Like a Fairy Tale:
A love story of a King, a Fairy and a Prince
JJ x Yurio
Capítulo II
Defeated… right?
No fue algo de pocos minutos, fue algo que duró varias horas hasta que salió el sol.
Lo que alguna vez fue una sala de estar con todas las comodidades y ordenada de manera pulcra, con detalles específicos que le daban un toque diferente ahora no era otra cosa que una habitación en ruinas, llena de objetos rotos y basura.
Idéntico al interior de su corazón.
En una especie de intento por calmar sus nervios y tomar retomar el control de sí mismo, Jean Jacques destruyó la bien conservada sala arrojando, pateando e incluso lanzando puñetazos a todo lo que tuviese al frente incluyendo estantería y la televisión dónde anunciaron lo último sobre el Gran Prix Final de Moscú y sus participantes. No tenía cabeza para nada menos para estar escuchando los halagos para sus competidores. Un jarrón blanco, una maceta junto con la enredadera plantada en ella y el perchero de la entrada se encargaron de silenciar al aparato por siempre habiendo creado un agujero en la pantalla que dejaba ver cables salidos y circuitería compleja hecha pedazos.
Enloquecido y cegado por la ira, la rabia y la tristeza, todo objeto material carecía de valor alguno y se catalogaba como posible blanco de sus golpes.
'Esto es de ella'. Pensaba al desordenar la pieza: 'Esto, y esto otro también lo son. ¡Todo incluyéndolo a él!'.
Tan desdichado y loco era que veía a su ex mujer por todas partes. Lo perseguía, lo hacía verla por doquier en esas cuatro paredes.
Lo hacía recordar.
—Fue todo idea tuya, ¿por qué debo cargar con el peso yo solo? —preguntó al acercarse a una fotografía colgada en la pared.
En ella se podía apreciar a un Jean Jacques de imagen elegante y pulcra usando un traje blanco y cola larga en combinación con unos guantes, un corbatín y zapatos a juego; a su lado se encontraba Isabella en un vestido del mismo color con el cabello recogido usando un velo que caía sobre su rostro, sonriente, ambos listos para subir a una limusina negra que se encontraba detrás. Hermosa y alegre como en la primera fotografía que vio de ella al conocerla en una red social.
Perfecta y risueña.
—No lo entiendo, Isa. No entiendo cómo pudiste hacerme eso.
Deseaba escuchar una respuesta viniendo de aquella imagen, pero sabía que no lo haría.
Isabella era al igual que esa fotografía del día de su boda, únicamente un recuerdo.
— ¡JJ!, no me dejaste lanzar el ramo… ¡prometiste que nos iríamos después de que terminara todo!
— ¡Si así fue, Isa!, la fiesta fue un éxito. Tanto así que Giacometti y Viktor con unas copas de más darán de que hablar por algún tiempo —dijo a modo de disculpa mientras se defendía de los golpes que su novia le propinaba con las flores —. Que mejor se las arreglen su manager y Yuuri para arreglar el desorden de la batalla de striptease, ¡luego podremos reírnos con el video!
—Aww, JJ yo quería compartir este día con todos los demás… —se quejó Isabella continuando con su berrinche.
— ¡Pero que disparates dices! —exclamó frenando con una mano el ramo de flores —. Si con quién debes disfrutarlo se encuentra aquí siendo golpeado con un ramo de rosas.
La mano izquierda prevenía los ataques de la furiosa recién casada y la derecha se encargaba de acercarla a su pecho. La resistencia no se hizo esperar, era comprensible. Isabella no perdonaría su atrevimiento tan fácilmente, por mucho amor que le tuviese entrometerse en los planes que una mujer hacía para el día de su boda era difícil de ignorar.
Con paciencia, JJ la abrazó dulcemente mientras acariciaba su cintura sobre el corsé del vestido.
Lento. No tenía prisas, ya tendría tiempo para desnudarla en el hotel o convencerla de jugar en el baño del avión. De momento solo tenía que gozar el paseo en la lujosa limusina que habían contratado para recogerlos de la recepción, aprovechar las bebidas que venían incluidas y la privacidad que una ventana negra hacia el lado del conductor les brindaba.
'Seguramente me dirá que si a todo'. Pensó esbozando una sonrisa pícara.
Pronto la tendría a su merced, suplicando por besos y caricias que irían más allá de roces inocentes. Probablemente rompería la lencería que estaba usando, ¿de qué color sería a propósito?, ¿blanco?, ¿rojo?, o quizás negro…
— ¡JJ es en serio! —protestó Isabella regresando a JJ a la realidad —. Yo quería lanzárselo a mis amigas.
Un puchero se formó con los labios carmesí al mismo tiempo que sus ojos celestes lo miraban triste, sin más forcejeos ni intentos por golpearlo con el ramo de flores. Tan solo ella y aquella expresión que lo hacía sentirse como basura.
No pudo evitar sentirse culpable. Esa cara podía más que su arrogancia.
Era una desgracia como buena persona, nunca era capaz de sentir empatía por los sentimientos de los demás. No tenía remedio, lo sabía. Isa también lo sabía, pero no era justo, mínimo debía tratar de entenderla antes de meter la pata pues ahora era superior al resto.
Además, ¿cómo ignorarla cuando con esos mismos ojos y labios lo animaba en la pista?
Cómo menospreciar a su fan número uno.
—Lo siento —habló con un semblante serio —. No era mi intensión.
— . . .
Los silencios de Isabella jamás eran señal de algo positivo.
Tenía que pensar en algo para solucionar lo que sus aceleradas acciones habían causado.
Unos segundos incómodos pasaron hasta que después de voltear a ver a todas partes posó la mirada sobre el quemacocos y luego a la ventana del lado de Isabella.
'¡Lotería!'.
—Hey!, no es momento para caras largas —dijo JJ, sonriendo de oreja a oreja —. Por qué desperdiciar algo tan preciado como el ramo de la nueva señora Yang Leroy en solo unas cuantas mujeres…
Con un silbido indicó al conductor que se detuviera y presionando un botón del pequeño tablero en el techo abrió el quemacocos. Acto seguido, tomó la mano de su mujer y ayudándola a subirse sobre el asiento, salieron ambos para contemplar el espectáculo de patinaje de una de las tantas pistas de hielo al aire libre de Vancouver que abrían en invierno, la pista de hielo en Robson Square*.
De hermosos colores en tonos rosa, azul y verde, su belleza opacaba muchas otras, pero no solo por eso la suerte de JJ fue tan grande al estar pasando justo por ese lugar, sino porque había tantas personas patinando alegremente que podía darse el lujo de hacer lo que quería.
De arreglar las cosas como sabía hacerlo.
— ¡Gente de Canadá! —gritó llamando la atención de los presentes —. Yo soy "The King, JJ", y hoy vengo a presentarles a mi esposa, "¡The Queen, Isabella!".
Cualquier mortal se sonrojaría al montar un espectáculo de esa magnitud, pero él era JJ. ¡El Rey JJ podía hacerlo si así lo quería!, sin pena ni vergüenza de ningún tipo.
Solo ovaciones llegarían ante él. Solo palabras de aceptación.
Solo lo de siempre.
— ¡Es Jean Jacques Leroy! —gritó una joven que parecía una fangirl promedio.
La gente no tardó en reconocer al flamante competidor de las Olimpiadas de Invierno, las mujeres clamaban su nombre enloquecidas por la noticia, algunas llorando y otras deseándole lo mejor en su vida de casados mientras hombres y niños lo reconocían más por las gigantografias de reconocidas tiendas de ropa y artículos deportivos aunque con algunas excepciones.
Todos lo felicitaban y se regocijaban aplaudiendo a la joven pareja.
JJ sonrió complacido e Isabella solo mostraba un rostro sonrojado y sorprendido.
Se había acostumbrado a aquello con el paso del tiempo, sin embargo, se encogió un poco al saberse tan observada por el tamaño de la audiencia. JJ al notarlo pasó sus manos detrás de ella y por su cintura, acomodando su cabeza en uno de sus hombros dejando sus labios cerca de su cuello desnudo.
—Soy un mal esposo, nunca seré capaz de detenerme a esperar una respuesta o comprender los sentimientos de los demás, soy ese tipo de desgracia. No obstante, no te rindas. Enséñame a esperar, Isa hazme amarte con la misma intensidad con la que tú lo haces… hazme dependiente, hazlo —susurró, abrazándola intentando enmendar su error.
Isabella sintió su corazón latir rápidamente. Ya no sentía triste ni tenía la lastimera expresión.
Ahora solo sonreía con un par de lagrimones en los bordes de sus ojos.
Tenía fe en que JJ la amaba.
— ¡Prometo hacer muy feliz a JJ!, ¡prometo estar siempre a su lado!... ¡prometo que lo haré enamorarse de mí hasta que no pueda dejarme!, I love Jean Jacques Leroy!
A esa declaración le siguieron aplausos y gritos eufóricos, sin embargo lo que marcó el momento fue el lanzamiento del ramo de rosas rojas que traía consigo la novia haciendo que fanáticas y no fanáticas de su esposo se abalanzaran por el mismo.
Varias risas inundaron la parte trasera de la limusina encargada de llevarlos al aeropuerto cuando decidieron seguir con su camino. Jean Jacques tomaba su mano e Isabella correspondía, sonriente, bella y perfecta.
Así como le gustaba a JJ, así como Isabella iluminaba su mundo.
—Isa… —llamó frotando su rostro con una de sus manos.
Como lo esperaba, fue demasiado. Recordar esos momentos tan preciados no hacía otra cosa más que destruir su compostura, lo oprimían y hacían reaccionar, denotando siempre lo mucho que Isabella influía en su vida.
Ya fuese recordando sus incansables declaraciones de amor o su sacrificado trabajo como su animadora personal, el "fantasma" de Isabella Yang no lo dejaba descansar. He ahí el motivo por el cual se hallaba recostado boca arriba sobre los escombros de los CD que pisoteó luego de que sus padres se marchasen y lo dejaran a su suerte con la única cosa que no podía manejar aparte de la culpa que lo embargaba.
La paternidad.
—No sé hacerlo… no sé… —repetía mirando al techo —. Jamás fue idea mía llegar a esto.
No era parte del plan perderlo todo con una visita.
En tan solo una noche había perdido el progreso de un año, el logro de ya no sentir culpa por dejar a Jean Philippe con sus padres y el ya no pensar en su mujer. Con unas palabras de más y la decisión más inesperada de sus progenitores había pasado a enfrentar sus miedos de golpe, sin la opción de retirarse o poder escapar como había acostumbrado hacer durante meses que parecieron años.
Todo se venía de golpe, lo abrumaba.
No quería pensar, un Rey no tenía por qué pensar en cosas como esa.
¿Por qué tenía que hacerlo?, ¿por qué si nunca estuvo de acuerdo con cargar con otra vida aparte de la suya?
'¡Qué mierda se supone que haga con un niño a mi lado!'. Pensó.
Los rayos de sol poco a poco fueron incómodos para su agotado cuerpo, para sus ojos más que nada pero no quería moverse, si lo hacía sabía que tendría que empezar el día y atender al bebé que por obra y gracia de los cielos no había despertado con todo el alboroto de la noche anterior. No obstante, debía admitir que nada sería el hecho de tener que pasar todo el día con él hasta que encontrase una niñera que se hiciera cargo las 24 horas.
Lo que le molestaba era tener que pretender que lo quería.
—Ah —suspiró —. ¿Por qué tengo que hacerlo?, esto no fue como dijiste que sería, Isabella…
Si retrocediera en el tiempo y le dijeran que para estas fechas estaría enfrentándose a esta clase de problemas probablemente no lo creería, es más se reiría de tan disparatada historia donde tenía un hijo y su mujer moría en un accidente de tránsito unos meses después de dar a luz. Lo hubiese disfrutando hasta no aguantar el llanto que la risa provocaría.
Tristemente, no fue así y aunque hubiese ocurrido estaría en el mismo sitio pues lo hubiese pasado por alto igualmente.
Seguía siendo malo para escuchar a los demás.
Tumbado en el piso del hogar que abandonó hace unos meses, levantando su brazo derecho para contemplar su mano, su dedo anular, donde estuvo un anillo dorado indicando la propiedad de una mujer que él sabía lo amó más allá de lo que sus fuerzas lo permitían.
¿Cómo no iba a hacerlo?, Isabella era más que su esposa, era su fan e incansable animadora y lo amaba más que a ella misma, sin importar incluso si JJ sentía lo mismo en la misma magnitud.
Cuando ella vivía no tenía que preocuparse, Isabella estaría ahí cuando más necesitase que le recordasen de lo que era capaz.
Ella lo defendería a capa y espada mostrando lo magnífica que era. La mejor amiga de todas.
Por eso mismo cuando murió fue complicado hacerse a la idea de que por vez primera había perdido algo imposible de recuperar. Algo que sin importar que fuese "The King, JJ", el que lo pidiese volvería a la vida.
Ocurrió así, de la nada y en instante ya no la tenía para sentirse bien ni para escuchar halagos de su parte. La mujer que había escogido para compartir su trono fue borrada de la historia y convertida en nada más que recuerdos y promesas vacías.
Isabella se le fue arrebatada sin antes lograr su cometido.
No era justo.
—No cumpliste con tu promesa… ¿cómo así esperabas que me hiciera responsable de cumplir las mías?
La luz le molestaba del lado derecho de la cara por estar observando el lugar que Isabella presumió por años, clamando que ese anillo en su dedo era la máxima prueba del amor que Jean Jacques Leroy sentía por ella, mas por mucho que se molestaba en pensarlo, no podía entender porque siempre se conformó con tan poco. Lejos de ser tan molesta como solía ser al presumirlo como su novio, Isabella no pedía grandes cosas de él. Nada de detalles constantes, cero reclamos innecesarios, aceptación total de las decisiones en su relación, el tipo de acciones que esperaría de una fan pero no de alguien en una posición superior a esa.
Atribuirlo a que su método de convencimiento era infalible sería darse mucho crédito. Durante años eso lo llevó a preguntarse mil veces si ella estaba consciente de lo que pasaba con ellos. Si es que Isabella lo veía más allá del patinador estrella y rey de la pista de hielo de Canadá.
Si lo "amaba" de verdad.
Esas dudas estuvieron presentes incluso en el día de su boda, pero al decir sus votos tuvo fe en que estos eran legítimos y que ella cumpliría con su promesa de amarlo, honrarlo y estar en los momentos donde no tuviese a nadie más.
Lo haría enamorarse perdidamente de ella.
—Ah —volvió a suspirar, recordar era pesado —. No fue tu culpa… aun así…
Levantándose lentamente de la pila de escombros, Jean Jacques volteó hacia la gran pared de cristal que exhibía la ciudad desde el departamento e inhalando hasta que sus pulmones presionaron su diafragma vio el comienzo de un nuevo día con el sol más brillante que nunca.
Un hermoso amanecer, de esos que en el departamento donde vivía no podía verse.
'No permitas que falle, Isa…'.
Giró su cabeza hacia la pared donde se encontraba la fotografía de su matrimonio, el único detalle que no había arrancado de su lugar.
'Por favor, no permitas que mis sueños se vengan abajo'. Pensó apreciando el rostro de su esposa, pidiendo que el día trajera nuevas tan hermosas como su sonrisa.
— ¡Mama! —llamó una voz llorosa de la habitación contigua.
Lastimosamente al parecer traía consigo algo opuesto a lo que consideraba hermoso.
Un suspiro más largo brotó de sus labios esta vez.
—Jean Jacques Leroy, 26 años, patinador canadiense ganador de múltiples medallas de oro, dueño de su propia marca de ropa y artículos deportivos pero no así de lo que pasa en su vida… —dijo mientras se ponía de pie rascándose la parte posterior de la cabeza —. Ah… y hasta que consiga quién se haga cargo de él, el responsable de velar por el fruto de una noche de sexo en Las Bahamas.
La vida y sus padres lo estaban probando y aunque no estaba seguro si podría lograrlo una cosa si era segura.
Odiaba tener que cambiar pañales.
¿Cómo había llegado hasta ese lugar?
¿Qué lengua hablaban sus habitantes?
¿Cuánto tiempo había pasado?
¿Por qué estaba huyendo?
No se había movido de ese lugar desde hace horas, ni un ápice. Sentado en uno de los tantos asientos negros que tenía el aeropuerto recreaba a una especie de estatua deprimente dónde un hombre de 22 años agachaba la cabeza y la escondía tras sus rodillas en posición fetal; repetidas fueron las veces en las que alguien se detuvo a contemplarlo y otras tantas las que se acercaron a intentar hablarle, pero la estatua no respondía, tan solo los miraba confundido, incapaz de entender lo que decían.
Estático e ignorante, su mente no procesaba la información que sus sentidos percibían en tiempo real. No porque estuviese enfermo o algo similar, solo no podía.
Se sentía derrotado.
—No puede ser…
Idéntico a una inmunda rata de alcantarilla.
Tan miserable consideraba su existencia después de los sucesos que lo llevaron hasta ese asiento, quería que la tierra se lo tragase y de ser posible que todo rastro suyo desapareciera para siempre. El guardar para sí mismo como se sentía, el ser su propio confidente y consejero lo mataba, lo envenenaba lentamente con la negatividad y el odio que no tenía la facultad de reprimir. Únicamente con la capacidad de generar decepciones y traer consigo plagas indeseables.
Faltaban las orejas, los bigotes y la larga cola para mostrarlo, no obstante parecían no hacer tanta falta. La chaqueta con capucha negra, la camiseta de leopardo, las botas de caña alta, las cadenas a un lado de los jeans oscuros que llevaba y el largo cabello rubio que caía delante y sobre su rostro ya lo hacían blanco de miradas y confusiones con alguna clase de rufián, escoria de la sociedad.
Alguien indeseable, cómo se veía personalmente.
Merecía ser considerado menos que una cucaracha, la estupidez que acababa de cometer había estropeado el trabajo de una vida de sacrificios y entrenamientos constantes. En menos de 5 minutos un paso en falso y múltiples caídas lograron lo que competidores de talla internacional no pudieron a lo largo de su carrera como profesional.
Él, él mismo acabó consigo, se empujó hasta la orilla del barranco y se dejó caer.
Nada pudieron hacer los reproches incesables de Yakov, las bromas de Mila, los consejos de Lilia, las estúpidas risas de Viktor…
Las miradas de su abuelo… ni las promesas a Otabek…
Había perdido.
'Nada de eso importa, ya nada importa'. Pensó el rubio envenenando aún más su corazón.
—Qué más da. Era lo único que me quedaba, ahora ya no importa… no importa —murmuró.
Nada tenía sentido ni valía la pena. No importaba.
¿Para qué pelear?
¿Por qué sentirse mal?
¿Por qué vivir para seguir perdiendo?
Sentado ahí no pretendía encontrarle una explicación a esas preguntas, tan solo buscaba distraerse, nublar su mente para mantenerse calmado y en silencio. Sus manos ya le sudaban por estar apretándose mutuamente y sus rodillas adormecidas suplicaban por un descanso, su cuerpo entero pedía atención, pero Yuri ignoraba su incomodidad.
Ya nada le importaba.
Tal vez, si se quedaba quieto unas horas más podría caer rendido sobre los demás asientos, podría desmayarse por el cansancio y el hambre, podría ser ignorado por el personal de limpieza, quizás moriría antes de que dieran con su paradero…
Quizás si así fuese dejaría de sentirse así. Lo veía mejor para todos de esa manera.
Yakov no tendría que tomar pastillas para los nervios, Lilia podría gritarles a otras personas, Mila aprendería a no molestar, Viktor y el cerdo serían libres de preocupaciones, el abuelo no sufriría más y ellos al fin podrían…
Un gruñido escapó de su boca ante la idea. Ni siquiera así dejaría de afectarle, pero debía admitirlo.
—Sería… lo mejor para todos —dijo mordiendo sus labios, conteniéndose, siendo fuerte y cada vez más fuerte.
Un soldado.
No obstante, uno que había perdido la guerra y estaba herido de gravedad.
Alguien sin nada más que ofrecer.
En ese estado tan lamentable, ¿qué individuo patético se arrojaría a sus brazos?
'Nadie que respete su vida'. Pensó incapaz de predecir el futuro.
—Attention!*
— ¿Ah?
En tiempo perfecto, con una bella caída frontal y un choque impecable que estampaba ambas frentes por una estar dirigiéndose al centro de la Tierra y la otra por levantar la cabeza en el momento equivocado.
Sin duda una coreografía espectacular.
Los quejidos y un grito de ambas partes fueron audibles y llamaron la atención de quienes transitaban, sin embargo poco o nada les importó eso a los viajeros que llegaban a su destino, un par de rubios chocando sus cabezas y diciendo groserías seguramente era normal en las heladas tierras del norte del continente americano.
—Gabno!* —maldijo Plisetski en su lengua materna mientras sostenía su frente con ambas manos.
—Ça fait mal!* —se quejó el autor del choque en la lengua local —. ¿De qué está hecha tu cabeza?, ¿¡concreto!?
Yuri reaccionó ante el tono descortés, su problemática personalidad le indicaba acabar con la vida de quién se estuviese atreviendo a hablarle en ese tono —por más que ni siquiera hubiese entendido por tratarse de otro idioma— y el chinchón en su frente le indicaba cobrar venganza.
Sin cambiar mucho la postura, solo abriendo un poco más sus piernas para que sus rodillas no obstruyesen su visión, observó una maleta tirada en el piso al lado de un individuo sobándose la frente con una mano mientras que con la otra hacia lo mismo pero con su trasero.
Adolescente de unos 13 años a lo mucho, un par de grandes ojos azules, tez nívea, baja estatura, cabello rubio —algo corto en un peinado que dejaba ver algunos rizos— desordenado, usando una gruesa chamarra color rojo, guantes de lana blancos y… ¿un par de patines de cuatro ruedas?
Prontamente también con un ojo morado.
— ¿¡Ah!? , quién demonios te crees para golpearme y luego insultarme en otro idioma, ¡habla inglés o ruso, mierda!, ¡qué nadie en este maldito país puede entender eso! —gritó en ruso dando a conocer su enojo, mostrando los puños y dientes para enfrentarse a su agresor.
El chico observó la manera tan expresiva de resaltar las emociones del hombre de cabello largo, rápidamente dejó de frotar las partes adoloridas para incorporarse y responder en la misma lengua para sorpresa del de ojos verdes.
— ¿Eh?, ¡pero no quiero! Si volví a Quebec fue porque estaba harto del ruso, ¡es muy difícil!
Plisetski tardó unos segundos en reaccionar.
—Eh… ¿acaso si puedes hablar ruso? —preguntó Yuri, aun procesando la información.
El muchacho infló sus mejillas en un intento de berrinche.
—No tengo porque contestarle a un viejo decrépito —dijo en la misma lengua que mencionó Plisetski, volteando su cabeza, alzando el cuello en claras intenciones de verse superior.
Obviamente, la poca madurez de Yuri saltó ante la ofensa.
— ¡Yo no soy un viejo decrépito!, tengo 22 años. Además un enano ridículo como tú, no tiene derecho a criticar la apariencia de los demás.
— ¡Ah!, ¡yo no soy ningún enano! —contestó —. Tan solo… tardo más en crecer.
—Jajajaja, ¿de dónde sacaste esas patrañas? —rió Yuri —. ¿Te lo dijo tu maestro en la escuela para que no te sientas mal?
Un rojo intenso tiñó el rostro del joven extraño.
— ¡No te metas con Mademoiselle LaFleur!
— ¡Oh!, no me digas… —sonrió maquiavélicamente el ruso.
— ¡Ella es muy inteligente y sabe lo que dice! —alegó en defensa el pequeño.
—Lo mismo dicen de los políticos en campaña y no son más que idiotas que sonríen para tener votos.
— ¡Ah sí, pues...!, pues… ¡pues ella no es de esas personas!, ella es amable y siempre dice la verdad.
—Claro que sí, y Santa Claus, el conejo de pascua y el hada de los dientes son reales también.
Plisetski disfrutaba bastante incordiando al chico, sentía cierto desahogo al perturbar a alguien más. Verlo ahí, parado y con los puños cerrados de par en par, conteniendo sus fuerzas para evitar golpearlo, totalmente impotente, sin opción a una respuesta que no terminase en una crítica estúpida y sin fundamentos.
Le hacía bien. Había olvidado que hace unos momentos pensaba en su nauseabunda existencia.
'Que entretenido'. Pensó.
Quería maltratarlo un poco más.
—Te diré algo, enano —dijo bajando los pies del asiento, acomodando sus brazos sobre el respaldo del mismo, cerrando los ojos y disfrutando lo ruin de su proceder —. Aferrarse a la idea de qué una persona seguirá siendo la misma después de tantos años es estúpido… no existe nadie lo suficientemente fiel a sí mismo.
Hacerlo sentir mal, darle el "don" de ver la realidad del mundo.
Yuri Plisetski hablaba solo para descargarse, un tratamiento mezquino que acababa de encontrar. Después de largas horas sintiéndose miserable y repudiando su suerte, ese cambio de escenario le venía de maravilla.
O eso creía.
El joven desconocido dio un paso al frente e inclinándose hacia Yuri emitió una especie de gruñido que llamó la atención del patinador ruso. Al levantar sus párpados, un rostro enfurecido sumado a un par de lagrimones y su reflejo en ese par de ojos azules vidriosos lo espantaron.
¿Ese era él?, horrible…
Esa sonrisa era tremendamente cruel.
—No eres más que un viejo infeliz con ganas de arruinarle el día a los demás —habló el chico —. Mademoiselle LaFleur, la abuela, Le Roi du rink*… ¡ellos son las personas más maravillosas y apasionadas del mundo! Sin importar las consecuencias, ellos solo desean seguir sus sueños y ser ellos mismos, ¡ellos son mis héroes!
Lo dicho fue equiparable a un balde de agua helada. Desarmó al medallista de oro de la asociación Rusa de Patinaje Artístico congelándolo sin darle tiempo a reaccionar. Su cordura regresó del agujero donde había sido arrojada en San Petersburgo, la facultad de reconocer el bien y el mal volvió así también dejándole ver lo que su lengua afilada terminó ocasionando.
Al parecer su interior estaba más podrido de lo que esperaba.
—… héroes —musitó repitiendo la última palabra del adolescente.
—Así es. Ellos son a quienes más admiro en el mundo, y no voy a permitir que hablen así de ellos sin siquiera conocerlos —respondió seguro, sin dar su brazo a torcer —. Ahora si me disculpas, viejo tengo mejores cosas que hacer, do svidaniya!
— ¡Espera…! —gritó Plisetski para detenerlo, no obstante fue en vano.
El chico continuó con su camino dando un giro con los patines volviendo por donde había venido y producto de eso cayó de bruces una vez más.
— ¡Wah!, ¡quién demonios deja un par de patines para hielo en medio del camino!
Patines.
Por reflejo, Yuri tocó el asiento de su lado derecho y se dio cuenta que no estaban ahí.
—Ya estoy harto —dijo el enfurecido adolescente tomando uno de ellos —. ¡Voy a romperlos!
Sin equipaje ni objeto alguno además de sus patines, Yuri Plisetski llegó a ese país sin tener la menor idea de lo que estaba haciendo o a dónde iría.
Que bestia, ¿cómo se le ocurrió semejante estupidez?
Recién caía en cuenta de que lo único que tenía de valor en ese momento estaba por ser arruinado.
— ¡Quita tus sucias manos de mis patines, maldito enano! —gritó abalanzándose sobre el rubio de ojos azules, hormonal, guiado por su instinto de supervivencia.
Golpes, patadas, mordidas e insultos en ruso volaron por aquí y por allá. Una pequeña pelea se formó en el que después Yuri conocería como el Aéroport international Jean-Lesage de Québec* según lo que le fue traducido por el chico de los patines quien decidió a ayudar al ruso con su poco o casi nulo conocimiento del Francés, claro está, luego de ser detenidos con cargos por alterar el orden público.
Adjetivos como "desastroso", "imposible", "tortuoso", entre otros que llenaban una lista ridículamente extensa, eran los que Jean Jacques usó para describir la odisea que le tocaría vivir esa mañana tras el despertar del "pequeño bulto de alegría" que sus padres e Isabella le dejaron a cargo.
Lo primero, armarse de valor para verlo. Pasando por la sala llena basura sería la primera vez que vería detenidamente la habitación del bebé tras aproximadamente dos años de evitarlo. Una decisión nada personal, de hecho en su tiempo creyó que era lo mejor para darle a su esposa el espacio necesario para que se relajase y se distrajese con otros asuntos no relacionados a los largos periodos de entrenamiento que le impedían regresar a casa.
Uno de los motivos que la mantenían de mal humor.
El llanto del infante podía escucharse claramente detrás de la puerta, gemidos y gritos de timbre agudo, irritantes y nada placenteros. Fastidioso, era la clase de ruido que menos soportaba.
Le faltaba algo que jamás conoció: Paciencia.
Desde su infancia, pasando por la adolescencia y la adultez, JJ iba por la vida a su manera imponiendo sus reglas, creando un estilo que definiese la originalidad de su persona. Sin barreras ni reglas que lo restringieran, no soportaba las prohibiciones de los entrenadores, odiaba los cambios que los coreógrafos realizaban en sus rutinas, ¡ambicionaba ser el único con el poder de decidir sobre sí!
Ser JJ sin límite impuesto.
Teniendo en cuenta su deseo fue que creó al Jean Jacques Leroy que cumpliría con los requisitos necesarios parar lograrlo. Un hombre guapo, seguro de sí, valiente, enérgico, jovial, orgulloso, con una sonrisa capaz de poner al público a sus pies, ideal. Aunque en otro sentido, carente de ciertas virtudes.
He ahí el motivo por el cual la piel se le erizaba con el llanto del niño.
'Dios… por qué la gente habla tan bien de los bebés, ¡que acaso son sordos!'. Pensó Leroy poniendo su mano sobre la perilla de la puerta.
Si se apresuraba y conseguía la niñera para antes del almuerzo todavía podría ir a entrenar.
—Es ahora o nunca —dijo a modo de aliento, adentrándose en la habitación.
Más pequeña de lo que recordaba, o posiblemente lo veía así por el efecto que tantos objetos atiborrados le daban al sitio, la recámara poseía un aire maternal; repleto de detalles meticulosos como los copos de nieve sobre la pared celeste claro, juguetes de múltiples formas y tamaños dentro de una caja enorme en un rincón, un pequeño armario de puertas blancas empotrado en uno de los muros, un estante con varias cosas que asumió eran para cuidar del bebé, una mecedora y cerca de la ventana se hallaba una cama pequeña donde las sábanas se movían inquietas.
Debía admitir que los esfuerzos de Isa saltaban a la vista.
—Así que aquí fue donde terminó el dinero que me pidió antes de que partiera a la Copa Rostelecom de ese año —dijo Jean Jacques recordando la petición de su mujer —. Un tanto muy tierna, pero un buen trabajo como siempre, Isa.
El lugar tenía escrito el nombre de su amado deporte por todas partes, se notaba lo mucho que Isabella quería denotar una de las cosas que ambos atesoraban.
Tal vez tenía la ilusión de que su hijo se convirtiese en una de ellas también.
El ruido volvió a captar su atención, obligándolo a acercarse a la cama para ver la manera de lidiar con el problema.
Mentiría al decir que era capaz de reconocer lo que su hijo pedía, así pues tampoco identificaba esa voz como la de un ser cercano a él. De hecho pasaba lo mismo con su relación padre e hijo: solo existía por lazos sanguíneos.
Le atribuía a ese hecho la razón por la cual sintió una punzada de incomodidad en el pecho al encontrar al pequeño llorar siendo rodeado de almohadas y sábanas a los costados mostrando que la cama no era del todo apta para él.
—Hey!... ¿niño? —habló buscando el mejor trato posible para acercarse —. ¿Qué tienes?, mira que llorar teniendo una habitación tan genial.
La táctica fue buena, pero no funcionó ni mucho menos llamó la atención de Jean Philippe.
Agachándose un poco más hacia la cama, prosiguió con su plan B.
— ¿Estás aburrido?, qué tal esto: It's JJ Style! —dijo posando, enseñando su sonrisa triunfadora esperando cautivar al infante.
Milagrosamente, el niño dejó de llorar y abrió los ojos viendo a su padre con ese gesto orgulloso en el rostro, mas al no obtener lo que realmente quería volvió a llorar aumentando el volumen.
Qué público más difícil.
— ¿Eh?, ¡oh, vamos! No puedes estar en serio, ¡ni Isabella era capaz de resistirse al JJ Style! ¡
Jamás imaginó que existiese persona inmune a sus encantos, JJ estaba atónito por lo que acababa de pasar, ¡era inconcebible!
Sintió un golpe justo en el ego, no entendía cómo era posible que lo rechazaran.
No obstante, era tan solo un niño de un año y medio, quizás debía empezar por ahí antes de poner en práctica otro tipo de planes.
'¿Qué hago?'. Se preguntaba JJ. 'Piensa JJ, ¿cómo hacemos para que un bebé deje de llorar?, qué hacemos, ¡qué hacemos!, ¡ah!, ¡debí acompañar a Isabella a esas clases de paternidad!'.
El llanto del bebé no hacía otra cosa más que empeorar y empeorar. Sus padres estaban dementes, dejarlo solo al cuidado de Jean Philippe a sabiendas de su nula experiencia en la materia, de su falta de paciencia y poco aprecio hacia los niños.
Las palabras de Nathalie vinieron a su mente: "… después de unos días, estoy segura que no serás capaz de dejarlo solo por el hecho de amarlo…".
'¿Unos días?, ¡ambos acabaremos muertos antes de llegar al segundo día!'.
Los gritos le incomodaban, la cabeza quería estallarle y si no pensaba en una solución los problemas acabarían multiplicándose.
—Hey!, bebé has silencio, ¡no entiendo nada de lo que…! —dijo JJ hasta que al desviar la mirada unos minutos hacía el costado derecho vio una pila de libros y un par de cuadernos de apuntes —. Las notas de ayuda, ¡qué gran idea mamá!
Agradeció el último gesto de misericordia que su madre tuvo con él, esas notas eran lo único que podía sacarlo de esa situación.
No demoró en lanzarse a leer los apuntes del puño y letra de Nathalie Leroy, con gran velocidad ojeó el primero de los cuadernos partiendo por la introducción.
—Bien, a ver… "Hola JJ, si estás leyendo esto es porque"… blablablá…
Leyó omitiendo varias partes, no quería sermones, ¡quería acabar con el dolor de cabeza ya!
—Un pequeño paso… acostumbrarse... no sacarlo sin abrigo… ¡ajá!, ¡aquí está! —exclamó —. "Si es que despierta de mal humor existen tres posibilidades: un pañal sucio, hambre, o simplemente se siente solo"…
Un color sombrío tiñó su semblante. No le gustaba como se escuchaba la primera parte.
¿Qué parte de cero experiencia no entendían?
¡Era como pedirle un cuádruple Salchow a un novato!
—Tiene que ser una broma.
Buscó más información que pudiese servirle de ayuda, sin embargo, los demás apuntes se desviaban a otros temas distintos.
Estaba contra la espada y la pared.
— ¡Imposible!, no puedo hacerlo, no sé cómo, yo… ¡yo…! —entró en pánico, complicado por su inutilidad.
Era un caos, Jean Jacques gritaba, Jean Philippe lloraba, ¡él era patinador no una madre devota!
Probó con otras técnicas de su inventiva para no recurrir al cambio de pañales. Cantó, hizo muecas, se puso a bailar e incluso le suplicó que parase, pero el pequeño JP no estaba conforme, con el pasar del tiempo hacía más esfuerzo y lloraba más fuerte.
— ¡Oh, por favor!, no lo hagas… —pidió posicionándose a escasos centímetros del bebé —. ¡No tengo la menor idea de lo que quieres!
Jean Jacques estaba histérico, a punto de tirar la toalla por un ataque de nervios. El estrés de tratar con un ser que no entendía, la presión de no fallar, la culpa de no tomar en serio los deseos de Isabella…
Lo odiaba.
—Isabella… ¡dime qué diablos tengo que hacer!
Faltó poco para hundirse, iba a huir nuevamente y dejarlo todo para pretender que no existía.
¡Esa no era la vida que quería!, ¡no era lo que Isabella le prometió cuando se casaron!
Trató de levantarse para correr a la salida, pero una pequeña manito sostuvo su playera antes de hacerlo, obligándolo a mirar en su dirección.
De ese pequeño puño salía un niño idéntico a él, cabello negro y revoltoso, mirada desafiante, una mezcla de piel blanca y canela, un rostro rojo de tanto llorar, no obstante, con inmensos e hipnotizantes ojos celestes.
Iguales a los de Isabella.
—Isa… —brotó de sus labios, embelesado por el color de los ojos del niño.
"Si alguna vez estoy triste, un abrazo tuyo será más que suficiente para alegrarme".
Sus brazos se movieron de inmediato, una mano sostuvo delicadamente la cabeza del pequeño mientras la otra trató de acomodarlo de la mejor manera posible. La sensación era suave, tanto que la idea de lastimarlo lo puso algo nervioso, sin embargo, entre sollozos el niño parecía tranquilizarse más en lo que su padre hallaba la posición más cómoda para ambos.
Al final, Jean Philippe terminó siendo cargado con un solo brazo contra el pecho de Jean Jacques, mientras este ponía la mano libre sobre su cabeza sorprendiéndose de poder abarcar toda con ella.
Con el pasar de unos minutos y un balanceo sutil, en la habitación reinó el silencio una vez más, siendo que el pequeño había logrado conciliar el sueño una vez más.
"Me gusta dormir apegada a tu pecho, tu corazón siempre consigue calmarme".
JJ juró que su memoria había hecho grandes progresos en un solo día.
O quizás simplemente alucinaba, escuchaba a Isa susurrarle al oído. Movido por una memoria fugaz y el sentimiento que lo embargó al ver esos ojos celestes suplicar por su atención, JJ hizo a un lado su egoísmo evitando pensar en sus sentimientos.
El pequeño bulto de alegría dormido en sus brazos sacudió su interior.
Acababa de darse cuenta de qué no era el único que extrañaba a Isabella.
—… por eso nunca me gustó el ruso. Digo, creo que hablar inglés o francés se me hace casi natural por haber vivido tantos años en Quebec, es normal para mí y no creo que esté mal preferir esos idiomas a pesar de haber nacido en Ucrania.
—Dime, Alexei…
—Es Alexis.
—Sí, sí, eso dije Alexei. ¿No puedes cerrar la boca por unos minutos? —dijo Plisetski, estirándose mientras veía con ojos aburridos hacia el cielo.
— ¡Ah!, después de salvar tu trasero de la justicia canadiense deberías mostrarte más agradecido, ¡y mucho más de que aceptara hablar contigo aunque fuese solo en inglés!, aquí hablamos francés, me escuchas, ¡francés!
—Si, si…
A partir del incidente en el aeropuerto muchas cosas tuvieron sentido para Yuri, comenzando con el porqué no entendía del todo el idioma que hablaban los habitantes y porque el clima se le hacía tan similar a Rusia. Resultó que en su impulso de irse lejos de San Petersburgo acabó llevándose solamente sus patines, su pasaporte y algo de dinero para cubrir los gastos del pasaje de avión.
Un plan estúpido y nada pensado.
No era su primera vez en Canadá, sin embargo, era su primera vez solo en el lado francófono del país.
El Skate Canadá se realizaba regularmente en Vancouver u otra ciudad donde el inglés fuese más hablado por sus habitantes y la única vez que estuvo en Quebec hace dos años para el Gran Prix Final no salió a hacer turismo. Eso sin mencionar que su bajo nivel de francés lo había adquirido viendo programas de televisión que no ayudaban en lo absoluto.
Viéndose tan vulnerable, el adolescente con el que peleó en el aeropuerto se compadeció prometiendo ayudarlo.
—Sabes, si te vas a quedar a vivir conmigo en lo que consigues otro lugar mínimo deberías tratar de aprenderte mi nombre. Mira yo ya me sé el tuyo, Yuri Plisetski —dijo enfatizando en el nombre del ruso.
Yuri tan solo asintió para seguir caminando y evitarse de problemas.
Después de salir de la estación de policía no tenía muchas opciones, por el momento conseguir un lugar donde pasar la noche y comer algo eran prioridad. Si el destino lo había traído a Quebec sería por algo e incluso si no fuese así le importaba un reverendo rábano, solo haría de cuenta que sus vacaciones de fin de temporada empezaron antes de lo esperado y se quedaría ahí sin decirle nada a nadie.
No quería relacionarse con ellos por un tiempo.
Optó por eso tras encontrarse tan inestable emocionalmente. No requería ser un sabio para entender que en ese estado solo causaría problemas y preocupaciones a los que sentían aprecio por él.
Lo mejor era alejarse por un tiempo, lo suficiente para encontrar la motivación indicada para hacerle frente al bloqueo que le impedía concentrarse en su carrera.
Solo entonces podría volver a patinar.
—Entonces dime —habló Yuri poniendo las manos tras su cabeza —, ¿crees que pueda conseguir empleo en el lugar al que vamos?
—No te prometo nada —respondió Alexis —. Ya bastante es con asegurarte que podrás quedarte a vivir ahí conmigo, pero si logras convencer a Mademoiselle LaFleur, es más que seguro.
—Eh… esa vieja gira más alrededor tuyo de lo que creía.
El rubio de cabello corto miró despectivamente al rubio de cabello largo.
—Si vuelves a hablar mal de ella, no dudes de que pasaras la noche congelándote en la calle —advirtió tratando de intimidar al ruso, aunque por la diferencia de estatura era complicado.
Era divertido hacer enfadar al enano.
—Hm, no prometo nada si me hace enfadar. No soporto a las viejas fregonas.
—Mademoiselle LaFleur podrá ser algo complicada de tratar, pero no es como tú dices —explicó —. Ella es buena con quién lo merece, sobre todo con Le Roi du Rink.
—Le Roi du Rink?
La pregunta pareció encender algo en el joven de los patines de 4 ruedas, tanto así que se adelantó sobre la acera e hizo un salto con pirueta similar a un Axel. Se notaba su entusiasmo, sus ojos azules brillaban tan solo con pensarlo.
—Él es el mejor patinador que alguna vez haya visto. ¡No tiene punto de comparación! Su combinación de saltos es impresionante, dudo que alguien en el mundo del patinaje pueda igualar su técnica. Si existe alguien que haya nacido para hacer historia y estar con los mejores, sin duda es Le Roi du Rink.
La manera tan apasionada de hablar sobre ese sujeto picó bastante la curiosidad de Yuri, que naturalmente no pudo evitarlo al estar relacionado con su deporte.
Ese hombre parecía ser sumamente interesante.
— ¿Y por casualidad compite en competencias como en las Olimpiadas?
— ¡En las Olimpiadas y mucho más! —exclamó Alexis —. Según Mademoiselle LaFleur, tiene un talento innato para patinar desde muy joven. Si estás interesado en el patinaje seguramente debes conocerlo, Mademoiselle dice que es muy famoso además de un soltero codiciado, ella misma se considera una gran admiradora.
— ¿Cuál es su nombre? —preguntó Yuri.
Muchos nombres vinieron a su mente, empezando por cierto canadiense con el que compitió en su debut como Senior aunque lo descartó de inmediato al saber que Le Roi era soltero.
'El idiota se casó después de eso después de todo'. Recordó descartando la posibilidad.
No imaginaba que algún competidor que conociera cumpliese con los requisitos como lo mencionaba el Ucraniano.
Lastimosamente, el entusiasmo de Alexis decayó cuando le dio la respuesta.
—Mademoiselle dice que no podemos revelar su identidad, ¡no tienes idea de las ganas que tengo de decirle a todo el mundo que el entrena en nuestra pista de hielo!... pero Le Roi du Rink le pidió de favor especial que no lo hiciera público y si él se lo pide, Mademoiselle LaFleur es capaz incluso de montar guardia mientras entrena para que nadie lo moleste.
Plisetski frunció el ceño en descontento. No era la respuesta que esperaba y él no era de los que suplicaba porque le contasen el chisme por lo que creyó pertinente olvidar de momento el asunto del patinador estrella.
—Es algo triste. Si la gente supiera que él entrena ahí seguramente aumentarían las visitas —siguió comentando el ucraniano —, pero supongo que es por algo. Aunque quién sabe, tal vez si Mademoiselle te contrata llegues a conocerlo o si tienes más suerte… ¡capaz lo encontramos fuera de la pista y le caes bien!, Mademoiselle LaFleur no te negaría la entrada si Le Roi du Rink se lo pide.
Una sonrisa de lado se dibujó en los finos labios rusos.
Quizás no tendría que olvidarlo del todo.
No hizo más preguntas, tan solo se dejó guiar por las calles de Quebec ignorando gran parte de los lugares que Alexis le señalaba como importantes o de interés, pues no tenían cabida en la mente del ruso.
Posiblemente el tal Roi podría servirle para empezar a analizar que necesitaba para volver a ser el mismo de antes.
Lo que Yuri Plisetski no sabía era que no era el único que escondía sus secretos del mundo.
To be continued…
Reviews, comentarios, críticas y quejas abajo ^^
Oh god!, hace ya un tiempo que no escribo un capítulo extenso, merezco puntos extra por eso (?) :v xD
Bien, primero les agradezco por darse una vuelta por este fanfic. Ya sea solo por leerlo, seguirlo, comentarlo, favoritearlo, me satisface saber que la gente lo disfruta ^^ siempre es bueno contar con otros puntos de vista para mejorar en términos de In Character y demás, así que Gracias
Ya respondí los comentarios del capítulo anterior, creo que expliqué por separado las dudas presentes así que mejor pasemos a los puntos a aclarar de este cap :D
*Robson Square: Es un bello lugar en Vancouver, si lo googlean verán que es una pista de hielo con una especie de domo al aire libre. Al hacer mi investigación lo vi y supe que la escena de la boda de JJ e Isabella quedaría perfecta con ese fondo Si pueden denle un vistazo ^^
*Attention!: Similar al inglés, aunque esto fue dicho en francés y se usa más para advertir de algo. Quebec es el lugar donde más francés se habla así que en ese idioma han ido desarrollándose las cosas (si, incluso con JJ y sus padres).
Al existir cambios de idioma o demás avisaré para que no se pierdan.
*¿Por qué no escribir usando esos idiomas?: Se lo imaginan, sería una especie de monstruo políglota imposible de entender. Mejor optamos por el español para todos y cuando entre ellos no se entiendan yo les digo ;) xD
* Gabno!: Oh si, esto quiere decir "¡Mierda!/Shit!" y se escribe "Говно" en ruso. No es nada fácil encontrar insultos en otro idioma sin estar seguro de lo que realmente quieres decir, pero creo que hice bien mi tarea xD
*Ça fait mal!: En español sería algo como "¡Eso duele!" y en inglés "That hurts!".
*Le Roi du rink: "El Rey de la Pista". Desafortunadamente en este fanfiction Yurio no sabe más que Ruso, Inglés y más o menos Japonés gracias al Katsudon, pero eso lo explicaremos más adelante shhh!
*Aéroport international Jean-Lesage de Québec : No creo que necesitemos traducción, pero este sitio al igual que varios de los que menciono es real. Si desean saber más pueden preguntarle a San Google :)
Yo creo que lo bueno ya está por llegar… veamos que sucede en el próximo capítulo xD
¡Por cierto!, ya terminé el poster de la historia :D Aquí les dejo el link de DA para que lo vean, porque no? xD
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SaiyanGirlHeart
