Hola otra vez, para este flash back, nuestros protagonistas han crecido, básicamente están en la adolescencia. Las hormonas están algo desordenadas, y bueno, ya veremos un poco de lo que sucede en esa etapa.

Pues bien, sigan adelante con la lectura. :)


El tiempo trascurría, y ninguna tonada salía de su cabeza. Empezaba a helar y sin ninguna clase de calefacción en su recamara, sus manos se entumecían. De vez en cuando soplaba su aliento entre ellas, pero no era de gran ayuda. Sus manos lucían más pálidas de lo normal; por lo que comenzó a preguntarse:

"Quizá debería de intentar componer con otro instrumento y no con el piano…" Suspiró. "Se supone que es verano, pero hace mucho frío para esta noche, este clima es tan peculiar como el de aquella vez"–se dijo a sí, mientras se ponía de pie para acercarse a la ventana, dejando de lado su pluma y partituras en el piano. Poco le importó el repentino frío que le calaba. Al menos le tranquilizaba observar la esférica y resplandeciente luna.

-Así no –dijo el joven moreno. Éste ya se encontraba en plena adolescencia, 15 años para ser exactos.

-¿No? Pero el profesor dijo… –replicó el joven albino. Él también había crecido, con 14 años era muy bueno tocando la flauta; pero esta vez tenía un pequeño problema con ésta.

Patio trasero de la escuela. 17:08 hrs.

-Sí, sé lo que dijo, pero la forma en cómo pones tus dedos no es la acertada. Sé lo que te digo, haz caso.

-Si hago eso me podría traer problemas, y aunque eres el mejor de la clase, no intentes ser alguna clase de profesor experto, pues no te queda señorito.

-¿Ah? No es cierto, trato de ayudarte. Se supone que quieres ser como tu padre, ¿no? Si quieres ser como él, tendrás que tomar en cuenta todas las recomendaciones que te hagan. De otra forma, no lograrás ser tan "grandioso" como dices.

-Jajaja, ¿tratas de burlarte de mí? ¿Tomarlas todas? No me aventaré de un acantilado si me recomiendan que lo haga, Cuatro Ojos.

El austriaco infló sus mejillas, disgustado por el apodo. Por qué será que Gilbert siempre haya un nuevo apodo para él todos los días. –Obvio que no, gran tonto. Es más; ve ahora mismo a lanzarte.

-¿Acaso quieres problemas? Nunca has podido vencerme en una pelea, así que te RE CO MI EN DO que no lo hagas –resopló el prusiano.

-Mal agradecido –escupió Roderich.

-Y tú niño mimado.

-¡Hoy cenaré pollo asado!

-¿Cómo? Jajajaja, eso no es un insulto, Roddy. Come cuanto gustes.

-No te atrevas a llamarme así en primer lugar.

-¿Roddy? ¡Roddy! ¡Roddy! ¡Roddy!

El austriaco agarró su propia flauta que estaba a su costado, y metió la boquilla de ésta en la boca de Gilbert para callarlo. –Quédate quieto.

-¿Hm? –Gilbert agarró el extremo que estaba en su boca para sacarla. –Vaya que puedes ser violento a veces, señorito. No pareces…jejeje.

-No te burles. Tenemos que seguir practicando –indicó con la mirada hacia el reloj que tenía en su muñeca. Ya estaba oscureciendo temprano.

-Sí, es que tú me distraes. No hables si quieres que sigamos, kesesese.

El austriaco frunció ligeramente el entrecejo, dejando salir un suave suspiro de sus fosas nasales. Simplemente le costaba lidiar con su amigo de la infancia. A veces se atrevía a cuestionar el porqué aún siguen siendo amigos cuando se llevan tan mal.

-Mira… –señaló el prusiano con su propia flauta un copo de nieve que caía en zigzag lentamente.

-¿Eh? ¿Ya es la época? Pero si apenas estamos finalizando el otoño.

-Al parecer el invierno se adelantó.

-Y es por eso que colocas mal las manos en la flauta, no me había dado cuenta pero está helando –comentó un poco apenado Roderich, aunque también pensaba que el profesor de música se había equivocado.

-Eso no es excusa, si quiero llegar a ser como mi padre, tengo que, incluso; tocar este instrumento debajo del agua.

El austriaco sonrió ante tal comentario; rara vez veía a Gilbert ponerle tanto empeño al aprendizaje de un instrumento.

-¿Te estás burlando, Roddy?

-N-no, no lo mal interpretes. Me alegra que te guste tanto la flauta, en serio.

El prusiano volteó su cabeza hacia un costado, estaba un poco avergonzado por el halago. –Como sea, creo que tendremos que marcharnos –dijo volviendo su mirada hacia el moreno. Éste ya se encontraba guardando su instrumento en la mochila.

-Sí –contestó al finalizar de empacar. -¿Te parece si vamos a aquel lago?

-No, ya no somos niños. Además; no tiene gracia cuando no está congelado –replicó el prusiano. –Pero pensé que tal vez podríamos ver la nieve caer y… –agregó Roderich, pero Gilbert le interrumpió. –Que no. Debo ir a practicar. Te veo mañana.

Gilbert se levantó de golpe, tomando sus cosas entre sus manos, casi se le caían gracias al apuro que llevaba. Mientras que el austriaco veía la espalda del albino cada vez hacerse pequeña, pensó que tal vez estuvo mal haber hablado demás. Aunque, quizá lo pensaba demasiado: "Debió haber sido el frío" susurró para sí.

Ambos chicos fueron en dirección a sus respectivas casas, pues había aumentado la nevisca, y los dos no llevaban las prendas adecuadas para el invierno.

En el transcurso de ida a casa; Gilbert que ya no tenía a la vista al austriaco, empezó a lagrimear. Se sentía demasiado feliz por el cumplido de Roderich. Él sabía muy bien lo buen músico que es el tipo, y aunque estaba determinado a superarle, le importaba mucho la opinión del moreno.

Al no poder expresar su alegría, no podía acompañar al otro y sobre todo, en verdad quería demostrarle a Roderich que con la práctica iba a ser el mejor y más grande flautista de todos.

Limpió las lágrimas con el dorso de su mano, y volvió a caminar con un paso más ligero. No soportaba tanto frío, y mucho menos cuando casi mostraba alguna "debilidad" ante Roderich.

Por su parte, el austriaco, al parecer toleraba más el frío. Por lo que llevaba un paso lento, no obstante, su viaje a casa no era tan largo porque vivía cerca. Al llegar a su hogar, tomó un baño caliente, y después se vistió para sentarse junto a la ventana y ver la nieve caer. Al parecer se había convertido en un pasatiempo.

Las hojas marchitas que estaban en el patio delantero de su casa, desaparecían a medida que la nieve caía. Lucía tan embelesado ante tal acontecimiento, tal y como la primera vez que quedó impresionado por la cabellera del prusiano en aquella nevisca.

Interrumpió ese instante al ponerse de pie y buscar su flauta, volvió a sentarse y empezó a tocar una suave melodía. Sonaba tan hermosa y al mismo tiempo le reconfortaba, su destreza para crear melodías al instante era impresionante. En cada tonada venía recuerdo tras recuerdos de sus momentos con sus amigos, familiares, compañeros de clase, hasta Gilbert. No obstante, en ese momento se detuvo en seco. Sus mejillas se tornaron rojas, y su presión sanguínea se aceleraba. Recordó haber usado su flauta para callar al prusiano en la tarde. En ese momento fue consciente de que al tocarla, había tenido un beso indirecto con Gilbert. "¡Por Mozart! ¿Qué he hecho?" se cuestionó con mucha vergüenza. Dejó la flauta a su costado, optando por encoger sus rodillas y abrazarlas. Escondía parcialmente su rostro entre ellas mientras miraba uno que otro copo de nieve caer, aún conserva un ligero sonrojo en los pómulos.

El austriaco pasó largo rato tratando de asimilar lo que había sentido al pensar lo que había hecho, y así se fue a su lecho; inconsciente de la suave sonrisa que expresaba cuando cayó dormido.

Al día siguiente, día domingo por la mañana.

Roderich revolvía las sábanas con sus manos segundos antes de despertarse, lo primero que vio fue el techo de su habitación. Se quedó ido por un largo rato, después de todo era domingo, y no había clases en su escuela. Carraspeó suavemente la garganta antes de sentarse, miró el reloj, pero para su sorpresa era algo temprano 8:38 exactamente. Volteó su mirada hacia la ventana, ya no nevaba, pero el manto blanco aún cubría el patio de su casa. Había escarcha en la orilla de la ventana, sonreía al ver un hermoso amanecer, pues aún había rayos solares que caían sobre la nieve. No obstante, su lindo momento fue interrumpido cuando su madre llegó a tocar la puerta. Generalmente ella no despierta a Roderich tan temprano en día domingo, pero al parecer había una peculiar visita a muy temprana horas. "Rod, tienes visita, cariño. Levántate, y después date un baño antes de alistarte" dijo la madre desde afuera. "Sí, en un momento salgo" respondió el joven. No tenía idea de qué iba todo, porque su madre ni le dio más información.

Él no tardó más 20 minutos en prepararse, salió de su habitación con rumbo a la sala de estar, pensó que le tenían una sorpresa para el desayuno, pero esa idea se esfumó cuando vio a Gilbert sentado en el sofá. La madre de Roderich estaba en el sofá contiguo al que estaba sentado el prusiano, ella estaba encantada con el chico. Al parecer no le dejaba de hacer preguntas, ella sonreía y pues el prusiano no se quedaba atrás, le seguía la corriente. – ¿Eh? ¿Gilbert? -expresó algo confundido Roderich. –Sí, él ha venido a verte –contestó la madre. El moreno no sabía qué decir, pues con su madre presente se ponía algo nervioso. –Bien, los dejaré solos –agregó ella. Roderich asintió, esperó a que los pasos de su madre desaparecieran para hablar. Mientras que el albino sonreía de oreja a oreja.

-No sé cuál sea tu plan viniendo hasta acá, ¿qué quieres?

-¿Acaso está prohibido visitarte, señorito? Pareciera que sale humo de tus orejas, kesesese –señaló burlón.

-Calla –dijo rezongando. -¿Vienes a robar atención de mi madre o qué?

-¿Celoso? Pues ella es simpática, pero de hecho, vine a verte a ti.

-¿Para qué?

-Pues ayer querías ir al lago, ¿no? Y sorprendemente recordé que, un día como ayer vine a esta nación, ósea un día como hoy te conocí.

-¿Ah? Es extraño que tú recuerdes alguna fecha, siempre eres tan olvidadizo –comentó un poco apenado, pues esta vez se le había escapado el dato, y mucho más porque el prusiano lo recordó. -¿Cuál es el objetivo de esto? ¿Celebrar alguna clase de aniversario de nuestro encuentro? Mira, qué raro es esto, porque no es algo que me espero de ti.

-Uy, qué cruel, kesesese. Pero digamos que es algo así como dices… ¿Acaso te incomoda? Si no me retiro.

-Gran idiota, claro que no –dijo antes de suspirar. –Pero recuerda que apenas nevó un poco ayer, así que el lago no estará congelado.

-Lo sé, aún así tenemos que ir.

-¿Pero tan temprano?

-Sí –respondió el albino suavemente, mirando el suelo.

Al austriaco le pareció tan rara esa repentina expresión de Gilbert, además la propuesta de salir juntos tan temprano, ¿por qué de repente le vino un mal presentimiento? Su corazón palpitó fuertemente, así que para liberar la tensión habló.

-Bien, espera unos minutos, apuesto a que no has desayunado, llevaré algo para picar. Yo tengo hambre, así que sé paciente.

-Claro –dijo sonriendo Gilbert. Al austriaco otra vez no le gustó esa expresión, ¿qué traía entre manos el germano?

El moreno preparó rápidamente unas frutas picadas, unas tostadas, y aparte sirvió en un recipiente un poco de miel. Esta vez no llevaría bebida caliente, pues pensó que no iba ser necesaria. Todo lo empacó en un pequeño maletín, acto seguido de ir a la sala.

-Ya está, Gilbert.

-Eres rápido, se nota que eres diestro con las manos.

-A-algo así… -¿En serio el albino lo estaba halagando repentinamente o es que el tipo había cambiado? –Vámonos –añadió el austriaco.

Ambos salieron, pero caminaban despacio y cabizbajos, con sus vistas puestas en el camino. Cada uno dejaba una huella más grande que la otra, inconscientemente hacían una competencia para ver quién dejaba la pisada más grande hasta que, finalmente llegaron al bosque.

-Hay bastante escarcha en las hojas, nos podrían herir si caen… Hey, Roddy, no trajiste tu abrigo o guantes, qué tonto y distraído eres, kesesese.

-¡E-es cierto! –exclamó con vergüenza. –Es tu culpa, ¿por qué no me recordaste?

-¿Yo? Yo no era el que tenía hambre; eras tú el urgido por preparar comida.

-Vaya que eres tan tonto, también traigo para ti, malagradecido.

-No puedo ir contra eso, claro que tenías que traer para mí en primer lugar. Ya qué, ¿te vas a poner a lloriquear? –Claro que no, grandísimo tonto –rezongó Roderich.

Los dos se quedaron callados mientras preparaban el lugar para comer, Roderich le sirvió al albino primero, le sirvió unas tostadas con miel y un poco de fruta en un mismo plato, acto seguido de hacerlo para él.

-Nada mal –dijo el prusiano.

-La fruta es fruta, no le puedo dar otro sabor.

-No me refiero a eso, princesita. Me refiero que no está nada mal la vista; el agua del lago luce muy cristalina pero oscura al mismo tiempo.

-Que me vuelves a llamar así, te aviento allí para que haya un punto blanco en el fondo –comentó antes de dar un primer bocado.

-¿Cómo? ¿Princesita? Kesesese, tú y tus amenazas no dañan ni a la capa de ozono.

El austriaco masticó fuertemente para no tirarle la comida a la cabeza. –No, no está nada mal, mejor come…

-Hm, ¿acaso lo olvidas? –señaló su boca.

-No sé de qué hablas, ¿te duele la muela o algo?

El albino negó, señaló con su índice la comida, y después su boca. –Dame.

-No.

-Que me des.

-Que no, ya no estamos pequeños.

-No importa.

-¿No te da pena? Ya estamos grandecitos por si no lo sabías.

-¿Y eso qué?

-Que es raro. Ni mi mamá alimenta así a mi papá.

-¿Y tú qué sabes? Tal vez lo hacen a escondidas. Mejo hazlo rápido, o moriré de hambre.

-No morirás, te gusta exagerar, ¿no? –el tipo dejó a un costado su plato, y agarró el ajeno. Posteriormente tomó el tenedor y una pieza de fruta, acercando la comida a la cavidad ajena.

-Delicioso –masculló después del mordisco.

-No sé por qué lo hago, se supone que vinimos a ver el lago, no a alimentarte como pájaro, Gil. Tienes un serio complejo de pollo.

-¿Sí, verdad? Por eso soy grandioso.

-¿En serio? Más bien eres un gran tonto.

-Además, ya estamos viendo el lago. Ni que estuvieras ciego, señorito.

Roderich terminó de alimentar al albino, por suerte no había traído mucho alimento. Si no hubiera tardado mucho.

Ambos se alejaron de la orilla para poder sentarse cerca de un árbol y así apoyar sus espaldas contra éste.

-Es raro, raro que me hayas invitado para venir acá, cuando ayer te negaste –masculló Roderich.

-Hm, puede ser.

-Y no sólo eso, esta vez vinimos acá, según tú por nuestro aniversario, aunque decir aniversario se escucha raro… Mejor, llamémosle conmemoración de nuestro encuentro. Siempre hemos venido acá, pero sin un motivo en específico.

-No le busques tres patas al pollo, Roddy. Deja de pensar tanto, y observa como la suave brisa mueve el agua.

Realmente le pareció más extraño que Gilbert se pusiera más serio de un momento para otro, lo que sugirió el otro aún más. Recordaba que Gilbert prefería ver el lago congelado, y no así. Pero realmente el céfiro que arrullaba las tranquilas aguas del lago era tranquilizante.

De repente, su mano que estaba apoyada sobre la nieve, sintió un leve calor en ella. Era reconfortante y familiar de alguna manera, se trataba de la mano de Gilbert que había apoyado la suya contra la de él. Desvió la vista hacia su mano, tornándose rápidamente sus pómulos en un rojo casi carmesí.

-G-Gilbert, ¿qué haces?

-Ah, pues nada. ¿Qué es lo que hago, señorito? Solo miro el lago.

-Idiota, no me refiero a eso, t-tu mano está sobre la mía. –Con que eso, ¿y qué? –dijo sin más el albino.

-¿Y qué, dices?

-Pues no tiene nada de malo –masculló, acercándose más al austriaco. Apoyó su hombro contra el otro.

-¿Sabes? Pareciera que tengo frío, pero de hecho, no lo tengo. No necesitas apoyarte en mí, Gil.

-¿Tanto así te disgusto?

-N-no es eso –volteó a ver al frente. ¿Acaso ahora él era el villano?

-¿Entonces?

-Pues nada… solo que es la primera vez, y es muy raro –comentó mientras recordaba el suceso de la noche anterior, lo de la flauta. Con sólo recordarlo se ponía nervioso y con las mejillas sonrojadas hasta las orejas.

-Mañana –susurró.

-¿Qué?

-Me voy…

¿A qué se refería el prusiano? Aún era temprano para irse, ¿no? -¿A dónde?

-Pues dónde más, a mi casa. A Prusia. ¿No creías que me iba a quedar aquí todo el tiempo, verdad?

-L-lo sé –contestó cabizbajo. Finalmente comprendió porqué actuaba tan raro el prusiano desde temprano.

-Quiero que me des algo…

-¿Huh?

Gilbert movió su cabeza para acercarse más al rostro de Roderich, teniéndole tan cerca le sonrió. Paulatinamente sus narices llegaron a rosarse, hasta que sus labios se encontraron oprimiendo. El austriaco hizo un movimiento para alejarse, no obstante el prusiano no se lo permitió, ya que con la otra mano agarró la parte trasera de la cabeza ajena, haciendo presión para profundizar el beso. No pasó mucho tiempo antes de que Roderich se diera por vencido y seguirle la corriente, sentía que no podía respirar ni cerrar los ojos, era su primer beso y para colmo el albino tampoco cerraba su mirada, los orbes carmesíes eran tan hermosos que estaba hechizado ante esa penetrante mirada.

-No lo haces mal –susurró el prusiano cuando se alejó levemente. Manteniendo la punta de su nariz rosando la contraria.

-Gran idiota –susurró el otro, apenas tomando aire.

-Kesesese, tu rostro es más bello de cerca, y ciertamente tus labios de señorito refinado son muy suaves como lo esperaba.

-Calla –dijo el otro, bajando su rostro contra el hombro ajeno. -¿Por qué, Gilbert?

-No lo sé, fue un impulso…

-No, no me refiero a eso en sí, ¿por qué te vas cuando me haces esto? ¿No es muy cruel?

-Tal vez, pero más cruel hubiera sido yéndome sin despedirme, ¿no? Me lo reprocharías en un fututo, lo sé.

El austriaco removió su rostro en el hombro, asintiendo en el acto. –Odio que me conozcas tan bien –confesó endeble.

-¿No te vas a poner a lloriquear, verdad? No es como si yo fuera a morir, simplemente vuelvo a casa.

-¿Qu-quién dice que lloraré? –dijo al levantar el rostro. Si bien no lloraba, su mirada denotaba preocupación. De alguna forma se había acostumbrado al idiota del prusiano, a preocuparse por él por cada simple cosa.

-¿Ves? Así es mejor –el ceño del prusiano estaba levemente fruncido, gracias a que Roderich se le dificultaba esconder su apenada expresión. Le molestaba bastante que el señorito se preocupara demás.

-Lo sé; ya no estarás molestando por aquí.

-Kesesese, no cantes victoria. Después de todo eres mi rival.

-¿Yo? ¿Estás de broma? Es cierto que no nos llevamos también, pero…

-Tsk, eres ingenuo en algunos aspectos; demasiado inteligente para otros. No importa, mañana partiré temprano. Antes que salgan los primeros rayos del sol.

-Entiendo… -estornudó. –Mañana hay escuela, así que es por eso que me invitaste hasta acá. No puedo creer que te hayas tomado las molestias de hacerlo… –estornudó otra vez. –Al parecer tienes un poco de modales…

-Parece que enfermarás, Cuatro Ojos. Y, además, yo soy la cosa más amable de este mundo, kesesese.

-Sí, como digas –respondió mientras sacaba su pañuelo de su pantalón. Se limpió un poco la nariz con éste.

-Jajajaja, ya estás mocoso. ¿No que eres la cosa más refinada y pulcra de este mundo?

-No exageres, nunca he dicho eso. Solo tú piensas así.

El prusiano removió su bufanda del cuello. –Toma, por andar de apresurado no trajiste las prendas adecuadas.

-P-pero, ¿y tú?

-No lo necesito; soy tan grandioso que no siento frío.

-Seguro… -expresó con una cara de póker, no sabía si reír porque el tipo era muy idiota, o sonreír cálidamente por la amabilidad que escondía dicho gesto.

Gilbert optó por colocarle la bufanda alrededor del cuello, sonería mientras lo hacía. Le envolvía la prenda con lentitud, dejando muy bien arreglada la bufanda. –Impecable –expresó con una sonrisa afectiva.

-G-gracias –no, no podía entender por qué tanta amabilidad. Aunque tampoco quería escudriñar demasiado en ese pensamiento, pero definitivamente estaba conmovido.

Ambos retomaron sus puestos, volviendo sus miradas al azul del lago, ninguno decía alguna palabra, aunque ambos podían escuchar la respiración del otro, el leve jadeo por el frío, inclusive los restos de nieve que caían de las ramas de los arboles.

Así pasaron por más de media hora, ellos no necesitaban tantas palabras para expresar lo bien que se sentía uno del otro, y claro, tampoco admitirían eso si es que lo hablaran.

-Ya es hora –irrumpió el austriaco. –Deberíamos de marcharnos, muy pronto se acercará la hora del almuerzo, hemos tenido suerte de que no nevara tan temprano.

-El clima está loco, pero sí, tienes razón –agregó. Gilbert se puso de pie lentamente, mientras que Roderich volteó su mirada hacia la figura delgada del prusiano. Éste a pesar de estar joven y ser menor que él, era muy alto, mucho más que el propio moreno.

Roderich también se paró, y juntos empezaron a caminar pero lentamente. Esta vez sin jugar con sus pisadas, pues prolongar su tiempo compartido era de beneficio. Ya que no iban a volverse a ver tan fácilmente.

-¿Irás a dejarme hasta mi casa, Gil? Porque ya pasamos el lugar donde deberíamos de separarnos.

-¿Eh? ¿Ya me pasé? Pues ni modo –respondió haciéndose el desentendido.

Roderich sonrió suavemente, pero Gilbert muy bien notó que esa sonrisa no era de felicidad. –Kesesese, desde mañana descansaré de estos aires tan podridos.

-Ya vas con lo mismo.

-Así es, jeje, es aquí todos apestan a 'elegancia'.

-No te burles de mi gente, lo mismo se puede decir de tu nación. Además, como te gusta hablar mal de mi nación cuando tú y tu gente se aparece acá para disfrutar de nuestros Conciertos, teatros, etc.

-Es porque Italia está muy lejos; no hay de otra, kesesese, kesesese.

El austriaco infló las mejillas, al parecer el prusiano no se quería marchar pacíficamente, porque tenía que abrir la gran bocaza. –Como sea… ya nos acercamos a mi casa, puedes irte.

Gilbert rápidamente tomó de la mano diestra al austriaco. -¿Estás enojado? No seas un llorón, princesita. –No es necesario que me llames así, te lo he dicho varias veces –agregó el moreno.

-Pero lo estás, y lo prefiero así –guiñó el ojo. El austriaco se ruborizó ante el comentario, definitivamente el prusiano le molestó para cortar el aura sombría que había.

El viento gélido rosaba ambos rostros, mirándose fijamente antes de pronunciar más palabras. No, no querían despedirse, pero se les dificultaba hallar la manera de decirse un 'hasta luego', el ego de ambos no se lo permitían.

Roderich dio un paso adelante para besar la mejilla ajena ligeramente. El albino tan solo pestañeó, sorprendido por tal gesto. El moreno se soltó y dio la media vuelta, caminando a paso ligero hacia su casa, él sentía que moría de la vergüenza.

Él sabía que tal impulso le costaría una burla o algo así, es por eso que prefirió alejarse lo antes posible, o quizá fue su excusa para no despedirse.

Gilbert, por su parte, despareció del lugar junto a la nevada que empezó a caer.

Aún era temprano, y Roderich ya en su habitación no quería salir a almorzar. De hecho, el resto del día transcurrió y éste permaneció en su recamara, al parecer se distrajo escribiendo cosas en su diario.

El velo nocturno cayó, y Roderich yacía otra vez sentado a la par de su ventana. Su mano diestra acariciaba lo largo de la bufanda que aún estaba en su cuello, había preferido no despojarse de ella, le daba tanta calidez, que no pudo soportar más… Las primeras lágrimas hicieron su aparición en sus fuentes, cada una empezó a rodar a lo largo de sus mejillas. Algo le decía que no todo iba a estar bien, aunque no sabía qué era con exactitud.

El austriaco se separó de la ventana, tal recuerdo le perturbó un poco. "Esa vez simplemente no tenía idea" masculló. Tomó asiento en un sofá que estaba al frente de su piano, él estaba muy pensativo. "La bufanda… no la quiero volver a ver", agregó con la voz quebradiza.


*Levanta la manita* Ehm, espero les haya gustado este capítulo. *Risas* Increíblemente ya lo había terminado, pero era muy corto, así que quise agregarle un poco más, pero ese poco fue mucho (?). *Risas* Espero por sus comentarios, en serio, porque la verdad es que no quiero escribir para que mi fic esté de adorno en FF. Es que no tengo idea de cuánta gente esté leyendo mi historia, me pregunto si vale la pena. :v Así que no sean malitos, y díganme lo que piensan. Sé que parezco algo desesperada (?), pero no es así. Saludos. :)