Like a Fairy Tale:

A love story of a King, a Fairy and a Prince


Capítulo III

A weird Kingdom and… subjects?:

Everyone has a secret


Pantalón negro, playera negra, chaqueta de cuero, bufanda negra, guantes negros, gorra de sol roja y blanca con una hoja de arce en el centro, lentes negros de sol, zapatos negros, y como la guinda del pastel dos maletas, una deportiva roja con detalles blancos que colgaba de uno de sus hombros y la otra que cargaba con la mano era prácticamente un oso de peluche blanco que podía rellenarse con cosas para bebé.

Ridículo a más no poder. De "incógnito", cómo decía JJ para no deprimirse.

El tiempo jugó en su contra poniéndolo en un gran aprieto, no solo se había quedado dormido más de la cuenta, si no que gracias a las circunstancias no pudo regresar a su residencia actual siendo obligado a escarbar en el vestidor de su departamento abandonado por algo que pudiese usar y pasar desapercibido.

No obstante, el Karma, Dios, o cómo llamase a esa fuerza que controla el Universo, se negó a ser bondadoso con JJ. He ahí el principal motivo de su vestuario improvisado, las únicas prendas de ropa que no contaban con sus reconocidas iniciales o su nombre en un bordado o en un llamativo estampado eran esas, por lo que entre maldiciones y tropezones debido a la gran velocidad con la que se cambiaba, salió corriendo para llegar a tiempo a su sesión de práctica.

Claro, no sin antes dar media vuelta cuando estaba por cerrar la puerta porque una molesta vocecita llamó antes de lanzarse a llorar.

—No puedo creer que esté haciendo esto —dijo JJ —, lo peor es que tu tampoco ayudas, ¡llamas demasiado la atención!

Acunado en el brazo libre donde la maleta deportiva colgaba de su hombro, el pequeño Jean Philippe vestía un traje naranja enterizo con sus iniciales "JP" en el costado derecho en compañía de una bufanda, mitones y un gorro de lana blanca para abrigarlo. De la misma forma que su padre, vistiendo las únicas prendas que ocultaban decentemente su identidad.

No era culpa del niño tener esos reflectores celestes por ojos ni tampoco haber heredado buenos genes de sus progenitores, sin embargo, a su padre parecía habérsele olvidado que mitad de la carga genética que hacía que varias mujeres voltearan a verlos —sin mencionar la extraña y cómica combinación de ropa y accesorios— era de él.

JP subió la mirada al escuchar a JJ.

—Mama… —dijo a su padre seguido de otros balbuceos sin sentido.

Al parecer todavía no era capaz de pronunciar otras palabras.

No lo sorprendió. De hecho, no esperaba que con un año y medio fuese capaz de algo más que eso, mucho menos teniendo en cuenta que sin una madre a su lado y las múltiples ocupaciones de sus padres las posibilidades de que el niño aprendiese a hablar o caminar eran bajas.

—Tendremos que trabajar en eso —le habló JJ aprovechando su atención —. Si queremos arreglárnoslas hasta que tus abuelos vuelvan a hacerse cargo de ti, necesitamos entendernos. Así que más te vale poner de tu parte.

Jean Philippe mantuvo su mirada sobre JJ unos segundos más. Las pequeñas cejas se arquearon dándole un aire decisivo mientras soltaba balbuceos sin sentido.

El Rey no pudo evitar sonreír. El niño tenía su gracia.

No lo suficiente para convencerlo de quedarse con él, pero debía darle crédito por aparentar entendimiento y provocar que varias mujeres atractivas voltearan a mirarlo con corazones en los ojos sin saber que se trataba del famoso patinador Canadiense, Jean Jacques Leroy. Eso que decían sobre las mujeres derritiéndose por el instinto paternal de algunos hombres parecía verídico.

Una pena que no fuese su caso, realmente.

En las atareadas calles de Quebec se rumoraban muchas cosas sobre las celebridades. Divorcios, engaños, estafas, adulterio, escándalos de gran talla en su mayoría que envolvían principalmente a actores, músicos y finalmente, deportistas reconocidos; fuese por su extraordinario desempeño en la disciplina que practicasen o por detalles banales como un cuerpo irresistible o un bolsillo lleno de dinero, la cobertura para dichas personalidades jamás se haría esperar.

Para Jean Jacques Leroy, aquello jamás fue un impedimento para realizar sus actividades diarias. Acostumbrado a los reflectores desde muy corta edad, tenía conocimiento de causa sobre la peste de los medios de comunicación, no obstante, él no tenía nada que ocultar.

Su fidelidad al estilo con el que vivía su vida lo hacían sentir tranquilo con toda la información que se filtraba sobre él.

Fotografías, videos que algunos fanáticos tomaban cuando lo veían, entrevistas, mensajes sacados de sus perfiles en las redes sociales. No tenía miedo de mostrar quién era, no lo tuvo tampoco cuando Isabella se convirtió en una parte importante de su existencia.

Todo a su manera, todo siguiendo el JJ Style.

'Perfecto. Solía ser perfecto'. Pensó JJ con la mirada perdida que inició en el pequeño que llevaba en brazos y terminó en el horizonte, borrándose simultáneamente la sonrisa que el niño le había provocado con sus ocurrencias.

Muchas cosas cambiaron en poco tiempo. Un día Isa estaba a su lado apoyándolo en la pista y al siguiente los dividía una pelea estúpida e inmadura. Todo perdido en cuestión de minutos. Todo gracias a que no tenía el valor para enfrentarse a una verdad innegable.

No quería enfrentar su derrota. No lo haría tampoco.

Por mucho que doliera, sin importar lo amargo del trago que le había sido servido, Jean Jacques se negaría a aceptar lo que temía. Era preferible cargar con el peso de sus decisiones egoístas y no recaer en otros hombros para soportar la carga, era como debían ser las cosas, como deseaba que continuasen.

Un Rey antepondría el bien común haciendo lo propio.

Ensimismado en sus ideas, reafirmando sus creencias en silencio con la mirada perdida mientras sus piernas continuasen con el recorrido y sus brazos no soltasen lo que cargaba, Leroy continuó sin reparar en la atención que la gente empezó a darle al extraño hombre de negro que cubría gran parte de su rostro con una gorra y unas gafas de sol, cargando un bulto naranja que al estar lo suficientemente cerca se revelaba como un infante acunado en uno de sus brazos.

Cada paso era mecánico, respuestas naturales de su cuerpo, no lo pensaba.

No podía porque gracias al calor que emanaba la criatura pegada a su pecho solo tenía un nombre presente.

—Isa…


La mirada violeta lo incomodó cuando la extraña mujer empezó a dar vueltas a su alrededor. Su forma tan extraña de detenerse a observarlo, el silencio con el que lo ponía nervioso, la vestimenta tan colorida y extravagante. Para Plisetsky el tener a una mujer rara a una distancia tan corta a la par que sus manos con largas uñas rojas era peor que tener que soportar acompañar a Mila de compras.

Dentro de aquella pequeña y ófrica habitación podía percibirse el olor a madera húmeda, tanto los muros como el mismo piso rechinaban al más mínimo contacto dando a conocer su envejecido y descuidado estado. Mas una especie de despensa que una habitación en sí, una pila de una gran variedad de objetos en el rincón de la derecha se hallaba regada por el suelo, utensilios de limpieza ocupaban el lado izquierdo, todo iluminado tenuemente por una sola bombilla eléctrica.

Sucio. Detestable para alguien como Yuri.

Estar en lugar tan inmundo lo asqueaba, aun así no tanto como la compañía que tenía.

Probablemente con la misma estatura que Alexis, de cuerpo delgado y pequeño, nada cercano a una mujer voluptuosa; su apariencia frágil se debía más que nada a su escaso peso y al contraste que los ojos violetas tenían en compañía de mechones enrulados en tonos negros y rosa fluorescente que le llegaban hasta los pechos pequeños. Existía un sinfín de detalles para describirla, empezando por la vestimenta gótica consistente en una minifalda negra, un crop top sin tirantes, guantes de red y grandes botas de cuero con puntas metálicas, terminando en el maquillaje cargado con el que disimulaba los años que el ucraniano decía que su maestra tenía.

¿Se suponía que ese intento de mujer de las tinieblas era maestra de un chico de 13 años?

Un payaso de feria podría ocupar ese lugar mejor y seguro sabría respetar el espacio personal. La dama gótica rondaba tras de él, casi respirando a lado de su oreja izquierda. El límite impuesto para respetar a una dama estaba siendo rebasado y Yuri no dudaría en decir lo repugnante de tener a una vieja tocando lugares que no debían ser…

— ¡Hey!, ¿dónde diablos cree que está tocando? —exclamó sorprendido por el repentino toque.

La mujer de ojos violeta no se inmutó, palpando más el área haciendo que el rubio saltase y dijera palabras en un idioma que ella no comprendía.

Insultos y groserías.

—No puedo creerlo. Un hombre con estas características no puede ser un mero fanático del patinaje artístico —dijo apretando con sus manos haciendo que Yuri pegase un brinco por el susto.

— ¡Carajo!, ya le dije que no soy patinador, ¡deje de tocarme el trasero, vieja pervertida!

— ¡Bah!, no exageres, con la retaguardia que te gastas parece que alguien estuvo jugando largo y tendido por aquí.

¿Jugar largo y tendido?, ¡qué clase de comentario era aquello!

Yuri se sonrojó ante el atrevimiento y volteó colérico para responderle a la mujer enseñándole su preciosa vena saltar de la frente. Nadie tenía derecho a inmiscuirse en sus asuntos personales.

—No vine para que ninguna vieja urgida intentase recrear sus asquerosas fantasías con mi cuerpo —dijo en un tono serio, con la mirada furiosa, listo para matar la chica —. Me enferma. Si cree que por pedir trabajo estoy dispuesto a todo, sepa que lo último que voy a permitir es que me ponga las manos encima y me haga preguntas estúpidas. Antes prefiero matarla con mis propias manos.

Una digna actuación sádica para crear una sombra entre los ojos verdes y ahuyentar a quién se le atravesara. La seriedad de Plisetsky creó una atmósfera tensa en el lugar. Hablaba muy en serio, no era propio de él aguantar semejante trato y si tenía que cumplir con su amenaza lo haría.

Su cuerpo se puso a la ofensiva, su lenguaje corporal emanaba señales de peligro por donde se mirase. Con 22 años su cuerpo había adquirido maravillosos regalos de la adultez: un metro y 71 centímetros de estatura, una espalda algo más ancha y rasgos más duros en su rostro; una apariencia varonil en combinación con los rasgos andróginos y delicados.

Una mezcla seductora y letal.

La mujer pudo sentir la hostilidad. Si le hubiesen pedido que hiciera un retrato mancharía un lienzo con tonalidades negras y doradas, diseñando una especie de felino en cautiverio, enseñando los colmillos y garras para brincarle encima. El ruso le llevaba 15 centímetros de alto, su torso no tan esculpido era aún más competencia que el suyo, su rostro de facciones delicadas arqueaba las cejas y arrugaba la nariz a la ofensiva; idéntico a un gato asustadizo. Lo común sería detenerse y ofrecer disculpas, no obstante ella reaccionó mejor: Sonriendo de oreja a oreja, devorando al muchacho con la mirada en tanto mordía su labio inferior color carmesí.

Yurio pudo captar el mensaje de las pupilas violeta. Sintió escalofríos recorrer su espalda.

Seguramente así se sentían las arañas macho antes de ser devorados por la viuda negra.

—Estas como para comerte, niño —se relamió con lentitud, empezaba a asustar a Plisetsky —. Sin embargo, con esa actitud de gata arrabalera no dan ganas de que seas tú el que da, ¡pero no te preocupes!, con este trasero puedes conseguir hombres divinos para que te den lo que necesitas y arreglar tu carácter idiota.

Existen cosas sin explicación alguna como por qué la gente podía llegar a ser tan estúpida o el por qué teniendo tantas otras opciones terminó eligiendo una ciudad donde se hablaba un idioma que le era incapaz de entender. No obstante, en ese momento una de esas tantas cosas sin explicación pasó frente a él dejándolo más pálido que una hoja de papel.

La mujer no solo había cambiado su sonrisa por una más desencajada y tenebrosa, sus ojos violetas mostraban ondas extrañas dónde Plisetsky juraba que se formaban remolinos que succionaban su alma.

Estaba asqueado, cerrar los ojos fue un acto reflejo a la defensiva. ¡Solo Dios sabía que estaba pensando en hacerle esa mujer!

Aguantó la respiración hasta que la chica de cabello multicolor habló.

—Bien, es todo. La revisión corporal obligatoria a terminado —habló la dama, acercándose al rostro del rubio —. Me gusta la mercancía que traes, no se compara a lo que estoy habituada a tocar, pero sin duda sería interesante tenerte por aquí, Yurochka*.

La humillación a la que estaba siendo sometido era aplastante, mas era preferible mantenerse firme y no responder nada. Estaba a merced de una psicópata… ¡por qué demonios no había ido a parar a Hawaii o a China al menos!

Un golpe seco sacudió la puerta del almacén, tras de un par de patadas más se abrió dejando ver al rubio de ojos azules, Alexis, entrar a toda velocidad y abalanzarse a la pervertida.

— ¡Mademoiselle LaFleur!

— ¡Hey!, te dije que esperaras afuera niño hermoso —rió ella transformando su semblante por uno tierno, maternal —. Acababa de hacerle el examen teórico a tu amigo.

Un simple "Huh", de esos a los que Plisetsky estaba tan acostumbrado salió de su boca tras el cambio brusco de escenario donde la condenada LaFleur parecía otra persona al abrazar a un sonriente y despreocupado Alexis.

—No me jodas… —dijo Yuri en voz baja —, ¡maldita enferma! No pretendas que estas bien de la cabeza, ¡eres una psicópata!, ¡una vieja embustera!

— ¡Yurochka! —llamó Alexis, mirando de reojo a Yuri sin salir del abrazo de su maestra —, ¡ya te dije que no hables así de Mademoiselle!, ¡ella es una santa!

Genial, el mocoso aparte de ciego era imbécil.

Una discusión entre ambos rubios surgió al instante, con Yuri estallando con un amplio repertorio de comentarios explosivos y con Alexis defendiendo a capa y espada a la mujer que, según el ucraniano, decía conocer mejor que a nadie.

Infantil a más no poder. No tardaron casi nada en regresar a como se habían conocido en el aeropuerto: golpes ridículos, jalones de pelo, patadas al aire, algo así como ver a un gato y a un perro luchar por el poder rodando sin control sobre un tapete.

'Sacre Bleu!*, miren cuánta emoción entre la gente joven'. Pensó Mademoiselle LaFleur lanzando varias carcajadas.

A la retorcida mujer le hubiese encantado dejarlos ahí para correr por su material de dibujo y plasmar una obra maestra, pero el ya conocido sonido del reloj cucú de la recepción le recordó la hora haciéndola entrar en razón.

—Bueno mis amores, es hora de trabajar. Seguramente el amor de mi vida no tarda en llegar así que…

Pequeña y frágil, nah… al parecer en Quebec nada era lo que parecía. Como si de un verdadero par de animales de talla pequeña se tratase, la diminuta chica separó a los niños que se decían palabrotas en ruso, arrastrándolos fuera del almacén del fondo a la derecha después de pasar por la oficina de la administración dónde los arrojó sin pena entretanto ella pasaba a tomar asiento tras un viejo escritorio de madera.

Yuri y Alexis seguían intercambiando ofensas, o al menos así fue hasta que una lata de cerveza con un nombre francés en la etiqueta pasara por el medio y frente a los rostros de ambos para terminar estampada en el muro derramando el líquido por doquier. Arruinando el papel tapiz color coral, dejando una mancha oscura.

Vaya desquiciada.

—Si los niños ya terminaron, me gustaría empezar a hablar seriamente —habló LaFleur inclinándose hacia adelante tras poner los codos en el escritorio y apoyar su mentón en las palmas —. ¿Se puede?

El adolescente respondió positivamente al pedido de su maestra volteando a verla y sentándose sobre sus rodillas soltando una disculpa, apenado, sin embargo, Plisetsky mantuvo la mirada retadora resoplando por la nariz con la expresión del odio y el hartazgo al límite.

Los canadienses empezaban a desagradarle sobremanera. Mucho más de lo que ya creía hacerlo al haber compartido pista con uno de sus mejores y estúpidos patinadores.

Esa bruja le recordaba al insoportable de JJ.

—Mi nombre es Marguerite Rose LaFleur, soy la dueña del Imperial Ice Skating Kingdom*, una de las más concurridas y mejores pistas patinaje sobre hielo de Quebec… o al menos así fue hace muchos años —decía sonriente, sin perder la oportunidad para mostrar goce con sus facciones —. Actualmente solo atendemos reservaciones de clientes importantes, por lo que no nos hace falta nuevo personal. Sin ánimos de hacerte sentir mal niño, no hay trabajo que puedas desempeñar aquí por mucho que me encantaría tenerte alisando el hielo con la barredora o trayéndome un café au lait, ¡oh!, o quizás ponerte orejas de gato para hacerte ver lindo, tan lindo que te confundan con una bella ballerina.

Directa. LaFleur no titubeaba, era muy clara con lo que decía.

Pero para Yuri, no era más que una patética prórroga. Un esfuerzo ridículo por prolongar ese inútil interrogatorio y tenerlo a su merced. Lo sabía, era capaz de sentir como LaFleur intentaba devorarlo con la mirada, como la impúdica mujer disfrutaba imaginando como se vería por debajo de la chaqueta y los pantalones.

La pose arrogante la delataba. No pasaba por una dama, sino por una especie de bestia que se creía superior.

La sangre le hervía. Que cuernos importaba si no tenía donde quedarse después.

Alguien tenía que hacerle saber a la psicópata quién era Yuri Plisetsky.

—Mira LaFleur —dijo con la vista en el suelo —, no puedes estar hablando en serio.

Pedía a gritos su atención y cómo el hombre que era, se lo daría. Se puso de pie rápidamente, dirigiéndose al escritorio de Marguerite donde golpeó con ambas palmas la superficie generando un ruido que sacudió a Alexis tras suyo, para dedicarle a su maestra unas cuantas palabras.

—Este lugar es una pocilga. A duras penas pasa por una pista olímpica, no merece un nombre como el que lleva —dijo con la cabeza gacha, ocultando la mirada con su capucha y cabello —. A mí no vas a intimidarme con la personalidad enferma que te gastas, durante años he tenido que vérmelas con viejas de tu tipo y créeme, si no están muertas es porque soy todo un "caballero".

¿Era posible cambiar el tono de voz de una manera tan drástica en pocos segundos? El adolescente no daba crédito a lo diferente que se veía Yuri, no era posible que se transformase en cuestión de poco tiempo, no comprendía como era posible que la cara de detalles suaves y andróginos pudiese mostrar un cuadro tan espantoso.

Uno que dejó a su maestra enmudecida, con la vista fija sobre el ruso mientras este profería en un tono grave que lo haría pasar por miembro de la mafia de su patria.

Estaba enojado, cabreado sin opción a evitar la explosión.

—Soy un hombre benevolente, puedo perdonar las acciones de una loca estúpida con ganas de tirar. Sin embargo, si hay algo que no puedo dejar pasar es esa "idea", esa brutalidad de creer que un hombre se vea "lindo" con algo tan ridículo como orejas para gato —dijo Plisetsky, preparándose para dejar salir los rayos y centellas.

Levantó bruscamente su cabeza sacudiendo los mechones rubios que ocultaban su ojo derecho haciendo que la luz de iluminase las esmeraldas que cargaba por pupilas.

En ellas, Marguerite pudo ver su reflejo rodeado por un aura amenazante, peligrosa.

Al diablo la cortesía o el trato gentil con las mujeres, a Yuri le daba igual el género, el color o la raza. El punto era que él era capaz de odiar a cualquiera sin discriminar, eso incluía a las desquiciadas góticas con complejo de depredadoras sexuales.

Que importaba si no tenía un lugar para dormir más tarde, primero venía su orgullo.

Respiró profundamente, preparado para dejar salir la sarta de insultos más larga que alguna vez había preparado.

No se contendría, esta vez Yakov y Lilia no estaban ahí para detenerlo.

— ¡Eres una maldita hija de…!

— ¡Alto! —dijo LaFleur tapando con una de sus manos la boca del ruso, interrumpiendo con una orden firme a Plisetsky levantándose de la silla de escritorio para alcanzarlo en tamaño —. Por mucho que me agradaría escuchar expresiones honestas de "afecto" hacia mi persona, no puedo permitirte faltarle el respeto a la maestra de ese niño.

Una especie de clic resonó en los pensamientos de Yuri tras escuchar a LaFleur.

'Alexis'.

No tardó en desviar la mirada hacia la misma dirección que la mujer gótica, encontrándose a Alexis todavía en el suelo, con los labios en un puchero que no era propio de su edad mostrando el descontento del chico con la situación. Igual a un cachorro reprendido por morder los zapatos de su amo, el ucraniano tenía una habilidad innata para transmitir culpa con la mirada azulada.

Ni Plisetsky ni LaFleur eran inmunes, eso lo supieron cuando volvieron a encontrarse con la vista.

El escenario completo de Alexis y la pared arruinada tras suyo, llegaban a ser demasiado.

Por respeto y agradecimiento, tendría que posponer el adiestramiento de LaFleur. Sea como fuese, el mocoso lo había ayudado a reaccionar para no caer muerto en la sala de espera del aeropuerto.

—Creo que se nos fue la mano —dijo Marguerite —, lo siento, bombón. No llores. Mademoiselle quería divertirse con tu nuevo amigo, eso es todo.

—No tienes por qué llorar por cualquier tontería. Esta vieja no lo vale —añadió Yuri, intentando sonar "amable".

Alexis sorbió con su nariz, mostrando un par de lagrimones cargados que podían ceder en cualquier instante.

—Sé que no hay mucho trabajo por hacer en el Imperial Kingdom, pero si al menos pudiéramos dejar que Yurochka se quedase unos días con nosotros hasta que pueda encontrar donde quedarse…

—Oh mi niño, lo que me pides es tan complicado —respondió LaFleur —. Sabes que por mucho que quisiera, no tenemos donde instalarlo.

—Puede quedarse en mi cuarto. No come mucho, usted ya vio que está muy flaco, ¡ni siquiera ocupa mucho espacio!

—Lo sé, pero aun así…

— ¿Huh? —se expresó Yuri ante el giro de la conversación de la cual ahora parecía haber sido excluido.

¿Estaban hablando de él o de un gato que habían recogido de la calle?

'Ah, creo que me va a doler la cabeza'. Pensó Yuri, contemplando la escena de un niño caprichoso y una especie de madre complaciente.

Sin pies ni cabeza, los residentes canadienses estaban locos, todos tenían zafado un tornillo.

Tal vez si debía considerar buscar otro lugar para quedarse.

Con esa idea en mente recorrió con la mirada el lugar, notando varios aspectos interesantes en los detalles de los muebles antiguos como el escritorio, el reloj cucú tras de él, múltiples cuadros mostrando patinadores de todas partes del mundo, de los cuales llamaron su atención un par que mostraban a Viktor y a JJ.

Eran fotos viejas, el polvo sobre ellas tampoco había hecho algo por preservarlas y al no tener cristal sobre ellas el color se perdía con el pasar de los días. El descuido era notorio, similar al desgaste que el edificio presentaba en la infraestructura, el mobiliario, el aroma a madera humedecida de habitaciones como ese depósito donde LaFleur había comenzado a molestarlo.

Le sorprendía que un patinador profesional, como Alexis había descrito a Le roi du Rink, utilizara un basurero así como su base de prácticas. Incluso el mismo Viktor tendría problemas en aceptar quedarse en una pista tan golpeada por los años, y ni hablar del idiota de Jean Jacques, a él no lo conocía lo suficiente ni le hablaba desde hace años, no obstante, con lo pretencioso que se mostraba era imposible que optase por un lugar de esa clase.

Si la dueña supiera eso seguramente no tendría colgada la fotografía de ese idiota.

En la imagen, se podía distinguir que el canadiense tenía mínimamente unos 10 años menos. Luciendo un traje de lentejuelas negras y verdes, quizás en alguna competencia Junior, aterrizando en una pierna después de una combinación de saltos. Una fotografía distinta, muy diferente a las actuales que se posteaban de él en las redes sociales dónde era la única vez que Yuri se topaba con información sobre Leroy.

En esa imagen, la sonrisa, esa marca burlesca y característica del hombre que lo irritaba no estaba presente. No existía el arco en la comisura de los labios que presumía su disque grandeza al mundo, en su lugar, una expresión neutra, una impresión de los ojos azul oscuro y una disimulada mueca adornaban al chiquillo.

No parecía muy contento con la rutina que interpretaba.

Dudó sobre si en realidad se trataba de JJ, era la primera vez que lo veía con tal disgusto en el rostro, más que eso, podía sentirse la frustración en la postura y la dureza con la que había marcado la pista.

Era hipnótico. Un rastro de la personalidad de ese hombre que era desconocida por el mundo del Patinaje Artístico en la actualidad.

Yuri se preguntó si es que acaso JJ también tendría malos días como el suyo, y de ser así ¿entendería su frustración?

Desechó la idea al poco tiempo, moviendo la cabeza de un lado al otro.

'El cambio de horario me debe estar afectando. No es posible que alguien con tan bajo coeficiente intelectual sea capaz de entender algo tan complejo". Pensó, enfocando su atención en la foto de Viktor.

Nada especial. Tan solo otra de las tantas fotos que un fanático le tomaría a Viktor Nikiforov en el Gran Prix Final; Viktor sonriente, usando un traje llamativo que iba de acorde a la música y coreografía, ya con el cabello corto, indicando que la foto no tenía tantos años como parecía.

¿Qué estaría pasando en Rusia actualmente?, ¿Viktor estaría preocupado por su paradero también?

Era incapaz de saberlo, mucho menos de adivinarlo.

Su falla representaba el romper una promesa con él; quizás para Viktor, quién siempre olvidaba sus compromisos no era nada grave, sin embargo, Yuri no podía evitar pensar en eso. Para Plisetsky la palabra dada por un hombre era valiosa y debía ser tomada como un asunto de seriedad absoluta.

Mandar sus creencias a la basura para regresar en busca de consuelo y aceptación, eran lo último que haría. Poco importaba si estaba al borde de la muerte, ni el cerdo ni Viktor tendrían el gusto de seres quienes quebrantasen su voluntad.

No iría a Japón, Rusia ni hablar.

Volver a Rusia a los brazos de Yakov era lo de menos, aunque lo hiciera eso no le devolvería la oportunidad perdida. Mucho menos lo haría sentirse mejor; después de la penosa actuación que realizó en suelo ruso, los tablones en los periódicos estarían apaleando su imagen, ridiculizándolo con chistes de mal gusto y rumores infundados por la prensa amarillista.

De solo imaginar lo complicado que sería vivir en un ambiente rodeado de esa peste, sentía la sangre hervirle de rabia.

Ahora lo mejor era quedarse en Quebec y buscar una manera de salir del bache donde había caído en la última competencia. Era lo mejor, para él y para los demás.

Únicamente por eso, tal vez tendría que aguantar a la extraña pareja alumno-maestra que se había topado en su viaje.

— ¿Y si le buscamos un trabajo?, al menos deje que se quede un momento aquí —insistió Alexis mirando con ojos llorosos a su maestra.

—Eres cruel, bombón —suspiró Marguerite —. Tal vez solo por una noche, ¿de acuerdo? Mañana tendrás que ayudarlo a buscar un lugar donde quedarse, quizás una especie de trabajo donde le permitan quedarse a dormir en el lugar o yo que sé.

El juego de los francoparlantes evolucionó hasta tenerlos a ambos fundidos en un abrazo maternal, donde LaFleur acariciaba cariñosamente los mechones ondulados del adolescente en lo que Alexis hacía más fuerte su agarre en la pequeña cintura de la canadiense. Ambos cómodos, habituados a un trato tan cercano e íntimo por lo visto.

El tigre ruso guardó su reacción para sus adentros. Tratar de entenderlo, complicarse o pelear tan solo lograrían agotarlo en lugar de otorgarle algún tipo de beneficio; de todas maneras, su personalidad no le permitía permanecer estático haciendo que su lengua saliese en un gesto de disgusto.

'Paciencia, Yuri. Paciencia'.

—De acuerdo. Creo que un día o dos no nos dejaran en la quiebra —habló LaFleur dirigiéndose a su alumno —. Tu amigo el ruso del trasero adorable puede quedarse entre hoy y mañana en lo que le echamos una mano con la búsqueda de empleo.

—Hey —refunfuñó Yuri.

Los ojos del muchacho de ojos azules se iluminaron como si de un par de bombillas eléctricas se hubiesen encendido.

Merci, Mademoiselle!, Vous êtes tellement magnifique!* —exclamó Alexis de manera eufórica intensificando su agarre.

Oui, oui… eres muy lindo, Alexis. Si no fueras así dudo mucho que lograses convencerme de adoptar gatos callejeros.

— ¡Qué demonios quieres decir con eso vieja bruja!

— ¡Yuri!, te dije que no le levantases la voz a Mademoiselle LaFleur. ¡Ella no se merece palabrotas de tu sucia boca!

— ¡Huh!, ¿acaso escuché algo? Si tienes algo que decir, ¡ven e intenta decírmelo a la cara, enano!

— ¡Ya te dije que no soy ningún enano!

Una nueva ronda de insultos se formó tras el comentario de la mujer de cabello negro y morado, quién rió al observar todo desde el marco de la puerta de su oficina a donde había llegado tras distraer a Yuri y Alexis. Desde allí le dio un vistazo al reloj de la pared para verificar la hora exacta antes de dejar a los niños por su cuenta.

—Tengo que trabajar. Fue un placer conocerte, Yurochka espero que podamos llevarnos bien, de sobra esta decir que me encantas jajaja —dijo, aunque lamentablemente fue ignorada por el perro y al gato a los que se dirigía —. Voy a ver cómo le hago para ayudarte a buscar empleo, estoy segura que puedo hacer que salgas de mi pista hoy mismo… ¡en fin!, Le Roi du Rink espera por mí. ¡No olviden ordenar todo cuando terminen!

Al ruido que la puerta hizo al cerrarse tras Marguerite le siguieron otros, muchos podían distinguirse como gritos, aullidos, maullidos, madera rompiéndose… nada que ameritara más la atención de la fémina dueña del Imperial Ice Skating Kingdom.

Debía ocuparse de otros asuntos.


— ¡Lo siento mucho, señor! —gritó por encima de su hombro, sin detenerse.

Había chocado con un carrito ambulante de recuerditos para los turistas, provocando que se formase una escena protagonizada por un hombre de aspecto raro, por la combinación de gorra, gafas, bufanda, entre otras cosas, que cargaba dos maletas y un bebé que no paraba de llorar y mostrarse incómodo.

Al verse en ese predicamento, Jean Jacques no tardó en reaccionar tomando acción evasiva para escabullirse velozmente entre el tumulto de gente. Sería un error ser descubierto, no solo por explicar lo del niño, sino porque la consciencia del canadiense exigía no ser visto usando tan horrible combinación de ropa y accesorios.

Un tema importante e ineludible.

— ¡Oh, no puede ser! —dijo con la vista ocupada al frente para no chocar con otro peatón —. Ya es muy tarde, cada minuto desperdiciado me pone más atrás en las clasificatorias. ¿Sabes algo?, creí que nos estábamos llevando bien, pero si vas a estar llorando sin decirme que quieres cada 5 minutos, ¡esto no va a funcionar!

El demonio tenía nombre y rostro para JJ, y para colmo lo tenía sobre uno de sus hombros, sosteniéndolo por la parte trasera para que no cayese en lo que corría cuanto podía, haciéndolo sordo con los chillidos fastidiosos.

Hace tan poco juraba que era tranquilo, que no significaría molestia alguna durante lo que quedaba del día dándole la oportunidad de dedicarse a su entrenamiento y trabajo. Desafortunadamente, las apariencias engañaban, ¡cómo un adulto en su sano juicio podía decir que los bebés eran bendiciones!

Los padres parecían enfermar críticamente al convivir con sus hijos, convirtiéndose en sirvientes de esas criaturas malévolas, ¡succionando la energía de los sueños y ambiciones de sus progenitores!... o algo parecido. Debía devolver a JP lo más pronto posible, imaginarse en plan de padre lo llenaba de contradicciones. Temor, dudas, una incontrolable sensación de ansiedad.

¿Qué pasaría si llegaba a encariñarse con él?

¿Renunciaría al Rey como si nada de ser así?

Llegar al punto de sacrificar su vida por alguien más, por una persona cuya vida recién empezaba y no tenía relevancia para muchos otros.

Se creía capaz de grandes hazañas y estupideces, mas no así de eso.

Vivir para ver cumplidos los sueños de alguien más… si existía satisfacción en eso, le era desconocido.

Jean Jacques no era familiar con ese vínculo, así tampoco tenía interés en cambiar los hechos.

Sumergirse en pensamientos oscuros y sucumbir ante la presión, no entraban como parte de sus planes. Ser "padre" no estaba en las cosas que deseaba y debía hacer.

El apresurado trote de Leroy lo llevó muy lejos y más rápido de lo que el transporte público en hora pico hubiese conseguido, revelando la base que usaba para entrenar desde hacía un par de años al adentrarse en una de las calles de la avenida principal que conectaba con unas escaleras descendentes en dirección a una calle poblada por antiguas estructuras de aire europeo. De entre todas ellas, una enorme mansión se erguía casi al final de la misma a unas siete cuadras de la parada de autobús; su apariencia descuidada y dañada aniquilaba el valor que el tamaño podía darle al lugar, de por sí la presencia de una casa tan horrenda como esa, afeaba el lugar donde tiendas como anticuarios se erguían en su mayoría.

Varias ventanas rotas, marcos de madera resecados por el sol, la pintura cayendo como escamas de pescado dejando agujeros en la fachada, y otros detalles llamaban la atención de quién visitase la zona para preguntarse qué encontrarían tras los muros y vegetación que cubrían una porción inmensa de tierra donde un gigante condominio podría construirse.

El terreno estaba delimitado con rejas oxidadas que la naturaleza invadió creando una enredadera en la parte frontal evitando que los curiosos husmearan en la propiedad. Faltaba una especie de letrero para convertirla en una mansión embrujada a la que prohibían el ingreso por miedo a las leyendas urbanas, únicamente eso más y terminaría por pasar por un lugar desierto.

Justamente eso lo hacía perfecto.

El aura deprimente que emanaba de las paredes evitando que las personas se acercasen fue lo que llevó a Jean Jacques a decidirse por establecerse en esa olvidada pista de hielo que en antaño imitaba a un lujoso y enorme palacio. Su favorito en el mundo.

"Imperial Ice Skating Kingdom", rezaba la inscripción de un letrero minúsculo al lado izquierdo de la reja principal cerrada por un pesado candado.

—Ah… se siente genial estar en casa —dijo JJ al inhalar profundamente y relajar los músculos del cuello.

Jean Philippe había parado de llorar, el cansancio parecía haberlo vencido dejándolo solo con la opción de gimotear sobre el pecho de su padre. Sus pequeños ojos celestes estaban hinchados por el esfuerzo, Leroy lo notó sintiéndose disgustado ante esa visión; al no ser experto en manejar la situación, devolvió al pequeño sobre su hombro derecho para evitar verle el rostro y así mismo tener mayor facilidad de sacar la llave del candado de la reja del bolsillo de su pantalón.

—No es personal. Créeme, me da mucha pena defraudarte… pero no soy el padre que necesitas.

Terminó con el seguro luego de unos cuantos malabares con las cadenas que sostenían el candado, abriendo la reja oxidada que rechinó estrepitosamente causando que unas avecillas que habitaban los arbustos cercanos salieran volando.

El jardín de la entrada carecía de un mantenimiento apropiado, no era extraño encontrar una vegetación reinante donde malas hierbas de diferentes tipos crecían salvajemente y el césped vencía al concreto saliendo de las grietas en el camino principal. El espacio era amplio, ideal para una especie de estacionamiento, Jean Jacques lo creía así, no obstante tendría que guardarse esa idea para sí con tal de evitar problemas.

Caminó hasta la puerta principal de la mansión, una fina y exquisita pieza tallada en madera de alta calidad con detalles florales, sabía que llevaba varios minutos de retraso, mas a esas alturas le daba igual. Lo primordial era practicar y olvidarse del mundo por unas horas.

Jean Jacques entró sin hacer esfuerzo, empujando la puerta para pasar y limpiarse los zapatos sobre un tapete de bienvenida bordado en francés. El interior de la mansión era similar al de afuera, con múltiples detalles arruinados, muchos viejos y olvidados, aunque no por eso menos bellos; al notar el ambiente que estos intentaban recrear en conjunto la perspectiva llegaba a ser distinta, maravillando a expertos de arte de la década anterior puesto que desde la entrada el lugar se asemejaba a un salón de baile donde los nobles más acaudalados realizaban sus banquetes.

Amaba cerrar los ojos para visualizarlo y adentrarse en la fantasía que los cuadros sobre los muros, los delicados adornos en los estantes, las estatuas de yeso y mármol por la entrada, los candeleros y la araña de cristal del techo creaban en sus sueños. Lo animaban demasiado, la inspiración recorría su piel erizándola de inmediato anulando sus preocupaciones.

'Un paraíso imperial'. La descripción de JJ encajaba perfectamente con el nombre.

Aunque una gran parte estaba cubierta por polvo, no parecía afectar al patinador canadiense quien se acercó al escritorio de recepción ignorando los sillones donde solía dejar su maleta antes de entrar a la pista.

— ¡Hey, Rose!, adivina ¿quién crees que se durmió tarde el día de ayer y no fue por acostarse con una chica guapa? —gritó produciendo eco con el volumen de su mensaje.

En cuestión de segundos, la respuesta de la mencionada se escuchó acercándose en dirección del pasillo de la derecha. Del fondo una ráfaga de colores negros y morados relampagueó produciendo una ilusión gracias a la velocidad, al frenar se recreó la figura delgada y pequeña de la afanada recepcionista.

Mon Roi!, ¡pero qué horas son estas de llegar!, me tenías preocupada… creí que algo terrible te había pasado, que tal si te secuestraban o si te golpeaban por andar presumiendo de los regalos que te dio Dios; podría ser también que te hubiesen robado o quizás… ¡o quizás! —dijo la mujer llegando corriendo a la recepción donde enmudeció al ver lo que JJ tenía acunado en su cuello.

El bulto naranja cuyos movimientos inquietos iban acompañados de un llanto ahogado, un sonido irritante, eran signos exclusivos de criaturas que no simpatizaban con el canadiense.

Rose, cómo la había llamado JJ, reveló entonces su sorpresa con la expresión de su rostro, el cual presionó al patinador para que explicase sus circunstancias.

—Desafortunadamente, no pasó nada de eso, en su lugar ocurrió algo mucho peor y bueno… hoy creo que tendré que pagar entrada para dos personas.

—No es posible. ¿Co-cómo es que ustedes dos…?

—Confío en que luego le pondrás un nombre creativo a mi dilema —habló JJ —. Sin embargo, ahora lo que necesito es que me tiendas una mano, dime ¿no te gustaría que te pagara extra por el servicio de guardería? —una sonrisa se dibujó en sus labios haciéndolo lucir inocente, exento de culpas.

Ni bien formuló su pregunta, JJ levantó al bebé con ambas manos en forma de ofrecimiento a LaFleur, quien parpadeó varias veces en silencio como si su cerebro estuviese en proceso de decodificación.

Un bebé.

Jean Jacques Leroy estaba cargando a un bebé con el mismo tono de cabello, un par de cejas arqueadas en la misma dirección, con su boca replicando el puchero que JJ solía hacer cuando no se le cumplía un capricho, como si de una imitación en tamaño reducido de él se tratase.

Por primera vez tenía frente a ella, eso que JJ no era capaz de mencionar: su hijo.

Después de observar al niño unos segundos, sus ojos regresaron hacia su progenitor notando gracias a la ridícula vestimenta del padre que aquello podría escalar a líos más severos.

¡Pero que crimen más perverso contra la moda!

Sacre Bleu!, ¿qué te pasó?, no entiendo nada, Jean Jacques. ¡Esto no tiene sentido!, ¿qué haces como si te hubiesen abalanzado entre un montón de ropa y hubieses salido vestido al azar?, ¿por qué llevas esa maleta rosa?, ¿qué no había para hombres?, y la pregunta más importante: ¡¿qué hace el producto de tus noches acaloradas en el caribe en este lugar?! —gritó Rose alterada, sacudiendo sus extremidades en un intento de negación hacia las propuestas alocadas del hombre que creía estaba cuerdo hace 24 horas atrás.

—Es una historia algo larga de contar, Rose —contestó Jean Jacques borrando la sonrisa de su rostro, ensombreciendo el ambiente con ese gesto deprimente, lo que tal vez por el contacto físico que mantenía con el bebé explicaría porque Jean Philippe reaccionó entristecido, aquejándose entre las manos de su progenitor.

Se percibía irritación en su voz. LaFleur podía sentirla, se sentía capaz incluso de representar los sentimientos de Leroy en una pintura, una catastrófica escena de colores grises. La infelicidad de ambos seres unidos por un lazo que no podían cercenar. Un padre y un hijo cuyos sentimientos eran inteligibles, complicados como ellos mismos y su relación.

Vaya familia desastrosa.

—Necesito tu ayuda, Rose. Llevo menos de 24 horas siendo un "padre", en ese tiempo fui obligado a pasar la noche en ese pútrido apartamento, tuve que vestirme con la poca ropa que dejé al marcharme de ahí, y por si no fuera poco, llevo la mayor parte de ese tiempo destrozando cosas y tratando de callar a este niño —dijo JJ estirando al pequeño lo suficiente para que Rose pudiese cargarlo —. No puedo hacerlo, no voy a abrir el tema cuando creía haberlo cerrado para siempre… no ahora que puedo volver al hielo.

—Pero, JJ… —intentó detenerlo LaFleur, aunque fue en vano.

JJ depositó a la criatura en los brazos de Rose inmediatamente cuando ella quiso razonar con él. No soportaría más sermones relacionados con su vida privada, tampoco los necesitaba, era estúpido pensar que con sus palabras lograrían cambiar lo que el destino le había arrebatado; por eso caminaría sin mirar atrás, pasaría de largo como acababa de hacerlo y se dirigiría a un lugar que albergara todo lo que amaba.

O al menos lo que seguía presente en la Tierra.

LaFleur entendía perfectamente que Jean Jacques estaba pasando por uno de esos estados críticos, por lo que aceptó al infante a pesar del desagrado que eso le causaba, tratando de calmar sus nervios con pequeñas palmaditas en la espalda en lo que veía como lentamente su padre se perdía por el pasillo que conducía a los casilleros a dejar sus cosas. Sin embargo, antes de dejarlo marchar alzó la voz para hacer la pregunta más importante con respecto a Jean Philippe.

— ¿Qué se supone que vas a hacer con él? —preguntó —. No soy amante de los mocosos, si tú te llevas mal con uno solo yo no puedo verlos ni en pintura.

El canadiense frenó para dar una respuesta, no obstante, se mantuvo con la vista al frente puesto que voltear sería una distracción, un obstáculo en su ya retrasada sesión de entrenamiento.

Se hallaba impaciente, deseaba alejarse. Sentir la fría escarcha abrigarlo al realizar sus saltos

—Pero tu tienes más paciencia y experiencia que yo.

— ¡Ja!, ni aunque me pagues con tu cuerpo, mi rey. Soy una artista, no una niñera… —dijo negándose rotundamente.

—Rose… —llamó JJ en un tono cansado.

—Alexis puede hacerse cargo durante los entrenamientos, sin embargo, deberías pensar en contratar una niñera, y me refiero a una que sea capaz de mantener la boca cerrada si no quieres que la noticia del "hijo perdido de Jean Jacques Leroy" sea la noticia de la próxima temporada.

— ¿Te importaría? —preguntó asintiendo, consciente de las palabras de Rose, más de lo que ella creía.

JJ tenía presente que no podían realizar movimientos en falso ni podrían confiar en cualquier persona para ayudarlos. Durante todo el trayecto del apartamento hasta la pista contempló las miles de posibilidades que se presentarían tras la intromisión de JP en su vida, cayendo en cuenta que la infalible y beneficiosa cobertura de los medios sería una piedra en el zapato, sus sponsors llegarían a tomar decisiones fatalistas si su imagen de realeza se veía reducida a la de un padre degenerado que ocultó la existencia de su hijo desde el nacimiento.

Imaginarlo le producía escalofríos. Un pequeño temblor sacudió su cuerpo de manera visible a lo que la mujer detrás de él reaccionó macabramente.

LaFleur rió, acariciando la cabeza cubierta con el gorro de lana blanca del bebé, mostrando una cara de satisfacción como de quién acaba de tener una idea maravillosa.

—No me pagas lo suficiente, JJ pero con tal de seguir viendo tu hermoso cuerpo entrar por la puerta de este lugar puedo mover unos hilos para encontrar la persona idónea para el puesto —dijo acercándose al mencionado, rotando al pequeño que cargaba para que el rostro de este y sus manitos estuviesen frente a la espalda de su padre —. Lo mejor quizás sería alguien joven, de menos de 30 años y que tenga muchas energías para andar atendiendo las necesidades del hijo de un patinador estrella y de él mismo.

—Ah… —suspiró —, discreción y que sepa hacerse cargo de lo que necesite el niño. Yo estaré bien, no requiero de los cuidados de una mujer… ni tampoco debería para dedicarme a entrenar.

—Jajajaja, oh mi Rey… de hecho, creo que necesitas sacar todo lo que tienes "acumulado". Aunque no creo que eso sea problema, tu le vas en ambos carriles y eso me facilita la tarea, dime, ¿los prefieres activos o pasivos?

Si Marguerite Rose LaFleur tenía algo de bueno, definitivamente era su ridícula selección de palabras que formando frases idiotas era capaz de manipular el ambiente. Un ataque de risa cambió el semblante de JJ, quien se retorcía apretando su vientre para intentar controlarse, armando un escándalo en el pasillo.

¿Qué estaba diciendo esa mujer?, ¿no que quería dormir sobre su trasero en lugar de que le pagase el alquiler de la pista?

Todo lo malo y la amargura acumulada desde el día anterior abandonaron su mente por instantes, llenando el espacio con los hilarantes sin sentidos de Rose mientras el pequeño lo miraba como si quisiera entender las reacciones de ambos adultos.

—Solo consigue a alguien que pueda cuidar del niño, de ahí a que trabaje "horas extras" es asunto de la niñera y mío —dijo Jean Jacques recuperando un poco la compostura aunque le era difícil borrar la sonrisa de gozo.

Aquello fue suficiente para satisfacer a la mujer gótica. No soportaba las caras largas, no era buena tratando con ellas; tener a un hombre como JJ sumido en la amargura y desesperanza, la obligaba a involucrarse. Justamente, con la idea de evitar una catástrofe como la de meses atrás procuraría mantener ocupada la manipulable mente de Leroy.

Todo por su bien, y el suyo propio claro estaba. No tenía deseos de perder su mayor fuente de ingresos y fanservice.

Lentamente el momento fue regresando a la normalidad, participando Jean Philippe en el proceso con otro quejido en los brazos de LaFleur, quien para fortuna propia no tuvo que mecer a la criatura pues Jean Jacques se acercó con un notorio cambio en su semblante, posicionando su mano sobre la cabeza del infante, dedicándole una mirada tranquila con un cierto aire de tristeza.

La fase de negación seguía presente. Aceptar todos los cambios de manera inmediata no era posible, relacionarse con el pequeño como un padre afectuoso tampoco sería posible mientras los ojos celestes de JP produjeran un pinchazo a la altura superior izquierda de su pecho.

Ese mismo pinchazo que le incomodaba alcanzaba un punto delicado, vulnerable; tragar saliva fue una de las cosas que le causaron disgusto al ser esta pesada, ¿o quizás era el nudo en su garganta? JJ quería darle un nombre a su tormento y al posar la mirada sobre el bulto naranja que sostenía Rose solo venía a su mente una persona.

Cualquier rastro de alegría desapareció del rostro de Leroy. Lo último que deseaba era seguir con lo mismo por más de un día, y aunque odiase admitirlo, para evitar pensarlo más jugaría como sus padres y esposa deseaban.

Solo así estaría libre para entrenar.

—La paga no es problema. De preferencia, me gustaría que fuera joven y dispuesta a trabajar más allá de las 8 horas reglamentarias; saber cocinar, limpiar y entre otros es un plus, pero lo principal es hacerse cargo de este niño durante un largo periodo de tiempo —dijo moviendo su mano y el gorro de lana de JP en una especie de caricia —. Requiero alguien "cercano" a una tumba, no sirven las adolescentes alborotadas por las hormonas. Lo último que debe saberse antes de la próxima temporada es que Jean Jacques Leroy y este bebé, están relacionados. ¿Lo entiendes, Rose?

—Perfectamente, mi Rey —respondió coqueta aprovechando la cercanía de Jean para juguetear con uno de los mechones de pelo de su frente —. En menos de 30 minutos solucionaré tu pequeño "problema", confía en mí. Mientras tanto, ve a practicar a la pista. Te alcanzaré para poner la música en un momento.

—Gracias, Rose.

—No me lo agradezcas. Al menos no hasta que conozcas a la "niñera".

To be continued…

Reviews, comentarios, críticas y quejas abajo ^^

¡Saludos, gente bonita! :D

Muchas gracias por sus views, algunos favs y por supuesto los maravillosos reviews que algunas personas se toman la molestia de dejarme a modo de alentarme a seguir con esta historia. Sin duda los aprecio bastante ^^

Este capítulo fue más introductorio. Ideal para conocer a los personajes con los que JJ y Yurio interactuarán más durante los primeros capítulos. LaFleur y Alexis son un par de OC que inventé debido a que usar sin justificación a otros personajes de YOI es mucho más creíble que poner a Chris o a Phichit en escena (por el momento al menos así es).

Como se habrán dado cuenta el próxima capítulo Yurio y JJ por fin estarán frente a frente y bueh veremos que pasará cuando ambos descubran el secreto del otro (?) xD

Algunas cosas que aclarar:

*Sacre Bleu!: Lo mismo que decir "Oh my god!", la traducción literal en español sería "¡Sagrado Azul!" jajaja xD

*Merci, Mademoiselle!, Vous êtes tellement magnifique!: "¡Gracias, señorita!, ¡usted es enormemente magnífica!". El francés tiene palabras que no son tan fáciles de traducir. Yo estoy aprendiéndolo y resulta algo complicado de explicar a ratos.

Muchas gracias, nos vemos en el próximo cap.

SGH