Sinopsis:

Rose sabía que era el final. Había estado bastante sumergida en peligros toda su vida así que tenía una buena percepción acerca de ellos. No se trataba de un monstruo hambriento de sangre esta vez, sin embargo, era mucho peor que eso. A decir verdad, no le molestaba que todo estuviera a punto de terminar. Podía ser joven, pero había tenido más experiencias de vida que muchos y había sabido siempre que su estadía en el mundo de los vivos sería efímera. No. Su deuda pendiente quedaba en el modo. Siempre pensó que sería arrancada del mundo por un oponente digno y que ella daría una lucha al menos hasta que ya no le quedaran suspiros. Pero no era como las cosas se habían dado. Ella no estaba luchando. Se rindió, porque la muerte se presentaba allí como una promesa de paz invisible que acabaría con la agonía. Lo único que aún la mantenía ligada a ese mundo era la mirada suplicantes de sus ojos. ¿Cómo podía marcharse cuando él la arropaba cada noche recordándole que sin ella se quedaría solo? ¿Cómo podía iniciar su viaje a aquel lugar incierto si él seguía insistiendo en acompañarla donde ella fuera? Pero, por sobre todo, ¿Cómo podía luchar contra su enemigo oculto cuando todo lo que deseaba era cerrar los ojos y acabar con el dolor?.


Estoy Contigo


Arrojada en la superficie de su cama, con las sábanas esparcidas de manera azarosa en alguna parte de la habitación, Rose estaba tratando de bloquear los murmullos provenientes de la fiesta. No era tarde, ni siquiera era aún la "noche" Moroi. La dhampir miraba al techo y susurraba una plegaria para que la luna, que permanecía en lo alto haciendo del tiempo algo eterno, se fuera a dormir y con ella los Moroi que no le permitían descansar.

Rose no tenía nada personal contra las celebraciones de halloween ni con los estudiantes que se aprovechaban de ellas para embriagarse y tener sexo en rincones inexplorados de la academia -justo como Lissa y Christian estaban en ese momento con una botella de vodka y poca ropa en el sótano de la catedral-. Probablemente ella hubiera estado haciendo de las suyas si no fuera por el virus que había caído en St. Vladimir e infectado a dos docenas de estudiantes, incluyéndola.

La doctora Olendzki había asegurado antes de que el recuento de infectados llegara al actual que no existían motivos para alarmarse, porque pese a la rareza de que dhampir y Moroi contrajeran aquella extraña enfermedad no se habían detectados riesgos de mortandad. Rose habría querido preguntarle a la doctora si las dolencias y alucinaciones que algunos de los enfermos habían estado manifestado realmente era algo por lo que no alarmarse, pero ella había sido -como los otros perjudicados- inmediatamente separada de "la población sana" de la escuela casi tan pronto como se había descubierto el alto nivel de contagio y pronta incubación del virus que portaba. No fue la primera, ni siquiera una de la primera decena, y no sabía cómo había llegado a contagiarse, pero allí estaba, revolcándose en su cama con dolor, nauseas y una extraña sensación de soledad que se le antojaba peor que cualquier enfermedad.

La mitad de los estudiantes que contrajeron el virus habían tenido una súbita recuperación aproximadamente tres semanas después de manifestar los primeros síntomas visibles: fiebre, dolor de cabeza, dolor muscular, frio excesivo que de manera repentina pasaba a un aumento descontrolado de la temperatura corporal, nauseas, y en algunos casos y a causa de la fiebre -aseguró uno de los cinco especialistas que habían sido traídos a la academia- alucinaciones. Lamentablemente la tranquilidad no había perdurado para quienes se acababan de recuperar ni para los que habían sido recientemente diagnosticados, como Rose. Uno de los cinco afortunados restablecidos había muerto dos días después de su mejoramiento y la autopsia realizada pocas horas más tarde había revelado una verdad aterradora: cada órgano de su cuerpo se había reducido a una mera masa amorfa de células muertas; sus riñones, sus pulmones, su cerebro. Y todo había pasado en un desagradable corto lapso de unas horas.

Nadie se lo había dicho a ella con esas palabras. De hecho nadie se lo había dicho. La información llegó más o menos de un modo furtivo y accidental, cuando había escuchado a Alberta y a Dimitri hablar con Olendzki mientras ellos pensaban que seguía dormida.

Tuvo la desafortunada oportunidad de escuchar a la doctora explicar con detalle como cada órgano vivo y funcional de su compañero había dejado de serlo en el correr de unas pocas horas. El proceso no había sido nada placentero, por supuesto. Si Rose había tenido la esperanza de que su muerte -porque a pesar del rechazo de Dimitri a esa posibilidad ella sabía que iba a morir- fuera indolora y tranquila, las palabras de la doctora se la habían arrebatado toda.

Con la segunda muerte, la de una pequeña niña dhampir de la primaria que no tenía más de lo que ella tenía cuando llegó a San Vladimir – y que era todo lo que sabía desde que habían decidido no contarle nada para no estresarla-, llegó también un golpe de sensatez por parte de las autoridades de la escuela y de la doctora Olendzki, que finalmente admitió el grave error que cometió al descartar prontamente el peligro latente de aquella enfermedad. Recién entonces cada estudiantes -Moroi y dhampir-, profesor, guardián y empleado de la academia había sido analizado. Aquellos a quienes no habían detectado ningún rastro del virus en cuestión habían sido enviados inmediatamente fuera de la academia, a otras escuelas Moroi, con sus familias y a la corte de Pennsylvania. Algunos pocos estudiantes sanos aún permanecían en la academia a la espera de ser transferidos.

Rose sabía porque Dimitri se lo había contado y porque podía vislumbrarlo a través del vínculo, que Lissa y Christian serían trasladados a la corte en algún momento en los próximo tres días. La única razón por la que todavía no se habían llevado a la última de los Dragomir lo más lejos posible del peligro de infección había sido porque Dimitri -que era su guardián- se había negado profusamente a dejar la academia. Alberta, que no desconocía los motivos de éste para arriesgarse y desafiar tan tontamente a los Moroi y a la muerte había alegado con ayuda de la doctora Olendzki que existía una pequeña posibilidad de que el guardián hubiera contraído una cepa menos peligrosa de aquel virus. Los tres -y Rose que había insistido en que se marchase- sabían que aquello no era cierto con la misma intensidad con la que estaban seguros de que nadie se arriesgaría a dejarlo cerca de la princesa. Con aquellas pocas endebles escusas habían logrado que el guardián cumpliera su cometido: quedarse cerca de la mujer que amaba para cuidar de ella, posiblemente, en lo que eran sus últimos días de vida.

Sólo quedaban veinte alumnos sanos dentro de la institución, y habían sido enviados fuera del edificio central de la academia, a las residencia exteriores del ala este del campus -en la que vivían algunos profesores o en donde se alojaban las figuras importantes de la política Moroi que llegaban en ocasiones para seminarios o alguna otra trivialidad en la que Rose ni siquiera podía pensar en ese momento-.

A través de la nimia información que llegaba a ella Rose se había enterado que Kirova, Alberta, Dimitri, algunos guardianes, los especialistas médicos y la doctora Olendzki eran los únicos que no habían sido infectados y que aún permanecían en San Vladimir. Eran veinte infectados -dos de ellos muertos hasta donde conocía-. Dos profesores eran parte de los afectados, un guardián, y el resto estudiantes. El sesenta por ciento de ellos eran dhampir. De los veinte algunos de ellos habían manifestado aquella súbita recuperación para luego sumirse en una nueva recaída; pero si alguien más había abandonado el mundo de lo vivos Rose no lo sabía.

Lo que si sabía era de la peculiar idea de la directora, que con el afán de mitigar la tensión de los estudiantes sanos que aún estaban allí había decidido organizar una pequeña celebración – que en su opinión personal y quizás un poco autocompasiva por su propia situación consideraba totalmente fuera de lugar-. Las reglas habían sido sencillas: nada de alcohol, nada de peleas, nada de interacción inadecuada entre las y los estudiantes, nada de escabullirse o atravesar el área evacuada, nada de relacionarse con los infectados -quienes estaban bien vigilados y confinados en sus propios cuartos-. La cobardía de los estudiantes los había movido a atenerse de alguna de ellas, así como la rebeldía a desconocer a otras tantas, justo como su mejor amiga y el novio de ésta.

La fiesta, que Rose había vivenciado a través de los ojos de Lissa, estaba bastante lejos del ala central y de la habitación en la que pretendía descansar. Pero Lissa, que estaba en la capilla de la iglesia y suficientemente lejos del área de peligro y cerca de la celebración, era capaz de oír todos los murmullos, las risas desdeñosas y despreocupadas -como si nada ocurriera, como si dos de sus compañeros, tal vez más, no hubieran muerto-, los pasos, el choque de botellas y los gritos de ebriedad. Y dado que la enfermedad la había dejado inusualmente vulnerable y sus defensas estaban por el suelo, Rose no era capaz de bloquear esos sonidos. Había momentos, como cuando Lissa y Christian se olvidaban de su presencia ausente e impunemente comenzaban a sacarse la ropa, que deseaba que esos ruidos de la fiesta sobrepasaran a los de su propia amiga. Pero finalmente terminaba siendo una mezcla de todo: de ella- Lissa-, de la fiesta, de su propia realidad.

Fuera llovía. Rose era capaz de verlo a través de la enorme ventana de la habitación de Dimitri. Él, de alguna manera que Rose desconocía, había logrado convencer a la directora de trasladarla a su cuarto. Quizás era porque estaba a punto de morir y la vieja bruja de la directora sentía algo de compasión por eso; quizás con todo lo ocurrido y como la única autoridad presente la presión hacía que le importara poco o nada si existía algún tipo de relación indiscreta entre una estudiante moribunda y un profesor supuestamente infectado; quizás era otra cosa... Rose no sabía, y no tenía ni el interés ni la fuerza para averiguarlo. Sus ojos recorrían con vaguedad las gotas de lluvia que golpeaban y recorrían un camino lento y luego veloz en el ventanal. La luna daba un aspecto legumbre a la habitación, pero ella estaba conforme con esa tenue luz que caía sobre su rostro y pintaba sus pálidas facciones y sus ojos desgastados de un amarillo felino. La luz de la lámpara le resultaba insoportable a sus ojos y le había pedido a Dimitri que la apagara antes de marcharse. Todo era mejor así: oscuro, tranquilo, casi como si el mundo afuera estuviera muerto.

Si era el mundo... podía fingir que no era ella.

Dando un suspiro perezoso evitó caer atrapada otra vez en la mente de Lissa, que parecía matar la pena del estado de su mejor amiga teniendo fiestas, sexo y bebiendo como si no hubiera mañana.

Como si no hubiera mañana. Esa era su realidad, no la suya.

A pesar de la indiferencia que mostraba, la posibilidad la aterraba. Incluso con su línea de vida nunca había imaginado que pudiera existir la posibilidad de no despertar al día siguiente. Con la lucha contra Strigoi era más como algo concreto e inmediato. En el campo de batalla uno sabía que iba a morir no mucho tiempo antes de que eso ocurriese, no había tiempo para meditarlo. Pero aquella enfermedad la había arrastrado a un mundo oscuro de incertidumbre. No era cada mañana al despertar, sino cada segundo que el cansancio ganaba y le cerraba los ojos, que la respiración la ahogaba provocándole aquellos irritantes ataques de tos, que los músculos se le agarrotaban y los temblores le sacudían el cuerpo y convulsionaban su vida, que las nauseas no le permitían comer ni absorber una sola gota de agua, cada vez que Dimitri la observaba con aquella preocupación que pretendía ocultar bien, que se negaba a dejar su habitación para alimentarse a sí mismo -porque a pesar de lo que verbalizaba en voz alta para tranquilizarla y tranquilizarse, estaba aterrado de que en un sólo segundo, con un sólo parpadeo, su respiración se detuviera de manera permanente-.

Rose estaba más preocupada de que él permaneciera en aquella habitación con ella. Si bien había recibido una vacuna que lo inmunizaba contra el virus, eso solo había ocurrido pocos días atrás, y ella había permanecido ya por varias semanas en su cuarto. Sin importar lo que él argumentara, Rose sabía que Dimitri se estaba arriesgando mucho al quedarse cerca de ella.

— No pienso dejarte, Roza─ le susurraba cada vez que ella emitía sus preocupaciones. Le dejaba un casto beso en la frente -cada noche- como si fuera un ritual, le aseguraba que estaría con ella en todo momento y repetía con un leve acento ruso aquella promesa expresa la noche de la cabaña. ─ Te quiero, Roza. Voy a estar siempre aquí, contigo. No voy a dejar que te pase nada.

Pero él no podía batallar contra aquella enfermedad. Ambos lo sabían. Lo único que la mantenía despierta era el terror absoluto de que la derrota en los ojos de Dimitri se expandiera a toda su vida y se volviera permanente si ella lo abandonaba. Y lo único que lo mantenía en pie a él era la negación a aquel tácito conocimiento trágico: que ella moriría... y que sería pronto.

Al principio ella también lo había negado. Lo había creído. Porque le gustaba tranquilizar a los demás y darle falsas esperanzas sólo para que no la miraran con aquellos rasgos de pena y para que sonrieran... porque ella sólo quería que el resto del mundo siguiera sonriendo. No. Ella quería que Dimitri siguiera sonriendo de esa manera poco usual pero magnifica en que a veces, en unas pocas ocasiones, le sonreía a ella. Pero el peso de la verdad estaba allí, aplastante como la realidad misma. Comenzó a empeorar y ninguna venda opaca que pusieran en sus ojos era capaz de cegar aquel destino inminente.

Al principio fueron los desmayos, en cualquier momento y en los lugares menos oportunos. El primero fue en la clase de biología. Había estado sintiéndose terrible durante todo el día, pero nada demasiado grave que le hicieran sospechar que su malestar tuviera algún vínculo con la enfermedad del virus. Durante el desarrollo de dos horas y media de clases había soportado con entereza el ataque de los diversos síntomas más leves, pero en algún momento su visión se cegó parcialmente y pidió permiso a la profesora para salir del salón. Dimitri estaba allí, por supuesto, esperando en la puerta de entrada por Lissa, y apenas había tenido tiempo de tomar a la dhampir entre sus brazos mientras ésta se derrumbaba en la oscuridad. Estuvo inconsciente durante cuatro horas, le dijeron más tarde los doctores con aquella misma mirada embrujada de indiferencia -porque era una dhampir- y preocupación -por los otros Moroi- con la que le informaron que había contraído el virus.

El virus. Ni siquiera tenía nombre. Aquella cosa invisible y letal que se había llevado a dos de sus compañeros. Un Moroi y una dhampir. Para ella no existía diferencia entre ellos. Para ella ambas vidas eran únicas y preciosas, aunque sabía con certeza que no todos pensaban de esa manera. Un Moroi y una dhampir. Un niño y una niña. Uno que tenía su edad y otra a quien aún le faltaba más de una década para alcanzarla.

Aquel virus, que había logrado lo que ningún grupo de Strigoi hasta el momento. Había sacudido los cimientos de su academia -de su pequeño gran mundo- con una potencia inmensurable y había aplastado entre los escombros de su derrumbe más de un alma y ahogado más de una respiración. Aquel virus, que estaba consumiéndola de una manera ofensivamente fácil, sin darle la oportunidad de luchar de la manera en que su sangre guerrera le reclamaba.

Como la enfermería de la academia no estaba preparada para semejante fenómeno cada uno de los afectados habían sido "admitidos" en sus propias habitaciones. Allí los doctores procuraban, en primer lugar, mantenerlos aislados, y por otra parte, mantenerlos vivos la mayor parte de tiempo posible. Para Rose sólo estaban extendiendo un tiempo que eventualmente llegaría.

Después de que se desmayara por segunda vez en su camino al cuarto de baño, sola y en su habitación, donde Dimitri la encontraría un par de horas más tarde, fue transferida a la habitación de Dimitri. A los desmayos le precedieron las nauseas, la fiebre, los mareos frecuentes. Más tarde la habitación se había llenado de artilugios médicos y la conectaron a una vía intravenosa porque estuvo al borde de la deshidratación. Y luego las convulsiones. Aquellas convulsiones que sacudían su cuerpo en cualquier momento: durante las noches, en la bañera, cuando comía. La primera vez estaba durmiendo entre los brazos de Dimitri y pensó que moriría mientras su cuerpo temblaba con violencia y su garganta se cerraba y su pecho sentía la opresión de todo un mundo sobre él. Pero no murió. Tampoco lo hizo la segunda vez mientras estaba en la bañera y casi se ahoga. Después de aquel episodio Dimitri no la había dejado sola para absolutamente nada, incluso cuando ella le había rogado entre lágrimas frustradas que podía perfectamente bañarse, vestirse y comer sin ayuda, sin la necesidad de hacerla sentirse más débil de lo que evidentemente era.

Esta era la primera vez que estaba verdaderamente sola. Lo había convencido de asistir a la reunión que estaba organizando la doctora Olendzki -a la que podía ir porque su falso caso de contagio había sido catalogado de grado menor-. La mujer mayor que se había dedicado toda su vida a la medicina y que no podía superar la culpa de su descuido con la primera persona infectada -el paciente cero, como Rose lo llamaba en sus momentos más lucidos- ahora estaba completamente inmersa -junto con otros especialistas- en la creación de una vacuna que Rose sabía no llegaría a tiempo. No para ella y para los otros que ya habían sido infectados. Rose no tenía mucha fe en la ciencia desde que se estaba muriendo y los médicos no eran capaces de decir siquiera qué era lo que la estaba matando. El virus, por supuesto. El virus sin nombre del que conocían sus desastrosos resultados pero no el modo en el que operaba, ni cómo controlarlo, y mucho menos cómo derrocarlo.

Pero la frustración de los médicos era absurda junto a su propia impotencia. Hubiera preferido mil veces morir de manera repentina, sin aviso, incluso si fuera por el ataque brutal de un Strigoi. Porque eso era lo que siempre había esperado. Un campo de batalla y una estaca, una persona por la cual morir, una pelea que no cesaría hasta que ya no le quedaran respiraciones que dar, un monstruo verdaderamente digno de su fortaleza y de su debilidad. Pero aquel virus anónimo, aquel ser cobarde e invisible la hacía sentir como si hubiera fracasado. Se sentía esperando inmóvil aquel final, y aquello no era luchar en absoluto. Era como si todo lo que había hecho a lo largo de su vida -la preparación, el entrenamiento y el esfuerzo- hubieran sido tirados por la borda, a un lado de esa cama que la sostenía, como elementos inútiles e incapaces de ayudarla.

Continuó mirando el enorme ventanal. La gotas de lluvia, la pálida luna, y más allá los arboles del bosque, frondosos y altivos, orgullosos, manteniéndose en pie incluso cuando la tormenta arrasaba con todo a su alrededor.

Por un momento quiso ser como esos árboles. No quería dejarse vencer sin luchar. Quería ponerse de pie si el viento la empujaba hasta el fondo. Quería más que eso no permitir que aquella ventisque disfrazada de una bacteria minúscula la hiciera caer. Pero entonces se miró a sí misma: las manos temblorosas apoyadas sobre la cobija, el cabello sin vida del que todos los días iba perdiendo pequeños mechones desparramados sobre su almohada; recordó la última vez que se miró al espejo, dos días atrás, las facciones de su rostro completamente transformadas, sus mejillas hundidas y sin color, sus ojos apagados, sus labios agrietados, todos el cuerpo que una vez había sido esbelto y con curvas era ahora una especie de frágil figura que apenas podía sostenerse. Había perdido tanto peso que casi podía notar las costillas y los huesos tratando de atravesar su piel. Y ésta, con un color tan pálido que casi rivalizaba con los Moroi... y con los Strigoi.

¿Y qué tan lejos estaba de ellos? Se preguntó aquella noche, parada frente al espejo, apartando la mirada del reflejo de aquella desconocida. Esa había sido la primera vez que había llorado desde que todo empezó. Lágrimas silenciosas caminaron por sus mejillas tratando de pasar desapercibidas. Dimitri la había quitado de aquel lugar, de aquel pedestal de vergüenza en el que había tenido que contemplarse a sí misma con la apariencia de un fantasma callejero, y la envolvió en una toalla mientras tomaba el pequeño cuerpo entre sus brazos y le susurraba lo hermosa y fuerte que era. Porque la conocía y esas traidoras lágrimas no se habían escondido de él.

Con esa imagen viva en su mente, con esos ojos muertos que le devolvieron la mirada en el espejo persiguiéndola en ese mismo momento, levantarse de esa cama, ser como aquellos arboles, parecía toda una empresa imposible.

Escuchó el eco de unos pasos mientras continuaba admirando aquella noche tormentosa y aquellos arboles persistentes y a sus más frágiles ramas y a sus hojas tambaleándose. Tal vez ella era más como las hojas, pensó con tristeza, que se soltaban sin mucha resistencia del árbol que les da vida, que se dejaban arrasar a la muerte sin más. La puerta de la habitación se abrió dejando pasar una franja de luz en ese océano de oscuridad. Con algo de dificultad volteó su cabeza y se forzó a si misma a sonreír.

— Roza— susurró él, cambiando inmediatamente su expresión cautelosa por una de inmenso alivio. No podía ocultarlo, ella sabía, aquella preocupación sin freno de hallarla muerta en cualquier momento. Se acercó en silencio, apoyando en la mesa de noche una bandeja de comida y sentándose a su lado. La miró desde arriba, retirando con suavidad algunos mechones traviesos y besó su frente. — Me alegró que estés despierta, es hora de comer.

— No tengo hambre— Su voz era una desconocida. Él ladeó la cabeza, dándole la misma mirada que tenía como respuesta cada vez que ella se negaba a comer.

— Sopa de pollo y verduras. Jugo de cítricos. — continuó, sin dejar de mirarla. — Yo mismo lo hice para ti. La comida de la cafetería no es adecuada para ti ahora, sobre todo desde que no hay un verdadero cocinero. Necesitas alimentarte.

Ella sonrió. Sabía que desde que la alerta se disparó todos los empleados de la academia habían sido "liberados", y como era de esperarse ninguno de ellos eligió quedarse. Sólo unos pocos valientes y arriesgados, y los más necesarios, habían permanecido. Ella no sabía quien estaba en la cafetería ocupando el lugar de la cocinera de siempre, pero había probado su comida y sabía con certeza que la cocina no era para lo que había sido formado o formada. No era la primera vez que Dimitri le cocinaba desde que se enfermó. No podía negar que amaba esas pequeñas y grades muestras de cariño: a veces era la comida; a veces era un té de jengibre para calmar las nauseas que curiosamente le había encantado y se había vuelto parte de su ritual para antes de ir a dormir; o el jarrón de flores que dejaba en la mesa de luz a su lado cada mañana con especies del bosque de montana -jazmines que perfumaban la habitación, orquídeas moradas que daban un poco de luz y color, peonias de un blanco puro-. O cuando abría las cortinas para ella porque sabía que le gustaba admirar la belleza y la libertad de afuera. O simplemente estar allí, despertándose temprano para hacerla tomar esas medicinas que no hacían ningún bien más que darle alguna falsa esperanza a ambos, sosteniéndola con fuerza cuando sus episodios de convulsiones terminaban... estar allí, cuando podría estar en cualquier otro lado.

Esa noche también tenía flores. Las vio después de que la ayudara a sentarse para comer. Sólo que éstas no estaban puestas en un jarrón con agua, como todas las otras, sino en una pequeña maceta con tierra.

— Son begonias— dijo, tomando la pequeña macetita y señalándome el montón de hojas con una única flor roja diminuta en el centro. — La encontré esta mañana mientras buscaba los jazmines. Era este pequeño y único racimo rodeado de todas las inmensas plantas y árboles del bosque, sus raíces estaban casi sueltas de la tierra pero parecía que se aferraban a ella con fuerza. Me cautivó por su belleza, y porque a pesar de su tamaño y todas las desventajas que la rodeaban ella estaba luchando, resistiendo. No me atrevía a arrancarla de allí cuando estaba peleando tanto por vivir; así que la trasplanté aquí. Quería traértela, porque me recuerda a ti. Ahora mismo es pequeña y frágil, pero también tiene una fortaleza interior que la ayudará a sobrellevar todas las adversidades, y en muy poco tiempo será más enorme y resplandeciente que todas esas otras plantas de allí afuera. Y además, es hermosa, incluso ahora que el viento la ha dañado.

Y allí estaba ella, contemplando las begonias y llorando de nuevo. Porque la esperanza de Dimitri era lo que más le dolía: más que cualquier virus, más que cualquier destino injusto, más que cualquier síntoma aterrador. Dejarlo solo era su peor pesadilla.

— No llores, hermosa— susurró, dejando la pequeña maceta sobre la mesa de noche y acercándose para retirar las lágrimas de sus ojos. — Vas a estar bien. Yo sé eso.

— No puedes saber— dijo, tomando un descanso para recuperar el aire. — En todo caso... sabes que no...

— Que no dejarás de pelear— aseguró. —Ya le has ganado a la muerte más de una vez, Roza. ¿Por qué no hacerlo otra vez? ¿No quieres quedarte conmigo?

— Claro que quiero, camarada.

— Tengo tantas cosas planeadas para nosotros. Cuando te cures. Tenemos muchas cosas por hacer— su voz era casi una súplica. — Aún tienes que conocer a mi familia. He hablado con ellas de ti hace unos días. Están esperando conocerte y envían sus bendiciones para que mejores. Iremos a Rusia, Roza. Siberia te encantará. Y Baia... Baia es tan tranquila, tan especial. No he estado allí por años. Sólo quiero regresar contigo a mi lado. Y antes de eso, tú te vas a graduar y te vas a convertir en una guardiana oficial... aunque no necesitas ningún título para ser la mejor; tú ya eres la mejor, siempre serás la mejor para mí. Estaremos juntos, tú y yo, hasta el último día de nuestras vidas. Pero ese día no llegará hasta dentro de años. ¿De acuerdo?

Rose sonrió. Le encantaba esa idea. Podía formar esas imágenes relatadas en su cabeza. Podía concebir esos años prometidos. Se imaginó caminando de la mano de Dimitri por los patios de la corte, sin encuentros clandestinos sino libres, ante los ojos de todos sin miedo al juicio ni las consecuencias. Serían guardianes, cumplirían su deber, formarían su familia juntos -sólo ellos dos- y envejecerían uno al lado del otro.

— ¿Entrenaremos juntos otra vez?— preguntó en un susurro apoyando su cabeza en el hombro de él.

— Por supuesto— dijo, sonriendo. — Tan pronto como estés sana otra vez. Sólo tú y yo.

Rose lo anhelaba. Nunca imaginó que podría extrañar tanto aquello de levantarse temprano y salir a correr en plena noche, en medio del viento frío o de las temperaturas elevadas a las que su cuerpo nunca se había habituado. Pero ahora, confinada en aquella habitación día y noche con la certeza de que ese sería el último lugar que sus ojos verían, nada ambicionaba más que el viento libre rozando sus mejillas, que los rayos del sol acariciando su piel almendrada, que la luna pintando trazos amarillos en su mirada. Era esa ansia de libertad que había surgido de su crianza en la academia, siempre rígida, que la había hecho profesar con fuerza un deseo de correr, de escabullirse. Rose siempre había sabido que la vida inerte no era lo suyo. No. Si hasta los cosmos del universo coincidían a veces para asegurarle un buen número de peligrosas aventuras. Ella solo tenía que doblar una esquina y allí, como a su espera, siempre había un nuevo río de emociones al cual zambullirse.

— ¿Dimitri?— susurró. Una idea, un deseo. Pero no sabía si sería posible.

— ¿Roza?— pidió, notando sus dudas. Ella no lo miró. — Dime, mi amor. Puedes decirme cualquier cosa.

— ¿Crees que la directora me dejara salir de la habitación?

Rose sabía que era poco probable, pero la esperanza la empujaba a preguntar. Kirova no permitiría que existiera una pequeña franja al error a su plan de "prevención". Pero los veinte estudiantes sanos que esperaban a ser llevados lejos estaban a más de doscientos metros del lugar donde quería estar.

— No lo sé— reconoció con tristeza, acariciando su cabello. — ¿Qué quieres hacer?

— Es... no es nada. Sólo una idea tonta— dijo por fin. No tenía sentido.

— Por favor— rogó él.

— Es... me gustaría estar una vez más allí— Una última vez más. Ambos sabían que era lo no explícito en sus palabras. — En la cabaña. Es...te dije, es sólo una idea tonta.

— No. No lo es— susurró él con los labios contra su oído.

— Pero es imposible— dijo con pesar.

— No. Si quieres ir allí, lo haremos. Yo me encargaré de eso. Aunque es posible que lo consiga recién para mañana— Aseguró.

Ella sonrió, agradecida. No dudaba de sus palabras. De alguna forma él había logrado llevarla hasta allí, a su habitación. Pero una idea perturbadora asaltó su mente: ¿Resistiría allí hasta el día siguiente? Porque, por alguna razón, esa noche se sentía diferente. Más débil, más cansada. Pero también sentía una especie de impulso de no rendirse. De ser ese árbol.

— ¿De verdad?

— Por supuesto. Haría cualquier cosa por ti, Roza. — le prometió dejando un beso sobre su frente y moviéndose en la cama para tomar la bandeja con comida. — Pero tú tienes que hacer algo por mí. Tienes que comer todo este plato antes de que se enfríe. Ya verás cómo te siente mejor con el estomago lleno.

Así que comió, más de la mitad de la cazuela de sopa de pollo y vegetales que Dimitri había preparado para ella. Y antes de dormir se había tomado su té de jengibre para los mareos. Y más tarde él la sostuvo entre sus brazos hasta que oyó que sus respiraciones erráticas se volvían un madrigal de suspiros y susurros dormidos.

*o*

Se había vuelto una rutina. Era extenuante, pero cada vez que tenía la posibilidad de repetirla era un alivio. Se despertaba cada mañana horas antes que ella para dar un viaje rápido al bosque lindante y recoger nuevas flores para, a cambio, ver esas pequeñas y débiles pero deslumbrantes sonrisas. Al regresar colocaba sus flores en el jarrón junto a su mesa de noche y preparaba su desayuno. Cuando ella despertaba, por la caricia de sus labios en la frente, abría las cortinas del ventanal porque sabía que la agobiaba el encierro al que la enfermedad -y la institución- la había sometido.

Rose dormía la mayor parte del tiempo, pero él no se alejaba mucho de ella. Alberta ya había aceptado eso, y ya se había encargado de excusarlo en cualquier plan que no incluyera tener a Rose cerca suyo.

Cuando llegaba la noche preparaba su cena -que generalmente apenas tocaba- y hablaba a ella hasta que sus ojos se cerraban. Y entonces empezaba lo peor. Las noches de vigilia, atento a sus respiraciones, pendiente y preparado por si una nueva convulsión la volvía a atacar. El único momento de la noche en el que se separaba de ella era aquel que llegaba justo después de que la hacía dormir por segunda vez, cuando los ataques sorpresivos de tos o de temblores pasaban y ella caía agotada a las sábanas de nuevo. Entonces salía de la habitación. Salía de aquel pequeño cuarto oscuro y aislado que nunca le había gustado y ahora menos, y se dirigía a los baños comunes -ahora vacios- y se derrumbaba contra la pared y se dejaba caer al piso, sacudido por los sollozos que llevaban atascados en su garganta todo el día como fieras enjauladas luchando por salir.

Y lloraba por ella, porque de todas las personas que pasaban ante sus ojos como un destello del recuerdo de toda su vida ella era quien menos merecía aquel tormento. Lloraba por el dolor: por el que ella sentía en su cuerpo y por el suyo, que se abrochaba en su pecho y crecía con la perspectiva de perderla. Lloraba por el futuro perdido de ambos, porque sabía -pese a su negación- que no les quedaba mucho tiempo juntos. Y lloraba por el mundo, aquel que se vería privado de la más hermosa existencia, de la más sublime persona que había conocido.

Y entonces volvía a ella. Cansado, perdido y enojado con el universo que los había castigado de aquella forma cruel y desalmada. A ella arrebatándole todo el futuro que le quedaba por delante y a él condenándolo a vivir sin su elemento más precioso. Pero cada noche, y cada mañana, cuando sus ojos se abrían y su cuerpo se sacudía, cuando sostenía su cabello mientras ella vomitaba todo el contenido de su estomago, mientras secaba sus lágrimas de temor y de dolor, él también se sentía aliviado. Aliviado de que sus ojos aún se abrieran. Y sabía que estaba mal, que era tan egoísta... Pero no podía evitarlo. No mientras la amara... no mientras él viviera y ella en él.

Así que esa rutina era una pesadilla. Pero también era un sueño -un mal sueño pero sueño todavía- poder revivirla. Pero sabía que el sueño estaba a punto de acabar, que el tiempo se agotaba y lo veía escurrirse como arena entre sus manos. Estaba a punto de despertar a una realidad sin ella, a algo mucho más aterrador y agonizante que la pesadilla actual. Y él no sabía si sería capaz de sobrellevar aquella realidad, de vivir en un mundo así.

Ya se había enfrentado a la ira y a la negación. Aún estaba en esa fase de tristeza arrasadora. Pero todavía no podía aceptar que ella podría, de un segundo a otro, abandonar el mundo. ¿Cómo podría? Sería ridículo, un disparate. Como suponer que las aves no volasen o que el agua no fuera transparente, que lo que respiraba no era oxigeno y que lo que latía en su interior no era un corazón. Suponer un mundo sin ella era imposible, porque ella era un elemento inherente a su propia naturaleza, así como la tierra a la de esas begonias que había rescatado para ella. Un mundo sin Roza era inimaginable. Él creía que arrancarla del universo sería catastrófico. Tendría en su vida, minúscula y vacía antes de conocerla, casi invisible, el impacto de una bomba nuclear. Sería el fin de su mundo.

Esa "noche" se aseguró de que estuviera abrigada y cómoda en su cama antes de salir de la habitación. Era apenas las tres de la mañana, lo que significaba que aún faltaban tres horas para que finalizara el día Moroi; pero ella apenas soportaba mantener sus ojos abiertos más allá de ese tiempo. Había sido así desde que se había enfermado.

Todo había comenzado un mes y medio antes, aunque ella no se enfermó hasta más de dos semanas posterior al brote en la academia. El virus había comenzado como una imitación simple de los síntomas de una gripe común, por eso nadie le había dado mucha importancia aunque fuera poco frecuente -por no decir imposible- que cualquiera de las dos razas se enfermara con desordenes que no fueran el síndrome de sandovsky -en los Moroi- u otras enfermedades de carácter genético.

No fue hasta más tarde, luego de que Eric Landers, un estudiante Moroi de diecisiete años muriera de manera súbita, que las alarmas se dispararon.

La doctora Olendzki, después de descubrir que la secuencia genética del virus era desconocida -y letal- había requerido ayuda externa a la academia. Primero se presentaron cinco especialistas Moroi en infectología que fueron enviados desde la Corte real. Sus conclusiones fueron contundentes y muy diferentes a lo postulado inicialmente por la doctora de St. Vladimir: el virus era mortal, evolucionaba continuamente creando cepas cada vez de más rápida incubación y con menos debilidades, y dentro del organismo se multiplicaba y enviaba sus ataques a diversas zonas. Después de tres semanas habían logrado encontrar una vacuna preventiva que volviera inmune a aquellos que no habían sido infectados -y ya toda la población sana había sido protegida con ella-, pero no existía cura que les ayudara a eliminar una infección previa. Quienes habían sido infectados estaban perdidos.

Tres decenas de infectados era el recuento final. Nueve de ellos habían muerto. Justo después de las dos primeras muertes fue que Rose había empeorado. Por un momento Dimitri albergó la esperanza de que lo suyo no fuera tan grave, de que existiera la posibilidad de que a diferencia de los estudiantes Moroi -más débiles biológicamente- y la pequeña niña dhampir, ella pudiera resistir. Y por un momento parecía que algunos estudiantes estaban mejorando, pero eventualmente cada uno de ellos pereció ante la enfermedad.

En la actualidad existían veintiún afectados. Rose era una de ellos. Él había dejado de actualizarla respecto a las noticias hacía ya algún tiempo, y sabía que no le agradaba, pero no podía mirarla a los ojos y aceptar en voz alta que ellos no tardarían mucho en cerrarse de forma permanente.

Con los infectologos llegaron también un conjunto de pediatras y clínicos y otros especialistas en distintas aéreas, ya que los síntomas resultantes y los órganos que afectaba el agente patógeno eran diversos e impredecibles. Algunas de las primeras víctimas habían muerto a causa de una neumonía provocada por el virus, aunque a otras se le vieron afectados otros órganos de su cuerpo, desde el corazón o los pulmones, hasta el cerebro. Los único que habían sacado en claro hasta el momento era que el virus seguía una especie de patrón determinado por la especie, el género y la edad de los pacientes. La parálisis temporal sólo había sido registrada en tres estudiantes dhampir, mientras que ningún de su especie había manifestado los sangrados internos que si fueron advertidos en los Moroi. La fiebre, las nauseas y la fatiga eran comunes a todos ellos. Las convulsiones sólo en mujeres, mientras que en los varones aparecieron las erupciones en la piel.

— No hay noticias— dijo Alberta Petrov en el momento que vio al joven guardián ingresar al comedor de los guardianes. Ella sabía que él no se distanciaba de Rose más que para mantenerse informado.

— Aún no saben qué los provocó— Él no lo preguntó, ya sabía la respuesta. — Ni cómo ayudarlos.

— Un alimento, un hongo, un mosquito... puede ser cualquier cosa. Tienes una hipótesis, creen que algún alimentador pudo haberlo traído. Han estado trabajando en una vacuna pero pasará tiempo hasta que la desarrollen y más hasta que hagan las pruebas y sea aprobada. Dijeron algo de atacar al virus con un agente similar pero muerto. Realmente no sé.

Dimitri no pudo pasar desapercibida la apariencia de la guardiana. Parecía que había envejecido veinte años en las últimas cuatro semanas. Ella, fiel a su deber y a su cariño por quienes habían sido los estudiantes a su cargo por más de una década, había decidido permanecer en St. Vladimir pese a las advertencias de un posible contagio. Dimitri también sabía que de todos los estudiantes de St. Vladimir Alberta tenía una debilidad por Rose, a quien consideraba prácticamente una hija.

— ¿Sabe algo de la madre de Rose?

— Está muy ocupada con su cargo.

— Me imagino que puede tomarse unos días para estar con su hija. La necesita.

— Tal vez la próxima semana, dijo— murmuró la guardiana, un tanto furiosa, aunque Dimitri sabía que no estaba a él dirigida esa ira.

— Ella no tiene una semana— Cerró los ojos apenas las palabras salieron de sus labios y un silencio ensordecedor inundó la pequeña habitación. Era la primera vez que él decía esas palabras en voz alta, aunque había pasado un tiempo desde que sabía la verdad; y eso parecía hacerlo todavía más real, implacable, como una sentencia sellada a fuego que ninguno de los dos podía cambiar. Y no podían.

— ¿Ha empeorado?— preguntó por fin la mujer. Su voz era un susurro que casi se perdía en el sonido del silencio.

— No más que antes de que se recuperara— admitió. Rose ya había tenido aquel dichoso y maldito día de recuperación tres días previos. No había durado mucho más que para permitirle recuperar su apetito por unas horas y sonreír como si nada hubiera pasado. Y entonces, a la mañana siguiente, parecía que nada había cambiado: los temblores seguían ahí y los episodios de crisis seguían siendo violentos e inoportunos. Pero todos sabían lo que ese efímero placer acarreaba. — Pero todos quienes murieron lo hicieron después de... de mejorar. Y... hay algo en su mirada. Simplemente lo sé.

— Intentaré hablar con Janine— habló después de algún tiempo Alberta. — Le haré saber la urgencia de la situación. Aunque se enojará por mi insistencia.

— Sé, por lo que ha dicho Rose y lo que he tenido posibilidad de ver, que ambas han estado desunidas desde... casi siempre. Y quizás a ella no le interese pasar tiempo con su hija viendo como nunca lo ha hecho antes, pero estos serán los últimos días de oportunidades. Luego no tendrá nada, ni siquiera el arrepentimiento inútil le proporcionara algo de tranquilidad si deja pasar de largo esta oportunidad. Aunque fuera una mentira sería amable de su parte dignarse a ver a su hija y hacerla sentirse amada por su madre. Al menos le debe eso. Rose apreciaría tenerla allí. Y lo único que me importa es hacerla feliz el tiempo que quede. Lo que me recuerda...que necesito tu ayuda con algo.

— Claro, dime— aceptó.

— Rose me pidió algo, pero necesitaré permiso de la directora y la doctora para eso. Intentaré por los medios "legales" primero, pero si ellas no aceptan todavía lo haré.

— Y es ahí donde me necesitas— adivinó. — Me tienes. Cualquier cosa que haya pedido, no es nada. Sólo dímelo.

— Quiere visitar la cabaña del bosque.

— ¿Cabaña?— dijo con sorpresa. No era lo que estaba esperando.

— Uno de los antiguos puestos de guardia, los del ala oeste. Están lejos de los Moroi así que no hay riesgo de infección y la directora no debería tener problemas con su traslado allí. Estaría incluso más alejada de ellos que ahora mismo.

— ¿Por qué quiere ir allí?— preguntó extrañada. — Creo que ni siquiera están en condiciones de ser habitados.

— Tasha Ozera se hospedó en una de ellas el año anterior, justo antes de las fiestas navideñas. Está tan preparada como las habitaciones de los novicios. O incluso mejor.

— Pero... ¿por qué?

— Es especial para ella— dijo. En su mente él estaba recordando aquella noche. El fuego que sus propias manos habían encendido alumbraba y les proporcionaba el calor suficiente para mantener sus cuerpos desnudos calientes. El fuego y las acciones y el cuerpo del otro. La había amado esa noche -la había amado mucho antes de esa noche-, pero en esa cabaña ambos se dieron completamente a ese sentimiento hasta entonces reprimido y se permitieron, por primera vez desde que se habían conocidos, soñar e imaginar con un mundo juntos. Porque creyeron que tenían todo el tiempo, que no había prisas. Allí, en esa cabaña, no había Moroi ni sociedades injustas, ni normas ridículas acerca de sacrificar el más honorable de los sentimientos por el deber, ni miedos al que dirán, ni posibles castigos o incertidumbre por el futuro. En aquel pequeño y acogedor mundo no había enfermedad ni tiempo corriendo entre sus manos, ni la muerte pendiendo sobre sus cabezas y separándolos de manera permanente. En ese mundo su Roza no estaba agonizando en una cama y él no estaba allí pronunciados promesas falsas -que ni ella creía y que a él no le proporcionaban tranquilidad ni consuelo-. — Para ambos.

— De acuerdo. Pero tendrás que lidiar con Kirova antes— aceptó finalmente, sin hacer más preguntas. — Iré a asegurarme que el lugar esté limpio y lo prepararé para ella. Y comunicaré los cambios a Olendzki. Si Kirova no acepta todavía puedes llevarla allí. Olendzki no ha hecho más que sentirse culpable, no le dirá nada. Y la directora no se acerca a ninguno de los estudiantes enfermos, al menos no a los dhampir... así que no tiene porque saberlo.

— Gracias, Alberta— dijo sinceramente. — Esto significa mucho más de lo que piensas. Realmente gracias.

— No te preocupes. Veré a Rose más tarde, ¿de acuerdo?

— Por supuesto. Ella siempre está feliz de verte.

— ¿Vasilisa?

— Se irá mañana, junto con el resto. Serán reubicados en la corte. —Dimitri sabía que no era lo que ella preguntaba. Le dio una mirada antes de proseguir. —No. No la ha visitado. Sé que la han estado presionando para que no lo hiciera, pero aún así... Y esa fiesta. Es terrible. Ni siquiera son capaces de respetar a sus compañeros caídos. Pareciera que celebran la muerte.

— Eddie y Meredith la visitaron antes de que los obligaran a marcharse. Sabes que ellos no podían hacer nada con eso— Él asintió. —Pero tienes razón. Lo de Vasilisa es incomprensible. Ellas han sido mejores amigas desde niñas. También me molesta ver como la ha abandonado en el momento que más la necesita. Teniendo en sus manos una posible cura...

— Adrian Ivashkov la vio hace dos días. Su poder de curación es inmensamente más débil que el de la princesa, pero no se rinde con ella. La reina ha enviado guardianes y hasta consejeros reales para llevarlo a la Corte pero se ha negado. Así que pienso que si la princesa realmente quisiera ayudar a Rose podría hacerlo.

Dimitri estaba impresionado con la lealtad de Ivashkov. Él no había sido su persona favorita en el mundo, y estaba seguro que Adrian tampoco lo toleraba demasiado. Pero cuando Rose había comenzado a manifestar los síntomas de infección había actuado con rapidez. Aunque sus intentos no habían dado frutos, Dimitri estaba agradecido por su perseverancia.

¿Y, siendo sincero consigo mismo, cómo podía culpar a Adrian -a alguien en el mundo- por enamorarse de una persona tan hermosa -tanto en apariencia como en alma- como su Roza? Y sabía que ella amaba a Adrian, de una manera diferente a como lo amaba a él. Otras persona podían no entenderlo, pero él sí. Porque ella lo había elegido a él para ser su amante, su amigo, su protector, su compañero de vida. Y a Adrian lo había reconocido como un amigo leal. Era diferente, ocupaban papeles distintos en la vida de ella, y recientemente ambos habían aceptado que podían ser capaces de permanecer en su vida -por el bien de ella- y olvidar sus diferencias. Dimitri sabía que no podía ser fácil para Adrian, siendo que aún la amaba, pero se había quedado, y había sido una de las pocas personas que aún luchaban por ella.

— Las personas que realmente la aman, Dimitri, están aquí— dijo Alberta, como haciendo eco de sus pensamientos. — Me tiene y a Adrian. Y tú. Nos tendrá siempre. Cuanto sea que ese "siempre" dure. Entonces, aparte de quien se ha quedado a luchar por ella, nadie más es digno de tener el honor de ser parte de su vida.

*O*

Lidiar con Kirova no había sido fácil. Como predijo, ella había gritado. También se negó. Pero a él no le importaba. Esa visita a su oficina había sido sólo una cortesía. Él no podía aferrarse a su deber en ese momento.

Lo que le había dicho a Rose en la habitación era cierto. Él haría cualquier cosa por ella. Iría hasta el fin del mundo por ella. Desobedecer una orden expresa de un superior era una pequeña muestra dentro del universo de su amor. Cumpliría su promesa. No podía retroceder ante los gruñidos mandones de esa mujer sin alma, incluso si ella tenía en sus manos el poder de decidir su futuro. No mientras en su mente estaba fresca la imagen de su sonrisa cuando le había prometido llevarla a la cabaña.

Odiaba pensar que se trataba de su último deseo. Pero la vida, la realidad, ya no le permitía aferrarse a la negación. Si se seguía escondiendo de la vida, del temor a perderla, entonces estaría desaprovechando lo único que les quedaba: el presente.

Salió de la oficina de la directora dispuesto a no perder tiempo rogando por una ayuda que no recibiría. Estaba cansado. No tanto por la corta charla en la que ni siquiera había sido capaz de terminar de verbalizar su pedido o de refutar las acusaciones injustas de la directora. Era la carga de malas noticias de las últimas semanas que estaban comenzando a pesar sobre sus hombros. Creía que en cualquier momento quedaría aplastado al piso y no tendría fuerza para levantar sus pies y caminar.

Apenas había logrado cerrar los ojos unas dos horas diarias. Rose dormía la mayor parte del día, así que podría aprovechar esos momentos para hacerlo él también, pero creía que era una pérdida de tiempo irrecuperable. Verla dormir se había convertido en su actividad más rutinaria los últimos treinta días. Sus sueños ya no eran del todo pacíficos. Ella pestañeaba y tenía pesadillas a causa de la fiebre alta, se sacudía en sueños como un presagio de que pronto despertaría con una crisis de espasmos dolorosos y despertaba cada hora por las nauseas. Él necesitaba estar atento a sus respiraciones, a limpiar el sudor de su cuerpo, a proporcionarle tranquilidad y comodidad. Ya habría tiempo para dormir más tarde. Cuando ella no estuviera a su lado, probablemente no querría más que estar arrojado en una cama día y noche.

Cuando entró en su habitación ella aún estaba dormida. Las sábanas se habían enrollado en su cuerpo y las almohadas estaban arrojadas a un lado de la cama. Él sonrió. Incluso en ese momento, cuando su cuerpo apenas tenía una memoria de la Rose de un mes atrás, ella seguía siendo el desorden personificado. Cuando las almohadas o cualquier cosa que estuviera a su alcance se volvían un estorbo, ella simplemente lo sacaba del camino.

Él se sentó a un lado de la cama. Ella estaba de espaldas a él. Su cabello esparcido por toda la parte superior de la cama. La camiseta blanca que tenía puesta había sido suya, pero hacía tiempo que había dejado caber en ella. Rose había tenido una cosa inmediata con aquella vieja prenda cuando él la vistió con ella la primera noche que pasó en aquella habitación. Su vestimenta desde que había caído enferma era un cambio constante entre esa y la otra remera que él le había dado la noche del hechizo de lujuria. Ambas eran demasiado enormes para su cuerpo pequeño, principalmente ahora que había bajado varias libras y podía ver sus costillas donde su camiseta se levantaba. Pero no le importaba. Si ella se recuperaba y quería comenzar a usar toda su ropa como atuendos diarios él se lo permitiría.

— Oye hermosa— susurró, deslizando la mano a través de su espalda. Un escalofrío lo llenó cuando sus dedos hicieron contacto su cuerpo, ahora más escuálido que el de los mismos Moroi. — Es hora de tu medicina, Roza.

— ¿Camarada?— ella susurró, la confusión trasluciéndose en sus ojos. Despertaba así con mucha frecuencia; adormilada y pérdida a causa de los remedios que le suministraban a diario. A veces tardaba mucho más es aceptar su presencia, y lo miraba por largos segundos hasta que en sus ojos brillaba el reconocimiento.

— Estoy aquí— prometió, alcanzando sus manos, mientras se estiraba para mirarla por encima de sus hombros. Apartó el cabello que se pegaba en su rostro y le ofreció una sonrisa tranquilizadora. — Sólo soy yo, amor. ¿Cómo te sientes?

— Cansada— susurró débilmente. Era bueno que la habitación estuviera tan silenciosa, o de otra forma él no hubiera sido capaz de oírla. — Pero ya no quiero dormir.

— ¿Qué te parece si tomamos la medicina?— La ayudó a sentarse en la cama, porque ella estaba luchando inútilmente tratando de lograrlo por su cuenta. Ella negó con la cabeza, y él sabía que no era un rechazo a las almohadas que estaba colocando en su espalda.

— No quiero dormir— repitió. — Esas pastillas me hacen sentirme cansada todo el día. No quiero dormir.

— Pero ayudan con el dolor— Su corazón se rompió mientras ella negaba con una sacudida sutil de su cabeza y sus ojos se llenaban de lágrimas. — Vamos, por favor, Roza. Sólo algunas de ellas, para que te sientas mejor. Toma tu medicina y descansa ahora, así más tarde tendrás más energía para cuando vayamos a la cabaña. Hablé con Alberta y ella la está preparando para que puedas dormir allí por unos días.

Sus ojos llorosos se apartaron de la inspección tímida de sus propias manos y lo miraron con esperanza.

— ¿Iremos?— preguntó, tan bajo que parecía que acababa de contarle un secreto. — ¿Podemos ir ahora?

— ¿Ahora?— inquirió con una sonrisa. — Mañana. Primero debes tomar tú medicina y dormir.

— Vayamos ahora, por favor— insistió.

— Alberta aún no ha acabado con el lugar— le explicó con paciencia. Antes de que pudiera terminar de explicar los motivos por los que no era posible, vio los temblores de sus hombros y se preparó para otro episodio de espasmos, sólo que no llegaron. En cambio, un sonido seco y ahogado emergió de sus labios, mientras intentaba apagar sus sollozos sin mirarlo a la cara. Inmediatamente él se lanzó hacia adelante, más cerca de ella, para sostener sus brazos, apartar la cortina de cabello oscuro que caía sobre su rostro y levantar su cara para que sus ojos se encontraran con los suyos. Ella estaba llorando, fuerte y claro, y sus manos estaban temblando aferradas a las sábanas que cubrían sus piernas. — ¿Roza? ¿Qué ocurre? ¿Duele algo?

Pero ella no respondió. En cambio se fundió en sus brazos cuando la envolvió con ellos y apoyó su cabeza en el pecho de él, ahogando los sonidos que salían de sus labios en la tela de su remera ya húmeda por sus lágrimas. Él la sostuvo sin saber qué decir o hacer. Enredó sus dedos en la urdimbre de cabellos secos de ella, mientras besaba su cabeza y murmuraba palabras sin sentido para intentar tranquilizarla. Pero ella no se calmó. Después de media hora de continuo llanto él se estaba preguntando cómo un ser tan diminuto era capaz de tener tantas lágrimas para dejar ir. Se obligó a no liberar las suyas y en contra de todos sus sentimientos la apartó de él.

— Oye— susurró, colocando ambas manos en cada una de sus mejillas y bajando su rostro al nivel del suyo. Sus ojos estaban hinchados y rojos de tanto llorar. Durante la última media hora sus ojeras perecían haberse pronunciado más bajo sus ojos y la palidez había aumentado alarmantemente. — Llamaré a la doctora Olendzki, ¿De acuerdo?

— ¡No! No, quédate, no te vayas— le suplicó. Por un momento le sorprendió la fortaleza de su pedido. No la había visto con aquella convicción tan característica suya desde hacía un par de semanas. Sus manos todavía temblorosas habían atrapado sus brazos y se negaban a soltarlo. — Dimitri, no me dejes. Por favor. Quédate. No te... vayas.

— Roza, tranquila. Respira, por favor— le suplicó, sorprendido por su arrebato. La mirada que le estaba dando era una completamente aterrada. — Sólo iré en busca de la doctora Olendzki.

— No. No vayas. Quédate— hipó.

— De acurdo. Shhh— Pidió, sus muñecas aún atrapadas entre los dedos temblorosos de ella. Lo miraba con precaución, como si no estuviera segura de si debía dejarlo ir o no. Él la salvó de tener que tomar una decisión que parecía una encrucijada para ella en aquel momento y en un movimiento silencioso la invitó a que se acurrucara en sus brazos una vez más. Ella aceptó sin vacilación y ambos permanecieron algunos minutos en silencio. Después de algún tiempo él volvió a hablar. — ¿Quieres decirme que acaba de pasar, Roza?

— Lo siento— susurró ella, apartando los ojos. Él negó, confundido.

— No tienes que decir eso. No tienes que lamentar nada— le prometió. — Sólo déjame saber qué sucede.

— Sólo quiero ir allí— respondió después de algún tiempo. Era un susurró triste, como si se avergonzara de admitir algo que le parecía trivial y a la vez como si su vida dependiera de ello.

— ¿A la cabaña?— ella asintió. — Pero iremos allí mañana. Te lo prometo.

— Pero tiene que ser hoy— volvió a pedir, y parecía algo irritada.

— Por q...

— ¡Porque no podré ir mañana!— gritó. Y era una confirmación a sus propios miedos. Y quería que ella retirara sus palabras. Quería tomarla de los hombros y sacudir su cuerpo y hacer que ella negara todo lo que había dicho. Pero no podía hacerle eso; nada cambiaría lo que el destino ya había marcado para ella. En algún lugar del universo una sombra abstracta había dejado de tejer la tela de su existencia y había cortado precipitadamente los hilos de su vida.

— No digas eso— rogó, ladeando su cabeza para poder mirarla a los ojos. — Por supuesto que podrás ir mañana, y después de mañana y todos los días después de eso.

— ¿Por favor vayamos?— susurró, sorbiendo.

— Iremos donde quieras, pero debes olvidar esos malos pensamientos ¿De acuerdo?

— No quiero que perdamos tiempo pensando que tendremos más de él— susurró. — No tengo miedo de irme, pero no quiero irme sin haber hecho lo que quería. Y sólo quiero dormir a tu lado una vez más allí, en aquel lugar.

— Roza...

— Ambos sabíamos que esto pasaría, camarada— se encogió de hombros. — No desperdiciemos más tiempo negándolo o buscando alternativas. No podemos elegir nada aquí, camarada. Yo ya no quiero tomar esas medicinas; no me ayudan, sólo me quitan el tiempo que podría estar disfrutando contigo. No quería rendirme tan pronto, pero entendí que esto no estaba en mis manos o las tuyas. Si en verdad hay una posibilidad de que pueda permanecer aquí un día más, o una semana o un año, entonces pasará sin que nosotros intervengamos. O quizás...

— ¿Quizás?— preguntó con temor.

— Durante el último mes sólo he estado preguntándome de qué servía todo lo que me han enseñado a lo largo de mi vida. Todo perdió sentido en esta cama: ser guardián, mis amigos, mi madre... todo se ha ido. Y de alguna manera, todo eso, de forma más o menos estable, ya estaba en mi vida antes del accidente. Lo único que no tenía antes de morir hace tres años era el amor, eras tú. Y has sido lo único constante desde que apareciste— susurró, apoyando su mejilla en su pecho y haciendo silencio. Él se preguntó si era capaz de oír el sonido agitado de su corazón. — Así que he pensado y me pregunto, si la única razón por la que me han dejado volver de allí en primer lugar fue conocerte a ti. Todos mis pasos, incluso antes de nuestro encuentro en Portland, todos parecen dirigirse a ti.

Él permaneció en silencio, contemplando sus palabras. No podía decirle que él mismo había tenido pensamientos similares antes. ¿Cuántas veces se había preguntado si todos los sacrificios y pérdidas de su vida no habían sido organizados para concluir en aquella noche fría de otoñó casi un año atrás cuando la vio por primera vez a través de una ventana? Pero en sus cavilaciones ella era la recompensa permanente a todos esos sufrimientos. Era por demás cruel quitársela entonces.

— Leí una vez, después de la muerte de Iván, sobre como todas las personas que conocemos en nuestra vida están destinadas a aparecer y como cada una de ellas tiene algo que enseñar. Ningún encuentro, ni siquiera el rozarse con alguien en la calle en medio del gentío es fortuito. Todo tiene un por qué. Se quedan el tiempo que ambos aprender lo que sea que el otro tiene para mostrar— susurró, recordando. No quería creer que ellos ya habían cumplido ese plazo. — Pueden ser horas, días, meses, años.

— Supongo que ya hemos aprendido la lección, camarada. Quizás aprendemos más rápido de lo que creemos. Y de lo que queremos.

— Me gustaría volver a conocerte, entonces— respondió. Y esas palabras eran un ruego.

Si pudiera repetir hasta el día de su muerte el periodo efímero y maravilloso de su vida que fue desde conocerla hasta aquel segundo de hablar sobre el destino, su vida sería entonces un constante rebobinar al pasado. Sus propios ojos se empañaron de lágrimas mientras se decían legiones de sentimientos y palabras sin tener que hablar nada. — ¿Alguna vez te conté por qué acepte el trabajo en América? El día en que Alberta me mandó tu expediente y el de Vasilisa... allí había información sobre toda tu vida hasta el momento en que huiste. Iván había muerto un año antes, más o menos el tiempo en que ustedes dos llevaban fuera de la academia. Y vi la fecha en la que tú habías sobrevivido al accidente -no lo habías hecho en realidad, claro, pero no lo sabía-. Vi la fecha, y era la misma en la que me llamaron para decirme que Iván había muerto en la mañana. Y pensé... en ese momento creí que tenía que ver con Vasilisa y mi segunda oportunidad de proteger a un Moroi. Pero no. Eras tú. Cuando devolví la llamada de Alberta y acepté el trabajo, cuando busqué, cuando elegí Portland en vez de las alternativas que teníamos... siempre fuiste tú.

— Y me alegra haberte conocido— dijo ella. — Me alegra haber sobrevivido sólo para conocerte. Aunque ahora la partida sea más dolorosa, aunque ahora si me gustaría quedarme -por ti, por nosotros-, si sólo he nacido para el momento justo en que nos encontramos, entonces estoy feliz. Hace tres años habría muerto sin haber amado. Hace tres años hubiera muerto y Lissa no habría podido seguir si el espíritu despertaba y ella tuviera que lidiar con la oscuridad por su cuenta, pero ahora tiene a Christian. Hace tres años no habría hechos las pases con mi madre, e incluso cuando ella no está aquí, sé -yo sé- que no es por los mismos motivos que antes. Y me alegra que Adrian te haya conocido, porque tengo la sensación de que sus propios destinos estarán entrelazados de alguna forma desde hoy. Hace tres años, en aquel auto en llamas, lo único a lo que temía era el olvido... porque cuando ya no eres recordado por nadie... es ahí cuando mueres realmente.

— Yo siempre voy a recordarte— sollozó sin poder controlarse. Ahora era ella quien lo estaba consolando. — Voy a amarte hasta el último día, porque eres el amor de mi vida, Roza. Sólo mi propia muerte detendrá tus recuerdos. Pero entonces ya estaré contigo.

— Y yo esperaré— susurró débilmente, ahogando un bostezo. — Pero no hay apuro para eso. Porque primero tienes que vivir y hacer montones de cosas con las que me entretendrás más tarde. La eternidad es un largo tiempo, y puede que nos quedemos sin cosas que contarnos, así que es importante que procures hacer muchas cosas divertidas en tu vida, camarada.

— Una eternidad será un segundo contigo a mi lado— le respondió, deslizando sus dedos por el cabello. — Aún tengo muchas cosas que descubrir de ti. No sé si eso es suficiente tiempo.

— ¿Crees que en el cielo se pueda hacer el amor, camarada?— preguntó con seriedad.

— ¿Por qué? ¿Hay alguien con quien tengas una cita allí?— preguntó entre risas y lágrimas.

— Sobreviví casi dieciocho años siendo virgen— se burló, su voz cada vez más suave. — Puedo abstenerme por un par de décadas más, hasta que nos volvamos a ver. Así que espero que en el cielo no esté prohibido el sexo, porque entonces estaremos en problemas, aunque yo siempre estoy en esos. Realmente ni siquiera sé si es allí donde iré, o si creo en el cielo.

— Una vez mi abuela dijo que la muerte es atemporal, la eternidad, un presente continuo del ideal de felicidad constituido por la vida terrenal.

— Entonces yo estaré mucho tiempo volviendo aquí, a tus brazos— susurró, bostezando una vez más. — Tengo sueño, camarada.

— Descansa entonces, mi amor.

— Pero quiero ir allí.

— Duerme en mis brazos, yo te llevaré allí— prometió. Y ella aceptó.

Cuando se durmió esa vez él la levantó en sus brazos y la sacó de aquella habitación por primera vez en varias semanas. Él se dio cuenta de por qué había estado evitando llevarla allí. Y es que él había sabido todo el tiempo que lo único que ella estaba esperando -lo único que la retenía a él- era la visita prometida a aquel lugar que los había unido de una forma más poderosa, como resultado de la trama de causas y efectos que el destino había tejido para ellos, y que ni la muerte podía descoser.

*O*

Ya había jugado a vivir. Había sido una partida corta pero había tenido suficientes movimientos duros a través de ella. Pero también tuvo su cuota suficiente de amor y felicidad. Ella no podía negar eso. Con él, durante el último año, había sido inmensamente feliz. Le proporcionó todo aquello que nadie más en la vida había sido capaz de darle. La había amado, le enseñó todo sobre ese sentimiento maravilloso y abrumador, y le dio un destino digno y confiable para depositar su propio cariño y respeto, para que sus latidos encontraran un corazón más donde latir, para que su voz no se desvaneciera en la nada una vez que ella se fuera. Ella podía irse en paz, con la certeza de que había pisado los terrenos imprescindibles de la vida. Era hora de terminar esa partida. Era hora de dejar que alguien más ganara. Le gustaba pensar, como en un juego, que su muerte significaba la vida de alguien más en alguna parte del mundo. Cómo había sugerido Dimitri antes: tal vez Iván se había ido para que él tuviera la oportunidad de proteger a alguien más; tal vez ella partía ahora y alguien más en el universo estaba sobreviviendo a algún accidente por milagro.

Su único temor era Dimitri. Por supuesto que amaba escucharlo decir que ella era el amor de toda su vida. Sólo Dios sabía cuánto tiempo había esperado para oír esas palabras. Pero esperaba que no fuera la única mujer de su existencia. Realmente esperaba que su recuerdo fuera de felicidad y ese tipo de nostalgia y anhelo que iba disminuyendo con los años pero que nunca se perdía totalmente, como un soplo de aire que le hiciera recordarla dentro de veinte años con una sonrisa y no con lágrimas en sus ojos. Ella necesitaba saber que el amor de Dimitri no sería enterrado junto con ella. Ella ya se llevaba su parte justa de él, y estaba agradecida. Y él se quedaba con todo el suyo, por siempre. Pero el amor de él, el cariño y el respeto, su amistad y su lealtad... el mundo tenía derecho a disfrutar de él. Y ella no se sentiría traicionada, no lo haría, si alguien más en el futuro era digno de recibirlo. Si una mujer era capaz de enamorarlo, de borrar el dolor de la pérdida de sus ojos, de hacerlo feliz, no podría estar menos que inmensamente en deuda con esa persona. Porque era todo lo que quería para él. Una vida plena, dichosa, llena de amor y de alegría. Incluso podrían darle esa única cosa que ella nunca habría podido y que él tanto anhelaba: hijos. Ella no dudaba de que él pudiera ser feliz sin ella a su lado, porque, en esencia, ella nunca dejaría su corazón. De alguna manera se aseguraría de permanecer presente, de amparar su seguridad, de susurrarle palabras silenciosas de aliento y darle un empujón con su mano invisible cada vez que una oportunidad se presentara y el dudara.

Ella no creía que amar a otra mujer luego de su muerte fuera una traición a su amor. Ni pensaría que su amor por ella disminuiría porque él amara a alguien más. Ella siempre sería su Roza, lo entendía así. Pero alguien más sería la begonia que lucharía por aferrarse a la vida, por atarse a él, y ganaría. Habría más flores en su jardín, una que haría renacer su felicidad y sus ganas de vivir y amar.

Sabía que sería duro para él su partida. Para él más que para cualquier otra persona de su vida. Pero confiaba en su fortaleza; aquella que le había transmitido como un axioma más de su aprendizaje, junto con los golpes y estrategias, con las reglas de vida zen, con el amor, con la contención, con la protección y con el respeto.

En aquella cama de roble y algodón, en aquel lugar de amor y esperanza en el que habían planeado un futuro que ya no tenían, en sus brazos donde siempre se había sentido a salvo, ella estaba en paz. Tenía la certeza de que no existiría momento en el futuro en el que ambos se sentirían más preparados que ese para afrontar su partida. Nada iba a borrar el dolor: si era entonces o si era después, la muerte dolía sin importar el momento. Pero allí... parecía el tiempo indicado. Ella había querido decir lo de antes. Ella había nacido hace dieciocho años por primera vez, y había muerto aquella noche de invierno rodeada de llamas y pinos nevados. Había vuelto a nacer el día en que Lissa la trajo de regreso, pero no se había sentido realmente viva -en ninguna de sus dos vidas- hasta que lo conoció a él. Si había nacido en sus ojos de la mirada lejana y separados por una ventana, y había renacido en sus brazos en aquella cabaña, tenía sentido que su vida terminara en el mismo punto donde había comenzado.

En ese momento, más que nunca, sintió que su vida tenía un propósito. Y al mirarlo a los ojos, mientras él hablaba sobre Rusia y le contaba detalladamente la arquitectura de las catedrales más hermosas del lugar, ella supo que amarlo había sido ese objetivo. Y pensó que quizás lo había hecho bastante bien.

*O*

Terminaron teniendo más que unas pocas horas para acostumbrarse a la idea de estar separados por un largo periodo de tiempo. Un tiempo que, sin embargo, sería más corto del que tendrían para estar juntos una vez que él hubiera cumplido su promesa: la de vivir.

Durante los días posteriores a ese día ella siguió despertando y el siguió teniendo el privilegio de ver sus ojos. Cada día estaba más cansada y al final casi ya no podía mantenerse despierta más que por unos minutos, pero no hubo dolor como con sus compañeros. Cada vez que ella abrió los ojos y le ofreció una sonrisa él se permitió sentir la esperanza de que quizás el destino les regalara más tiempo. Y lo hizo, aunque no todo el que él deseaba.

Al séptimo día despertó como en cualquier otro momento. Tomó sus medicinas, comió su comida, olió las flores que él había cortado aquel día para ella, se acurrucó en sus brazos, oyó las historias que él tenía para contarle y ella, a cambio, le habló de sus planes para el futuro. Para el que viviría a través de él. Y ese día se fue. Y él lloró, y trató de de despertarla, y se aferró a su cuerpo sin vida hasta que Alberta y Adrian llegaron horas más tarde y lo separaron de ella. Y quiso morir también. Quiso acompañarla. Y habría encontrado la manera de acortar ese espacio-tiempo que lo separaba de tenerla para toda la eternidad, pero no pudo hacerlo porque debía cumplir su promesa.

— Confié que tus brazos me traerían hasta este lugar incluso cuando yo estuviera dormida, camarada. Ahora confió que en tu corazón me llevaras a todos esos lugares que prometiste incluso cuando esté muerta, y que harás por mi todas esas cosas que tenías planeadas para nosotros— había pedido más temprano aquel día. Y él, aunque sabía que de todas las cosas que le había pedido, vivir sería la más difícil, le prometió que lo haría.

Y con la esperanza de que se lo recompensaría con una eternidad a su lado, intentó cumplir esa promesa.


Por: Brenda I


¡Hola! Tan feliz de estar haciendo esto de nuevo. Espero que hayan disfrutado la historia. Sé que es algo diferente a lo que suelo escribir, pero tenía muchas ganas de compartirlo con ustedes. Es, además, la primera parte de un nuevo fic que estaré publicando el próximo año.

Así que saludos enormes para todos. Nos vemos en la próxima ocasión. :)