Like a Fairy Tale:
A love story of a King, a Fairy and a Prince
Capítulo IV
Confidents:
Secrets can't be kept forever
—Maldito mocoso —dijo jadeante, agotado después de todo el forcejeo con el mencionado adolescente.
En la oficina administrativa de LaFleur podía sentirse un ambiente pesado, probablemente producto de la exhibición de lucha callejera que el cachorro ucraniano y la gata rusa acababan de protagonizar dejando los tradicionales puñetazos y patadas en el olvido, pues tal era el grado infantil de su pelea que se podría jurar que en lugar de extremidades humanas, de la bola de tierra que levantaban con sus movimientos salían patas, garras y bigotes.
Tanto Yuri como Alexis perdieron la noción del tiempo tras los 20 primeros minutos, desconocían cuanto más había durado su alboroto, pero al empezar a sentirse privados del oxígeno necesario para subsistir se fueron separando hasta caer rendidos sobre la áspera y deteriorada alfombra.
Yacían tendidos a escasos centímetros el uno del otro, respirando con notoria dificultad por el cansancio que sentían, no obstante, aquello no era impedimento para que, minuto a minuto, los rubios intercambiaran una patada o golpe en cámara lenta, negándose a ser derrotados por el otro.
—No puedo creer que defiendas a una enferma como ella —habló Plisetsky con la voz entrecortada, interrupciones pequeñas que eran llenadas por su respiración apresurada.
El rubio de ojos azules lanzó una patada a la canilla del ruso.
—Esa "enferma", como tu te atreves a llamarla, es la persona más maravillosa del mundo —dijo Alexis siendo golpeado por el puño izquierdo de Yuri a la altura de sus costillas, provocando que un quejido brotase de sus labios —. Ya basta, Yuri.
—No quiero —se quejó imitando a un niño haciendo un berrinche, intercambiando otro golpe con Alexis.
— ¡Deja de hacerlo!, ¡le diré a Mademoiselle!
–Huh, mira lo mucho que me importa —debía admitirlo, estaba tentado a detenerse, pero su orgullo no le permitiría someterse a los caprichos de un adolescente que acababa de conocer. Era preferible ignorarlo, hacer de cuenta que las palabras entraban por uno de sus oídos y salía por el otro sin procesar la información.
Bastaba con perderse en los detalles descuidados de la oficina de Mademoiselle LaFleur, posar la vista sobre el techo encontrando manchas de humedad y telarañas esparcidas por doquier. Sentir asco no sería extraño, tanta decidía debería ser considerada un crimen contra el buen vivir; paredes despintadas, polvo cubriendo numerosos objetos como aparadores, adornos, trofeos y medallas, incluso las fotografías que contemplase minutos antes de la partida de la insoportable canadiense, delataban la falta de interés de la misma en preservar sus pertenencias.
Incluido el supuesto "Imperial Ice Kingdom" o cómo fuere que se llamase la que —sin detenerse a pensarlo— Plisetsky tacharía como la peor pista de patinaje que hubiese pisado a lo largo de sus 22 años de vida.
'Incluso las improvisadas lagunas de hielo en invierno superan a este basurero'. Pensó Yuri, creyendo sinceramente que la astucia y viveza de las personas que creaban estos lugares para patinar en el campo de su tierra, superaban al establecimiento que Alexis alababa tanto.
Ni gracia ni estilo, tampoco confort o glamour para tratar de engañar a sus clientes. ¿Cuál era el sentido de una pista de hielo dónde una sola persona fuese a patinar?
¿Qué de especial podría tener un sucio agujero congelado que se escondía entre las callejuelas de la ciudad?
Aquella duda lo dejó pensativo trayendo la mención de Le Roi du Rink de su memoria.
Alexis mencionó la petición de privacidad que el misterioso deportista tenía con la administración del Imperial Ice Skating Kingdom, comprenderlo era fácil, él mismo no podía considerarse un amante de los medios de comunicación, y si pudiese mantenerse alejado de los mismos para poder evadir los odiosos sponsors, lo haría para darle aunque solo fuese cinco minutos más a practicar sus rutinas.
Sin embargo, no podía darse tales lujos. La plaga consumista era la que invertía grandes sumas de dinero para que pudiese perseguir sus sueños sobre el hielo, exigiendo a cambio no solo oro en forma de medallas, sino también sonrisas hipócritas, mentiras para hacer ver a la gente que lejos del patinaje tenía otros intereses.
Todo con tal de ganar dinero, provocar a las masas, vender.
Vender su imagen, vender el nombre de aquel niño que una vez solo tuvo a su abuelo y un techo con goteras en la parte baja de San Petersburgo.
Yuri arqueó las cejas, la molestia que sentía la atribuyó a su repudio hacia la prensa y publicidad, mas supo que su enojo iba más allá de eso.
¿Le Roi du Rink… patinaba solo?
¿Por qué permitirle usar la pista sin pedir patrocinio o una exorbitante remuneración económica para arreglar el lugar?
Teorías diversas, una más loca y descolocada que la otra surgían de su mente, todas terminando en tratos bajos y sucios para hacer ver a ese hombre maravilloso que describía Alexis como un ser cuya existencia fuese posible.
Alguien a quién no tuviera que envidiarle nada.
— ¿Acaso se acuesta con esa urgida? —se preguntó Yuri en voz alta, capturando la atención del joven rubio al que estaba pateando, y que para su sorpresa ahora entendía que el ruso tenía cierto tono despectivo para referirse a la maestra que tanto adoraba.
Esta vez no hubo un puñetazo como respuesta, en su lugar, el chico le lanzó una mirada despectiva y se retiró del suelo para acercarse a uno de los estantes polvorientos del lado contrario al escritorio de LaFleur. De los muchos objetos depositados en el mueble, un par de ellos fueron su blanco; antes de interrumpir el interrogatorio que su maestra decidió hacerle al extranjero que trajo consigo al volver del aeropuerto, Alexis se había encargado de llevar sus pertenencias a su recámara, salvo una cosa, el par de patines roller de cuatro ruedas paralelas que llevaba puesto al tropezar con las patines de Yuri.
Los levanto con delicadeza, como si estos estuviesen hechos de un material que pudiese dañarse fácilmente, rechazando la naturaleza dura y pesada del metal que formaba el esqueleto de los mismos. Vistos de cerca, dichos patines eran más viejos de lo que aparentaban. Eran negros en su totalidad, con pequeñas arrugas en el cuero que daba forma a las botas mientras que las ruedas mostraban un blanco percudido, con rayones superficiales en matices de café y negro por la suciedad. No eran nuevos, mostraban un largo recorrido y tiempo de uso, pero eso es lo que hacía feliz a su dueño, quién con un par de ojos brillantes se emocionaba, abrazando la más preciada de sus pertenencias con fuerza, como evitando que estos pudiesen serle arrebatados de las manos.
Siempre lo hacía. Antes de ponérselos, sin importar si fuese más de una vez al día, atesoraría ese par de patines.
—No, no —dijo moviendo su cabeza de derecha a izquierda —. Nadie da tanto solo por un buen polvo… ¡ah!, seguro lo hacen con servicio S&M incluido. ¿O acaso será millonario para poder pagarle lo suficiente?
Aunque tal vez no podría atesorar la memoria e importancia de sus roller de la manera usual.
— ¡Yuri! —reclamó Alexis, tiñéndose sus mejillas de rojo por el reciente comentario del ruso.
—O bien podría ser que se trata de una de esas mujeres que disfrutan cambiar de roles durante el sexo y el activo en su relación en realidad es ell… —continuó Yuri perdido en sus incoherencias hasta que Alexis decidió frenarlo.
Perderse en los detalles horrendos de la oficina de LaFleur mantuvo la mente del rubio de ojos verdes lo bastante ocupada como para permitirse ignorar que el adolescente al que pateaba por inercia ya había abandonado su lado, lo cual facilitó la tarea de Alexis, quién sin contemplarlo demasiado se colocó sus patines en completo silencio.
Con un leve impulso, Alexis se acercó a Yuri sosteniendo un par de cosas que se hallaban en el mismo estante donde colocaba sus patines.
—Yuri —llamó el chico.
—No todo tiene que estar relacionado con el sexo. Quizás simplemente a la vieja no le importa ganar tanto dinero —sin embargo, las palabras de Alexis no lograban penetrar la cabeza dura de Yuri.
Aquello molestó al ucraniano, aunque poco importaba, la sonrisa perversa que se dibujaba sobre su rostro presagiaba una catástrofe.
Cosa de unos cinco segundos le tomó al más joven en acomodarse frente a Plisetsky, que al notar como la luz le era tapada por una sombra producto del contraste, despertó de su ensimismamiento distinguiendo rato después los objetos que sostenía con las manos.
El horror plasmado en los ojos esmeralda era algo que Alexis hubiese deseado retratar con una fotografía para la posteridad.
— ¡Qué diablos crees que estás haciendo! —gritó Yuri dando un brinco sobre su lugar llegando a sentarse para quedar gracias a eso a la altura de Alexis, con las narices a una corta distancia.
Alexis torció los labios hacia el costado derecho, al mismo tiempo que con la mano izquierda abría un par de tijeras y con la mano derecha sostenía los patines de Yuri por las agujetas.
Plisetsky tragó saliva ante la horrible visión.
—Ah, Yuri —habló el joven de manera pausada y marcada, aprovechando cada segundo que la debilidad del ruso impertinente estuviese entre sus manos. Llegar tan lejos no era su intensión, Alexis entendía que podría ser acusado por jugar sucio con Yuri, pero que más daba si con eso podía frenar un poco la boca de ese extranjero ingrato —. Ya hemos perdido demasiado tiempo discutiendo, así que, qué te parece… —dijo antes de dejar un espacio llenado por silencio.
Los ojos cerúleos del ucraniano buscaron los esmeralda del ruso, cuando estos se encontraron el tigre de hielo rechinó sus dientes en un claro gesto de molestia.
—Si mejor mueves tu trasero del maldito suelo y haces algo de provecho en su lugar; en caso contrario, estos mugres patines pagaran caro el que vuelvas a hablar de Mademoiselle LaFleur —terminó de hablar Alexis con un tono de voz que bien podría haber pasado por el de un hombre de mayor edad: grave y profunda.
Al terminar de escuchar las últimas palabras de Alexis, Yuri lanzó un suspiro forzado agachando su cabeza en señal de rendición.
El mocoso estudiante de LaFleur tenía agallas. Relámpagos brillantes que rebotaban en sus pupilas le hacían saber a Plisetsky que ya había sido suficiente cháchara sobre la insufrible dueña del lugar.
El gesto fue señal clara de Yuri a Alexis, indicándole al más joven que de momento no habrían más malos entendidos con relación a su maestra y la clase de persona que era. La sonrisa del ucraniano cambió a una que suavizó su expresión facial, la hizo dulce y tierna, tan jovial como siempre cuando estaba sobre su par de rollers.
— ¡Genial! —exclamó Alexis alegre, levantándose para darle lugar a Yuri antes de tirar las tijeras tras de sí y ofrecerle la mano libre para ayudarle a ponerse de pie—. Empecemos entonces, Yuri.
'¡Por qué demonios el avión no podía caerse antes de cruzar el océano!'. Pensó Yuri, suspirando una vez más para evitar que sus ideas salieran de su boca.
Ningún adolescente con problemas para notar los rasgos demenciales de una mujer en sus treintas estaba en posición para ordenarle, no obstante, seguir el juego era lo más óptimo en aquellas circunstancias dónde podía elegir si quería pasar la noche durmiendo en un piso mugre pero con calefacción, o encontrar la banca en el parque más cómoda antes que algún vagabundo se la quitase.
—Yurochka.
Ignorando la mano que Alexis le tendía, el rubio de cabello largo se puso de pie por su cuenta, poniendo una mano en el bolsillo de la chaqueta, en lo que la otra se encargaba de arrancarle velozmente los patines para hielo al más joven.
El adolescente se sorprendió por la facilidad con la que dichos patines le fueron arrebatados, aun así poco le duraría el sentimiento, pues al escuchar la mención de ese nombre la curiosidad pasó a embargarlo nuevamente.
—Eh, ¿otra vez con ese nombre raro? —preguntó rascándose la frente —. No tengo problemas con eso, aunque no comprendo por qué quieres que te presente ante todos, incluida mi maestra, como "Yurochka" en lugar de Yuri.
—No hay un motivo en particular —mintió Yuri, neutralizando la expresión de su rostro —. Simplemente es para alejar a los indeseables.
— ¿Indeseables? —preguntó Alexis para entrar en el tema, pero Yuri manifestó la negación por hablar de aquello dándole la espalda al chico.
Inquieto, Alexis lo miró de reojo indagando sobre la extraña reacción de su invitado. Lo notaba distraído, ausente por alguna extraña razón; las palabras podrían haber servido como activador de aquel comportamiento, sin embargo ¿por qué?, ¿a quiénes se refería Yuri como "indeseables"?
¿Qué tenían que ver esa clase de personas con un simple aficionado al patinaje artístico perdido en Quebec?
LaFleur no lo cuestionó a la hora de presentarle al extraño con el que se había tropezado en el aeropuerto, la bondad en el corazón de esa mujer escapaba su sentido común haciendo que ignorase detalles importantes como el conocer realmente a una persona para permitirle quedarse en su casa, así lo creía su joven protegido. Admiraba ese lado de su maestra, por ese motivo le era imposible dudar de ella, de sus acciones, de todo lo que tenía un vínculo con la excéntrica Rose LaFleur; el interrogatorio del que Yuri se quejaba no era objeto de críticas o dudas por su parte gracias a la confianza depositada en el buen juicio de Alexis.
Sin embargo, ahora el pequeño empezaba a darse cuenta que en un impulso había invitado a un hombre del que vagamente conocía solo el nombre, una historia breve de por qué se encontraba vagando y sin dinero en un país con un idioma que no podía hablar.
Lo correcto sería inquietarse, temer cometer el error de confiar en alguien de mala fe.
—Yuri —llamó procurando no titubear, buscando una respuesta del susodicho, siendo totalmente inútil.
Lo correcto era todo lo contrario a lo que estaba haciendo, pero le daría una oportunidad a la honestidad con la que el supuesto "Yuri Plisetsky" lanzaba golpes y soltaba groserías. Quería respuestas, sentía la necesidad de obtenerlas y hacer lo que hiciera falta para asegurarlas.
Confiaría en Yurochka, confiaría porque por sobre todos los temores hacia un extraño no podía evitar sonreír al saber que el Imperial Ice Skating Kingdom se llenaba de gente una vez más.
—Estoy muy seguro que cualquier otra persona en su sano juicio no habría recogido a un vago que no habla francés del aeropuerto… creo que me caes bien —dijo sonriente, feliz sin importar la rudeza de Yuri. Con esperanzas de encender algo en su apagado interior —. Y, no sé si sea lo que buscas en Canadá, pero una vez oí decir al único hombre que utiliza nuestra pista:
"Aquí en esta pista olvidada por el tiempo, solo existen tres cosas: la música, el hielo y yo".
Igual a un poeta cuya obra influye en la vida de quién tuvo la suerte de estar presente en el lugar donde esta se pronunció. Yuri no se consideraba un fan, de las muchas cosas a las que evitaba ponerle más atención de la necesaria la poesía, las frases célebres rara vez tenían cabida en su mente; podría hablar de ballet y la importancia de ejercitar las piernas diariamente, tocar temas relacionados con el sueño y la carrera que perseguía.
Secas y directas eran sus palabras. Ni en el momento de describir la belleza del patinaje artístico proferiría un monosílabo que estuviese de más; Viktor y Yuuri por el contrario no titubeaban, decían cuanto sentimentalismo barato se les viniese a la mente.
Yuri por otro lado era incapaz de ser tan cursi.
La cita que Alexis repitió sonriendo de oreja a oreja no pasaba de otra frase ñoña y típica de un libro de apoyo motivacional, nada más que un invento creado para servir de mera excusa para gente que quería hacerse creer a sí misma que solo importaban esos tres aspectos en el mundo del patinaje.
Solo una excusa para amortiguar el golpe del fracaso.
De pronto sintió como la frustración, el odio hacía si mismo tomaba posesión de su cuerpo y sus pensamientos. Las manos grandes, blancas y delgadas se volvían rojas por la fuerza que imprimían sus puños sobre ellas mismas, a su vez que una oscura sombra cubría su visión nublando rastros de la razón.
¿Por qué él y no alguien más?
¿Por qué su estúpida suerte no podía ser buena por más tiempo?
Sometido al cruel juego del destino y para salir perdiendo cada que los cambios sacudiesen su interior. Estaba harto, cansado de bailar en la palma de sus semejantes, Yuri no deseaba ser manejado por nadie, no sentirse impotente cuando las cosas fallasen…
No verse obligado a sentirse amparado por las excusas de otros.
Libre.
Deseaba ser libre para encontrarle un significado verdadero y sincero a las frases como la de Le Roi du Rink y así tal vez creer de nuevo que todo se reducía a la música, el hielo y él.
'¿Quién es él?'. Preguntó en sus pensamientos, esperando por una respuesta que nunca escucharía pues darle más gusto al chico que lo había compadecido, dejando ver su deseo por conocer al único cliente de esa pista, sería lo último que haría en lo que durase su estancia en Canadá.
Si quería salir del agujero donde había caído debía empezar por ser fiel a sí mismo. No cambiar ante las adversidades.
—Como sea —respondió secamente, empequeñeciendo el pedestal donde el joven ucraniano ponía al misterioso patinador —,… de todas formas, lo que haga ese hombre no me interesa en lo absoluto —no obstante, cierto dejo de enojo en su forma de pronunciar las palabras salió a flote cuando volteó a mirar a Alexis.
—Eh… sí que eres raro, Yuri.
— ¿Huh?, no quiero escuchar eso del enano que se pone esa clase de patines para estar dentro de casa —señaló apuntando con el índice a los pies del chico.
Alexis no lo tomó bien, por supuesto.
— ¡Ah!, pues para tu información: este par de rollers son superiores a esos horrendos adefesios para el hielo que traes tu.
— ¡Huh!, ¿cómo puedes llegar a ser tan ignorante?, ¡retráctate! —ordenó Plisetsky ante lo ofensa a sus amados compañeros del patinaje, acercándose al rostro de Alexis para intimidarlo con las dagas que parecían salirle de los ojos.
— ¡Nunca!, ¡tu primero! —exclamó pegando su frente con la de Yuri con claras intenciones de mantenerse firme en su resolución.
— ¡Jamás!
Tan falsa sonaba la mentira, que a esas alturas decir que Plisetsky y el adolescente optarían por una alternativa pacífica y lejana a la violencia era casi tan probable como la paz mundial.
Una vez se armó el escándalo con Yuri gritando en su idioma nativo, vociferando insultos e improperios, en lo que se agitaba levantando los puños, sacudiendo los patines que sostenía en una mano mientras que con la otra levantaba el puño en señal de sed de sangre, Alexis era más eficiente, incordiando al ruso con tan solo sacarle la lengua; el caos reinaba en el despacho administrativo con ambos personajes sacudiendo los cimientos a gritos y la usual persecución vengativa, derivando en Yuri quién corría dando vueltas al escritorio tras del joven ucraniano, quién se burlaba de la lentitud del otro al sacar una distancia considerable de ventaja por patinar con sus rollers.
Posiblemente la ya sucia y desgastada moqueta acabaría con más agujeros a fin de mes.
Verlos transmitía humor y energía, como un cuadro familiar donde los hermanos pelean por el control remoto de la televisión.
'Infantil'. Fue lo que pensó Rose.
La excéntrica administradora daba por hecho la perdida de la noción del tiempo y el espacio de los jóvenes a los que espiaba por la ranura de la puerta entreabierta, no le interesaba tampoco si es que los niños realizaban que llevaban casi una hora actuando el mismo acto cómico de relleno de programas de televisión. Su verdadero interés se dirigía ante dos cosas:
El trasero de Yurochka y los patines profesionales.
—Oh la la… Rose, ¿en qué rayos estás pensando?, te podrían demandar por acoso sexual —se dijo a si misma, riéndose ante las ideas retorcidas, que valientemente aceptaba como parte de su personalidad. Directa y atrevida, ideal para ser activista por los derechos de una causa noble, mas en definitiva no para el cuidado de un infante.
El pasar de los años la hacía cada vez más odiosa e irritable, imposible de soportar. En los últimos alientos de su juventud tenía por caprichos el auto complacerse, satisfacer sus deseos mediante las acciones que pudiesen estremecer su piel; tener a su cargo a otra vida a aparte de la suya y la de su joven aprendiz no era negociable en lo absoluto, con su estilo de vida alocado, Alexis y Rose no podrían ser capaces de apoyar enteramente a la causa.
JJ no los necesitaba para eso.
Fue así que un rayo la sacudió dándole una brillante idea después de escuchar a Leroy. La solución a sus problemas y los problemas de los demás podían resolverse sin demora gracias a la llegada de un gato callejero. La primera impresión que tuvo del malhumorado rubio, le produjo escalofríos. El instinto, la experiencia o el sexto sentido, no tenía claro cual, pero fue uno de ellos quién la convenció de que el extraño mentía.
"Yurochka", cómo se hacía llamar, poseía las características de un misterioso personaje, todas ellas apuntando a hechos que él negaba rotundamente. Secretos enterrados en lo más profundo de su psique.
He ahí la perfección, él porqué sin meditar ni pensar en las posibles consecuencias, podría darle una oportunidad a ese extranjero.
Indomable, incapaz de ceder ante la voluntad ajena. No llegaría a sucumbir ante los encantos de un codiciado donjuán.
De cuerpo esculpido, la resistencia física aseguraría la eficiencia en las tareas del hogar.
Mentiroso. La honestidad era una política estúpida, ¡al demonio con la verdad y sus valores! El caso de Jean Philippe y Jean Jaques Leroy era una telaraña tejida con mentiras, a base de detalles que una familia siempre oculta para no verse mal ante la sociedad.
—Ningún otro ser en la nación canadiense podría ser mejor candidato para trabajar para Jean Jacques Leroy —creía Rose al momento de entrar en su despacho, ignorante de un par de detalles debidos a su falta de interés en el deporte que le generaba ingresos:
El primero: Yurochka no era un mentiroso ordinario.
El segundo: Lejos de la nación canadiense, el flamante Rey no era más que un bufón para algunas personas.
— ¡Terminó el descanso, mes petits animaux*! —se pronunció la dama gótica, sonriendo de manera burlesca, propio de quién disfruta de la maldad de sus pensamientos. Su interrupción llamó la atención de los mencionados, quienes en medio de su ya recurrente escándalo fueron lo suficientemente inteligentes para frenar en seco y voltear para encontrarse con LaFleur sosteniéndose del marco de la puerta.
—Mademoiselle —dijo el menor transformando su rostro en uno tierno y apenado —, lo lamento mucho, me distraje por culpa de este cerdo ignorante.
— ¡Huh!, ¡no me metas en la misma categoría que ese estúpido llorón!, el único cerdo, ¡es el gordo Katsudon! —la respuesta de Plisetsky ante ese comentario, obviamente tuvo prioridad sobre LaFleur y lo que fuese que ella deseara decirles.
Los hablantes francófonos se vieron confundidos ante la extraña defensa, poniendo una expresión de incertidumbre al escuchar lo que parecía una palabra japonesa: "Katsudon". El más joven se sintió intrigado, mientras que Mademoiselle restó importancia al pasar de meros segundos, concentrándose en el tema principal, cortando la posibilidad de preguntar sobre lo que tacharían por un desvarío de un raro muchacho.
—Yurochka —llamó —. Tengo estupendas noticias para ti.
El gélido beso del hielo lo saludó ni bien puso un pie dentro del rink. Sin ropa en rara combinación ni molestas maletas que cargar sobre sus hombros, bastaba con su uniforme de siempre, la típica playera roja que no cambiaba desde los 19 años, pantalón deportivo negro, y sus amigos incondicionales: aquellos patines hechos especialmente para él.
Solo eso. No le hacían falta mayores ni mejores acomodaciones para sentirse como en casa. Bastaba con caminar unos pocos pasos dentro del modesto espacio destinado para los casilleros, aspirando el olor a humedad de la madera enmohecida para prepararlo mentalmente; recordaba con nostalgia que el aroma a lavanda solía cubrir ese lugar intentando camuflar la peste que la ropa sudorosa que guardaban algunos atletas al terminar las sesiones de entrenamiento. En la actualidad, eso solo era posible en las memorias del Imperial Ice Skating Kingdom.
Era una costumbre reciente el detenerse a observarlo todo mientras realizaba ejercicios de calentamiento, de ahí surgían los recuerdos de Jean, quién intentaba llenar el silencio con comentarios sobre el lugar al encontrarse en momentos de soledad, consciente de que no existía otro receptor que no fuera él mismo. Hablar solo con tanta frecuencia no era bien visto, mas en la intimidad de esas viejas paredes ni la misma Rose juraría que ella no lo había hecho alguna vez.
La energía que brindaba aquella pista incitaba a sincerarse. Autoanalizarse.
—Ah… que bien se siente estar en casa —suspiró en la entrada de la pista, cerrando los ojos antes de aspirar profundamente y echar su cabeza para atrás. Se sintió relajado, en paz consigo mismo. Las preocupaciones parecían abandonar su mente lentamente, adormeciendo su psique para introducirlo al mundo fantástico que el hielo proyectaba en sus sueños, anulando la capacidad para recordar todo lo que no le produjese un sentimiento de pertenencia.
Deslizarse sobre ese manto uniforme de hielo era único. La reconfortante sensación no tenía precio para Leroy. Tal y como le gustaba, se sentía volar al mover un pie después del otro tomando impulso, listo para realizar un salto: un salchow simple.
Fácil. Ligero, cosa de novatos.
A la hora de competir aquella no sería la mejor opción para obtener una puntuación elevada, no obstante, en las horas de práctica darse el lujo de realizar saltos débiles, esos que manejaba con ojos cerrados y clavaría perfectamente, le daban confianza para lanzarse a realizar los demás.
Un triple Axel, un triple toe loop, un triple salchow, un cuádruple salchow… con performance y aterrizajes perfectos.
Eran su fuerte. Brincar por la pista realizando las más complicadas técnicas cual chispa luminosa, irradiando una luz potente con cada paso al compás de su coreografía. No sentía culpa, dolor o angustia. La amargura de la vida era absorbida por ese templo congelado, su santuario personal.
Su reino de cristal.
Podía bailar, saltar, reír, llorar, caerse y volverse a levantar; nada más en el mundo tenía la facultad de provocarle algo así. La dicha que sentía patinando era incomparable, imposible de representar a no ser que la sonrisa de Jean Jacques fuese encargada de hacerlo.
La felicidad de saberse realizado, el cumplir sus sueños todos los días… fue una de las cosas que Isabella más amó de JJ.
Ingenuo. Distraído por más que supiese disfrazarlo decentemente, muy penosamente, ese sería uno de los mejores secretos "públicos" que tuvo la más cercana de sus fans, consecuencia de la falta de concentración múltiple de su esposo.
Jean Jacques se ensimismaba tanto al patinar que ignoraba todo lo que no estuviera sobre el hielo.
Todo.
El Imperial Ice Skating Kingdom hubiese contado un par de historias sobre como la bella dama de tez nívea y labios carmesí temblaba en las graderías, frotando ambas manos para entrar en calor al haber olvidado los guantes en casa, mientras contemplaba maravillada, sin importar que sus mejillas estuvieran ya coloradas por el frío que sentía hace varias horas, cómo el objeto de su adoración centellaba fugazmente en la pista, iluminando el mundo con una sonrisa que JJ ni a ella le brindaba: la sonrisa de Jean Jacques Leroy.
El Imperial Ice Skating Kingdom hubiese estado más que encantado de poder hacerlo, sin embargo, las memorias jamás creadas eran imposibles de narrar.
Isabella Yang creó recuerdos similares en famosas pistas de Toronto, Vancouver y Quebec, mas no así en ese pedazo oculto del mundo que significaba tanto para su ser más amado. JJ nunca le contó sobre la existencia de "su reino". Nunca imaginó que era necesario involucrar a quien estaba siempre a su lado en historias cursis y viejas del pasado, e Isa tampoco buscó forzarlo jamás.
—Más precisión —levantó una pierna hacia atrás, estirando sus brazos para recrear una pose clásica de danza —. Tiene que verse espectacular.
Patinar, patinar y patinar.
No era culpa de Leroy tener esos defectos. Su incapacidad para analizar algo que no fuese la técnica o fluidez de sus movimientos en lo que tocaba el hielo, era bendición y desgracia, un hecho que indudablemente contribuyó a debilitar su relación con la mujer que lo acompañaba largos inviernos sentada en las graderías, temblando en ocasiones por salir desabrigada tan deprisa para no perder segundos de entrenamiento, siendo ignorada, debilitando su paciencia y comprensión con el pasar de los años.
JJ lo presentía, pero no dedicó esfuerzo alguno para corregir el problema; intentar arreglarlo fue inútil, puesto que el día que Jean descubrió las rajaduras de su relación ya era tarde. Isa se había armado de valor para encarar la verdad para marcar el punto de quiebre.
'—Estoy esperando un hijo, Jean…'.
—Me haces el hombre más feliz del mundo. Sigue así —dijo Leroy contemplando su reflejo sobre el hielo. Ignorante, tristemente tan ignorante como hace dos años atrás.
Le reconfortaba saber que el Rey seguía sonriéndole al patinar. Necesitaba ese alivio.
Más aburrido que cansado, JJ disminuyó gradualmente la velocidad hasta quedar estático cerca de la entrada de la pista. Luego de su corta, pero intensa sesión técnica, se vio motivado para llevar su entrenamiento al siguiente nivel; con los pies ya sobre la tierra, el canadiense giró la cabeza buscando a Rose, al no encontrarla recordó que hace una hora aproximadamente había dejado a Jean Philippe a su cuidado.
¿Estaría todo bien? Conocía a LaFleur muy bien, de más para saber que su nula capacidad para cuidar infantes no le impedirían hacer su mejor esfuerzo para controlar la situación. Aun así, tras haber recibido el mejor tratamiento para sus nervios e inseguridades, Jean reconoció que estaba siendo un idiota.
—Ah… no es que quiera portarme como una basura —dijo pasando una mano por el frente de su cabeza, peinando hacía atrás los cabellos desordenados por el ejercicio.
Lo último que deseaba era seguir añadiendo peso a su deuda. No era intencional, no tenía nada en contra de Jean Philippe.
—No quiero… pero hace ya tanto que olvidé como hacer las cosas bien, que yo…
— ¿Qué tu qué?, ¿crees que no eres capaz de arreglar las cosas?, ¿temes no hacerlo bien ahora?, ¿miedo a que la ansiedad te deje con un problema de disfunción eréctil? —interrumpió Rose entrando a la pista, cargando una caja consigo, acercándose hasta la parte donde Jean se apoyaba.
—Si la ansiedad no lo hace primero, la culpa se encargará de privarle al mundo mis genes —respondió el canadiense forzando una sonrisa estúpida en un intento por crear un ambiente despreocupado.
—Hm, como que ya no son algo especial —Rose rió ante la ingenuidad de Jean Jacques, llegando tras unos pasos hasta donde se encontraba el patinador, dejando la caja en sus pies para sacar algo de la misma —. Si hay dos del mismo tipo, y uno de ellos cuenta con mejoras incorporadas, el modelo antiguo sale del mercado.
JJ suspiró derrotado.
—Aprecio la ayuda brindada en mi carrera deportiva, pero cuando se trata de estos asuntos siento que no eres la indicada para ser mi terapeuta —dijo dándole la espalda, apoyando sus codos en la barrera protectora, a lo que LaFleur actuó riéndose nuevamente y atrayendo su cabeza hacía ella, lo suficiente para que los centímetros que los separaban no le impidiesen acariciar su cuero cabelludo.
—Bueno, mi Rey nunca he embarazado a un hombre como para tener descendencia…
—Te embarazas tú, no él. ¡Auch! —la cortó Leroy recibiendo un jalón de cabello por su rudeza. A Rose claramente le importaba poco o nada las clases de anatomía de la secundaria.
— ¡Se embaraza él, y punto! ¿Por qué he de ser yo la que cargue con el trabajito?, ¿sabes lo mucho que sufren las mujeres durante nueve meses solo para recibir a un enano con cara de bulldog arrugado tras horas de dolor vaginal? No. Yo paso de esas cosas —expresó la fémina con la intensidad suficiente para convencer a los demás.
Un nuevo pinchazo surgió producto de lo dicho por Rose.
Que complicado era hablar sobre las madres. Él no se consideraba con el permiso para hacerlo, no pretendía hacerlo tampoco al tener presente que si por error enredaba sus palabras terminaría incluyendo a la suya, caso hipotético que evitaría convertir en una realidad pues JJ valoraba el sacrificio de las mujeres en su vida, aunque le era difícil tocar el tema del sacrificio de su ex mujer.
Con una expresión amarga, un triste susurro, como si de un deseo se tratase escapó de sus labios:
—… me hubiese encantado que ella compartiese la idea… que ella era más importante que ser mamá.
'Mierda, JJ'. Pensó Rose reprendiéndose por actuar como dictaban sus instintos, abrazando su cabeza con gentileza, un acto inusual que atribuyó a su debilidad por las criaturas en necesidad.
—Era extraña —habló incómoda, removiéndose en su propio agarre —, diferente a ti y a mí; un alma inocente, una mujer que desde muy joven solo soñaba con encontrar a su príncipe azul y vivir felices por siempre. De esas chicas que aman con intensidad… de esas idiotas que aman con los pies y no el cerebro —fue soltando a JJ lentamente, poniendo manos a la obra con lo que hacía antes del momento "cursi".
—Lo sé. Era una de las cosas que la hacían la mejor, una princesa de cuentos —continuó platicando, estático mientras la mujer gótica abría un pomo de gel y untaba el contenido en su cabello para moldearlo a su gusto.
—Ugh, no sigas, no puedo con los cuentos de hadas. Puras patrañas —dijo Rose simulando pequeños temblores para pasar por escalofríos.
—Jajaja si… lo son —reconoció Jean.
La confianza existía entre Rose y Jean Jacques, eran amigos, ella era su amiga más cercana recientemente, por eso que un silencio breve ocupase parte de sus conversaciones no era molestia. Uno de ellos surgió para cambiar el ambiente pesado que estaban creando con su charla, ambos agradecieron mentalmente la oportuna aparición.
No deseaban ahuyentar la maravillosa paz que podía respirarse en la pista nacida de la evasión de resolución de conflictos. Al fin de cuentas, paz era paz.
Unos segundos después, las manos de Rose soltaron a JJ dejando ver un cambio leve estilizando su cabello hacia atrás.
—Rawr! Ya sabía que eras guapo con la imagen de santo que te gastas, pero como chico malo, ¡te dejo que me hagas el Kama Sutra entero, mi Rey! —si los ojos pudiesen tirar piropos como los albañiles en las obras de construcción, los de Rose gritarían las frases más guarras existentes.
JJ, acostumbrado a ser objeto de la excitación de la incontrolable mujer solo esbozó una leve sonrisa.
—No lo pregunto porque es evidente —dijo dando la vuelta finalmente para estar frente a Rose —, pero si con permitirte recrear tus perversas fantasías puedo contar con tu apoyo para cuidar de JP, dejaré que incluso tomes unas cuantas fotos.
— ¿Unas fotos?, por favor, ¡yo no cobro tan barato! —exclamó burlándose de la inocencia de Jean, ¿cómo no aprovechar cada instante posible de una visión como aquella?, segura estaba de que ni su difunta esposa había tenido el placer de contemplar el lado salvaje que LaFleur estaba creando con su modelo humano, el cuál como cualquier obra maestra debía ser decorado hasta el más mínimo detalle —. Solo aceptaré inspiración a cambio de mi valioso tiempo; quiero una presentación. Tu estilo "Pop", el clásico galán a la moda ya lo he visto, por lo que vas a hacer tu debut como delincuente. ¡Peligro y adrenalina!, un tipo diferente de "realeza", la nobleza de las calles.
Rose estaba emocionada, la idea parecía encenderla de pies a cabeza. JJ supo que no aceptaría negociación alguna cuando de la caja ella sacó una chaqueta de cuerina negra y un par de gafas oscuras, vistiéndolo velozmente no dándole tiempo para protestar.
Una vez listo, la mujer saltó eufórica colgándose del cuello del patinador haciendo que este resbalase un poco.
— ¡Es perfecto, Jean!, ¡con solo verte ya siento el cosquilleo en mi interior!
— ¡Hey!, calma — pidió agarrando con una mano la barrera protectora, de lo contrario quizás estaría besando el hielo forzadamente por la inestabilidad de Rose —. Esto es muy diferente a lo que estoy habituado a hacer, esto no dice "JJ Style", ¡por ningún lado!
— ¡Claro que no! Te dije que no quiero ver al "Rey JJ". Tú vas a mostrarme a otro "Rey"… —habló soltándose del agarre, feliz por salirse con la suya. Si JJ se sentía cómodo con el cambio de estilo que ella requería era lo de menos, la retorcida artista no tenía como misión dejar salir ese lado perfecto, el hombre de ensueño que JJ proyectaba en la pista.
No, ella quería ser diferente, original.
Quería ver estallar a Leroy.
Cuando Mademoiselle le anunció que existía una vacante como asistente de uno de sus clientes, Yuri imaginó cosas inteligibles, algunas relacionadas con el bajo mundo, otras con fenómenos tatuados y llenos de piercings con mentalidad tan podrida como la de la canadiense, incluso llegó a creer que dicho cliente podía ser una especie de versión masculina de LaFleur, lo cual solo logró hacerlo estremecer.
Sin embargo, nunca reparó en preparar un escenario semejante al que estaba viviendo.
— ¿¡Qué se supone que es esto!? —exclamó Plisetsky, señalando con el índice.
Puesta sobre el escritorio de recepción yacía una caja de cartón sin nada en particular, el tamaño era grande pero no lo creyó relevante, dentro de ella Yuri tendría que haber encontrado lo necesario para empezar su trabajo, y en su lugar de notas o indicaciones, halló un bulto rodeado de tela y ropa vieja del cuál emergieron manos y pies diminutos, y una cara enrojecida, bañada por lágrimas calientes que rodaban de los ojos de esta.
—Pues es lo que parece: un bebé —dijo Alexis posicionándose en el extremo opuesto a Yurochka trepándose un poco en el escritorio para apreciar mejor el contenido de la caja.
El ruso no se molestó en responder. La perturbación que vino a su mente tratando de analizar el trasfondo de la sorpresa de Rose tardó menos de un segundo en absorberlo.
¿Qué estaba pasando?, ¿por qué había un niño llorando en una caja de cartón?
¡¿Qué significaba eso?!
El infante lloraba y lloraba, desde que habían abierto la caja parecía haberse asustado con el repentino cambio de iluminación, moviendo sus pequeñas extremidades de manera inquieta, el niño expresaba su incomodidad a base de llanto y un gesto con las manos en puños. Igual a como abandonan a los recién nacidos en los orfanatos o dejan a su suerte a un gatito sin su madre, parecía una especie de montaje para orillarlo a hacer lo que cualquier persona haría en esa situación: levantarlo.
Su nula experiencia con los niños lo cohibía. Poner sus manos debajo de ese diminuto cuerpo, cargarlo y consolarlo, Yuri jamás había estado sometido a condiciones similares. Temía empeorarlo, elevar el volumen del llanto e inmiscuirse en asuntos de dudosa procedencia.
—Yuri… —lo llamó Alexis, preocupado por la larga pausa del mayor.
No deseaba hacerlo.
— ¿Esto es una broma?, ¡en qué cabeza cabe que esto es gracioso! —renegó en voz alta. La ofensa de LaFleur colmaba la poca paciencia que le quedaba, era inaudito presenciar un escándalo que incluyese a una criatura como esa; sentirse confundido y obligado era poco.
—Yuri, ¡ya basta! Si sigues gritando el bebé va a… —intentó advertir el menor, aunque fue demasiado tarde. El llanto del bebé era más fuerte que antes, gritos de tristeza que pedían consuelo urgentemente.
No quería. Lo último que Yuri deseaba era ponerle una mano encima a un niño en esas condiciones.
Pero la visión deprimente de un infante en necesidad, solo y en llanto, podía más en su interior.
Lo rompía al sentir una empatía despreciable.
—Mierda —musitó, poniendo sus manos alrededor del pequeño, sacándolo lentamente de la caja de cartón para evitando ser brusco como para lastimarlo.
Era pequeño, sus rasgos definidos indicaban que no se trataba de un recién nacido, aún sí no era más mayor que un año y algo más. A pesar de que el llanto cambiaba su rostro, un par de cejas poco pobladas, negras al igual que su fino cabello que contrastaba con un tono exquisito de piel entre canela y blanco; era un niño precioso, no uno que esperaría ser desechado por su familia.
Yuri no sabía por dónde empezar, solo sostenía al bebé con los brazos de forma horizontal mientras este lloriqueaba sin saber por qué.
—Hey, niño… —dijo para intentar calmarlo, siendo inútil y terminando en más llanto por parte del infante. Otros intentos fueron dichos de manera suave, mas ninguno resultó efectivo, el bebé solo gritaba más y más hasta que Yuri, harto del alboroto, aumentó el volumen de su voz para que opacase al niño, asustándolo en el proceso: — ¡SILENCIO!
Su corazón se detuvo por un segundo cuando los ojos forzados se abrieron de par en par.
Inmóviles, cómo un par de zafiros desbordantes de brillo bañados en un montón de perlas, un color profundo y estridente, tan brillante que olvidarlo sería imposible.
Hermosos. Llenos de una pureza inigualable.
Era la primera vez que veía un azul tan vívido en las pupilas de alguien más, llegó a jurar incluso que eran falsos, sin embargo tuvo que descartar cualquier teoría descabellada cuando el pequeño, notoriamente atraído por su persona estiró sus manos, gimoteando, intensificando misteriosamente el brillo de su mirada, como si quisiera con eso lograr acortar la distancia que los separaba.
¿Nombre?, ¿motivo?, ¿por qué?
Cualquier pregunta sobraba en el instante.
— ¿Uh? —Yuri se sonrojó ante aquel gesto. Sus reacciones estaban siendo controladas por aquella mirada, se sentía dominado, esclavo de esos orbes en los que podía ver su reflejo y podía decir que le agradaba.
Ese sentimiento de empatía, ese pinchazo que sentía en el pecho…
No existía una definición o una forma sencilla de explicarlo, fue por eso que Yuri cedió entregándose al sentimiento humanitario que lo embargaba, cerrando sus brazos para darle apoyo a ese bulto que levantaba. Poseído por la extraña atracción que irradiaban sus ojos, el tigre de Rusia estuvo a un segundo de acurrucar al bebé desconocido, no obstante, una vibración reciente en el suelo del edificio lo sacudió, devolviéndole los sentidos antes de cometer un error.
¿Qué acababa de suceder?
Cómo si hubiese estado vagando por sus pensamientos, Plisetsky notó su falta de comunicación con el mundo, recriminándose internamente por perderse de esa manera a causa de un mocoso ajeno a él. Agradeció a las circunstancias especiales por la interrupción, e inmediatamente dirigió toda su atención a la fuente en dirección a un largo pasillo.
Música estridente, rock, reproducida a todo volumen.
— ¿Qué significa esto? —preguntó ya harto de ser el juguete de alguien más, él no era menos, él era mucho más que los allí presentes, ¡él era un medallista de oro!, ¡el tigre de hielo de Rusia!
E iba a demostrarlo.
Girándose en sus talones y con el niño en brazos, Yuri se dirigió rumbo al lugar donde se originaba la música, rápido, sin considerar que aquello pudiese incomodar al bebé que olvidaba aun sostenía. Ni los gritos de Alexis, ni menos la posibilidad de perderse en un lugar que no conocía lo detendrían.
Les enseñaría, así se fuese al diablo su anonimato, así se hiciera noticia que Yuri Plisetsky se encontraba en Canadá luego de lo acontecido en la última competencia en Rusia, LaFleur y el malnacido de su cliente tendrían su merecido por jugar con él.
Ninguna persona en el mundo tenía el derecho de tratarlo como basura, no en Hasetsu, no en Rusia, no en Kazajistán, y mucho menos en Canadá.
Explotaría. Aniquilaría a todos para encontrar alivio, sacaría de lo profundo la rabia que cargaba hace varios días…
— ¡BASTA!, ¡DETÉNGASE O JURO QUE NO TENDRÉ PIEDAD! —gritó abriendo la puerta doble de la que salía la música con una fuerte patada.
This is a land of no one…
Bailó y saltó el número exacto que ella se lo pidió, una presentación impecable con todos los puntos artísticos y técnicos en su lugar, no obstante podía percibir un agujero, una pieza faltante en el papel que interpretaba. Como un pez fuera del agua, Jean sentía las notas del caos vibrar por su cuerpo produciendo un hormigueo molesto.
No era él, no proyectaba con su patinar quién era. No estaba cerca ni por asomo al JJ Style.
La agresión en los pasos, la forma dura con la que tenía que poner sus extremidades para no salir de la imagen de gánster que Rose le exigía. Una expresión de malicia, una patada al aire, brincos lejanos a un paso elegante, por más que buscaba algo para identificarse cada vez se daba cuenta de lo lejano que estaba de personificar al hombre que ella se empeñaba en pedir.
Lo odiaba. Lo detestaba, con deslizarse bastaba para sumergirlo en la sensación de la traición propia.
No pain and sorrow, just me and the one that I hate…
'Este no soy yo'. Pensaba Jean, siempre en movimiento, danzando al ritmo enfermizo de un rock pesado donde el tempo no daba para crear transiciones lentas entre pasos. En eterno vaivén, su cuerpo se desplazaba improvisando la siguiente jugada, aumentando su desprecio hacia la grotesca coreografía que no podía reconocer como propia.
Giraba y giraba, parar era imposible.
'Este no soy yo, no es JJ, no tiene nada que ver con JJ, ¡NO SOY YO!'. Gritó para sus adentros dando vueltas como un trompo sin control, resquebrajando el hielo, rayando la superficie dando un claro ejemplo de lo que aquel baile frenético le hacía en el interior.
I'll kill him, punch him and take everything that he has taken from me…
— ¡ODIO esto, Rose! —gritó saliendo de la secuencia de pasos, enfrascándose en otra serie de saltos descontrolados.
— ¿Ah sí? —sin embargo, LaFleur continuó deleitándose al ver bailar a su juguete, aplaudiéndole más y más fuerte —. Esta es una de las mejores rutinas que he visto, ¡no te detengas!, sigue bailando, sigue saltando y gritando hasta que no puedas mover un músculo, ¡dame al rey miserable que estoy buscando! —dándole órdenes, sometiendo a Jean a la más cruel de las torturas.
Cuanto la despreciaba.
— ¡Eres una maldita perra! —gruñó entre dientes.
I hate it. This Kingdom and it's royals…
— ¡Oh!, ¿está funcionando? Dime más —Rose esbozó una gran sonrisa, avivando el fuego para crear un incendio —, ¿me odias a mí o a la canción?, ¿odias la infidelidad?, ¿qué es lo que te pone furioso?
—No me agrada, esta canción, estos pasos, ¡no son algo que JJ haría!, ¡me estás obligando a hacer algo que NO quiero!, ¡a ser alguien que detesto, pudiste pedirme cualquier otra cosa! —dijo Jean aterrizando en una pierna, tomando impulso para más.
— ¿Detestas a los chicos malos?, ¡pero si tu eres uno, mi Rey! —dijo ella apoyando su quijada sobre las palmas de sus manos confiando en la fuerza de sus brazos en la barrera de protección, intentando lucir tierna, inocente para sacudir más a Leroy —. Es por eso que estás siendo castigado… los niños buenos no hacen las mismas cosas que tú, ¡los niños buenos se callan y aceptan las consecuencias de tirar con una mujer!
La cadena de pasos lo llevaron al extremo opuesto de la pista cuando un solo de bajo y batería silenciaron la voz del vocalista, y la voz de Rose se escuchó fuerte y clara antes de reír estrepitosamente tan insanamente como era costumbre, pero JJ no lo entendió, la influencia de ese ritmo caótico lo quebró finalmente.
Lo volvió loco junto con lo dicho por Rose.
El final estaba cerca, el coro de la canción reapareció luego del solo acompañado por disparos. Volvió a saltar, bailó sacudiendo el hielo bajo las cuchillas, dándose impulso corriendo tras la pista de la perra que lo enloquecía; amenazante, acercándose con los puños cerrados.
I wanna be King, I wanna rule again…!
Dolía.
Enfadaba.
Innegable.
I can't accept my sick reality…
Un Rey humillado, era la repulsiva realidad pues así aquella melodía acabase y decapitase a LaFleur, Jean Jacques Leroy no podía volver atrás en el tiempo.
Lo sabía, pero no quería admitirlo.
I'm just a King of Defeat.
—Eres un cobarde, simple escoria. Así como estás ahora jamás podrás volver a tocar una medalla en tu vida —dijo Rose sintiendo el aliento ajeno sobre la punta de la nariz. La canción había terminado.
Jadeante, gotas de sudor resbalaban por la piel perlada de su rostro cayendo sobre los puños que mantenía a la altura del pecho, temblando de impotencia, cansado. Tomó las gafas para romperlas arrojándolas hacia la pared, tan ciego que vio nada antes de gritar al unísono con el recién llegado.
— ¡YA LO SÉ!, mierda… ¡YA SÉ QUE TODO ESTO ESTÁ MAL…! —exclamó Leroy, quién no tuvo tiempo para estallar y lamentarse a voluntad al llegar de repente a la entrada, cargado en los brazos de lo que parecía una aparición de ensueños, ese que llamaba la raíz de su incompetencia traía consigo lo que denominó un ángel de la muerte.
Sus largos cabellos rubios cubrían la derecha de su rostro, alborotados como siempre, perfectos para acompañar ese par de ojos desafiantes que juraron destruirlo una y mil veces en la que fue la mejor de las épocas de su carrera como Senior. Todavía lo recordaba, los insultos, las burlas, el reflector y el podio, el cómo a base de hostilidad el hada crecía convirtiéndose en uno de sus mayores obstáculos, la competencia más fiera y apasionada que tendría sobre el hielo.
Jean sintió su cuerpo estremecerse, cambiando hostilidad por temor.
—Yuri… —escapó de los labios de Jean Jacques, robándose el aliento del patinador al ver como una de sus peores pesadillas se hacía realidad.
El único de los secretos que no quería revelar al reino de su ensueño: Jean Philippe Leroy.
JJ empezó a desesperarse cuando las ideas revolotearon en su mente, matando despiadadamente los sueños y metas que trazó meticulosamente para hacerse con un lugar en el hielo luego de la tragedia que supuso tener que dejarlo por un año y más. La ansiedad parecía ahogarlo, ya el cansancio parecía no ser el que le impedía respirar con propiedad sino aquellos ojos verdes que Leroy sintió recriminarlo, ridiculizarlo, exponerlo como la infame persona que era debido a sus decisiones.
Quería morir, desaparecer. Ya todo había acabado para Jean.
Sin embargo, del otro lado de la barrera protectora los ojos de Plisetsky expresaron más de lo que Jean alcanzó a descifrar, siendo que estos no tuvieron tiempo para dedicarle odio o desprecio, al igual que los de él, Yuri reflejaba el temor de ser expuesto y la vergüenza que le suponía compartir un momento tan clave en su carrera con el hombre que deseó apuñalar con las hojas de sus patines no solo una sino mil veces.
A ciencia exacta, Yuri no recordaba cuando había sido la última vez que tuvo al autoproclamado Rey de Canadá frente a frente, lo único que era capaz de traer del banco de sus memorias fue aquel gesto idiota que JJ trazaba con sus dedos, ese que lo hacía exasperarse por el nivel de ridiculez que suponía para lo maduro que se suponía debía ser él. Curiosamente, hoy parecía que el JJ Style no estaba flotando en el aire ni haría acto de aparición; Yuri fue más rápido en recuperarse del shock inicial dándose cuenta del detalle más importante de su encuentro.
—El cliente importante… —dijo Yuri prestándole atención al bebé que ambos ignoraron haciendo la comparación respectiva con los rasgos de cada uno llegando a la conclusión sin darle vueltas al asunto — ¡El padre de este niño…!
—Oh, ¿ya se conocían? Vaya me ahorraron el trabajo de presentarlos —se entrometió LaFleur, sonriente como un niño realizando una travesura que trata de ocultar su mal comportamiento con las manos en posición de rezo —. Yurochka, le Roi du Rink o Jean Jacques Leroy como tú debes conocerlo, es mi más preciado cliente y juguete personal, y el más pequeño es Jean Philippe. Cuida bien de él, por más mocoso que sea no quita que sea de la "realeza" como papá.
To be continued…
Reviews, comentarios, críticas y quejas abajo ^^
La verdadera trama está por iniciar (?) O_O
Llevó un tiempo avanzar hasta aquí, pero como he estado diciendo a lo largo de estos 4 primeros capítulos, este más que ser un mero fic Pliroy/JJurio es un análisis de los personajes, el cual quiero que toque puntos clave de sus respectivas personalidades. Si posible, jugar con ellos en una historia ligada a su carrera en el Patinaje y vidas privadas sin salir del I.C.
Por eso me tomo mi tiempo escribiendo: para poder mostrar a un JJ profundo y un Yuri de acorde a la situación en la que se encuentra (la cual no mencionaré pues es parte de la historia).
El tema de "crecer", el hecho de convertir los sueños propios en los sueños de alguien más, ser incapaz de avanzar a pesar de haber hecho tanto por alcanzar el objetivo. Todo es parte de un algo que me encanta analizar con alguien como Jean que prácticamente ha vivido toda su vida con una sola meta y cuando ese camino se ve obstruido por sus acciones el ser cobarde puede entenderse, sin embargo, no significa que para Jean esté bien irse por la tangente.
Tengo mucho que decir respecto a eso, ¡pero todavía no es momento! _
Yuri por otro lado es algo distinto, pero por algo es perfecto para ayudar a Jean con la transición de la paternidad y eso lo veremos en el próximo capítulo XD
La canción que Rose puso para Jean está inspiradísima en "King of Defeat" de Full Diesel. Amé la letra e inmediatamente imaginé que algo así quedaría perfecta para esa parte, claro que como no quiero ser demandada por derechos de autor inventé mi propia letra y una melodía similar (!?). Si no la han escuchado los invito, ¡es buenísima! :D
Muchas gracias por leer, por los favs y los comentarios que dejan en esta historia. De verdad los aprecio y trato de responderlos en su mayoría
Si alguien se me escapó ruego perdone a esta fangirl obsesa (?).
SaiyanGirlHeart
*petits animaux: Pequeños animales.
