Nota de autor:

He aquí la segunda parte. El siguiente capítulo lo llevo a medias y puede que tarde un poco más de lo previsto en actualizar debido a los últimos repasos de estudios que tengo que hacer antes de la oposición.

Puede que en este capítulo haya partes que parezcan un poco "aburridas" pero serán parte de la trama en los capítulos posteriores.

Las prometidas de Harrison comenzaran a tener más apariciones a partir de capítulos en los que se encuentren todos y todas en Hogwarts.

Sin mucho más que añadir, me despido y siento la tardanza, espero que les guste y todo tipo de comentarios son bienvenidos, aunque no los responda o los responda muy largos. Espero que no haya molestado a muchos lectores la respuesta que di en el anterior capítulo.

Sin mucho más que añadir, un cordial saludo.

….

CAPITULO 9

PREPARANDO HOGWARTS

PARTE 2

Harrison y Vlad se encontraban atrapados en medio de cientos de miles de arañas gigantes, que venían sobre ellos sin descanso y sin temor ya por las auras de muerte que ambos nigromantes desprendían.

Tanto los dos comenzaron a lanzar maldiciones y transfiguraciones de todo tipo, casi llegando al nivel de guerra total, sin darse cuenta de lo que lanzaban, pues sus vidas dependían de ello.

Hacía rato que los elfos domésticos se habían marchado a instancias de Harrison, pues sabían que podrían morir por los ataques de ellos mismos hacia los bichos.

Las arañas llegaban cuando una caía, era como si diez más salieran de la nada, tras la caída de una de sus compañeras o compañeros, algo totalmente increíble para Vlad, que seguía esquivando, corriendo, lanzando magia, saltando a las copas de los árboles, todo ello con su velocidad vampírica, pero sin abandonar a Harrison que aumentaba con cada minuto que pasaba su aura, como si ni siquiera se diera cuenta.

El problema que tenía Harrison con el aura de muerte, era simple, se lo había explicado tanto a Markus como Marduk y todos los nigromantes de la familia coincidían en un único punto.

- No lo utilices si tu vida no depende de ello, podría resultar peligroso para los que están alrededor. Creo que el aura de muerte ha llegado al punto en el que podrías atacar y herir con ella, matando seguramente al que toque.- Fue la explicación de un nigromante posterior a Markus que se especializó en ese tema de las auras.

Harrison acordó no usarla si no era necesario, o usarla en caso de que tuviera que hacer una pequeña muestra con otro nigromante.

El predecesor de Markus que estudió las auras se llamaba, Titus Peverell y fue un nigromante en la misma época romana que Markus, pero dedicado en cuerpo y alma al estudio de la nigromancia y las auras que podían reflectar los nigromantes.

En el estudio de Titus, descubrió que había siete niveles de aura de muerte, en el cual el nivel más bajo era el que se mostraba para reconocer a otro nigromante en la zona y el más alto era el que pocos o casi ninguno podían usar, salvo el nigromante famoso llamado Plutón, contraparte del nigromante griego llamado Hades.

Plutón podía hacer lo mismo que Hades, liberar su aura de muerte para teletransportarse hacia cualquier lugar, pero también podía arrancar las almas de los cuerpos de los vivos, exorcizarlas o destruirlas. Era un poder temible y con tan solo dominar ese nivel, podías fluctuar entre los demás niveles.

También era peligroso, pues abusar del poder podía volver inestable al nigromante que lo utilizaba, por eso no se documentó las formas de dominar el arte y los nigromantes que lo hicieron, terminaron muriendo siglos después, siendo adorados, como "dioses" de las distintas mitologías muggles.

Ahora Harrison comprendía lo que Titus le había advertido, lo que estaba usando de su aura, era como el nivel dos o tres, ya que podía observar como dañaba a las arañas y las mataba, haciendo que la negrura que aparecía consumiera todo, matando a todo lo que tocaba a su paso, salvo a Vlad, que ponía especial énfasis en que no muriese si tocaba por error el aura negra.

Dejando de lanzar hechizos, maldiciones y encantamientos, probó algo nuevo, advirtiendo a Vlad de que levantara escudos fuertes y potentes, para ponerse a resguardo.

Éste sin que se lo tuvieran que repetir dos veces, dejó que su aura lo guiara a un lugar seguro, en el que comenzó a lanzar todo tipo de encantamientos escudos sobre sí mismo, incluyendo salas de protección.

Lo bueno, es que estaría protegido. Lo malo, se pediría lo que haría Harrison, a no ser que volviera invisible una de las paredes de acero en la que estaba Vlad resguardado.

Haciendo precisamente eso, sus ojos se abrieron de incredulidad ante lo que veía.

Harrison estaba en el medio de una tormenta negra que salía a borbotones de su cuerpo, la estaba moldeando en picas, lanzas, espadas, flechas, lluvia puntiaguda, látigos, etc. en fin, todo lo que pudiera dañar o matar a uno de esos bichos, estaba siendo evocado y transformado de la niebla negra, que era el aura del pequeño Lord.

Moviendo su fuerza de voluntad y sabiendo que Vlad estaba a salvo de la pequeña prueba que iba a comenzar, Harrison mandó sobre su aura para renovar el ataque, pillando por sorpresa a todo animal y ser que había en las inmediaciones, matando a cientos de arañas gigantes en el instante en que las armas arrojadizas tocaban la piel de éstas.

Barreras peludas de negro aparecían tras la primera embestida de Harrison con su nuevo poder recién descubierto.

Un nuevo tipo de emoción comenzó a dominar al joven Peverell, dejándose llevar por dicha emoción, perdió temporalmente el control sobre el estado de su aura, haciendo que ésta creciera aún más, a medida que más arañas caían.

Inconscientemente, Harrison no se daba cuenta del precio que pagaba por aumentar su aura o más bien el precio que pagaban aquellos seres sensibles que morían.

Podían ser bestias que consumían carne humana, podían ser animales sin sentido y todo lo que quisiera el mago común decir de las acromantulas, pero al fin y al cabo eran seres vivos con una pequeña alma.

Todo ser vivo consciente, tenía un alma. Desde el insecto más pequeño y mundano, hasta la criatura más grande y mágica.

Lo que tampoco sabía Titus Peverell es que para dominar los siete niveles de aura de muerte, se tenía que hacer un pequeño sacrificio para aumentar el poder.

Por cada ser con alma que mataba Harrison, su aura aumentaba un poco más de poder, llenándole de vida y fuerza al mismo tiempo.

También podía resultar peligroso hacer eso, pues podría convertirse en otro nigromante como Hades o Plutón.

Se decía que Thanatos, dios griego de la muerte o personificación de la muerte misma, era de hecho la muerte, pero con representación en la época de los hechiceros y sacerdotes griegos, que se hicieron ver a sí mismos como dioses por los muggles.

Thanatos era respetado por todo el mundo, pues donde había vida, había muerte, siendo ese el orden natural de las cosas, pero aparte del respeto que le tenían, también llegó con miedo y hasta veces, con las ganas de engañarlo, algo que seguramente no le gustara.

En la historia, Thanatos se decía que era hijo de Nix, diosa primordial de la noche y hermano gemelo de Hipnos, dios del sueño.

Yendo tan lejos en la historia, Harrison aprendió sobre las leyendas que contaban de Thanatos o al menos de sus antepasados que aprendieron de sus leyendas mismas.

Se decía que Thanatos era la personificación de la muerte, sin violencia. Su toque era suave, como el de su gemelo Hipnos, el sueño. La muerte violenta era el dominio de sus hermanas amantes de la sangre: las Keres, asiduas al campo de batalla.

Su equivalente o contraparte en la mitología romana era Mors o Letus.

Según la mitología muggle, Thanatos era una criatura de oscuridad escalofriante, comúnmente representaba a un joven atractivo alado, con una tea o antorcha encendida en la mano que se le apaga o se le cae.

Homero y Hesíodo le hacían hijo de Nix, la noche y gemelo de Hipnos, insinuando que ambos hermanos discutían cada noche, por ver quien se llevaría a cada hombre, o que el sueño anulaba cada noche a los mortales en un intento de imitar a su hermano mayor.

Desempeñaba un papel pequeño en los mitos, pues quedó a la sombra de Hades, el señor de los muertos y los nigromantes.

Los dos hermanos, famosos por la rapidez de sus actos, recibieron el encargo de Zeus de transportar el cuerpo de su hijo Sarpedón hasta Licia, para que pudiera recibir de sus familiares la sepultura que merecía.

El rey de los dioses había concedido a su hijo una vida que abarcaba tres generaciones, y que terminó cuando Sarpedón acudió a la guerra de Troya al frente de los licios, donde fue muerto por Patroclo.

Entonces Zeus pidió a Apolo que purificara su sangre en un río, untara su cuerpo con ambrosía, le vistieran como un inmortal y fuera llevado rápidamente a su tierra, mandato que cumplieron Thanatos e Hipnos.

Thanatos actuaba cumpliendo el destino que las Moiras, las cuales dictaban, para cada mortal. En una ocasión Admeto obtuvo de Apolo la gracia de que las Moiras pudieran aceptar que cuando él estuviera a punto de morir, pudiera reemplazarle en su destino cualquier persona que lo aceptara voluntariamente. Cuando esto ocurrió, y tras recibir Admeto la negativa de sus padres, sólo su esposa Alcestis se ofreció a morir por él.

Sin embargo Heracles retuvo a Thanatos por la fuerza, intentando persuadirle de que esperase a que a la joven le llegase su hora de forma natural.

Thanatos repudiaba estas triquiñuelas de los dioses (especialmente Apolo) que interferían sus funciones, y tras esta pequeña derrota, reclamó el respeto debido y fue incluso capaz de llevarse al mismo Heracles cuando le llegó su turno.

Se casó con Macaria, señora de la Isla de los Bienaventurados e hija de Hades y Perséfone.

En el arte, Thanatos era representado como un hombre joven con barba llevando una mariposa, una corona o una antorcha invertida en sus manos. A veces tiene dos alas y una espada sujeta a su cinturón.

Así era la historia que los nigromantes de su familia, los que habían vivido en Grecia, le contaron de la muerte, haciendo que Harrison también sintiera un respeto y asombro por la misma.

Respeto porque se imaginaba que cuando le llegara la hora, no discutiría ni siquiera pediría oportunidades como muchos habían hecho. Ni mucho menos haría como Voldemort de tratar de engañarla haciendo la construcción de Horrocruxes.

La muerte misma, según tenía entendido Harrison tras sus estudios de Nigromancia, no era sino el paso a la siguiente aventura, sin querer, citando a Dumbledore en su intento por que la gente no tuviera miedo de ésta, dados sus planes.

Volviendo al tema, Harrison también se asombraba de los mitos y leyendas que le eran contados y podría incluso simpatizar en que no le gustaría que la gente anduviera causando ese tipo de problemas, tratando de escapar del destino impuesto a ellos.

Ahora, Harrison sabía que en todo mito, había una fase de realidad, pues todas las culturas, tanto mágicas como mundanas, describían de la misma forma a la Muerte. Tal vez, el Aspecto o la personificación sí que existiera, pero en otro tipo de mundo o dimensión.

Cuando pensaba en ello le dolía a veces la cabeza y llegaba a la misma conclusión. Sin pruebas, no hay respuestas, sin conocimiento, no hay probabilidades de aprendizaje. Es por ello que trataba de no pensar mucho en ese tema en particular, pero desgraciadamente, no pudo evitar pensar ahora, dado la fuerza de su propia aura que mataba a destajo todo lo que tocaba y parecía estar en descontrol.

Por unos momentos el mismo Harrison se asustó de su poder, aumentando más la fuerza tras la emoción del miedo, dándose cuenta rápidamente que si no cesaba en sus emociones, no controlaría el aura de muerte.

Metiéndose de lleno en su Oclumancia y paisaje mental, restauró las paredes que se estaban derrumbando tras el feroz ataque y mortal.

Cuando tuvo un asimiento de sus defensas mentales, se sorprendió al descubrir algún tipo de ser o aura en su interior que le hablaba.

No podía ser parte del Horrocrux de Voldemort, dado que había absorbido a esa misma parte, tampoco podía ser Markus, dado que también hizo el ritual bien.

Curioso, investigó un poco de donde venía esa voz. Yendo hacia el origen del sonido, se encontró en lo más profundo de su ser, viendo como una figura de negro absoluto, el cual absorbía la luz que le llegaba, lo estaba observando.

- Has llegado muy lejos, joven nigromante. No temas el poder que tienes, pues es especial.

- ¿Quién eres?

- Soy la personificación de tu aura, Harrison Peverell, nigromante de nigromantes. Como he dicho, has llegado muy lejos en tu formación nigromántica, pero aun tienes mucho que aprender, sigue así y no me utilices de nuevo en estos niveles, pues podría ser peligroso para ti. Cuando estés listo y créeme que sabrás cuando es la hora, podrás acceder a estos niveles de nuevo, dominando los cuatro primeros niveles del aura mortal.

- ¿Qué pasará ahora? ¿Lograré controlarme? No quiero dañar a las personas que me importan.

- Muy loable de ti. Me impresiona bastante, y es por eso que no, no dañarás a nadie que te importe en este bosque, tanto es así como las criaturas inocentes que lo habitan. Solamente las arañas gigantes se están viendo afectadas, tanto por el aura como por las armas que has creado de ella, algo impresionante de verdad.

- Hablas como si estuvieras vivo y hubieras vivido…

- Sí… te darás cuenta de que hay seres superiores en tu mundo y místicos que te están observando. Hay una profecía muy antigua que habla de ti, joven nigromante de ojos verdes.

- No creo en las profecías.- Dijo obstinadamente Harrison, sintiendo una especie de escalofrío recorrer su espina dorsal.

- Deberías, al menos las realizadas por los competentes y verdaderos oráculos. Cuando llegue tu momento, te mostraré… joven nigromante. Suerte.- Terminó de hablar, volviendo a ser lo que era, su propia aura y dejando a Harrison llegar a su paisaje mental, el cual no había cambiado en absoluto, o eso es lo que Harrison pensaba.

Saliendo de su mente y estando más en control de su aura que momentos antes, paró lo que estaba haciendo inmediatamente, dándose cuenta de que había matado con éxito a todas las arañas habidas en el bosque prohibido, causando una pequeña destrucción a su alrededor, que tomaría meses, sino años para que volvieran a crecer las plantas y árboles.

Dándose la vuelta, Harrison miró con temor en sus ojos a sus aliados y nueva familia, los cuales estaban pasmados y boquiabiertos mirándolo con cierto temor, pero no el temor de tenerle miedo, sino temor por su bienestar.

- Os dije que no os dañaría…- Dijo mientras caía al suelo desmayado del poder que había sacado de sí mismo, la prueba que había realizado era completamente positiva, pero aun así, no volvería a hacerla en mucho tiempo, llegando solo a experimentar con su aura, cuando estuviera de nuevo en el Castillo Peverell.

Cayendo al suelo, fue recogido por Irina justo antes de que rozara el suelo mencionado. Alzándolo en sus brazos, vio con cierto asombro morboso, como las arañas, incluidas las dos gigantes comenzaban a desaparecer, dejando solo un reguero de seda de acromantula.

- Al parecer tenemos un ganador.- Dijo sarcásticamente Radu, el cual tenía miedo en su cuerpo, tras sentir el verdadero poder o un poco de ese poder, provenir de Harrison.

- Ciertamente, hermano. Espero que Harrison no vuelva a hacer pruebas de esas, cuando tocó una hebra de… lo que fuera que hizo y sacó con su aura, mis barreras y salas comenzaron a fallar. Menos mal que vinisteis a tiempo…

- No te hubiera hecho daño tío, ya lo oíste.- Regañó Irina a su tío el cual parecía un poco avergonzado tras haber dudado.

Saliendo del bosque o del territorio de las arañas, vieron a los centauros temblar de miedo, pero no obstante ir rápidamente hacia los magos, brujas y hechicero que iban hacia ellos.

Con un suspiro, todos comenzaron a contar lo sucedido desde sus diferentes puntos de vista, siendo Vlad el último en hablar y terminar.

Los centauros no tenían palabras, ya sean de agradecimiento o temor, pues habían sentido lo mismo que los humanos en el bosque y que todas las criaturas, más se sentían aliviados de que las acromantulas hubieran desaparecido o sido cazadas con vida, al menos las pequeñas, los bebés que serían enviados y vendidos a las reservas que se dedicaban a la recolección de las sedas y la construcción de las prendas de ropa, hechas por éstas.

Salto de escena.

Harrison se despertó en la cama de la oficina del Lord en Hogwarts. No sabía cómo había llegado hasta allí, pero sabía lo que le había pasado, se había desmayado de tanto poder utilizado, era la primera vez que le sucedía.

Mirando hacia el techo, no se dio cuenta de su compañera en la misma habitación, la cual solo sonrió ante la vista de Harrison fruncir el ceño en concentración.

- Buenos días, dormilón.- Saludó la voz suave de Irina.

Harrison se dio la vuelta para mirarla a los ojos, lo cual la sorprendió de lo que vio en ellos. Temor, pero no el típico temor de algo o alguien, sino temor de su propio poder oculto.

- Buenos días… ¿Cuánto…?

- ¿Cuánto tiempo has estado dormido?

- Sí…

- Dos días.

- ¡Dos días!- Dijo abriendo mucho los ojos e intentando levantarse, pero una mano suave se lo impidió.

- Tranquilo, Harrison. Mi tío se ha estado haciendo cargo del castillo junto a Arcturus. No tienes por qué preocuparte.

- Ah… está bien… ¿Qué pasó cuando me calmé?

- Te desmayaste. Estábamos muy preocupados por ti, te trajimos hacia aquí, pero no sabíamos si llevarte a la enfermería con Madame Pomphrey o simplemente traerte a los cuartos del Lord. Tus basiliscos eran muy convincentes cuando nos siseaban si íbamos en la dirección equivocada.- Dijo con una mueca en su rostro, lo cual sacó una pequeña risa de Harrison.

Pensando en lo que le había sucedido y la pequeña conversación con… lo que fuera que había dentro de él, decidió hacer caso del ente y prepararse más para la próxima vez que eso sucediera.

No utilizaría los niveles del aura de muerte, pero no por ello dejaría de usarla, sobre todo para los distintos tipos de rituales o invocaciones.

- ¿Te has quedado aquí, los dos días?

- Por supuesto, también estaba preocupada, aunque no se note, aprecio que seas mi prometido.

- ¿Has hablado con las chicas, supongo?

- Con Adhara. Me faltan por conocer a Astoria y Nymphadora.

- A Nymphadora la puedes conocer en el castillo, está en la casa Hufflepuff, segundo año. Es una metamorfomaga que le gusta ponerse el pelo rosa… no me preguntes.- Rio entre dientes ante la mirada atónita de Irina, la cual si bien no creía posible que hubiera más rarezas en la vida de Harrison, se había equivocado, pues una de sus prometidas era una metamorfomaga.

- Dime Harrison…- Pidió en voz baja Irina, apartando ligeramente la mirada de Harrison.

- ¿Qué pasa?- Pidió Harrison, cogiendo de la barbilla a Irina y haciendo contacto visual con ella.

- Respetarías mis deseos de ser Maestra Nigromante… ¿Cómo Adhara afirma que harías? ¿O nos quieres solo para estar en la casa, cuidando de los niños?- Preguntó Irina con un ligero temblor en la voz, podría sonar irrespetuoso de su parte o poco tradicional que una mujer dijera tales cosas, pero… sentía que era su deber saber.

- No te preocupes Irina, jamás os mantendría en una casa encerradas para que hagáis las tareas del hogar, los elfos me matarían si eso sucediera. No, puedes ser lo que quieras, respetaré tus deseos y si puedo ayudarte a que lo consigas, entonces así lo haré. Además, necesitarás aprender la magia familiar, pues serás una Peverell.- Contestó Harrison riendo entre dientes, de tan solo imaginar que podría obligar a sus cinco esposas, cuando encontrara la quinta, a permanecer en el hogar, mientras que él corría toda clase de aventuras locas, era una estupidez.

Si había elegido las hijas de las Casas que había escogido ser aliado en un principio, era por varios motivos.

La hija de la Casa Black, debido al poder que tenían estos en ciertas áreas de la magia. Sabiendo que la hija de Regulus estaba ya comprometida con otra Casa, escogió a Nymphadora.

Nymphadora es una metamorfomaga y los hijos que tuviera con ella, tendrían ese don. No solo eso, sino que abría muchas puertas a él, tener un don así en la familia. A ella la protegería de los interesados en el ministerio de magia y Harrison se podría beneficiar un poco de ello.

En cambio, la hija de la Casa Lestrange, si bien no era una metamorfomaga, era inteligente y se la veía capaz en la magia, al menos en lo que había visto hasta ahora. No por nada descendía de una casa que dotaba a los magos y brujas con poder. Decir que cuando fuera mayor, sería sumamente hermosa, también contaba.

La segunda hija de la Casa Greengrass vino a través de contrato de matrimonio preestablecido con la subfamilia Potter, algo totalmente inesperado, pero no obstante positivo para Harrison. La niña se la veía con un espíritu investigador y seguramente sería aventurera. También sería muy hermosa, como sus dos hermanas-esposas.

Finalmente llegó una de las hijas de Radu, siendo Irina, que le llamó más la atención.

No fue por su espléndido físico o su Casa, sino por ese pelo de color carmesí y esos ojos del mismo tono. Que ella intentara hipnotizarlo en la primera reunión y no pudiera, contaba para algo también.

Aparte, había encontrado su mitad en la nigromancia, estudios que él atesoraba y le gustaba practicar.

Que tuvieran los mismos sueños de convertirse ambos en Maestros, aseguraba que se llevarían bastante bien.

Desgraciadamente, uno de los lados negativos de tener el cuerpo de un niño de nueve años, era que tendría que esperar hasta cumplir los doce o trece años, para consumar los contratos de matrimonio y desposarse con sus chicas.

Maldita sea las hormonas y la adolescencia, que tenía un momento y lugar para aparecer. Si bien Harrison era un niño, era al menos consciente de dónde venían los niños y cómo éstos se tenían que hacer, al menos la teoría.

- No te preocupes, Irina, te ayudaré en tus estudios de Nigromancia, pero… tal vez sea un poco duro al principio.

- ¿Qué quieres decir?

- Tendrás que dominar todas las Sendas y sus rituales, para poder ser moderadamente competente. También te enseñaré de diferentes grimorios de nigromantes de mi familia y sus investigaciones. Por cierto, ¿A qué rama de la nigromancia quieres dedicarte?

- A la senda del Sepulcro… aunque si dices que voy a tener que estudiar las demás Sendas, creo que a todas ellas sería bueno.

- Estupendo. Ves, yo por ejemplo quiero dedicarme a la investigación y la creación de nuevos hechizos, maldiciones y modos de nigromancia, también la creación de objetos que ayuden a comprender mejor los aspectos de la muerte y la vida.

- Eso es muy… ambicioso.

- Eso pasa cuando tienes por familia a miles de nigromantes que están enseñándote lo que ellos aprendieron cuando eran aprendices.

- Entiendo.- Dijo asintiendo con la cabeza, moviendo su pelo rojo, cayéndole por el rostro al mismo tiempo.

Con una sonrisa le dio un beso en la frente, despidiéndose de él y diciéndole que a los demás le gustaría verle despierto, no obstante tenía prohibido levantarse de la cama.

- Si te levantas, te vuelvo a acostar y te ato a ella.

- Sí, mi señora.- Burló un poco Harrison con una sonrisa, la cual fue devuelta coquetamente.

Saliendo Irina de la habitación, fue a la otra para avisar a su tío y Arcturus de que Harrison estaba despierto ya.

Cuando los dos hombres entraron, sus rostros se relajaron un poco, pero no obstante seguían preocupados.

- ¿Ha pasado algo?

- No… es solo que dirigir este tipo de castillo, mientras que estabas inconsciente, ha sido…

- ¿Una tortura?- Comentó Arcturus a su compañero, el cual asintió de mala gana.

- Nunca pensé que una escuela tendría tantos problemas, todos los días y casi a todas horas.

- Bienvenidos a mi mundo, cuando me hice cargo.

- ¿Cómo lo haces?

- Con paciencia… y mucha meditación. También tengo ayuda de los retratos de mis ancestros en llevar la escuela, pero cuando todo esto termine… pienso en la contratación de un director y subdirector o directora y subdirectora… lo que sea. Dime Vlad, ¿Tu esposa se ha hecho cargo ya del puesto de Historia de la Magia?

- Sí y está muy contenta de poder hacerlo, pero no está en absoluto contenta con su predecesor.

- Es comprensible…- Dijo suspirando, mientras que se destapaba, para ver que estaba completamente desnudo debajo de las sabanas y mantas. - ¿Pero qué…?- Se quedó pensativo mientras que los dos Lores reían de la situación de Harrison.

Parecía que Irina había ido un paso más allá y había desnudado a Harrison, no encontrando un pijama adecuado, lo dejó como vino al mundo dentro de las sabanas y mantas. Completamente desnudo.

- Al parecer mi sobrina te cuida bien, o que pensó que estabas herido y quería ver si podía curarte.- Rio a carcajada limpia Vlad, lo cual provocó un ligero sonrojo sobre las mejillas del joven Lord.

- Muy gracioso, Vlad, pero espera hasta que la vea desnuda a ella… ¿Qué estoy pensando? Esos pensamientos deberían venir más tarde, en la adolescencia no ahora… ¡Irina!- Gritó Harrison tapándose nuevamente, a lo lejos se oía la risita de la adolescente, pues sabía a qué venían esos gritos.

Más tarde en el día, Harrison se pudo levantar de la cama para informar brevemente en el Castillo Peverell de sus descubrimientos sobre el aura de muerte y los niveles.

Todos los retratos estuvieron de acuerdo en una cosa, si utilizaba nuevamente el aura de muerte, que se asegurara de no volver a utilizar el nivel dos o tres de esa misma aura, manteniéndolo en constante entrenamiento e investigación sobre dicho tema, hasta que estuviera listo, como dijo el ente oscuro.

También estuvieron de acuerdo en que se relajara un tiempo de Hogwarts y que dejara las cosas en funcionamiento de Lord Alucard y Lord Black, siendo éstos bien capaces hasta el momento, pues solamente tenían que recibir las visitas de los arquitectos en un día y los gobblins en dos, a partir del momento.

Salto de escena.

Malhumorado y un poco avergonzado de que su pronto a ser prometida le hubiera visto desnudo en un momento de debilidad, Harrison se encontraba en su despacho en el Castillo Peverell revisando el contrato de matrimonio con Irina Alucard, en el cual era un contrato estándar.

Firmándolo y sellándolo con su sello de Lord, lo mandó con uno de sus elfos para que lo guardasen en Gringotts, haciendo las copias pertinentes.

Suspirando, tras haberse quitado una de sus muchísimas obligaciones de Lord de encima, vio como últimamente suspiraba en demasía.

- Esto no puede seguir así, si sigo suspirando tanto, me quedaré sin aire… tengo que mantenerme serio.

- Eso es correcto, hijo. Aunque la inmensa presión recaiga sobre ti, no debes nunca rendirte.- Vino la voz de su abuelo, el cual lo estaba asesorando en los sucesos que le había explicado su proxy en el Wizengamot.

Al final se había decidido una fecha para el juicio de Albus Dumbledore, el cual se llevaría a cabo a finales de curso escolar, es decir, el 21 de junio de este año, siendo los juicios de la gente de Dumbledore primero, aquellos a los que no tenía que asistir si no quería, dejando al líder de la supuesta "luz" para asistir.

Estando de acuerdo con Orion en ese tema, le explicó Harrison que todos se enfrentarían al exilio del país, habiendo dado su palabra al viejo ex-director de Hogwarts.

Orion estaba completamente de acuerdo, pues si bien se le vería en una buena lid a Harrison, por no pedir la muerte inmediata de los miembros de la Orden del Fénix, también se le vería como alguien que poseía piedad.

Quitándose esos pensamientos de encima, colocándolos bajo seguro en sus escudos de Oclumancia, Harrison pensó en los siguientes pasos a seguir.

Ahora que estaba de nuevo en el Castillo bien podría continuar con sus estudios en la nigromancia y dejar para más tarde las reuniones con los profesores del departamento de educación mágica para más tarde, o reunirse con ellos primero y entregar las solicitudes de los cursos que quería poner en Hogwarts, así como la explicación de recoger maestros de otros países para que se dieran dichas clases.

Decisiones, decisiones… estuvo muy tentado a lo segundo, pues con ese tema cerrado, solo quedaría la reforma del castillo y las salas del colegio, pudiendo descansar finalmente en ese año y para el siguiente ver personalmente la contratación de nuevos profesores, director/a y subdirector/a para la escuela, además de los jefes de casa.

Luego sería completamente libre para hacer lo que quisiera con su vida, lo cual sería meterse de lleno en sus estudios por los dos años que le quedaban antes de asistir a la escuela como estudiante, algo que no le entusiasmaba demasiado, ya que había hecho las conexiones políticas pertinentes, pero los retratos de sus padres y el padrino alocado que tenía, le habían dicho que al menos debía pasar un año en la escuela para hacer amigos, lejos de las chicas con las que iba a casarse.

Hablando de las chicas, actualmente estaba en el castillo la causante de su mal humor y su vergüenza, caminando por los pasillos con libros antiguos y polvorientos que Marduk y Markus le habían recomendado, para que ella aprendiera las artes nigrománticas correctamente.

Cuando se había levantado de la cama, por alguna extraña razón, Nymphadora e Irina no paraban de sonreírle, también estaba el hecho de que el pensadero estaba a la vista. Solo esperaba que no se hubiera atrevido a enseñarle el recuerdo de su desnudez a Nym.

¿Nym?, pensó para sí mismo brevemente.

- La verdad es que le queda bastante bien… así no tendré que esquivar constantemente algún hechizo de picazón que me mande…- Murmuró para sí mismo, decidiendo que la llamaría eso.

A Astoria y a Adhara no se las había dejado venir en los días que iba a estar en el Castillo, debido a que estaban castigadas por algo que habían hecho conjuntamente, alguna broma de chiquillas, seguramente. No había investigado, pues esa clase de cosas no le llamaban la atención.

Llamando a un elfo doméstico, pidió saber dónde se encontraba Irina para poder ir a comer juntos, puede que se sintiera un poco avergonzado, pero la verdad, iba desapareciendo poco a poco.

- Maestro, la joven señorita está actualmente tomando un baño en su cuarto.

- ¿Un baño dices? Eso es interesante… puede que tome mi venganza después de todo.

- Eso hijo, no sería correcto a hacer. Ella te vio desnudo porque estaba preocupada por ti, lo que tú vas a hacer, es diferente.

- ¿En qué sentido, abuelo?

- Quieres verla desnuda, porque ella te vio desnudo. Completamente diferente y además se lo puede tomar a mal.

- Puede que tengas razón, pero no obstante, creo que sería bueno probar. Después de todo dudo que se bañe con su varita…- Dijo con una sonrisa maliciosa en su rostro, levantándose de su asiento y dirigiéndose hacia los cuartos de Irina.

Una vez llegado a la puerta, se replanteó su plan malvado, algo que no hubiera hecho nunca, pues atesoraba la privacidad de la gente, como la suya propia.

- Tal vez sea cierto y no deba entrar… pero por otro lado… tal vez James tenga razón y deba ser un poco más relajado…- Decidiendo que iba a entrar, Harrison giró con cuidado el pomo de la puerta, abriendo ésta lentamente y echando un vistazo alrededor de la habitación.

Estaba decorada con una estantería para mantener los libros que sacaba de la biblioteca, también poseía un escritorio y una cama de matrimonio con dosel, ricamente decorada. Harrison no reparó en gastos, cuando se enteró de que Irina pasaría un tiempo con él, estudiando la magia familiar Peverell.

Viendo que encima de la cama, había la ropa que se pondría, se acercó un poco para observarla mejor.

La ropa interior era de color morado, ricamente elaborada también, de hecho parecía ser bastante costosa o de alta categoría en la lencería. No sabía muy bien, pues en moda no se metía demasiado y tampoco le interesaba, solamente compraba lo que necesitaba para estar vestido y lo que las mujeres de los retratos le indicaban.

El resto de prendas era un pantalón de cuero, algo ajustado y una camiseta de manga larga de color negro.

Justo al lado había una túnica de color rojo oscuro.

Asintiendo con la cabeza, fue justo al baño, donde podía oír ligeros gemidos procedentes de él, lo cual arqueó una ceja.

Irina tenía dieciséis años, estaba en su plena adolescencia, casi en su adultez mágica, algo que no le sorprendería si ella tenía ciertos deseos carnales que satisfacer. Que lo hiciera a sí misma y en el baño de su Castillo, le dio una ligera mueca de agrado. Al parecer ella ya había aceptado el hecho de que iba a ser su esposo.

Viendo que su abuelo tenía razón y sería, no solo grosero, sino de mal gusto para ella interrumpirla, fue a esperarla a que saliera del baño, levantando una barrera de sonido, para que no escuchara Harrison los gemidos de ella.

Media hora más tarde, la puerta del baño se abrió, para revelar a una Irina con una toalla cubriendo su torso, pero revelando las curvas y el tamaño de sus senos a Harrison.

Con la boca ligeramente abierta tras la belleza que salía del baño, Harrison no se dio cuenta cuando ella se detuvo delante de él, con la cara sonrojada.

- ¿Qué… que haces aquí?- Preguntó un poco nerviosa. No la podía culpar, ella estaba tan solo con una toalla.

- Quería verte. Bueno, también quería tomarme la revancha por haberme visto desnudo. Pero… luego pensé que no te gustaría, así que me quedé aquí a esperarte para ir a comer. Espero no haberte molestado.

- No… ¡Espera! ¿Querías verme desnuda?

- Sí.

- ¿Ya tienes esos impulsos? ¿No es un poco temprano?

- Oh, sí que es temprano. No te preocupes, todavía no los tengo, pero… solamente podría guardar la memoria en mi paisaje mental y cuando los tuviera, bueno, verla más detenidamente.

- ¡Harrison!- Gritó un poco ruborizada la pelirroja, sobre todo de que estuviera teniendo esta conversación, era un poco incómodo.

- Lo siento. No volverá a suceder. Por cierto, creo que te conviene el rojo oscuro, va con tu pelo y ojos.

- Gracias…- Dijo frunciendo el ceño unos momentos, no sabiendo que decir a continuación. Solo esperaba que Harrison saliera del cuarto para cambiarse… o bien podría cambiarse delante de él y satisfacer su deseo de verla desnuda.

Pero eso era un poco vergonzoso para ella, no es que no admitiera a sí misma que estaba teniendo un buen rato en el baño y esperaba que Harrison la pillara, pero… se sentía un poco mal al penar en un niño de nueve años, casi diez, de esa manera.

Cierto que el mundo mágico actuaba sobre leyes y costumbres muy diferentes a las del muggle, pero los cuerpos humanos era todos parecidos, así que…

"¡Para Irina!". Se dijo a sí misma reprendiéndose por estar pensando justo en eso ahora.

Mirando hacia otro lado, intentó ocultar el rubor que le salió en las mejillas, esperando que no se diera cuenta.

- No tienes por qué avergonzarte, además eres muy hermosa.

- Para Harrison, vas a hacer que me parezca a un tomate.- Suplicó Irina, acercándose a la cama para sentarse en ella, al lado de su prometido.

- Por cierto, no te agradecí por preocuparte por mí.- Comentó, dándole un beso en la mejilla, sintiendo un poco de calor en su pecho y estómago. No sabiendo lo que quería decir eso, decidió dejarla sola un rato, para que pudiera cambiarse tranquilamente. – Te espero fuera.

- De acuerdo…- Dijo, agachándose y devolviéndole el beso en la mejilla que le había dado.

En la mesa, los dos solos, estaban comiendo tranquilamente, sin mucha conversación, pues Irina parecía un poco incómoda todavía.

Harrison era compresible que no entendiera el punto, había sido educado en las antiguas tradiciones, en donde los niños eran niños hasta los diez u once años, a partir de ahí se comprometían o ya estaban desposados y esperando para poder tener hijos a los doce o trece años.

Intentando ponerse en la piel de Irina, quiso comenzar la conversación, pero no sabía cómo. Tal vez, abriéndose un poco hacia ella no vendría mal y sería un paso.

Sería la primera vez que se abriera a una persona completamente diferente a los retratos, quienes siempre lo apoyaron en sus momentos más difíciles, entrenando en la sala del tiempo y el espacio.

- Irina…

- ¿Si Harrison?- Preguntó levantando la mirada y encontrándose con el rostro serio de su prometido.

- Irina… yo… lo siento. Siento si te he incomodado yendo a hacerte una visita no programada…

- No te preocupes Harrison, no me incomoda tanto ya… es solo la sorpresa de no esperarte ahí.

- Entiendo. Es un alivio que no estés enfadada conmigo, o al menos, eso espero… yo, la verdad es que a veces no comprendo…

- ¿Qué no comprendes? ¿Son las preguntas ya, de donde vienen los bebés?, Porque creo que no sería la adecuada para contestarlas…- Dijo un poco apresurada, dado que eso, sí que la incomodaba un poco.

- No, no es eso. Puedes estar tranquila, sé de donde vienen y como hacerlos, al menos en la parte teórica.

- ¿Cómo es posible?

- Siempre fui un poco curioso… incluso cuando no sabía de la magia.

- ¿Cuándo no sabías de la magia? Eso no me lo creo. Tienes toda la pinta de haber sido criado en el mundo mágico.

- Puede ser, pero es debido a la magia familiar Peverell y a mi… completa insistencia por avanzar en mis estudios. Creo que debo contarte desde el principio. Aunque no es algo… bonito de una historia.- Dijo, terminando de comer y poniendo los cubiertos encima del plato, siendo este retirado y apareciendo una taza de té, para calmar un poco los nervios.

- Está bien, pero si te sientes más cómodo, podemos ir a algún sitio en el Castillo para que me cuentes. Tampoco estás obligado a decirme algo que no quieras.

- Lo sé, pero creo que la confianza mutua es necesaria para este tipo de relaciones… así que, sí, te voy a dar un relato de mi vida, en el mundo muggle.

- ¿En el mundo muggle?- Preguntó mientras se levantaba, dirigiéndose hacia el salón, pero Harrison la tomó de la mano, dirigiéndola hacia su cuarto, no quería que los retratos volvieran a escuchar su historia, ya de por sí era un tema un poco tabú entre todos, un tema que no tocaban de no ser necesario.

Irina sonrió para sí misma por ser tomada de la mano así, era lindo viniendo de Harrison y explicándole mientras tanto algunos temas que desconocía ella o que jamás hubiera imaginado, tal como la historia principal de como apareció ante sus parientes y estos no lo tomaron a bien.

Cuando llegaron a la habitación de Harrison, Irina comprendía al menos los sentimientos que Harrison poseía hacia los muggles y la desconfianza hacia los adultos, al menos los que no conocía.

También supo de Harrison, que cuando estaba en público, como el Wizengamot o Gringotts, se ponía una máscara, actuando duramente e implacablemente, debido a la misma desconfianza. Aunque no solo fuera ese el único caso, pues también le contó que debía ser fuerte y duro, para mostrar al mundo que los Peverell habían vuelto con toda su fuerza y poder, para manejar los posibles intentos de asesinato, por la historia de las reliquias de la muerte, siendo solamente eso, una historia, ya que fueron creadas y no dadas a sus antepasados.

Las reliquias, según le contó Harrison, las crearon los hermanos Peverell, los del cuento de hadas, pero a lo largo de sus vidas, sus hijos o ellos mismos, si vivían, tuvieron que ir cambiando los nombres de sus familias en subfamilias, para protegerse de los intentos de robo y asesinato.

Dando ahí, la historia de Harrison de cómo tomó el nombre nuevamente, de Peverell, siendo indignante por cómo lo trataron los muggles con los que vivió, pero comprendiendo el deseo de venganza en contra de todos ellos.

Ella haría lo mismo si estuviera en su posición, no podía culparlo, había vivido una vida dura, llena de maltrato y pesar, hasta que descubrió la magia y pudo reclamar sus títulos recientemente, llegando por fin a poder ser libre y comenzar la reconstrucción de una familia.

Familia… era lo que más quería Harrison ahora y… ella estaba dudosa al principio de ser la prometida de un hombre, que tenía más prometidas.

Al principio pensó que lo único que quería eran mujeres hermosas para tenerlas como un harem, pero… ahora no estaba tan segura.

- Es por eso que sé del sexo, estaba en la biblioteca de la escuela, como escape a las palizas.

- ¿En las escuelas muggles hay ese tipo de libros?

- Sí, pero son para más mayores, creo que a partir de los diez u once años.

- ¿Entonces, que es lo que no comprendes?

- Claro, ahora voy a ese tema. Verás me eduqué como hechicero por Markus, siendo éste de otra época distinta a la nuestra, me educó como si fuera un hijo suyo más y como si todavía estuviéramos en su época, lo que quiere decir, que en ese entonces, los niños mágicos se casaban temprano, teniendo hijos temprano también. Es por eso que para mí no es ir rápido en la relación que intento formar con vosotras.

- Ahora entiendo… por eso te casarías con todas nosotras a los doce… ¿Y no antes?

- Exacto. Por mí podría casarme al año que viene, pero no creo que a vuestros padres les guste la idea, al menos eso dijo el abuelo Charlus.

- Ahora es diferente, Harrison. En la tradición contemporánea, te puedes casar a dos edades, depende del contrato matrimonial.

- ¿Qué edades?

- A los catorce y a los diecisiete.

- Veo… ¿Y para cuando los niños?

- Eso no se planea ya, sino que pasa cuando tiene que pasar.- Explicó, viendo como Harrison fruncía el ceño un poco.

- No me gusta… pero respetaré vuestra decisión si es para cuando queréis casaros. Pero tienes un problema… tú no tienes catorce ya.

- No, tengo dieciséis. En agosto, hago los diecisiete, si quieres podemos casarnos en esa fecha o en septiembre, aunque tendremos problemas para…

- ¿Consumar?

- No, bueno sí, pero no es eso.- Comentó con una risita un poco tonta. – Lo que quiero decir, es que tendremos problemas para casarnos, debido a que estaré en Hogwarts.

- Entiendo. No es un problema, podemos esperar si quieres hasta que te gradúes, sabes que te apoyaré en las decisiones que tomes con respecto a lo de la maestría o maestrías si quieres más de una.

- Gracias, eres muy amable por apoyarme… pero creo que sería mejor si nos casáramos en agosto.

- Está bien, hablaré con tus padres y con el Jefe de tu familia para comenzar los preparativos. ¿Dónde quieres la ceremonia?

- ¿Cómo se hacía antiguamente?

- Se hacía de dos maneras. Se iba a un druida para que te casara o con la activación del contrato de matrimonio, se te daba por válido. En los dos casos había que consumar el matrimonio en la misma noche de bodas.

- Pero no podrás… ya sabes…

- Puede que sea joven para eyacular, si es lo que piensas, pero sí que podré consumar el matrimonio contigo. La consumación no solo es tener sexo, eyaculando, sino acostándose juntos, pasando la noche de bodas los dos juntos.

- ¿Eso es raro?

- No… no es tan raro. Había chicos que se casaban a los diez, nueve e incluso a veces a los ocho años, por motivos políticos o como quieras llamarlo. Se decidió que para que la consumación fuera un éxito, los novios tenían que pasar la noche juntos, como la pasaran era otra cuestión.

Bien podían dormir juntos los dos, hacerse caricias y tocándose toda la noche.- Hizo una referencia como diciéndola que la había oído, mientras estaba en el baño, pero más sutil. – De cualquier manera, tenía que hacerse juntos.- Explicó Harrison riendo de la cara de consternación de Irina.

- Pues vaya… y mi tío y padre pensando que tendríamos sexo… creo que los demás padres pensaban lo mismo.

- No lo entiendo… los Black y Lestrange tienen retratos en los que pueden pedir consejo o información de cómo se hacían las cosas en esos tiempos. ¿Por qué no lo hacen? No sé si los Alucard tenéis retratos de ese tipo o no…

- Tenemos, pero no pedimos consejo como haces tú… creo que es una mala idea, pues estoy segura de que podríamos aprender mucho. En lo que llevo aquí de dos días contigo, he aprendido más de nigromancia, que en los años de escuela.

- No me extraña, la educación ha decaído mucho.- Comentó Harrison moviendo la cabeza un poco tristemente. – Pero no nos desanimemos, esta conversación me gusta.- Sonrió a Irina, la cual lo abrazó fuertemente contra sí, sonriendo también.

Pasando el tiempo juntos de esa manera, tanto Harrison como Irina se fueron conociendo más profundamente, algo que hizo también con las otras chicas, conociendo sus sueños y sus temores.

A los dos días más de descansar en el Castillo Peverell, siendo cuatro días, Harrison volvió a Hogwarts para hacerse cargo de los constructores y los gobblins que estaban discutiendo sobre donde construir la sala de las piedras rúnicas de barrio, para comenzar a tallar las protecciones que tendría el castillo nuevamente.

Salto de escena.

Tras largas horas de conversaciones con tanto los gobblins encargados de las protecciones del castillo y los constructores, encargados de la reforma, la cual sería llevada a cabo finalmente cuando no hubieran estudiantes en la escuela, justo entre los días después del juicio de Dumbledore, Harrison comenzó la investigación de los jefes de casa que quería contratar.

Entre tantos papeles y cosas por hacer, se olvidó que día era, teniendo la visita de Nym en su despacho.

Escuchando como alguien llamaba a la puerta, respondió que pasara quien fuera.

- Harrison.- Vino la voz un poco enfadada de Nym, lo cual nunca era bueno, dado que siempre tendía a lanzarle algún tipo de maldición.

- ¿Nym? ¿Qué haces aquí?

- ¿Acaso lo has olvidado? ¿Sabes qué día es hoy?

- Catorce de febrero…

- ¡Sí, exacto! ¿No piensas decirme nada?

- ¿Felicidades? Pero no es tu cumpleaños, ¿Verdad?

- ¡No! No lo es. ¡Habíamos quedado hoy para pasar el día juntos! ¡Es San Valentín!

- ¿Quién? Lo siento, pero estoy algo ocupado… es cierto que habíamos quedado para pasarlo juntos… pero no sabes cómo es esto de administrar un castillo.- Dijo Harrison, sabiendo perfectamente lo que había prometido a Nym.

No es que olvidara la promesa que le hizo de ir a pasar un día de picnic con ella a solas, sino que había preparado una sorpresa mucho mejor y estaba en el proceso de llevarla a cabo. – Si esperas un momento, estoy seguro que podemos hacer algo…- Sonrió pícaramente, lo cual la hizo sonrojarse un poco.

Desde que volvió del Castillo Peverell con Irina, ambos estaban mucho más cerca, algo que ella se estaba perdiendo.

Al ser una metamorfomaga podía aumentar el nivel de su cuerpo a voluntad propia, haciendo que su pecho subiera hasta el nivel de Irina y poniéndose el cabello rojo, intentó que Harrison se fijara en ella, pero… ¡No había funcionado!

- ¡No! Yo quería pasar el día contigo hoy…

- Maestro, está listo.- Dijo la voz de Winky, apareciendo de la nada.

- Perfecto Winky, gracias por tomarte el tiempo. Muy bien Nym, ahora podemos irnos. He preparado una sorpresa para ti.

- Me da igual… ya no quiero.- Dijo mientras salía corriendo o lo intentó, ya que la puerta no se quería abrir por algún tonto motivo. - ¡Déjame salir!

- No puedo hacer eso.- Comentó levantándose de su escritorio y yendo hacia Nym, cogiéndola de la mano, la llevó o mejor dicho la arrastró hacia la chimenea. – Sé qué día es hoy, no lo he olvidado, nunca olvido mis promesas, Nym, pero desde que volví con Irina del Castillo has estado muy rara, es por eso que quiero llevarte a París. Felicidades, has fastidiado mi sorpresa.

- ¿París? Pero no puedes sacarme del a escuela así… mi jefa de casa…

- Está informada, al igual que tus padres. La verdad, tu padre a veces pueda dar un poco de miedo, pero no se lo digas.- Dijo por lo bajo Harrison, mirando como una pequeña sonrisa estallaba en la cara de Nym. – Ah, y que sepas, que prefiero a la Nym de siempre, con el pelo rosa y… su forma original. Que te quieras parecer a Irina para llamar la atención de mí, es tonto.

- ¿Por qué?

- Porque me gustas como eres, no como quieras parecerte a otras. Eso es lo especial de ti. Irina es ella misma y tú debes ser tu misma también.- Explicó Harrison pacientemente a su prometida, la cual tenía los ojos un poco llorosos. – Ven, vamos, tu sorpresa espera.

- ¿Ya no es mucho de una sorpresa, no?

- Puede, pero el destino final, sigue siendo un misterio para ti.- Comentó de manera casual, cogiendo un pequeño trozo de cuerda y entregándoselo.

- ¿Qué es?

- Una cuerda.

- Sí, eso lo sé, pero quiero decir, ¿Está encantado?

- Sí, es un traslador.- Explicó nuevamente para lo que era, justo después de poner un dedo sobre él y decir la palabra de activación.

Poco después los dos aparecieron en el atrio del ministerio de magia francés, siendo escoltados fuera del edificio por un auror, el cual no paraba de hablar sobre partidos de Quidditch y Veelas.

Cuando salieron, Harrison llevó a Nymphadora a un hotel para que pudiera cambiarse. El tipo de hotel se le notaba que era mágico, nada más entrar, pues en la recepción había lo que era inconfundible a la vista de Harrison, una Veela.

Ahora, hay Veelas que no pueden controlar su don, que es un tipo de aura que hace que los hombres caigan rendidos a sus pies. Hay otros tipos de Veelas, que de hecho, sí que controlan a la perfección ese don.

Ésta parecía estar a la mitad de ambos, entre que lo controlaba y no lo controlaba.

Con una sonrisa en sus labios, Harrison comprobó que era inmune al encanto de la chica, gracias a su Oclumancia.

- ¿No te afecta?

- No, no me afecta.

- ¿Cómo es posible?- Preguntó la recepcionista un poco incrédula de que el niño no se viera afectado.

- Es debido a esta hermosura que tengo al lado. Mi prometida.

- ¿Me estás vacilando?- Pidió ahora la Veela con el ceño más profundizado y soltando por completo su aura sobre Harrison, el cual ni se inmutó.

- No, no te vacilo… ¿Es algún tipo de concurso de auras? ¿Puedo soltar la mía también?

- La tuya… ¿Qué quieres decir con "la tuya"?- Exigió la Veela nuevamente, pues de pedir se había pasado a las exigencias.

- Tal vez en otro momento. Ahora tengo una reserva a nombre de Lord Peverell.- Pidió respetuosamente, cambiando de tema y desequilibrando a la chica por unos momentos.

- Sí, claro, aquí estas… ¿Eres Lord Peverell? ¿No eres un poco joven?

- Sí… lo soy.- Fue la única respuesta que obtuvo la chica Veela, la cual se limitó a mirar a ambos con ojo crítico.

- Está bien. Es tu responsabilidad.- Dijo haciendo entrega de la llave de la habitación en la que estarían por un día y haciendo entrega del libro de registro y una pluma auto-entintable.

Una vez en la suite del hotel, Nymphadora pudo cambiarse de ropa, un poco avergonzada por la situación en la que se encontraba.

Al principio, solo quería pasar un día romántico con Harrison en los terrenos de la escuela o incluso en Hogsmeade, pero jamás se imaginó que pudiera venir a París a comer o cenar. Todo un romántico el joven con el que se casaría.

Cambiándose de túnicas en el baño, vio que lo que Harrison había conseguido para ella, no era una túnica de gala, sino un vestido, con los zapatos y todo incluido.

Saliendo del baño, Nymphadora pudo ver de primera mano a Harrison esperar sentado en el borde de la cama, viéndola como si fuera la primera vez.

- Te ves hermosa… la gente va a pensar que eres mi hermana o algo… pero te ves hermosa.

- Gracias.- Contestó sonrojándose inmensamente y recriminándose el hecho.

Poco después ambos prometidos bajaron nuevamente a la recepción para coger un traslador a París mágico, en el cual tenía Harrison una reserva en la zona mágica de la Torre Eiffel.

La torre Eiffel estaba construida por un Squib de aquellos años, en el cual pidió ayuda a su contraparte mágica para que tuvieran un sitio agradable también y pudieran disfrutar de su obra magnifica.

Ahora esa parte mágica se utilizaba para que parejas de prometidos o recién casados tuvieran un día romántico. A Harrison no le importaba hacer este tipo de cosas por sus chicas, pero como estaba en la edad de todo chico, parecía que esto era un poco cursi… pero al parecer a Nym le gustaba y si le gustaba a ella, entonces él era feliz.

Aquella noche, ambos tortolitos durmieron por primera vez juntos en la misma cama, viendo de primera mano la manera que tenía de dormir Nym, solamente en bragas.

- Creo que puedo acostumbrarme a esto…-Dijo para sí mismo, sujetando un poco más fuerte contra sí mismo a la chica de pelo rosado, que actualmente lo llevaba de su normal, negro.

Salto de Línea.

A Albus Dumbledore le llegaban noticias de las más inquietantes, desde que había abandonado "su" castillo.

El decir que era suyo, era decir mucho, pues Hogwarts realmente pertenecía a los descendientes de los fundadores, pero que uno de ellos fuera descendiente de dos, era terrorífico, por decir lo menos.

Hogwarts escondía demasiados secretos, tanto en magias arcanas, como en las modernas. También escondía el secreto de la inmortalidad de Tom, algo que no pudo recuperar él mismo y si Harrison descubría que en el castillo de Hogwarts, habitaba un Horrocrux, todos los planes secundarios de Dumbledore se vendrían abajo.

En un primer momento, tras descubrir que Peverell fue nombrado Lord y que dos de los fundadores de Hogwarts descendían de esa línea, sintió miedo por sus otros planes de contingencia, pero con todos los líos que había sufrido el ministerio de magia y los planes para hacerse con el control del niño, se había olvidado del Horrocrux.

Ahora Albus Dumbledore, el gran Dumbledore, yacía acostado en una de las celdas de detención del ministerio de magia, junto a Ojo loco Moody.

Alastor estaba rumiando la oportunidad perdida de haber matado a Lord Peverell cuando tuvo la oportunidad de hacerlo, se culpaba a sí mismo de no haber sido más… vigilante a su alrededor.

Tampoco se le podía culpar, pensó oscuramente Albus, el niño era poderoso, tanto por arte de magia, como políticamente.

Había hecho aliados con Casas fuertes políticamente, tanto en Gran Bretaña, como fuera de ella. Haciendo uso de las leyes antiguas de "ultimo de línea" a su antojo, pudo conseguir cuatro contratos de matrimonio.

Sus espías en el ministerio y en Gringotts, al menos los humanos, le informaban periódicamente a través de visitas, en las cuales para cubrir sus puestos como espías, terminaban insultándolo.

No era agradable estar en la cárcel, pero al menos este tipo de prisión no era Azkaban. En un principio, cuando pidió semi-formalmente a Lord Peverell por el exilio de sus "amigos", esperaba realmente que lo aceptara, no que exiliara a todo el mundo.

Ahora, un Lord de su calibre, había exiliado de Gran Bretaña a Albus, algo que ni siquiera Tom Riddle consiguió en sus años de juventud.

Claro está que Tom nunca tuvo el poder político y monetario que ha tenido Harrison. También está el hecho de que como buen mago, nunca se fiaría de un gobblin para que manejara sus cuentas bancarias, de ahí que nunca pudiera reclamar su herencia mágica, algo totalmente positivo para él, pues si lo hubiera hecho, la última guerra hubiera sido más bien política y no física, en la que sutilmente pudo deshacerse de los que realmente le molestaban en su ascenso al poder.

Pero un niño, un maldito niño, se había interpuesto en su camino destruyéndolo todo… ¿Cómo era posible? ¿Cómo pudo el pequeño hijo de James y Lily sobrevivir a la maldición asesina? En un principio pensó que era debido a la profecía, pero… viéndolo desde más cerca ahora que conocía ciertos hechos, tal vez se equivocara.

Se decía que la familia Peverell era una familia entera de nigromantes, hasta que desapareció, dando vida a los apellidos Gryffindor, Slytherin y Potter. Dentro de Slytherin dio el apellido Gaunt. Potter siguió igual hasta los días de James y Lily, pero Gryffindor se perdió en las arenas del tiempo, ¿Cómo? Nadie que no fuera gobblin, lo sabía.

Es por eso que ahora estaba temiendo el día 21 de junio de ese año, dado que sería su juicio y todos los delitos que había cometido, tanto él, como su preciada Orden del Fénix, saldrían a la luz pública, algo que no podía permitir que pasara.

Por ello, estuvo involucrándose cada vez más en los interrogatorios, dando cada día nueva información para que pudiera pensar con claridad en lo que hacer.

Su conexión con Fawkes había sido rota de alguna manera, al parecer las salas que poseía en Hogwarts, habían caído, algo totalmente imposible desde su punto de vista, dado que él mismo estudió durante años la sala de piedra rúnica, hasta que pudo destruirla, para poner salas, en las que todos los años tuviera que alzarlas.

- Alastor… deja de quejarte. Vamos a salir de ésta.

- Es posible que tú sí, viejo amigo, pero los demás estamos jodidos.

- ¿Por qué? Nos enfrentamos únicamente al exilio después de todo.

- No… cuando todo se ventile, el Wizengamot entero pedirá nuestras cabezas y el maldito Peverell no hará nada.

- Pero el dio su palabra…

- Eres un maldito iluso si crees que dejará que nos salgamos con la nuestra. El más que nadie quiere tu muerte, Albus. Necesitamos escapar, para poder reagruparnos y pensar con claridad.

- Somos demasiados para eso…

- No si tenemos ayuda desde el interior.

- ¿Qué quieres decir? ¿Has pensado en algo que yo no tengo? Siempre he dicho que dos mentes, son mejores que una.- Dijo Albus, ahora mucho más interesado en la conversación.

- Por supuesto que he pensado en algo. Tenemos que aliarnos con nuestro enemigo.

- No creo que Lord Peverell quiera una alianza… se te ha ido la cabeza, Alastor. Cuanto lo siento.- Movió tristemente la cabeza Albus, volviendo a su… cama, por decirlo o llamarla de alguna manera, pues era más bien un catre incómodo.

- No ese enemigo, Albus. Me refiero a Malfoy. Según he entendido de los espías, no le gusta Peverell, aunque tenga algunos puntos de vista similares con él.

- Entiendo… pero Lucius ya no tiene tanto poder como antes. Aunque… siga teniendo contactos dentro del ministerio, ¿Qué crees que diría? Se burlaría de nosotros eternamente por aliarnos con él. Casi prefiero una alianza con Voldemort…

- Eso.- Vino la voz sedosa de Lucius Malfoy desde las sombras, saliendo de ellas por la puerta de entrada. – Puede hacerse… Albus.- Habló Lord Malfoy con una sonrisa siniestra en su rostro.

A su lado estaba Severus, demacrado por la mala alimentación, pero fuerte como siempre. Detrás de él, estaba el resto de su preciada Orden del Fénix, todos esperándolos fuera, para irse del ministerio de magia.

- ¿Por qué nos ayudas a escapar?- Preguntó Dumbledore seriamente, sin moverse un centímetro de su sitio.

- Como ha dicho tan elocuentemente el señor Moody, el enemigo de mi enemigo, es mi amigo. Es por eso que ayudo. Nada más, ni nada menos y si quieres que el Lord Oscuro vuelva, entonces tendrás que decirme donde está para que pueda buscarlo.- Ofreció Malfoy, la varita de Albus y la pierna, junto con la propia varita de Alastor y su ojo falso a Alastor. El cual rápidamente los recogió y se los puso en sus sitios adecuados, suspirando de alivio ante el dolor que sentía sin esos aparatos.

Momentos después de pensar en las consecuencias y en todo lo que le había llegado de noticias, Albus dictaminó que una retirada estratégica sería en el mejor interés, al menos en el suyo y en su desdichada Orden.

- Está bien. El espectro de Voldemort se encuentra en los bosques de Albania, tenía pensado mandar en un par de años a Quirinus allí, para que lo trajera de vuelta, al menos para preparar a Peverell para su enfrentamiento, pero… todos esos planes han decaído…- Explicó sin darse cuenta de la sonrisa que les mandaban Severus como Lucius.

- Vamos Albus, tenemos que irnos, no tenemos tiempo. Lucius ha podido detener la guardia, pero no por mucho.

- ¿Cómo nos vamos? Ya no tengo control sobre el fénix de la escuela.

- Por traslador. Os llevará a Durmstrang. Igor al parecer está… desaparecido, por algún extraño motivo y Evan… el hijo de Evan Rosier, se hizo cargo como director de la escuela. Es posible que os dé puestos de trabajo, pero no lo sé.- Explicó Lucius, haciendo una mueca tanto a Dumbledore como Moody, por tener que explicarse continuamente y además utilizar el nombre de pila del viejo tonto.

Lucius pensaba que con toda la orden del fénix libre, daría más problemas a Lord Peverell, algo de lo que podría beneficiarse, dado que había rumores que una nueva junta de gobernadores iba a ser contratada. Si pudiera echar mano de ella, aunque sea solo meter un espía dentro, todo sería estupendo para los planes de su Lord desaparecido.

La desgracia, fue que los rumores acerca de la magia del alma o los detectores de estos estaban siendo puestos por la escuela o lo estarían después de las vacaciones de verano, con ello no podría dejar el diario entrar en la escuela mencionada, dado que sería descubierto y Lord Peverell como nigromante, sabría cómo deshacerse de la pieza del alma que habitaba ese diario.

El Lord Oscuro jamás le contó a Lucius lo que era el diario, pero con un poco de investigación, mientras que Narcissa todavía era miembro de la familia Black, le dio a entender que era un Horrocrux, una pieza de alma que era guardada en un artefacto mágico, sea cual sea éste, haciendo semi-inmortal al que hacía el ritual.

Lucius estuvo muy tentado de hacer lo mismo, pero investigando más, se decía que por cada pieza de alma que se hiciera, hasta la fecha, solamente se conseguía hacer uno, debías de buena gana sacrificar algo valioso, como por ejemplo: la cordura, la vista, tú físico, etc.

Lucius no sacrificaría ninguna de esas cosas, pues si bien se podrían recuperar tras rituales, no sabía cuáles eran, así pues decidió que el que tenía el derecho de ser inmortal era el Lord Oscuro, el cual eliminaría la suciedad sangre sucia del mundo. Solo esperaba que comenzara por el maldito niño Peverell y sus secuaces. Así podría reclamar todas las Casas, al menos las que estaban emparentadas con su hijo y esposa, siendo el más poderoso de Bretaña, políticamente y después de su Lord.

Saliendo de sus locuras de grandeza, Lucius hizo entrega del traslador, viendo como todos los ilusos se ponían alrededor del mismo, teniendo la esperanza de iniciar una nueva vida, cuando los que iniciarían la nueva vida serían los útiles.

Según Rosier, se podrían quedar unos pocos en Durmstrang sin llamar demasiado la atención, algo que no era bueno hacer, pues Peverell podría tener oídos en la escuela.

Seguramente Severus y McGonagall se quedaran allí, siendo Dumbledore famoso en varias partes del mundo, a las que podría ir.

El resto poco le importaba a Lucius lo que pasara con ellos, como si la misma tierra se los tragaba o eran lo suficientemente estúpidos como para volver e intentar un asesinato en Peverell, aunque no era mala idea… pero no el utilizar los tontos de Dumbledore, sino un sicario de verdad… un asesino a sueldo que no le importara matar a un Lord y que estuviera bien entrenado.

Viendo cómo se activaba el traslador, usó el suyo propio, siendo intrazable, yendo hacia varios puntos, por si acaso lograban rastrearlo, que perdieran sus perseguidores la pista de él.

Tres días más tarde, a Harrison le llegó la noticia en Hogwarts que Albus Dumbledore y su preciada Orden del Fénix no habían esperado al juicio y se habían escapado.

Harrison no tomó a bien la noticia, pero tampoco le dio mucha importancia, pues ahora estaban todos ellos prófugos de la ley británica, lo cual le daba a Harrison muchas posibilidades por si volvían a ser vistos en las islas o si se encontraba con ellos.

Amelia no quiso que la noticia saliera del ministerio tan rápidamente pero desgraciadamente esa escritora de chismes, Rita Skeeter se hizo con la historia. Nadie sabía quién se la había filtrado, pues los únicos que sabían del escape eran la ministra de magia y unos pocos de los aurores, junto a Amelia misma.

Ahora Amelia estaba preocupada por cómo se lo tomaría el joven Peverell, si buscaría venganza o no, olvidando el hecho de que él mismo había exiliado con su palabra a Dumbledore y sus seguidores.

Lord Alucard estaba sorprendido de que Harrison se tomara tan bien la noticia y que ni siquiera estuviera gritando su furia a los cuatro vientos. El dominio de sus emociones tenía que ser grandes para ello.

Viendo al chico hablar con Radu y su esposa, así como él mismo hablar sobre el matrimonio inminente de Harrison con Irina, desvió esos pensamientos, dando la bendición a los dos prometidos.

- ¿Cómo crees que se lo tomaran tus otras prometidas?

- Ya lo saben. Al principio estaban un poco celosas de que Irina pasara más tiempo conmigo que ellas, pero se lo expliqué a todas. Al menos la parte de Irina me dijo que explicara. No creo que hubieran tomado a bien, el querer casarse tan jóvenes.

- Sí… yo tampoco lo creo. De todas formas, me gustaría que mi hija tuviera una ceremonia. En Poenari si pudiera ser, Vlad.- Comentó la esposa de Radu con una ligera sonrisa.

- Por supuesto.- Pensó en cómo se lo iba a tomar el primer Alucard, el cual todavía estaba vivo y era el jefe de la secta a la que pertenecía todo Alucard. - ¿Está eso bien contigo, Lord Peverell?- Preguntó respetuosamente, pues estaban en las negociaciones.

- Sí, claro. Pero después Irina tiene que venir a vivir conmigo al Castillo, siendo mi esposa es necesario… bueno ya sabéis.

- Sí, la convivencia, no hace falta que nos digas el resto.

- Exacto. Me da igual quien dirija la ceremonia, sea druida o vampiro o las dos cosas a la vez. Si eso hace feliz a Irina, entonces yo soy feliz.- Dijo Harrison cogiendo de la mano a su prometida y apretándosela un poco.

- Está decidido entonces. Será en Poenari. Brindemos a continuación por una ceremonia…- Dijo Lord Alucard levantando su copa de vino, la cual le siguieron las otras cuatro inmediatamente.

El resto del día lo pasaron hablando sobre los invitados, que llevarían puesto, la comida o sangre que se serviría, etc.

En Hogwarts, solo quedaba a Harrison la contratación de los jefes de casa y el director o directora para dirigir el colegio y Harrison poder estar más tranquilo, con la nueva vida que se le acercaba cada vez más rápido.

Al final sucedió que liberando a los profesores de sus tareas como jefes de casa, encontró que sería útil tener a alguien que se encargara de la tarea de subdirector.

Al principio pensó en Pomona Sprout, la cual rechazó la oferta inmediatamente, alegando que prefería ser profesora de Herbología, pues sus plantas la necesitaban más que el trabajo al que se dedicó Harrison.

Luego vino Filius, el cual aceptó de mala gana el puesto, pero se le podía ver que lo disfrutaría, como Harrison le dijo:

- Así puedes ir practicando tus deberes de gobblin.

- No me hace falta practicarlos… además, los encantamientos y la administración no se llevan bien.- Contestó el pequeño profesor con una sonrisa. Podría negarse todo lo que quisiera, pero Harrison sabía que lo tenía en su mano.

Faltando solamente esa parte por ser rellenada, Harrison cada vez pasaba más tiempo en el Castillo Peverell arreglando los asuntos pertenecientes a su Señorío, tales como los negocios que cada vez iban mucho mejor en el mundo mágico.

"Falta poco… cuando cumpla los once, podré hacerme con esas islas sin problemas" pensó alegremente Harrison, no obstante no se dormiría en los laureles, había perdido mucho oro en la reforma del castillo de Hogwarts, la recuperación de Hogsmeade y la reconstrucción de la sala o habitación donde la piedra rúnica de sala habitaría.

En el caso Dumbledore, podía estar tranquilo, pues conociendo los métodos del viejo, seguramente estaría en alguna parte de Europa o el continente americano, lamiéndose sus propias heridas, le costaría trabajo recuperarse de los golpes que Harrison le fue dando. Ahora su mayor preocupación era poder estar a la altura de su matrimonio, pues le tocaba investigar, no solo si era posible, sino también factible, algún tipo de ritual que le hiciera más viejo físicamente, llegando a la adolescencia antes de tiempo.

Podría ser peligroso para su magia, puesto que maduraría dos veces en vez de una solo, pero… los beneficios eran enormes… ¿Qué hacer?