano se movió en esa zona. Con fuerza le bajé la mano.
— ¡Qué rayos haces!
— Eres más hermoso que en tu foto…
Sujeto mis manos y sentí arder mis mejillas. No pensé en otra cosa más que en sus ojos verdes. Me hipnotizaba su forma tan rara de verme. Se aproximó hasta mí y de pronto sus labios sobre los míos. La maldita gloria esperaba en ellos hasta que…
— ¡Hermano, finalmente te han dado tu primer beso!— la vocecita de Kanako me sacó de la vergüenza más grande que había pasado en toda mi vida.
Un grupo de chicas gritaban y nos tomaban fotos. Le di un empujón, luego una bofetada al rostro y corrí como alma que lleva el diablo hasta los sanitarios del lugar.
No tardó nada cuando apareció Morinaga que me seguía de cerca.
— Lo lamento sabes… no pude resistirme, eres más perfecto de lo que creí. No quería besarte, bueno sí quería pero primero… Es que no respondiste, no leías los mensajes, supuse que no querías saber de mí.
— No tenía internet y no iba a llamarte.
— Pero me llamaste ayer cuando no había quitado el bloqueo por el vuelo. No cambié mi celular, cuando llegamos a Nagoya olvidé quitar el bloqueo de avión, por eso no pude responder. No tenía idea que me correspondías.
Entonces me abrazó con fuerza, lo tenía sujeto casi empalmado a mi cuerpo. Se sentía tan agradable y de todas formas estaba muy enfadado, más por suponer cosas que no eran ciertas:
— ¡En qué momento dije que te correspondía!
Me liberó y me miró muy de cerca.
— ¿Entonces por qué me llamaste? ¿Por qué me has buscado con desesperación? ¿No es por qué también te gustó o me amas?
No sabía a donde mirar, parecía exigir una respuesta que no estaba preparado para dar.
— Yo… ¿amor? Eres un hombre, es imposible, además siempre dijiste que esas cosas como el amor no existían y yo estuve de acuerdo contigo.
— Pues me equivoqué, era que no me había dado cuenta que yo te amo. Quiero que intentemos ser una pareja y la verdad no me importa nada, sólo estar a tu lado. Te lo dije, soy gay y de todas formas si hubieses sido una chica, lo habría intentado igual. ¿Me quieres un poco al menos?
— Eres mi amigo, ¿cómo podría? No confundas la amistad con el amor.
Su rostro se afligió, un instante se quedó sin habla, parecía pensar demasiadas cosas igual que yo. Agachó el rostro y se dio la vuelta:
— Entonces… creo que no tengo nada más que decirte. Lamento no poder ser tu amigo, si volvemos a la misma situación, me temo que me lastimas, o que yo malinterpretaré.
Caminó unos pasos, me pregunté tantas cosas, en esos largos segundos. Morinaga había besado mis labios, me había hecho reír y cada vez que lo topaba podía hacerme sentir tan jodidamente feliz con tan sólo hablar, con escucharle, con leer sus mensajes.
No podía creer lo que mi cuerpo hacía por sí solo, lo detuve de la muñeca y cuando giró mostrando sus lágrimas, lo besé con un impulso. Quedé completamente atrapado entre sus brazos, nuevamente su lengua en mi boca y me perdí, no quería pensar en que estaba todo mal, simplemente necesitaba quitarle esa mirada triste, una mirada que no había visto nunca en sus ojos, ya que siempre se mostraron alegres como los de un niño pequeño. Todas las veces que lo miré por la cámara lo conocía así.
No era yo, era todo, podía envolverme, hacerme uno, me perdía total y completamente suspirando, soñando, siendo uno justo ahí. El mundo giraba a nuestro alrededor y no me importaba el lugar, el momento, sólo esa cálida sensación que manó desde sus labios, con sus manos que desesperadamente acariciaron por mi espalda.
Cuando finalmente el beso finalizó, se quedó serio, un par de lágrimas en las orillas de sus ojos que limpié con mis dedos estúpidamente, detestaba más que otra cosa verle triste.
— No lo entiendo sempai, me dices que no me amas, que confundo la amistad con el amor y que…
Detestaba a dónde iban sus palabras, de modo que antes de dejarlo continuar lo volví a besar, no podía decirlo, me costaba hablar de cariño, de afecto, de amor, si podía perder a las personas que les había dicho eso… como mamá. No sé cuánto tiempo pasaríamos ahí, porque en realidad no noté a las personas que entraron o salieron, hasta que.
— Tetsuhiro y su sempai, la jovencita llamada Kanako me ha pedido decirle que se fue a la zona de mangas yaoi que la busques y le presentes a tu novio. Creo que yo iré a formarme otra vez donde estaba.
La vergüenza llegó a mí. Esto era extraño, en realidad no quería soltar su espalda, no podía hacerlo, me agradaba su respiración en mi hombro y me horrorizaba pensar que yo era uno más de esos raritos por ahí. Pero era Morinaga, sólo él había logrado conocerme, y yo había logrado conocerlo, sabía que no había otra persona más amable, más educada e inteligente que desafiara mi capacidad, que me hiciera querer seguir hablando con él. No me fastidiaba su persona y por supuesto que no podía dejarlo ir.
— ¿Entonces eres mi novio? — Preguntó y le di un pequeño golpe en la cabeza.
— ¡Por dios! ¡No digas esas cosas descaradas!
— ¿Entonces no?
— ¡Tienes que clasificar todas las cosas!
— Tú me enseñaste sempai.
— No todo debes clasificarlo, menos esto. Es algo distinto porque yo no soy gay, pero tú eres especial.
— Creo que puedo vivir con eso, siempre y cuando me beses así. Además nos han tomado fotos, mi hermano y tu hermana nos han visto y harán muchas preguntas. ¿Qué les diremos? ¿Si no eres mi novio qué le digo que eres? ¿Podría decir que eres mi compañero?
— ¡No lo sé! ¡Demonios!
Entonces levantó mi mentón con su suave mano y depositó un pequeño beso.
— No te preocupes, ya sabré que decir y tienes razón, en realidad no importa, porque te amo.
Ahí estaba nuevamente esa palabra que hacía demasiado ruido en mi corazón, tenía miedo de pronunciarla. No podía querer, ni amar, porque eso implicaba arriesgarse a perder algo valioso y que doliera como si te arrancaran el corazón.
Caminé a su lado, era necesario salir pues los tipos que ingresaron, nos miraron raro, a pesar de que eran algunos locos con trajes de superhéroes. Respiré profundo y mi corazón se aceleró de recordar aquello que había ocurrido, podía sentir todavía en mi boca, el sabor de Morinaga, y ese calor que cosquilleaba por mi cuerpo.
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Tetsuhiro Morinaga
Llegar a Nagoya fue un caos, perdieron nuestra reservación, de modo que tuvimos que buscar otro lugar, ya que estaban agotadas las habitaciones. Por la tarde, con el estómago vacío, bajamos a comer al primer lugar que encontramos; la ducha sonó algo perfecto luego de la comida y cada cual se fue a descansar. Además requeríamos guardar energía para caminar por la convención, entonces me recosté luego de una larga ducha y me dormí para despertar muy temprano.
La luz de la mañana nos indicó que podíamos ir al buffet del hotel y así lo hicimos. En la mesa noté que no devolví la disponibilidad de la señal celular y ahora que no tenía una razón para estar pegado al aparato había olvidado algo tan importante. Una vez comimos, partimos emocionados, yo me puse mi camiseta de súper guerrero y entramos a ese sitio que parecía un universo fantástico, lleno de personajes animados. Algunas jovencitas se tomaron foto conmigo sólo por mi camiseta y mi hermano parecía muy divertido de eso. Recorrimos los puestos, tantas cosas por comprar, por comer, había de todo, una infinidad de artículos alusivos a la serie que veíamos, así que ya teníamos algunas cosas, y lo más divertido fue cuando llegó la banda que cantaba la canción. Tocaron la canción del inicio, mientras recorríamos y corrimos a escucharlos, justo al lado estaba la firma de autógrafos de las voces de los personajes y nada menos que el creador. Nos formamos en la larga fila que parecía eterna y a pesar de eso aguardaríamos hasta nuestro turno. De pronto sentí una mirada intimidatoria, un par de ojos miel que acechaban desde cierta distancia, lo que jamás esperé fue que corrió hasta mí y sujetando mi camiseta exclamó algo que me hizo saber que ese hombre era en realidad mi sempai Tatsumi Kanako. Pero al hacer eso se quedó paralizado, mudo y mi hermano de inmediato me defendió apartándolo.
¿Pero realmente era un hombre? Toqué su pecho luego de hacerle saber a mi hermano quién era ese joven y me percaté de que su género era masculino. No había otra forma de describirlo, sempai era perfecto, mi sueño hecho realidad, me gustaba su inteligencia, su forma malhablada, sus regaños, sus enseñanzas y todo eso venía en un cuerpo increíble, sensual, su pecho firme, sus facciones delicadas, y sus caderas tan atrayentes. Sujeté sus manos con las mías y no salía de su expresión de sorpresa, con ese adorable sonrojo que cubría su rostro.
La cordura escapó a mis sentidos, sabía que era la primera vez que podía verlo, pero ya que conocía tantas cosas sobre él, me fue inevitable besarlo, y lo permitió. Su boca se abrió un poco cuando mi lengua acarició sus labios y disfruté demasiado un dulce beso. Tenía tantos años sin probar algo tan personal que me dejé llevar. Sin embargo terminó muy pronto cuando su hermana menor que miré en una de las video llamadas nos interrumpió diciendo lo obvio, había robado el primer beso de mi amado sempai.
Lo seguí, pues corrió empujando personas hasta los sanitarios y se metió conmigo tras él. Ahí dije mis pensamientos más profundos:
— No tenía idea que me correspondías.
Y lo tomé entre mis brazos, se estremecía tanto como yo, el tacto era tan importante y nos había sido negado, volvía real todo lo que había imaginado. Pero sin que lo soltara respondió:
— ¡En qué momento dije que te correspondía!
De ahí las cosas dolieron, mis propias palabras resentidas por lo de Masaki, por los años de distanciamiento, de desamor, todas volvieron a golpearme con sempai argumentadoras. Y la frase más dura de todas: «No confundas la amistad con el amor»
Mi corazón que ya tenía demasiadas heridas terminó por hacerme comprender lo más lógico, había creado un mundo de fantasía y al conocerle quizá reforcé todo lo anterior. No obstante, el beso de momentos atrás me indicaba que no estaba soñando del todo, pero mi hermano me había demostrado que lo mejor para alguien obstinado como sempai, era alejarme de él, darle espacio para que comprendiera lo más evidente del mundo:
— Lamento no poder ser tu amigo, si volvemos a la misma situación, me temo que me lastimas, o que yo malinterpretaré.
Y al intentar salir, su mano jaló la mía, sus labios de forma tosca me besaron, lo estreché profundizando todo, mi respiración y la suya acelerada. No podía ser otra cosa que amor, nadie besa a un amigo, así que lo confirmó de hecho y mucho más cuando limpió mis lágrimas amorosamente. Intenté aclarar todo pero volvió a interrumpirme con besos, de manera que me olvidé de las dudas, sólo me dejé llevar a su lado, utilizando cada uno de mis sentidos exceptuando mis ojos que permanecieron cerrados. Por primera vez su aroma me hechizó, su suave piel, su saliva dulce y los gemidos encantadores entre chupeteos. Todo era mágico hasta que la voz de mi hermano nos estorbó, sin que sempai soltara mi espalda pues seguimos abrazados. Mi hermano se marchó y ahora tenía un novio que temía confesar que lo éramos, después de todo era muy temeroso en las relaciones sociales, mucho más que yo. Su angustia me impedía presionarle más, por lo cual lo tranquilicé antes de salir del sanitario donde incomodábamos a dos tipos que ingresaron:
— No te preocupes, ya sabré que decir y tienes razón, en realidad no importa, porque te amo.
Al salir mientras caminaba a mi lado se detuvo, lo primero en su cabeza fue algo que dijo:
— Tengo que encontrar a Kanako.
Y sin pensar cuestioné:
— Si tu hermanita es Kanako ¿quién eres tú? Y tengo otra duda ¿Por qué querías ser una mujer?
— Mi nombre es Souichi, y mi hermana es quien tiene la culpa de todo.
Avanzó caminando a prisa por los pasillos y lo seguí:
— ¡Espera! ¿Por qué ella tiene la culpa?
Se detuvo en seco mientras dijo:
— Ella sacó esa cuenta para hacerse pasar por alguien mayor y le quité sus privilegios por eso. Cuando te pregunté si era la primera vez que hablábamos era para averiguar cosas.
Decidí no hacer más preguntas, sólo lo guié hasta donde la sección de mangas yaoi y la encontramos. Al verla le sonreí diciendo:
— Jovencita, mucho gusto de conocerla en persona y gracias a ti lo he encontrado a él, así que te compraré lo que me pidas.
Souichi enfadado expresó:
— Vas a malcriarla, es una abusiva y te dejará sin dinero.
— No importa, es mi nueva hermana pequeña, nunca he tenido alguna, así que quiero hacerla feliz.
A final de cuentas le compré un par de mangas, unos dulces y fuimos por mi hermano que consiguió la firma tan esperada, una para mí y otra para él. Así que le agradecí y salimos los cuatro. Souichi-sempai, nos invitó amablemente a su casa para la cena, por insistencia de Kanako; accedimos y ayudé a la menor a realizar las cosas. Mi hermano, se quedó en la sala y cuando salimos sempai se veía tan sonrojado como esa tarde. Las preguntas de la pequeña y su hermano Tomoe que bajó a cenar, nos hicieron planear un día por Nagoya, nos mostrarían los templos y algunos lugares turísticos.
Durante nuestra salida, mi hermano se dedicó a caminar al lado de los hermanitos de sempai, todo porque nosotros no dejamos de charlar sobre cosas que aburrían a los demás, las últimas novelas que me había recomendado eran magníficas, así que adoré cada minuto en su cercanía. Tenía tantas ganas de besarle, a pesar de eso, el miedo por ser rechazado en lugares públicos, me impidió demostrar mi afecto. Tampoco es que a él le pareciera distinto el exhibirnos, lo conocía demasiado bien y aguardé por un minuto de soledad con tal de robar su aliento.
Dos días de salidas, de comer y cenar en la casa Tatsumi, mi hermano nos interrumpió cuando nos hallábamos en la sala discutiendo cosas de la química en su computadora portátil. Mi pobre hermano se sentaba en el televisor con Kanako y a veces con Tomoe cuando no estaba metido en sus libros:
— Tetsuhiro, tenemos que irnos temprano hoy, mañana debemos buscar un nuevo hotel para pasar el resto de los días. Recuerda que hoy es nuestra última noche ahí.
De pronto la hermanita de sempai se levantó:
— ¿Por qué no se quedan aquí durante su estancia? ¿Te parece bien verdad hermano? Recuerda que de todas formas los vemos todo el día, así podrán seguir con sus cosas aburridas de la escuela. Seguro Tomoe le fascinará tener a dos maestros para resolver sus dudas.
Souichi se quedó serio, nos miró, luego a su computador y respondió:
— Creo que son de utilidad, y así podríamos avanzar más rápido en lo que estudiamos. Además parecen acompañarse ustedes a mirar el televisor y ver esas caricaturas. De acuerdo…
Esa noche regresamos al hotel. Accedí a quedarnos desde el siguiente día, puesto que la casa Tatsumi era enorme y tenían habitaciones de sobra, de manera que yo estaba más que encantado con tenerle un poco, estar cerca, escucharlo hablar y por supuesto que me miraba con atención cuando cruzamos palabras.
Temprano llegamos a la casa Tatsumi con nuestras maletas de viaje, Kunihiro no tenía intención de quedarse a estorbar en casa ajena, aunque mis súplicas lo convencieron la noche anterior. Nos instalaron en una habitación a cada uno y nos indicaron donde estaban los servicios, pusieron todo a nuestra disposición y nos hicieron sentir bienvenidos. No me agradaba tampoco abusar, pero estar a su lado el poco tiempo que tenía para permanecer en Nagoya, era un sueño hecho realidad. Intentaría compensar con labores domésticas con tal de agradecer por la hospitalidad.
Volvimos a salir y recordé que no había podido volver a besarle, justo en el momento en que lo vi lamer una paleta helada con el calor que azotaba ese día. Ya que vivía en su casa, sin duda podría aprovecharme para jugar un poco con él. Sonreí como un bobo al caminar a su lado, de pronto dejé de prestar atención, a sus palabras y lo observé de cerca. Agachó la mirada y luego preguntó:
— ¿Y bien?
Pero me había perdido y no sabía que cosa preguntaba o a qué cosa refería.
— Lo siento sempai, no te escuché, perdón, es que miré tus ojos y recordé que no te he podido besar desde esa vez.
Me tapó la boca pues delante de nosotros venían nuestros hermanos y dijo haciendo una mirada furiosa:
— No te atrevas a hacerlo frente a ellos.
— ¿Entonces también lo estabas pensando?
De pronto un coscorrón y su respuesta verbal.
— ¡Cállate ya!
Su hermanita se soltó de la mano de Kunihiro y corrió hasta mí:
— No le pegues a Morinaga, es mi único hermano consentidor. ¿Quién me ayudará tanto como él? — La pequeña daba por hecho nuestra relación y sempai no parecía contradecirla al escucharla decirme hermano.
Pero con tantos días estando cerca y conocerle todavía más, escuchar anécdotas y estudiar juntos, había olvidado lo que la pasión podía marcar como hierro caliente en mis entrañas. Esa tarde me costó trabajo prestar atención, y lo obligué a ponerse tímido con mis acciones, con alguien tan retraído en el aspecto sexual, era fácil ser más audaz aunque no tuviera experiencia en el romance. Sólo me aproximé cada vez que pude y susurré a su oído lo mucho que deseaba besarle cuando los demás estaban lejos. La primera vez volteó molesto, pero cuando pasé mi mano sobre su hombro recargando mi cabeza, me apartó con un empujón y la mirada furiosa, pero desde ahí se notaba cada vez más nervioso con los susurros. Y los momentos estratégicos en que podíamos ser descubiertos me daban la ventaja para evitar sus represalias, eso y que les hablaba a los demás llamando su atención. Así que prefería darme pellizcos cuando sobre pasaba el nivel de arrumacos, como besarle la mejilla de improviso.
Tampoco es que me molestara escucharle, de hecho amaba saber de él, y sus hermanos podían contar las cosas más adorables de su persona. Así que las tardes en familia eran la cosa más hermosa, tan perfectos, amorosos. Los hermanitos de sempai tan dulces que casi podía sentirlos como nuestros pequeños.
Esa misma noche, hablando sobre física aplicada, me descubrí evadiendo un poco el estudio, fantaseaba con tocarlo, de modo que fui por un poco de café para ambos y poder prestar atención, no podía fallarle por esas hormonas que comenzaban a hacer estragos en mi cabeza.
Ahora que teníamos todo el tiempo, no había nadie que nos siguiera el paso, algo que sabía de antemano, razón por la cual me centré en ello hasta que Kunihiro subió a dormir apagando el televisor. Aguardé por diez minutos hasta que todo era silencio y le dije:
— Sempai, estoy algo cansado, ¿podríamos dejar de estudiar por hoy?
Pero aproximé mi rostro lo más cerca que pude, mi corazón, esas palpitaciones alocadas que se hicieron poderosas por todo mi cuerpo. Se sonrojó cuando su rostro y el mío percibían el rumor de la respiración. A punto de besarle, se levantó con un exabrupto:
— Tienes razón, es tarde. Lleva las tazas al fregadero. Adiós.
Tomó la computadora entre sus manos y subió a prisa sin dejarme seguirlo, puesto que levanté las tazas, las lavé y me di cuenta que había escapado descaradamente.
Subí al poco rato y lavé mis dientes con el pijama puesto, seguro empezaría a tener sueños húmedos con tanta tentación cerca. Pero cuando salí justo antes de entrar a mi habitación, lo escuché entrar a lavar sus dientes y claro, mi cabeza ya no pensaba usando la lógica, así que esperé a verlo salir. Al verme, caminó casi escapando hasta su habitación, entró en ella pues la puerta estaba abierta y la intentó empujar para no dejarme pasar, pero lo detuve. En voz baja me dijo:
— ¡Qué demonios haces! ¡Largo!
Sin embargo, las ímpetus poderosas de mis deseos lograron hacerme entrar con una súplica en voz baja también:
— Sólo quiero decirte una cosa y me voy.
Como se dio cuenta que nos ponía en aprietos forcejeando en la puerta, me permitió ingresar, cerré y de pronto mis labios tenían a los suyos en besos. Así de pie lo besé hasta intentar tranquilizar esa sensación de locura que creció más y más. Hasta que me avergoncé de lo que mi cuerpo pedía, nunca había hecho nada como eso, y tampoco estaba dispuesto a apresurar las cosas hasta que pudiera escucharme correspondido.
El problema era que mis impulsos comenzaron a desbordarse, de la imaginación a la realidad, y para hacer todo más difícil, sempai me correspondía. Lo besé cuando la familia apartaba un segundo la vista de nosotros y se sonrojó cada vez, sin golpearme. Él parecía, al igual que yo, más ansioso por darle seguimiento a todo.
Las noches a partir de ese día fueron para besarnos en su habitación, mis manos querían tocarle esa parte dura pero me impedí hacerlo, era demasiado besarle tanto, mi erección y la suya pulsaron al despedirnos cuando me marchaba a mi habitación más tarde. Lo sabía pues discretamente observaba que tan grande la tenía, me hacía pensar que no era lo mío el recibirle, quizá un día hacérselo yo a él se me hizo más falible. Aliviarme una vez no me quitaba ese calor por todo el cuerpo que surgía todos los días al besarle a solas. Avancé cada día más, con sempai permitiendo las cosas que hacía.
La última noche de nuestra estancia en Nagoya, luego de nuestra fiesta de despedida, las inevitables palabras de despedida de Kunihiro, de los hermanitos de sempai y finalmente las suyas:
— No ha sido desagradable hospedarlos, cuando vengan otra vez pueden quedarse.
Entonces era mi turno:
— Les agradezco el recibirnos, jamás tuve una familia tan linda. Kunihiro lo sabe, mamá y papá siempre están ocupados con sus cosas. Los he amado a todos, creo que en esta mesa, están las personas más importantes de mi vida. Quisiera un día poder volver, porque, los voy a extrañar mucho.
De inmediato Kanako se levantó y me abrazó para consolarme por las lágrimas que salieron, Tomoe se unió al abrazo y Kunihiro suspiró desde su asiento, sonreía al verme con ellos. Luego corrieron a abrazarlo a él, ya que los había cuidado como si fuera el padre que no habían tenido. Souichi me miró y dijo en voz baja:
— También voy a extrañarte, tonto sentimental.
Pero sus ojos decían mucho más, tragó saliva y aclaró la garganta, luego se levantó diciendo que su vaso tenía un cabello. Caminó hasta la cocina y no lo seguí, sabía que debería estar a solas, pensando las mismas cosas que yo. No quería irme a casa, ya que ese lugar era el hogar que toda la vida busqué. Así que esa noche, cada uno subió a descansar y yo aguardé a que todos durmieran para despedirnos de esa relación nuestra que comenzaba y terminaba en el aspecto más importante, no podría volver a tocarle, besarle y mirarlo directamente.
Abrí la puerta de su habitación y al pasar me esperaban sus brazos que me rodearon mientras nos besamos, hasta que al separarnos agachó la cara y observé un par de lágrimas correr por sus suaves mejillas. Algo extraño se apoderó de mí, quería consolarlo a como diera lugar, de manera que lo besé una y otra vez, de la forma más atrevida. Lo recliné en su cama y estando sobre él, acaricié su cuerpo que respondió como el mío con una erección tan dura, que mientras forcé mis manos bajo su camisa para tocar sus pezones soltó un par de gemidos eróticos.
Podía mirarle, eternamente, besarle, tocar ese hermoso rostro que parecía lleno de amargura, de distanciamiento. Una sentencia de separación, de quedarnos apartados y solitarios nuevamente. El placer de acariciarlo, junto con sus ojos cristalinos que no dejaron de verme, ni yo de verlo, porque tenía que guardar cada sensación suya y mía para mi largo viaje, para nuestra jornada apartados y solitarios.
Tenía miedo del sexo, así que no tenía intenciones de penetrarlo o sentirlo a él dentro de mí. A pesar de eso, desabotoné su pijama y expuse su blanca piel ante mi boca, lengüetee uno de sus pezones obteniendo que su erección brincara. Retiré mi camisa frente a sus ojos que parecían asustados.
— No voy a hacer nada, sólo quiero sentir un poco tu piel y el calor de tu cuerpo. ¿Puedo?
Souichi-sempai sonrojado hasta las orejas, no me apartó, desvió un poco la mirada al tiempo que volví a besarle. Sin poder contenerme más, saqué de mis pantalones mi pene agitándolo mientras mi lengua se enredaba deliciosamente entre la suya. Bajé un poco los suyos y tampoco me detuvo cuando una de mis manos tocó su hombría, tan dura, tan suave al tacto y la froté. Entonces me detuve, así completamente erecto junto con él, me senté sobre mis rodillas en la cama a su lado y me siguió pues se levantó también. Demasiado simple y natural, podía respirarse en el ambiente con su aroma masculino, el amor entre nosotros. No podía evitarlo, ni Souichi podía detener esto que hacía vibrar nuestras almas que pretendían apropiarse de la otra persona, con tal de poder con la distancia que nos llegaría.
Volví a besarle, mi lengua, su lengua pedían más, tomé su mano y la puse sobre mi pene, ya que la mía fue directamente al suyo. No se detuvo, no se alejó, sino que imitó mis movimientos, todo estaba más que caliente, sempai hacía quejidos suaves con cada movimiento mío y yo me retorcía de placer también. Souichi hacía muy rápido todo, y esa sensación acalorada de tener su mano tocándome me hacía exhalar, me nublaba el juicio. El parecía más ansioso que yo, con cada presión suave en el glande, escurría de él lubricando. No permitía su orgasmo, ni el mío, me centraba en acrecentar el placer, hasta que mi cordura se perdió cuando descubrió que si su pulgar frotaba con el prepucio cierta parte en la punta, yo gemía y dejaba de besarle. Entonces favoreció ese movimiento, incluso soltó mi espalda, bajó su otra mano, pues con una frotaba el tallo y la otra hacía el truco con su pulgar.
Hice lo mismo sin obtener esa reacción, pero yo había visto en las películas pornográficas que si acariciaba sus testículos y al mismo tiempo frotaba su pene, podría darle más placer. Ahora ambos recargamos nuestra cabeza en el hombro del otro, ya que era vergonzoso mirarnos totalmente descompuestos de placer.
Sus manos que acariciaron presurosas, me indicaron el ritmo que debía seguir en él y que por supuesto, a mí también me era irremediablemente placentero. De pronto esas cosquillas se liberaron con fuerza sobre su mano y su calor también se derramó entre mis dedos. Tomó un par de pañuelos de la cómoda y no quería marcharme, era mi primera vez con alguien, con el hombre que amaba hasta los huesos. Las noches anteriores me iba luego de besarnos y acariciarnos un poco. Y dije en un susurro:
— ¿Souichi, podría quedarme un poco más? Necesito abrazarte, quiero recordar esto cuando me vaya. Te voy a extrañar tanto…
— No lo digas ahora…
Dijo mientras se acomodó, me recosté tras él y nos cubrimos. Susurré a su oído:
— Aunque estemos separados, jamás dejaré de amarte. Buscaré una forma de volver pronto.
Se quedó en silencio y cuando lo solté para volver a mi cama, se acurrucó sobre mí, así que no pude irme. Muy temprano la voz de Kunihiro tocando la puerta de mi habitación me despertó. Nadie sabía que yo permanecía todavía recostado con sempai:
— Tetsuhiro, ya despertaste, debes hacer tu maleta para irnos.
Los ojos de Souichi se abrieron y tenía la misma expresión que yo, miedo y vergüenza de ser descubiertos en la misma habitación, luego de haber hecho aquello. Me levanté como resorte y me puse la camisa del pijama. Dejamos de escuchar a Kunihiro y salí a hurtadillas entrando al baño a fingir que salía de ahí respondiendo:
— ¿Dónde estás Kunihiro? Estaba en el sanitario.
Desde su habitación gritó:
— Sólo que te des prisa porque debemos irnos en una horas.
De esa forma desayunamos las sobras del día anterior, Souichi evitó mis ojos y yo los suyos, pero cada vez que por accidente se toparon, un gran sonrojo cubrió su lindo rostro, además de esa mirada añorante. Nuestra despedida de la noche anterior, tocándonos uno al otro resultó demasiado intensa, sólo eso podía evitarme el pensar que en algunas horas no podría verle más.
Suspiré al terminar mi maleta y la única cosa que me hacía regresar a Fukuoka era la universidad. Me dolía tener que apartarme, me dolía demasiado imaginarlo. Además que no podría regresar, más que quizá las siguientes vacaciones.
La hora marcada llegó en el aeropuerto, sempai y sus hermanos nos acompañaron. Los hermanos pequeños de sempai nos abrazaron con fuerza, se veían tan tristes pero no tanto como Souichi que no decía absolutamente nada, callado, en silencio miraba a todas partes menos a mí o a la familia. Sentí terrible ese nudo en mi estómago, en mi garganta para decirle lo mucho que lo necesitaba, que amaba su compañía. Sin embargo, si lo decía y expresaba todas esas cosas, no podría marcharme sin hacer una escena de drama.
Cuando más amas la vida, los momentos más felices siempre pasan demasiado a prisa, se pierden inevitablemente, se van sin que puedas detenerlos y nuestra despedida no fue la excepción. Llamaron a nuestro vuelo, abracé a Souichi y le di un pequeño beso cuando vi sus lágrimas hacer eco con las mías. Nadie nos dijo nada, ni siquiera a él le importó que nos hubiera exhibido. En realidad esa sensación tan fuerte, que me partía el corazón la podía ver reflejada en sus ojos, así que no solté sus manos. Prácticamente mi hermano me arrastró hasta el avión.
— Tranquilo, ya hablarás con él por internet.
— No es lo mismo…
— No seas dramático Tetsuhiro. Siempre hay una forma…
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Souichi Tatsumi
Morinaga podía ser tan consentidor que me recordaba a mamá, la forma en la que hacía reír a Kanako, entonces por esa razón y por querer seguir hablando con él accedí a que mi hermanita los invitara a cenar. Pero en casa, el hermano fastidioso de Morinaga comenzó con sus preguntas indiscretas:
— ¿Cuáles son sus intenciones con mi hermanito?
— ¡Intenciones! No tengo ninguna, él es sólo mi amigo.
— ¿Bueno pero me dirá que los amigos se besan así como ustedes?
Me sonrojé mientras respondí con enfado:
— Eso no le incumbe, usted es un invitado en mi casa, debería comportarse.
— Me incumbe porque no quiero que lastime los sentimientos de Tetsuhiro, ¿sabe lo que estaba dispuesto a hacer? Cambiaría su identidad sexual por ti. Ahora solo te dejaré con una pregunta que debes responder para ti mismo. ¿Harías el mismo sacrificio por él?
— ¡La cena está lista! — La voz de Kanako me quitó la tortura de escuchar más preguntas incómodas y nos sentamos a la mesa.
Se hizo costumbre, puesto que los siguientes días, nos volvimos sus guías por la ciudad de Nagoya, tan agradable escuchar su charla como siempre, con su forma de admirarme, con su inteligencia. No obstante, había más, podía tenerlo tan cerca, que pensamientos impropios recorrieron mi cabeza, los ignoré con anécdotas y escuché las suyas que no únicamente contó él, sino su hermano que aparentaba ser serio. Me llevé una gran sorpresa, al notar que mis hermanitos acogieron muy cálidamente al hermano de Morinaga. Aunque yo intenté llenar el hueco de papá, ellos buscaban figuras paternas para seguir y no era malo eso, sobretodo porque el hombre parecía divertirse de ir con ellos. Así podía tener a Morinaga para hablar de temas adultos.
Tan distinto el tenerlo frente a mí que sólo escuchar sus audios o leerlo. Se hizo tan natural que cuando Kanako sugirió invitarlos a quedarse sus días de estancia, no me pareció mala idea, mucho menos, ya que el hermano de Morinaga reía con las caricaturas que veían mis hermanos. Y por alguna razón era desagradable pensar que tendrían que marcharse a casa pronto.
Ese día luego de instalarlos, al salir a pasear por la ciudad, descubrí que Morinaga era tan llamativo, distinto a las demás personas, él tenía un brillo en sus ojos que podía hacerme sentir cosas raras en el estómago.
Cada roce accidental de su piel contra la mía me tenía nervioso y demasiado ansioso. Todo se complicó en mi cabeza cuando mencionó algo sobre besarnos, cada recuerdo de su lengua moviéndose me hizo sentir como un loco, pues quería repetirlo. Sus palabras en mi oído tan bajitas me ponían más extraño y el colmo de todo fue cuando me abrazó recargando su cabeza en mi hombro. Tenía ganas de matarlo por exhibirnos y de igual forma ansiaba probar sus labios.
Tarde en casa, detuvo nuestro estudio para aproximarse tan cerca que su boca casi me hace caer a besarlo, razón por la que escapé antes de caer rendido. No sabía que tan lejos podía llegar mi cuerpo, que todos los días me forzaba a soñar con besarle.
Algunos minutos después, lo tenía en mi puerta, y las memorias extrañas de mis sueños me impidieron echarlo como debería, en cambio terminé rendido entre sus labios. Al marcharse, no podía dormir de tener entre las piernas una erección bastante dura. Pero no le impedí el paso, cada día que ingresó a besarme, sabía perfectamente a lo que venía, me dejaba llevar, después de todo se marcharía lejos y eso me hacía sentir que de alguna forma, debía llenar ese vacío que mi alma percibía de imaginar no verlo más.
Mis límites de tacto los sobrepasó en los subsecuentes días, era extraño pero burlarnos de los demás y recibir un beso suyo resultaba molestamente gracioso. Únicamente pensé que si nos descubrían, tendría que matarlo a golpes por abusar de mi amabilidad.
Los días se fueron muy rápido, saber que alguien se irá de tu lado es como una sentencia de perder, de apartarte y eso me dolía, era molesto pensarlo. Empeoró todo en la estúpida fiesta que prepararon entre Tomoe Kanako y Morinaga. Escuchar sobre su partida no era para nada bueno, prefería por mucho que no se mencionara el asunto, aunque todos insistieron, dijeron cosas tan tontas, tan melosas, sentimentales, ¡Por dios! ¡Insoportable! Entonces Morinaga hablando de amor, de la familia, acrecentó el nudo de mi garganta. Sólo necesitaba no recordar que se iban, sin embargo verle llorar me pegó con fuerza y me contuve. Lo mío no era poder aceptar sentir eso, se hacía intenso con cada estúpido pensamiento de no tenerlo en casa.
Contuve mis sensaciones como debía hacerlo, pero en la soledad de mi habitación mi cuerpo reaccionaba tan distinto. Lo sujeté con fuerza y finalmente no pude evitar que salieran las molestas lágrimas de mis ojos. El suyo se apoderó de cada sensación, esas hábiles manos tocaron con sensualidad, una que me incomodaba y que de cierta forma se hacía inherente a mí. De pronto me descubrí disfrutando caricias privadas, y mi propia mano hacía movimientos en él que lo tornaban frágil, me gustaba demasiado enloquecerlo, desesperarlo. Por casualidad descubrí que tocarlo así, lo hacía más que mío. No lo quería lejos porque me pertenecía, sus sonrisas, sus lágrimas y también esos gemidos que hacían temblar su cuerpo. Tampoco yo estaba totalmente cuerdo, disfrutar esto, y gozar con sentir sus caricias era inaguantable, me excitaba todo y me enfadaba el que lograra hacerme apreciar todo de esa manera. Cuando mi cabeza se ocultó en su hombro me olvidé de mis pensamientos pues las emociones y el placer me dominaron. Fue entonces que me corrí tan duro, tan satisfactoriamente que no podía creer que un hombre me causara aquello.
El cansancio parecía vencerme, mis ojos se cerraban, y de pronto Morinaga dijo algo que me entristeció:
— Necesito abrazarte, quiero recordar esto cuando me vaya.
Le permití quedarse, no quería soltarlo, era tan molesto pensar en que no estaría para mí de la misma forma.
Traté de evadirlo pero la despedida en el aeropuerto me puso mal, escuchaba las voces distantes, las personas que pasaban a nuestros lados empujando no me molestaron y yo odiaba ser tocado por otros. No obstante todo se hacía difuso, quería ponerme a llorar como el imbécil que era, porque no era justo que pudiera tener tantas emociones por una persona, no podía quererle más que a nadie y luego perderlo tan fácil, por una razón tan absurda como mandarlo a casa. No merecían tenerlo allá. Debía decirle que era bienvenido en mi casa, que no me importaba en realidad lo que cualquiera pudiera pensar, de tener otro hombre de distinto apellido viviendo bajo el techo de mi familia. Simplemente debía estar conmigo.
A pesar de todo, era demasiado egoísta pedirle que dejara sus metas, sus logros, a su familia, a su hermano y su ciudad por un tipo que tenía poco de conocer en persona. Así que cuando sus brazos me sujetaron afanosamente, me descompuse en un mar de lágrimas que estúpidamente salieron de mis ojos. Tenía ganas de darme un par de golpes para dejar ese sentimentalismo tonto y seguir con las cosas que tenía planeadas para mi vida. Además me repetí un sinfín de veces que podría seguir hablando con Morinaga por el celular.
La semana comenzó sin él, afortunadamente todos esos días mi atención se centró en elegir mi horario de clases y eso me evitó deprimirme. Sin olvidar sus constantes llamadas, tantos «te extraño» que dijo que no eran igual, no podía tocarlo, la percepción era tan distinta de esa forma. Sus ojos se notaban decaídos y yo cada vez que terminamos de hablar, tenía un vacío que pesaba.
No lo comprendí, cada maldito día era más complicado estar separados, me molestaba aquello, yo no era su esclavo, ni una chiquilla boba enamorada. Así que resistí, sin ganas de dormir, sin ganas de comer, me forcé a todo eso, debía recuperarme. Y a pesar de mis esfuerzos, mi necesidad de verle me hacía llamarle más seguido.
Unos días antes de que iniciaran los cursos, me senté a pensar en lo mucho que había cambiado mi percepción, en que añoraba cosas absurdas, y mi primera vez, nuestra despedida… De pronto mi celular timbró. Su nombre en la pantalla me hizo responder pensando en que quizá en la distancia, Morinaga pensaba las mismas cosas que yo.
—Hola sempai, sabe que lo extraño mucho, y tengo una sorpresa para usted en la puerta de su casa. No sé si le agradará.
El timbre sonó y colgué bajando las escaleras. Al abrir, Morinaga estaba parado justo ahí. Sus brazos me estrecharon y los míos a él.
— Me inscribí en la universidad de Nagoya. Revalidé las materias y me han aceptado. Sólo…
Lo solté y pregunté con enfado:
— ¿Sólo qué?
— Necesito hospedaje hasta conseguir un empleo o una beca para pagar mi estancia.
— Imbécil, sabes que te vas a quedar aquí. Y conseguirás esa beca, porque el profesor me ha dado un laboratorio, ahora ya sé quién será mi víctima… Digo mi nuevo asistente serás tú.
El idiota había regresado, ahora compartía mi casa y mi habitación de vez en cuando. Todos los días me hacían blando, un completo imbécil enamorado, claro, estaba enamorado y se lo dije cuando conseguimos un logro espectacular. Salimos en una revista de ciencia y se nos premió por nuestro trabajo conjunto.
La familia creció y con ello, primero mi hermano Tomoe se fue con un desagradable tipo llamado Kurokawa, al que soporté porque noté en mi hermano esa misma mirada que Morinaga podía darme a mí. Luego Kanako, ella se fue a estudiar lejos y un día nos presentó a su prometido. De modo que la vida era sólo nuestra para compartir, para disfrutar a cada momento, desde la mañana entre las sábanas, hasta por la noche con el beso de buenas noches o los gemidos nocturnos. Fastidiosamente bueno, terriblemente agradable y no había un solo día que no agradeciera tenerlo conmigo.
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FIN
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¿Bueno qué tal ha estado? Lloré en algunas partes, saben que me hizo reflexionar esta historia. Tengo miedo que algún tipo loco de internet pueda hacerle daño a mis pequeñas amigas. En fin, confío en que puedan cuidarse y confiar en sus padres, que aunque no siempre tienen la razón, querrán protegerlas. Que puedo decir, al respecto de lo demás, una persona que por azares del destino se topa con su media naranja por la red, ha sido una historia que me ha marcado.
Amar a otros no siempre termina con un final feliz, pero es una experiencia tan hermosa que vale la pena abrir el corazón para amar a nuestros semejantes.
Los quiero mucho lectores, me he topado con tanta gente bonita que aprecia estas palabras de una loca escritora. Así que agradezco sus comentarios que me hacen sentir especial, de modo que procuraré regalarles el amor que siente mí corazón, en cada una de las historias que continuaré trayendo.
Mientras tanto, debo decirles que me quedó sin internet en casa, de modo que me verán actualizar seguido. Sin distracciones, mi cabeza viaja a universos alternos donde traeré las continuaciones.
Un agradecimiento a Gaby por mi Tetsuhiro Goku, lo adoré, es mi superhéroe.
Y gracias por leer, nos vemos pronto. Probablemente traiga «Uke por la fuerza... del amor» O la de «Competencia de amor» Pero espero terminar ambas en estos días.
