Hola, linda gente. (/ovo)/ Aquí estoy otra vez, agradeciendo a la gente que se tomó el tiempo de escribirme un comentario sobre el pasado fic. Gracias, en serio. Gracias a esos comentarios es que hay cuarta parte.
-RosenrotEB
-Dry-Ice
-Helianne
-Y otros que no pude encontrar porque mi bandeja de entrada estaba llena. D: Debo de ordenar eso. :c Pero gracias. 3
Sí, esta es la penúltima parte del fic, y ahora viene un poquito de drama. Les debo advertir algunas cosas primero:
-Hay dos nuevos personajes, Iván y Ludwig. Me pregunto si se lo esperaban. *Risas*
-En algún momento del recuerdo, hay un recuerdo que es como un vacío, NO es un recuerdo estrictamente de Roderich, pero si no se hace así, la historia no funcionaría. Ustedes se darán cuenta.
-Nemmersdorf (actualmente Mayakovskoye, Kaliningrado). Antiguo territorio de Prusia Oriental.
Sé que me he tardado un poco en subir el capítulo, pero es porque no tengo la laptop a mi disposición todo el tiempo, pero hago lo posible de escribir.
-Esta historia no es nada congruente, ok, no. *Risas*.
Ahora prosigan. :)
La cabeza de Roderich se mantenía reposando en el respaldo del sofá, él veía el techo con el ceño fruncido, intentando concentrarse, pero de nada servía. El recuerdo de la bufanda no le ayudó, al contrario, lo terminó por aturdir.
Aquella noche sintió que era la última vez que podía ser amigo de Gilbert, aunque éste lo negara. Esos años de adolescencia transcurrieron no pacíficamente, pero tampoco fueron días tan conflictivos.
-¿Cómo? –cuestionó el austriaco.
Estación: primavera. Edad actual de Roderich: 28 años. Lugar: Rusia, Moscú.
-Repítelo otra vez, Ludwig –agregó el moreno.
-Que no te metas más en este asunto, si sigues así Iván tomará represarías contigo. A Gilbert no le gustará, además, sabes que él está enojado contigo.
-¿Y tú crees que yo le temo a Iván o a Gilbert? Si vine hasta acá, es porque quiero ayudarlos a ambos. ¿Acaso no lo extrañas?
Ludwig no pronunció ninguna palabra ante tal pregunta, pero se podía escuchar la pesada respiración de éste.
En la época que estamos, es aquella donde Rusia, después de la segunda guerra, tomó posesión de Alemania, dividiéndola en dos, su parte era la comunista. Y, la otra, era la democrática.
-Contesta –inquirió Roderich.
-No importa, solo no te metas, si te sucede algo; mi hermano… –apenas susurró las últimas dos palabras.
-¿Eh? No sé lo qué intentas decir, pero no me quedaré con los brazos cruzados, por favor; no le digas a Gilbert que estoy acá.
-En serio parece que no te vas a rendir, ¿verdad? –dijo muy preocupado el rubio.
-Así es.
-Ser mayor que nosotros te ha hecho algo pretencioso.
-¿Me estás diciendo viejo? Como sea; ese tipo no puede salirse con la suya. Mira que asar reses enteras en el interior de mi teatro favorito, me las pagará… ***
Ludwig estaba un tanto atónito ante las palabras que salían de Roderich, era algo totalmente raro. En serio, nadie puede meterse con el arte austriaco y salir ileso sin que Roderich se quedara con los brazos cruzados.
-Además, también el gran idiota estadounidense hizo lo mismo. Más le vale estar lejos de Europa, porque también iría –agregó refunfuñando.
-¿Qué? ¿También Alfred lo hizo?
-Sí, sí, pero no le salió como a los rusos. Pero, aún así cocinaron en el interior del otro teatro como si estuvieran acampando.
-Bueno, solo no te precipites. No le diré nada, pero ten cuidado.
-Recuerda que le hablas a tu mayor, no me tomes a la ligera solo porque me veas tranquilo. Y gracias, en serio, me das un alivio.
Ambos colgaron el teléfono. El austriaco salió de la cabina telefónica en la que estaba, sopló sus manos pues había mucho frío. Aún en primavera, Rusia era muy fría para él.
Roderich estaba en la capital para poder tener una reunión con Iván, de hecho, se suponía que Feliciano y Lovino iban a estar allí, pero al parecer el miedo podía más que ellos. No llegaron, y a pesar de que los esperó, éstos no se avistaron.
El austriaco iba a tratar la problemática que hacía que Alemania estuviera separada en dos, además de querer evitar más derramamiento de sangre. Ya que, al parecer el ruso escondía las intensiones de poseer a la Alemania entera. Así que esperaba que la charla entre ambos diera sus frutos, y así unificar pacíficamente las dos Alemanias.
Al no tener más opciones, el austriaco fue hasta la estación de trenes más cercana, allí abordó el tren para ir hasta su destino. El moreno se sentía incomodo ante las miradas frías que se enfocaron en él cuando entró al vagón. Obviamente notaban que el sujeto era extranjero, y con las asperezas que vivía Rusia con sus países rivales, eran muy hostiles con los de afuera.
Cabizbajo tomó asiento, escondió parcialmente su rostro con una vieja bufanda que llevaba enrollada al cuello. Desviaba la vista constantemente, tratando de ver el hermoso paisaje que se veía a través de las ventanas laterales y frontales. Lucía preocupado, no por el hecho de plantarle cara a Iván, sino por la reacción que tomaría Gilbert si de alguna forma se llegase a enterar. Roderich sabe tanto como Ludwig que, el prusiano alberga un rencor tan doloroso hacia el ruso, y que por ningún motivo le gusta que sus preciados conocidos se acerquen a éste.
Transcurrieron cuarenta y cinco minutos para llegar a las cercanías del parlamento ruso. Roderich inhaló aire profundamente al salir del vagón. Sabía que faltaba poco para ver al soviético, tan sólo faltaba caminar un poco más.
Finalmente llegó hasta al interior del parlamento, aunque no se veía el ruso entre la gente. Él se vio en la obligación de preguntar por su paradero, rápidamente le contestaron que Iván no estaba de humor para el día de hoy, pero que sí estaba en el lugar. No obstante, estaba en un despacho temporal que le habían concedido. El moreno no podía quedarse con los brazos cruzados e irse, tenía que hacer algo. Así que fue hasta el despacho del ruso. Roderich tocó la puerta tres veces seguidas muy suavemente.
-Estoy algo ocupado, regrese más tarde –contestó Iván desde el interior.
-He hecho un largo viaje, ¿podrías atenderme, por favor? –dijo Roderich, con un tono de voz suave.
A Iván se le hizo familiar la voz, pero rápidamente supo de quién se trataba. Nadie más a su alrededor habla de forma tan educada con ese tono de voz. Porque sus subordinados suelen hablarle con la voz quebradiza o muy baja.
-Está bien, pasa Roderich.
Roderich iba a darle giro al picaporte de la puerta cuando Iván se le adelantó al abrirle.
-Hola –expresó el soviético con una dulce sonrisa.
-Hola –contestó el otro. No entendía el por qué el ruso era tan mezquino para sonreír enfrente de él.
-Hm, supongo que sé por lo que viniste.
-¿Me dejarás pasar? No quiero que tengamos esta charla en el pasillo –dijo entre dientes.
-Ah, sí claro, es que se me había olvidado –volvió a contestar muy sonriente.
El austriaco entró y notó que había un ligero desorden en el escritorio, además de algunas bufandas en los sofás.
-¿Sofás en una oficina? –masculló. -Como sea, no he venido a hablar de muebles.
-Ja, con que andas un poco aturdido, ¿no? Pero sí, los sofás son más cómodos que esas sillas pequeñas que vende el sueco.
-Nadie te obliga a comprarle… Tsk, no me hagas salirme del tema –refunfuñó.
-Bien, pero cálmate. ¿Quieres algo de beber?
-No, gracias. ¿Sabes? Esa forma insana de ser tan amable con tus rivales es tan retorcida como tu sonrisa.
-Hm, puede ser. Y sé que no has venido hasta acá para insultarme… ¿Por qué será que todos son tan hostiles conmigo?
-Porque no eres sincero, y si lo eres, lo guardas para alguien especial o qué sé yo.
-Hm, puede ser –dijo mientras tomaba asiento.
-Puedes sentarte, no seas tímido. En mi casa todos son bienvenidos.
-Más de querer saber el por qué llevaste acabo una masacre en Nemmersdorf, quiero saber el por qué crees que puedes seguir separando a dos hermanos.
-Porque es justo. Dicen por allí que tú derecho termina cuando rompes el del otro en primer lugar.
-El rencor ante todo, ¿no?
-Ja ja, mira quien lo dice y por quién lo dices. Él fue quien vino hasta acá a arrebatarme a gente que amaba primeramente, así que el fin justica los medios, ¿no crees?
-No me digas que piensas así, porque no es cierto…
-Ah, no digas más y siéntate.
El austriaco tomó asiento, sin quitarle la mirada al menor. –Seré directo, desplaza las tropas que aún tienes allá, no tienen nada qué hacer allí. Deja tranquilo…
-…A Gilbert, ¿verdad? –dijo sonriendo. -Vaya, es una sorpresa que seas tú quien lo pida. Pensé que ambos eran enemigos. Aunque… bueno, no importa –murmuró.
Roderich afiló la vista, imaginó lo que el ruso trató de decirle. –Él está muy preocupado por su hermano…
-…Y enfermo, lo sé – agregó el ruso.
-Si lo sabes, deja de separarlos de una buena vez. Y deja que yo termine de hablar en primer lugar, compórtate.
-Pero es divertido; frunces el ceño cuando lo hago. Hasta pareces algo lindo, hoy sé el por qué…
-Deja de decir sandeces, y compórtate. ¿Qué si eres ruso?
-Ya veo, así que lo escondes. Bien, para no hacerte más larga la plática… -el ruso se puso de pie y se agachó a la altura de Roderich. –Todo lo que tiene la bestia fascista me pertenece*** -indicó el ruso, pero con una mirada escalofriante.
Roderich abrió los ojos como platos, por un instante un sutil escalofrío le recorrió las venas. El ruso se separó del rostro ajeno, sonriendo de nueva cuenta. -¿Seamos amigos?
-No. Prefiero ser amigo de ese idiota, al menos él es razonable.
-¿Te refieres a Gil?
-No lo llames así, sólo Ludwig tiene derecho… -expresó con los pómulos sonrojados.
-Y Feliciano, Lovino, Francis, Antonio, pero especialmente tú, ¿no?
El austriaco restregó la palma de su mano en su cien, no soportaba que Iván se comportara como un niño desviándose del tema. –Iván, déjalos tranquilos. Es doloroso ver a dos hermanos separados.
-También es doloroso perder a la gente que te rodea –agregó Iván, volviendo a tomar asiento.
Roderich desvió ligeramente la vista, sí, el ruso tenía razón de estar enfadado también. -Independientemente de quien tenga la verdad, yo…
-Me gusta –interrumpió Iván.
-¿Eh?
-…Tu bufanda. Se nota que es vieja, pero también está muy bien cuidada. Se nota que lo atesoras.
Roderich no tenía idea de cómo el soviético se había percatado de tal detalle, carraspeó la garganta antes de proseguir.
-¿Cómo…?
-…Porque también yo tengo una que aprecio mucho.
-¡Por Mozart! Deja que yo termine mi oración de una buena vez –aunque en ese momento el austriaco se sintió incomodo ante el comentario. ¿Será que Gilbert también le dio una bufanda a Iván?
-Ja ja, eres divertido. Mi hermana, ella me obsequió una.
-Bien, pero no he venido a hablar de bufandas. ¿Qué ganas con desviarte del tema?
-Mh, pues simple, Ludwig…
-¿Ludwig?
-Sí, viene para acá.
-¿Eh? No es cierto. Hace rato… -se puso a pensar. De seguro cuando habló con Ludwig, éste venía en un tren desde Alemania también. Se sintió tan torpe por no sospecharlo, era claro que Ludwig no se iba a quedar con los brazos cruzados. -…Hablábamos –susurró.
-No importa, igual vendrá. Yo lo llamé hace unos días, le dije que yo haría añicos los huesos de su hermano si no se presentaba.
-¿Qué? Eres un idiota.
-No lo soy, porque tengo lo que quiero. Ah, es lindo el amor entre hermanos. Yo lo sé a la perfección.
-¿Sabes? No puedo ser tan mezquino como tú, y decirte que yo haría añicos los huesos de tus hermanas.
-Ja ja, tendría que verte intentarlo.
-Tsk, si no piensas hacer nada al respecto, al menos paga los daños que hiciste en mi nación. Sobre todo lo que le hiciste a mi teatro favorito.
-Je je, ¿por quién me tomas? Te crees el santo, ¿no? También tú manchaste tus manos de sangre ayudando al alemán, ¿cómo te atreves a pedir semejante petición?
-Pero una cosa no tiene que ver con la otra; el patrimonio de la humanidad debe ser respetado aún en guerras. Así que, por favor, no te hagas del rogar.
-Pierdes tu tiempo, como sea, ya me tengo que ir. Iré a recibir a un invitado especial –respondió poniéndose de pie.
-¿Ah? No puede ser que haya venido hasta acá para irme con las manos vacías –masculló enfadado. El austriaco hundió sus puños contra sus muslos.
Frustrado y avergonzado, Roderich se fue del parlamento. Empezó a deambular entre las calles de Moscú, mientras en sus ojos brotaban cálidas lágrimas. En ese momento deseaba ser el mismo sujeto del pasado, con más temple y carácter. Últimamente se había vuelto muy pasivo, y a pesar de su participación en la guerra, no representó gran amenaza.
Mientras tanto, Ludwig prácticamente ya había llegado a Moscú. El sujeto levantó la muñeca de su brazo diestro para ver la hora, ya era mediodía, imaginó que llegaría a tiempo para alcanzar a Roderich en el parlamento, no obstante; al llegar no vio nadie alrededor.
La gente a su alrededor le plantaba mala mirada, obviamente reconocían al alemán. Él únicamente pasaba de largo, su rostro no se inmutaba por algún mal comentario o caras feas. Aunque por dentro no podía evitar sentirse un poco alterado, y es que su hermano estaba en Rusia. Sí, le había mentido al austriaco del paradero de Gilbert, pero todo lo había pensado por el bien de Roderich también.
-¿Me buscabas? –dijo una voz a espaldas de Ludwig.
El alemán se dio la media vuelta, y vio ante sus ojos al verdugo de su hermano. -… Sí, así es –no es que él haya mentido, pero si bien buscaba al austriaco, también buscaba al ruso.
-Me alegra, me alegra mucho que estés aquí –recalcó con una tenue sonrisa el soviético.
-Deja tu 'amabilidad' para otra ocasión, ¿no? No estoy de bromas –expresó muy serio. –A lo que vine, deja que vea a mi hermano, déjalo ir…
-Oye, un momento, no es buen lugar para hablar de esas cosas en público. ¿Qué pensarán de nosotros? Cálmate, el sujeto es duro de roer, no está muerto… aún –susurró la última palabra. –Ya lo verás.
-Bien, pero deja de hablar y vamos al grano.
-Ja ja, por supuesto. Sígueme.
El ruso salió del edificio junto al alemán, fueron hasta a un auto negro de lujo, que al parecer era el favorito de Iván. El auto era negro y tenía cuatro puertas en total, en el interior los asientos eran de color café terciopelo, había una ventana que separaba al conductor de los pasajeros para tener más privacidad. Ludwig e Iván se sentaron de forma encontrada, uno frente al otro.
-Por cierto, Roderich estuvo hace rato conmigo –comentó el ruso con una amplia sonrisa.
-¿En serio? No lo vi, ¿no te dijo a dónde fue?
-No, ni me importa. Pero qué frágil se ha vuelto ese sujeto, con los años se ha vuelto viejo por dentro.
El alemán fulminó con la vista al ruso. –Tú qué sabes.
-Ciertamente sé algunas cosas, aunque la verdad no es como si Roderich fuera tan importante en estos tiempos. Ya no es lo que era. Antes era admirable, je je.
-No sé a qué vienen esos comentarios, prácticamente Roderich no se ha metido tanto contigo en el pasado.
-Hm, quizá, ¿y sabes qué? –inclinó la cabeza hacia adelante, abriendo los ojos como platos. –Parecía que Roderich iba a romper en llanto, ja ja…
El alemán optó por entrecerrar los ojos, imaginó la cara del moreno, de seguro no había podido lidiar con Iván gracias a su temperamento. –Ya dijiste, parecía, pero no lo hizo, ¿verdad? Ese tipo tiene más orgullo que mi hermano y yo juntos.
-Sí, fue aburrido. Hubiera querido ver lágrimas, y es que no reía –negó haciendo un sutil puchero. –Y eso que le pedí que fuéramos amigos –agregó sonriente.
-¿Estás de broma? De seguro lo enfadaste. Además; qué amable de tu parte pedirle semejante cosa cuando estás en la peor posición.
-Je, ¿estás usando sarcasmo? Me gusta.
Ludwig desvió la mirada, viendo la ventana. Notó que el camino que habían tomado era inusual, no parecía una avenida o calle, sino una autopista. ¿En qué momento entraron en la carretera? Se dio un golpe en la frente con la palma de su mano, después de todo era la táctica del ruso ponerse a charlar sobre algo que sí le iba a seguir la corriente. -¿Es por aquí? –Ludwig volvió la vista hacia al ruso.
-Así es, y al parecer no he sentido el tiempo –dijo bostezando mientras estiraba los brazos hacia sus laterales.
Después de esa respuesta, ambos se mantuvieron callados, Ludwig con la mirada perdida en la ventana, pensando en su hermano; e Iván iba con los ojos cerrados, aunque no iba dormido. Pasó un lapso de una hora con veinte minutos antes de llegar a su destino, sin embargo… ¿Qué había hecho Roderich en ese lapso de tiempo?
Obviamente, por muy frustrado que estaba, no tenía pensado volver a casa. De alguna forma iba encontrar la manera de saber del paradero del albino, aunque imaginaba que Ludwig probablemente ya estaba con Iván. Pero lo más seguro es que ambos no estuvieran en el parlamento, si bien ya no era tan fuerte como antes, aún seguía siendo muy inteligente y perspicaz.
Era seguro que irían muy lejos, porque al no ser ni un tonto, obvio que sabía que Gilbert estaba en Moscú. Después de todo el ruso no podía ser muy deshonesto, pues su mirada delataba sus intenciones y Ludwig simplemente es pésimo mintiendo, hasta con una llamada telefónica se sabe que miente porque no tiene talento para mentir.
En vez de volver al parlamento para preguntar por el paradero de Iván y Ludwig -porque era seguro que no le iban a decir nada-; tomó un taxi para ir hasta el cuartel general. Estando allí se presentó ante un jefe de alto mando, donde preguntó por Iván. Le dijo que tenía una cita con él y Ludwig, pero que él no había podido llegar a tiempo. Así que, prácticamente le mintió al sujeto, y éste al no poder comunicarse con su jefe o con su secretario -vale la pena mencionar que era un lituano que prefirió salir a la vagancia-, pues no le quedó de otra que darle la información al austriaco.
Éste al salir victorioso rápidamente buscó una forma de transportarse. Ya que, al parecer el taxi en el que había viajo le había dejado. –No existe la amabilidad aquí –masculló para sí.
El austriaco hizo todo lo posible para que algún auto se detuviera, pero la verdad es que no tenía éxito. Hasta que un camión repartidor de carbón se detuvo, entonces fue la oportunidad de Roderich para pedir ayuda, éste estaba de suerte porque el camión sí iba en dirección a la que a Roderich le habían indicado. No obstante; el camionero le iba ayudar con la condición que le diera dinero. Pues últimamente había escasez de víveres y otros suplementes debido a la pasada guerra, por suerte el austriaco había cambiado algo de dinero cuando estuvo en la estación de trenes.
En acuerdo, Roderich se subió al camión pero no en la parte delantera, sino en la parte donde iba el cargamento. Y para ser él se sentía incomodo, estaba sucio y lleno de hollín gracias al carbón.
Volviendo al austriaco de la actualidad, éste había decido beber una copa de vino para calmarse, cada vez que recordaba se ponía más nervioso. De hecho, hasta se había olvidado de volver al piano. Se encontraba muy sumido en sus pensamientos como para querer volver a su asiento frente a su instrumento.
Sorbió un largo trago antes de proseguir con su recuerdo…
Tanto Iván como Ludwig bajaron del auto, Ludwig se encontró en un lugar familiar por su aspecto: la cárcel.
-¿Es aquí dónde lo tienes? –cuestionó con el cejo entre fruncido el alemán.
-No te pongas así, agradece que está aquí. Yo no soy como tú, ¿acaso tú tampoco entiendes? NO TIENES DERECHO A PEDIR MÁS DE LO QUE TE MERECES, agradece que esté siendo amable. No como tú con aquellos pobres judíos.
El alemán suspiró. –Lo sé, aunque no fue por órdenes mías.
-No quiero oír excusas, fascista.
-Te sugiero que calmes tu lengua, Iván. Ahora prácticamente estoy libre, solo falta que me devuelvas a mi hermano y te alejes de mi hogar.
-Hm, ya veremos –sonrió.
Ambos caminaron hasta el interior del recinto, Iván condujo a su invitado hasta la planta más baja del lugar. El territorio apestaba, su camino estaba lleno de basura, ratas muertas, insectos trepando las paredes, apenas había una luz tenue en el lugar. Ludwig simplemente no lo podía soportar, en ese momento pensó en el austriaco de seguro no habría podido lidiar con el hedor y el aspecto del terreno. Esperaba que el sujeto ya estuviera camino a casa.
-Ya llegamos –indicó el ruso. Hizo un ademán con la mano mostrando el lugar. Al fondo había una celda, donde estaba Gilbert. Sabía que era él porque la plateada cabellera le delataba. –H-herma… -alzó la voz Ludwig.
-No creo que te escuche, supongo que está durmiendo –Iván se adelantó a unos pasos.
-¿Durmiendo? Pero es de día, aunque aquí con esta oscuridad… -comentaba mientras se adelantaba también.
Al llegar al pie de la celda, notó que su hermano estaba sentado sobre la cama verticalmente, y para colmo sus manos estaban esposadas. A pesar de que el albino estuviera cabizbajo, se notaba lo descuidado que estaba, sus ropas estaban desgarradas. Lucía sucio, se notaba que su cuerpo también estaba lacerado, y que probablemente no estaba durmiendo.
Ludwig se acercó a Iván para agarrarle de la chaqueta. –Maldito, ¿qué le has hecho?
-Vaya, vaya, el siempre calmado alemán se ha alterado, je je. Pues nada; nada que no merezca.
-Te pasas, él estaba enfermo y ahora ha de estar peor… -volteó a ver al albino, tratando de sostener las lágrimas que estaban en los surcos de sus ojos.
-Calma, esta rata aún está viva. Ya verás –quitó las manos ajenas. Sacó las llaves de la celda, abriendo inmediatamente. Al entrar, se colocó a la par del otro y tomó un pedazo de la cabellera plateada para levantar el rostro ajeno. –Mira quién vino, bastardo –volvió a tirar del cabello al ver que despertaba.
-¡Déjalo! –exclamó muy abatido. Entró a la celda y quitó de una palmada la mano de Iván.
-Ah, pero que mal educado, ja ja.
El alemán ni quiso mirar al ruso, tan solo se enfocó en tomar las mejillas de Gilbert y tratar de hablarle. Lentamente Gilbert reaccionó.
-…Hm, ¿h-hermano? Aquí… no es… seguro. Vete –masculló jadeante.
-No te dejaré aquí, ni porque me lo pidas. Pero ¿sabes? Roderich vino acá, pero ya se fue, él te espera; así que no digas tonterías, hermano.
El ruso comenzó a reír. –Interesante, esto es divertido.
-Calla –dijo el alemán sin volver la mirada.
-Lo siento, je je –contestó muy sonriente el ruso. Hasta había tomado asiento en la misma cama que Gilbert.
-¿Qu-qué? … ¿El señorito? Ese idiota se atrevió, ¿no le dijiste lo que…?
-Sí, pero deja de hablar.
Ludwig soltó lentamente el rostro de su hermano, y se puso frente a Iván. -¿Qué? –cuestionó el ruso, mirando a su adversario como si nada pasara.
-Déjalo ya, ¿acaso no estás satisfecho?
-Hm, déjame ver, pues NO.
-Maldito –dijo entre dientes. Inmediatamente el alemán su le fue al ruso con puño limpio a la cara.
El ruso dio el contragolpe, ambos comenzaron a pelear enfrente del albino. El cual apenas podía levantar el rostro, deseaba tanto poder moverse allí, pero las esposas en sus manos le apresaban con fuerza.
Iván era muy fuerte para pelear, y aunque el alemán era muy bueno también, estaba saliendo más golpeado de lo normal. Prácticamente el ruso tenía al alemán en el suelo, golpeándole el rostro mientras sonreía.
-Fascista de mierda, y yo que quería ser amable.
-Cínico comunista –contestó apenas.
Sin embargo, los golpes se detuvieron cuando dos manos se entremetieron. Eran las manos de Roderich. -¡Basta, grandes idiotas! ¿Qué creen que hacen frente a Gilbert? –los soltó de inmediato.
-Ludwig boquiabierto se preguntaba cómo es que Roderich podía estar en este lugar. –R-Roderich… ¿Cómo?
-Es lo de menos, preguntando se llega hasta Roma. Pero mírense, tirados como perros –dijo con lágrimas en los canales de sus ojos. –Rod… -susurró Ludwig, muy apenado. –Estás sangrando –el austriaco sacó un pañuelo de su bolsillo y se lo entregó al rubio antes de salir corriendo hasta Gilbert.
-Gil –dijo el moreno, agachándose al nivel del menor. –Gil, estoy acá.
-Lo sé, señorito. Pero déjame decirte que el más idiota aquí eres tú, te dije que no…-apenas podía articular palabras, tosió para seguir hablando, pero le resultaba difícil.
-Ni estando tan lastimado bajas la guardia, ¿no? Es por eso que estás así –el moreno miró hacia abajo, mordiéndose el labio inferior.
-Vete, que no soy una princesa… -en ese momento el ruso entró a la celda, y tomó el brazo del austriaco.
-Muy astuto, ¿no? Me caes bien, deberías ser mi amigo –dijo acercando su rostro al ajeno.
-Si te acercas más, no saldrás de aquí…vivo –murmuró el prusiano con la vista puesta en ambos.
-Hm, así que es como lo supongo… ustedes tiene esa "clase" de relación, ¿no es así? –hizo notar el soviético con una ceja alzada.
-Deberías de callar y sacar ya a mi hermano de acá –interrumpió Ludwig.
-Qué asco –murmuró Iván. Soltó el brazo del austriaco. –Pero yo quiero ver sufrir más a Gilbert.
-Eres un sádico, ¿acaso no ves su estado? Lo terminarás matando –exclamó muy angustiado Roderich.
El alemán aprovechó a adentrarse más a la celda para acorralar al soviético por si la diosa de la suerte estaba con él.
-Je je, golpeándole no es la única forma de hacerlo sufrir, también si ve sufrir a quien ama… -Iván sacó una daga afilada que tenía escondida por debajo de la chaqueta.
Gilbert se puso alerta, empezó a halar con todas su fuerzas las cadenas aunque supiera que no era posible soltarse. Iván con mucha destreza insertó la daga en la pierna de Ludwig, pues ambos al estar alertas del austriaco, de seguro no iban a ver venir ese movimiento contra el hermano del prusiano. Inclusive Ludwig se engañó a sí mismo al pensar que Iván arremetería contra Roderich.
Roderich en seguida corrió al auxilio del rubio, se sacó la vieja bufanda que traía consigo. Con ayuda de la adrenalina, sacó la daga con mucha fuerza, acto seguido de envolver fuertemente la pierna con la bufanda. –Tsk… deja eso ya –dijo el rubio. –Ya está bien –agregó jadeando.
-No me des órdenes –replicó, trató de mover al alemán contra la pared y dejarlo sentado. -¿Estás satisfecho, Iván? –cuando Roderich volteó la mirada, el ruso tenía agarrado del cabello al prusiano mientras sonreía, pero no era la típica sonrisa amable, era una que realmente daba miedo. Sin embargo, el austríaco se quedó sorprendió al ver a Gilbert derramando lágrimas, era seguro que no era por la risa horrenda que tenía el ruso en el rostro; era por su hermano. Él se sintió tan inútil, y así pensaba que Gilbert también se sentía.
Iván soltó a Gilbert, y se sacó las llaves para soltarlo de las esposas que le encadenaban. –Me das lástima, basura fascista. Estás tan débil, peor que el mariquita de Roderich –escupió. Se adelantó unos pasos, colocándose frente a los otros dos germanos, viéndolos de pies a cabeza. –Patéticos –dijo sonriendo. El ruso salió de la celda, marchándose de inmediato.
Gilbert aprovechó para levantarse de la cama, pero cayó rápidamente al suelo. Así que empezó a gatear lo más que podía. Ludwig sugirió a Roderich que fuera en ayuda de su hermano, y así fue hasta él. Sin embargo, cuando Roderich le tomó del brazo para levantarlo, éste lo apartaba, quería caminar por sí solo.
-Deja –susurró Gilbert.
-No seas terco, no estás en condiciones…
-No te pregunté.
-Hermano –alzó la voz Ludwig. –Deja tu orgullo.
-Tsk… está bien –respondió el albino.
El austriaco levantó al menor, pero éste era muy pesado, apenas podía avanzar unos pasos. Al estar tan débil, solo se hacía más pesado, ambos pudieron adelantarse unos pasos hasta quedar enfrente de Ludwig, prácticamente cayeron ambos al suelo.
-Princesita, no aguantas… kese…sese…se.
-Lo siento.
El prusiano lo volteó a ver, era la primera vez que el señorito no se enojaba por el apodo. –No me gusta, quéjate o no eres tú –masculló Gilbert. Roderich esbozó una sonrisa, pero la verdad es que se estaba conteniendo las lágrimas, cómo era posible que Gilbert estando en tan deplorable condición aún fuera capaz de gastar bromas.
-N-no me llames… así, idiota –dijo el austriaco con gran nudo en la garganta.
-Hm, así me gusta –inquirió.
Ludwig sonrió al ver la escena, su hermano y su amigo parecían estar en otro mundo, porque se habían olvidado de él. Se miraban tan fijamente que parecían absorbidos en la mirada del otro.
El rubio carraspeó la garganta para que se percataran de su presencia. -¿Hermano? ¿Estás bien? –cuestionó Gilbert al voltear la mirada.
-Eso debería preguntar yo –contestó negando. –Pero sí, ¿y tú?
-¿Bromeas? La cara de espanto que tiene Roderich mejoró mis ánimos, kesesese.
Ludwig soltó un suspiro, en verdad que su hermano no cambiaba en lo absoluto. –Y bien, ¿cómo nos iremos de acá?
-Fácil, la princesa nos llevara a ambos en la espalda –dijo sonriente.
-¿Cómo? No podría, pero tengo un as bajo la manga.
-¿En serio, señorito? No esperaba menos de ti, kesesese.
-Calla, aún estás herido. Pero traje conmigo a un sujeto, logré convencerlo con más dinero para que nos esperara.
-Típico –susurraron ambos hermanos.
-No sean tontos, y levántense para apoyarse en mis hombros.
-Sí –respondieron. Gilbert se ayudó del brazo de Roderich, mientras Ludwig sacó fuerzas para ponerse de pie. La verdad es que no estaba tan mal, pues ha recibido peores heridas anteriormente.
Los tres pudieron salir del recinto sin mayores problemas, y tomaron el camión en el que Roderich había sido transportado. El lugar donde los tres se encontraban se prestó para bromas por parte de Gilbert.
Ludwig iba sentado enfrente de su hermano y Roderich, el albino iba apoyado al otro para no caerse de lado.
-No puedo creerlo, kesesese –decía Gilbert revolviéndose de la risa sobre el hombro de Roderich. –Mierda, duele, kesesese.
-Entonces deja de burlarte –sugirió Roderich apenado.
-E-es que el señorito pulcro, el ser más limpio de la tierra puso su blanca ropa sobre este carbón. Tu trasero está sucio, kesesese.
-Hermano, tómalo con calma, lo hizo por ti –agregó Ludwig. Aunque éste también tenía ganas de reír, pero se aguantaba.
-Lo sé –dijo mientras tomaba la mano de Roderich. –La bruja te dejó venir, ¿no?
-No la llames así, y ella no me tiene prisionero. Solo somos amigos.
-Más vale, porque de otra forma sé que no te hubiera dejado venir. Hacía tiempo que no te veía.
-Pero nos mandábamos cartas, ¿lo recuerdas?
-Claro –susurró un tanto triste el albino.
Ludwig de repente sintió que el ambiente se volvía hostil, quizá Roderich se metió en campo minado, así que dijo otra cosa para cambiar de tema. Le preguntó al austriaco cómo había hecho para saber donde estaban y cómo llegar allí, y así siguieron hablando los tres, camino a la estación de trenes más cercanas rumbo a Austria.
Finalmente, después del largo recorrido, los tres llegaron a Austria. Allí curaron sus heridas y se despidieron a la semana.
Pasaron tres meses después del incidente, y fue entonces que una carta formal llegó a manos de Roderich. La carta traía consigo una noticia, le hacía conocer sobre el deceso de Gilbert Beilschmidt. El moreno sintió que le apuñalaron el pecho, apenas podía seguir leyendo lo que decía la carta porque las lágrimas no le permitían ver con claridad. Tiró la carta y fue directo al sofá a sentarse, empezó a morderse el labio inferior, tratando de no quebrantarse, pero le resultaba tan difícil. Decidió llamarle a Ludwig.
Ludwig se encontraba en su despacho, estaba a solas, al parecer había dado la orden de que no lo interrumpieran; pero tomó la llamada del austriaco.
-¿En verdad él…?
-Sí –apenas respondió el Ludwig.
-Lo siento, te hice responder… soy estúpido, lo siento –expresó entre lágrimas.
-No te apenes, ¿vendrás?
-Sí, no podría decir lo contrario aunque quisiera, me conozco, terminaré yendo.
-Te voy a colgar, Roderich. Lo siento.
-Lo sé, hasta luego.
El austriaco no se atrevió a preguntar, cómo, dónde, y cuándo murió Gilbert. No podría por respeto a su amigo. Ese día Roderich no pudo dormir, pasó llorando toda la noche, no podía concentrarse porque tenía que partir temprano hacia Berlín el día siguiente.
Legó ese día, partió desde Viena en la madrugada y llegó hasta muy tarde a Berlín. En el cementerio se encontraban varios conocidos: Francis, Antonio, Lovino, Feliciano, Féliks, Kiku, otros y obviamente Ludwig. Todos rodeaban la tumba, y solo él era el único que faltaba. No había ninguno que no derramara lágrimas, inclusive el siempre serio de Kiku sollozaba a su manera. Feliciano estaba agarrado a la manga de Ludwig, soltando más lágrimas que cualquier otro en el grupo. Antonio y Francis no dejaban se susurrar palabras frente a la tumba, obviamente le hablaban a su ex camarada de los viejos recuerdos. Lovino estaba tan atónito que sus ojos lucían tan abiertos como platos mientras una a una caían las lágrimas.
El austriaco se acercó, junto a él llevaba un ramo de lirios blancos. Para él representaba la blanca belleza de Gilbert, y el inquebrantable orgullo prusiano. Esas flores le hacían recordar el primer día que conoció a Gilbert, era tan pequeño pero estaba parado entre la nieve como si nada lo perturbase, y así son lirios frente a la nieve que cae sobre ellos.
Colocó el ramo de flores sobre la tumba, y la verdad no le habló a ninguno de los presentes, pues cada uno estaba absorbido en su dolor.
-Hubiera querido ver su rostro antes del entierro –susurró con pesadez el austriaco.
Ludwig lo escuchó y le respondió. –Él no quiso… de hecho, toma esto –estiró el brazo, en su mano había una carta. Roderich la tomó y la guardo en el bolsillo de su chaqueta.
Con el ocaso del sol todos se marcharon, excepto Roderich quien prefirió quedarse allí por un tiempo más.
-Estoy loco por hablarle a tu tumba, pero permíteme decirte que aún te amo, grandísimo idiota –exclamó, rompiendo en llanto. –Odio arrepentirme, arrepentirme de no habértelo dicho directamente, mostrártelo con mis labios… odio que tú seas el blanco y yo el…
"Tú el blanco, ósea aria y yo el negro". Murmuró el actual Roderich. Tiró la copa de vino sobre la alfombra, volviéndose a poner de pie. Otra vez fue hacia la ventana, y nuevamente la inspiración volvió a él.
Retomó su asiento, y empezó a tocar el piano, con cada lágrima que derramaba se detenía a escribir la partitura. Fue una larga noche, pero pudo terminar la canción. A él le urgía terminar la canción, porque al día siguiente iba a mostrársela a Ludwig para conmemorar el día en Gilbert se fue, aunque con eso trajo consigo la unificación de las dos Alemanias.
De alguna forma se sintió agradecido a la luna que iluminó su habitación, porque le hizo recordar viejas y dolorosas memorias.
"Espero me estés viendo, al otro lado de la luna". Fue la última frase que Roderich dijo antes de caer dormido sobre el piano.
*** Dato real, créanlo o no, los rusos asaron reses en el interior del teatro, aunque para colmo los estadounidenses imitaron a los rusos. =_= ¿Les parece raro? Sin ofender, no me extraña. *Risas*.
*** En la propaganda oficial soviética para la Segunda Guerra Mundial. Las frases con que se arengaban/sermoneaban a los soldados soviéticos eran: "Todo lo que tiene la bestia fascista me pertenece".
Bien, ¿el fic terminó? Obvio que no. ¿Lloverán dinosaurios? :v Eso lo sabrán en el capitulo extra especial que estoy preparando. Recuerden que el fic es de cinco partes.
Ok, espero sus comentarios, díganme si les gustó o no, si quieren dinosaurios voladores, ok no. *Risas*. No me salen los chistes. :C
PD: Espero no tardar mucho para subir el siguiente fic, pero espérenlo. ;)
