CAPITULO 6
EL DUELO Y LIBERACIÓN DE UN PADRINO
PARTE 1
Los días de fiesta habían acabado con buenas noticias para la familia Longbottom. A Harrison le habían informado desde la nación gobblin, que el estado de Alice estaba mejorando con cada día que pasaba, que el único problema que tenía, era que su mente había estado en estado de shock y se había retraído a sí misma tras la tortura.
Eso solía pasar a menudo a la gente que era torturada para evitar el dolor corporal, desgraciadamente, la mente se solía perder si no se trataba a tiempo.
Por suerte para Alice, ella era una bruja fuerte y tenía algo por lo que luchar, su hijo Neville.
Cuando Harrison se presentó en la mansión Longbottom para dar las buenas noticias y nuevas sobre el estado de su madrina, Augusta estaba en el salón del té recibiendo a Amelia.
- Bienvenido Harrison, ¿Te unes a nosotras?
- Por supuesto, Augusta, será un honor. ¿Qué tal los días posteriores?
- Bastante bien. He de decir que tienes un hermoso Castillo y Neville no ha parado de alabar las plantas de los invernaderos.- Comentó mientras bebía el té y un elfo traía otro para Harrison.
Sonriendo ligeramente, Harrison estuvo de acuerdo en las plantas que tenía, pues había conseguido hacerse con una buena colección, tanto de plantas muggles como mundanas.
- He de decir que estoy contento con el invernadero. Me ayuda bastante a aprender sobre la Herbología.
- Pero… si aprendes mucho ahora, ¿Qué dejarás para Hogwarts?
- La política. He de reconocer también que no estoy tan interesado en ir a Hogwarts, voy únicamente para ver en qué estado está el castillo, pues al parecer Dumbledore sigue negando las mejoras que tenía planeadas para el mismo. Lástima que la junta de gobernadores no vieran el mismo aspecto que yo.
- Sí, una lástima. Por lo que he oído, los has echado a todos.
- Ciertamente, pero no será para siempre, dejaré que la escuela esté a falta de gobernadores durante un año, que Dumbledore y los suyos se encarguen, ya veréis como vienen pidiendo una nueva junta y aceptando de inmediato mis demandas.- Explicó Harrison tomando un sorbo de su té. – Por cierto Augusta, ¿Sabes si Frank está? Necesito hablar con él y contigo.
- ¿Qué ha pasado? ¿Es sobre la chimenea?
- No… eso está solucionado. Ahora tengo dos chimeneas que están conjuntas. Si un intruso llega al Castillo Peverell es echado en las mazmorras, en la tercera, la cual está equipada para que el intruso no pueda lanzar ningún tipo de magia.
- ¿Así que lo harías tu prisionero?- Inquirió Amelia con la ceja levantada. - ¿Has tenido alguno desde el 25?
- Ayer 29, una bruja intentó colarse en mi casa, fue disparada hacia la mazmorra tres. Ahora es residente allí. Todavía no la he visitado, espero que cuando pase el duelo, esté receptiva… para hablar.
- ¿Así que no sabes quién es?
- No, ni me interesa. Quien la haya enviado, espero que aprenda la lección y deje de enviar gente, sino, me temo que la mazmorra tres se llenará. Es una lástima que no haya alguna ley para obligar a la población a no invadir la propiedad ajena.
- Se intentó hace mucho tiempo, pero no resultó ser como se esperaba.- Viendo que tenía la curiosidad de Harrison, Amelia continuó. – Hace tiempo, cuando la Red Flú estaba en su máximo apogeo, los Lores expresaron las mismas preocupaciones que tú y aprobaron una ley en la que cualquier mago o bruja que se colara en una chimenea sin el permiso del propietario, sería denunciado.
Los problemas comenzaron a surgir cuando las malas pronunciaciones ocurrían y más cuando las familias estaban enfrentadas por alguna pequeña disputa. Fue la única ley que duró menos tiempo en Bretaña mágica.
- Interesante. De todas formas, Augusta, ¿Está Frank? Es realmente importante. Tengo noticias de Gringotts que estoy seguro de que os interesará.
- Sí, ahora le aviso, está en el despacho.- Dijo la mujer severa, con el ceño fruncido. Si no fuera Harrison, se lo tomaría como una broma, pero al parecer el joven Lord odiaba ese tipo de bromas.
- Por cierto, Susan pregunta a menudo por ti, ¿Alguna razón en particular?
- Oh, puede que sí.- Dijo Harrison alegremente, tomando otro sorbo.
- ¿Cuidado de explicar?- Preguntó Amelia, tratando en vano de forzar un sonrojo en el muchacho. - ¿Tal vez una cuarta esposa?
- Tal vez.- Fue la única explicación que dio, mientras que Lord Longbottom y Augusta volvían. Por suerte Neville no estaba presente. Seguramente estaría en la casa de alguno de los amigos o amigas.
- ¿Qué era eso tan importante, Lord Peverell?
- Alice está recuperándose bastante bien del tratamiento. Ya reconoce a las personas y ha preguntado por todos nosotros.- Informó Harrison bruscamente y directo al grano. – Puedes ir a verla cuando quieras, pregunta por Griphook en Gringotts y él te llevará a la enfermería, es mi gerente de cuentas, así que te pido que lo trates bien…- Se cortó al ver al hombre salir corriendo hacia la chimenea y echar los polvos Flú al fuego.
Negando con la cabeza, pero comprendiendo la situación de Frank, Harrison no dijo palabra en contra de los actos apresurados del hombre.
Augusta al menos tuvo la decencia de quedarse un tiempo, para despedir a los invitados de la mansión Longbottom.
Amelia y Harrison, poco después los siguieron a Gringotts, Amelia quería ver con sus propios ojos como Alice estaba recuperada, pues no creía lo que veía.
Harrison por su parte tenía ciertos negocios que atender, tal como las preguntas que hacer a su gerente de cuentas y avisar de que el duelo a muerte era en pocos días, al menos para que estuvieran preparados en Gringotts y presentes en Hogsmeade, pues el movimiento que iba a hacer, era rápido y conciso.
La ayuda de los gobblins se vería recompensada con creces.
En los dos siguientes días, Harrison estaba descansando tranquilamente y visitando a sus aliados, los cuales los Lores habían pedido ir a ver el duelo, la sorpresa fue cuando Bellatrix también quería verlo.
- Me entusiasman demasiado los duelos y la batalla. Me gustaría ver con mis propios ojos como te va.
- Claro, eres bienvenida. Estoy deseando escuchar tu opinión, según tu abuelo, eres casi una maestra en duelo.
- En la última guerra había pocos que se quisieran enfrentar a mí.
- No es de extrañar, mi esposa aquí presente, al menos hasta que se quedó embarazada, entrenaba todos los días. Ahora es un poco más difícil para ella.
- Si quieres, podemos hacer un duelo de práctica.
- No, es mejor que estés descansado mágicamente, es posible que seas poderoso y todo, pero Parkinson es… traicionero.
- Si, lo sé. Como sé que también utilizará medios… poco frecuentes para intentar ganar el duelo lo más rápido posible. Lo bueno que tiene, es que me va a subestimar.
- Si fuera yo no lo haría.- Dijo muy convencida Bellatrix, la cual miró a Harrison calculadoramente.
- Gracias Bella.- Sonrió Harrison de medio lado, tomando de su té y continuando con la conversación.
- ¿Cuál va a ser tu estrategia?
- Cuando el duelo de por comenzado, le voy a poner a la defensiva inmediatamente, sin dejarle tiempo para que haga movimientos de varita. Una de las buenas cosas de ser hechicero es que no necesito movimientos de varita.
- Eso es cierto. Supongo, nunca me he batido en duelo con un hechicero.
- Supongo que cada uno sería diferente, bien se podría utilizar únicamente la magia de la antigua religión y ganar rápidamente.
- ¿Magia de la antigua religión? ¿De qué trata esa magia?
- Es magia elemental y también emocional. Es la más pura de las magias. Sirve como protección, como ataque… lo que quieras usarla. También está la magia oscura de la antigua religión, pero esa es con ciertos artefactos, algo así como el vudú.
- Entiendo… no es muy… eficaz en un duelo.
- Mañana te enseñaré cuan eficaz es.- Dijo Harrison con una sonrisa.
- Así que tu estrategia es no darle cuartel y luego, ¿Qué?- Intervino Rabastan, sentándose junto a su hermano y Bellatrix.
- Luego lo mato. Así de simple.
- Hablas de matar como si fuera una cosa fácil. Y no lo es.- Dijo seriamente Rodolphus, con asentimientos de su hermano y esposa.
- Lo sé, cada vez que mato tengo que lidiar con los sentimientos de culpa, pero cada vez, es más simple.
- ¿Cuántas veces has matado?
- Unas cuantas. Para cambiar de tema a temas más… bonitos, ¿Cómo está mi querida Adhara?
- Nerviosa, cree que vas a morir en el duelo.
- Que poca fe en mí…- Rio a carcajada cuando se le quedaron mirando por el comentario.
- Normal, eres un niño. Un Lord, sí, pero no obstante un niño.- Explicó concisamente y obviamente Rodolphus a Harrison.
También explicaron las preocupaciones de Adhara, lo cual Harrison prometió hablar con ella, antes del duelo, pero no obstante pidió que no la llevaran.
- ¿Por qué no quieres que la llevemos?
- Quiero evitarle las pesadillas que le dará si ve, como mato a un hombre a sangre fría. Puede que a mí no me importe matar, pero… ella es muy joven e inocente todavía. Quiero que disfrute de su infancia. Yo no pude.- Explicó, antes de levantarse y con una sonrisa triste dirigirse hacia el cuarto de Adhara para hablar con ella.
Dos horas después, Harrison salía de la habitación de la chica, dejando a Adhara un poco llorosa, pero no obstante más alegre.
El día anterior al duelo, Harrison se quedó en su Castillo preparándose mentalmente y sabiendo que hechizos y maldiciones iba a utilizar.
Evitaría a toda costa utilizar la nigromancia en el duelo, pero las artes oscuras eran otro tema que sí que podía usar.
También podría utilizar encantamientos de construcción, sería toda una experiencia utilizar y ganar el duelo con un encantamiento de corte de rocas o de minerales duros, como el diamante, dudaba que algún tipo de escudo pudiera detener ese tipo de hechizos.
Riendo ligeramente, continuó con la revisión de sus estados de cuenta, dándose ligeramente golpecitos en la pierna, en un estado de aburrimiento.
Tras haber vendido todas las participaciones en el mundo muggle y de haber buscado y encontrado lo que quería a cambio del dinero muggle, ahora era el mágico más rico del mundo, por supuesto eso no lo sabía la gente, así podrían bien seguir creyendo que su fortuna estaba comenzando a crecer.
En las participaciones que tenía en el mundo mágico, las cosas iban lentas, pero bien. Griphook comenzó a invertir en empresas de escobas voladoras y otras empresas mágicas en Europa y el resto del mundo, aumentando con efectos inmediatos sus bienes monetarios.
Una carta del mismo gerente de cuentas, le recomendó que no poseyera todo monedas, sino que siguiera comprando los lingotes de oro, plata y bronce. También los de otros metales que se vendían bastante bien en el mundo mágico, como el acero, hierro, etc. en cambio las piedras preciosas, las podría utilizar para abrir una joyería mágica, cosa que había pocas, dado la paciencia requerida.
Los joyeros del mundo mágico, eran principalmente hijos de muggles que querían abrir una joyería, pero que desgraciadamente, familias poderosas no se lo permitían.
Pensando en cuan beneficioso sería para abrir una tienda de joyas, decidió consultar primero con los retratos a ver que opinaban.
Según sus expectativas hasta el momento del mundo mágico, las joyerías no eran muy necesarias debido al tema de que se solían heredar y si había una familia que quería nuevas joyas, se las encargaban a los gobblins, dado que se les daba de maravilla la creación de ese tipo de bienes materiales.
Dejando de lado esa carta, miró las otras y las que eran correspondientes a los muggles que habían atrapado sus elfos domésticos. Al parecer eran actores y actrices bien famosos del mundo muggle y ahora el primer ministro estaba un poco nervioso.
- Bueno, que se le va a hacer, tampoco es que piense liberarlos.- Se dijo a sí mismo, mirando la hora que era.
Viendo que era la hora de cenar, Harrison dejó lo que estaba haciendo para ir al salón a tomar su cena, acostarse y levantarse temprano, había quedado con los Black, Lestrange y Alucard para encontrarse en Hogsmeade.
Él no sabía dónde estaba el pueblo, suponía que al lado de Hogwarts según las indicaciones de los retratos, pero no estaría de más que la gente que fuera a ver el duelo, viera un frente unido de aliados.
Salto de escena.
La mañana en Hogsmeade, del día 2 de enero, era fría y tormentosa, parecía que fuera a nevar o llover en cualquier momento.
Los aldeanos se habían reunido alrededor de lo que iba a ser la tarima de duelo, un duelo que no habían visto en sus calles en más de un siglo. Los más ancianos explicaban a sus jóvenes en que trataba un duelo de honor de ese tipo.
Principalmente requería los dos combatientes y todo tipo de magia estaba permitida, inclusive las artes oscuras.
Los duelistas se batirían a muerte, quedando en pie el ganador. En las tradiciones antiguas, se contaba que el ganador podía reclamar la Casa del otro, tras la muerte del mismo, así hacerse más rico.
En las tradiciones modernas, se solía dejar la Casa del perdedor a su familia, si la tenía, al ministerio de magia si no la poseía.
Viendo la tarima y al que iba a ser el árbitro del duelo, uno de los profesores de Hogwarts tras la insistencia de Dumbledore, su director, el árbitro estaba en su plena excitación para que comenzara de una vez.
Era de baja estatura y con características semi-humanas y semi-gobblins. El nombre del pequeño profesor-árbitro, era Filius Flitwick.
Un medio gobblin, medio humano del Clan Flitwick, que también fue pedido por la nación ver como terminaba el duelo y ser testigo de lo que Lord Peverell pretendía hacer.
Los aliados de Lord Peverell se encontraban todos sentados a las afueras de la tarima, viendo con expectación como el mismo Lord Peverell y Lord Parkinson subían arriba.
Harrison llevaba su tradicional armadura de piel de basilisco, junto con la capa de invisibilidad, que le servía como túnica.
Lord Parkinson, por el contrario, llevaba únicamente una túnica negra, estilo Mortífago, pero sin la máscara.
- Lores, esto es un duelo de honor. No hay segundos, el duelo termina con la muerte de uno de ustedes. Cualquier tipo de magia está permitida, y eso cuenta las artes oscuras y las maldiciones imperdonables. ¿Está entendido?
- Sí.- Fue la respuesta escueta de Harrison no dejando de mirar a su contrincante, al cual no paraba de sonreírle.
Lord Parkinson solamente asintió con la cabeza al medio gobblin.
- Pues entonces, que comience el duelo.- Dijo el pequeño árbitro, saltando de la plataforma de duelo y dejando a ambos "magos" allí.
Harrison se puso en posición de combate, como Godric y Salazar le habían enseñado, con la vara apuntando directamente al corazón de Parkinson.
Antes de que el mismo Parkinson levantara su varita, diez maldiciones y hechizos ya salían de la vara de Harrison, haciendo que el otro Lord tuviera que esquivarlas tirándose al suelo y rodando por él.
Parkinson no entendía lo que estaba pasando, supuestamente el joven Lord Peverell no debía saber magia, su propia hija no sabía ni siquiera lanzar un encantamiento levitatorio.
Moviendo en rápidos movimientos la varita, creó rápidamente una barricada en la cual comenzó a fortificarla y reforzarla para que el niño le costara penetrarla.
Los espectadores se quedaron asombrados ante la rapidez de lanzamiento que tenía el niño, parecía casi un profesional ante lo que se le presentaba.
La mayoría solo pensaba que echaría a lo sumo hechizos y encantamientos de corte, pero por lo que podían ver, echaba todo tipo de magia.
Encantamientos, Conjuración, Maldiciones, Hechizos, todo lo que se le podía pasar por la cabeza al niño lo lanzaba a su contrario, que lo único que podía hacer era rodar por el suelo, pues no le daba tiempo ni siquiera a lanzar una mísera maldición para defenderse.
No entendieron como pudo crear una barricada fortificada de la nada, pues no podía ni siquiera levantar un simple escudo, pero ahora Lord Peverell lo tenía complicado, hasta que vieron un movimiento raro y un haz de luz gris, romper con éxito la barricada y cortar el brazo izquierdo de Lord Parkinson.
- ¿Qué tipo de magia es esa?- Vino la pregunta de uno de los del pueblo.
Uno de los más ancianos solamente rio un poco y entre dientes, explicando que era un encantamiento para cortar diamantes. Simple como eso, le permitió a Lord Peverell burlarse de Parkinson, diciéndole que probara a echar algún tipo de magia.
Salto de escena.
Severus Snape había sido dado de alta el día anterior de San Mungo, con la clara explicación de que no podía realizar magia en dos semanas.
Poco le importaba las indicaciones a él, pues era un Maestro de Pociones y podía recrear una poción un poco oscura, en la que sus fuerzas mágicas se recuperaran más rápido de lo normal.
Saliendo del hospital se encontró con Lucius y Albus, pero el viejo director le dejó primero hablar con su compañero y padre de su ahijado.
- ¿Qué te pasa Severus, acaso eres idiota?
- ¿Perdón?
- ¿Crees que soy estúpido? Estás en San Mungo tras haber sido expulsado de una chimenea no una, sino tres veces, siendo la última empujado con tal fuerza, que rompiste la barra de las Tres Escobas. Sabes perfectamente bien, que no hay ley que impida al mago el haberte expulsado. ¿Quién fue?- Preguntó arrastrando las palabras y con susurros fuertes, lo cual se veía que estaba enfadado realmente con él, algo que no solía suceder muy a menudo.
Había sido descuidado, lo sabía, pero no podía evitar la furia al pensar en el maldito hijo de James… Peverell.
Era como el padre, un arrogante que se creía que Hogwarts le pertenecía, aunque una vocecita dentro de él le decía que era cierto y que no era bueno meterse con él, no podía dejar pasar la oportunidad de mostrar al mocoso cuál era su lugar.
Bajándole las clavijas, pensó que podría vencerlo en una emboscada en su propio Castillo, algo que equivocadamente estuvo después y vio por sí mismo.
Suspirando pesadamente y frotándose la cabeza un poco, todavía le dolía, miró a los ojos de su amigo. Parecía realmente preocupado por la salud de Severus.
- Lord Peverell, el mocoso hijo de James Peverell.
- Entiendo. Ándate con cuidado, sabes que el 2 de enero, Lord Parkinson se bate en duelo con él, quiero que vayas, desgraciadamente no podré verte, pues el ministro también va a asistir, me toca estar con él, para convencerlo de que no se puede meter en un duelo de Casas.
- Allí estaré…- Contestó Severus, arrastrando las palabras y prometiendo estar presente en uno de los duelos de honor más cortos de la historia y más feroces.
Ahora Severus se arrepentía de haber cruzado al niño, si hubiera conseguido asaltar el Castillo Peverell, tal vez no hubiera sobrevivido al mocoso.
Era fuerte y lanzaba con bastante rapidez, pero había rituales en los que se podía hacer eso precisamente.
El Lord Oscuro y Dumbledore habían hecho los mismos rituales, tal vez el mocoso también. Era curioso cómo se parecía el mocoso al Lord Oscuro, en algunas situaciones al menos.
Ambos eran fuertes "magos", ambos huérfanos por distintos motivos, ambos del lado oscuro, ambos…
- ¡Maldita sea! ¡Que hechizo es ese!- Gritó sin querer debido a la sorpresa de que el niño había penetrado con éxito uno de los escudos transfigurados más fuertes que había visto.
Cuando Michael Parkinson se veía en apuros en un duelo o batalla mágica, solía montar el mismo tipo de barricada, que ahora, pero la barricada había sido destruida y con ello el brazo izquierdo del hombre, el cual al menos no sostenía la varita, con un solo hechizo de corte.
- Eso, profesor, es un hechizo de corte de diamantes.- Dijo un hombre que tenía al lado. – No hay escudo que aguante una cosa así.- Rio de buena gana el anciano. Al parecer Parkinson no era muy querido entre la población, no podía culpar a la misma población, se había granjeado muchos enemigos, enemigos que cuando el hombre muriera atacarían lo que quedara de él y su patrimonio, eso si el mocoso no lo reclamaba como su derecho de conquista.
Ahora al parecer, el mocoso estaba burlándose de Parkinson e incitándolo a que le atacara con algo, ¡Decía que se aburría!
Arrogante, fue el pensamiento, pero cuando vio la maldición asesina de Parkinson, volar directamente a Harrison, sonrío, ya se había acabado el duelo.
Lo siguiente que vio, lo recordaría por el resto de su vida y sería la pesadilla de muchos magos oscuros.
Salto de escena.
Lord Black, Lord Lestrange, Rabastan, Bellatrix y Lord Alucard se encontraban hablando sobre el comienzo del duelo y la rapidez con la que Harrison se había hecho al principio.
Comentaron sobre todo, la postura que tenía, era algo que nunca habían visto en un duelo mágico.
- No es una postura de duelo.- Vino la voz de Vlad tranquilamente hablando. – Es la postura de un guerrero. Se utiliza para la batalla mágica.
- Pero pensé que ese arte estaba perdido.- Pidió Bellatrix impresionada por la habilidad de Harrison.
- No para él, sobre todo cuando tiene diez mil años en conocimientos mágicos y la experiencia.
- Los retratos… ¿Puedes aprender de los retratos?
- Obviamente, sino, él no estaría aquí.- Vino la voz del hermano de su esposo, lo cual se llevó un pequeño golpe en la cabeza por su propio hermano.
- Agradeced que es aliado nuestro y no nuestro enemigo.- Llegó la voz de Augusta Longbottom, siempre acompañada por Amelia Bones.
- ¿Y Frank? Pensé que estaría apoyando a Lord Peverell aquí.- Preguntó Lord Black con una ceja alzada.
- En Gringotts, está con Alice en estos momentos. Hemos dejado a Neville y Susan con los Abbott, aunque creo ver a Lord Abbott por allí.
- Normal, nadie se quiere perder un duelo así. Imagina lo que dirá la gente si Parkinson pierde.
- Sí, debe ser hilarante. Lord Parkinson muere en un duelo de honor, contra… un niño de nueve años.
- Mirad… ha comenzado Parkinson con su habitual barrera.- Informó Amelia, siempre pendiente del duelo.
- Está jodido…
- No… al parecer a penetrado la barrera, pero… ¿Cómo?- Se preguntaron todos, incluido Lord Alucard.
Lord Alucard se enorgullecía de su linaje, sobre todo de conocer muchos tipos de magia, incluida la nigromancia, pero al parecer el joven nigromante que estaba en el duelo, había decidido no utilizarla.
Lo que sí que escuchó con su audición mejorada, fue a un anciano decirle a un hombre de pelo grasiento y nariz ganchuda, que había utilizado un encantamiento de corte de diamantes.
- Imposible… un encantamiento de corte…
- ¿Qué dices? No conozco ningún tipo de encantamiento de corte, capaz de eso. Ni siquiera con las artes oscuras.- Afirmó Amelia preocupada por la magia realizada.
- Según un anciano de allí, ha utilizado un encantamiento de corte… de diamantes, de ahí el poder de cortar a través del escudo y el brazo contrario, al brazo varita. Es impresionante el conocimiento de Harrison, no me gustaría estar en un duelo contra él…- Pensó para sí mismo y que tal vez tendría que compartir el recuerdo del duelo con la secta de la Verdadera Mano Negra, algo que quizás los podría impresionar.
Todos vieron como comenzó a burlarse de Lord Parkinson con cierto sarcasmo, intentando que le lanzara algo de magia, lo cual el más mayor de los duelistas no dudó ni un instante, lanzando con éxito la maldición asesina.
- ¡Que hace! No se aparta…- Lo que vieron después los dejó estupefactos, según las reglas de la magia, eso sería imposible de hacer y menos de lograr.
- Ya ha ganado, después de eso, Parkinson está muerto.- Afirmó Alucard, irguiéndose en su asiento, y viendo lo que echaría a continuación Peverell.
Salto de escena.
Albus estaba impresionado con la rapidez con la que echaba hechizos y encantamientos el joven Peverell, al parecer el joven había hecho el ritual que tanto él mismo hizo hace tantas décadas atrás. Un ritual que servía para mover con velocidades increíbles la varita y que hiciera parecer que no hacía movimientos de ella.
Hacerlo en silencio, también significaba que Harrison era poderoso y tenía fuertes escudos de Oclumancia.
Asintiendo en señal de aceptación en la magia echada, vio con interés como utilizaba únicamente encantamientos de construcción.
El encantamiento de corte de diamantes fue impresionante, también lo fue que no solo se dedicara a cortar una sala, sino el brazo del contrario.
Volviendo a asentir para sus adentros, decidió que sería para su mejor interés no meterse mucho con este Lord, no quería batirse en un duelo de honor y más sin la varita de saúco, que según Garrick desapareció de su tienda y ante sus propios ojos, algo inexplicable hasta el momento.
Vio con asombro lo que hizo con la maldición asesina que fue lanzada hacia él, al parecer había jodido claramente a su contrario, pues había devuelto dicha maldición, haciendo que Lord Parkinson la esquivara, tirándose en el suelo.
Dándose media vuelta, pues sabía perfectamente bien quien iba a ganar el duelo, Albus volvió a su castillo, o mejor dicho a Hogwarts, para preparar la aceptación de las demandas de Lord Peverell.
- Tengo que ser más sutil con él.- Se dijo a sí mismo, mientras que desilusionado, volvía hacia los terrenos de la escuela de magia.
Salto de escena.
Harrison estaba impresionado con la rapidez de la barrera que lanzó Lord Parkinson, para defenderse y repensar en su estrategia.
Tenía razón en cuando supo y pensó que el mismo Parkinson iba a subestimarlo, craso error por su parte, un error que le costaría la vida.
Lanzando una maldición de corte de diamantes, destrozó no solo la barrera con la sala, sino que cortó el brazo de Lord Parkinson, lástima que no fuera el brazo varita.
- ¿Eso es lo que tienes? ¿No puedes hacer nada más? ¡Lanza tu mejor maldición!- Burló Harrison, sabiendo lo que venía, pero tenía claro en mandar un mensaje a aquellos que pensaban que podían matarlo.
Viendo con certeza como el hombre se ponía rojo de furia, vio como lanzó una maldición verde enfermizo, la maldición asesina.
Esperando a que llegara, hizo algo de lo que podía enorgullecerse y que nadie aquí reconociese. Un escudo de vuelta, un escudo nigromántico.
La maldición asesina atacaba el corazón y parte del alma de una persona o animal, lo que Harrison descubrió fue que la maldición sí que podía ser parada e incluso mandada de vuelta al lanzador.
Con un escudo de su propia creación, Harrison devolvió la maldición asesina, oyendo los jadeos de las personas que estaban viendo el duelo.
Lord Parkinson se tiró al suelo impresionado, pero eso fue lo único que pudo hacer, pues otra maldición de corte, le dio de lleno.
Cortándolo desde el omoplato, subiendo por el cuello, llegando al labio, ascendiendo todavía más y cruzando un poco de nariz y ojo, dividió el cráneo del hombre en dos partes, cayendo al suelo la más pequeña, dejando un reguero de sangre y gore a su paso.
El duelo había terminado con la victoria de Lord Harrison Peverell, pero ahí no quedó la cosa, cuando de pronto se llevó la vara al cuello, lanzando un encantamiento Sonorus.
- Yo Harrison Peverell, Lord y Jefe de la Casa Antiquísima y Nobilísima de Peverell, reclamo por derecho de conquista y victoria, todos y cada uno de los títulos de Lord Parkinson, así como su patrimonio económico y político, así sea.- Demandó mágicamente, habiendo un brillo de luz y apareciendo el anillo de Lord en la mano extendida de Harrison.
Ahora si eso fuera todo, las preocupaciones de la gente no serían tan obvias, pues Harrison no acabó con su afirmación.
- Por la presente, absorbo la Casa Parkinson dentro de la Casa Peverell, expulsando y exiliando de por vida a Pansy Parkinson y Andrea Parkinson de la familia. Que sean sin nombre y sin casa a partir de hoy. Así sea.- Terminó de hablar, viendo como el anillo de la familia desaparecía y las mencionadas brujas, eran rodeadas de un haz de color rojo, siendo expulsadas mágicamente con éxito de la familia.
Algunos de los Lores veían este acto con horror, pues se pensaban que no iba a hacer nada o inclusive, pensaban que Lord Peverell bien podría no conocer los antiguos ritos tras los duelos de honor. Estaban todos equivocados.
Lucius Malfoy estaba susurrando furiosamente al oído de Fudge, para que no hiciera nada estúpido, pues en Gringotts seguramente se habrían dado cuenta del cambio de estado de los Parkinson, ahora siendo una casa extinta.
Los gritos de terror no se hicieron esperar, pues las mujeres sin nombre, lloraban no solo la muerte del padre y marido, sino la suerte que las deparaba en el mundo mágico, de ser de la alta sociedad, pasaron a ser nada más que marginadas, algo peor que los Weasley, que al menos tenían un nombre.
Se vio como Harrison bajaba de la tarima y se reunía con sus aliados y pronto a ser familia, riendo como si nada hubiere pasado y como si lo que había hecho era la cosa más normal del mundo.
No pudiendo Lucius controlar al ministro de magia por más tiempo, negó con la cabeza ante la estupidez que iba a cometer.
- ¡Aurores! ¡Detengan a este asesino!- Gritó Cornelius a su guardia especial de aurores, que eran totalmente leales a él.
Los mencionados dieron un paso adelante, viendo como el joven Lord se ponía en posición defensiva de duelo… no, no era duelo, era batalla.
Parándose repentinamente los aurores gritaron que por orden del ministro de magia, tenía que bajar inmediatamente la varita, si no quería salir mal parado.
- ¿Vais a detenerme e interferir en un duelo de Lores? ¡Perderéis todos, el trabajo, incluyendo tú, Fudge!
- ¡Soy el ministro de magia! ¡No puedo perder mi trabajo!
- ¡Necio! No eres nada, ni nadie. El verdadero gobierno es, y será siempre el Wizengamot.
- ¡Me da igual, controlo el Wizengamot!
- Lo dudo, idiota. Tengo el cuarenta por ciento de votos, con tan solo poner un proxy mañana, tú y los estúpidos de tus seguidores estaréis en la calle y un nuevo ministro será levantado.
- ¡Crucio!- Vino una voz de mujer, una que iba vestida de rosa y parecía más a un sapo que una persona.
Harrison riendo ligeramente, desvió la maldición Cruciatus de vuelta hacia donde había vuelto, pero un escudo de acero se interpuso entre la mujer y su propia maldición.
Girándose para ver quien había intervenido, observó que fue la misma Madame Bones.
- ¡Aurores, detengan a Madame Umbridge por lanzamiento de magia oscura y maldición imperdonable!- Ordenó la cabeza del DMLE con voz de mando, algo que tuvieron que hacer inmediatamente, reconociendo que las cosas se habían puesto mal.
- Te arrepentirás Fudge.- Amenazó Harrison con una voz calma y concisa, algo que hizo pasar escalofríos por la espina dorsal de los que pudieron escucharle.
Dándose media vuelta, Harrison marchó con los que había venido y Augusta Longbottom, yendo primero hacia Gringotts, con la clara intención de poner un Proxy y ver los estados de cuenta que tenía el anterior Lord Parkinson, ahora pertenecientes a Harrison.
Amelia, sin embargo se quedó en el pueblo deteniendo a Umbridge, la cual había perdido su puesto de trabajo de inmediato, tras el lanzamiento de la maldición Cruciatus a un Lord de una Casa tan antigua y noble, como la de Peverell.
El propio ministro no se le podía ver por ningún lado, al igual que a muchos de los partidarios de Fudge, tal como Malfoy.
Las mujeres sin nombre, estaban en el suelo sollozando por la pérdida de Michael Parkinson y la pérdida de su casa.
Una vez que todos estaban en el Callejón Diagon, Harrison se volvió a Lord Black, pidiendo que su hijo viniera también con ellos.
Éste con el ceño fruncido ante tal extraña petición, aceptó mandando llamar al elfo doméstico Kreacher, el cual saltó de alegría al ver a Harrison vivo y en pie, alabando el poder mágico del hechicero.
- Kreacher, ve a por Orion y que venga a Gringotts, creo que Lord Peverell requiere de su presencia, pero no sé para qué.
- Entendido Maestro.- Dijo desapareciendo rápidamente. Para segundos después reaparecer con un Orion un tanto confuso. Por suerte estaba vestido con túnicas, pero llevaba en su mano una taza de té.
- ¿Cuál es el significado de esto? Kreacher solo apareció para tomarme de la casa.
- Sí, Harrison, ¿Qué significa todo esto?
- Recuerdas que dije que iba a poner un Proxy en mi asiento, bueno ahí lo tienes. Felicidades Orion, serás mi Proxy.- Dijo Harrison con una pequeña risa ante las bromas del elfo.
Miradas de confusión ante lo que acababa de decir eran evidentes, por lo cual suspiró teniendo que explicar sus motivos a los Black, Longbottom, Lestrange y Alucard.
- Orion aquí es el autor de los libros de política y los asientos del Wizengamot que han estado saliendo. Más que firmando con su nombre, lo ha estado haciendo con un seudónimo, algo totalmente astuto, sino, el propio ministerio podría vetarle los libros. También lo ha estado sacando para todos los públicos, incluyendo mágicos de primera generación.
- Ah… ¿Así que eras tú?- Preguntó Arcturus Black con una sonrisa de medio lado y una pequeña risa. - ¿Cómo lo supiste, Harrison?
- Fácil, con tan solo hablando con él del Wizengamot y la política, supe inmediatamente quien era. No quise decir nada, por respeto a él, pero a la vista de los últimos acontecimientos, no he podido evitarlo, lo siento Orion, pero tendrás que salir a la luz. ¿Serás mi Proxy?
- Claro… será un honor joder a los miembros del Wizengamot y sobre todo a Dumbledore.
- Bien, porque vamos a necesitar todos los votos que tenemos, con las leyes que quiero sacar y demás, podremos comenzar con… nuestros planes, pero primero hay que sacar a Sirius de Azkaban. Vamos, vamos a Gringotts para tu toma de posesión como Proxy.- Invitó Harrison a que todos le siguieran, salvo unos pocos que habían decidido dejar, para ir a sus casas directamente, más tarde se enterarían de lo sucedido.
Ahora la comitiva de Harrison consistía únicamente en Orion y Augusta, dado que ella iba a visitar a Alice en la enfermería gobblin y Orion iba directamente con Harrison a su gerente de cuentas.
- Sabes Orion, me fastidia que haya gente tan estúpida como Fudge, que me obligue a hacer este tipo de cosas. Si tan solo hubiera cerrado la boca, no tendrías por qué haber sido Proxy, ahora cambian más mis planes.
- ¿Qué quieres decir?
- Te quería como ministro de magia, no como mi proxy. Hubiera elegido a Regulus como tal, pero estoy seguro que lo hubiera rechazado.
- Sí, él no es como nosotros, no le va la política, al igual que a su hermano.
- Una lástima, deberás ser mi Proxy al menos hasta que cumpla once.
- ¿A quién meterás como ministro?
- Desgraciadamente tiene que ser inglés o al menos nacido en las islas. Metería a Rabastan, pero me retaría a duelo por hacer eso. No sé… ya se me ocurrirá a alguien. ¿Suele haber mujeres como ministro?
- Sí, no es común, pero tampoco es raro. Si quieres a Amelia, temo que lo rechazará, no tiene a quien escoger para su… asiento.
- No, no Amelia, estaba pensando más en Augusta. ¿Qué opinas?
- Te rodeas de aliados… tomarías prácticamente el ministerio de magia legalmente… impresionante he de decir, muchos lo han intentado, más ninguno lo ha conseguido, serías el primero en hacerlo.- Opinó Orion, pasando al banco, dando un asentimiento de cabeza en señal de saludo a los gobblins.
Acercándose Harrison al cajero más próximo, habló con él en duendigozna, impresionando un poco más a Orion de que el mismo cajero lo escoltase hacia el despacho de su gerente de cuentas, cuando normalmente no se podía venir sin cita previa.
Pasando dentro, Harrison volvió a saludar en el idioma gobblin, más al parecer al poco rato, otros cuatro gobblins se presentaron.
- Majestad Ragnok, Ragnar, Viggo y…
- Soy el gerente de cuentas Parkinson.
-… y gerente de cuentas Parkinson, os presento a Orion Black, mi pronto a ser proxy en el Wizengamot.
- Bienvenido, señor Black, espero que cuide bien de ese asiento.- Vino la voz amenazante de Griphook, el cual ya había sido presentado. Ante los gestos afirmativos de los demás gobblins, Orion tragó saliva, un poco nervioso. ¿Dónde se había metido? Al parecer en la boca del lobo.
- Debo darle mi más enhorabuena, Lord Peverell, según Maestro de Encantamientos Flitwick, el duelo ha sido todo digno de ver. Lástima que no estuviéramos allí, para presenciarlo.
- Gracias Majestad.
- Sí… lástima, pero me alegro que hayas acabado con ese mago, ahora a los negocios. Björ aquí presente, es el gerente de cuentas Parkinson, como bien se ha presentado, os dejamos para que discutáis los que vais a hacer con las bóvedas.- Dijo el anciano gobblin, dándose media vuelta y siendo escoltado por Ragnok y Ragnar.
Dejando a los dos gobblins, el mago y el hechicero allí, los cuatro presentes guardaron silencio durante unos momentos, sopesando las posibilidades que se presentaban.
- Ante todo y primero que nada.- Comenzó Harrison, queriendo quitarse de en medio lo del tema del Proxy, comenzó a hablar. – Quisiera que primero se le conceda a Orion Black, el asiento Proxy en el Wizengamot, para mi Casa. ¿Es posible?
- Es posible y factible, Lord Peverell. Tan solo tenéis que firmar estos documentos. Si se me permite la pregunta, ¿Por qué ahora?
- Por supuesto.- Dijo mientras cogía la pluma ofrecida y firmaba su parte de los documentos, pasándole la parte de Orion, al mismo. – La estupidez de algunos magos, aún me fascina. Tal como la del ministro Fudge, el cual intentó detenerme por ser el ganador del duelo de honor.
- Ciertamente ese hombre es estúpido, no entiendo cómo te ha podido cruzar de esa manera. Pero mejor así, mi hijo se le podrá dar el juicio que merece.- Opinó Orion, con un poco de esperanza en su voz.
- Claro, juicio. No, realmente no tendrá juicio Sirius.
- ¿Qué quieres decir?
- El ministerio de magia cometió un acto ilegal al tirar a un heredero a Azkaban sin juicio, como tal, Sirius Black no necesita uno. Al presentar las pruebas irrefutables de que se le tiró en la prisión, llamaremos a las antiguas leyes de Jefe de Casa, haciendo que sea liberado de inmediato. Si quieres que reciba un juicio, entonces podemos pedirlo, pero tardará en traerse a la justicia. No quiero eso. Además, en el mismo día nos desharemos de Fudge y de Dumbledore, aprobando también las nuevas leyes que he pensado, como quitando y derogando las leyes que Dumbledore sacó. Todo un gran golpe, si me permites decirlo.
- Interesante… mira que esa ley, pensaba que no se utilizaba más.
- Que la ley no se use, no quiere decir que esté derogada o extinta. Es como lo que hice hoy, tras acabar con la vida de Parkinson. Me quedé con su Casa por derecho de conquista.- Explicó Harrison brevemente, haciendo una señal a Björ, el cual asintió con la cabeza.
Tras finalizar las firmas de los papeles correspondientes, Orion recibió un anillo de proxy para el Wizengamot, el cual el mismo asiento se reconocía ahora como activo.
Despidiéndose Orion, alegando tener que ir a casa a mirar algunas cosas en libros sobre la política y leyes antiguas, el nuevo Proxy Peverell salió del despacho escoltado por una guardia gobblin.
- Ahora que ese negocio está concluido, debo decirle, Lord Peverell, que las bóvedas Parkinson y todos sus activos monetarios y empresariales, han sido pasados a usted, así como el asiento que ocupaba en el Wizengamot, uniéndose a sus votos, haciendo un total de cuarenta y cinco votos. Felicidades.
- Gracias Maestro Björ. ¿Alguna cosa más?
- Sí, las mujeres sin nombre han intentado reclamar algo de oro, no se lo he dado.
- Interesante… si vuelven diles que tengo todos los activos ya, que no sean estúpidas y se busquen la vida nuevamente.- Aconsejó Lord Peverell, dando la noticia Björ, el cual asintió con la cabeza en señal de respeto. – Pero si siguen insistiendo, dejo al banco la decisión de hacer con ellas lo que quieran.- Terminó, haciendo que ambos gobblins sonrieran con una sonrisa de tiburón.
- Perfecto, me despido Lord Peverell, Jefe de Cuentas Peverell. Que vuestro oro crezca y vuestros enemigos caigan.
- Así sea el vuestro, Maestro Björ.- Declaró Harrison sonriendo.
Una vez solos Harrison y Griphook, ambos discutieron los planes de éste que tenía sobre las cinco islas muggles.
- Cuando pase la ley anti-muggle, podré comenzar la conquista de las islas. También me dará la oportunidad de cazar muggles libremente. ¿Qué opinas, Griphook?
- Es una buena idea, pero… ¿Qué hacer con el dinero de los muggles y sus pertenencias?
- Nos las quedamos por el mismo derecho que el de hoy. Nadie se interpondrá, habrá quejas, sí, pero al final somos el gobierno. Al igual, que necesito un favor tuyo.
- ¿Qué puedo hacer por ti?
- Necesito que me consigas una reunión con el Rey Ragnok y con los ancianos.
- Será muy difícil, pero no imposible… ¿Para qué quieres la reunión?
- Tengo ciertos planes, que os conciernen como nación, pero necesito el permiso de vuestro Rey y consejo, para llevarlos a cabo. Es lo único que puedo decir.
- Está bien… veré lo que puedo hacer. Espero que nos beneficie.
- Por supuesto que lo hará. Por cierto, busca en las bóvedas Parkinson, cualquier cosa que sea hecha gobblin, será devuelta a su legítimo propietario.
- ¿Estás seguro?
- Por supuesto. Somos aliados, no quiero quedarme con nada que no es mío por derecho. Las armas, armaduras y otros artefactos, no son comprados a la nación, sino alquilados.
- Gracias, Lord Peverell, esto no lo olvidaremos jamás…- Dijo Griphook tendiéndole la mano para estrechar, lo cual hizo Harrison de buena gana.
Salto de escena.
El día no había ni terminado realmente, cuando Harrison nada más salir del banco se encontró cara a cara con Arcturus y Orion.
- ¿Qué pasa?
- Una asamblea del Wizengamot ha sido llamada de emergencia, tenemos poco tiempo. Tienes que venir.
- Claro, vamos.- Dijo caminando con Lord Black y Orion, al lado murmurando sobre las aventuras que le darían canas más temprano de lo normal.
El trío de hombres, bueno el dúo de hombres y el joven Lord, se dirigieron al punto de aparición, para ir directamente al atrio del ministerio de magia.
Como Harrison no sabía dónde estaba dicho atrio o el mismo ministerio, utilizó la aparición conjunta con Lord Black.
Una vez aparecidos, los tres se dirigieron directamente a la entrada del ministerio, sin pasar por seguridad, el cual los vio, más no dijo nada, pues reconoció a Lord Black, Orion Black y al niño que iba con ellos.
Sería un estúpido si los parara para requisar sus varitas. A ningún Lord del Wizengamot se le hacía eso, pues estaban exentos de tales actos. Solamente a los visitantes y ya que los tres habían aparecido en el punto de aparición, no eran visitantes.
Caminando juntos, pasaron al ascensor, en el cual los llevaría a la sala del Wizengamot y a las mismas puertas de la asamblea.
Mirando atentamente a su alrededor, Harrison supuso para que se llamó la reunión, al parecer Amelia debía odiar con pasión a Dolores Umbridge, pues iba a tener un juicio rápido por haberle atacado.
Sonriendo ante los acontecimientos, solamente esperó que tanto las familias Longbottom y Bones, no estuvieran muy enfadadas con él, por lo que iba a hacer.
- Cambio de planes Orion, sigues siendo el proxy, pero te voy a presentar conmigo. Es decir, todavía me puedo sentar a tu lado, ¿Verdad?
- En efecto pero, ¿Por qué vas a hacer eso?
- Para mandar un mensaje. Y por cierta diversión.
- Solo tú, puedes encontrar esto divertido.- Vino la voz sedosa de Lord Alucard, haciendo saltar un poco a Orion y Arcturus.
Desgraciadamente, hacía falta mucho más para asustar a Harrison.
- Lord Alucard, hoy es un día especial. Hoy, nuestros objetivos se cumplen. ¿Espero que esté preparado?
- Por supuesto, pero me hubiera gustado saber de antemano lo que iba a votar.
- Como a todos, pero me temo que tendremos que ir sobre la marcha.
- Está bien.- Dijo Lord Alucard asintiendo con la cabeza a los otros Lores y Ladies que veían el intercambio con el ceño fruncido.
Los aliados de Harrison sabían que algo iba a pasar, algo importante que cambiaría el rumbo de la política del mundo mágico británico, para bien o para mal, pero tendrían que aceptarlo y ayudar a su aliado.
Sentándose todos en los asientos a los que pertenecían sus Casas, justamente al lado del asiento Peverell apareció otro, el cual era designado para el Proxy de la Casa Peverell.
Tomando asiento primero, Harrison se sentó en su propio asiento, siendo dada la bienvenida por el propio asiento. Algo raro si se lo decía a alguien, tal vez, pensaran que estaba loco o chiflado, pero la verdad es que sintió como en casa.
Orion se sentó a su lado, en el asiento ofrecido como Proxy y bien podría haber sentido lo mismo, pero no dijo nada, solamente dedicó una mirada de interrogación al Lord que le había ofrecido el puesto.
Viendo llenarse todos los asientos, incluido el de Jefe de Magos, fue la segunda vez para Harrison que había visto al viejo mago y podía recordar joderle.
Esta vez, iba a ser mucho más satisfactorio que la primera vez.
- ¡Atención todo el mundo!- Gritó Albus Dumbledore, levantándose de su asiento y recorriendo la mirada por toda la sala, dándose cuenta inmediatamente del asiento Peverell ocupado. – Hemos sido llamados a una reunión de emergencia, para el juicio de Dolores Jane Umbridge por atacar a un Lord.- Comenzó mirando directamente al Lord mencionado, el cual estaba susurrando al hijo de Lord Black, curioso que ambos estuvieran sentados en el Wizengamot… a no ser… ¡Imposible! Iba a poner un proxy, pero era realmente pronto… ¿O no? Tal vez esa fue la estrategia desde el principio, Albus no sabía que pensar, más no tuvo mucho tiempo, pues el Lord de sus pensamientos se levantó, pidiendo audiencia.
Tragando el impulso de no hacer caso del niño, dio la palabra y reconocimiento a Lord Peverell.
- Gracias Jefe de Magos, pero no es necesario un juicio hacia Madame Umbridge, dado que la mujer ya ha sido condenada. Gracias a nuestra ley más antigua, la ley de Lores que nos da protección en contra del pueblo o de los que nos quieran hacer mal tan directamente, como hoy, pido la pena máxima en este tipo de casos.
- ¿Y cuál sería esa…? ¿Lord Peverell?
- La muerte, por supuesto.
- ¡Protesto!- Se escuchó la voz del ministro de magia, chillar sobre el abuso que él creía. – Mi subsecretaria no ha hecho nada malo.- Reiteró con poca convicción, pues él estaba en la escena del crimen.
- ¿En serio ministro?- Preguntó el mismo Lord con una ceja alzada. – Si no hubiera sido por Madame Bones, tu subsecretaria, como tú dices, estaría muerta ahora mismo. Pídale al secretario del Wizengamot que busque la ley e inclusive el bibliotecario que hay en el Wizengamot sabrá qué ley me estoy refiriendo, pues es una ley absoluta.
- ¿Qué quieres decir?- Pregunto Lord Nott, inclinándose hacia adelante. Todos los Lores del Wizengamot estaban muy interesados en esa ley.
- ¿Realmente no saben de qué ley hablo?- Preguntó alzando una ceja, lo cual era ahora más que curioso.
- Pues no, no sabemos qué ley dices, muchacho.- Dijo otro de los Lores un poco impaciente.
- ¿No suena de nada, la ley absoluta de prevención de línea y su robo? ¿En la que, estrictamente hablando, si alguien del pueblo o de los mismos Lores, ataca a otro Lord sin que sea en un duelo, el afectado puede pedir la pena máxima, que es la muerte? Esa misma ley que fue creada cuando el Wizengamot o el Consejo de Ancianos se crearon, ¿No suena a ninguno?
Es curioso como algunos que os hacéis llamar tradicionalistas, no sabéis de ese tipo de leyes.
- Y dinos, Lord Peverell, ¿Cómo sabes tú de esa ley?
- Los retratos de mi Castillo, son una gran fuente de conocimientos. No puedo creer como han caído las cosas… pero no obstante, llamad al bibliotecario o al secretario del Wizengamot, ellos confirmarán mi afirmación.- Movimientos de afirmación ante lo que había dicho Harrison fueron hechos y tanto el secretario como el bibliotecario del Wizengamot fueron llamados y presentados ante el mismo Wizengamot por vez primera para algunos, los que ni siquiera sabían que había dichos puestos de trabajo allí.
Éstos cuando llegaron se les preguntaron por dicha ley y lo que significaba.
- Es una ley primaria, que como su nombre indica, fue primera en ser creada y nunca ha sido retirada.
- Mi colega tiene razón, para que esa ley entre en vigor ciertos asuntos tienen que darse, como por ejemplo, el acusado o la acusada ha tenido que ser visto o vista por numerosos testigos en un intento de asesinato o daño duradero al Lord.- Se interrumpió al mirar hacia Madame Bones, la cual asintió con la cabeza en señal de reconocimiento.
- La acusada, Dolores Umbridge, intentó lanzar la maldición Cruciatus a Lord Peverell tras éste acabar su duelo de honor. El ministro Fudge, sin embargo intentó detenerlo ilegalmente. ¿Eso también entra en esa ley?
- No, eso ultimo no, por desgracia.- Hubo algunos que rieron ante el tono del marchito mago. – Pero lo de Madame Umbridge, sí que entra. Intervenir en un duelo de Lores es altamente castigado, con la muerte, si los Lores así lo deciden. En este caso, el Lord…- Dijo haciendo un gesto a Lord Peverell, para que diera el nombre de su contrincante.
- Ahora mismo ese nombre está extinto. Por derecho de Conquista y por las antiguas leyes y tradiciones, me hice con todo lo que su Casa poseía, absorbiendo y disolviendo el nombre Parkinson.
- Entonces lo llamaremos contrincante de Lord Peverell. Si el contrincante hubiera vivido y su duelo hubiere sido intervenido antes de su prematura muerte, la mujer podría bien haber muerto en el acto. En este caso, la ley ampara a Lord Peverell por su ataque deliberado.
- Pero mi buen señor… esa ley dará problemas, en Hogwarts se hacen bromas a diario y allí hay hijos de Lores, herederos, esa ley no puede ser tomada…
- Es la ley. Un Lord no puede atacar a otro si no hay duelo de honor. Como alguien del pueblo no puede hacer lo mismo. Es como la defensa propia de hoy en día. Antigua ley, sí, pero ley no obstante y hay que respetarla.- Dijo el otro marchito mago, dando una inclinación leve ante el Wizengamot que se había quedado mudo.
- ¿Y qué pasa…?
- Señor Dumbledore, no soy un libro que hable, si quiere ver la ley por sí mismo haga una cita con la biblioteca del Wizengamot.- Dijo con una amarga sonrisa, dándose la vuelta y marchándose.
- Ahora, creo que me corresponde a mí dictar la sentencia, ¿Verdad?- Pidió Harrison al tribunal entero, algo que totalmente y por vez primera en siglos, estaban todos de acuerdo, aunque no se dieran cuenta de ello. – Bien, pues como había dicho, la pena máxima, la muerte a través del Velo de la muerte. Que los aurores se encarguen.- Sentenció a muerte a Dolores Umbridge sin que le costara nada, al parecer algo bueno tenía que salir de todo esto.
Así se hizo, Madame Bones ordenó a los aurores entrar y llevarse a una muy incrédula Umbridge hacia el departamento de misterios y la cámara de la Muerte, en donde sería tirada al velo sin mucha parafernalia.
Lord Black, viendo la oportunidad perfecta y con un ligero asentimiento de Harrison, se levantó para pedir la palabra.
- El Wizengamot reconoce a Lord Black…- Dictó Dumbledore sin darse mucha cuenta o prestar atención, ante la bomba de esa ley. Ahora entendía muchas de las acciones de Lord Peverell y la confianza que tenía en sí mismo. Los retratos de ese Castillo podían enseñarle magias arcanas si así era su petición. Qué envidia.
- Gracias Jefe de Magos. No es que me queje de ver a mi hijo sentado a su lado Lord Peverell, pero creo que esta augusta asamblea le gustaría saber qué hace usted y mí aquí.- Vistos buenos se vieron y oyeron a lo largo del cuerpo de gobierno, lo cual Harrison no pudo evitar la sonrisa que le salió.
- Gracias Lord Black por recordarlo. Estoy aquí, como la tradición exige para presentar a Orion Black hijo de la Casa Muy Antigua y Noble de Black, como mi Proxy en el Wizengamot. También estoy presente, para ir informando y asesorando hoy en día a mi proxy, como no se nos ha dado tiempo para planificar la reunión, pido disculpas a los demás Lores y Ladies por mi demora. Ahora el asiento Peverell tiene un proxy legal y autorizado.- Explicó Harrison volviéndose a sentar y susurrando al oído de Orion, el cual sonrío con expectación ante lo que iba a venir.
- Sabes que vas a causar un verdadero caos, ¿Verdad?
- Por supuesto.- Contestó Harrison orgulloso de que reconociera el caos que iba a venir a continuación.
Levantándose el Proxy del asiento Peverell se dirigió hacia los demás Lores y Ladies del Wizengamot.
- Lores y Ladies, mi apoderado me ha instado a que presente en su augusto nombre, una moción de censura contra el actual ministro de magia, Cornelius Oswald Fudge y un veto de no confianza.- Terminó quedándose de pie, como se exigía normalmente para las preguntas.
Aunque no hubo preguntas esta vez, los aliados de Peverell se levantaron inmediatamente para secundar la propuesta, llegando así a más del sesenta por ciento de votos, sin dejar que nadie pudiera decir nada.
- Se aprueba la propuesta…- Dijo Albus Dumbledore con la voz quebrada, ahora sí que sentía miedo. Toda ley que propusiera este niño, sería aprobada inmediatamente, pues tenía al sesenta por ciento del Wizengamot con él, aparte de muchos de los neutrales y casas de lo que él consideraba oscuras. -… Cornelius Fudge, se os insta a abandonar el podio de ministro y recoger tus cosas, por orden del Wizengamot, estás despedido.- Fue la sentencia que dictó Dumbledore, mirando con temor hacia la sonrisa del niño. Esto no había acabado y lo sabía.
El ex ministro Fudge puso alguna que otra pega tartamudeando, pero en realidad se fue sin decir muchas cosas, pues no quería cabrear al niño más de lo que estaba. Al parecer la amenaza del chico esta mañana se hizo realidad. Él y su gran boca grande, tendría que haber escuchado esta vez a Lucius.
Saliendo de la sala, custodiado por dos aurores, un insulto a sus capacidades mágicas, que no eran muchas para el caso, pero no obstante un insulto, se marchó con la cabeza baja.
- Ahora que no tenemos ministro de magia, el Wizengamot tiene que proponer y buscar a un candidato. ¿Alguno de ustedes propone a alguien?- Comenzó Albus, sintiendo que el niño iba a proponer a alguien, pero no sabiendo quien, estaba temblando.
Como era normal, Lord Malfoy propuso a Corban Yaxley, el cual se levantó agradeciendo la propuesta de Lucius.
Lord Doge se levantó para proponer al mismo Dumbledore como ministro de magia, hasta que Proxy Peverell se levantó para disentir.
- Siento ser mensajero de malas noticias, Lord Doge, pero un hombre no puede llevar ambos cargos, para ser elegible como ministro de magia, tendrá que renunciar a sus cargos de Director y Jefe de Magos.- Informó volviéndose a sentar, lo cual Dumbledore dio las gracias a Lord Doge, alegando que prefería educar a dirigir un gobierno. No obstante, se volvió a elegir a otro partidario para el puesto de ministro de magia.
Orion, volviéndose a levantar, eligió como candidata a Augusta Longbottom y pidió que los votos comenzaran.
La votación en sí era una pantomima de lo que iba a suceder, al tener el sesenta por ciento de votos del Wizengamot, el resto de representantes, los del lado de Malfoy y Dumbledore se pelearían por los votos, salvo por los del lado Peverell, el cual terminaría ganando, dando tiempo a Augusta a presentarse, tomar su puesto, jurar el juramento y escuchar como liberaban a Sirius Orion Black de Azkaban.
- Ahora sí hay que pedir un juicio para Sirius, Orion, pero tenemos que encargarnos de que se le interrogue con lo que queremos.- Susurró Harrison haciendo oídos sordos a las promesas vanas y vacías de los representantes de ambas facciones.
- ¿Qué quieres decir?
- ¿Te gustaría que a Sirius le preguntaran quienes eran mortífagos?
- No… no, claro que no. Hay que pensar con la cabeza fría en estos casos.
- Exactamente. Por ello hablaré con Amelia. Mañana se le dará un juicio rápido bajo veritaserum, siendo ella la interrogadora. Acabaremos mañana con Dumbledore aquí, ¿Tendrías en mente a alguien para ser el Jefe de Magos o Jefa de Bruja?
- Veré que puedo hacer… te harás con todo el Wizengamot a este paso…
- Eso es poco. Pienso hacerme con Hogwarts también.
- Eres ambicioso… ¿Pero cuando?
- Daré un respiro al viejo, que no se lo espere. Si él acepta mis… mejoras en la escuela, esperaré a que sea el momento oportuno, ahora está viendo que tengo poder realmente y que pienso usarlo. Es listo.
- Sí… aunque no lo aparenta. Sabes que tendrás problemas con la facción de Lucius.
- Es posible, pero será solo política de momento. En cuanto busquen a su Lord caído en desgracia, es cuando atacarán. En ese momento, tendré a toda la comunidad mágica y a la mayor parte de la facción de tradicionalistas de mi parte. Viendo las leyes que quiero sacar, comprenderás porque van a estar de mi lado y no del de Voldemort.
- Estoy deseando verlo… pero, ¿No tendrá algo que ver con ese medallón que trajo Regulus, verdad?
- ¿Qué medallón?
- Un medallón con una "S" en el centro, no se puede abrir, pero despide un aura oscura.
- Cuando todo esto termine, muéstramelo, si lo tienes en algún sitio seguro, pon salas allí, que no lo coja nadie, si no es el caso, asegúrate de que sea seguro.
- Entendido, pero ¿Qué es?
- Dime, ¿Qué sabes de las anclas del alma?
- No puede ser… ¿Ciertamente?
- En efecto. Pero puedo destruirlo.
- ¿No sería mejor controlarlo?
- Aquí no, ya tendremos esta conversación en Grimuald Place, ahora atendamos, Augusta acaba de llegar y parece poco feliz con mi decisión de hacerla ministra de magia.- Explicó Harrison corriéndole un ligero escalofrío por la espalda. Al parecer la vieja bruja sabía dar miedo cuando se lo proponía, pero jamás lo admitiría Harrison en voz alta.
Las promesas y más promesas de los diferentes candidatos al puesto de ministro/a de magia terminaron abruptamente cuando Dumbledore como jefe de magos llamó a votación.
Teniendo el sesenta por ciento Harrison y sabiendo que los demás no iban a salir, Albus dio plazo a los votantes de Augusta primero, siendo las Casas y Familias que tenían asiento en el Wizengamot, una a una, votando por Augusta.
Al hacer el recuento y dar como resultado el sesenta y cinco por ciento de votos, el Jefe de Magos suspiró sabiendo que tenía que seguir la tradición, pero el resto se resignó al hecho de que la palabra de la facción Peverell, iba a ser ley.
Media hora más tarde, Augusta Longbottom se sentaba en el asiento del ministro de magia, siendo nombrada Ministra Longbottom, la primera de su línea al ocupar el puesto de ministro. Con los juramentos hechos, aunque más que juramentos eran promesas, el mismo Jefe de Magos levantó la sesión para reunirse al día siguiente, pues aún se veía que había más cosas que Lord Peverell quería y que desgraciadamente, conseguiría.
Eso le daría el tiempo suficiente a Albus para alentar a Minerva de aceptar las demandas y comenzar con la reconstrucción y reparación de Hogwarts así como de buscar candidatos para las nuevas clases que daría al año siguiente, también los candidatos fijos para ser jefes de casa y poder ver alguna parte del castillo que sirviera como sala común y dormitorios a las dos casas juntadas, siendo una. Mortem tendría jefe de casa y habitaciones privadas por año y sexo.
Salto de Línea.
Sirius estaba cansado y muy decepcionado con el lado de Dumbledore, le habían tirado a Azkaban sin pensárselo dos veces, como si fuera nada más que un saco de patatas usadas, algo que no podía tolerar, pues era ¡Sirius Black! Y como decía el lema de su Casa o al menos uno de los lemas, con un Black no se mete nadie.
El problema es que estaba en la peor prisión del mundo mágico, Azkaban, con demonios que chupaban la alegría y las penas del hombre.
Si no fuera a veces por los privilegios de ser un animago, tal vez, estaría demente como muchos de los presos que se burlaban de él continuamente.
Habían pasado ocho o nueve años desde que lo tiraron, algo que parecía impensable hasta el momento. Se preguntaba como estaría el pequeño Harry y quien lo estaría cuidando.
¿Estaría feliz y contento? ¿Sabría de la magia? ¿Sabría quién era su padrino?
No, claro que no. Albus Dumbledore era uno de los hombres que lo tiraron aquí, porque él era el padrino del pequeño Harry y como tal, Albus preferiría que el niño creciera sin saber de la magia y el mundo mágico, como un muggle.
Suspirando profusamente, solo oró a las deidades que estuvieran escuchando que lo protegieran y que al menos estuviera feliz y contento.
Esa misma noche, después de más de nueve años en Azkaban, una mujer que pensó nunca más volver a ver se presentó ante él.
- Hola primo, ¿Cómo estás?
- ¿Bella?- Fue la voz ronca de Sirius al hablar, pues no había hablado mucho en los últimos años. - ¿Qué haces aquí?
- Vaya primo, pensé que te alegrarías de ver una cara conocida.
- Sí… sería bueno si no fueras tú… sé lo que hiciste… hace tantos años y con quien te aliaste.
- Sí, bueno no resultó como esperaba. Tampoco lo hiciste tú, ¿Verdad?
- No… no fue como esperaba tampoco. No has respondido a mi pregunta, ¿Qué haces aquí?
- Liberarte, por supuesto. Lo siento Bellatrix, pero no me gusta este lugar… demasiadas almas apenadas y… casi destruidas… debemos irnos.- Apremió una voz que sonaba a Sirius un poco infantil, pero a la vez culta y poderosa.
- ¿Has traído a un niño? No pensé que…
- No es un niño cualquiera Sirius.- Dijo Bellatrix Lestrange sonriendo tristemente a su primo, el cual le devolvió la sonrisa.
- ¿Qué es eso de mi libertad?
- Lo hablaremos cuando estés en lugar seguro, primo, de momento Lord Peverell tiene razón, este lugar no es un buen lugar.
- No entiendo…
- Vas a recibir un juicio, Sirius Black y por el amor de Merlín y Morgana, ¿Queréis salir de aquí rápidamente?- Susurró la voz apremiante del niño que había hablado antes, pero esta vez como si estuviera sufriendo él mismo los efectos de los dementores.
- Por supuesto, pero deberéis abrir la puerta…- Interrumpiéndose en el momento que la vieja puerta comenzó a chirriar, vio con asombro como tanto Bella y el niño se hacían a un lado para que saliera de la celda. – Esto debe ser un sueño… sí, estoy soñando.
- Pues tienes buena imaginación, Sirius. James tenía razón sobre ti y tu Melo dramatismo.
- ¿James? ¿Conoces a James?
- Como no conocerlo, es mi padre después de todo.- Dijo Harrison, viendo como el hombre delante de él caía al suelo desmayado. – Perfecto, ahora va y se desmaya.- Negando con la cabeza, lanzó un encantamiento sin vara para levitar el cuerpo y salir de una vez por todas de la isla de Azkaban.
Cuando le dijeron que iban a ir a por Sirius para llevarlo a una casa franca, para el día siguiente darle el juicio planeado que tenían, se ofreció voluntario como guardia de Sirius, alegando que le vendría bien como experiencia visitar Azkaban.
Ahora le gustaría a Harrison tragarse esas palabras, pues para un nigromante, sobre todo del talento de él, tenía que ser peor que para cualquier otra persona, pues desgraciadamente, podía oír las voces de las almas en pena y castigadas que albergaban estas salas. Esas almas que más tarde, Harrison estaba seguro de que se transformarían en Dementores o Lethifolds.
Saliendo de la cárcel con el flotante Sirius Black, infame asesino en masas, Harrison y Bellatrix tomaron el barco, que se parecía a los mitos griegos de Caronte, el barquero del inframundo, salvo que en éste no había que pagar por viajar.
Una vez en el barco y lejos de las salas de la isla, tanto Bellatrix como Harrison tomaron el traslador que llevaría a Sirius a la mansión Potter, la cual la estuvo activando Harrison para la custodia de su padrino.
Sería mejor que se sintiera seguro y a salvo en un sitio donde le era conocido, que en un sitio donde había pasado una mala infancia debido a la loca de su madre, Walburga, una bruja que Harrison no había llegado a conocer, debido a la repentina muerte de la misma.
Desgraciadamente tenía un retrato en Grimuald Place, al cual le encantaba chillar y no tenían más remedio Orion y Arcturus que silenciar el retrato.
Un día, por curiosidad más que otra cosa, Harrison pidió que dejaran de silenciar el retrato para ver qué es lo que tenía que decir.
Decir que se ofendió realmente ante los insultos de la mujer, Harrison hizo acopio de su fuerza de voluntad para no quemarla viva, pero ello no quería decir que no pudiera amenazarla.
- Si vuelves a decir algo despectivo de mí o de mi familia de nuevo, te convierto en un retrato muggle, mujer.
- ¿A sí? ¿Y cómo un mestizo como tú, piensa hacerlo, eh?- Pidió despectivamente, saliéndole saliva o pintura, lo que fuera de la boca.
Haciendo un gesto de puro odio hacia la mujer, siseó furiosamente a sus túnicas, lo cual la mujer que tenía delante palideció completamente al notar que era Pársel.
Más pálida se puso cuando vio como no uno, sino dos basiliscos salían de sus túnicas y los ojos de dichos animales se ponían sobre los suyos.
- Mis basiliscos tienen la mirada de "congelar" de momento. La mirada de muerte todavía no la poseen, pero poco importa de momento. Para el caso, te convertirás en un retrato muggle y no importa lo que hagan, no hay solución para ti. ¿Estás dispuesta a que eso pase?
- ¿Quién eres…? No puedes ser…
- Soy Lord Harrison Markus Peverell, Lord y Jefe de la Antiquísima y Nobilísima Casa de Peverell y si me tocas demasiado…
- Harrison… ten cuidado con el idioma.
- Cierto. Si me molestas demasiado, te convertirás en nada más que un retrato muggle. Y no uno muy bonito.
- Oye que era mi esposa.
- Lo siento Orion.- Dijo sin sentir nada en absoluto.
- Está bien… seré civil contigo y tu familia… ¿Quién es tu familia?
- De momento los Black, Lestrange y Tonks. Puede que en un futuro sean más. Me alegro de que nos llevemos bien ahora. También podría traer tu alma desde el más allá y atormentarte eternamente o destruirla. ¿Sabes a lo que me refiero?
- Nigromancia…
- Exactamente. Cuida tus palabras a partir de ahora, no soy alguien con quien se deba meter uno. Michael Parkinson lo averiguó de las malas y no utilicé ni las artes oscuras ni la nigromancia con él.- A partir de ese momento Walburga Black siempre que veía a Harrison o hablaba con él, lo hacía de manera civil y nunca se metía con sus planes ni siquiera insultaba a nadie más.
A partir de ese día, los Black y Lestrange se enteraron de que Harrison practicaba la magia nigromántica, no solo las artes oscuras.
También se enteraron que no tenía más remedio que hacerlo, pues era su magia familiar. Menos mal que ellos eran sus aliados y futura familia, que si no… no querían saber lo mal que estarían.
Volviendo al tema Sirius, actualmente estaba durmiendo en una de las habitaciones, custodiado por Rabastan, Rodolphus y Bellatrix Lestrange, dado que Harrison tuvo que salir al Castillo nuevamente, para al menos decir a los retratos y los elfos que aún estaba vivo.
Una vez en el Castillo e informándoles de todos los sucesos, los retratos quedaron más tranquilos al saber de su victoria, no es que lo pusieran en duda, ni nada por el estilo, pero la preocupación de no saber qué había pasado estaba presente.
Quitándoles esa preocupación, les contó que había destituido con éxito a Fudge, condenado a muerte a Umbridge, tras lanzarle una imperdonable y que posteriormente liberaría al día siguiente a Sirius de Azkaban.
- El problema ha sido resuelto, mañana cuando en el interrogatorio con Veritaserum, Sirius incrimine a Dumbledore, mi Proxy pedirá un voto de no confianza contra él.
- ¿Quién crees que estará en el puesto de Jefe de Magos?- Pidió inocentemente su madre, lo cual o no sabía que tenían el poder de poner a cualquiera, o no lo quería saber.
- Sabes que tenemos más del sesenta por ciento de votos, no es quien crea que va a estar, sino quien seguro va a estar. Y para tu información, será…- Se vio interrumpido cuando la señal de la chimenea, diciendo que tenía una visita no programada le avisó, pero lo más raro es que estaban pidiendo una audiencia con él. – Vaya, tendrás que esperar hasta mañana o luego para decírtelo.- Dijo Harrison al retrato de Lily, la cual solo asintió con la cabeza.
Conociendo a Harrison, pondría a otro aliado como Jefe de Magos, tal vez Rabastan, el Lord Greengrass o su esposa, lo mismo para Davies, etc.
Harrison llegó a la chimenea, activando las runas y sacando su vara sutilmente, lista para cogerla en caso de problemas.
- Identifícate.- Ordenó a la chimenea, la cual de ella salió una cabeza de las llamas verdes.
La cabeza parecía a la de un anciano con gafas y largos cabellos, al igual que una barba larga también.
Sorprendiéndose de quien solicitaba permiso para entrar, frunció el ceño ligeramente, no sería bueno que Dumbledore entrara en su Castillo, pero siempre podía mandarlo a las mazmorras, pues Harrison estaba en sus propios dominios, sería una completa tontería que lo atacara en su casa.
Pensando duramente, decidió por traer refuerzos, saliendo de la visión de la chimenea, pidió a un elfo rápidamente que avisara a Lord Alucard y Lord Black sobre el tema, tener a un mago y un nigromante perfectamente capacitados como copia de seguridad, era lo que había que hacer, mientras que apareciesen o no, intentaría ganar tiempo con el viejo.
Pensando a toda velocidad, se preguntó la razón por la que estaría pidiendo permiso para entrar en el Castillo Peverell.
- Buenas tardes, Director Dumbledore.- Saludó Harrison cortésmente al viejo, con la esperanza vana de que se quedara dónde estaba.
- Buenas tardes, Lord Peverell. Me preguntaba si sería tan amable de reunirse conmigo en Hogwarts a la brevedad posible.- Confirmó al menos una de las sospechas de Harrison, el viejo quería llevarlo a su propio territorio o al menos uno conocido.
Si aceptaba ir, daría al viejo la oportunidad perfecta para secuestrarle, solamente sus elfos domésticos sabrían dónde estaba, algo que no pensaba permitir.
- Me temo, director Dumbledore, que es bastante tarde, como para una reunión en el colegio. Tengo que atender ciertos asuntos.
- ¿Y no podrían esperar esos asuntos? Después de todo, el negocio que le tengo, concierne a Hogwarts, como su propiedad.- Dijo con una sonrisa que podía notar era falsa, pues sabía que todavía estaba dando guerra en los asuntos concernientes al colegio.
Notando como las salas del Castillo le indicaban que su copia de seguridad había llegado, pero que estaban fuera de la vista del viejo, sonrió internamente ante las tretas del hombre.
Sopesando los pros y los contras de tener al viejo en su propia casa y territorio, ahora que tenía la copia de seguridad restablecida, pensó en invitarle a entrar.
- Lo siento, director Dumbledore, pero me temo que no va a poder ser este día, tal vez mañana, después de la sesión del Wizengamot me pueda presentar.
- Temo que debo insistir, Lord Peverell. Hogwarts necesita de su asistencia.
- Y yo temo que debo rechazar su oferta una vez más. Aunque se lo voy a poner bien claro, no me fío de usted. A menos que vaya escoltado con… digamos dos aliados más, no pienso poner un pie en su despacho si puedo evitarlo, al menos mientras que sigamos en este… tipo de guerra, por así decirlo.
- Y lo entiendo perfectamente, yo tampoco me fiaría si fuera tú, pero ciertas medidas deben ser tomadas con respecto a las salas y las finanzas del castillo, ¿No dejarás que los pobres estudiantes estén desamparados, verdad?- Albus tenía un punto y lo sabía, por muy poco que se fiara de él en estos momentos, necesitaba que Lord Peverell entrara en Hogwarts o fuera a Hogsmeade en las Tres Escobas, tenía que recurrir a su último truco, por así decirlo.
Si lo raptaba y lo confundía o mejor, ponerlo bajo la maldición Imperius, tal vez, diera tiempo suficiente a Severus para crear una poción que le permitiera controlarlo mejor. Tan solo tenía que desarmarlo en cuanto llegara por la chimenea.
Dándose cuenta de que lo tenía en sus garras proverbiales, Dumbledore sonrió internamente.
- Está bien, pero iré desde Hogsmeade al castillo.
- De acuerdo, en las mismas puertas de entrada estará esperando Minerva para escoltarte.- Fue la respuesta, tras eso Dumbledore desapareció de la chimenea.
- Es una trampa.- Fue la escueta opinión de Lord Alucard. – Te estará esperando con sus refuerzos.
- Lo sé y es por eso que no iré solo. Solo puedo ser visto como un único y posiblemente fácil punto blanco, pero con más Lores allí, tendrán más cuidado.
- O tal vez no, la gente de Dumbledore le da igual la política. Si nos atacan, nos matarán.
- ¿Crees que está tan desesperado?
- Sabe que tenemos a Sirius en una casa franca. Te quiere controlar políticamente y económicamente. ¿Tú que crees?
- Llamemos a los gobblins entonces. Si quiere una guerra, guerra tendrá.- Dijo Harrison cogiendo pluma, tintero y pergamino, escribiendo una carta rápida para los gobblins, al menos que estuvieran preparados para actuar rápidamente si algo sucedía. – No os obligo a venir, si queréis venir, podéis hacerlo… pero en cuanto diga que os marchéis, lo hacéis. ¿Entendido?
- ¿Qué harías si las cosas se ponen feas?
- Por ley, puedo defenderme matándolos. Pero espero no llegar a hacer eso. Creo que los asustaré lo suficiente, después de todo, la magia familiar está para que el mundo sepa lo que es. Mucha especulación ha habido en los periódicos.- Contestó pensando bien en lo que haría una vez estuviera allí.
Un silencio se adueñó de la casa, hasta que el mismo elfo doméstico volvió con otra nota de los gobblins, respondiendo afirmativamente, que estarían esperando noticias suyas.
- Dobby, necesito que vayas a las Tres Escobas y te mantengas oculto. Si cuando lleguemos, comienzan a disparar maldiciones, entonces corre a Gringotts. ¿Entendido?
- Si Maestro.- Dijo el elfo desapareciendo con un ligero pop.
Yendo hacia el salón de los retratos, informó que estaría fuera un tiempo, dado que el viejo quería verlo en Hogwarts por algún que otro negocio con el castillo. Sabiendo que era una trampa y diciéndoselo a los retratos, éstos le miraban con el rostro de preocupación.
- Ten cuidado Harrison. Solo ten cuidado. Has llegado muy lejos para que ahora te maten o peor.
- Lo sé Markus, no te preocupes. No pasará nada.- Dijo con una sonrisa tranquilizadora y de confianza. – Me enfrentaré a él si es necesario.
- Tiene medio siglo o más de experiencia que tú, ¿Crees ganarle?- Pidió James preocupado también por su hijo.
- Puede que sí o puede que no. Todo depende de lo que haga en el duelo. Tal vez, tenga que usar la nigromancia y el anillo.
- Cuidado cuando levantes Inferius con él. Puede resultar difícil de controlarlos.
- No los levantaré si puedo evitarlo, sino, me temo que la cosa se pondrá candente también. Solo espero que el pueblo de Hogsmeade no acabe destruido.- Contestó Harrison a los retratos, suspirando, dio el visto bueno a los Lores para que pasaran primero, dado que las Tres Escobas era un punto de reunión, no tenían por qué atacarlos a ellos.
- Tened cuidado.
- Igualmente. Nos veremos allí.- Dijeron ambos, tomando una pizca de polvos Flú y desapareciendo en las llamas verdes.
- Winky, avisa al resto de aliados, que se preparen por si acaso caigo.
- Si maestro, suerte.- Dijo la elfina desapareciendo también.
Cogiendo su propia ración de polvos Flú, entró en las llamas llamando a las Tres Escobas y saliendo en una taberna mortalmente tranquila.
Al otro lado lo esperaban Arcturus y Vlad con las varitas listas y en las manos. Sacando la suya rápidamente se puso en guardia.
Al parecer no había clientes, la dueña del bar estaba por ninguna parte, pues dentro de la barra estaba Molly Weasley con la varita apuntando hacia Harrison. Era una trampa y todos lo sabían.
Mirando a las posibles salidas, las vio tapadas por miembros de la camarilla de Dumbledore. Un hombre con lo que parecía un ojo falso y pata de palo, estaba viniendo hacia él.
El guardián de las llaves de Hogwarts estaba tapando la única entrada y salida.
Arriba, en la sala que albergaba habitaciones privadas, había más gente, trabajadores del ministerio de magia.
Un viejo estaba con un hombre de pelo graso y nariz ganchuda, cubriendo el otro lado de la barra.
Por detrás de la barra, había más gente y profesores de Hogwarts leales a Dumbledore. Sonriendo ligeramente, Harrison vio con satisfacción que Filius Flitwick miraba con aprehensión al estar presente.
- ¡Filius Flitwick! Del Clan Flitwick, ¿Saben tus hermanos y hermanas que estás aquí, para tenderme una trampa y cometer alta traición a Gringotts?
- ¡Lo saben, Lord Peverell, estoy contra mi voluntad! Prefiero estar en Hogwarts o con mi clan en estos momentos.
- Perfecto. No quiero tener que matarte.
- ¡Ja!- Vino la risa del hombre con el ojo falso. - ¿Crees que tienes alguna posibilidad contra todos nosotros? No eres más que un niño con suerte.
- ¿Y tú eres?
- Alastor Moody.- Respondió escuetamente, vigilándolo con los dos ojos, aunque creía haber jurado que el otro se movía.
- ¿Ojo falso? ¿Encantado tal vez para ver cosas invisibles y… salas?- Preguntó Harrison sonriendo ante la sorpresa fugaz del hombre.
- Eres observador. Lord Black y Lord Alucard, vosotros sois libres de marchar ahora mismo, no queremos haceros daño, pero si os quedáis a dar ayuda a éste niño, entonces nos veremos en la obligación de atacar.- Sentenció Alastor con un gruñido de garganta, lo cual hizo que los otros se tensaran y apuntaran a los tres recién llegados.
- ¿Sabéis que atacarnos, es condenado con la muerte? ¿Verdad?
- Solo si nos pillan y cuando acabemos contigo, mocoso, no nos pasará nada.- Fue la contestación de la bruja pelirroja.
- ¿Una Weasley? ¿Tú marido también está aquí?
- Aquí estoy Peverell…
- Tú serás el primero que mate, traidor.- Habló fríamente Harrison, no dejando de apuntar hacia la dirección de Alastor.
El silencio incomodo que siguiera a la declaración de Harrison, confirmó las sospechas de todos los presentes, tendrían que luchar para llegar a algo.
El hombre viejo de arriba, si no se equivocaba Lord Doge, habló repentinamente.
- No hace falta que lo llevemos a las manos, Lord Peverell, solo queremos hablar.
- Raro lugar para hablar, ¿No te parece Elphias?- Preguntó Arcturus con una ceja levantada. – Tú eres Lord, ¿No te parece excesivo para silenciar a otro Lord, justo después de lo que ha sucedido hoy en el Wizengamot?
- Precisamente por eso Arcturus, es necesario detener esta barbarie.- Contestó Lord Doge, negando con la cabeza y sacando su varita. – Somos más, Arcturus, rendíos.
- Arcturus, Vlad. Marchaos.- Dijo Harrison sabiendo lo que tenía que hacer para defenderse y, desgraciadamente no podía hacerlo con ellos dentro.
- ¿Estás seguro, Harrison?- Pidió Arcturus, pero el mencionado Lord dio una mirada significativa a Vlad, el cual comprendió.
- Está seguro, Lord Black, debemos marcharnos, las cosas se van a poner feas ya.
- Está bien, nos marchamos… despejad el camino.- Dijo Lord Black sin bajar la varita, pues no se fiaba de ellos completamente. Nadie se movió.
- Sois unos mentirosos… y unos hipócritas.- Comentó secamente Arcturus, poniéndose en firmes.
Los sonidos de aparición a las afueras se comenzaron a escuchar, los refuerzos habían llegado, pero nadie sabía de quien.
Todos estaban en calma antes de que alguien comenzara a tirar maldiciones a diestra y siniestra, sin siquiera esperar una orden. Pandemónium se desató y el infierno lo siguió, tras sentir los títeres de Dumbledore el aura oscura que siguió. Era peor que los dementores, era como si la mismísima muerte estuviera presente, cada cual chillaba de miedo y terror, hasta que de pronto, se vislumbró la primera maldición asesina, viniendo directamente de Lord Peverell.
