CAPITULO 11
LLEGANDO A POENARI Y REUNIONES
El tren que cogieron en París era una locomotora a vapor, la cual podría tener cierto parecido al Expreso de Hogwarts, si Harrison lo hubiera visto, pero como no era el caso, se quedó un poco fascinado ante tal obra maestra de magia y arte muggle.
Muggle, los muggles habían construido una locomotora hacía bastante tiempo, eso no tranquilizaba mucho al joven nigromante.
Viendo que podría haber muchos problemas para llegar con vida a Rumanía, estuvo constantemente rumiando sobre las invenciones de los muggles y problemas que podrían tener al fallar.
Los Alucard al principio estaban divertidos sobre la fascinación, pero luego dio paso al temor. No habían visto a Harrison de esta manera en… ningún momento si pensaban bien.
- ¿Estás seguro Vlad, que el tren es seguro?
- Sí, Harrison. Es totalmente seguro.
- ¿No hay muggles que lo lleven?
- No, no hay muggles.
- ¿Seguro?
- Harrison, ¿Qué te pasa? No es normal en ti que estés tan… nervioso. Es cierto que el tren fue una invención muggle, pero los magos se apropiaron de él, cuando vieron la oportunidad de viajar a largas distancias sin tener que usar la magia. Encantaron el tren para ese propósito. Los muggles no pueden verlo, ni siquiera sentirlo. Tiene hechizos de amortiguación y ampliación en las cabinas, para que puedas dormir tranquilo. No habrá problemas, ahora entra en el tren.- Ordenó Vlad un poco cansado de tener que asegurar a Harrison constantemente que era seguro viajar.
Reticentemente, Harrison entró en el tren, viendo por sí mismo como la gente mágica guardaba los baúles en las cabinas que les correspondían, gracias a los billetes, previamente comprados.
Harrison fue a su número de cabina, dándose cuenta que dormiría junto con Irina, si fuera casualidad o no, no lo sabía.
- Llegas tarde, Harrison, ya pensaba que no entrarías.- Comentó burlonamente, pero de buen humor la chica pelirroja.
- Sí, bueno, hay que asegurarse que esta cosa es segura.
- ¿Segura? ¿Tienes miedo?
- ¿De una invención muggle? ¿Algo tan peligroso que ellos mismos han creado?- Preguntó dando un bufido, pero ciertamente no podía mentir a Irina, volviéndose para sellar la puerta del compartimento, Harrison echó salas de silencio y salas que le avisaran si había alguien al otro lado de la puerta que quisiera entrar. – Sí, tengo un poco de miedo, pero solo por estar en esta trampa mortal.- Aceptó el hecho de que temía subirse a cualquier cosa que fuera inventada por los muggles.
- Entiendo, pues en el ferri no estabas tan… asustado.
- Cierto. Pero en el ferri no tuve tiempo para ponerme nervioso.- Dijo con una sonrisa recordando su tiempo juntos.
Un gemido de Irina, le dijo que también lo recordó a la perfección, no era algo que pudiera olvidar, ni quisiera hacerlo, pues se divirtieron bastante ese día.
Sacando el baúl de su bolsillo lo puso sobre el suelo, ampliándolo y colocándolo en un sitio que no molestara demasiado, cogiendo un par de libros sobre las artes oscuras.
- ¿Vas a leer?
- No, lo vas a hacer tú. Vas a seguir con el entrenamiento en la magia familiar. Es peligroso con la magia familiar Peverell, pero no con la Slytherin y Gaunt, por ello quiero que te leas estos libros. También tengo que ir a un tipo de reunión con tu padre y tío, no sé lo que querrán, pero imagino que es asegurarse de que te trato bien.
- Hombres… pero sí que me tratas bien, ¿Por qué tienen que asegurarse de ello?
- Son tu familia, quieren protegerte. Lo entiendo perfectamente. Yo también lo haría, si tuviera hijas.
- Vaya Harrison… ¿Cuántos hijos quieres?
- ¿Cuántos me darías?- Devolvió la bola, haciendo que se sonrojara Irina por la pregunta devuelta, abriendo el libro y metiéndose de lleno en la lectura, sin responder a la pregunta y sin esperar respuesta a la suya.
Con una sonrisa de suficiencia, Harrison abrió su cuaderno de notas, en el cual tenía apuntados los hechizos que quería crear en la nigromancia y otros temas interesantes.
Con un traqueteo que ambos adolescentes no sintieron, el tren se puso en marcha rápidamente, haciendo que Harrison sintiera la presencia de Corina en la puerta. Cerrando el libro de apuntes y con una mano, abrió la puerta, revelando las figuras de Corina y la esposa de Radu.
- Harrison, Radu y Vlad desean reunirse contigo en el compartimento que estamos usando. Mientras tanto, nosotras deseamos unirnos a Irina. ¿Podemos?
- Por supuesto, Corina, Livia. Pasad.- Invitó Harrison mientras se levantaba y guardaba el cuaderno que estaba utilizando en el baúl.
Con un siseo, sus familiares Apofis y Ningizzida salieron de su cuerpo, para esconderse en las sombras del compartimento. Otro siseo entre los tres de ellos, y Harrison sonrió a las damas.
- Mis familiares se quedaran por si surgen problemas, también me habían pedido que los dejara en libertad en el trayecto. Espero que no os importe.
- En absoluto, pero… ¿No nos atacaran?
- No, ellos saben que sois de la familia.- Sonrió para Irina, mirándola y con ganas de darle un beso, pero se contuvo, por la presencia de las otras dos mujeres mayores. – Nos vemos más tarde Irina.- Se despidió saliendo del compartimento, recriminándose no haberle dado al menos un beso en la frente.
Moviendo la cabeza negativamente, Harrison fue al compartimento en el que sentía las presencias de Vlad y Radu.
Llamando a la puerta, la voz de Vlad lo invitó a pasar, lo cual abrió dicha puerta y entró, recibiéndole Radu y Vlad sentados juntos, justo enfrente de ellos un asiento vacío y libre para que ocupara Harrison.
- Por favor, toma asiento, Lord Peverell.- Dijo cortésmente Radu, el cual vio con asombro como las facciones de Harrison cambiaban drásticamente. También notó como una tenue parte del aura de Harrison se disparaba, como si estuviera fuera de control o… enfadado por algo.
Controlándose, Harrison se sentó enfrente de ambos hombres, mirándolos con el rostro impasible.
Dirigiendo su atención hacia Radu, habló con tonos formales y un poco fríos.
- Usted dirá entonces, Maestro Nigromante Alucard. ¿De qué trata la reunión?- Preguntó asombrando a Radu por la formalidad.
- Ante nada, solo quería ser formal contigo, pues es una conversación acerca de mi hija.
- Entiendo.- Dijo sin entender realmente por donde iban los tiros, pero debía dar la impresión al menos de que lo hacía. - ¿Acaso es por el contrato de compromiso? O ¿Por la inminente boda?
- Por la boda.- Intervino Vlad irguiéndose en toda su estatura y mirando a Harrison con ojo crítico. – Nos hemos dado cuenta del cambio de Irina, ayer estaba asustada, como tú hoy, de entrar en el barco lleno de muggles, por lo que ya sabes.
- En efecto. Me contó también sobre su decisión, una decisión importante que debía tomar cuando cumpliera la mayoría.
- Veo. El caso es que después de lo del barco, estaba mucho más relajada. Como si algún cambio hubiere surtido en ella. También nos dimos cuenta de que no escondió sus colmillos. No se les notaba, los muggles ni se dieron cuenta, pero para nosotros, que tenemos una vista magnifica, sí que lo notamos.
- Sí, sobre los colmillos, soy el culpable. Le dije que me gustaba la forma de ser de ella, y que por tanto, estando conmigo no tenía por qué esconder su naturaleza. No voy a temerla ni odiarla por lo que es.
- Un pensamiento y acción nobles, Lord Peverell, también un poco… arriesgado para usted.
- ¿Si te preocupa que me muerda, no debes?
- ¿Por qué es eso?- Pidió intrigado Radu. – Cuando se tiene sexo con un vampiro, aunque este sea mestizo, siempre se corre el riesgo de que la mujer o el hombre, muerda a la pareja.
- Entiendo, pero no hay que temer. Hice hace tiempo un ritual en el que mi sangre no se podría utilizar con fines… poco… como decir, positivos, ¿Tal vez? El caso, es que mi sangre está protegida, además de llevar un poco de veneno de basilisco, por mis familiares.
- ¿Te uniste a ellos con el ritual de unión?
- En efecto. Era peligroso, pero entendía los beneficios.
- Quitando eso, nos gustaría, mejor dicho, me gustaría saber, que hicisteis ayer Irina y tú en el barco.
- En su mayoría hablar…
- ¡En su mayoría! ¡Qué quiere decir eso!- Rugió con un gruñido Radu, al cual le brillaron por un momento los ojos de color carmesí.
Harrison se le quedó mirando atentamente, viendo las posibilidades de contestar su rugido. Si era sincero consigo mismo, no le gustó para nada, la forma en la que le estaban interrogando. La forma de Vlad era más sutil que la de su hermano.
- ¡Hermano! ¡Contrólate!
- ¡Es mi hija de la que estamos hablando!
- Ah, ya entiendo. Estás preocupado de que hiciéramos algo… indecente.
- ¿Indecente? Define indecente, por favor, Harrison.
- ¿Ahora vamos por los nombres de pila?
- Discúlpanos, pero mi hermano… no ha sabido llevar muy bien la introducción. Ha pensado que si te… llamaba por tu título, podría acobardarte un poco o meterte miedo en el cuerpo.
- Entiendo. Hay una cosa que se llama Oclumancia. Gracias a ella, puedo mantener la compostura en el tren. También es debido a la cercanía de Irina. Me tranquiliza, así como lo hice ayer en el barco. Además, en mi camarote, tenía varias salas en las que los muggles no pasaban por mi puerta, por mucho que quisieran. Aparte de la sala anti olor. ¿Qué estuvo más tranquila? Sí, no te lo voy a negar, estuvimos hablando sobre nosotros, pero también nos dimos un par de besos aquí y allá, con unas pocas caricias, aquí y allá. Si te preocupa la… virtud de tu hija, Radu, entonces no debes preocuparte. No yacimos juntos, si eso trata la reunión de hoy.
- ¿Seguro? Estaba muy contenta por cómo te miraba y por como tú la mirabas.
- Sí, seguro. Eso puede tratarse debido a que fuimos sinceros con nuestros sentimientos el uno al otro. Ella se está enamorando de mí, o eso me dijo, yo de ella también, o eso creo.
-¿Eso crees? ¿Cómo puedes dudar?
- Nunca conocí el amor de unos padres, el amor de mi antepasado era por mi seguridad. No sé cómo es ese sentimiento, pero espero poder descubrirlo con tu hija.
- ¿Y las demás chicas?
- Y las demás también.
- Está bien, supongamos que te creo por un momento… mi hija estará contigo estas dos semanas de viaje en tren. Estaréis solos en la cabina… ¿Qué haréis?
- Intimar, por supuesto.- Dijo seriamente, viendo como el rostro de Radu palidecía repentinamente. Si hubiera estado tomando algo, seguramente lo hubiera escupido. – Es broma. La estoy entrenando en las magias familiares. También la entrenaré mejor en la Oclumancia, quiero que pase conmigo a la sala que os expliqué.
- ¿La quieres envejecer?
- No, quiero que comprenda la magia familiar Peverell, para que la pueda usar también. Eso la beneficiará, pues ella quiere ser Maestra Nigromante, según tengo entendido.
- En efecto.- Intervino nuevamente Vlad, sacando una botella de vino élfico y tres copas. – Creo que va siendo hora de que tomemos algo de beber. La tensión viene y se va por momentos.
- No me mires a mí, habéis empezado vosotros con esto de los títulos. Pensé que estábamos en familia.
- Y lo estamos, pero comprende mi posición como padre, Harrison.- Se derrumbó Radu rápidamente, suspirando de pesar. – Mi hija se va a casar, pronto dejará de vivir con nosotros y no escucharé más sus risas y lamentos…
- Que no viva con vosotros, no significa que no podáis verla. ¿Crees en serio que prohibiría a Irina dejar de veros? Sois su familia y la familia es importante.- Explicó seriamente Harrison, con un brillo en los ojos que antes no habían visto.
- Gracias… creo.- Comentó Radu ante las palabras de Harrison. – De todas formas, sigo creyendo que pasó algo más que unos simples besos en tu camarote. ¿Eres consciente que Irina es posible que le cuente a su madre y tía lo que sucedió?
- Lo soy, pero soy un caballero y como tal, no pienso contar las intimidades de mi prometida, aunque seáis su padre y tío.- Volvió a decir seriamente, dando por zanjado ese tema, al menos la preocupación de Vlad y Radu sobre la virtud de Irina estaba resuelta.
Pasó un tiempo en silencio la cabina, hasta que Vlad preguntó sobre los estudios de Harrison en el tema del aura de muerte.
- Es curioso que lo menciones, he logrado dominar los dos primeros niveles. Ahora estoy estudiando la forma de dominar los tres siguientes.
- ¿Al mismo tiempo?
- Sí. Soy un poco impaciente, por lo que se ha podido notar. Es por eso que envejecí mi cuerpo. También para…
- ¿Para?
- ¿Habéis notado eso? Nos detenemos.
- Habremos llegado a una estación…
- Imposible, hermano. Aquí no hay estaciones.- Dijo Vlad, afinando sus instintos, oliendo el aire con precaución y cautela.
Todo parecía estar normal, pero de hecho el tren se estaba desacelerando lentamente. De pronto, las auras de las tres mujeres con los basiliscos se sintieron al otro lado de la puerta, levantándose Harrison rápidamente, la abrió para notarlas un poco exaltadas y nerviosas.
- Nos detenemos.- Comentó Corina, con los asentimientos de las otras dos.
Harrison se fijó en que Irina llevaba el baúl encogido de Harrison en una mano, las serpientes estaban en el cuerpo de su prometida, rodeándola protectoramente.
- Si no fuera por la situación, diría que te ves hermosa, Irina.- Comentó Harrison seriamente, haciendo sonrojar a la mencionada.
De pronto, un ruido sordo se escuchó por todo el tren, siendo este parado bruscamente, tirando a todos los que estaban de pie al suelo.
Harrison cogió rápidamente a Irina para que no golpeara nada y no se golpeara ella. Las copas de vino se hicieron añicos en el suelo, las mujeres de Vlad y Radu, cayeron con suerte en los asientos, pero ambas encima de Vlad, aplastándolo un poco.
Con disculpas apresuradas y levantándose todos, se escuchó por megafonía mágica la voz del conductor.
- ¡Manténganse todos en calma, solo es un tronco en…!- De pronto la voz se detuvo, muriendo rápidamente, lo cual no era bueno ni positivo en la opinión de Harrison, que sacó su vara en un abrir y cerrar de ojos.
- Ningizzida, ve al compartimento de los chicos, Apofis, ve al de Ileana, aseguraos que están bien. Si hay problemas y son atacados, matad.- Ordenó en Pársel a sus serpientes, las cuales dejaron rápidamente el cuerpo caliente de Irina para hacer su cometido. – Irina, quédate aquí.
- No, quiero ir contigo…
- Tengo un mal presentimiento sobre esto, Irina, creo que puede ser un ataque.
- ¿Quién…? No pueden atacarte tan rápido, sería suicida de su parte. Además también estamos nosotros aquí.- Comentó Irina con los brazos cruzados, sin dar un paso en su decisión de acompañar a Harrison.
Otro ruido, esta vez de explosión se escuchó por todo el tren, viendo desde su posición como el vagón en el que estaban hace un rato las mujeres Alucard, estallaba en llamas naranjas y pedazos de madera.
Creando rápidamente un escudo, metió a Irina dentro del vagón y lanzó un poderoso reducto al techo, haciendo un agujero en él.
Con un beso rápido en los labios de ella, permitió que le acompañara si así lo deseaba, pero le dijo que si era atacada, lanzara maldiciones para matar, no incapacitar.
- ¿No quieres prisioneros?
- ¿Para qué? Después de todo, soy un nigromante, puedo llamar a sus almas más tarde.- Con esas palabras, dio un impulso y saltó afuera, en el techo del tren. Lo que vio, le sorprendió.
Magos, con túnicas negras, montados en escobas lanzaban maldiciones por todo el tren, vagones estallaban en llamas y metralla por todo el lugar.
Por detrás de él, el maquinista yacía muerto en el suelo, ensangrentado en un gran charco de sangre.
Los magos habían sido inteligentes de atacar en una zona neutral, pues estaban en medio de ambos países mágicos, ninguno de ellos, se pondrían de acuerdo para mandar sus aurores y para cuando lo hicieran, la mayor parte de los pasajeros estarían muertos.
Saliendo de su reflexión rápidamente, lanzó el primer hechizo que le vino a la mente, dando lugar a la escisión de un mago desprevenido.
Cuando el mago cayó al suelo, cortado por la mitad, Harrison se dio cuenta de que eran mortífagos.
Nublada la vista ante lo que veía, comenzó a lanzar más rápido y más feroz que antes, provocando lluvia y que esta se congelara, lanzando las mini picas de hielo hacia sus enemigos, algunos siendo empalados por ellas, otros que eran más listos comenzaron a esquivar o poner poderosos escudos.
Hubo uno que le llamó la atención, dado que se jactaba de haber matado a Lord Peverell.
- ¿Estás seguro de eso? Pues me siento bien vivo. ¡Avada Kedavra!- Lanzó hacia el jactancioso, el cual sorprendido de la maldición asesina, no la esquivó, tampoco hizo el intento de interceptarla. Simplemente se quedó ahí, parado viendo como su vida era arrancada ante sus ojos.
La batalla se detuvo en el tejado del tren y en los alrededores, viendo como el compañero caía al techo del tren muerto, resbalando y cayendo finalmente con un crujido al suelo de piedra.
- ¿Quién os envía?
- ¡Pagaras por esto Peverell! ¡Te mataremos y a la zorra que te acompaña!- Gritó otro de los mortífagos más lejanos, siendo éste en su lista para matar, después de quitarse de en medio a los otros.
Irina estaba justo detrás de Harrison, cubriéndole las espaldas, atacando ferozmente a cuatro mortífagos a la vez.
Esto no era duelo, era una batalla y para colmo de males, su prometido había parado momentáneamente para hablar, lo sintió cuando se tensó ante el insulto que la mandaba a ella. Sonrió un poco, sabiendo que el que la había insultado, poco tiempo de vida le quedaba.
- Morirás hoy, maldita puta mestiza.- Fue la amenaza sin valor del hombre que tenía delante de ella, por suerte estaba justo detrás del agujero que Harrison había hecho en el techo y no vio como su padre saltaba detrás del hombre y con ambas manos, torcía la cabeza del mago, rompiéndole el cuello inmediatamente y matándolo en el acto.
- ¿Estás bien, hija? Eso enseñará al bastardo a no meterse contigo…
- ¡Cuidado padre!- Avisó Irina, lanzando una maldición de laceración, justo detrás de su padre, la cual se perdió, pero un duelo rápidamente se hizo, pues Irina tuvo que saltar y dejar la espalda de su prometido descubierta.
Una vez en el suelo, Irina comenzó la batalla de su vida, luchando a muerte con tres de los enmascarados.
El tren a lo largo y ancho estaba siendo atacado por hombres y mujeres vestidos de negro, con máscaras blancas, de los cuales al principio no recibieron muchas bajas, debido a la sorpresa de su ataque.
En el primer momento, habían matado al maquinista, un hombre que no dio mucha pelea, pero había herido a un par de camaradas mortífagos.
El resto de pasajeros, pronto, después del choque de la sorpresa, comenzaron a reaccionar protegiendo a sus familias o atacando.
Lo que no tenían previsto los mortífagos era que aurores y magos hit estuvieran a bordo del tren, como pasajeros, dirigidos a Suiza para una convención de la ICW.
Lástima que muchos de ellos no llegaran vivos, pues las ordenes eran causar caos entre los pasajeros, matando a todos cuanto pudieran, para que los más fuertes pudieran hacerse con la familia Alucard y Peverell.
En cuanto a Lord Peverell, este se encontraba con cinco mortífagos al mismo tiempo, lanzando maldiciones oscuras hacia él.
Harrison no tenía aperturas para devolver el ataque y se estaba cansando de tener que esquivar todo el tiempo, por ello, sin querer dañar más la propiedad del tren, tuvo que hacer algo completamente loco, saltar del techo hacia el suelo, donde podría tener un respiro de sus atacantes, pero para ello tendría que nublarles la vista un momento.
Sabía perfectamente que el hechizo que iba a utilizar, levantaría una gran cantidad de polvo y que este sería rápidamente disipado, por lo que tendría que actuar con suma rapidez.
Con un movimiento de su mano, pensó duramente en el conjuro a utilizar, viendo como repentinamente la vista de los enemigos y suya, comenzaba a nublarse por la arena levantada, saltó del tren ante el paro repentino de sus enemigos, los cuales comenzaron inmediatamente a disipar el hechizo.
Cuando tocó suelo y vio que no había arena nublando sus ojos, hizo un socavón en la tierra para levantar grava y piedras.
Su siguiente hechizo, fue el de crear varios Golems que le dieran la cobertura necesaria para defenderse, aunque también servirían como soldados mandados a incapacitar a los mortífagos que venían en ayuda de sus camaradas.
- ¿De dónde salen tantos?- Se preguntó a sí mismo sin esperar una respuesta, lanzando una maldición nigromántica a uno de ellos, lo cual cayó al suelo, gritando de dolor, mientras que lentamente se pudría.
Utilizando maldiciones asesinas y maldiciones reductoras en sus oponentes, éstos tuvieron que levantar rápidamente escudos, hasta que los de arriba del tren se burlaron del niño.
- ¡Tenemos ventaja de altitud!- Gritó uno de ellos, ciertamente convencido de que llevaba la razón y podría causar miedo en Harrison.
- ¡Tienes razón! ¡Pero yo tengo otra ventaja, imbécil!- Gritó de vuelta, lanzando el hechizo que cortaba diamantes, viendo como en un intento desesperado varios de sus compañeros sacaban un escudo plateado, el cual sirvió de poco, pues cortó por la mitad al compañero, el cual cayó al suelo muerto.
Harrison no se quedó a mirar como moría, sino que comenzó una cadena de maldiciones y hechizos de menor rango para conmocionar a los mortífagos y que éstos pasaran a la defensiva.
- Reducto, Deprimo, Bombarda, Bombarda Máxima, Reducto, Defodio…- Fueron unos de los pocos hechizos y maldiciones que Harrison lanzaba a diestro y siniestro, sin apenas movimientos, solamente apuntando certeramente.
Los enemigos estaban más a la defensiva ahora que al ataque, dado que Harrison era como un tornado imparable.
Lo que quería hacer Harrison era dar tiempo a los pasajeros que estaban viendo entre horrorizados y fascinados con la batalla de Harrison, el cual estaba comenzando a perder la paciencia.
- ¡Salid del vagón!- Gritó entre maldiciones y hechizos, también comenzó a lanzar encantamientos de limpieza, maldiciones de broma, conjuros y transfiguraciones que le dieran tiempo para que los que observaban reaccionaran, pues tenía pensado hacer algo drástico con los que estaban en el techo del vagón.
Los espectadores comprendiendo que había magos oscuros arriba, obedecieron inmediatamente escapando a otros vagones e instando a la gente a que le dieran más espacio, por si la estrategia salía mal.
Harrison suspirando que por fin le obedecieran, apuntó rápidamente hacia el vagón que estaban los magos oscuros blindando y no prestando atención hacia él, pues enormes leones y tigres los atacaban sin piedad.
- Hellfyre.- Susurró para que nadie se enterara de su maldición, aunque con la conmoción pocos o ninguno le oyó.
El fuego infernal y oscuro como la noche, comenzó a salir de su vara, disparado rápidamente y consumiendo el vagón entero con los mortífagos incluidos en el techo.
En cuanto a los que estaban en tierra y vieron el desastre producido al perder a dos de sus generales, quitaron las protecciones anti aparición y comenzaron a escapar por sus vidas, temiendo que el niño Peverell fuera a por ellos, malditos generales y tenientes, que no avisaron de que el niño era poderoso.
Sin embargo, por muy poderoso que fuera, necesitaba tener atención completa a su Hellfyre, de lo contrario podría ocurrir una catástrofe.
Mulciber, uno de los pocos tenientes que aún quedaban con vida, desapareció en cuanto las barreras anti aparición fueron quitadas, para justo aparecer detrás del niño que estaba cortando la magia de Hellfyre, lo cual había matado a Avery y McNair, calcinándolos en cuestión de segundos.
Hellfyre se diferenciaba de Findfyre en una única cosa, el fuego era más caliente y quemaba con tan solo rozarte. Si te rozaba ese tipo de fuego, te podías dar por muerto, pues una parte de él se desprendía para consumirte.
Ahora Mulciber con furia e irritación por no llevar a cabo la misión sin bajas, como pensaban, pues también la familia Alucard había matado su parte justa de mortífagos y además había salido indemne o en su mayor parte, dado que una de las zorritas estaba herida, Mulciber lanzó la maldición preferida de Severus, por la espalda de Peverell, sin que este se diera cuenta.
- ¡Sectusempra!- Lanzó con odio, esperando ver la sangre del niño siendo derramada, lo cual no tuvo que esperar demasiado, pues no había esperado un ataque así.
Viendo como Lord Peverell se tambaleaba unos pasos hacia adelante, pero la vara del niño era dirigida directamente a su corazón, lanzó una maldición que no supo diferenciar por el sonido, pero sí por el color.
Era una maldición oscura que hervía la sangre.
Esquivándola, al tirarse al suelo, Mulciber volvió a lanzar Sectusempra a su oponente, pero ésta era esquivada hacia la cabeza de otro mortífago que estaba celebrando.
- Pagaras… por tocarme…- Dijo Harrison viendo como su sangre se escurría por algunos lugares, lo cual hizo una mueca, pues sabía que iba a dejar cicatrices.
- Morirás ahora, mestizo. Lo que nuestro Lord…- No pudo terminar, ya que varias lanzas en muchas direcciones, se levantaron del suelo, empalando correctamente a Mulciber, subiéndolo y alzándolo en el aire, con un grito de terror puro. La muerte estaba cerca y lo sabía.
Mirando su obra, cayó de rodillas en el suelo, por la pérdida de sangre.
- Maldita sea… tendría que haber dejado Hellfyre…- Fueron las palabras antes de desmayarse en los brazos de alguien, que lo recogió, solo esperaba que fueran los padres de Irina o la misma Irina, pues la visión se le nublaba y caía en la oscuridad profunda de la inconsciencia.
Salto de línea.
Tres días habían pasado desde el ataque al tren y Harrison aún no despertaba. En los tres días habían podido recoger a los heridos y llevarlos al hospital más cercano, el cual resulta irónico estaba en Francia, pues aún no habían salido del país.
Francia abrió investigaciones con los cuerpos encontrados y entrevistó a los supervivientes en lo acontecido. Los aurores que había en el tren, atestiguaron que eran mortífagos o parecidos a ellos, pues algunas de las máscaras que llevaban no concordaban con las descripciones de este banda terrorista.
A Harrison lo trasladaron a la planta de observación, pues si bien habían podido cicatrizar el hechizo que le habían lanzado a la espalda, aún no estaba fuera de peligro, tras la pérdida de sangre.
Las pociones reponedoras, podían hacer un trabajo excelente, pero al parecer no era suficiente, dado que el paciente todavía no despertaba. Tampoco podían hacer mucho más, dado que una transfusión de sangre sería negativa, debido a los rituales hechos Harrison para proteger su sangre.
En esos mismos tres días, se les informó a la familia Alucard que un nuevo tren estaría dispuesto a salir, cuando Lord Peverell se encontrara mejor o en el caso negativo, que ellos fueran a su destino y dejaran solo al mencionado.
Como familia unida que eran, decidieron quedarse todos hasta que despertara, no había problemas con perder el tren.
- Ah… eso… eso no será necesario… Vlad.- Vino la voz ronca y carrasposa de Harrison de no haberla utilizado en días.
- ¡Estas despierto!- Gritó Irina, corriendo a la cama de Harrison y tirándose encima, dándole un abrazo de oso, con algunas lágrimas cayendo en el cuello del mencionado.
Con una pequeña queja, por el leve aplastamiento, Harrison se movió para soportar el peso de Irina y que cupiera al mismo instante en la cama del hospital.
Mirando por la habitación, vio las caras de los Alucard, los cuales estaban un poco menos preocupados.
- ¿Qué ha pasado? Ese último mortífago… me pilló desprevenido.- Admitió Harrison bajando la vista, un poco avergonzado.
- No te tiene de que avergonzarse, Lord Peverell, suele pasarnos hasta al mejor de nosotros.- Vino una nueva voz en inglés, con un dejo de acento francés.
Dándose todos cuenta de que había un hombre en la habitación que no habían notado la entrada, fruncieron el ceño, yendo hacia sus varitas, para estar listos.
- No tienen de que preocuparse señores. Soy Jean-Paul Delacour, Jefe de Aurores del ministerio francés.- Se presentó el hombre, haciéndose a un lado para dejar a los sanadores que examinaran a su paciente.
- Señorita, si nos hace el favor de apartarse, podremos examinar a Lord Peverell. Luego estoy segura que podrá seguir achuchándole.
- Claro.- Dijo Irina saltando de la cama, pero estando cerca todavía de Harrison. Había estado muy preocupada por él desde el ataque.
- ¿Cómo está, sanadora?
- Bastante bien, si me preguntan. Tiene todavía un poco de agotamiento mágico, pero puede ser debido a la interrupción de su lanzamiento de Hellfyre.
- Sobre eso… ¿Qué paso con Hellfyre? Creo recordar que lo dominé al final.
- Sí, lo hizo, Lord Peverell, pero le causó, según los sanadores, un grave agotamiento mágico.
- Entiendo.
- Es posible que en un par de horas pueda moverse. Tome estas pociones, son de pimienta, le darán las fuerzas para moverse, pero en los siguientes días, le aconsejo que esté sin hacer mucha magia y descansando.
- Me encargaré de que así sea, sanadora.- Se ofreció Irina con determinación a que obedeciera, algo que también le daría la oportunidad de pasar más tiempo a solas con Harrison.
- Bien, eso es todo. Si me disculpan, tengo más pacientes que atender.- Dio una leve inclinación de cabeza a los presentes, yéndose hacia otra sala.
Todos se quedaron unos momentos en silencio, meditando las palabras de la sanadora y del señor Delacour.
- Así que al final, no causé mucho lío.- Comentó Harrison, aun con la garganta seca.
Con un vaso de agua que le entregó Corina, bebió todo de un trago, tomándose poco después las pociones que le habían recomendado tomar.
Recostándose en la cama, para estar al menos un poco más levantado, vio mejor a todos los presentes.
Los hijos de Vlad estaban en una esquina sonriendo y cuchicheando con Ileana, al cual le mandaba miradas agradecidas, aunque no sabía de momento porqué.
- Es por eso que estoy aquí, Lord Peverell. Usted, como muchos otros se defendieron de los terroristas, pero me han llegado ciertos rumores en el tipo de magia utilizada.
- Magia familiar.- Contestó rápidamente Harrison, ganando por banda a Vlad y Radu, que también dijeron lo mismo.
- Eso es lo que me dicen mucho estos señores de aquí. Tengo entendido que convocó Golems.
- En efecto. Los convoqué, para que me sirvieran de guarida.- Afirmó Harrison con una sonrisa. – No debió de funcionar muy bien. He de admitir que mi idea de… librarme de los que estaban acosándome desde muchas direcciones, no resultó como pensé que haría.
- ¿Y cómo sería eso, Lord Peverell?
- Sencillo, cuando eché el hechizo de levantamiento de arena, pensé que les costaría un poco más disiparlo, dándome el tiempo necesario para acabar con sus vidas.
- ¿Con la maldición asesina?
- Entre otras maldiciones, sí.
- ¿Sabe que es magia oscura?
- Lo sé, pero también es parte de mi magia familiar. Conocer ese tipo de magia, me permite… bueno ya me entiende, señor Delacour, estoy seguro que en Francia también tienen magia familiar.
- De hecho la tenemos. En muchos países considerarían la magia familiar de mi esposa como oscura. En concreto Gran Bretaña.
- ¿Es algún tipo de caza de brujas? Lord Peverell no ha hecho nada malo, en todo caso ha salvado vidas con su magia, si no me equivoco.
- Y no se equivoca. Creo que no me he expresado bien. El ministerio francés le está agradecido con la ayuda ofrecida, pero le recomienda encarecidamente, que se abstenga de volver a utilizar maldiciones tan peligrosas y caóticas como Hellfyre, por favor. Al menos en suelo francés.
- Ningún problema.- Aceptó rápidamente Harrison seriamente. La conversación iba neutral según algunos puntos, otros podían ser… perjudicables.
Con otro tipo de preguntas, estas más de rutina sobre los puntos clave de su batalla, como el agujero realizado en el techo del tren, al final Harrison solamente tuvo que pagar una pequeña multa por haber destrozado el techo y un vagón, algo que no le importó, pero que con una carta mandada a Gringotts estaría todo solucionado.
Después de eso, el señor Delacour fue a marcharse, antes de recordar otra cosa.
- Lord Peverell, ¿Sabe por qué estaban esos terroristas allí?
- Puedo imaginármelo.
- ¿Puede explicar?
- Sí, creo que estaban en un ataque planeado y orquestado para matarme, también a mis aliados. Pocos sabían que salía de vacaciones, y los que lo sabían, también podrían no ser aliados míos.
- ¿Estás diciendo que hemos sido traicionados?- Preguntó Vlad con el ceño fruncido, no creyéndose que los Black, ni los Lestrange, traicionaran a Harrison.
- No, no estoy diciendo eso. Lo que me refiero a los no aliados son a los enemigos que hice en el Wizengamot.
- La arena política puede ser a veces muy peligrosa, Lord Peverell.- Opinó Jean-Paul sabiamente. – Se lo digo por experiencia. Yo también he hecho enemigos poderosos, tanto aquí en Francia, como en Bulgaria.
- Siento oír eso. No debe ser fácil vivir con… el temor de ser atacado.
- No lo es, pero te terminas acostumbrando. Bueno, eso es todo, espero que se recupere pronto y pueda seguir con su viaje.
- Por cierto, señor Delacour.
- ¿Sí?
- ¿Esto no me impedirá visitar Francia en el futuro, verdad?
-En absoluto. Si bien el ataque podría ser contra ti, no lo has orquestado tú. ¿Verdad?
- Verdad.
- Pues entonces, puede venir siempre que lo desee. Según tengo entendido no es la primera vez que viene.
- No, la otra fue mucho más agradable. Veo que los rumores vuelan.
- Sí.- Dijo con una risa, mientras se despedía de los Alucard y Harrison, dejándolos otra vez para que se pusieran al día en la habitación.
Al final resultó ser, que de ellos solamente Ileana salió un poco herida, pero nada grave, de la puerta de su compartimento que cerró mágicamente, el mortífago que atacó, la destrozó mandando pequeños trozos de madera volando por la habitación.
Sus hermanos pudieron sacar escudos, pero ella fue demasiado lenta al reaccionar, llevándose una pequeña contusión.
El mortífago no pudo hacer mucho más, al menos su compañero tuvo la decencia de irse, cuando lo vio caer muerto, por mordedura de serpiente.
Fue Ningizzida quien defendió el compartimento salvando a los chicos e Ileana de algo peor.
El hombre mordido, estuvo muriendo lentamente y muy dolorosamente, durante unos minutos.
El veneno de sus basiliscos, se estaba convirtiendo rápidamente en más mortífero, algo que era positivamente bueno, tanto para ellos, como para Harrison.
Eso era bueno, dado que el veneno de basilisco se vendía bien en estos tiempos, más si era de basilisco maduro. La piel y otras cosas que sus basiliscos fueran mudando, lo utilizaría Harrison para sus propios beneficios, sin tener que sacarlo a la venta.
Quitando esa parte de lado, Harrison estuvo contento de que solamente Ileana se llevara un pequeño susto y nada más grave la pasara.
Irina por el contrario, fue con él en su primera aventura, algo que no sabía cómo sentirse al respecto.
Es cierto que cuando estas en batalla solo te preocupas por ti o los que están cerca de ti, pero… al parecer Irina fue un buen combatiente, logrando acabar con cuatro o cinco mortífagos ella sola.
Por una parte estaba orgulloso, pues eso significaba que podía defenderse ella misma e iba a ser independiente en ese hecho, pero por el otro le preocupaba que quisiera más de este tipo de aventuras.
- No te preocupes, Harrison, estas cosas no creo que pasen a menudo.
- Estando conmigo… no a menudo, pero sí es probable que pasen más de una vez.
- ¿Y eso que quiere decir? No vas a decirme ahora que me vas a prohibir defenderte, ¿Verdad?- Preguntó con el ceño fruncido y un tono que decía claramente que aunque lo hiciera, no escucharía.
- No, no soy de los que prohíben.
- Ah, bueno…
- Pero sería mejor si te entrenaras en magia de batalla, no quiero que esto que me ha ocurrido, por bajar la guardia, te pase a ti también. Es más, voy a conseguirte una armadura de piel de basilisco…
- ¡Que! ¡Pero eso es carísimo y muy raro de encontrar!- Chilló Irina, emocionada ante la mención del regalo.
- Sí… lo sé. Tengo una de esas. Creo que todos los que quieran luchar a mi lado, deberían tener al menos una armadura de ese tipo… el basilisco que hay en la cámara de los secretos, puede darnos la muda, si consigo sacarlo de allí.
- ¿Qué tamaño tiene?- Preguntó Corina interesada. Después de toda la cámara de los secretos era historia al ser leyenda.
- Como unos cuarenta o cincuenta metros de altura y diez de ancho. Tiene una edad de mil años más o menos.
- ¿Más o menos?- Preguntó incrédula Livia.
- Sí… más o menos. No sé con exactitud cuándo Salazar lo incubó, tampoco me ha querido decir.
- Increíble… estás lleno de sorpresas… pero cambiando de tema, ¿Crees que puedas moverte?
- Claro, solo dime donde está el baúl y mi vara.
- Tu vara está en la mesilla, la tuvimos que levitar, pues al cogerla nos daba una quemazón. ¿Sabes por qué?- Inquirió interesada la mujer. El hermano de su marido se había dañado un poco la mano al intentarlo.
- Sí, es porque solo yo puedo utilizarla. Menos mal que hicisteis eso, si no era muy posible que os hubiera atacado, aun siendo mis aliados y familia.
- Entiendo.- Dijo Radu, tocándose la palma de la mano inconscientemente. - ¿Algún tipo de ritual?
- Sí… uno para que yo solamente pueda utilizarla. Tiene mi sangre. Si soy desarmado y la intentan utilizar, es muy probable que el que lo haga, acabe muerto.
- Buen sistema de seguridad… ¿Es posible hacerlo con todas?
- Lo es.- Dijo guardándose la vara en su muñequera, algo que no había notado nadie hasta ahora. Recogiendo el baúl que le habían entregado, sacó un par de túnicas, ropa y la armadura de piel de basilisco, para ponérsela.
Mientras se vestía, miró por la habitación siseando en Pársel, pero sin obtener respuesta.
- ¿Dónde están Apofis y Ningizzida?- Preguntó con cierta preocupación.
- No te preocupes cariño, están bien. Se quedaron en el hotel.
- ¿En el hotel? No les veo haciendo eso.
- No les entendemos hablar… no somos hablantes de Pársel.
- Oh… es cierto. Me disculpo por ello, espero que no os hayan dado problemas.
- Oh, en absoluto compañero, han sido todo lo contrario, de hecho, cuando venían madre o padre, se aseguraban que eran ellos mismos y no impostores.
- Gracias Mircea, no fue bonito.- Comentó agriamente su padre moviendo la cabeza.
Por supuesto que diría eso, pues cada vez que iban a la habitación del hotel de sus hijos, tener a dos basiliscos sisearte y después olerte, no era una cosa buena. A Radu y Livia les había pasado algo similar, a la única que les dejaba acercarse era Irina, pero era porque su olor se lo conocían ya.
Cuando Harrison estuvo listo, pasaron por el hotel para recoger los basiliscos y la ropa que habían pedido a los elfos domésticos que todavía estaban en Poenari. Menos mal que respondían al llamado de Irina, sino, tendrían que comprar nueva ropa para ponerse. Eso de llevar un par de mudas con ellos, al final resultó ser mala idea, pues no tenían ni idea de que fueran a ser atacados en el camino.
Salto de escena.
El tren que habían cogido nuevamente, era un poco más moderno que el anterior y las cabinas seguían siendo en parejas, salvo por Ileana que decidió ir sola.
No obstante, Harrison como precaución, dejó a Ileana al cuidado de Ningizzida, para consternación de sus padres y diversión de Irina.
Apofis se encargaría de vigilar a los chicos, a regañadientes, pues su labor era proteger a su maestro, algo que le había dicho Harrison, que si había problemas, lo más seguro que atacaran ahora a los más débiles de la manada.
Por supuesto, lo dijo en Pársel para que no se enterase nadie, todos eran un poco orgullosos para su bien.
Esas dos noches que Harrison tenía que estar tranquilo, si bien las pasaría en la misma cama que Irina, no tendrían muchos "mimos" o "achuchones" nocturnos, pues su prometida llevaba a rajatabla el que no hiciera demasiados esfuerzos.
En vez de eso, solamente hablaban hasta altas horas de la noche, explicando Irina como eran las leyes vampíricas y algunas de las tradiciones de su familia.
Lo bueno que tenía dormir con ella es que ambos utilizaban poca ropa, al hacerlo, por las noches con el movimiento, el cuerpo era rozado de ambos, levantándose al día siguiente Harrison un poco consternado para diversión de la chica.
El viaje en sí no dio lugar a ningún inconveniente, todos pasaban un rato juntos hablando, jugando o haciendo cualquier otras cosas, los chicos de Vlad, pasaban el tiempo alternando entre sus dos primas y Harrison, enseñando a Harrison un poco sobre su vida como mestizos vampíricos y lo que esto conllevaba en la comunidad y en las sectas.
Las sectas se dividían en cuatro de ellas, siendo estas: La Camarilla, El Sabbat, La Verdadera Mano Negra y El Inconnu.
Dentro de cada Secta, había varios Clanes vampíricos que llevaban sus propias leyes y negocios para el bien de la Secta, todo era jerarquizable, siendo este un ejemplo de la buena organización que tenían.
Cada poco tiempo, los jefes de los clanes se reunían con los jefes de las sectas para llevar a cabo negociaciones, sean ya de paz o de otra índole.
En este caso, le explicaron a Harrison, que tras la rareza de que él se prometiera a Irina, el Jefe de la Verdadera Mano Negra, quería conocerlo. También habían llegado los rumores, sobre él siendo nigromante y estudiando el arte.
- Las Sectas son las que llevan en Europa lo de las Maestrías Nigrománticas, es por eso que el Conde Dracul quiere conocerte.- Dijo con respeto Mircea, el segundo hijo de Vlad. El hermano de Mircea, se llamaba igual que su tío, pero para diferenciarlos cuando estaban juntos, Harrison llamaba a Radu (hijo de Vlad) por Junior y al hermano de Vlad por su nombre, algo que a "Junior" no le caía muy bien el apodo. No obstante, comprendía que lo hacía con buena intención.
- Entiendo, Mircea. No es muy difícil de comprender, pero dime, ¿Cuál es la política de los vampiros en la cuestión que nos atañe?
- Es variada. Hay vampiros que aceptan vuestro compromiso, únicamente para molestar al Gran Abuelo.
- Otros, que son más… radicales en su forma de pensar, no lo aceptarán e intentarán dejarte mal delante del Gran Abuelo.- Añadió en ese momento Radu Jr.
- Entiendo. ¿Cómo deberé dirigirme a ellos? ¿Cómo normalmente hago?
- Eso es un problema.- Habló Irina, a la cual Ileana le dio la razón, mientras acariciaba la cabeza de Ningizzida. Al parecer ambas se llevaban muy bien e Ileana le daba de, nadie sabía dónde, ratas jugosas y algún que otro sapo.
- ¿Por qué es un problema?- Preguntó Harrison sin comprender muy bien.
- Los vampiros se basan en las antiguas tradiciones, es decir, que si un niño habla sin que se le hable, es mal visto. Pero por otro lado, tú tienes una excepción a la regla.
- Mi Señorío.
- Exacto. Eres tratado como un adulto por muchos, llegando el caso de estar emancipado en el mundo mágico, sin depender de un adulto. Eso te da la ventaja, que sí quieres pedir palabra, te escucharán, pero deberás en todo momento mostrar el anillo de Lord Peverell.
- Para recordarles. No es muy complicado lo que debo hacer. Si se basan en las antiguas tradiciones, es un punto a mi favor, dado que estoy educado en ellas.
- Sí, pero las de los magos no son iguales a las vampíricas. Por ejemplo, si ellos te ofrecen sangre, dudo que la vayas a beber.
- Entiendo. Y… ¿Para no ofenderles?
- Pide vino.- Fue la respuesta común de todos a la vez, lo cual se miraron por unos momentos y se echaron a reír.
Entre risas y más preguntas acerca de los clanes que dividían las Sectas, al menos para saber los nombres, tanto Irina como Ileana y los chicos le comenzaron a contar los nombres de cada clan.
Comenzando con Ileana con la Verdadera Mano Negra.
- La Verdadera Mano Negra consta de una política… peculiar. Dado que el poder y la influencia están más llevados, quien mayor poder tenga, la gobierna. Pasa lo mismo con la influencia. Ahora bien, la Verdadera Mano Negra está constada por, lo que se le puede llamar dos clanes, pero no son clanes propiamente dichos.
- Veo, o eso creo.- Dijo Harrison asintiendo con la cabeza. – Es más, como un consejo o algo por el estilo, ¿No?
- Algo por el estilo.
-¿No me vas a decir los nombres de esos "clanes"?
- No.- Sonrió Irina un poco, de todas formas no podía decirle los nombres de los clanes por las políticas que tenían. Al igual pasaba con los otros clanes de las otras Sectas. Entre vampiros las podían conocer, pero fuera de la raza vampírica no se podía.
- No te enfades, nosotros tampoco podemos decirte el nombre de los clanes fuera… de nuestra raza. Ya fue un problema que tuvieron que aprobar que a los mestizos como nosotros se nos permitiera el conocer dichos nombres. No te sientas mal.- Comentó Ileana, viendo la cara de Harrison.
- Oh, no te preocupes Ileana. No estoy molesto ni nada, supongo que es algo como la magia familiar o los secretos de familia, que no se pueden divulgar completamente.
- En efecto.
- ¿Pero el nombre de las Sectas, si podéis decírmelo?
- Eso sí, es de conocimiento común entre los humanos, al menos entre los mágicos.- Añadió Radu Jr. encogiéndose de hombros un poco.
A los tres días del viaje, Harrison estaba completamente seguro de que ya se había recuperado de su experiencia en el ataque al tren, hace ya por lo menos seis días.
Por lo cual, planeó pasar la noche con Irina de forma similar a como pasaron el rato en el camarote del ferri.
Como era de esperarse, Harrison se le ocurrió una forma de ayudar con la Oclumancia de Irina, pero para ello necesitaría estar completamente a solas con ella, lo que significaba que tendrían que comenzar temprano.
Para ello tendría que convencer a los padres, hermana y primos de ésta, de que tenían que pasar un tiempo más a solas, para probar los escudos de Irina.
- ¿Dices, que para que Irina pueda pasar a la sala de entrenamiento tuya, tiene que perfeccionar sus escudos?
- Así es, Radu.
- ¿Y no será que quieres intimar con ella? ¿A solas?
- No… claro que no. Es puramente académico. Sabes el problema que tiene Irina, en cuanto está tentada con sangre muggle, pierde el sentido. Solo estoy intentando ayudar a que encuentre el foco.
- Entiendo. ¿Y tiene que ser esta noche?
- De hecho, debería ser todas las noches.
- ¿Por qué de noche?- Intervino Livia, un poco curiosa, sin creerse todavía los motivos de Harrison.
- ¿Por qué de noche? Pues porque… ella estará más cómoda, aparte la dejará muy cansada, así puede aprovechar para dormir. Por la mañana no podría hacer eso.
- Entiendo… está bien. Confiaremos en ti.- Dijo Vlad, sonriendo a su esposa.
Harrison sospechaba que ellos sospechaban algo de lo que se traía entre manos, pero si ayudaba a Irina con su Oclumancia y poder superar el problema de la sed, estaría bien. Aparte, les quedaba poco tiempo para casarse, en menos de dos meses y unos días serían desposados, así que no habría problemas en la intimación prematrimonial, siempre y cuando la virtud de Irina quedara intacta.
- Que paséis una buena noche, Harrison, Irina. Espero que os divirtáis.
- Sí… como que estudiando Oclumancia será divertido. Sobre todo cuando es él quien estará en mi mente continuamente.- Dijo un poco desganada Irina, la verdad no le gustaba mucho cuando un profesor tenía que probar sus barreras, era cierto que no entraban para no violar la intimidad, pero aun así… no era de buen gusto.
- Estoy seguro, que a Irina terminará por gustarle. De hecho, le tengo preparado un pequeño juego.
- ¿Jugando, estudiáis?- Preguntó un poco confundido y no muy seguro Radu.
- Sí, no es muy común, pero con diversión se puede aprender también. Creo que le gustará.- Terminó Harrison de explicar, despidiéndose de los Alucard y diciendo que esperaría a Irina en su habitación-cabina.
Cuando llegó a la cabina, lo primero que hizo Harrison, fue poner ciertas salas protectoras, tanto en las ventanas como en la puerta. En las paredes pondría también salas de silencio, no le interesaba que se escuchara lo que iba a pasar.
Viendo la cama hecha, Harrison apuntó hacia ella con la vara, pensando seriamente en lo que haría.
El juego iba a ser sencillo y educativo. Cada uno tenía que entrar en la mente del otro e intentar pasar las barreras.
Una vez que uno estuviera en la mente del otro, como la norma anterior dice, intentar pasar las barreras del otro, sin que éste se entere.
Si llegara a pasar que se enterase, entonces tendría que aguantar la envestida, si no podía y resultaba fuera, entonces se perdía.
Por cada intento fallido, una prenda se tendría que quitar la persona que intentaba entrar en la mente.
Si Harrison perdía por intentar entrar en la mente de Irina, se tendría que quitar una prenda, pero si Harrison tenía suerte y entraba, entonces ella es quien tendría que quitarse una prenda.
Las reglas eran fáciles de entender, también lo sería después cuando quedaran desnudos, estaba seguro o casi seguro, que podrían pasarlo bien después, no por nada los retratos del Castillo comenzaron a enseñarle ciertos encantamientos para el sexo.
Algunos de ellos se podían utilizar ya, siendo que solamente se tocaban entre ambos, otros que de momento no podían ser utilizados.
Al haber preparado mejor la cama, haciéndola un poco más cómoda para Irina y él, Harrison menguó un poco la iluminación de la habitación y perfumándola un poco también. Solo esperaba que le gustara a su prometida.
Con la presencia de Irina en la puerta y sabiendo que era ella, Harrison permitió la entrada de la misma, notando como la chica estaba un poco nerviosa por las clases particulares de Oclumancia, pero a la vez, sorprendida por lo que le esperaba en la habitación.
- Huele… huele bien y la luz está bastante bien. ¿Por qué has hecho esto?- Preguntó mientras cerraba la puerta y se sentaba en la cama, justo debajo de las almohadas, dejando a Harrison a los pies, donde también estaba sentado, pero sin las botas.
- Quítate las botas y te lo explico.- Dijo Harrison con una sonrisa de las suyas, la cual Irina no pudo contener la intriga.
Haciéndole caso, Irina se quitó las botas y las colocó en el suelo, iba a quitarse más, pero Harrison la detuvo, indicándola que así estaba bien, que se pusiera cómoda en la cama, pero que no se cambiara de momento.
- Mientras que practicamos Oclumancia, vamos a jugar a un juego.
- ¿Qué tipo de juego?- Preguntó con un poco de cautela.
- Del tipo, que si yo entro en tu mente y veo un recuerdo al azar, te quitas una prenda. Es decir, cada uno vamos a intentar entrar en la mente del otro, investigar las barreras e intentar que no se nos note la presencia.
En el caso de que logres entrar en mi mente y ver un recuerdo mío, como prueba, entonces me quito una prenda y se continúa.
- Creo que entiendo. ¿Entonces el que quede completamente desnudo pierde?
- Exacto. Y deberá sufrir un pequeño castigo. Si tu ganas y yo pierdo, deberás pensar en algo. En caso contrario, si yo gano y tú pierdes, creo que sé cuál será tu castigo.
- ¿Cuál?
- Para ello deberás jugar y averiguarlo. ¿Te sientes con ganas de probar?
- Pues sí, así es más emocionante.- Dijo con una sonrisa alegre. – Al principio pensé que ibas a estar entrando en mi mente continuamente.
- Bueno, en cierto sentido eso es lo que haré.- Dijo quitándose el anillo de Lord, por primera vez en un tiempo.
- ¿Qué haces, por qué te quitas el anillo?
- El anillo de Lord tiene ciertas… precauciones para proteger al portador. Tú también deberías quitarte el tuyo. Ha sido sabio mantenerlo oculto e invisible.- Dijo Harrison mirándola con la cabeza inclinada.
- ¿Tengo uno?
- Claro… en el contrato estipula que mis prometidas, cuando activamos dicho contrato, pueden recoger el anillo mágicamente, deseándolo. ¿No lo sabías?
- No… yo me pensaba que me darías un anillo de promesa, un poco más romántico.- Comentó un poco decepcionada por el hecho.
- Lo siento. No lo sabía… es nuevo todo esto para mí.
- Y para mí también, pero esas cosas se aprenden… oh. Lo siento, no quise decir…
- No te preocupes, haremos una cosa, si logras entrar una vez en mi mente sin que me dé cuenta, aparte de quitarme una prenda, te mostraré cuando terminemos un recuerdo de mi infancia. ¿Te parece?
- ¿En serio? ¿Podré ver al pequeño Harrison corretear desnudo bajo la lluvia?
- Claro.- Dijo sin entrar en muchos detalles, esa era una de las cosas que nunca había hecho, más que nada porque si lo hubiera hecho, las repercusiones podrían haber sido tremendas.
- Entonces empecemos, y no te preocupes por lo del romanticismo, te lo perdono.
- Está bien, comienza tú. Intenta cuando quieras entrar en mi mente.
- ¿Estás listo?
- Sí.- Contestó Harrison preparándose mentalmente para el asalto, el cual llegó rápidamente y no muy sutil, pero no obstante le dejaría ver a Irina su paisaje mental.
Irina pasó en la mente de Harrison con una sonrisa en los labios, había conseguido entrar en su paisaje mental, pero al verlo se quedó impresionada.
Como paisaje mental tenía lo que era el Castillo Peverell con sus terrenos, pero al lado, tenía otra edificación que no conocía. Todo ello rodeado por murallas altas con… algo que no pudo distinguir, pues en ese preciso momento sintió un tirón hacia fuera de la mente de Harrison, volviendo a la suya y la realidad.
- ¿Qué ha sido eso?- Preguntó un poco confusa.
- Mi paisaje mental. No eres muy sutil con las entradas, pero eso es normal cuando eres una novata en Legeremancia.
- ¿Cómo si la hubieras utilizado mucho tú?
- De hecho, sí. Pero eso es otro recuerdo.- Sonrió, sabiendo que la tenía en la cuerda floja. ¿Qué sería lo que más quería ver, su infancia o contra quien había utilizado Legeremancia?
- Está bien, he perdido, supongo que una prenda me tengo que quitar.- Suspirando, alargó una pierna y suavemente se quitó un calcetín, haciendo reír a Harrison.
- Bien, mi turno. Haré que te quites el otro calcetín.
- Sueña. Desde el día en el ferri he estado entrenando.- Levantando la cabeza altaneramente, se preparó para la llegada mental de Harrison.
A los pocos segundos se preguntó si había hecho algo, pues no sentía nada, ninguna intrusión.
Harrison entró en la mente de Irina sin avisar, lo hizo sutilmente para que no se notara y pensara que no había hecho nada.
Veía en su paisaje mental que era parecido al suyo propio, pero con un castillo diferente. Tal vez, Poenari.
Viendo las murallas altas y el acantilado, pensó en como entrar sin ser notado o al menos, no tanto.
Sonriendo para sí mismo, Harrison mandó una sonda mental hacia el lateral oeste del castillo, quedándose en el frente, si Irina la sentía y se apresuraba a abrir sus barreras para investigar que era esa punzada, él podría llegar y coger algún recuerdo al azar.
Mientras que eso ocurría, en la realidad Irina sintió un pequeño pinchazo en la cabeza, sorprendiéndose de que hubiera empezado ya.
Haciendo como predijo Harrison, bajó brevemente las barreras mentales para ver lo que había sucedido, bien podría haber sido culpa de su prometido, pero…
- Ya está.- Vino la voz de Harrison desde afuera, con una sonrisa en sus labios.
- ¿Cómo? Es imposible… solo he sentido un pinchazo…
- Eso fue para despistar y que bajaras la guardia. Gracias a eso, tengo una idea mejor de tus barreras mentales.
- ¿Qué has visto?
- Una linda pelirroja de… ocho o nueve años, jugando con las flores en un jardín.- Hizo una seña para que Irina se metiera en su mente y viera la prueba que había copiado.
Era cierto, Harrison había conseguido meterse en sus recuerdos y era un bello recuerdo de cuando tenía nueve años, recogiendo rosas negras en el jardín de la casa Alucard en Londres.
- Impresionante… pero has tenido suerte.
- Sí, pero ¿Has visto como he conseguido tu otro calcetín?- Dijo haciendo una seña al calcetín faltante de Irina.
- ¿Me le has quitado tú?
- Sí, lo siento por eso…
- La próxima vez, cuando te toque quitarte una prenda, te la quito yo.
- Hecho.- Dijo rápidamente Harrison. – Pero si pierdes, el que quita las prendas tuyas, seré yo.
- De acuerdo.- La sonrisa depredadora que mandó a su prometido, al parecer no le gustó mucho, pues imaginaba que comenzaría por la parte de arriba, dejando los calcetines para último momento.
Entre los dos pasaron el tiempo intentando meterse en la mente del otro, llevando como consecuencia que Irina fuera perdiendo más prendas por el camino.
Después de quitarle los calcetines, Harrison le quitó la coleta, (considerado prenda) los pantalones y la blusa, quedando la chica en ropa interior.
Para que ella no fuera la única, Harrison se apiadó de ella y le explicó que debería de poner trucos en la barrera mental.
- ¿Trucos?
- Sí, es decir, cuando estés viendo mi paisaje, puedes mandar imágenes como ataque, emociones o sentimientos.
-¿Entonces no hay porque presionar las barreras o buscar una apertura?
- No, no tienes por qué hacer eso.
- Entiendo…
- Si consigues esta vez entrar aunque sea un rato dentro de las murallas, te dejo que me quites, no una, sino dos prendas.
- Hecho.
- Por cierto, déjame decirte que te ves hermosa en… ropa interior.- Alabó Harrison a su novia, viendo con detenimiento el sujetador y las bragas que llevaba.
- Gracias… ahora prepárate.- Dijo, lanzando su ataque seguidamente, sin dejar que Harrison se preparara, o al menos eso es lo que pensaba ella.
En cuanto entró dentro, Irina se acordó del consejo de su novio y pensó en que mandarle, bien podría mandar a Harrison una imagen mientras se duchaba esa misma mañana.
Sonriendo, pensó en la imagen y la proyectó en las barreras, sintiendo como una fuerte emoción de excitación inundaba los pensamientos de Harrison, temblando las barreras mentales, pero no obstante no dejándola pasar.
Sintiendo un tirón, Harrison expulsó a Irina con una sonrisa.
- Buen intento. Pero debes mejorarlo.
- ¿Cómo?
- Con práctica. Mucha práctica.- Dijo acercándose a ella y besándola tiernamente en los labios, mientras que con las manos acariciaba sus hombros y senos.
Un momento después y el sujetador de Irina se fue, dejando ver unos hermosos pechos alzados y unos pezones endurecidos.
Olvidando por completo ya el juego, Irina se lanzó a Harrison abrazándolo con fuerza y besándolo con pasión, dejando ver entre beso y beso, los colmillos de vampiro.
Mientras que estaban los dos en la cama besándose y tocándose, Irina fue quitándole poco a poco prendas a Harrison, comenzando por los calcetines, para continuar con los pantalones y camiseta.
- Al parecer te has preparado para tener las mismas prendas que yo…- Dijo entrecortadamente, pues Harrison había comenzado a tocar la vagina y el clítoris a Irina la cual iba gimiendo poco a poco de placer.
- Sí… pero para hoy tengo una idea que tal vez te guste…- Besó otra vez los labios de ella con pasión y tenacidad, metiendo la lengua y juntándola con la de Irina.
- ¿El qué?
- Para ello necesitamos los dos estar desnudos.- Sonrió, viendo como al final se daba más prisa Irina en terminar de desnudarle.
Cuando ambos estuvieron desnudos, uno enfrente del otro, Irina tenía agarrado con una mano el pene de Harrison, mientras que con la boca y besando la cabeza del mismo.
Entre gemidos de placer, intentó explicarle Harrison el plan que tenía para darle placer.
- Irina… para… sino…
- ¿Sino, qué?
- No… no puedo… explicarte…
- ¿No puedes? ¿Te gusta?
- Oh sí… me encanta… pero…
- ¿Pero? Digamos que es tu castigo por no dejarme entrar a verte de pequeño.- Dijo Irina, lamiendo lentamente la cabeza del pene, dando pequeños besitos por el tronco, hasta llegar a los testículos, lo cual comenzó a lamerlos, haciendo que Harrison dejara escapar un pequeño grito de placer en el acto.
Poco después, Irina comenzó a meterse el pene de Harrison en la boca y a hacerle una felación en toda regla, chupando, lamiendo y besando de vez en cuando la cabeza y el glande.
La cabeza de Irina subía y bajaba al principio, lentamente, pero después fue aumentando la velocidad, escuchando con placer como Harrison iba a correrse pronto.
No dejaría que sacara el pene de su boca, pues había visto en revistas de adultos, que a los chicos les gustaba correrse dentro, así pues probaría a ver cómo era.
Lo mismo no le gustaba, pero para saber con certeza si algo no gusta, hay que probarlo. Por ello, sintió como su boca finalmente se llenó con la semilla de su novio, sintiéndola caliente en un momento y pegajosa.
Sacándose el miembro algo erecto de Harrison, vio a los ojos de su novio, tragándose el semen que tenía en la boca y limpiándose un poco los labios, de los cuales goteaba un poco de saliva mezclada.
- ¿Por qué has hecho eso?- Preguntó Harrison, confuso, pero no obstante encantado con lo que había presenciado.
- ¿No te ha gustado?
- Me ha encantado… pero quería darte placer primero…
- Bueno, me lo puedes dar ahora.- Dijo poniéndose en posición, pero antes cogiendo la varita para echarse un encantamiento de limpieza en la boca, así podría estar más fresca.
- Sí bueno, como iba diciendo… no sé lo que iba a decir…
- Me ibas a explicar tu método de hacerme sentir placer… o tu idea.
- Por supuesto. Consta en verdad de dos partes. La primera es un encantamiento sexual, en el cual comenzarás a sentirte muy excitada, con cada toque que te dé, sentirás como te vas poniendo más y más caliente. La segunda parte, es que tú te tumbes encima de mí, pero dándome la espalda.- Explicó Harrison, poniéndose en las almohadas y haciéndole señas a Irina para que comenzara a ponerse en posición.
Recostándose encima de Harrison, como le había pedido, sonrió cuando éste cruzó las piernas encima de las suyas separándolas un poco.
Con las manos, Harrison comenzó a masajear los pechos de Irina, pellizcando suavemente los pezones, sintiéndolos como se ponían duros en pocos momentos.
Siguiendo con una mano en los pechos, con la otra la puso en donde Irina tenía un poco de vello púbico incipiente, tendría que afeitarse al día siguiente, pero eso no le importaba ahora a Harrison.
Lanzando el encantamiento que le habían enseñado, ahora era el turno de esperar, pero mientras que lo hacían, no quería decir que no pudiera ir besándola.
Comenzando por los labios y bajando hasta el cuello, Harrison seguía moviendo las manos y tocando a Irina por todo el cuerpo, sintiendo como comenzaba a excitarse, dado que el encantamiento entraba en funciones finalmente.
- Harrison… oh… Harrison… esto se siente maravillosamente bien…- Decía entre gemidos, arqueando un poco la espalda y moviendo las caderas, mientras que los dedos de Harrison exploraban el clítoris y la vagina de ella.
Cuanto más movía los dedos o más presionaba sobre la vagina, Irina más gemía de placer y más se excitaba por cada momento.
Llegó el punto en el que iba a correrse del placer y llegar al clímax, pero Harrison se detuvo en ese momento.
- ¿Qué pasa? ¿Por qué te detienes?
- Oh, no pasa nada, pero es que todavía no quiero que termines.- Dijo saliendo de su posición, la cual era detrás de ella, tumbándola en la cama.
Poniéndose enfrente de la vagina de Irina y dejando sus partes justo en la cara de la misma, Harrison sonrió cuando sintió su erección crecer aún más.
Irina no lo pensó en ningún momento, cogió el pene de Harrison nuevamente y se lo metió en la boca, investigando con su lengua la cabeza y glande del pene de Harrison, sacando gemidos de placer del joven.
Harrison mismo, comenzó a lamer y besar el clítoris de Irina y la vagina, haciendo que ella también gimiera de placer, pero con su propia boca ocupada, salía más como tipo gruñido sexy.
Entre ambos y sin saberlo, estaban haciendo una de las posturas del Kama Sutra, aunque también hubiera la versión mágica con sus hechizos y encantamientos, pero eso sería para otro momento y tiempo, cuando Nymphadora se les uniera en la cama todas las noches.
Momentos más tarde, ambos casi al mismo tiempo, eyacularon en las bocas de los otros, sintiendo un gran placer y orgasmo que se habían dado mutuamente.
Quedándose tumbados en esa posición durante unos momentos, Harrison comenzó a sentir su excitación propia volver a aumentar en los labios de su novia.
- ¿Otra vez? ¿Qué pasa hoy contigo?
- No soy el único, ¿Sabes? Creo que estás otra vez excitada.- Respondió riendo un poco, lo cual era cierto, Irina estaba otra vez de nuevo excitada, pero todo por culpa del encantamiento que Harrison le lanzó. Quitándose de la posición en la que estaba y sentándose con las piernas cruzadas al lado de su novia, Harrison la observó detenidamente fruncir el ceño.
- Por cierto, ¿Cuánto tiempo dura el encantamiento?- Pregunto, sentándose con el culo en las piernas y con los brazos aplastando un poco los senos, lo cual era una imagen hermosa para Harrison.
- Unas horas… tal vez, mañana por la mañana se haya pasado.
- ¿Qué…? Hasta mañana me voy a sentir continuamente excitada…
- Puede…- Vio como Irina resoplaba ante la contestación y comenzaba nuevamente a tocarse en sus partes, lo cual paró un momento Harrison, cogiéndole las manos.
- Como decía, puede quedarse así hasta mañana, pero también tiene el encantamiento contador.
- ¿Qué quiere decir?
- Que te lo puedo remover si te sientes mal.
- No es que me sienta mal, Harrison, sino que estar completamente excitada no es algo… bueno, creo. No creo que pueda dormir contigo al lado, desnudo y rozándome continuamente. Incluso si me sujetas un pecho cuando duermes.
- ¿Hago eso?
- Sí, lo haces. No me molesta ni nada, para que lo sepas.- Dijo con una sonrisa, mordiéndose el labio inferior un poco.
- Bueno… ¿Qué es lo que vas a querer entonces? ¿Lo remuevo o lo dejo?
- Remuévelo, pero después de…
- ¿Del ultimo?
- No lo diría así, pero sí, después del último.- Empujó Irina un poco a Harrison, para que quedara tumbado sobre la cama, cogiendo su pene y poniéndolo en una posición tumbada, justo que la cabeza diera contra su tripa.
Poco después se sentó a horcajadas sobre él, haciendo que el clítoris coincidiera con el pene de Harrison y moviéndose desde arriba y abajo despacio. Balanceándose sobre Harrison sacando pequeños gemidos de los dos.
Harrison estaba en el séptimo cielo tras esto, si bien no habría penetración, esto era lo más cercano que podría llegar hasta su noche de bodas.
Ahora que Irina estaba encima de su novio y tenía cierto control sobre él, se puso en posición para besarle, mientras subía un poco más el ritmo del roce, lo cual dio a lugar que ambos gimieran en los labios del otro.
Unos cuantos minutos más tarde, casi llegando a la media hora y ambos llegaron nuevamente al clímax, gimiendo en voz alta y abrazándose.
Se quedaron así durante un tiempo, jadeando en el cuerpo del otro, sin decir nada, pues no había mucho para decir. Con tan solo el abrazo se sentían bien y completamente satisfechos.
Con un movimiento de la mano y un resplandor después, Harrison quitó el encantamiento de Irina sorprendiéndola por el acto. Había estado pensando en tenerlo durante la noche, para ver cómo era estar excitada, pero ahora que lo había hecho y además que se sentía un poco cansada, decidieron ir a dormir, pero después de un pequeño almuerzo y un poco de agua, para no deshidratarse.
A la mañana siguiente la pareja se levantó más contenta de lo habitual en la semana pasada, incluso más contenta que cuando salieron del ferri. Al parecer los estudios de Irina en Oclumancia habían avanzado, pero los padres de ésta al menos, tenían una pequeña sospecha de la felicidad de ambos, sobre todo de la de su hija mayor.
No es que dijeran nada, ni estuvieran molestos, en absoluto, mientras que su hija fuera feliz y estuviera contenta, eso les daba a los padres bastante felicidad.
Al crecer como medio vampiro, medio bruja, Irina tuvo una infancia un poco difícil, haciéndola no sonreír tan a menudo.
Ahora Harrison, podía hacerla sonreír, de la manera que fuera, incluso con pequeñas bromas de luz, al parecer reía ante cualquier cosa. Era un sonido hermoso para muchas personas, pero sobre todo para Harrison.
También estaba el hecho de que Irina estaba mostrando completamente los colmillos a todas horas, incluso algún beso en los labios de Harrison, haciendo que Radu gruñera un poco, pero no obstante, parecía que al joven Lord le gustaba así su prometida.
- ¿Esta noche también vais a repasar Oclumancia?
- Sí padre, me estoy acercando mucho a poder entrar en la mente de Harrison.
- Todavía te queda un rato. Pero sí, estás mejorando mucho. Creo que para cuando lleguemos a Poenari, tendrás buenos escudos, sobre todo si haces lo que te digo. Si en algún momento hay un intruso en tu mente, mándale imágenes, sentimientos o emociones falsas para que se despiste, mientras buscas la manera de quitarle de en medio. También podrías poner ciertos guardas en los terrenos de tu paisaje mental.
-¿Guardas?
- Sí, como criaturas mágicas. Ten en cuenta que en tu mente las controlas tú, así que si pones un dragón en tu mente, bien tienes el control de él.
- Entiendo.- Sonrió un poco ante la perspectiva de darle a Harrison una pequeña lucha esta noche, lo cual tendrían que cambiar un poco el juego, dado que jugar todos los días a lo mismo, sería un poco aburrido.
No obstante, a partir de esa noche y todas las del resto del viaje, la pasarían en la habitación con las salas pertinentes para que no se escucharan los gemidos de cuando terminaban de entrenar.
Salto de Línea.
El resto del viaje conllevó que todas las noches Irina quisiera entrenar en su Oclumancia con el mismo juego que tenían Harrison y ella, pero cambiándolo un poco, tal es así que la hermana de Irina pidió que la admitieran, teniendo Harrison que cambiar un poco el juego, pues no iban a hacer las cosas que hacían entre ellos con Ileana.
Ileana al principio se sorprendió de que fuera como un juego de niños, pero si los frutos se daban entre ellas, entonces lo aprovecharía.
Lo que no sospechaba, era que cuando terminaban de jugar, había una especie de guerrilla entre Harrison y su hermana, por ver quién de los dos ganaba.
La mayor parte de las veces era Harrison, pero cuando lo hacía Irina, entonces ésta tenía sus propios castigos placenteros que dar a Harrison.
Por supuesto, todo esto ocurría cuando Ileana salía de la habitación un poco cansada de entrenar en Oclumancia, algo que era normal para la mente, sobre todo si estaba continuamente siendo penetrada por agentes externos, tales como la mente de Harrison e Irina.
Que dos personas entrenaran juntas, se podía hacer más llevadero, dado que podían descansar.
Pero tres personas, era más complicado. Es cierto que cuando una estaba descansando las otras dos estaban entrenando, pero había poco tiempo entre el Legeremántico y el Oclumántico, sobre todo Harrison, que la mayoría de las veces, sino todas, era imposible de ganarle.
En el día cinco de julio, fue cuando por fin entraron en Rumanía, Bucarest, saliendo de la estación de tren, para coger un traslador que los llevara al pueblo más cercano de Transilvania, para desde allí coger un carromato e ir al castillo Poenari.
Una vez llegados a Transilvania, Vlad y Radu fueron a alquilar el carromato para todos, el cual el hombre que habían contratado estaba un poco nervioso ante la idea de ir a Poenari.
- Puedo dejarles en Transilvania y desde allí pueden alquilar un coche si quieren… pero no, no puedo ir al castillo.
- ¿Pero por qué?- Preguntó Radu insistentemente. – Le pagaremos bien. Además estará seguro, no es un viaje peligroso.
- O usted es muy valiente, señor o muy estúpido. ¿No ha oído las historias que se cuentan? Cualquiera que pise el interior del castillo no sale después con vida…- Interrumpiéndose a sí mismo, dado que la mirada se la había nublado, tanto Vlad como Radu se dieron la vuelta para observar a Harrison guardar su vara.
- ¿Qué? Iba a estar así todo el día. Es mejor si el muggle está bajo la Imperius. Además me parece que es tonto el hombre, estamos en Transilvania.
- Está asustado, es normal, dado que su gente ha oído historias sobre Poenari. Esto que has hecho no está bien.
- Bueno, es similar a la hipnosis del vampiro, pero con una maldición.
- Una imperdonable, Harrison. No estamos en Gran Bretaña, por si lo habías olvidado. Aquí, las imperdonables se castigan severamente. De todas formas, lo hecho, hecho está. ¿Crees que podrías encargarte del interior del carromato? Dudo mucho que podamos caber todos allí.- Pidió Vlad, masajeándose las sienes un poco cansado del viaje ya, había olvidado con quien estaba y lo que pensaba de los muggles.
- Claro, sin problemas.- Comentó dirigiéndose hacia el carromato, entrando y sacando la vara, para echar los encantamientos expansibles en el interior, poner salas de silencio donde debían ponerse y encantamientos para acolchar los asientos y en otros sitios.
- Todo listo, Vlad.- Dijo saliendo del carromato y posicionándose junto a Irina, cogiéndola de la mano y dándole un apretón suave.
Con una sonrisa de ida y vuelta, ayudó a su prometida a subir al carromato, siguiendo Harrison el ejemplo de ella y sentándose justo a su lado.
Cuando todos estuvieron listos para partir, un ligero golpe a la parte de donde estaba el conductor lo avisó.
Poniéndose en marcha lentamente al principio, por las calles concurridas de Transilvania, la familia Alucard y Harrison conversaron sobre diversos temas de magia, cultura y tradiciones, estando todos los adultos preocupados por las reuniones que se llevarían a cabo en el castillo Poenari.
Asomándose por la ventana, Harrison pudo vislumbrar la luna llena a lo lejos, aunque la tarde estuviese cayendo lentamente.
Metiéndose dentro, se aseguró de llevar su daga gobblin en el lugar correcto, no siendo que la necesitase.
Habiendo pedido a Apofis y Ningizzida que impregnaran la daga con su veneno, para así un ligero corte al enemigo, tenerlo muerto en cuestión de minutos, si la daga entraba entera, el enemigo moriría en cuestión de segundos.
Teniendo un mal presentimiento, se volvió hacia Vlad, el cual estaba riendo de algo que había dicho su esposa, más no queriendo importunarlo, intentó dormir un poco. El viaje hacia Poenari todavía continuaba y quedaba un tramo por recorrer.
- Harrison, para al cochero, vamos a comer por aquí.
- ¿Comer? ¿Ahora? Será más como merendar…- Dijo Harrison confuso por las palabras de Vlad, no tenía idea de lo que se traía entre manos el medio vampiro. – Como quieras, pero no tengo un buen presentimiento.- Murmuró para sí mismo, sin embargo mandó una sonda mental al cochero para que se detuviera en un pueblo cercano a Poenari.
Tras la merienda para Harrison, comida para los Alucard pues pidieron sangre para comer, algo que no supuso que pasaría, dadas las circunstancias, pero obviando el hecho, miró como caía el anochecer en Transilvania.
Ajustándose su chaleco de piel de basilisco y mirando que su vara estuviese bien guardada en su antebrazo derecho, volvió a subir al carromato, poniéndose este en marcha.
- ¿Todo bien Harrison?- Preguntó Irina un poco preocupada.
- Solo un mal presentimiento…- Contestó con la verdad, pues sentía que algo iba a pasar, algo que no iba a ser bueno para nadie, más no obstante, de lo que estaba seguro era de proteger a su nueva familia.
- No te preocupes, estaremos llegando en dos horas a Poenari. Ya verás, te va a encantar el exterior.- Comentó Irina sonriendo y agarrándole de la mano, lo cual tuvo que estirarse, pues ahora estaba sentado enfrente de ella, en vez de a su lado.
- Claro, por supuesto. Solo lo he visto desde dentro y un poco. No tuve el tiempo para explorar.
- Hablando de explorar, me encantará ser tu guía turística en el castillo, de hecho creo que lo primero que te enseñaré serán las mazmorras…- Se detuvo de repente ante el repentino aullido de un lobo, el cual le vino seguidamente más de uno.
- Vlad… no tendréis por algún casual algún paquete o manada en Transilvania, ¿Verdad?
- No… que yo sepa. De todas formas los lobos están en tratados de paz aquí, aunque muy inestables, ¿Por qué lo preguntas? Seguramente haya sido un lobo normal.
- No lo creo hermano, mira hacia allí.- Dijo Radu señalando algo por la ventana, lo cual su hermano palideció ante lo que vio.
Detrás de ellos había una manada de licántropos corriendo hacia el carruaje, pero delante había más, siendo uno de ellos saltando sobre el cochero.
Harrison no perdió el tiempo y soltó la maldición Imperius del hombre, si iba a morir no quería tenerle bajo su control, sería desagradable el sentimiento que dejaba cuando eso pasaba.
Deteniéndose el carromato poco a poco, Harrison saltó del mismo antes de que este se detuviera, teniendo a mano la vara y la daga en la otra mano, observando como los licántropos los rodeaban.
A lo lejos se veía el castillo Poenari en toda su extensión, ni siquiera les había dado tiempo a llegar al refugio.
- Ningizzida, Apofis, salid y mantened la mirada de muerte en los lobos.- Ordenó Harrison a sus más fieles basiliscos, los cuales salieron justo cuando uno de los licántropos se ponían a tiro de las maldiciones de Harrison.
- Flagellum Ignis.- Fue la primera maldición que soltó Harrison, sacando un látigo de fuego candente hacia el cuello del licántropo que venía hacia él.
Cogiendo el lobo por el cuello con el látigo, hizo un movimiento de su mano para que la cabeza saliera cortada por las llamas y sin posibilidad de regeneración por su parte.
Tirando del látigo hacia atrás y adelante rápidamente, otro lobo fue dado, pero con mejor suerte que su compañero, el cual solo recibió una profunda quemadura.
Viendo que sería inútil seguir con este tipo de maldición, apagó el látigo de su vara y expulsó una bola de fuego hacia el lobo, el cual le quemó en el pecho, pero sin hacerle mucho más daño.
Un hechizo violeta salió volando desde atrás de Harrison, haciendo que el licántropo se le abriera la tripa y de allí salieran los intestinos y otras entrañas, matándolo en el acto.
- ¡No hay tiempo para fuego, Harrison! ¡Tampoco para Findfyre o Hellfyre!- Vino la voz de Ileana la cual lanzaba cualquier tipo de hechizo y maldición oscura que se le ocurría.
Asintiendo, se desapareció para reaparecer en la cima del maletero del carromato, más concentrado que antes, viendo rápidamente los enemigos que había.
Por lo menos cincuenta lobos, sin contar con los que habían matado ya, tres o cuatro, algo que era complicado de hacer, pero sin perder la esperanza, comenzó lanzando otro tipo de magia que quería probar.
Magia elemental. Moviendo su vara hacia arriba de su cabeza, pero no obstante señalando con su mano libre los licántropos que los acechaban, soltó la maldición de la tormenta, la cual haría que cayera una bandada de rayos sobre los enemigos, friéndolos hasta la muerte, o al menos ese sería el intento.
- Fulgur Tempestas.- Miles de rayos comenzaron a formarse en el cielo nocturno de la noche, cayendo sobre los lobos que comenzaron a aullar de dolor, pero no obstante, apartándose del camino.
Con un reducto de gran potencia dirigido hacia el suelo enfrente de otros licántropos, Harrison hizo dos cosas.
La primera un gran socavón, lanzando metralla en todas direcciones, dando al enemigo y a los aliados, aunque estos sacaran sus propios escudos.
Lo siguiente que hizo, con los fragmentos de piedra y tierra fue la creación de Golems, los cuales nada más aparecer fueron atacando a los licántropos sin piedad. Otra parte de los hechizos se dedicaba a crear lanzas y picas lo suficientemente grandes como para empalar a los malditos lobos, los cuales le estaban sacando de quicio.
- Ahora veréis…- Dijo Harrison apuntando más delante de la carretera, la cual estaba llena de lobos que estaban retrocediendo de Vlad y Radu.
Con un movimiento, levitó diez primeras picas, lanzándolas al frente, volando extremadamente rápido, esperando que empalasen a cuantos más mejor.
Sin esperar a quedarse a ver, comenzó lanzando por la parte de Irina, Corina y Livia, maldiciones asesinas y de corte oscuras, dando en el blanco a veces y otras faltándole poco, pero no obstante haciendo daño a los que venían detrás.
En otro lado estaban los hermanos Alucard Jr. lanzando también todo tipo de magia oscura, con la intención de matar a los malditos que les habían emboscado, pero la cosa era que por mucho que mataran, siempre venía alguno detrás.
Rayos multicolores comenzaban a salir de la vara de Harrison, todos ellos dirigidos a los lobos y en todas direcciones.
Las miradas de sus basiliscos mataban unos pocos a la vez, pero cuando se dieron cuenta de lo que ocurría, al parecer fueron otros pocos por algún tipo de orden de manada a matar los basiliscos, sabiendo Harrison que se enfrentaban a la muerte segura, al menos los lobos, decidió dejarles el trabajo de mantenerlos.
Los Alucard, según se les fue viendo, comenzaban a cansarse, sobre todo los más jóvenes que menos sutileza de poder tenían, es decir, al lanzar magia oscura a diestro y siniestro, con el potencial de incrementar el poder, para abrir una brecha en el enemigo, eso solía cansar un poco.
- ¡Radu, Vlad! ¡Entrad en el carromato, ahora!- Vino la voz de su padre el cual de un saltó se dirigió hacia ellos, haciendo que Harrison fuera a ayudar a Radu.
- Radu, ¿Cómo te va?
- Un poco liado.- Dijo matando a otro lobo, esta vez aplastándole la cabeza con una roca de las que había desprendido anteriormente Harrison.
- Supongo que sí. Avada Kedavra.- Lanzó Harrison contra otro lobo que venía en su propia dirección, haciendo que cayera al suelo muerto. – Pero me estoy cansando de jugar al gato y al ratón. ¿Alguna idea de porque tu hermano no quiere que use Findfyre o Hellfyre contra estos?
- Sí, para que no tengas que estar atento y se te escape.
- Ah, vale. ¡Findfyre!- Gritó Harrison con todo su odio que pudo reunir, sacando un enorme basilisco de fuego que hizo retroceder a los licántropos que estaban atacando, no obstante fueron engullidos por la serpiente en llamas, la cual comenzó a rodear al carromato y los Alucard.
Una vez que estuvieron rodeados, Harrison lanzó otro hechizo, uno que esta vez mantendría el Findfyre a su alrededor y les daría algo de tiempo, al menos si los perritos no descubrían como entrar en el círculo, es decir, a través de la montaña.
- ¡Te dije que no lo utilizaras!
- ¡Ahora tenemos tiempo! Además no se me va a descontrolar, para eso el segundo hechizo.
- ¿Qué era eso?- Pidió Radu el cual estaba examinando las llamas que vibraban de vez en cuando.
- Un hechizo para controlar las llamas de Findfyre. La verdad solo es conocido la maldición de fuego demoniaco, debido a su extremo poder destructivo, los… hechizos y maldiciones que son segundones dentro del estudio del fuego, no es tan conocido.
- ¿Por qué?
- No lo sé. Pero puedo suponer que a la gente no le interesa controlar el fuego maldito.- Dijo Harrison fríamente y un poco cortante, yendo hacia el carromato para ver cómo estaban los pequeños Alucard.
- Vosotros, o sois muy idiotas o muy valientes por lo que habéis hecho. ¿No os enseñan en Durmstrang que es peligroso aumentar la potencia de una maldición oscura? ¿Qué te puede drenar rápidamente?- Preguntó sin piedad a los pequeños, que estaban entre el sueño profundo y la inconsciencia.
- Corina, sería mejor si hicieras un traslador a Poenari, no creo que la tradición cuente ahora para mucho.
- No, creo que no.- Dijo ella de acuerdo en llevarse a sus hijos a un lugar seguro.
- ¿Cómo estáis vosotras?- Preguntó Harrison dirigiéndose hacia Irina e Ileana.
- Estamos bien Harrison, un poco cansadas, pero bien.- Contestó Ileana un poco temerosa de la represalia del novio de su hermana.
- ¡Harrison! ¡Tenemos problemas más acuciantes que el fuego maldito!- Vino la voz de Vlad desde arriba del carromato. – Las salas de Poenari prohíben trasladores, el castillo ha entrado en modo defensa.
- ¡Cojonudo! ¡Simplemente, cojonudo!- Maldijo Harrison en voz alta, mirando a sus basiliscos por unos momentos.
Tras sisear algo en Pársel, los mismos basiliscos entraron en las ropas de Harrison no muy cómodos con lo que fuera a hacer.
- ¿Sabéis volar?
- ¿Cómo?- Preguntó Vlad mirando a Harrison como si se hubiera vuelto loco de repente.
- ¿Que si sabéis volar? Sin escoba, por supuesto.
- No… no es algo que nos enseñen en la academia de vampiros.
- No hace falta que seas sarcástico, estoy intentando que salgáis de ésta con vida, Vlad.
- Pues déjame decirte que con el fuego maldito, no es que vayamos a ir muy lejos.
- Cierto. Mis disculpas, si sabes de algún otro modo de derrotar licántropos o una horda como ésta, te estaría eternamente agradecido.
- ¿Por qué no dejáis de discutir y pensáis en hechizos que transmuten o transfiguren las cosas que hay en el camino en plata?- Ordenó Corina, saliendo del carromato con Livia, la cual comenzó a transformar las piedras en lanzas y luego a transmutarlas en plata.
- Claro, la plata…- Dijo Harrison golpeándose la cabeza con la mano libre, habiendo guardado la daga antes.
Con un suspiro derrotado Vlad ofreció sus disculpas a Harrison el cual solo las desestimó con un movimiento de su mano.
- No es momento de disculparse… ¿Crees que podrías mandar un mensaje al castillo?
- Sí, no tardaré… ¿Podrás aguantar hasta que llegue los refuerzos?
- Claro, Vlad. No te preocupes, no dejaré que maten a tu familia… nuestra familia.- Dijo Harrison bajando del carromato y dirigiendo su ira hacia el fuego demoniaco, con un movimiento de su vara lo extinguió en un momento, dejando solamente algunas ascuas, sorprendiendo al resto de Alucard que se habían quedado con él.
- ¿Estás loco? Podríamos haber hecho más…- Las palabras de Radu se vieron interrumpidas, cuando la voz potente de Harrison convocó a través de conjuración y transmutación cientos, sino miles de flechas de plata pura.
A ambos lados de Harrison, tanto en el frente como en la retaguardia, las flechas que había flotando, se quedaron ahí, haciendo que los lobos por vez primera temieran lo que iba a suceder.
Entre ambos destacamentos de plata, se hallaba Harrison con la vara apuntando a un lado y la mano a la otra.
Con un rictus por el estrés acumulado, Harrison soltó ambas manos hacia abajo, provocando que las flechas salieran disparadas hacia los lobos, los cuales todos intentaron esquivar, bien tirándose por el acantilado o bien intentando escalar la montaña.
Aquellos que no pudieron escapar, su destino fue pero que la maldición asesina, pues la plata quemaba la piel del lobo, haciendo que éstos sufrieran de una muerte lenta y tortuosa, por envenenamiento.
Sin embargo, uno de los lobos más grandes que jamás había visto Harrison, saltó sobre el tejado del carromato, enseñándole los colmillos y gruñendo tan feroz, que levantó un poco los pelos de punta del joven nigromante.
Había pocas cosas que hicieran temer a Harrison, pero ahora, el estar frente a las fauces de éste lobo masivo, era uno de esos temores.
- Odio los licántropos.- Dijo Harrison, haciendo reír a Radu y las chicas, pues les parecieron gracioso que dijera eso ahora.
- Y yo odio a los magos, como tú.- Vino la voz gruesa y carrasposa del lobo enfrente de él, el cual se irguió en sus patas traseras, levantando la cabeza hacia el cielo y aullando con todo su ser.
Harrison no sabía que decir, estaba atónito ante lo que veía, el licántropo había hablado, cuando se suponía que en esa forma no podían hablar, pues los instintos del animal se hacían con el control.
- ¿Cómo es posible…?
- Solo hay un licántropo que pueda hacer eso, Harrison…
- Y es…
- Yo, Fenrir Grayback.- Interrumpió la voz espeluznante nuevamente. – Has matado a más de mi manada que los chupasangres, jamás hayan hecho. Eres un chico con suerte, pero tu suerte se acaba ahora…- Se vio interrumpido, cuando más de cien escobas comenzaron a pulular entre los Alucard y los lobos, lanzando maldiciones en todas direcciones.
Si daban o no en el blanco, no era lo importante, lo que importaba era hacer una distracción. Comprendiendo ese punto, Harrison apuntó con su vara al licántropo, expulsándolo con un fuerte Expulso del carromato, lanzándolo con fuerza contra la montaña.
En todo el lío que se había formado, los niños de Vlad habían sido sacados del carromato, con todas las pertenencias de éstos.
- ¿Sabes volar?- Preguntó la voz inconfundible de Vlad por encima de su cabeza.
Sonriendo como un loco, Harrison saltó en el aire, formándosele remolinos de aire negro en sus pies, manteniéndolo en pleno vuelo.
- Por supuesto que sí, ¿Por quién me tomas?
- ¿Cómo es posible?- Pidió uno de los que habían venido a ayudar.
- Creo, mi buen amigo, que no estamos hablando ahora de posibilidades, sino de sacarlos de aquí.- Vino otra voz de mando, la cual se refirió a todos, incluyendo a Harrison, el cual asintió en su dirección. – Síguenos, nigromante.- Fue la orden dada, con cierto desprecio, pero al menos no se iba a quejar en estos momentos.
Alzando el vuelo, todos se fueron en dirección al castillo, salvo Harrison que se dio justamente la vuelta, para ver como unos cuantos lobos subían al carromato.
Con un dejo de tristeza, pues le había gustado el viaje en él, Harrison apuntó con su vara y lanzó la maldición de explosión más fuerte que conocía, algo lógicamente, usado para abrir minas o explotarlas.
Con un fuerte estruendo y una gran llamarada, tanto el carromato como el camino, se podía observar las llamas consumiendo a algunos de los licántropos.
Dándose la vuelta, siguió a los voladores vestidos de negro, posicionándose junto a su prometida, que volaba junto a un hombre un poco mayor, tal vez de unos treinta años.
- ¿Estás bien, Irina?
- No gracias a ti, nigromante. Apártate de ella.- Ordenó violentamente, haciendo una finta en contra de Harrison, el cual solo esquivó, posicionándose al otro lado.
- No sé quién eres, ni me importa, pero como vuelvas a hacer eso, te tiro de tu escoba.- Amenazó con una mirada seria, volando más rápido de lo normal, para llegar al suelo pronto, tanto Ningizzida como Apofis le siseaban que no les gustaba estar en el aire.
Salto de escena.
Cuando tocaron suelo, lo hicieron en un patio grande, con varias esculturas de estilo romano y gótico a la vez.
El suelo era de mármol blanco, adornado con formas tribales y representaciones de batallas pasadas, algo totalmente hermoso si Harrison lo hubiera observado detenidamente, pero cuando él mismo aterrizó el vampiro de antes, cuando estaban volando se acercó a él y de un empujón lo lanzó contra una de las esculturas.
Si no llega a ser por los rituales de fuerza que hizo en el pasado, tal vez el choque hubiera sido más grande y dañino para su cuerpo.
- ¡Te dije que te alejaras de ella, humano!- Vino el grito del vampiro, el cual tenía el rostro desencajado por la ira.
Levantándose lentamente y mirando con furia al hombre que se había atrevido a tocarle, Harrison ni siquiera se molestó en sacar la vara, con un movimiento de su mano, empujó con cierta fuerza al vampiro, mandándolo volar en la otra dirección, haciéndolo chocar contra sus camaradas, los cuales algunos de ellos cayeron al suelo debido al golpe.
Acercándose lentamente y dejando notar su aura de muerte, Harrison habló lenta y fríamente con el vampiro.
- Que sea la última vez que pones una mano encima de mí, la próxima vez, te quedarás sin ella. ¿Has comprendido? Y para que lo sepas, Irina es mi prometida.- Dijo con todo el veneno que pudo reunir, el cual no era poco.
No entendía que le pasaba a ese hombre, si tanto le molestaba su presencia, entonces que no hubiera venido a la pelea contra los licántropos.
Tanto Vlad como Radu intentaron acercarse a Harrison, pero el temor de su aura los hizo retroceder.
- ¡Como te atreves, eres un cobarde! ¡No haces más que recurrir a la magia, mago!- Gritó el vampiro nuevamente, acercándose a altas velocidades.
Con un gruñido de pura rabia y odio hacia el vampiro, Harrison desató el poder del aura de muerte que había estado estudiando, haciendo que las sombras le obedecieran.
Manipulándolas para que cogieran al vampiro del cuello, como si de una soga se tratase, Harrison levantó la mano, listo para decapitar al hombre, el cual pensaba ahora que merecía morir.
- ¡Basta! ¡No toleraré que en mi casa sean mancilladas las antiguas tradiciones!- Llegó una voz antigua y poderosa, la cual hizo que los Alucard se tensaran un poco, reconociéndola obviamente.
Al estar centrado en su poder y agarre sobre el vampiro desconocido que lo había atacado, Harrison no se dio cuenta de la orden directa, tampoco es que le hiciera gracia recibirlas, pues tenía muy claro que él no iba de esa manera o forma.
El cuerpo que había hablado antes, se materializó delante de Harrison y el vampiro, saliendo de las sombras y estudiando a Harrison cuidadosamente.
Sintiendo una punzada en sus escudos, Harrison los fortaleció aún más, negando la entrada al nuevo vampiro, pues sabía por su aura lo que era.
Dejando ir el agarre del vampiro que le había atacado varias veces y guardando su aura de muerte, se dirigió al nuevo.
- Me disculpo, por mi comportamiento, pero no tiendo a tolerar ser atacado, sobre todo varias veces y siendo un invitado suyo… Conde.
- No hay problema, tienes fuertes escudos… Lord Peverell. Y tú.- Dijo dirigiéndose al hombre que estaba en el suelo, inclinado sobre una rodilla y masajeándose el cuello. – Que sea la última vez que en mi casa haces daño a un invitado… aunque se note claramente que éste no ha sufrido lesión alguna, sigue siendo mi invitado y por obstante, le debes el respeto que se merece. ¿Ha quedado claro?- Preguntó el llamado Conde, preguntándose qué demonios habría utilizado el niño para no hacerse daño, estaba curioso y realmente quería preguntar sobre el aura, dado que se había sentido en todo el castillo, pero se abstuvo de momento.
- Sí, mi señor… pero el niño ha empezado, estaba al lado de Irina…
- ¡Por supuesto que estaba a su lado, es su prometida, después de todo!
- ¡Pero mi señor, ella me pertenece…!
- ¡Desde cuándo, Mihail! ¡Que yo sepa nunca te he dado permiso para desposarte con mi hija!- Interrumpió Radu furioso en la conversación, viéndosele por primera vez, acercándose ahora a Harrison, dado que no temía el aura que estaba proyectando, algo mucho menor a lo de antes.
- ¡Radu! ¡Qué bueno verte, pequeño!- Dijo el Conde como si no hubiera escuchado la intervención de su gran tata tara nieto. – Y a todos vosotros también, Vlad, Corina, Livia, Vlad Jr. Radu Jr. Irina e Ileana. Estáis todos muy crecidos y hermosos… hace mucho que no te veía Irina.- Dijo acercándose a la última tras haber abrazado a todos antes.
Abrazándola fuertemente entre sus brazos, le susurró algo al oído, de lo cual ella misma asintió y miró a su prometido con una cara de disculpa. Algo que seguramente hablaría con él más tarde.
Separándose el Conde nuevamente, se dirigió al nombrado Mihail, nuevamente.
- ¿Todavía sigues aquí, General? Desaparece de mi vista. Has atacado al prometido de mi nieta y eso no lo consentiré. Quedas expulsado de mi Secta y de mi casa, no vuelvas, bajo pena de muerte.- Informó volviéndose a Harrison y haciendo una pequeña reverencia, la cual fue devuelta rápidamente por éste.
Estando sorprendido, pero haciendo que no se note, con una mirada fría en su rostro, devolvió la reverencia, sin saber que decir.
El castillo era del Conde y las normas eran suyas, tenía suerte de que no la tomara con él y la tomara con el verdadero culpable, no creía que saliera vivo de ésta.
Notando una pequeña, pero poderosa presencia oscura en su mente, supo que su maestro Shadow quería hablar con él, pero más tarde, dado que había muchos testigos presentes.
- He oído mucho de usted, Lord Peverell, espero que tenga hambre, he mandado preparar un banquete.
- Por supuesto Conde. Vengo famélico, después de todo enfrentarse a una horda de lobos como la que nos ha tocado enfrentar, abre el apetito.
- Cierto, me disculpo por ello.- Comentó, viendo como el nombrado Mihail todavía se quedaba un poco rezagado.
Haciendo una seña a dos de los guardias, hizo que acompañaran al vampiro fuera de Poenari, ya se le enviaría sus pertenencias por sirvientes.
- De todas formas, no sé lo que les pudo haber… instado a atacar, tenemos un tratado de paz con ellos.
- Pues al parecer lo han roto. ¿No será el jefe de la manada o alfa, por casualidad Fenrir Grayback, verdad?
- Sí… ese es su nombre, ¿Cómo lo sabes?
- Intuición. Ahora sé que no estaba por los Alucard. Alguien me quiere muerto y habrá pagado y ordenado a Grayback, matarme. Estoy seguro que no parará hasta conseguirlo.
- Ya veo. De todas formas, no hay que preocuparse, el castillo es seguro. Por favor, acompañadme al salón, allí podremos ponernos al día y cenar tranquilamente.- Vino una sonrisa acompañada de esas palabras, pero se notaba que el Conde estaba algo preocupado por las palabras de Harrison.
Si los lobos habían roto la precaria paz que tenían con los vampiros en las vísperas de las reuniones de las Sectas, solo por asesinar a este nigromante, entonces tal vez las Sectas enemigas, harían lo mismo y no era algo que le gustara enormemente.
Meditando sobre los recientes acontecimientos, el Conde los condujo hacia el salón, donde les dijo que la cena sería servida en unos instantes, pidiéndoles que tuvieran paciencia, pues luego podrían descansar lo que quisieran en sus alcobas.
Lord Alucard no le gustaba que su ancestro se tomara esas libertades en "su" propia casa, pero si reconocía la verdad, la casa o el castillo pertenecía a su ancestro más que a él.
Habiéndose quedado todos tranquilos por un poco, Irina se acercó a Harrison, el cual estaba en un rincón a las sombras, meditando o lo que parecía ser meditar.
- Harrison… ¿Estás bien?
- Estoy bien, Irina. Tan solo meditaba… sobre ciertos asuntos y acontecimientos que van a pasar.
- ¿Eres vidente?
- No.- Dijo con una risa un poco seca, pero no obstante sonrió a su prometida. – Sé que van a pasar, porque tengo que ir a hacerlo.
- No entiendo.
- Un tipo de misión. De mi maestro.
- ¿Pero Markus y Marduk están en el Castillo Peverell, no?
- Sí, ellos están allí, pero es de mi otro maestro. La verdad, creo que tengo que cazar a algún tipo de nigromante o criatura mítica. No estoy seguro.
- Bueno, como sea, solo quiero disculparme por lo de Mihail.
- No es culpa tuya, Irina. No sabías que iba a reaccionar el hombre así.
- Pero te atacó… si te hubiera advertido, habrías estado preparado.
- Entiendo. De todas formas, no tienes por qué preocuparte de él, si vuelve a atacarme, sea aquí o fuera del castillo, lo mato.- Dijo tajantemente, mirando como Irina sonreía, pues Harrison era muy capaz de hacerlo.
Hablando sobre otros temas, tales como la resistencia de Harrison ante la magia oscura y la bronca que había dado a los hermanos pequeños Alucard, sobre la estupidez de poner más energía a los hechizos oscuros, la cena fue anunciada de qué sería servida en breve.
Como Harrison sería el único en comer comida normal, dado que los Alucard y el Conde tomarían sangre, a Harrison se le preparó un banquete de la comida tradicional rumana, algo que vio con buen ojo, pero desde luego, tendría que hacer ejercicio al día siguiente para bajar un poco las grasas ingeridas.
Como bebida a Harrison se le ofreció vino élfico y cerveza, decantándose por el vino. Con siseos suaves de sus familiares, los cuales estaban todavía escondidos en él, Harrison preguntó al Conde si tenían animales como ratas o ratones en Poenari.
- ¿Por qué es eso, Lord Peverell? Tenemos de hecho en las mazmorras, una pequeña plaga, pero no hemos tenido tiempo de eliminarla… también es cierto que le da, cierto toque tétrico.
- Es por mis familiares, Apofis y Ningizzida. Tienen hambre.
- Son nombres curiosos de hecho… dioses serpiente. ¿Tienes familiares serpiente?
- Sí, dos, como bien ha podido suponer, Conde. Dos basiliscos, con la mirada de muerte recién adquirida.
- ¿Dos basiliscos? ¿Su veneno…?
- Maduro. Sí. Interesante, ¿Verdad?
- Mucho. Pueden cazar todo lo que quieran en las mazmorras… pero debo decir que los… clientes que las habitan, deben dejarse de lado.
- Por supuesto. Solo espero que esos clientes estén… encadenados y no puedan atacar a mis familiares, sino, me temo que se defenderán con todo lo que tienen.
- Cierto. Es algo factible.- El Conde asintió con la cabeza a uno de los fieles servidores de Poenari, para acompañar a las dos bestias hermosas que comenzaron a salir del cuerpo del joven nigromante, siseando todo el rato a Harrison, el cual devolvía los siseos, para asombro de algunos comensales y guardias.
- ¿Hablante de Pársel?
- En efecto. De hecho mi familia lo es y lo ha sido por las generaciones, pero se ha… digamos mantenido en secreto.
- Un don tan especial como ese, es un crimen mantenerlo en secreto. ¿Practicas la Magia Pársel?
- Lo hago. He de decir, que es muy similar a la normal, pero los hechizos y maldiciones que salen, suelen tener un color… verdoso, como la piel de una serpiente. Las que son para matar, suelen ser amarillas, como los ojos de un basilisco. Es todo muy… superficial, podría decir.
- Es curioso… solo he conocido a unos pocos hablantes de Pársel en mis largos años de existencia y pocos, por no decir ninguno, han tenido no uno, sino dos basiliscos como familiares.
- Es comprensible.- Afirmó Harrison sonriendo, mientras sentía que sus familiares comenzaban a darse un festín con las ratas en las mazmorras.
Mientras que comía Harrison, el Conde estuvo hablando también con su familia, poniéndose al día sobre sus quehaceres cotidianos, tales como los negocios que tenía Vlad en Inglaterra.
- Estoy ahora mismo, ancestro, esperando a que el Wizengamot apruebe una ley, en la cual se nos permita cazar muggles. Con la colaboración de Lord Peverell, más bien, con su inaudito don para los negocios, vamos a conquistar tres islas del norte de Inglaterra.
- ¿Con que propósito?- Preguntó desinteresado el Conde.
- Alimentos para los magos. Lord Peverell aquí, quiere proveer al mundo mágico de Inglaterra de los alimentos primarios, tanto como de pesca y marisco, para que no se tenga que interactuar con los mercados muggles más.
- Eso está bien, pero… ¿Qué pasa con los muggles de esas islas?- Volvió a preguntar el Conde, esta vez un poco más interesado, observando la reacción del chico, la cual fue tragar el bocado que tenía, para responder a alguna pregunta de uno de sus grandes nietos.
- Los muggles, según la ley que se saque en el Wizengamot, serán cazados y esclavizados. Para Lord Peverell tendrá el diez por ciento de ellos. Me llevo el noventa por ciento para nuestras cosechas.
- ¿En serio? Eso es… muy interesante. Un noventa por ciento de cientos de miles de muggles, es mucho. ¿También has entrado en el negocio de esas islas para el alimento?
- En parte.
- Veo. Eso está muy bien, Vlad. Me alegra de que hagas poderosos aliados. Lord Peverell, tengo entendido que va a tomar más esposas, ¿Cómo es eso?
- Oh, imaginé que habría indagado sobre mí un poco. Bueno, ahora que lo pregunta, es muy fácil. Tomaré una esposa por casa que gobierno. Al juntar todas las casas en una sola, en la principal, tengo el derecho de tomar a cinco esposas.
- ¿No serán demasiadas?
- En absoluto. Todas están de acuerdo, de momento al menos. No veo ningún problema.
- ¿Y supongo, que estarán invitadas a la boda?
- En efecto, Conde.- Respondió dejando los cubiertos sobre el plato, realmente lleno y satisfecho. – Supongo que no será un problema para usted, ¿Verdad?
- En absoluto, mientras que mi nieta sea feliz y la cuides bien, no tendré problemas en cuanto a las esposas que decidas tomar.
- Entonces no hay problemas.- Finalizó Harrison esa parte de la conversación, no queriendo faltar al respeto, pero tampoco que se viera que iba a responder a todas las cuestiones del Conde.
Podrían llegar a ser familia, pero eso no significaba que podría fiarse del hombre rápidamente.
Volviendo al tema de los negocios, el Conde estaba interesado en ciertos aspectos de Harrison, como su odio por los muggles y su cada vez más retiro de oro, piedras preciosas, etc. del mundo muggle.
- El oro, plata y otras piedras preciosas, son altamente valiosas en el mundo mágico. Es cierto que he tenido inversiones en empresas del muggle, pero decidí venderlas, para sacar el mayor provecho en la compra de lo que he dicho.
- ¿Pero sigues comprando?
- En efecto. Todavía poseo bastante dinero muggle en los bancos. Es un poco tedioso deshacerse de él, pero la venta de lo que requiero, es… lenta. Los muggles también les gustan las piedras preciosas y el oro. Aunque solo sea como adornos para ellos.
- Es muy interesante su punto de vista, Lord Peverell. Pero lo que más curioso estoy, es acerca de su poder…
- Lo intuía. Usted, Conde lo sintió desde el castillo, ¿Verdad?
- Desde mis cámaras privadas, sí. Tienes una fuerza increíble, también. Ese golpe habría incapacitado a muchos… magos normales.
- Será que no soy un mago normal. Soy un hechicero.
- ¿Bromeas? ¿Un hechicero?
- No suelo bromear con estas cosas.
- Entiendo. Debo pediros a todos disculpas, pero creo que estamos cansados por los acontecimientos del día. Ahora, el servicio le mostrará su alcoba, Lord Peverell. ¿Tendrán sus familiares algún problema en encontrarle?
- En absoluto, Conde. Por cierto, la cena estaba exquisita. Muchas gracias.
- De nada, todo un placer y seguramente para mis cocineros también.- Se despidió el Conde, levantándose y fundiéndose con las sombras inmediatamente.
Harrison sintió la presencia del Conde Dracul irse no muy lejos, más no dijo nada.
Despidiéndose de Irina, la cual le dijo que hasta la ceremonia no podrían verse mucho más en privado, a no ser que alguien más estuviera presente, Harrison comprendió que era parte de su tradición.
Asintiendo con la cabeza y dándole un suave beso en los labios, se separaron, para los Alucard ir a sus respectivas habitaciones y Lord Peverell, ir al ala de invitados, en el cual su elfo doméstico Dobby lo esperaba con una carta urgente.
- Supongo que en Inglaterra es diferente el servicio.- Dijo un poco sorprendido el mayordomo que lo acompañó a la lujosa habitación.
- Así es, señor…
- Puede llamarme Iván.
- Señor Iván, le presento a Dobby, mi elfo personal. Se encarga de todo lo que le pida, así como de que mis… comodidades sean satisfechas.
- Entiendo. ¿Se le paga?
- ¿Pagar a Dobby?- Preguntó el elfo con una mirada de terror puro en el rostro.
- No, señor Iván. Los elfos domésticos viven para servir, cualquier mención de pago o libertad, les mata.
- Vaya… su raza es impresionante… ¿También poseen magia?
- En efecto. Y es muy especial su magia, algo que me gustaría aprender, pero desgraciadamente, se me escapa de mi comprensión.
- Interesante, le dejo con su criado. Pase buena noche, Lord Peverell y por cierto, el Maestro dice que se prepare para la reunión, ya que debe darse a conocer entre los distintos jefes.
- Será un placer y un honor.- Comentó Harrison, intrigado sobre la reunión de vampiros, tenía entendido que nadie que no fuera vampiro, por muy nigromante que fuera, tenía permitido pasar a ese tipo de reuniones. Las Sectas eran muy herméticas en ese sentido.
Viendo como el mayordomo se alejaba de su habitación, cerrando la puerta, Harrison rápidamente sacó su vara, lanzando encantamientos y hechizos de privacidad por toda la habitación.
También de detección de objetos maliciosos u objetos espía. Sin encontrar nada, no obstante, comenzó la fundición de salas, tanto de privacidad, de silencio, como anti espía y de aviso, por si alguien con intenciones no muy buenas en contra suya, aparecía.
Habiendo lanzado todo eso, se volvió a su elfo para que le informara sobre el estado de las cosas en el Castillo y en Gran Bretaña.
- Maestro tiene cartas de aliados.- Dijo Dobby, entregando un gran paquete de cartas para leer. – Las cosas en el Castillo van bien, sin embargo los retratos están un poco nerviosos en cuanto a su salud.
- Supongo que esos son Marduk y Markus.
- En especial, Maestro Markus. Está preocupado por el ataque.
- ¿Has sabido de los ataques contra mí?
- ¿Ataques, Maestro?- Preguntó el elfo mirándolo más de cerca.
- Sí, un paquete entero de licántropos han atacado el carromato en el que íbamos. Hemos salido ilesos, de milagro.
- ¿Está bien el maestro y su joven prometida?
- Estamos bien Dobby, tendrán que tomar mucho más que… lobos para matarme. De todas formas, necesito cuando vuelvas al Castillo Peverell, que coloques estos libros en la biblioteca y me traigas la siguiente remesa. También necesito que me entregues los siguientes grimorios de los cinco Peverell siguientes.
- Va muy rápido el maestro en su aprendizaje, la Casa Peverell debe estar muy orgullosa.
- Gracias Dobby. ¿Puedes quedarte hasta que lea las cartas?
- Por supuesto, Maestro. ¿Desea el Maestro que lance mis propias salas para su seguridad y la de sus familiares?- Dijo el elfo dando saltitos de emoción, lo cual Harrison sonrió ante la emoción de su amigo.
- Está bien, hazlo.- Respondió ante la alegría del elfo, el cual comenzó a mover los dedos de ambas manos y lanzar más salas, anclándolas en varios objetos de la habitación.
Mientras tanto, Harrison se dispuso a leer las cartas que le habían mandado.
La mayoría era de Nym, Astoria y Adhara, preguntándole como estaban las cosas entre él e Irina, si lo pasaba bien, si compraría recuerdos para todas, etc.
Otra de las cartas era de Ragnok, informando que la compra de los minerales iba lenta, pero segura. También le informaba sobre las repercusiones que había habido sobre el ataque de los mortífagos y que no habían podido dar con los culpables, pero no obstante, se hizo la mención de un par de miembros del ministerio, como desaparecidos.
Orion y Arcturus le informaban que las cosas en el Wizengamot iban bien, sobre todo en lo que se refería a las nuevas leyes anti-muggle que estaban sacando.
Amelia estaba informando sobre cómo iba en la escuela y las protecciones adicionales que estaba poniendo en ésta, como guardias gobblin en Hogsmeade y algunos por los pasillos.
Lord Greengrass y Lord Longbottom, le escribieron deseándole suerte en su matrimonio inminente y en la recuperación tras el ataque. También le dijeron que se verían en breve, sobre todo haciendo alusión a la fecha de la boda.
Con una sonrisa en el rostro, comenzó a contestar todas las cartas, asegurando en la mayoría que estaba perfectamente bien, sin ningún tipo de daño.
En la de Orion, le pidió que mirase sobre las leyes de caza de muggles y el estatuto del secreto, viendo si podían renovar el deporte mencionado.
No estaba seguro de cómo lo tomaría el Wizengamot y aquellos que fueran más de la luz de sus aliados, pero para que su plan de conquista de esas islas funcionara, necesitaba que la ley estuviera de su parte.
También le pidió a Orion que mirase en otros tipos de leyes concernientes a la educación, sobre todo al aprendizaje de las artes oscuras, alegando que si la población sabía de ellas, evitaría el crecimiento de nuevos Lores Oscuros.
Con todas las cartas, le llevó a Harrison dos horas y media contestarlas, sin darse cuenta de que los basiliscos habían regresado y estaban durmiendo plácidamente, sobre una roca conjurada por Dobby.
Tanto Ningizzida como Apofis, querían con locura al elfo que los cuidaba y mimaba demasiado, siendo así que si le pasaba algo malo a Dobby, por cualquier motivo, que se cuidara el que le había hecho mal.
- Dobby, está todo listo. Puedes entregar las cartas, pero mejor mañana. Antes de que te marches, dime, ¿Cuánto tardas en ir y venir?
- Dos días Maestro. Con múltiples saltos, sin contar un pequeño descanso.
- Entiendo. ¿Sabes cómo se hace un traslador?
- Sí Maestro, pero es ilegal para nosotros los elfos hacer uno.
- ¿Por qué se salta las salas?
- Sí, Maestro.
- No te preocupes, necesito que hagas un traslador bidireccional, de Poenari al Castillo Peverell y viceversa. Quiero que lo utilices, así no estarás tan cansado.
- Pero Maestro… mi trabajo es…
- Sé cuál es tu trabajo Dobby, pero no quiero que mueras de cansancio por hacerle bien.
- Entiendo Maestro, gracias por todo.- Dijo Dobby abrazando las piernas de Harrison, pues ahora era más alto, debido al crecimiento acelerado de su cuerpo en la sala del espacio y tiempo.
Con un chasquido de los dedos, Dobby hizo un traslador bidireccional élfico, para que pudiera volver sin cansarse.
Guardándoselo en los bolsillos, el elfo desapareció con el sonido del traslador, dejando a Harrison solo con el baúl enfrente.
Cambiándose de ropa, para ponerse el pijama y más cómodo, pensó en las cartas de Arcturus y Orion, informándole de los avances con Sirius, su padrino.
Al parecer Dumbledore se había metido un poco con la mente de Sirius, haciendo que éste huyera de su familia, esperando a que le pidiera ayuda a él, como era bastante obvio, fue a los Potter en su lugar.
Por ello, Dumbledore debió de hacer algo con Sirius, pues al no llevar más el anillo de Heredero del a Familia Black, su mente era vulnerable a cualquier tipo de manipulación, llegando a ser el caso, de convertirlo en un títere que repudiaba las artes oscuras.
Por aquellos tiempos no había problemas, pero ahora que sabía a lo que se dedicaba su ahijado, tenía problemas en aceptarlo.
También tenían problemas en quitar las manipulaciones mentales de Sirius, dado que estaban muy bien enterradas.
Harrison ofrecería su propia ayuda para eliminar los hechizos o lo que hiciera falta, pero no estaba seguro de poder entrar tan adentro de la mente de alguien.
En la carta de respuesta que envió, aconsejó que hicieran un ritual de limpieza a fondo, lo cual era como el típico ritual de limpieza, pero más específico.
Pensando en los otros problemas que se le venían encima, tuvo un presentimiento sobre el tal Mihail y la reunión de los jefes de las Sectas.
Si todo marchaba bien, el Conde Dracul daría su bendición para la boda, aunque pareciera que ya la había dado, Harrison estaba seguro que era para molestar a Mihail.
- Es curioso cómo funcionan las cosas aquí… debo ir con más cuidado y no dejarme llevar por impulsos.- Murmuró para sí mismo, antes de que se diera cuenta que no le hablaba a nadie en particular.
- De hecho, tienes toda la razón, joven Nigromante.- Vino la voz de Shadow desde las sombras, viendo como una figura salía de ellas, Harrison se quedó sorprendido ante dicha aparición.
- ¿Cómo es posible? Pensé que estabas en mi interior…
- Estoy en muchas partes, Harrison. Debemos hablar de asuntos importantes.- Dijo Shadow, haciendo una señal a Harrison de que tomara asiento, conjurando el mismo dos asientos de cuero negro y tomando un asiento.
Harrison siguió el mismo ejemplo que su Maestro en el aura de muerte, preguntándose de que iría todo esto.
Tenía sus sospechas de quien era su maestro, pero no podía decir nada todavía por si erraba, así que se dedicó a escuchar lo que le tenía que decir.
….….
Nota de autor:
Siento la tardanza, pero debido a lo explicado de las oposiciones, no pude actualizar.
El siguiente capítulo va a ser puramente política, nada que ver con las relaciones íntimas de Irina y Harrison. Tampoco habrá mucha acción.
Supongo que el capítulo 12 será un poco más corto, pues no creo que me salga muy largo, en caso contrario, es que he estado inspirado.
En lo concerniente a los países, todo lo saco de la Wikipedia, aunque sé que no es muy exacta que digamos, espero que los que lean, no se lo tomen a mal.
Por otra parte, solo decir que muchas gracias a los que les gusta y meten en favoritos y siguiendo la historia.
En el tema del envejecimiento de Harrison, se explicará con más detalle más adelante. Sé que es un poco lioso, pues él tiene diez años, pero su cuerpo tres más.
También iré poniendo más "hechizos y maldiciones" de nigromancia, según me vaya viniendo la inspiración.
Los encantamientos que pongo en este fic, son palabras sacadas del traductor de google, siendo así, solo espero que estén bien, en caso de que no, mis disculpas.
Un cordial saludo y espero que disfruten de la lectura próxima.
