Hola de nuevo, mis preciados lectores. Me alegra haber recibido algunos comentarios de mi fic, agradezco que se tomen el tiempo para dejarme un review. Bien, esta vez la historia es un poquito corta que la anterior, pero soy sincera al decirles que no me gusta agregar historia demás si no es necesario -mentira, es una excusa para no decirles que le faltaba inspiración, ok no xD-. Espero que también la hallen entretenida, por alguna razón amo crear historias de cuando estos dos eran pequeños ;A; ¿No se les hacen tan adorables?

En fin; no tengo mucho que agregar. Les dejo leyendo tranquilamente. :3


Roderich conservaba la pluma entre sus dedos, haciendo un vaivén mientras intentaba pensar en otras tonadas. Apenas había sorbido algunos tragos de su copa de vino, ni el alcohol le despejaba la mente. No obstante; al cruzar su mirada con el claro de luna que caía sobre sus zapatos; recordó un hecho muy gracioso y embarazoso cuando Roderich tenía 11 años y Gilbert 10.

-Señorito, apresúrate si no llegarás tarde a la escuela. Pensaba que eras alguien responsable, mucho más que yo –dijo el albino entre risillas. Recientemente su padre le había mandado a Viena como estudiante de intercambio. Pues el prusiano últimamente le había tomado gusto a tocar la flauta, por eso mismo su padre pensó que Viena sería el mejor lugar para estudiar este hermoso instrumento. Él mismo hubiera querido enseñarle a Gilbert como tocar la flauta, pero estaba muy ocupado convirtiendo su nación en un gran reino.

-Ha pasado un año desde que te conozco, y no piensas cambiar, ¿verdad? –refunfuñó el austriaco, corriendo con todas sus fuerzas. El ejercicio no era lo suyo.–Deja de burlarte, o no te ayudaré con la próxima tarea. -¿Qué? ¿Piensas en amenazarme? –cuestionó el albino de forma burlona.

-Si sigues así…

-Ja ja ja, como no.

El austriaco infló las mejillas, conteniendo la respiración hasta ponerse rojo.

-Parece que alguien se convertirá en un tomate.

-¿Ah? ¡Ya verás! –exclamó Roderich. Corrió tras el otro, ambos riendo sin razón aparente.

No tardaron mucho en llegar a la escuela; el profesor le había llamado la atención a Gilbert más no a Roderich, porque pensaba que el moreno había llegado tarde gracias al prusiano. Después del sermón, el salón de clases volvió a su normalidad. Los estudiantes murmuraban de vez en cuando, algunos se pasaban los cuadernos, otros babeaban soñolientos, mientras que el prusiano era el único que se había quedado fuera del salón. Roderich sintió una gran culpa, así que se disculparía después de la clase.

Las dos horas de la primera asignatura habían terminado, y finalmente Roderich salió de prisa del salón para encontrar al albino. Sin embargo no estaba. Era tan típico que Gilbert desobedeciera el reglamento, se supone que Gilbert tendría que haberse quedado de pie las dos horas.

El austriaco salió dl recinto, pues se imaginaba donde estaba Gilbert.

-Como siempre vienes al criadero de animales, no me sorprendes –dijo el moreno, había sorprendido al prusiano alimentando los pollitos que estaban dentro de una jaula.

-No te incumbe –protestó el otro.

-No te enojes, sé que fue mi culpa. Lo siento, no quise ponerte en aprietos.

-¿Ah? Pero no es raro, bueno, el hecho de que me castiguen. Está bien, solo fue una reprimenda de un adulto nada grandioso.

Roderich se adelantó unos pasos para ponerse detrás de la espalda ajena. –Hm, si tú lo dices.

-Oye, deja de sentirte culpable por cosas insignificantes.

-¿Por qué no? Si sigues así podrían expulsarte, y volverías a Prusia. Por eso…

-Ja ja, ¿te estás preocupando por mí, señorito? –Gilbert se dio la media vuelta, y le brindó una sonrisa al austriaco. –Eres un tonto, ¿sabías?

-¿Eh? Tsk, yo que me preocupo y tú que te burlas.

-En primer lugar; te atrasaste porque mientras intentabas darle brillo a tus lentes, yo amarré ambas cintas de tus zapatos, jaja fue tan divertido ver como intentabas desamarrarlas, pero tardaste tu tiempo. Hice un buen nudo, ¿no?

-No sé cuál es tu empeño en molestarme, Gilbert.

-Es que luces indefenso. De hecho, estos pollos de acá lucen más fuertes que tú.

-Oye, no seas tan mezquino. No soy ningún debilucho.

-Hm, lo imagino. ¿Quieres ir a otro lugar ahora que estamos en recreo?

-No lo sé, porque de seguro me llevarás a algún lugar donde sigas burlándote de mí. No soy tu bufón, ¿sabes?

-¿Cómo? Un bufón es más entretenido. Sólo te enseño a ser un hombre.

-¿Qué? ¿Y piensas que burlándote es la mejor forma? ¿Cómo te han educado para pensar así?

-Ya calla, empiezas a hablar como un adulto. Aún somos niños, y tú obviamente mayor que yo. Aún así seré más grande que tú.

El austriaco dejó salir un largo suspiro. –Como digas. Oye, traigo comida hecha por mi madre, ¿te parece ir al pasto para ir a comerla?

-¡Comida! ¡Qué suerte! Vamos, de tanto darles de comer a los pollos ya se me despertó el apetito, No es pollo lo que traes, ¿verdad?

-No, tan solo son unos emparedados de jamón y queso. Sé que no te gusta el pollo, por eso le pedí esto a mi madre.

-¿Ves? Así se hacen las cosas.

El pequeño Roderich se sonrojó por el comentario, no sabía si ponerse contento o enojado. –Mejor calla tú.

Ambos llegaron hasta una pequeña planicie que había detrás de la escuela. Había mucho pasto, con una que otra diminuta flor adornando lo verde de éste. El viento movía con suavidad el forraje, lucía muy hermoso.

-¡Se siente bien sentarse bajo el sol! Como es otoño se siente algo nostálgico –comentó el albino mientras se dejaba caer acostado sobre el herbaje.

-Sí, y ahora tú suenas como un anciano.

-¿Qué has dicho? –En ese preciso instante el prusiano veía la lonchera, pero no iba a dejar que mientras estuviera distraído, el austriaco se burlara de él. –Como sea, dame –señaló con su índice su boca.

-Toma –respondió el moreno, pero el prusiano no cedía la mano. -¿No lo vas a agarrar?

-Claro que no, aliméntame.

-¿Acaso eres un bebé? Somos niños.

En ese momento el prusiano agarró el emparedado de un golpe, no podía ser que el austriaco se estuviese burlando tan descaradamente. Sólo él podía hacer esa clase de cosas, bueno, así lo pensaba él.

-Hm, está exquisito. No tiene mucha mayonesa, hay mucho queso suizo, tiene mucha lechuga. Es perfecto. Felicita a tu mamá.

-Oye, no lo digas como si ella fuera una especie de chef… Además, m-mentí. Lo hice yo.

-¿Qué, algo tan asombrosamente delicioso? No te creo.

Roderich no pudo ocultar su sonrojo, escondió su rostro cuando encogió las rodillas. –Pues sí, y mejor come.

-Já, ¿no me digas que te apenas? Lo sé, mis palabras llegan a los corazones de las personas. Imagina ahora que soy pequeño, cuando sea grande conquistaré al mundo, kesesese.

-Eso es idiota, Gilbert. No puedes conquistarlo.

-Eso crees. ¿Sabes? Pienso que cuando tú seas grande serás una excelente esposa. Este emparedado estás sabroso.

-Eso es aún más idiota. ¿No lo notas? Soy un niño.

-Como sea, dame más.

-Toma el mío.

Gilbert terminó por acabarse toda la merienda, de hecho, ni pensó en el austriaco. Pero Roderich le conocía tan bien, sabía que pediría más, por eso mismo no hizo su emparedado favorito, sino que todos los hizo iguales.

El resto del día transcurrió, y como siempre, esos dos caminaban juntos rumbo a sus casas. Antes de llegar a sus moradas respectivas, oportunamente podían pasar un poco de tiempo antes de llegar a ellas. Así que solían hablar de temas distintos, nada con gran relevancia. Pero definitivamente divertido, aunque el prusiano no dejaba de molestar al austriaco. Ese día casi fue otro día como cualquier otro, si no hubiera sido por el problema de las cintas de los zapatos.

"Y es por eso que supongo, que uso zapatos sin cintas". Masculló. Negó con la cabeza y apartó la mirada de su calzado. "Tsk, otra distracción".


Por alguna razón ya me dio hambre, también quiero sándwich… entre los tres, ok ñu, ñu debo ser pervertida, y menos con niños. D8 Espero les haya gustado, espero sus comentarios. :'D Gracias por leer de antemano. ;)