CAPITULO 5
FIESTA DE YULE
El día 25 de diciembre era considerado un día de fiesta cristiana, como el nacimiento del salvador Jesús de Nazaret, dicho así por la Iglesia Católica hoy en día.
Se consideraba una fiesta en la que reunirse con la familia para cenar e intercambiar regalos el mismo día.
En muchos países católicos lo celebraban el día 24, siendo el día siguiente la navidad, día de dar regalos a los familiares y amigos.
Esos días eran los días más favorables para las empresas, pues se dedicaban al negocio de la venta.
Anteriormente, en las religiones paganas, la fiesta de Yule tenía su origen en la Escandinavia precristiana, pero muchas culturas fueron resucitando las festividades de Yule.
Actualmente en la cultura neopagana, esta celebración ha sido reconstruida en muy variados grupos, como en el caso de la Religión Ásatrú con doce días de celebraciones; y en la Religión Wicca, que algunos aplican una forma de celebrar estas fiestas a través de ocho días solares festivos, llamados comúnmente "Sabbats de la rueda anular". Las fiestas de Yule se celebran en el solsticio de invierno: en el hemisferio norte, cerca del 21 de diciembre y en el hemisferio sur, alrededor del 21 de junio.
El mundo mágico de Bretaña, sin embargo lo celebra desde el 21 hasta el día 2 de enero. En algunos casos se celebra doce días, pero eso es dependiendo de cada quien y cada situación.
Los rituales que se suelen hacer en Yule son variados y por desgracia, prohibidos por el ministerio de magia, tras asegurar que cualquier ritual de cualquier tipo, es magia oscura. Eso a Harrison le traía sin cuidado, pues ya había hecho varios rituales, en los que se podría considerar la magia oscura como método de hacerlos, pues a veces, incluía sangre.
En los de Yule eran: encender el leño de Yule, del año anterior y hacerlo arder por doce horas. Después se esparcían las cenizas por los campos para hacerlos fértiles, lo que en vez de campos, lo usaría para los invernaderos.
También estaba la decoración de las viviendas con muérdago, por ser el que crece en el roble.
Mantener una vigilia nocturna para esperar el sol; apagar todas las luces y prenderlas una a una por frotación (aunque ese en el mundo mágico no solía utilizarse muy a menudo); dejar una vela encendida en la ventana; ir de wassail por el pueblo; colgar figuras de madera en la puerta de la vivienda como la Cabra Yule, etc.
El Castillo Peverell estaba siendo decorado según las tradiciones y se seguiría los rituales en él, pesara a quien le pesara, pues como había sido educado Harrison en seguir las viejas formas de sus antepasados, así haría él y educaría a sus hijos así, cuando los tuviere.
El Castillo entero estaba en un frenesí de anticipación ante toda la gente que vendría, séase todos los aliados del joven Lord, incluyendo a enviados gobblin, que desde hace ni siquiera sabían cuánto tiempo, habían sido invitados a una fiesta tal, por los humanos.
Harrison era completamente distinto a las expectativas que podrían tener sobre él, pues no dudaba en hablar con el respeto y la igualdad a otro Lord o gobblin, mientras que éstos reconocían a Harrison como otro igual.
Trataba a sus enemigos con furia y frialdad, pues no se merecían otra cosa, así como no tendría jamás piedad con aquellos que le faltaran el respeto o lo atacaran.
Las doscientas habitaciones, mazmorras, torres y terrenos fueron siendo adornados, elfos domésticos trabajaban a destajo, pero en cambio Harrison les pidió que comieran todos juntos en ese día de celebraciones, tomándose el descanso merecido que tenían ganado, por servir con tanta diligencia a la Casa Peverell.
Los elfos cuando se les pidió que comieran juntos y dejaran de trabajar cuando la cena estuviera servida, lloraron porque se pensaban que era algún tipo de castigo impuesto, hasta que Harrison explicó un poco de su vida y que nunca tuvo una navidad o Yule en condiciones. No queriendo que eso pasara a sus amigos elfos, los convenció de que no era castigo alguno. También les preguntó si podía regalarles algo, como regalo de Yule.
En ese momento se arrepintió, pues tardó más de dos horas en calmar a tantos elfos domésticos.
Los mismos elfos personales de Harrison explicaron que no necesitaban de ningún tipo de atención especial, que solamente con el cuidado de Harrison hacia ellos y que no les tratase mal, cosa que no hacía, les valía, dado que el vínculo entre ellos era fuerte, así como la magia que impregnaba el Castillo.
Asintiendo en compresión por ellos, pidió disculpas Harrison, por no haber sabido de ello de antemano, diciéndoles que comprendía sus deseos y que si eran contentos y felices haciendo sus propias tradiciones y trabajando para mantenerse felices y fuertes, que así fuera.
Salto de escena.
El día 21 de diciembre, Harrison se preparó mentalmente para lo que iba a hacer, puesto que una vez hecho, no habría vuelta atrás.
Vistiéndose de negro, con una armadura de piel de basilisco que encargó a los gobblins, salió de su habitación, para dirigirse hacia las mazmorras.
En las mazmorras estuvo una hora y media preparándolas para los nuevos inquilinos.
Las celdas que había, las limpió minuciosamente con la ayuda de Dobby, el cual era uno de los elfos que más confiaba y en el que le podía pedir cualquier cosa acerca de la nigromancia y éste lo haría sin dudar un solo segundo.
Tal devoción por el elfo era increíble, pero no obstante beneficiosa.
- Dobby, prepara estas celdas para las mujeres que traiga. Las celdas de la otra habitación serán para los hombres, deben estar separados en todo momento.
- Si maestro. ¿Pongo salas para que nadie meta sus narices dentro?
- Sí, sería beneficioso. También, cuando vuelva, pondremos salas más resistentes y persistentes, para evitar que los invitados en Yule se acerquen. Si lo hacen, entonces se marcharan pensando en que tienen que hacer algo más importante. También un encantamiento no me notes, debería ser suficiente, pero creo que será más que suficiente las armaduras como vigilantes.
- Sí maestro, las armaduras estarán encantadas y animadas para detener a los intrusos, también podríamos poner vigilancia en elfos.
- Buena idea Dobby, encárgate de que los elfos sepan lo que habrá aquí y que no se preocupen por los gritos, pues afuera de esta puerta no se oirá nada. Que los presos cuando vengan, tengan únicamente dos comidas al día. No los quiero matar de hambre.
- Por supuesto, Maestro, no sería de ayuda para usted en caso contrario.- Asintió el elfo excitable, limpiando las ultimas celdas y saliendo de las mazmorras que estarían disponibles para los muggles.
El Castillo contaba originalmente con cuatro mazmorras, divididas en secciones.
Las mazmorras que iba a utilizar eran la primera únicamente, pues estaba más cercana y eran las que originalmente se utilizaban para los muggles que intentaban asaltar el Castillo.
En la primera mazmorra, estaba dividida en dos secciones, la de los varones y la de las mujeres, así lo dejó Harrison para sus rituales y experimentos en la nigromancia.
Ahora bien, Harrison no sentía lástima, ni pena, ni siquiera un atisbo de emoción, solamente sentía excitación ante la anticipación de cazar muggles incautos y "jugar" con ellos. Era hora de demostrar a sus ancestros que podía hacer las cosas bien.
Yendo hacia el retrato de Markus, le dijo que era hora de hacer la misión.
- Suerte Harrison, y ten mucho cuidado hijo. Si por algún casual, estás en apuros, no dudes en utilizar la fuerza letal.
- Gracias Markus. Estaré de vuelta pronto, lo prometo.- Despidiéndose de sus ancestros Harrison desapareció con un ligero "pop" para aparecer en un barrio muggle de Londres, en el cual inmediatamente desapareció bajo su capa de invisibilidad, para que nadie le viera ni le notara.
Sacando la vara, acabó con cualquier vestigio de olor y presencia mágica que tuviera, para que el ministerio o los aurores, no lo notaran o sospecharan de él.
Caminando lentamente por el barrio, se dio cuenta de sus primeras presas, mendigos.
Los mendigos que había estaban tumbados, medio borrachos, medio dormidos. Una presa fácil de acceder a ella, por lo que Harrison solamente tendría que echar el encantamiento de sueño pesado y darles el traslador que había hecho anteriormente.
El traslador que había hecho era especial en un único sentido, pues se hizo para que no se pudiera rastrear por ningún medio mágico.
Acercándose al primero, lo observó con repugnancia. El hombre, si se le podía llamar así, estaba vestido con harapos y tumbado en medio de la calle, con un cartón de vino barato al lado.
Al parecer tenía frío, pues se tapaba con el poco cartón que había en la calle y bolsas de basura, repletas de papel.
- Bueno, ahora me servirás a mí, para mis experimentos.-Susurró Harrison oscuramente, apuntando su vara y pensando en el hechizo Somnium, el cual solamente podía hacer él el contra hechizo, para despertar al hombre.
Cogiendo con cuidado la chapa de una botella que había cogido para los trasladores, se la tiró al hombre, para activarlo después, y que éste apareciese en la celda de los hombres.
A continuación pensó en cuantos quería, de momento sería bueno tener diez para pruebas. La mitad de hombres y la mitad de mujeres, pues había rituales en los que tenía que utilizarlas para otros propósitos, menos mal que no había rituales de magia sexual en la nigromancia, pues no creía que pudiera realizarlos con muggles.
Más adelante, cuando fuera más mayor, Harrison pensaría de forma diferente, pues las hormonas harían eso de él, pero en este momento y tiempo, sus pensamientos eran barrer un poco la calle. Después de todo, estaba haciendo un favor a la sociedad muggle, ¿Verdad?
Una hora y media más tarde en la que tuvo que dejar de elegir a los mendigos, pues no le gustaba la selección que había, se pasó a las calles más oscuras o ruidosas de donde estaba.
Con cinco mendigos masculinos, comenzó su búsqueda de las mujeres, las cuales encontró cinco seguidas, vestidas con poca ropa y muy maquilladas.
Con la suerte que tuvo y todavía invisible, cinco hechizos de sueño rápido y todas estaban poco después trasladadas al Casillo Peverell, en las mazmorras.
Desapareciendo con la capa de invisibilidad, volvió a reaparecer en el vestíbulo, donde informó a Markus que estaba hecho.
- ¿Cuántos has cogido?- Preguntó preocupado, examinando a Harrison desde todos los ángulos, por si le había pasado algo. – Has tardado mucho, ¿Has tenido problemas?
- He cogido diez. Mitad y mitad. En lo referente a la tardanza, no me gustaba mucho lo que había para escoger. Luego, estuve en otro barrio, donde encontré cinco mujeres juntas, vestidas con poca ropa y muy maquilladas, ahora están en las mazmorras, espero que los elfos las limpien, antes de los sacrificios y los experimentos.- A esa declaración de las mujeres, le siguió la risa por algunos de los retratos más modernos, pues sabían lo que eran. Harrison había cogido prostitutas sin darse cuenta de lo que eran, eso demostraba, que por muy maduro para su edad, seguía siendo un niño en algunos ámbitos.
Con el ceño fruncido, Harrison les preguntó de qué se reían, pues no entendía la risa, hasta que el retrato de uno de los más cercanos a su padre, le explicó que las mujeres que había cogido, eran de hecho, señoritas de compañía o para que lo entendieran los demás, prostitutas.
Después de esa explicación, casi todos los retratos en la sala estaban riendo de la cara de consternación de Harrison.
- Debí haberlo sabido… tan poca ropa en invierno…- Más risas dieron lugar a esa declaración. – Bueno, mirando el lado positivo, ahora servirán a otro propósito.- Rio oscuramente, deteniendo a algunos de los retratos que no apoyaban ese tipo de estudio de Harrison. Ver la muerte tan de cerca y más siendo un niño, no era algo que le gustara a nadie, pero había ciertos sacrificios que tenían que ser hechos, sobre todo cuando se llamaba al reino de los vivos a los fantasmas o espíritus de otras personas.
Teniendo la piedra de la resurrección, no le hacía ninguna falta ese tipo de ritual, pero sus maestros en nigromancia, le habían dicho que siempre era mejor conocer los métodos y practicar con ellos, que no hacerlo.
A los primeros en llamar, serían sus padres, o más bien las almas de sus padres, para saber cómo estaban y si lo estaban viendo. Era una petición infantil y Harrison lo sabía, pero necesitaba hablar al menos una vez, con las almas de los dos.
Marduk, no pudiendo evitar escuchar que había atrapado por fin a muggles que sirvieran a los propósitos de la nigromancia, pues había ciertos aspectos en los que tendría que practicar Harrison en cuerpos humanos vivos, en otros aspectos, podrían estar muertos, eso no importaba, pero lo más importante eran las salas. Sobre todo las salas de muerte que llevaban inactivas más de mil años y que darían al Castillo su manera de ser inexpugnable nuevamente.
- Harrison, vas a tener que volver a salir y pedir a los gobblins que te den dos piedras runas de sala nuevamente.
- ¿Por qué?
- Las salas de Muerte, Harrison. Tienes que activarlas, si las activas el Castillo será otra vez inexpugnable y solamente los que tú permitas entrar, podrán hacerlo. Si el castillo es sitiado, las salas entrarán en vigor.
- Entiendo.- Dijo recordando ahora de sus clases pasadas sobre las salas y la importancia sobre éstas. – También tendré que contratar ayuda de los gobblins, sé que ellos no permitirán que el secreto se lleve a libertad.
- Ciertamente, pues el sacrificio humano debe ser al mismo tiempo y sin magia. Los gobblins serán de ayuda.
- Pero ahora no salgas nuevamente. Ve a avisar a los gobblins. Es más importante.
- Por cierto, para ello será mejor una entrevista en persona, Harrison. También ofréceles la oportunidad de las mismas salas, te ganarás más su favor.- Intervino Morgana, con la aprobación de las demás Damas.
Corriendo a su despacho, escribió la carta rápidamente, dándose cuenta de lo importante que era todo. Si Dumbledore decidía atacarle, tenía buenas defensas, pero no obstante, con buenos rompe-maldiciones, podrían pasarlas.
Sin embargo, si tenía salas activas de muerte y protegiendo el castillo, entonces por mucho que los rompe-maldiciones estuvieran tratando de romperlas, sería inútil para ellos.
Ahora Harrison estaba preguntándose para que necesitara la segunda piedra rúnica de sala… ah… claro, magia de sangre. Eso lo explicaba todo, ahora que tenía a quienes sacrificar o la sangre para ello, podría hacer la magia de sangre, que también pertenecía a la rama de la nigromancia. Todo encajaba, si lo hubiera adivinado antes, lo hubiera hecho más pronto y dejar lo de las alianzas para más tarde. Que tonto.
Bueno, no pasaba nada, lo hecho, hecho está. Lo importante era terminar la carta y pedir cita con Ragnok urgentemente. No sabía si le daría para estos días, pues las tradiciones gobblin eran diferentes, pero tenía que intentarlo.
- Dobby.- Llamó Harrison a su elfo con apremio.
- ¿Sí Maestro?
- Entrega esta carta a Ragnok y espera confirmación, por favor, pero que te lleven delante de él. En ella explico tu presencia, espero que no se moleste.
- Sí Maestro, los amigos gobblin no creo que se molesten, has hecho mucho por ellos…
- Gracias Dobby. También voy a pedirte otro favor. Necesito de dos elfos domésticos que no sean temerosos, para salir de caza muggle.
- Cuando vuelva, yo y Winky podemos ayudar maestro.- Dijo Dobby irguiéndose en toda su estatura, que no era mucha para el caso.
Desapareciendo con un ligero pop, Harrison volvió a la sala de los retratos, para terminar de informar y preparar a Winky, hasta que volviera Dobby, informándola sobre lo que estarían haciendo.
- Harrison, ¿Cuántos vas a coger?
- Otros diez más, ¿No?
- Coge veinte. Dividíos por barrios, no vuelvas al que has estado. Tampoco vuelvas al barrio que había en Surrey, bueno a los que están cerca de ese barrio de todas formas. Estarán vigilados, tanto por medios muggles, como mágicos.
- Entendido, creo que podemos ir… a Liverpool, estuve una vez allí con Vernon y Petunia.
- Está bien, y que no te pillen.
- Descuida, sé perfectamente donde ir.- Contestó con una sonrisa macabra.
Cerca de donde fue con Vernon y Petunia, había una especie de discoteca o pub, no sabía muy bien lo que era que las chicas allí entraban al local, medio desnudas, tal como las que había cogido. Los hombres que iban, no solían ser angelitos. Seguramente la sociedad no los echara mucho de menos, si faltaban algunos.
Informando a Winky de lo que quería, hizo rápidamente los trasladores para las mazmorras y preparó las celdas especiales en donde estarían residiendo los nuevos inquilinos, hasta el momento de crear las nuevas salas de muerte.
También había otras posibilidades de barrios, los cuales eran marginales o eso decía Vernon hace tiempo. Barrios en donde la gente estaba tumbada en el suelo, a plena vista de los transeúntes, los cuales tenían jeringuillas en los brazos o estaban fumando una especie de cigarro, que daba risa, o para el caso, quemando algo en papel de plata. Todos ellos eran drogadictos y perfectos para los rituales que tenía en mente.
Menos mal que las enfermedades mundanas no eran contagiosas en los mágicos, es decir, que si uno tenía una enfermedad mortal y de las que se transmitían, un mágico no podía cogerla por dicha transmisión, como un mundano, no podía coger una enfermedad mágica.
Salvo por un caso especial de un nigromante en la edad media, en la que creó una enfermedad mortal para los muggles, la cual casi terminó por completo con ellos.
La peste bubónica o la peste negra. Fue tremenda la investigación que tuvo que hacer el nigromante, pero finalmente consiguió crear dicha enfermedad, matando a más de la mitad de la población muggle y que ésta durase tanto tiempo.
Hoy en día, esa enfermedad era tratable y curable, lástima que no la hiciera inmune a ciertos tratamientos, pero en aquella época no podían saber los mágicos sobre la medicina moderna.
Media hora más tarde, Dobby volvió con información desde el propio Ragnok, el cual lo recibió en persona.
- Maestro, el rey gobblin dice que sí, que puedes reunirte con él mañana a primera hora del día, cuando Gringotts está abriendo.- Informó rápidamente, haciendo sonreír a Harrison. Eso era las seis de la mañana, pero no había problema, tanto mejor. – También me ha dicho que tendrá mañana listas para la reunión, las piedras runas de sala.
- Perfecto Dobby, bien hecho. Ahora prepárate que nos vamos a Liverpool, Winky tiene las coordenadas, ahora bien, necesito veinte muggles, así que cada uno tiene para recoger ese número. ¿Alguna pregunta?
- No Maestro.- Respondió Dobby, recogiendo las veinte fichas que le daba Harrison. Dobby se encargaría personalmente de que los muggles malos, fueran detenidos.
Cogiendo a ambos elfos por las manos, y desilusionándose a sí mismo, mientras que ellos hacían lo mismo, desaparecieron con rumbo a Liverpool y otras dos ciudades muggles más, no sería bueno que la gente sospechara que había un patrón de secuestros. Cuando volvieron los tres, al mismo tiempo pues habían quedado en otro punto de Gran Bretaña muggle, para desaparecerse, tras dos horas interminables de "secuestros" de muggles, Harrison cenó rápidamente sin ir a las mazmorras a visitar a los que estaban todavía dormidos, siendo lavados por los elfos y vestidos con sábanas grises, para que no tuvieran ningún tipo de arma punzante o que no pudieran hacer nada con sus ropas, tal como quitarse la vida.
Lamentablemente, Harrison no dijo a quién tenían que cazar sus elfos, así que tanto Winky como Dobby cazaron muggles al azar por la calle y de todas las edades, para cuando Harrison lo viera, el mundo muggle estaría en un pequeño alboroto, pero por suerte no culparía ni pediría ayuda al mágico, no obstante, Harrison tendría que volver a esperar hasta que todo se pasara.
Como decían los muggles, hasta que las aguas se calmaran. Por suerte también podría redirigir la culpa hacia otro lugar, tirando a los ríos los cuerpos muertos de los muggles que habían "cazado" sus elfos.
Salto de escena.
A la mañana siguiente, temprano se levantó Harrison para ir a su cita en Gringotts, siendo 22 de diciembre.
Tomó un desayuno completo con té, dado que los retratos no le dejaban tomar café todavía, alegando ser demasiado joven y no querer verle en hiperactividad todo el día. Podría resultar peligroso.
Cuando hubo terminado, eran las seis menos veinte de la mañana, a solo veinte minutos para que el banco abriera y Harrison fuera a su cita con el Rey.
Yendo hacia la zona de aparición que designó Harrison, se desapareció ajustándose su túnica y capa de invisibilidad para que le diera el calor suficiente y no perderlo.
Apareciendo en un callejón oscuro, pero cerca del Caldero Chorreante, se dirigió hacia la posada neutral, en la cual Tom ya estaba despierto, sirviendo desayunos a la clientela.
- Buenos días Tom.- Saludó Harrison con una inclinación breve de cabeza al posadero, el cual se le quedó mirando un poco tontamente.
- Muy madrugador le veo hoy, Lord Peverell.
- Sí, negocios en el banco. Uno no puede descansar en los días de Yule. ¿Cómo le va a usted?
- Oh, perfectamente bien, también madrugando como puede ver, pero así es el negocio, gracias por preguntar. ¿Le veré después?
- No creo, iré al Castillo directamente. ¿Por qué?
- Oh por nada, ha estado últimamente Albus preguntando por usted, al parecer le está buscando por algún negocio. Tenga cuidado. Él no es de los que respetan la neutralidad de mi bar.
- Entiendo, gracias por el aviso, Tom.- Agradeció con una sonrisa, cruzando el poco espacio que había, para llegar a los ladrillos que separaban el Callejón Diagon del Caldero Chorreante.
La mañana mágica era fría en el Callejón Diagon, junto con la oscuridad que todavía bañaba el amanecer, las luces de los faroles estaban todavía encendidos, pues la luz se podía vislumbrar.
Mirando hacia ellos, pudo vislumbrar que eran de gas o algo similar, bien podrían ir con runas los farolillos y hacer que se prendieran fuego, para alumbrar las calles de Diagon.
Quitándose ese pensamiento de la cabeza, se dirigió directamente hacia el banco, el cual todavía no abría sus puertas, pero estaba a punto de abrir, ya que se veía a los gobblins comenzar a llenar sus puestos.
Sonriendo ligeramente en el pensamiento de que era el primero en llegar al banco, se preguntó si no darían un premio por ese hecho.
- Buenos días mago…
- Buenos días, Maestro gobblin. Tengo una cita programada con Ragnok.- Dijo Harrison el cual se quedó mirando al gobblin medio dormido, pero rápidamente se despertó abriendo ligeramente los ojos en reconocimiento.
- Por supuesto, sígame.- Harrison siguió al gobblin el cual lo miraba de vez en cuando de reojo, con un poco de nerviosismo.
Pensando en la reacción estuvo muy tentado a preguntarle cual era el problema, hasta que se detuvo abruptamente, antes de llegar al despacho.
- Tengo curiosidad Lord Peverell, ¿Por qué siempre que viene al banco, habla nuestro idioma?
- ¿Es eso por lo que estás nervioso?
- Un poco sí, Lord Peverell.
- No te preocupes, es natural. Hablo vuestro idioma, por una razón y es que me gusta hablar el idioma gobblin. Además considero que es una muestra de respeto hacia vuestra nación, el haberme molestado en aprender el idioma. También he estado… investigando si los hechizos hablados en vuestro idioma cambian, pero no lo hace en absoluto.
- Interesante. Gracias por contestar la pregunta, pero no tiene que hablar nuestro idioma para saludarnos ni nada.
- Lo sé, pero como he dicho, me gusta. Los saludos son interesantes, así como vuestras costumbres.
- Eres un hechicero raro, ¿Lo sabías?
- Es la primera vez que me lo dicen, gracias.- Rio Harrison de buena gana a carcajada limpia.
Murmurando el gobblin sobre la suerte que tenía al ver a un hechicero de buen humor por la mañana, continuó llevándolo hacia el despacho de su Rey.
Haciendo una señal de que esperara, mientras que él pasaba al despacho para anunciarle, Harrison asintió con la cabeza en señal de aceptación.
- Pase, Lord Peverell.- Vino de dentro la invitación del gobblin que le había acompañado.
- Gracias, Maestro gobblin. Buenos días, majestad, que su oro fluya enormemente y sus enemigos caigan ante su lanza.
- ¿Hoy es lanza? Me gusta. Que su oro fluya y se llenen sus bóvedas, que sus enemigos tiemblen ante ti.
- Gracias, Majestad. He…
- Sí, tengo lo solicitado. Dime, Harrison, ¿Qué más tienes en mente, pues era tan importante tu visita?
- ¿Cambiamos de idioma?
- Sí, ¿No es un problema, verdad?
- En absoluto. Espero no haberos ofendido tras hablar vuestro idioma.
- No hay ofensa, pero me resulta gracioso que quieras hablar nuestro idioma. Por cierto, él es mi sobrino, Ragnar.
- Encantado, Ragnar, que tu oro fluya y tus enemigos prueben tu… cuchilla.
- Lo mismo digo, Lord Peverell.
- Ahora que las presentaciones y negocios concluyen, tengo una petición para usted, Rey Ragnok, más bien como un favor.
- Continua, ¿Qué puedo hacer por ti?
- Necesito veinte de tus mejores hombres.
- ¿Para qué?
- Para activar una sala.
- ¿Una sala? ¿Qué sala?
- Puedo confiar en que lo que se diga aquí, se queda aquí.- Pidió Harrison poniéndose serio, mirando hacia Ragnar.
- Mi sobrino es de confianza. ¿Qué tipo de sala?
- Una especial. Una de muerte.- Dijo, viendo como caía un poderoso silencio sobre la sala y ambos gobblins palidecían, pues Ragnar se había sentado al lado de su tío.
- ¿Has dicho…? ¿Una de muerte, una sala de muerte?
- Sí, con runas negras en la piedra rúnica de sala.
- Pero…- Se vio interrumpido Ragnok, por un profundo suspiro por su propia parte, del cual abrió los ojos impresionado. – Por supuesto, eres un nigromante.
- Ciertamente.- Hizo un gesto vago con la mano, para dar énfasis. – Mi entrenamiento ha dado sus frutos, pero tengo el problema de falta de hombres.
- ¿Quieres mis gobblins para el sacrificio?
- ¡No! Nada menos. Quiero tus hombres para que participen en el sacrificio, es decir, que me ayuden a sacrificar a los que tengo que sacrificar.
- Ah… es un alivio.- Suspiró tranquilamente, pues había pensado erróneamente al suponer que había venido aquí Harrison, pidiendo gobblins para la masacre. No sería bonito, puesto que matar a tantos de su comunidad, sería levantar ciertas cejas.
- Explícame un poco mejor, aún no veo como necesitas mi ayuda.
- Verás, tengo setenta muggles en mi poder, de los cuales veinte serán sacrificados en la construcción de la sala. El problema se presenta, cuando tengo que hacerlo sin magia y al mismo tiempo, no puede ser uno en uno. Tiene que ser al mismo tiempo, degollándolos. También los gobblins deberán cantar un cántico que les enseñaré, es una ofrenda por las vidas que involuntariamente, se ofrecen para la construcción.
- ¿Si es involuntario, no es un problema?- Pidió Ragnar curiosamente.
- En absoluto. Aunque fuera voluntario, el resultado sería el mismo.
- ¿Has dicho muggles? Sabes que es ilegal atacarlos, ¿Verdad?
- Define ilegal.- Dijo con una sonrisa siniestra. – Si la gente adecuada no se entera, no tiene por qué ser ilegal. Además, si me ayudáis, Gringotts se llevará una parte sustancial.
- ¿Qué quieres decir? No, espera, ya sea por donde vas. Si te ayudamos, tu nos darás muggles para que nosotros coloquemos una sala de muerte también, pero necesitaremos la ayuda de un nigromante especializado, por lo que estarías también involucrado.
- Exacto. Y lo bueno de todo esto, es que el ministerio de magia no tiene por qué enterarse.
- ¿Puedo pensarlo detenidamente?
- Puedes, pero me gustaría que fuera rápida la decisión, pues Dumbledore me busca y quiero que mi Castillo sea inexpugnable. Tendrías hasta el mediodía, que es cuando tendría listas las piedras.
- ¿Dos?
- Una de ellas será para magia de sangre. Por eso los muggles.
- Más sacrificio… es… espeluznante.
- Es mi naturaleza.- Explicó con una sonrisa siniestra, que mandó escalofríos por las columnas de ambos gobblins.
- Está bien, creo que me gustaría a mí mismo ir a ver el asunto, aparte del hecho de que hace mucho que no he matado a nadie, ni nada.
- Perfecto. A mediodía en el Castillo, la red Flú estará abierta para Gringotts y recuerde, Rey Ragnok, veinte gobblins, armados con dagas. Sería lo mejor.
- ¿Tienen que ir vestidos de alguna manera?
- Mientras que no vayan desnudos, pueden ir como quieran, pero no se puede realizar magia de ningún tipo, una vez el ritual este comenzando, pues la sala podría ir mal y matarnos a todos.
- Entendido.- Dijo Ragnok, haciendo una señal a los guardias gobblins para que trajeran las piedras rúnicas de sala, las cuales las dos eran el doble del tamaño de un semi-gigante. - ¿Serán suficientes así?
- Son perfectas.- Sonrío Harrison agradeciendo a Ragnok por las piedras, de las cuales fueron descontadas de las bóvedas ya.
Llamando a sus elfos, les pidió que las llevaran al Castillo, donde podría comenzar con un pequeño ritual de limpieza, para seguir con la talla de las runas negras.
Despidiéndose con una inclinación de cabeza, antes de salir se detuvo unos instantes.
- Por cierto, es posible que uno de mis aliados esté presente. Él es como yo, y creo que le gustaría ver la creación de la sala, espero que no sea una molestia.
- En absoluto, Lord Peverell, siéntase libre de invitar a quien quiera… ¿Podemos hacer lo mismo?
- Mientras que no sean aurores o el ministro, eso incluye al viejo cabra.
- En absoluto, solo los ancianos.
- No hay problema.- Ahora sí, se volvió para salir por las puertas, dejando a dos gobblins suspirando pesadamente y preguntándose en que lío se habían metido.
Salto de escena.
Vlad XLV Alucard estaba en una de sus mansiones de Gran Bretaña, en Londres, disfrutando de un agradable y pacifico desayuno rumano con su familia. Pronto sus hijos volverían a la escuela, en Durmstrang para continuar con sus estudios y volver a ver a sus amigos.
Su esposa, quejándose nuevamente de que se aburría por no poder encontrar un trabajo de profesora decente, estaba sentada a su lado, conversando con su hermano sobre las últimas noticias de casa.
La secta de la Verdadera Mano Negra, estaba actualmente en negociaciones con las otras sectas para un tratado de paz, algo que beneficiaría a todas las partes involucradas.
De pronto, el timbre de la puerta principal sonó, algo que lo puso curioso, pues no esperaban visita de nadie mundano o vampírico.
Los únicos mágicos que conocía, no creía que fueran a visitarle, aunque haya dicho en reiteradas ocasiones que son bienvenidos.
Curioso, mandó a uno de sus subordinados humanos para abrir la puerta.
Unas pocas voces se escucharon, tras su subordinado intentar expulsar sin demasiado éxito al que estuviera allí, encogiéndose de hombros ligeramente, volvió la atención a su desayuno, cuando de repente lo sintió.
Sintió el aura de muerte que todo nigromante utiliza para advertir de que estaba por la zona, pero no obstante, no era el único en sentirlo. Su familia también lo hizo.
- Querido… ¿Quién podría ser…?- Preguntó su esposa con un rostro preocupado y mirando en dirección hacia donde sus hijos se encontraban, los cuales miraban con cierto temor.
El hermano de Vlad, Radu, lo miraba con el ceño fruncido, pues él había conocido muchos Cainitas y Giovanni por el camino, pero nunca sentido algo tan poderoso.
Suspirando y temiendo quien fuera, se presentaría inmediatamente, por el viaje de sombras, tal vez, sus propias salas impedirían eso, pero una voz que conocía demasiado bien, le quitó el aliento.
- ¿Así es como trata Lord Alucard a los aliados?- Preguntó la voz de Lord Peverell, con un matiz de irritación, pero no obstante, gracia en ella.
Ahora suspirando más pesadamente, pero con un peso quitado de encima, se levantó para recibir él mismo al joven Lord.
Avistándole, pero sin que él lo viera, aunque sí que podía sentirlo, seguramente, dado que tenía todavía el efecto de muerte a su máximo esplendor.
El pobre sirviente estaba tumbado en una esquina lloriqueando de miedo. Eso era curioso, pues los sirvientes estaban acostumbrados a ese tipo de aura.
- ¿Qué le has hecho?
- Nada, solo que tiene miedo a mi aura. No puedo culparlo, estoy casi ahí, para ser considerado un aprendiz en su totalidad. ¿Qué tal, Vlad?
- Bien, Harrison. No es que me queje de tu visita, pero… ¿Te importaría bajar el aura? Mis hijos no están acostumbrados a ese tipo de poder y mi hermano… mi hermano puede que se le queme la cabeza de pensar en quien eres.
- Cierto. Mis disculpas.- Dijo bajando el aura, hasta que lo tuvo bajo control y no se pudo sentir más.
- Impresionante… ¿Cuántos años tienes, joven?- Preguntó Radu con una ceja alzada.
- Nueve.
- ¿Nueve? ¿Quién es tu maestro? Debe ser poderoso… debes ser poderoso…
- Eso, mi querido amigo, es secreto, al menos de momento.- Dijo sonriendo. - ¿Puedo pasar, Lord Alucard?
- Por supuesto, eres mi invitado. ¿Has desayunado?
- Me temo que sí, pero no diría que no a un té con galletas. He madrugado mucho hoy.
- ¿Para verme?
- No, para ir a Gringotts. He comprado dos piedras rúnicas de sala.- Dijo pasando al salón y saludando a todos los presentes, disculpándose por el susto que les había dado con su aura.
Un té más tarde y Harrison les explicó que había venido con la intención de invitar a Vlad a su casa para que viera como hacía la construcción de su sala de muerte.
- Pero necesitas un sacrificio humano para construirla.- Dijo Radu con interés por dicha sala, la había estudiado, pero nunca la había visto la creación desde cero. - ¿No es cierto?
- Lo es, Radu, ¿Puedo llamarte así?
- Por supuesto, Lord Peverell.
- Si te puedo llamar por tu nombre, llámame por el mío.
- Eso haré… en cuanto a la sala…
- Ah sí, la sala. Sí, se necesita un sacrificio. Veinte en mi caso, pero ya tengo los voluntarios.
- ¿Muggles? ¿Has comenzado en las islas sin avisarme?
- Sí y no. Sí en que son muggles y no, dado que las islas no comenzaré hasta que tenga los aliados bien posicionados en el Wizengamot y yo en él.
- Es comprensible, pero si no son de las islas, ¿De dónde son?
- De la calle, por supuesto. En su mayoría son mendigos, prostitutas y drogadictos. Los que cazaron mis elfos no sé lo que serán, pero supongo que me puedo fiar de ellos. Entonces, ¿Vendrás?
- No sé mi hermano, pero si me permites, yo voy.- Se ofreció Radu inmediatamente, con una sonrisa de niño pequeño.
- Por supuesto, estás invitado, pero tengo que pedir que no ataques a los gobblins, también vienen los ancianos a presenciar el ritual.
- ¿Los ancianos? Eso es poco frecuente. ¿Con quién hablaste?
- Con Ragnok, Rey de los gobblins.- Jadeos se pudieron escuchar por la sala, por las caras de los adultos, los niños Alucard supusieron que era grave.
- Estaremos allí… ¿A qué hora, Harrison?
- Podéis venir cuando queráis, estaré ocupado con las runas negras, pero mi elfo personal os puede dar la gira por el Castillo si queréis, vuestros hijos también están invitados.
- De acuerdo, pues vayamos en cuanto antes, no quisiera perderme esta oportunidad… es increíble, una sala de muerte desde cero.- Dijo Vlad, a lo que su hermano asintió contento de poder presenciar.
Preparándose la familia, el primero en pasar por la chimenea fue Harrison, diciendo el nombre del Castillo Peverell, para que el resto escuchara.
Cuando Harrison estaba en el otro lado, el resto de la familia Alucard pasó, siendo el primero Vlad, seguido de su esposa y los hijos, el hermano fue el último y quedó impresionado por la riqueza de la sala.
- Si el resto del Castillo es como esto…
- Se pone mejor, Radu.- Dijo Harrison con una sonrisa ligera, lo cual el mencionado solo lo miró con interés.
- ¿No me vas a decir, verdad?
- No, prefiero que lo descubras por ti mismo. Ahora si me disculpáis, tengo que ir a…
- ¿A? ¿A dónde?- Preguntó Radu picado por la curiosidad.
Harrison solo dio una sonrisa enigmática, disfrutando de tener al hombre en vilo. El hermano de Vlad no era nada como Vlad mismo, era más del tipo hiperactivo y… como un niño en un día del cumpleaños o Yule, para abrir regalos.
Apiadándose de él un poco, le dijo que tenía que ir a la sala donde las piedras del barrio estaban ubicadas, lo cual estaban abajo del Castillo, pasando por una galería de defensas semi activas.
- ¿Puedo ir contigo? Me gustaría ver las runas negras.
- Claro, pero no estaremos solos, mis Maestros también estarán abajo.
- ¿Tus Maestros?- Intervino Vlad con la vista fija en Harrison, debatiéndose de ir con su esposa e hijos por la gira o directamente a hablar con los maestros del niño, para saber que le habían enseñado y para decirles, que estaba muy a punto de convertirse o ser conscientes otros, de que Harrison ya no era aprendiz ni novato en las artes nigrománticas. – Creo que yo también iré. Me gustaría conocer a tus maestros.
- Claro, no hay problema, Lady Alucard y tus hijos pueden tener la gira, recomiendo visitar encarecidamente los terrenos y las cuadras, si os gustan los animales, tenemos allí bastantes.
- Gracias Harrison, lo tendremos en cuenta.- Sonrío Corina con ternura, tanto a los tres hombres, bueno dos hombres y… lo que fuera. Estaba confusa al ver a un niño actuar como un hombre.
- Dobby, lleva a Corina y los chicos por la gira. Evita la mazmorra uno.
- ¿Qué hay en esa mazmorra?
- El sacrificio.- Contestó únicamente Harrison, dándose media vuelta y dirigiéndose hacia la sala de las piedras de barrio.
Tanto Vlad como Radu se miraron durante un momento, pensando en lo que había dicho, tenía mazmorras Harrison y en ellas, tenía a los muggles para sacrificarlos como si fueran nada… sería interesante por lo menos el día de hoy.
- Y pensar que estaba aburrida hoy, esto es emocionante.
- Creo, querida, que con Harrison todo es emocionante.
- Pues entonces me alegra que seas su aliado. Vamos chicos, cuando quieras joven elfo.- Con eso dicho, todos los Alucard se separaron y se dirigieron hacia sus destinos, los cuales serían muy interesantes para todas las partes.
Salto de escena.
Las runas oscuras son un tipo diferente de runas que se utilizan sobre todo en la nigromancia y la magia de sangre, con ellas un nigromante puede construir poderosas salas de muerte o de otro tipo.
Harrison sabía que el alfabeto era el mismo, pero las runas se escribían de manera diferente, no por ello decidió escribir solamente en los alfabetos celtas, sino que también lo hizo con el nórdico, egipcio, sumerio y griego. Estuvo muy tentado de escribir las runas oscuras de los mayas e incas, pero veía que podría ser excesivo, si en el futuro necesitaba otra sala de muerte que estuviera ligada a la primera, entonces lo haría, pero de momento con esos alfabetos citados, comenzó la inscripción de las runas.
Como en todo tipo de magia, las runas son un alfabeto mágico y con cada alfabeto, se suele escribir con ellas, así pues Harrison, con la ayuda y guía de sus Maestros Marduk y Markus, le fueron diciendo lo que tenía que escribir con cada uno de los alfabetos.
- Primero empieza con los más antiguos, el sumerio y el egipcio, sigue con el griego, para ir con el nórdico y los celtas o los celtas y el nórdico, como veas.
- De acuerdo. ¿Tengo que tallarlas a mano o con la vara me vale?
- Mejor tállalas a mano, no queremos que nada salga mal, además a mano y con el cincel, duraran para siempre.
- Vale.- Cogiendo el cincel mágico de tallar runas, comenzó a tallar las runas oscuras mientras cerraba los ojos de vez en cuando.
Los vampiros mestizos que observaban todo el intercambio, lo hacían con asombro e incredulidad, el niño Peverell tenía la habilidad de un maestro mismo… ¡Por todos los nigromantes, tallaba runas oscuras sin pensarlo dos veces! ¡Y sin mirar a ningún tipo de texto, confiando solo en la palabra de dos retratos, que también pasaban a ser sus maestros!
Mientras que Harrison estaba tallando tranquilamente, ambos Alucard observaron con delicioso deleite como iba conversando y presentándolos a sus maestros, como aliados de la Casa Peverell.
- Ya era hora Harrison, de que tuvieras aliados nigromantes.
- Sí, pero…
- ¿Pero?- Pidió el retrato de aquel que se llamaba Marduk, si Vlad podía recordar bien.
- No son Maestros, es más, diría que están al nivel de los aprendices.
- Perdona, Harrison, pero tenemos nuestra maestría en Nigromancia.- Aportó Radu un poco picado por la opinión de Harrison.
- ¿En serio? Pues lo siento, pero lo que tú llamas Maestría, llevo haciéndolo durante años.
- ¿A qué edad empezaste en la nigromancia?
- A los siete. Sigue con las runas, yo les pongo al día Harrison.- Dijo Markus Peverell haciendo un gesto a Marduk para que vigilara el proceso. – Ah, y no todos los tiempos son los mismos, Harrison, es posible que los nigromantes de hoy en día, se crean maestros con tan solo dominar una senda de la nigromancia o dominar un poco de ella.
- Claro Markus, lo siento Vlad, Radu.
- No te preocupes…- Contestó Vlad por los dos, escuchando a Markus y viendo como Harrison continuaba con la talla bien concentrado, a veces parando un poco para discutir en voz baja con Marduk sobre una runa u otra.
Markus les contó que Harrison se estaba preparando como aprendiz, de lo que ellos sabían que los aprendizajes en sus propios tiempos eran, antes cuando Markus y Marduk estudiaban, lo que hoy en día consideraban una maestría, en aquellos tiempos era algo que todo aprendiz debía conocer, así como todas las sendas y los rituales.
- ¿Entonces Harrison que es ahora?
- Más como un aprendiz avanzado. Pero como siga por este camino, pronto nos quedaremos sin nada que enseñarle, por supuesto tenemos todavía tiempo para enseñarle, sobre todo nuestra investigación y teorías, para que las termine, pero actualmente está aprendiendo de lo que nosotros vimos y conocimos de los libros prohibidos.
- ¿Demonología también?
- Un poco sí, pero no para invocar. La familia Peverell nunca se ha prestado a ese aspecto de la nigromancia.
- Entiendo… es muy interesante lo que estudia, bien podría ser un Gran Maestro de Mesopotamia Mágica o de Durmstrang.
- ¿Sigue en pie Mesopotamia?- Preguntó en un susurro apenas audible.
- Sí, ahí es donde nos sacamos las maestrías los vampiros, también en Durmstrang, un instituto de magia en los países del este.
- Entiendo… Harrison se sacará la maestría lo más seguro que dentro de unos cuantos años, tal vez a los trece o catorce.- Dijo con una sonrisa de orgullo, sería el más joven de los Peverell a sacarse una Maestría en nigromancia.
- ¿Una maestría? Yo creo que se sacara todas las Maestrías que hoy en día están disponibles en la nigromancia. Le estáis enseñando todo.
- Es nuestra magia familiar y puede poseer el conocimiento de diez mil años de magia, de nosotros.
- Ciertamente.- Finalizando la conversación, ambos vampiros mestizos se dieron cuenta cuando Corina y los chicos llegaron, para ver justo a tiempo como Harrison levitaba sobre el pináculo de la piedra de barrio, para continuar con el trabajo tan arduamente como lo estaba haciendo.
La familia Alucard quedó impresionada por el trabajo de Harrison en la enorme piedra rúnica, era tan grande como un semi-gigante, nunca habían visto una piedra así.
El tiempo pasaba y justamente dos horas antes de que el mediodía comenzara, Harrison terminó con la piedra rúnica de sala, lo que hizo a continuación sorprendió a la base, a todos los presentes, salvo a los retratos y el propio Harrison.
Cogiendo veintiuna piedras, considerablemente grandes, pero no tan grandes como la piedra sala, las colocó alrededor de la que había tallado con las runas oscuras, tallando otro tipo de runas en ellas, runas que tanto Radu como Vlad las creían perdidas.
- Eso…
- Esto, mis queridos amigos, es para activar la sala de muerte, cuando esté lista o al menos el ritual de sacrificio esté listo para hacerse. Ahora voy a necesitar que os marchéis, el último paso, antes de que los gobblins vengan, es infundir en la piedra rúnica, un poco de aura de muerte.
- Claro…- Dijeron todos, algunos de ellos renuentemente, marchándose de allí, dejando solos a Harrison y los retratos.
Posicionándose Harrison al lado de la enorme piedra rúnica, posó su mano e infundió un poco de aura de muerte en ella, haciéndola que brillara de color negro.
Las runas comenzaron a brillar del mismo tono durante unos segundos, hasta que la piedra rúnica comenzó a flotar por encima de la cabeza de Harrison, moviéndola con cuidado, la situó en el medio, de lo que se denominaban piedras rojas.
Las piedras rojas, como habían visto Vlad y su familia, servían para dar más poder a la sala y para activar el ritual de sacrificio.
Cuando los muggles fueran degollados sobre las piedras rojas, la sangre de éstos inundaría dichas piedras, haciendo que el ritual se completara y activando la sala de muerte. Posteriormente, las piedras se juntarían alrededor de la piedra rúnica en un estado de protección.
La última piedra roja, servía como receptáculo para la sangre de Harrison, dado que al ser una sala especial para una casa, todos los que dejara entrar Harrison en un índice especial que tendría que hacer desde cero también, podrían entrar.
El índice seguramente lo haría con las pieles de los muggles que sacrificaría, algo totalmente repugnante para algunos, pero de increíble poder.
Saliendo de la habitación de las salas, Harrison sonrió a los Alucard y alegremente les invitó a unirse a él, para un almuerzo temprano.
En el almuerzo, Harrison les explicó para lo que servirían las piedras rojas y lo que tendría que hacer después, para poder permitir la entrada al Castillo de la gente u otros invitados.
- Así que el índice que vas a hacer no será de piel humana.
- No… lo veo un poco tétrico. Además la piel humana no sirve muy bien para la escritura. Será de pergamino, con muchas hojas. Un grueso libro por así decirlo.- Explicó Harrison tras acabar el almuerzo y echar rápidamente un tempus sin vara.
Viendo que quedaba poco tiempo para que los gobblins llegaran, Harrison se excusó para prepararse para una ducha rápida.
- Por cierto, Harrison, Corina y los chicos se irán a casa, no creo que sea bueno para ellos ver… todo esto.
- ¡Pero padre! ¡Somos lo suficiente mayores para presenciar…!
- Lo sé, pero me preocupa la gran cantidad de sangre que habrá. No quiero que interrumpáis y además no se podrá hacer ningún tipo de magia, mientras el ritual y la activación está en marcha… os marcháis a casa, luego os mostraré el recuerdo si queréis, pero no estaréis presentes.
- Lord Peverell… ¿No dice nada?- Preguntó uno de los hijos de Lord Alucard.
- No, no digo nada.
- ¿Por qué?
- Porque es decisión de vuestro padre. Aparte de ser el jefe de vuestra familia.- Explicó Harrison, despidiéndose formalmente de los chicos y Corina en la chimenea, poco después se marchó a ducharse rápidamente, para salir vestido con túnicas negras a esperar a los gobblins, junto con los hermanos Alucard.
Salto de escena.
A la hora exacta, el contingente de gobblins llenó la sala de la chimenea de la red Flú del Castillo Peverell, dando la bienvenida a veinticinco gobblins, entre ellos contándose el gerente de cuentas de Harrison, los cuales diez de ellos portaban baúles.
Arqueando una ceja al contingente, Ragnok, Ragnar, el anciano que no tenía nombre y Griphook se adelantaron para hablar con Harrison, mirando un tanto sorprendidos por los invitados de éste para el ritual.
- Lord Peverell, le presentó a Viggo, anciano respetado de nuestro consejo.
- Bienvenido a mi humilde hogar, Anciano Viggo, que tu salud perdure decenios y tus hijos vean el nuevo amanecer.- Saludó en el idioma natal del anciano, viendo como no hacía ningún movimiento, pero no obstante le devolvía el saludo.
- Tienes una fuerte pronunciación, Joven Peverell, pero con el tiempo, estoy seguro que llegarás lejos. Que tu oro crezca y tus enemigos vean su muerte por tu mano, joven guerrero.- Tras el saludo del anciano, los guerreros gobblins vitorearon, siendo demostrado el respeto por los ancianos al joven hechicero.
- Gracias por estar hoy aquí, sed todos bienvenidos. ¿Imagino que sabréis que ahora, hay que hacer el ritual de limpieza?
- Sí, joven guerrero, al menos los que participan, pero por si acaso, todos los que estemos dentro de la habitación, haremos el ritual.
- Sería prudente.- Intervino Lord Alucard sudando un poco ante tantos gobblins.
- ¿Qué hay en las cajas?- Preguntó Harrison a los presentes gobblins.
- Tus riquezas, Lord Peverell. Del mundo muggle.- Contestó Ragnok por el gerente de cuentas Peverell.
- Estupendo. Dobby, Winky, Tripsy. Coged los baúles y llevadlos a las mazmorras que sirven como bóveda. Más tarde u otro día iré a verlos.
- ¿Te fías de nosotros?
- Por supuesto, sois mis aliados, después de todo.
- Tenías razón, Ragnok, este hechicero es diferente y raro, pero me cae bien. Dale la daga.
- ¿Daga?- Preguntó Harrison al mismo tiempo que el Rey de los gobblins sacaba una daga ornamentada ricamente de su cinturón y se la presentaba a Harrison.
La daga era hecha de material gobblin, eso se notaba nada más mirarla. Era del tipo ceremonial, con rubís y esmeraldas incrustadas.
El mango estaba ricamente tallado en marfil, un marfil que le resultaba vagamente familiar.
- Sí, Harrison. Un regalo de la nación al completo, con el permiso del consejo gobblin. Una daga que puedes tener eternamente, así honramos nuestro tratado.- Explicó el gobblin lentamente, cogiendo el puñal con las dos manos y entregándoselo a un Harrison confuso, pero no obstante muy agradecido.
- Lo conservaré eternamente, Majestad. Es todo un honor recibir un regalo tal.
- El honor es nuestro, de tener un aliado tal. Ahora bien, joven, donde está esa habitación para el ritual de limpieza.- Pidió el gobblin anciano, un poco emocionado por ver cómo iba a ser el de la creación de la dichosa sala de muerte.
Harrison, saliendo de su ensimismamiento, se puso la daga ceremonial, con extremo cuidado en su cintura y guio a todo el mundo hacia la habitación, explicando para los que no supieran como hacer dicho ritual, la forma de hacerlo.
Una hora y media más tarde, todos salían de la habitación ritual e iban a la habitación de las salas, una habitación que ya tenía a los muggles que iban a ser sacrificados.
- Está bien, necesito que los veinte que me van a ayudar, se pongan en las posiciones, delante de las piedras rojas, pero detrás de los muggles colgantes. Están colgando boca abajo, a través de cuerdas, debido al hecho de que no se puede hacer magia en la sala. El cántico es el que os he dado con anterioridad, ¿Lo habéis memorizado?- Tras recibir de todos asentimientos afirmativos, Harrison continuo con la explicación.- El cantico consta de dos partes, la primera y más importante, es en la que ofrecemos los sacrificios y cantamos los hechizos pertinentes de las salas. La segunda parte, es la más difícil, pues entraremos todos en un trance en el que al unísono haremos el sacrificio. Yo por mi parte, me cortaré la muñeca y dejaré caer la sangre en mi piedra roja, una vez que todo esté hecho, veremos como la sala entera brilla y se une al resto de protecciones. ¿Alguna duda?
- Sí, ¿Qué hacemos si estás muy débil para salir por tu propio pie?- Preguntó uno de los gobblins, dado que su raza no admitía debilidades.
- Eso no pasará. Mis elfos están instruidos en que cuando el ritual y la activación de la sala de muerte se finalicen, vengan con un repositorio de sangre y mi vara, para curarme la herida.
- Entendido.- Respondió el mismo gobblin feliz de no tener que cargar con la responsabilidad de llevar al hechicero a la enfermería gobblin.
No es que no le entusiasmara la idea, pero el hechicero ganaría más respeto en la nación si no mostraba signos de debilidad.
Comenzando a movilizarse todo el mundo, los espectadores en su zona, protegidos por una pequeña barricada, los que iban a participar en el ritual en sus puestos, viendo como los muggles desnudos y colgados boca abajo, los miraban a todos con terror escrito en su rostro.
Harrison se situó en el centro y fue el primero en comenzar con el cántico, seguido de los veinte gobblins entonándolo.
El cantico primario duraba una duración de dos horas, lo cual era visto por los espectadores un poco aburridos de escuchar una lengua muerta que no entendían, al menos algunos de ellos.
Al cabo de las dos horas, el primer cantico terminó y los veinte gobblins junto con Harrison sacaron sus dagas ceremoniales al unísono, como si fueran una única mente y persona.
Comenzando con el segundo cántico, los gobblins posicionaron las dagas ceremoniales sobre los cuellos de los muggles, Harrison por su parte en su muñeca, sin dudar ni titubear.
Rápidamente, el cántico llegó a su cénit y máxima potencia, en el cual los espectadores sintieron la subida de magia, una magia que daba escalofríos por la espina dorsal de todos ellos, salvo por la de los participantes que no notaban nada.
- Está a punto de comenzar…- Susurró Vlad a sus oyentes, los cuales no necesitaban que les fuera dicho, pues sentían en sus huesos, la magia oscura de la nigromancia, en su máximo esplendor.
Todos y cada uno de los participantes al mismo tiempo, cortaron ya sea las gargantas o la muñeca, dejando correr la sangre en las piedras rojas.
Los muggles rápidamente murieron desangrados, mientras que Harrison seguía cantando, la magia comenzó a dar forma y vida a la sala.
Con un esplendor y brillo negro, la piedra rúnica de sala, comenzó a flotar, dando vueltas sobre sí misma a altas velocidades. Las piedras rojas, poco tiempo después, comenzaron a brillar también del tono colorado, el tono de la sangre derramada.
Uniéndose a la piedra base, se formó un capullo protector de las veinte piedras primarias, la última, la de Harrison fue directamente al centro de la base, activando con éxito la sala de muerte, acabando el ritual sin ningún tipo de problema.
Segundos después, un pop se escuchó, perteneciente a un elfo con dos viales de pociones en la mano y una vara.
Harrison tomó primero la vara para cerrar la herida de la muñeca y tambaleándose se tragó sin dudar los viales. Minutos más tarde, Harrison estaba bastante mejor, como si nada hubiera sucedido.
Habiendo salido todos los gobblins de su estado de trance, se vieron obligados a apartarse de los cuerpos muertos que yacían colgados, goteando un poco de sangre todavía.
Los dos vampiros mestizos, tuvieron que tomar cada onza de su poder, para resistir la tentación de ir a chupar los cuerpos, no sabían lo que podría pasarles si iba a tomar la sangre vista.
- Está bien, salgamos afuera.- Susurró Harrison maravillado con la magia que impregnaba la habitación.
Una vez todos en el salón del té, Harrison pidió una cena para todos los presentes, los cuales no se quejaron, pues era tarde y la hora de la cena estaba a punto de pasarse, aparte tenían curiosidad por lo que había pasado y lo que pasaría a continuación.
Harrison explicó que la magia que podían sentir, era la sala de muerte, juntándose y fusionándose con las demás salas del Castillo, haciendo que sea ahora inexpugnable y dándole a Harrison la oportunidad de crear el índice de visitas y permisos.
- Tomará poco tiempo, en un día lo tendré listo y todos los presentes podrán visitar el Castillo.
- Eso está bien… es increíble lo que has hecho… ¿No estás cansado? Has perdido sangre, después de todo.
- Un poco, sí. Pero es normal, mañana por la mañana estaré a pleno potencial.
- ¿Usaras magia?- Pidió uno de los gobblins.
- Por supuesto. Tengo que hacer otros tipos de rituales.
- ¿Mas?
- Sí, más. Estos son de sangre, pero no la mía, sino de los muggles que tengo aquí, en la mazmorra uno.
- ¿Cuántas mazmorras tienes?
- Siete.- Explicó Harrison, pasando a otros temas triviales en los cuales hablaron de guerras pasadas y negocios futuros.
Después de la cena, todos los invitados se fueron marchando a través de la chimenea o aparición, pero antes Harrison tuvo que activarlas para que pudieran usar esos métodos de transporte, sino, tendrían que salir de los terrenos.
Había desactivado la chimenea y las salas de aparición para que no interfiriera con el ritual de activación, no serían bueno para el negocio.
Cuando Harrison se quedó solo, suspiró cansadamente y llamó a un elfo, para que le ayudara a llevarlo a su habitación. Si bien les había dicho a sus invitados que no estaba muy cansado, había mentido.
La activación de la sala de muerte, le había tomado un tiempo y poder asombroso, haciéndolo más cansado de lo normal, ahora tendría que descansar al menos dos días, sin hacer ningún tipo de magia.
Para el día de Yule, Harrison estaría otra vez en su plena forma y totalmente descansado, listo para recibir a las familias que venían a cenar.
Salto de Línea.
El día de Yule llegó y con él los últimos adornos de Yule. En el salón de los retratos, había un gran árbol, decorado con innumerables adornos, todos ellos alegando las festividades. Debajo de él, había un montículo de regalos ordenados por el nombre de las familias que iban a venir a su fiesta.
Harrison estaba actualmente en el despacho del Lord, firmando unos pocos papeles de Gringotts, necesarios para comenzar con sus negocios, los de las islas. Al parecer, no le hacía falta esperar mucho tiempo más, pues el banco había dotado de un pequeño contingente para apoderarse de las mismas islas, teniendo a los muggles como prisioneros. Algo totalmente astuto, pues así nadie podría mandar señal alguna hacia el exterior.
Con otro tipo de magia, quitarían de la memoria humana muggle el conocimiento de dichas islas.
Al final se aclaró con poseer cinco de las islas del norte, con el noventa por ciento de muggles para Vlad y su familia. El resto iría para Harrison y hacer con ellos lo que quisiera.
Firmando otros documentos y leyendo sobre cómo iban las negociaciones de Lord Black sobre el contrato de matrimonio con Nymphadora Tonks, se levantó abruptamente, sintiendo las salas que había puesto en la chimenea encenderse.
Una visita no programada estaba a punto de entrar, más no pidiendo permiso. Preocupado que fuera Dumbledore o alguno de sus esbirros, llamó a los elfos domésticos para ir directamente por aparición conjunta, ya que ellos solamente tenían la posibilidad de atravesar cualquier sala.
Algo en lo que estaba trabajando con ahínco por remediar, no sería bueno que otro mago que supiera de los elfos y su magia, entrasen y se saltaran todo tipo de salas cuando le viniesen en gana.
Apareciendo repentinamente enfrente de la chimenea, el retrato de uno de los directores de Hogwarts estaba esperando por él.
- Harrison, tenemos un problema, Dumbledore a enviado a su profesor de Pociones para aquí…
- Sí, parece que ya está en camino. No te preocupes, no entrará.- Dijo dirigiéndose hacia lo que sobresalía de la chimenea, una especie de alfeizar. Activando una de las runas, solamente esperó un momento a que la magia hiciera el resto.
Viéndose brevemente la persona al otro lado, Harrison sonrío a sabiendas de lo que venía. Como si fuera de hecho succionado, el hombre volvió a desaparecer tras las llamas volverse naranjas.
- ¿Qué ha pasado?- Preguntó el retrato curioso en cuanto al paradero del hombre.
- Nada, que ha sido devuelto por donde ha venido, pero temo a responder sin error de equivocación, que ha sido expulsado con estrépito. Tendrá un par de huesos rotos, nada serio.
- Eso es bueno… ¿De dónde has sacado la idea?- Sonriéndole al retrato y sin ofrecer más explicación, Harrison se volvió al despacho riendo a carcajadas, pobre iluso si creía que iba a decirle a un retrato de uno de los directores de Hogwarts en el pasado sobre sus secretos, sabía por experiencia que el Castillo ya estaría comprometido, al menos la ubicación. Menos mal que le dio por poner la sala de muerte más pronto que tarde.
La hora de la llegada de las familias de las Casas, había llegado finalmente y Harrison estaba supervisando la chimenea personalmente con tres elfos domésticos de ayuda por si acaso tenía que enfrentarse nuevamente a quien quisiera que estuviera intentando meterse en su chimenea.
Al parecer la única forma era para mantener la chimenea o bien cerrada o bien con la runa de retroceso activada todo el tiempo. Eso presentaba los inconvenientes de que sus invitados no pudieran entrar por ninguna manera a través del Flú, algo en lo que pensar para más tarde, seguramente podría hacer algo al respecto.
Viendo que la chimenea se volvía a poner verde, observó que esta vez sí que eran los que había permitido entrar.
Dando un paso hacia atrás, Harrison esperó al primero en salir, el cual fue Lord Alucard, seguidamente de su esposa e hijos. El hermano de Vlad, se había ido a pasar las festividades junto a su esposa e hijas a Rumanía.
Saludándolos efusivamente y con sonrisas, les indicó que siguieran a un elfo hacia el salón, donde más tarde se reuniría con ellos y todos los invitados que llegasen.
Aceptando el regalo que la familia le traía, Harrison le dio a un elfo para que lo llevara inmediatamente al despacho del Lord, más tarde lo abriría.
Como era normal, Harrison informó a la familia que tenía regalos en el árbol para que los recogieran, algo que la misma familia felizmente agradeció.
Minutos después de que se marcharan, los Lestrange llegaron justo a tiempo, deseándose un feliz Yule y entregando sus regalos. Hablando durante unos minutos, siguieron el mismo camino que los Alucard, pero ésta vez Adhara se quedó con Harrison, como su prometida para ser presentada al resto.
Así, una a una, las familias llegaron, siendo las siguientes en el orden que seguía: los Black con los Tonks, siendo presentados todos de buena gana y aceptando el hecho de que Harrison se prometería a cinco esposas, al parecer no era raro en el mundo mágico que esto sucediera, excesivo, sí, pero no raro.
Los siguientes fueron los Bones y los Longbottom pisándoles los talones, viendo ahora a dos niñas con Harrison, el mismo las presentó como sus futuras esposas.
Después de los Longbottom, entraron los Greengrass y los Davies, presentando a Astoria, la cual era muy pequeña todavía para darse cuenta de que estaba prometida a Harrison, pero cayéndole bien inmediatamente, llamándolo un príncipe de verdad.
El resto de familias fueron llegando conforme pasaba el tiempo, hasta que el Flú se detuvo de expulsar gente y Harrison se volvió a sus niñas, para escoltarlas al Salón de baile, que es donde estarían cenando y bailando.
Cuando llegaron, las niñas fueron escoltadas a sus respectivas familias, por respeto a éstas, dejando a Harrison solo con una sonrisa de medio lado.
Dirigiéndose hacia la cabecera de la mesa, se situó delante de todo el mundo, viéndolos felizmente.
- ¡Bienvenidos, amigos y amigas al Castillo Peverell! ¡Bienvenidos a la cena de Yule! Espero que hoy, podamos unir más nuestros lazos de familia y nuestras alianzas. ¡Que comience la fiesta!- Dio la bienvenida y aplaudiendo, los platos comenzaron a aparecer, al menos los de la merienda.
Después de eso, los elfos darían un tour por el Castillo y los terrenos a quien quisiese, dejando a los adultos y al Lord del Castillo hablando sobre temas aburridos de política e intercambiando los regalos de Yule.
Más tarde en ese día, la cena fue todo un gran éxito al servirse las comidas más tradicionales, pero no obstante sanas que los elfos podían cocinar.
Cuando la cena se acabó a eso de las once y tras los rituales de Yule, todos se miraron para ver donde sería el baile, pero con otra palmada, las mesas, platos, cuberterías y demás utensilios de la cena, desaparecieron y la sala quedó limpia, dejando paso libre a todos para bailar y divertirse.
Tres o cuatro elfos, pasearían con bebidas alcohólicas para los adultos, mientras que los niños tenían zumo de calabaza, de naranja, piña, uva, etc.
Harrison, como siempre el anfitrión perfecto, se decidió por un poco de vino élfico, hablando con todo el mundo y bailando con las señoras y sus prometidas, las cuales al final de la fiesta estaban entusiasmadas con volver a verse todas y sobre todo a él.
- No sé qué tendrás con las chicas, Harrison, pero creo que están entusiasmadas en volver a verte.
- La magia Peverell y el encanto.- Dio con una risa un poco cansada de todo el alboroto de la fiesta, si supiera que este tipo de fiestas drenaba mucha energía, no la habría hecho.
Sonriendo a los pocos Lores que quedaban con sus esposas, los cuales eran sus aliados en los que al menos pensaba que podía confiar, Harrison se acercó a Madame Bones con el problema de la Red Flú.
- Lo siento Harrison, pero temo que no puedo hacer nada al respecto. No hay ley alguna que prohíba la entrada de un profesor a la casa de alguien. Es de mala educación entrar a la fuerza y se sabe y es conocedor que el dueño de la casa puede actuar en defensa propia atacando al intruso, pero…
- No se preocupe más, Madame, me ha ayudado bastante en la última información.- Dijo Harrison un poco menos cansado. - ¿Te has divertido, Susan?
- ¡Sí! ¡Es increíble, tía Amy, tiene establos y en ellos muchos animales mágicos y preciosos!- Chilló felizmente la niña y heredera de la Casa Bones, la cual su tía, solo sonrió en el intento de Harrison de cambiar de tema, chico astuto, pues funcionó.
Cada niño y niña pedía permiso ahora para venir de visita a ver a Harrison, el cual solamente sonreía ante las miradas de odio de sus padres, pues estarían siendo ahora acosados por los hijos constantemente.
Despidiéndose y prometiendo volver a verse, Harrison pidió antes de que marcharan, que pidieran a un elfo doméstico de ir primero, para poder activar la entrada de la chimenea, pues hasta que no solucionara el problema de los intrusos, no estaría a gusto o totalmente, dejando la chimenea activa constantemente.
Salto de escena.
La primera impresión que se llevó Harrison tras conocer a Astoria y Nymphadora fue buena, salvo por el hecho de que la segunda, no paraba de pedirle que la llamara Tonks, por su apellido, en vez de su nombre.
Astoria era una niña que tenía el pelo rubio oscuro, con los ojos de su madre, un azul océano. Era bajita, pero eso era normal pues estaba todavía en época de crecimiento. La niña tenía ocho años de edad, un año más joven que el propio Harrison.
No entendía muy bien cómo fue la reacción de la chica, tal vez se debiera a los propios primeros años de Harrison y el tener que madurar rápidamente para sobrevivir a los muggles, pero el caso era que parecía adorable o así es como la describió posteriormente Morgana, la cual tuvo unas pocas palabras con cada una de las niñas comprometidas a Harrison.
Morgana también dedicó tiempo a conocer y hablar con los adultos aliados a la Casa Peverell, asintiendo con la cabeza en los asuntos que tenía que asentir, negando cuando tenía que negar. Toda una estratega fue Morgana, cuando todos se hubieron marchado, Harrison se permitió el lujo de probar un poco de Whisky de Fuego y conjurar un sillón cómodo en la sala de retratos para la información que tenían todos que darle.
Los retratos que más visitas recibieron fueron los antiguos Potter, Morgana y por extraño que pareciere, Marduk Peverell, de los hijos de Lord Alucard.
Las otras niñas, las que tenían la edad de Harrison, estaban fascinadas con los animales mágicos que tenía en los establos y algunos de los que fueron llegando a los bosques que había en los terrenos del Castillo.
Al parecer, Harrison ahora era anfitrión de una manada de unicornios, algo que no tenía conocimiento, pero que respetó que se quedaran allí, tampoco le molestaban los pobres animales. Solamente esperaba que los unicornios no fueran del tipo que se molestaran por la nigromancia o las artes oscuras, no le hacía falta tener caballos molestos con él todo el tiempo.
Nymphadora Tonks o mejor dicho Tonks a secas, era unos pocos años mayor que Harrison, ella tenía doce e iba a segundo curso en Hogwarts.
Perteneciente a la casa de Hufflepuff, Nymphadora era una chica lista e inteligente, temía que cuando llegara a conocer a Harrison éste le prohibiera cumplir sus metas y sueños, el de ser una auror.
Nada más lejos de la verdad, Harrison la dijo que podía ser lo que quisiera cuando saliera de Hogwarts, dado que él no pondría reparaos a sus esposas en la carrera que eligieran, pero que también debía aprender o al menos conocer la magia familiar Peverell. Otra de las cosas positivas de Nymphadora, era que aceptaba el hecho de que ella iba a tener hermanas-esposas, al menos unas cuantas más.
De momento eran tres, Astoria Greengrass, que tan solo tenía ocho años de edad. Adhara Lestrange, una niña de ojos violetas y pelo oscuro como su madre, la cual una vez que creciera sería hermosa en su derecho y por supuesto, ella misma, Nymphadora.
A Harrison le hacía gracia llamarla así, pues como le molestaba un poco y siempre sacaba su varita amenazadoramente, pero no lanzaba nada, no entendía el porqué, dado que el castillo estaba sobre una línea ley y el ministerio de magia no iba a enterarse si hacía magia en él.
Adhara Lestrange, la última de las prometidas de Harrison, al menos de momento, era una niña que tenía su orgullo, pero también sabía reconocer cuando se equivocaba.
Para ella la carrera que mejor sería, era la de rompedora de maldiciones, ya no sea por trabajar para los gobblins, sino por el simple hecho de que le interesaban los tipos de magias arcanas y las aventuras que corrían dichos profesionales.
Harrison aceptando los sueños de sus prometidas y las conversaciones animadas, las invitó más de una vez a que vinieran a visitarlo siempre que quisieran, aunque sus contratos fueran del tipo de conocerse primero, con chaperones, lo que serían sus padres, Harrison las invitó no obstante.
Los hijos de Lord Alucard se acercaron unas cuantas veces a Marduk a preguntarle cosas sobre la nigromancia y las sendas.
Según Marduk estaban muy interesados en las del Osario y las del Sepulcro.
- Son muchachos interesantes, no me importaría darles clases privadas de nigromancia, también afectaría a tu alianza con Lord Alucard si vinieran.
- Tal vez escriba una carta a Vlad, informándole. Gracias por el consejo Marduk.- Agradeció Harrison con un bostezo, el cual no pudo evitar soltar, para la gracia de los retratos.
- A la cama.- Dijo Lily Peverell contenta de que pudiera amonestar un poco a su niño, aunque fuera desde un retrato y no en persona. – Mañana tienes que entrenar y hacer firmas de papeles en el despacho de los tuyos. Ahora a dormir.
- Lily tiene razón, Harrison. Has estado fabuloso hoy en día, has sido un gran anfitrión y un caballero con tus invitados y prometidas, pero ahora es la hora de dormir.- Dijo orgullosa de su descendiente, Lady Morgana, la cual no paraba de sonreírle.
- Esta bien, está bien, hasta mañana, que descanséis todos… ha sido un largo día…- Se despidió Harrison de los retratos dando las buenas noches a todos y dirigiéndose hacia sus cuartos, donde nada más cambiarse al pijama y caer en la almohada, caería rendido, sin darse cuenta de que los retratos, o algunos de ellos, lloraban de felicidad, al ver como el pequeño Harrison Peverell, crecía hasta convertirse en un hombre joven y fuerte.
Salto de Línea.
Albus Dumbledore no estaba siendo un hombre feliz con la situación en la que estaba viviendo actualmente.
Le habían ido llegando noticias impactantes acerca del joven Lord que quería controlar, tanto políticamente como mágicamente, pues sabía que Voldemort no estaba muerto y que la profecía que implicaba al joven Peverell todavía era válida, pues solo cambió el nombre de la profecía a Harrison M Peverell.
El niño estaba resultando un gran problema para sus planes, primero desaparece de Privet Drive, para que el barrio muggle en donde lo dejó, se quemara a las cenizas, matando no solo a los muggles de ese barrio, sino que a los de los barrios circundantes también, acabando con todo Surrey.
Segundo, el niño da una rueda de prensa en la que revela ciertos asuntos que hubiera preferido mantener en secreto, pero desgraciadamente no podía hacer nada, salvo huir y no meter la pata. Ese día su oficina resultó en un desastre, pues de lo enfadado que estaba la destruyó, tuvo que pedir a los elfos domésticos que la restauraran a su estado original poco después.
Tercero, pero no menos importante, Kingsley Shacklebolt resultó por su propia estupidez asesinado por el joven Lord.
Era una pena lo de Kingsley, pero no obstante el niño se defendió y sin querer saberlo o queriendo, ya no se podía estar seguro con la incógnita que era el niño, salvó Gran Bretaña de una revuelta gobblin.
Cuarto, el niño comenzó haciendo alianzas con la gente que no le interesaba a Albus, gente como Lord Alucard, del que se decía que era un vampiro, aunque lo había visto a la luz del día, cosa que no podía explicarse muy bien.
Después de esa alianza vinieron las otras: Black, Lestrange, Greengrass, Longbottom, Bones, etc…
Todo era demasiado complicado para funcionar ahora y para colmo de males, Arthur Weasley fue despedido del ministerio de magia tras insultar a la Casa Peverell al no renovar el maldito tratado que tenían con los antiguos Potter, al igual que Lord Parkinson, aunque de éste se sabía que un duelo de honor tendría lugar el día dos de enero, en Hogsmeade.
No podía detener el duelo aunque quisiera, pues un duelo de honor entre los Lores de dos casas como las que se iban a batir, era de tontos y estúpidos detenerlo.
No sabía qué hacer con el problema más reciente, los Weasley. Al parecer la familia no podía permitirse el lujo de enviar a sus hijos más a Hogwarts e incluso con la ayuda que la escuela daba a las familias desfavorecidas, no podían hacer nada o mucho.
Solamente podía esperar a que el año siguiente, alguno de los profesores se marchara o jubilara, para poder contratar a Arthur en alguna materia.
Ese era otro problema, las materias. Al parecer al ser dueño del cincuenta por ciento de la escuela, tenía Lord Peverell, todo el derecho a intervenir, tal como hizo cuando juntó las casas Gryffindor y Slytherin.
Al juntarlas y crear otra casa, llamada Mortem, Lord Peverell hizo su juego al involucrarse activamente en Hogwarts, también es cierto lo de la donación y que la escuela recibió nuevas escobas mágicas.
Por suerte para Albus había conseguido que no se filtrase a la prensa, pero desgraciadamente, no pudo hacer lo mismo a los padres de los niños que estudiaban en el colegio, ya que terminaron por enterarse y su popularidad volvió a bajar, al haber evitado un mal menor.
Enfadarse por esa filtración a los padres no era el motivo por el que no sabía qué hacer y más temía, no.
El motivo que más temía fue cuando se negó rotundamente a que el castillo de Hogwarts sufriera reparaciones de arquitectos y constructores mágicos, no quería que sus estudiantes se enterasen de que había otras opciones de carrera que no fueran el ministerio de magia, pero he ahí el problema, cuando la junta escolar o la mayoría de ellos estuvieron de acuerdo en que el castillo no hacía falta que se renovara o construyera mejores refuerzos, fueron todos despedidos, incluso los que habían estado a favor.
La junta escolar había sido desde hace siglos hasta ahora, el pináculo de la política en Gran Bretaña, quien estaba en la junta, era popular.
Ahora Lord Peverell se había salido con la suya al haber tomado control total sobre la escuela, ahora sus maestros, o más bien los maestros que Lord Peverell tenía que aprobar, estaban todos con un miedo en sus cuerpos, por ser despedidos si estornudaban.
Él mismo tenía el mismo temor en su cuerpo, el niño ahora era poderoso políticamente y si no aceptaba los términos que pusiera sobre la mesa, sus días como director acabarían. Los de Minerva también, seguramente cuando se presentara en Hogwarts a los once años, tanto ella como Hagrid, estarían fuera antes de decir "Quidditch" como la instructora de vuelo le gustaba amenazar a sus estudiantes si volaban sin su expreso permiso.
Llamando a Severus a su despacho, esperó a que le trajera nuevas noticias, el día de hoy. Había mandado con anterioridad a Severus que contactara con el joven Lord por vía Flú, pero no había recibido noticia alguna de si había tenido o no éxito.
Con el ceño fruncido tras no recibir noticia de su Maestro de Pociones, fue a sus habitaciones para encontrárselas vacías.
En el camino pensó que tal vez estuviera en la enfermería con Poppy, hablando de las Pociones que faltaban para abastecer dicha sala médica.
Yendo hacia allí, se encontró con la mencionada en sus pensamientos.
- Poppy, que alegría verte…
- No puedo decir lo mismo, director. Severus se encuentra en San Mungo en la actualidad, dudo que pueda volver a tiempo para el comienzo del año escolar.
- ¿Qué? ¿Qué le ha sucedido?- Preguntó incrédulo y sin palabras por millonésima vez desde que Lord Peverell entró en la sociedad mágica.
- Intentó colarse en una chimenea al parecer. La de un Lord, creo. No resultó muy bien, el Lord que defendió su chimenea debía tener runas en ella para que expulsara con un tirón al intruso. Al parecer Severus no aprendió la lección y lo intentó otras dos veces más, resultando la última en varios huesos rotos y un mostrador.
- ¿Un mostrador?
- Sí, el de las tres escobas. Rosmerta no está para nada contenta con lo sucedido.
- Puedo entenderlo… ¿Se le permiten visitas?
-Si quieres, puedes ir, pero dudo que te conteste, está en coma inducido, mientras sus heridas se curen. ¿Por casualidad no sabrás que Lord era?
- Creo que me hago una idea…
- ¿Peverell? ¿Lord Peverell? Te recomiendo Albus, que dejes de intentar "contactar" y buscar a ese Lord, ha dejado en claro que te odia. Buenas tardes, Albus.- Se despidió la matrona del ala médica, dando media vuelta y dejando a Albus sin palabras.
Yendo nuevamente a su despacho, decidió tomarse un té para calmar los nervios. Él mismo sabía sobre las mismas runas de la chimenea para defender la red Flú, pero tenían un inconveniente, el de no permitir el paso a nadie.
No, seguramente Lord Peverell buscaría otra forma de encontrar protección contra los intentos de Albus, pero el problema residía ahora en quien confiar para que hablara con el chico.
Suspirando pesadamente y comiéndose un caramelo de limón, se intentó tranquilizar, nadie en su sano juicio iría sin avisar a una casa de un Lord, ¿Por qué Severus haría algo así?
Suspirando pesadamente ante la resignación de que cuando el joven Lord llegara a Hogwarts y rezando para que Severus sobreviviese al primer encuentro, entendió porque lo hizo, por odio a James P… P… ¡Maldita sea! No podía decir el nombre de P…
Pensando en los otros nombres, se dio cuenta que los nombres que únicamente podía decir eran Gryffindor y Slytherin.
- Astuto… has bloqueado esos nombres.- Suspiró nuevamente al darse cuenta que el niño iba por varios pasos por delante de él, al menos en lo que respectaba a las pequeñas cosas.
Ahora no podía preocuparse más por ello, lo que había hecho estaba bien, pues evitaba que se hicieran cualquier tipo de cosas oscuras con esos nombres.
Pensando en los otros problemas que tenía en mente y en el ministerio de magia, Albus se sirvió un vaso de Whisky muggle, tomando un gran sorbo.
Al parecer el primer ministro muggle había contactado con el ministro Fudge en la desesperación por haber perdido cuarenta muggles de familias prominentes o incluso algo que él llamó "estrellas de tele… televisión."
Habiendo enviado un pelotón de aurores y magos hit, no pudieron encontrar nada mágico, llamaron poco después a los del departamento de misterios, los Inefables.
Los inefables eran los encargados de estudiar misterios que normalmente no se podían resolver, algo así como la elite del ministerio de magia.
Lamentablemente ellos tampoco, pero llegaron a la conclusión obvia de que quien fuera que lo hiciera, había borrado su firma mágica. También había creado trasladores especiales in-rastreables.
Todo un genio, pero seguramente cometería pronto un error, si era una persona solo. Aunque pensando las cosas fríamente y desde el punto de vista del mundo mágico, por unos cuantos muggles desaparecidos, no iban a perder el sueño, mientras que los hijos de muggles no estuvieran involucrados no pasaba nada.
Otro asunto fuera de Lord Peverell que le preocupaba, eran los rumores de que las sectas nigrománticas de vampiros estaban tratando de fomentar la paz. Si se juntaban, ¿Quién sabría lo que pasaría?
Otro suspiro más, se preguntó si debía tomar el apodo del hombre de los suspiros. Moviendo ligeramente la cabeza en señal de frustración, decidió irse a dormir y planear al día siguiente qué hacer con Lord Peverell, seguramente podría intentar algo político después del duelo.
Tal vez hacerse cargo de la casa Parkinson, ellos tenían dos o tres votos en el Wizengamot, que podrían venir muy bien a su causa.
- Tal vez, todo esto es mala idea y sería mejor dejar que las cosas sucedan a su debido tiempo.- Se dijo a sí mismo, riéndose entre dientes ante la estupidez que había dicho, no, no era mala idea, sino todo lo contrario, Lord Peverell caería en su yugo tarde o temprano, pero caería. Tenía planes de contingencia y si todo eso no ocurría, entonces se desharía de él de alguna manera.
