Nunca sé qué demonios poner aquí xD
Pero todos sabemos que Tsundere + Yandere = explosión ~
En fin! Espero que les guste n/n
Al despertar, me percaté que mi alarma aún no sonaba. No quise volver a dormir y decidí ducharme y cambiarme, para luego bajar a desayunar en una cocina vacía. Normalmente mi madre era la primera en despertar para hacer desayuno a mi padre y a Amber, porque yo usualmente sólo comía unas tostadas y un vaso de leche. Además me gustaba llegar temprano a la escuela para arreglar la sala de profesores antes de que comenzara el día y todos los estudiantes vagaran de allá para acá. Salí rápido de la casa y cerré la puerta con seguro; el instituto no estaba lejos de mi hogar, así que tardaba sólo unos quince minutos caminando para llegar hasta tal, tomando en cuenta que hacía tiempo en el camino. Al llegar, me encontré con Melody arreglando su cabello frente a un espejo de bolsillo. Cuando se percató de mi presencia se sonrojó y me saludó.
–¡B-Buenos días, Nathaniel! –me sonrió.
–Buenos días, Melody. –le dije sin muchos ánimos.
Melody se había encargado de acomodar las cosas fuera de sitio, por lo que no tenía mucho qué hacer hasta que comenzaran las clases. Desde la sala de delegados, sentado en una silla, veía el pasillo, a través de la entrada desnuda. Los estudiantes llegaban cada vez en mayor cantidad; primero uno, luego cinco, luego diez, luego treinta y así sucesivamente hasta que sonó el timbre. Fui a mi taquilla y tomé los materiales que necesitaría durante las primeras clases y me dirigí a la sala C. La primera clase era literatura; cierto, ese día tendría qué enseñarle a Castiel inglés y literatura… sin embargo, olvidé por completo la 'guía' que le haría, por lo que comencé a escribirla en una hoja blanca. Toda la teoría en dos hojas cupo perfectamente, y en otra página hice algunas frases inconclusas para que Castiel las completara con la respuesta correcta. Era cuestión de memorizar todo… Antes de que terminara la clase, entregué el trabajo de ese día y el anterior y me dediqué a comenzar la 'guía' de inglés, la cual fue prácticamente igual que con la de literatura. Además, por lo que había visto, Castiel captaba las cosas a una velocidad increíble. No tenía mucho de qué preocuparme. Incluso hasta se comportaba un poco mejor que de costumbre. Supuse que estaba dejando un poco de lado su odio por el momento… Aunque no era algo que me desagradara del todo. Al final del segundo periodo de clases, guardé mis cosas en mi casillero y saqué lo necesario. Me sentí mareado un poco cuando un chico chocó contra mí accidentalmente, por estar corriendo en los pasillos. Me pidió disculpas sonoramente y se alejó rápido. Sentía cómo la cabeza me dio vueltas terriblemente y me detuve en las taquillas, evitando caer. Sentía como si se me hubiese bajado la presión y, a pesar de mi aversión a los dulces, fui a la cafetería por golosinas con una buena cantidad de azúcar y un refresco de cola. Compré dulces de colores, de esos que le gustaban a Melody. Me dirigí a la sala B y Castiel aún no aparecía, por lo que aproveché para sentarme e intentar relajarme mientras comía los dulces que recién había comprado… No me agradaba en lo absoluto el sabor, pero tenía que hacerlo o me marearía de nuevo… siempre fui algo propenso a los mareos y a la baja presión cuando me estresaba demasiado. Estuve recargando mi cabeza sobre el pupitre y cerré los ojos un rato. Sin darme cuenta y, en menos de unos minutos, me quedé dormido. Pero como Castiel ha sido siempre la persona más considerada del mundo, me despertó de una manera en la que se aseguraba por completo que me despertara… maldito.
–¡EH! ¡Delegado imbécil! ¡Despierta, joder! ¡No te pienso esperar todo el día, ¿sabes?! –me empezó a gritar. Su mal genio siempre tan peculiar…
–Agh... –gruñí y me levanté. –¡Cómo te aborrezco! –le grité y me puse de pie para darle un golpe. Ya me tenía harto y yo no iba a estar soportando sus gritos.
Pero en cuando me levanté, la vista se me puso borrosa y me mareé de tal manera que todo a mi alrededor giró y sólo sentí cómo golpeaba el piso.
Cuando desperté de mi ligero desmayo, estaba acostado sobre el suelo de tal manera que mi nuca se recargaba en la pierna izquierda de Castiel, quien me echaba aire con un par de hojas, sin verme. Abrí los ojos y los cerré inmediatamente, para seguir fingiendo mi desmayo. Sólo quería saber qué pensaba aquel idiota. Pasaron unos minutos en silencio y estuve por "despertar", pero escuché un suspiro de Castiel.
–¿Qué hago? –lo oí preguntarse –Este tipo necesita descansar y yo necesito estudiar… –susurró –Sin él, estoy seguro que repruebo… Joder… –gruñó.
Bueno, ¿así que Castiel lo aceptaba? Él lo había dicho; sin mí, reprobaría. En otras palabras…
–¿Me necesitas? –le dije riendo y Castiel dio un respingo.
Me levanté y me toqué la nuca ligeramente.
–¿Cuánto tiempo llevas despierto, idiota? ¡Y yo todavía…! –Empezó a gritar, pero se detuvo –Espera… –dijo y volteé a verlo confundido. Su rostro parecía asustado. Nunca lo había visto así, no es el tipo de personas que muestra miedo en ningún momento –¿Q-Qué tanto escuchaste…? –me preguntó y me quedé flipando.
Castiel, de cierta forma, parecía nervioso… ¿Pero por qué?
–Sólo lo que acabas de decir… –le dije con cierta duda –¿Por qué? ¿Había algo más? –le pregunté ahora más confundido.
–N-No… –me miró y luego volteó la vista rápidamente –¡Si tantas energías tienes para interrogarme, deberías empezar a darme tus aburridas tutorías! –me gritó y se sentó en un pupitre, con los brazos cruzados y el ceño fruncido.
Me quedé en silencio y asentí, me senté a su lado y comencé la "clase" de literatura. Había cosas que simplemente no podía memorizarlas, así que recordé un viejo truco para estudiar.
–¿Te gustan los dulces? –le pregunté y me miró confundido.
–Sí, supongo. Depende de qué tipo sean… –me contestó algo aburrido.
–Hagamos esto. Cada vez que leas algo que se te olvide, come un dulce de cierto color y lo asociarás así. –le expliqué y sonrió de lado.
–Cómo digas, delegado. –bufó y comenzó con la nueva "técnica de estudio".
Quizá se comió más de la mitad de los dulces, repitiendo una y otra vez cosas que se le olvidaban. Siempre que leía algo, fruncía el entrecejo, tomaba un dulce y lo miraba unos segundos para luego comerlo. Refunfuñaba cada vez que le formulaba una pregunta y no sabía contestarla. Me gritaba y maldecía cada dos minutos, mientras yo sólo suspiraba y volvía a preguntarle otra cosa. Era como un niño pequeño.
–¡Agh! ¡Esto no sirve! –gritó realmente molesto.
–Veamos…
Saqué una hoja con frases incompletas para que él las contestase correctamente. Me miró molesto pero aun así tomó la hoja de mal modo y comenzó a responderla. Veía a Castiel rascarse la nuca, fruncir el entrecejo y hacer muecas con la boca. Bufaba, gruñía, chasqueaba la lengua y, al final, me entregó la hoja casi contestada en su totalidad. Comencé a revisar las oraciones; pocas más de la mitad estaban bien. Repasamos de nuevo las cosas que no dominaba y, al terminar de estudiar, a eso de las cuatro, pasamos a repasar inglés. Era prácticamente la misma dinámica que con literatura, pero sólo era cuestión de práctica recordar las reglas gramaticales y ortográficas. Los dulces se acabaron; más bien, fue Castiel quien se los devoró.
Cerca de las seis de la tarde, terminamos de estudiar y yo acabé de escribir ejercicios y síntesis para que Castiel las estudiase. Tomé mis cosas, al igual que él y salimos del instituto. A pesar de que aún era verano, el cielo estaba gris y las nubes lo coloreaban de un color más claro. El ambiente se sentía húmedo… Normalmente me habría ido poco después que él, para quedarme un rato más fuera de casa, pero realmente me sentía mal. La cabeza me daba vueltas y sentía que en cualquier momento podría desmayarme. Me sostuve de cualquier cosa que estaba a mi alcance y, sin mediar palabra con él, me fui dispuesto a caminar esos quince o veinte minutos sosteniéndome de las paredes de manera discreta. Vi cómo Castiel se alejaba en dirección contraria y suspiré. Por lo menos no había estado tan agresivo ese día. Seguí caminando y sentí cómo me flaqueaban las piernas. Me senté un momento sobre la banqueta y sentí cómo alguien se me acercaba. El rojo contrastaba bastante con el cielo gris.
–Te acompaño a casa. –me dijo y lo miré completamente confundido –No me sorprendería que te desmayaras en media calle y un camión te pasase encima –sonrió de lado –Y no me desagradaría del todo –rio– Pero si mueres caerá en mi consciencia. Te ves realmente mal… Patético. –rio.
Cómo lo odiaba. Pero, a pesar de ser tan… así, sabía que lo hacía con buena intención, aunque lo ocultase. Suspiré y tomé la mano que me extendía con indiferencia. Me puse de pie con su ayuda y caminamos en silencio todo el camino. Algunas veces me tambaleaba y Castiel sólo se limitaba a tomarme de los hombros con cuidado. Me sorprendió excesivamente que Castiel se comportara de una manera tan… humana.
Al llegar a mi casa, volteé a verlo, después de abrir la puerta.
–Gracias por… –le dije pero él levantó la mano.
–Sólo no mueras –me dijo con simpleza y se volteó, para seguir su camino.
–Idiota –susurré.
Al día siguiente, durante el estudio de historia con Castiel fue casi igual que el día anterior; maldecía con ese tono tan poco educado… ¡Inclusive me gritaba e insultaba sólo porque no lograba entender algunas cosas! Hubo un momento en que, a pesar de sentirme agradecido por haberme acompañado a casa, me hartó y me puse de pie realmente enojado.
–¡Bueno, ya estuvo, ¿no?! –le levanté la voz. –¡No es mi culpa que estés por reprobar el semestre y tampoco es mi culpa que deba ser yo quien te enseñe! –me quejé y me miró retadoramente. –¡Así que cálmate! Me estás hartando.
–¿Que me calme? –bufó –¡No sabes lo molesto que es estar junto a ti! ¡Ayer fui demasiado cortés! ¿Quieres que sea contigo como soy normalmente? ¡Sin aparentar! –gritó.
–¡¿Huh?! –gruñí –¡¿Cómo que sin aparentar?!
–¡Siempre soy peor contigo cuando estoy frente a los demás, imbécil! ¿Quieres que sea peor? ¿Es eso lo que quieres? ¡Pues perfecto! ¡Me encanta joderte! –gritó y se cruzó de brazos.
Me quedé sin palabras. Ya no sabía qué responderle. Me llevé una mano a la cara e intenté relajarme un poco mientras respiraba profundamente. Me di por vencido.
–Suficiente, llévate mi cuaderno de historia y larguémonos de aquí –le dije con un aire tétrico, o por lo menos así me pareció.
–¿Qué? –gruñó –¿Ahora te arrepientes? ¡No jodas, delegado! ¿Qué no es tu obligación darme estas estúpidas tutorías? –me gritó y me puse de pie de nuevo para encararlo.
–Para empezar, deja de llamarme "delegado", tengo un nombre, ¿sabes? –bufé y pareció sorprenderse un poco por mi actitud –En segunda, no es mi obligación, sólo es un favor que le hago a la directora y a ti –le recalqué eso último y frunció el entrecejo mientras guardaba silencio, en espera del resto de mis palabras –Y por último, ¡suficiente favor te hago prestándote mi libreta! ¡Es más! –grité, ahora saliendo de control –¡Te daré también mi cuaderno de anatomía, si con eso dejo de tener que verte la cara después de clases! ¡Suficiente tengo con verte en los pasillos!
–O-Oye, no, yo t…–comenzó a hablar, ahora algo desconcertado por mi actitud, pero lo interrumpí.
–¡Me importa un carajo que tengas que estudiar todo el semestre solo! ¡Arréglatelas tú, Castiel! ¡Me tienes harto! –le grité, tomé mis cosas y salí de la sala B.
Yo no iba a dejar que me gritase cuando se le antojara, mucho menos si yo le estaba haciendo un favor. Fui pisando fuerte el pasillo y dejé el instituto en menos de un minuto. No estaba corriendo, pero avanzaba muy rápido. Llegué a mi casa en menos de diez minutos y, al encerrarme en mi habitación… comencé a sentir culpa. Es decir, no debí haber reaccionado así, a pesar de lo mucho que Castiel me sacara de mis casillas… pero, de cierta forma… En fin, lo hecho, hecho estaba y no debería arrepentirme por hacer algo comprensible. Y, cuando dejé mis cosas sobre la mesa de mi cuarto… me di cuenta que ni siquiera le había dado el cuaderno de historia a Castiel; tampoco el de anatomía, que estaba en mi taquilla.
–Lo que me faltaba… –suspiré y me eché sobre mi cama.
Apenas eran las tres y media… no le había enseñado casi nada de historia. Pero, bueno, él se las apañaría solo. Estaba realmente estresado. ¿Por qué Castiel era así? Joder, había cambiado mucho desde lo que pasó con Debrah… Pero… ¿qué se suponía que podía hacer yo? ¡Es más! Ni siquiera debería de importarme… pero, de cierta forma, me preocupaba…
